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Fantasías / Parodias, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

Mi vida con Lucy 7

Lucy y su papá reciben la visita de un mago .
Espero que disfrutes el relato espero no haberme alejado mucho de la inocencia de Lucy puedes leer los relatos de esta saga en mi perfil. Espero tus comentarios y tu puntuación

 La Llegada del Mago

Durante la semana deje descansar a mi princesa pero note que estaba muy inquieta se frotaba en los ositos de peluche o en las almohadas, me prestaba cuando regresaría su papá oso, yo la dejé todo parecía volver a la normalidad en casa, cuando la tarde del jueves A las cinco en punto exactas, el timbre retumbó en la casa con una insistencia que parecía anunciar algo más que una visita ordinaria. Yo estaba en la cocina, tallando una olla con grasa endurecida, cuando Lucy apareció como un remolino.

—¡Papii! ¡El mago que papá me oso me dijo que vendria! ¡Ya está aquí! —gritó,  saltando de emoción, con cada movimiento su vestido se levantaba. Llevaba ese vestido azul celeste de tul que le encantaba, tan corto que cuando corría podía verse el borde blanco de sus calzoncitos de holanes. No esperó mi respuesta; sus pies descalzos resonaron en el pasillo antes de que pudiera secarme las manos.

Cuando llegué a la entrada, la escena ya estaba compuesta. Ángel el amigo de Bernardo llenaba el marco de la puerta no solo con su tamaño, sino con una presencia que absorbía la luz. Medía dos metros fácilmente, pero era la calidad de su volumen lo que impresionaba: un hombre grueso, de grasa musculosa, esa clase de cuerpo que solo se consigue cuando la fuerza bruta se recubre de capas de peso sólido, no blando. Sus hombros eran como vigas de acero, su pecho una pared de carne velluda que se tensaba bajo la camisa a cuadros roja y negra. Cada movimiento de sus brazos, cubiertos de un vello negro y rizado tan espeso que parecía piel de animal, hacía que la tela se estirara peligrosamente.

Su rostro era ancho, colorado por el calor o por la tensión arterial constante, semioculto tras una barba salvaje que le caía hasta el centro del pecho. Pero sus ojos… esos pequeños botones oscuros brillaban con una inteligencia astuta y una calidez calculada. Se clavaron en Lucy recorriendo cada centímetro de mi pequeña hija, mostrando una sonrisa que mostraba dientes amarillentos pero fuertes.

—¡Hola, princesita! —su voz era profunda, con un timbre que vibraba en el suelo—. 

Soy el Mago Ángel. Tu papi Bernardo me dijo que fuiste una  niña muy buena la semana pasada.Poniéndose de rodillas tratando imposiblemente de estar a la altura de mi pequeña hija.

 

Lucy asintió, hipnotizada por la figura monumental. —Sí, señor mago. 

—¡La Excelente conducta merece excelentes premios! Sabes yo soy un mago muy famoso, y hoy estoy buscando una nueva asistente que me ayude a hacer mi show de magia, una pequeña conegita que me ayude con mis trucos ¿Quieres ser tu mi asistente? 

Si grito lucy emocionada

Perfecto dijo Angel pero eso sí tendrás que obedecer en todo sino la magia no va funcionar y no les va a gustar a mis seguidores—exclamó, para empezar de su bolsa de lona gastada sacó una bolsita de celofán llena de caramelos de colores vibrantes—. Estos son dulces mágicos. Hacen que todo se sienta más suave, más bonito, como un sueño de algodón de azúcar. ¿Quieres probar uno?

Sin vacilar, Lucy tomó un caramelo rojo brillante y se lo metió en la boca. Yo sonreí desde el fondo del pasillo, limpiándome las manos en el delantal. Qué bueno que viniera este entretenimiento. Lucy había estado tan inquieta y yo sin poder atenderla…

Detrás de Ángel, casi escondido por su masa, asomaba un niño rubio. Tendría unos doce años, pero su delgadez lo hacía parecer más frágil aún. Cristian tenía el cabello del color de la miel recién extraída, cortado de manera desaliñada con mechones que caían sobre sus ojos azul claro. Su piel era blanca como porcelana, salpicada de pecas tenues sobre la nariz y las mejillas. Pero lo que llamaba la atención eran sus jeans—tan ajustados que parecían una segunda piel, delineando unas nalgas redondas y prominentes que se arqueaban de manera casi obscena. Una línea roja visible a través de la tela denotaba el borde de un suspensorio.

—Él es Cristian —presentó Ángel, poniendo una mano enorme sobre el hombro delgado del chico—. Mi asistente. Ayuda con los trucos más… especiales.

Cristian asintió silenciosamente. En sus manos sostenía una cámara profesional pequeña pero de calidad, con un objetivo que parecía un ojo negro e inexpresivo.

—¿Él también va a jugar conmigo? —preguntó Lucy, chupando el caramelo que ya empezaba a adormecer sus sentidos.

—no princesita el no juega con niñas jajajaja, el juega solo con hombres grandes como yo. Cristian va a grabar todo el show de magia. ¿Te parece bien? Lucy asintió con entusiasmo. Yo me acerqué finalmente, todavía con el delantal puesto.

—¡Papi dijo que hoy viene un mago! —gritó, sus pies descalzos golpeando el suelo de madera.

En el umbral, Ángel bloqueaba la luz. No era solo alto; era una montaña de carne y pelo. Dos metros de altura, con hombros que llenaban el marco de la puerta. Su cuerpo era una mole de grasa musculosa, forrada en una capa espesa de vello negro y rizado que asomaba por el cuello de su camisa a cuadros y cubría sus antebrazos como mangas de piel. Su rostro, ancho y colorado, estaba semioculto tras una barba salvaje y despeinada que le llegaba al pecho. Pero sus ojos eran lo mejor: pequeños, brillantes como botones oscuros, pero cálidos, sonrientes, clavados en Lucy con una alegría que me pareció genuina.

Detrás de él, casi oculto por su mole, asomaba un joven rubio de unos doce años, delgado pero con unas nalgas redondas y prominentes que se marcaban bajo sus jeans ajustados. Su cabello era del color de la miel, con mechones sobre sus ojos azul claro. Tenía la piel blanca como porcelana, con pecas dispersas. Vestía una camiseta negra con una calavera y jeans tan apretados que parecían pintados sobre sus muslos. Debajo del jeans, se notaba la marca de un suspensorio rojo. Sostenía una cámara profesional.

—Él es Cristian —dijo Ángel, poniendo una mano en el hombro del chico—. Mi sobrino y asistente. Él graba todo.

—¡Hola, princesita! —dijo Ángel, su voz profunda pero amable—. He oído que has sido una niña muy buena esta semana. ¿Es cierto?

Lucy asintió, sus ojos azules abiertos de par en par.

—Sí, señor mago. Me comí toda la comida y no le pegué a mi osito.

—¡Excelente! —Ángel se arrodilló, quedando a la altura de Lucy, y sacó de su bolsa una bolsita de papel celofán llena de caramelos de colores—. Las niñas buenas se merecen premios. Estos son caramelos mágicos. Hacen que todo se sienta más suave, más bonito. ¿Quieres probar uno?

Lucy tomó un caramelo rojo y se lo metió en la boca sin dudar. Yo sonreí desde la cocina, secándome las manos con un trapo. Qué bueno que viniera este mago. Lucy había estado tan inquieta últimamente, y una tarde de juegos y magia le vendría bien.

Papá ve comprarme una cervezas y unos cigarros—me ordenó Ángel, con una sonrisa amplia—. La princesita y yo vamos a preparar el show. Cuando regrese, tendremos una sorpresa lista.

—¿Verdad, Lucy?

—¡Sí, papi! —dijo Lucy, saltando de emoción—. ¡Vamos a hacer magia!

Salí de la casa, confiado. El mago parecía un hombre amable, de esos que saben tratar con niños. Mientras caminaba hacia la tienda, pensé en lo afortunado que era de tener una hija tan alegre y confiada. El show de magia sería una buena distracción para ella.

Mientras tanto, en la casa…

Ángel esperó a que el padre de Lucy estuviera fuera de vista. Luego, su sonrisa cambió. Ya no era cálida; era depredadora, lujuriosa. Se volvió hacia Lucy, que lo miraba con curiosidad.

—Princesita —dijo, su voz ahora más grave, más ronca—. Antes del show, vamos a practicar algunos trucos de magia. ¿Te gustaría aprender?

—¡Sí! —gritó Lucy—. ¡Quiero aprender!

Ángel sacó una baraja de cartas.

—Primer truco: elige una carta, cualquier carta.

Lucy eligió una, la miró y la guardó en su bolsillo. Ángel hizo un gesto dramático y sacó la misma carta de detrás de la oreja de Lucy.

—¡¿Cómo hiciste eso?! —exclamó Lucy, maravillada.

—Magia, princesita. Pura magia.

Luego, Ángel sacó una moneda y la hizo desaparecer entre sus dedos, solo para hacerla aparecer detrás de la oreja de Lucy otra vez. Lucy reía, aplaudiendo emocionada.

—¡Otro truco, otro truco! —pidió.

—Muy bien, princesita. Este es mi favorito. Se llama «El conejo mágico».

Ángel sacó de su bolsa un pequeño conejo de peluche.

—Mira, princesita. Este conejito necesita un hogar. ¿Dónde crees que debería vivir?

Lucy pensó por un momento.

—¡En mi habitación! —dijo.

—Perfecto. Pero antes, el conejito necesita una colita. ¿Quieres ayudarme a ponérsela?

Lucy asintió con entusiasmo. Ángel sacó el plug anal de silicona rosa con la cola de conejo esponjosa.

—Este es un truco muy especial, princesita. Para que el conejito tenga su colita, primero tenemos que preparar el lugar. ¿Me dejas ayudarte?

Lucy, confiada, asintió. Ángel la tomó de la mano y la guió hacia el sofá.

—Siéntate aquí, princesita. Ahora, voy a ponerle la colita al conejito. Pero para eso, necesito que te quites el vestido.

Lucy, sin dudar, se quitó el vestido azul celeste, quedando solo en sus calconcitos de holanes blancos. Ángel sonrió, sus ojos recorriendo el pequeño cuerpo de Lucy.

—Muy bien, princesita. Ahora, vamos a ponerle la colita.

Con sus dedos gruesos y callosos, Ángel bajó los calconcitos de Lucy y comenzó a acariciar su pequeño ano. La niña se estremeció.

—¿Qué haces, mago? —preguntó, con curiosidad inocente.

—Es parte del truco, princesita. Relájate.

Sus dedos jugaron con el esfínter apretado de Lucy, frotando, presionando. Luego, con un lubricante que sacó de su bolsa, untó el plug y comenzó a introducirlo lentamente.

—¡Ay! —gimió Lucy—. 

—Shh, princesita. Solo respira. La colita tiene que entrar para que el truco funcione.

El plug entró lentamente, estirando el pequeño ano de Lucy. Ella gimió, pero no se quejó. Cuando estuvo completamente insertado, Ángel ajustó la cola esponjosa para que quedara visible.

—Perfecto —dijo, satisfecho—. Ahora, el conejito tiene su colita. Pero espera… necesitas un disfraz para el show.

Ángel sacó el disfraz de conejita sexy. Era diminuto, hecho de un material elástico y brillante de color rosa. Consistía en un corsé que apenas cubría sus pechos planos, dejando al descubierto la mayor parte de su torso pálido y lampiño. La parte inferior era un bikini de talle bajo, tan pequeño que las caderas de Lucy quedaban completamente expuestas. Las orejas de conejo, largas y rosadas, se sujetaban con una diadema. Y los guantes largos de encaje completaban el conjunto.

—Ponte esto, princesita —dijo Ángel, entregándole el disfraz—. Y luego, el show va a comenzar.

Lucy se cambió rápidamente, sin ninguna vergüenza. El corsé le apretaba el pecho, realzando sus pequeños pezones que se marcaban bajo la tela brillante. El bikini apenas le cubría la entrepierna, dejando ver el vello púbico incipiente que comenzaba a crecer.

—Muy bien, princesita —dijo Ángel, sus ojos recorriendo el cuerpo de Lucy con una lujuria apenas disimulada—. Ahora, vamos a encender la computadora para que mucha gente pueda ver el show.

 

Cristian, el sobrino de Ángel, ya había instalado la computadora en la mesa del comedor, con la pantalla orientada hacia el sofá. Y con su cámara seguía cada movimiento. En la pantalla, una plataforma de transmisión en vivo mostraba los comentarios que ya comenzaban a aparecer:

Usuario_69: ¿Cuándo empieza la puta?

CazadorDeConejas: Ya quiero ver a esa zorrita

PapiRico2024: Ese oso sabe lo que hace

Ángel se sentó en el sofá, con Lucy de pie frente a él, modelando para la cámara.

—Bienvenidos, cabrones —dijo Ángel, su voz grave y ronca—. Hoy les traigo a esta putita. Se llama Lucy, tiene 18 años, pechos planos y una vagina estrecha que apenas ha sido tocada. Va a ser mi asistente para el show de magia más pervertido que han visto.

Los comentarios explotaron:

Usuario_69: ¡Qué rica putita!

CazadorDeConejas: Enséñanos más, oso

PapiRico2024: Esa conejita está para comérsela

—Vamos, conejita —dijo Ángel—. Muéstrales a estos cabrones lo linda que eres. Da una vuelta.

Lucy, emocionada por la atención, comenzó a modelar frente a la cámara. Se giró, se inclinó, levantó sus bracitos. La cola de conejo se movía con cada paso. Los comentarios se volvieron más explícitos:

Usuario_69: ¡Mira esas piernitas!

CazadorDeConejas: Quiero lamerle y morderle todo el cuerpo

PapiRico2024: Esa colita se mueve rico

Ángel sacó una pequeña pastilla rosa y se la dio a Lucy.

—Toma esto, putita. Es un dulce magico. Te hará sentir muy feliz.

Lucy, sin dudar, tragó la pastilla. Luego, Ángel encendió un porro de marihuana, dio una calada profunda y, tomando el rostro de Lucy entre sus manos, la besó apasionadamente, soplando el humo directamente en sus pulmones.

Lucy tosió, pero pronto una sonrisa tonta se extendió por su rostro.

—Se siente… chistoso, mago —dijo, riendo.

—Eso es bueno, putita —dijo Ángel, acariciando su cabeza—. Ahora, el show va a comenzar.

Ángel se sentó en el sofá y colocó a Lucy frente a él, de espaldas a la cámara.

—Bienvenidos, cabrones —dijo a la cámara—. Hoy les voy a enseñar cómo llevar a una zorrita de 4 años al squirting. Lucy tiene pechos planos y una vagina estrecha casi virgen. Es la putita perfecta para este truco.

Los comentarios:

Usuario_69: ¡Enséñanos, oso!

CazadorDeConejas: Quiero ver cómo la haces gritar, déjala sin caminar

PapiRico2024: Esa putita va a terminar empapada

Lucy, bajo los efectos del éxtasis y la marihuana, estaba completamente relajada, su mente flotando en una nube de placer.

—Primer paso —dijo Ángel, colocando sus dedos gruesos en la entrepierna de Lucy—. Estimular el clítoris. Suavemente, en círculos.

Sus dedos comenzaron a moverse, frotando el pequeño clítoris de Lucy a través de la tela del bikini. Lucy gimió, arqueando la espalda. La delgada tela se mojo

—¡Mago…! —jadeó.

—Segundo paso —continuó Ángel—. Retirar la tela y estimular directamente.

Deslizó la tanguitai a un lado, dejando al descubierto la vagina de Lucy. Era pequeña, rosada, sin vello, brillante con sus jugos. Ángel introdujo un dedo sin dificultad y empezó a jugarlo dentro de la pequeña niña, cuando estuvo relajada metió el segundo dedo.

—Miren, cabrones —dijo, mostrando a la cámara—. Esta putita es tan estrecha que apenas puedo meter dos dedos. Miren cómo se estira.

Los comentarios:

Usuario_69: ¡Qué rica se ve!

CazadorDeConejas: Esa panochita  está para comérsela

PapiRico2024: Mételos más hondo, oso ¡Partela!

Los dedos de Ángel se movían dentro de Lucy, curvados, buscando su punto G. Lucy gemía, sus caderas moviéndose rítmicamente.

—¡Mago! —gritó—. ¡Se siente tan bien!

—Tercer paso —dijo Ángel, retirando sus dedos—. Usar la lengua.

Se inclinó y comenzó a lamer la pequeña vagina de Lucy. Su lengua áspera recorría los labios, el clítoris, la entrada. Lucy se retorcía, sus manos enredadas en el vello de Ángel.

—¡Ahhh! ¡Mago, que Rico! —gimió.

Ángel succionaba el clítoris de Lucy, lo mordisqueaba suavemente, lo lamía con rápidos movimientos. Sus dedos volvieron a entrar, curvados, presionando el punto G.

—Cuarto paso —dijo, levantando la cabeza por un momento—. Estimular el punto G y el clítoris al mismo tiempo.

Sus dedos se movían dentro de Lucy, presionando, frotando, mientras su lengua jugaba con su clítoris. Lucy estaba temblando, sus gemidos cada vez más agudos.

—¡Mago, me voy a hacer pipi.. me voy a…! —gritó.

—Quinto paso —dijo Ángel, con una sonrisa—. El squirting.

Apretó sus dedos contra el punto G de Lucy y, al mismo tiempo, succionó su clítoris con fuerza. El cuerpo de Lucy se tensó, arqueado, y entonces… un chorro de líquido transparente salió disparado de su vagina, empapando el sofá, la ropa de Ángel, todo.

—¡¡¡AHHHH!!! —gritó Lucy, su cuerpo convulsionándose.

Los comentarios en la computadora explotaron:

Usuario_69: ¡¡¡SQUIRT!!!

CazadorDeConejas: ¡Qué rica! ¡Esa putita es una diosa!

PapiRico2024: ¡El oso lo logró! ¡Qué cabrón!

—Muy bien, putita —dijo Ángel, lamiendo sus dedos—. Lo hiciste perfecto. Eres la mejor asistente que he tenido.

Lucy yació jadeando, su cuerpo tembloroso, una sonrisa boba en su rostro.

—¿Lo hice bien, mago? —preguntó, con voz débil.

—Lo hiciste perfecto, princesita —respondió Ángel, besando su frente—. Ahora, vamos a descansar un poco. Y luego, el show continúa.

Cristian, desde detrás de la cámara, sonreía. Su suspensorio rojo estaba manchado de humedad. Había estado grabando todo, cada detalle, cada gemido, cada gota de líquido.

Yo, desde la puerta, con las bolsas de la tienda aún en mis manos, no podía moverme. Mi hija estaba en el sofá, empapada, sonriendo. El mago la estaba mirando con una lujuria que ahora entendía perfectamente.

Y una parte de mí, una parte oscura y reprimida, sentía una excitación que no podía negar.

El en vivo termino. Y Ángel me 

. Papito ¿puedes traerme unas cervezas bien frías y mis cigarros? Y prepara algo para cenar Me ordenó , algo que yo obediente hice sin cuestionar

—Ahora, princesita —dijo, su mirada bajando hacia Lucy—. Vamos a seguir con el show de magia,  Bernardo dijo que necesitabas practicar con la garganta. Yo te ayudaré para que puedas jugar más,  tul. La tela se arremolinó alrededor de su 

—putito no quiero que dejes de grabar —ordenó Ángel sin mirarlo, sus ojos fijos en el cuerpo ofrecido de Lucy—. Esto es arte. Esto es magia.

Después del primer orgasmo infantil del día , Lucy quedó en un estado de languidez sonriente. Ángel aprovechó el momento para sacar de su bolsa varios frascos pequeños y bolsitas de plástico con cierre hermético.

—Ahora, princesita —dijo, arrodillándose frente a ella—. Vamos a hacer que los juegos sean aún más divertidos. ¿Quieres sentirte como si estuvieras volando entre las nubes?

Lucy asintió, sus ojos todavía brillantes por las lágrimas del orgasmo y la risa.

Ángel sacó primero un frasco pequeño de vidrio ámbar. Al abrirlo, un olor químico dulzón y punzante inundó la sala—nitrito de amilo, poppers. Lo agitó suavemente.

—Esto se llama poppers —explicó, llevando el frasco bajo la nariz de Lucy—. Huele profundamente, princesita. Te hará sentir muy caliente y relajada, como si estuvieras en una bañera de burbujas mágicas.

Lucy olió obedientemente. El efecto fue inmediato: su cuerpo se sacudió con un espasmo, sus ojos se abrieron de par en par y un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios. Su piel se sonrojó desde el cuello hasta la frente, y su respiración se volvió rápida y superficial.

—Se siente… raro —murmuró, tocándose la cara con dedos que parecían no pertenecerle—. Como si mi cabeza estuviera llena de burbujas calientes que suben y bajan.

—Eso es la magia empezando a trabajar —dijo Ángel, pasándole el frasco a Cristian, que olió profundamente antes de devolverlo.

Luego sacó otrapequeña pastilla rosa con un logotipo de estrella grabado—éxtasis MDMA. La sostuvo entre sus dedos como si fuera una joya preciosa.

—Y esta—. Es otra una pastilla mágica que te hará sentir amor. Mucho amor por todos. Amor por el mago, amor por tu papi, amor por el mundo entero.

Lucy tomó la pastilla sin dudar. Ángel le dio un vaso con cerveza que Cristian había traído, y ella la tragó con un gesto solemne.

—Tardará unos veinte minutos en hacer efecto —explicó Ángel—. Mientras tanto, vamos a jugar con el humo mágico.

De otra bolsa sacó un cigarrillo de marihuana grueso y mal enrollado, las hojas sobresaliendo por los extremos. Lo encendió con un encendedor Zippo plateado, aspirando profundamente hasta que la punta brilló con un rojo intenso. El olor dulce y acre llenó rápidamente la sala.

Ángel dio otra calada larga y luego se inclinó hacia Lucy. Con sus dedos libres, le pellizcó la nariz suavemente. Cuando ella abrió la boca instintivamente para respirar, él selló sus labios alrededor de los suyos y sopló el humo directamente en sus pulmones.

Lucy tosió violentamente—un sonido seco y rasposo—y sus ojos se llenaron de lágrimas inmediatas. Pero luego, lentamente, una sonrisa tonta y beatífica se extendió por su rostro.

—Se siente… chistoso —dijo, esa pequeña niña riendo sin razón aparente—. Como si mi estómago tuviera mariposas de colores.

Ángel repitió el proceso varias veces más, dándole caladas directas de humo hasta que el cigarrillo se consumió hasta el filtro. Para entonces, Lucy estaba visiblemente mareada, sus movimientos lentos y exagerados.

Finalmente, Ángel sacó una bolsita con un polvo blanco y fino que brillaba bajo la luz—cocaína de alta pureza. Formó una pequeña montañita en el dorso de su mano.

—Y esto, princesita —dijo, mostrándoselo—. Son polvos mágicos. Cuando una niña buena se pone estos polvos en la nariz, se convierte en una princesa de verdad. ¿Quieres ser una princesa?

Lucy asintió con fervor, sus pupilas ya dilatadas por el éxtasis mostraban una visión debota por el mago. Ángel formó una línea perfecta sobre una revista que había tomado de la mesa, enrolló un billete de diez dólares y acercó el extremo a la nariz de Lucy.

—aspira suavemente por el otro lado, princesita. Así.

Lucy inhaló. La línea blanca desapareció en un instante. Inmediatamente, su cuerpo se tensó como un arco, sus ojos se abrieron de par en par mostrando pupilas dilatadas que casi cubrían el iris azul. Una oleada de energía eléctrica pareció recorrer su pequeño cuerpo de pies a cabeza.

—¡Me siento… me siento como una princesa! —gritó, saltando sobre la punta de los pies—. ¡Como una princesa de verdad!

—Así es, princesita —dijo Ángel, acariciando su cabeza con gesto posesivo—. Ahora eres una princesa de verdad. Mi princesita especial.

Desde la cocina, yo oía las risas y los gritos excitados de Lucy. Qué bien se divierte, pensé mientras limpiaba los estantes superiores. Qué maravilla que existan magos así para entretener a los niños.

El éxtasis comenzó a hacer efecto completo justo cuando terminaba de limpiar el horno. Desde la sala llegaban sonidos distintos—Lucy hablaba más rápido, sus palabras se mezclaban entre sí, reía por cualquier cosa, y se movía con una inquietud que parecía no conocer el cansancio. La cocaína la mantenía alerta y eufórica, mientras que el éxtasis y la marihuana la hacían dócil, maleable, emocionalmente expuesta.

—Princesita —oy decir a Ángel—. Vamos a construir un castillo. Un castillo mágico donde solo pueden entrar los elegidos.

Durante los siguientes minutos, oí arrastrar muebles—cojines del sofá, sillas de la cocina livianas, mantas y edredones de los armarios del pasillo. Construyeron una estructura torpe pero imponente en medio de la sala, usando el sofá como base y cubriéndolo con telas que formaban torres improvisadas.

El castillo era tan grande que cuando Ángel se sentó en el sillón central—el trono—solo su torso y cabeza quedaban visibles por encima de las mantas. Sus piernas también quedaron fuera del refugio textil—dos columnas peludas que se extendían sobre el suelo como puentes levadizos bajados.

Lucy se metió dentro riendo, su cuerpo vibrando con la energía química que la recorría.

—Princesita —dijo la voz grave de Ángel desde dentro del castillo—, tengo un problema grave. Mi dragon mágico está enfermo.

—¿Tu dragón? —preguntó Lucy, su voz distorsionada por las drogas y la emoción.

—Sí. Mi dragon especial. Está muy caliente y necesita besitos curativos para ponerse bien. ¿Puedes ayudarme, princesita? ¿Puedes curar al dragóncito del mago?

Hubo un silencio cargado. Luego el sonido metálico de una cremallera siendo bajada lentamente—zzzziiiippp. Yo, desde la cocina donde guardaba los productos de limpieza, oí el ruido pero pensé: Qué detalle tan realista para el juego. Este mago realmente se esfuerza.

Dentro del castillo, la realidad era mucho más gráfica. Ángel había sacado su verga completamente—una monstruosidad de 25 centímetros que parecía más arma que órgano sexual. Gruesa como el puño cerrado de un niño de ocho años, oscura y reticulada con venas azuladas que palpitaban bajo la piel, el tatuaje de un dragón escupiendo fuego decoraba ese enorme troncol. La cabeza era un capuchón morado y brillante del tamaño de un huevo pequeño, con una gota perla de líquido preseminal temblando en el orificio.

Lucy la miró con ojos que combinaban asombro infantil y curiosidad farmacológicamente intensificada.

—Es muy grande, mago —dijo, su voz llena de genuina admiración—. La más grande que he visto.

—Sí, princesita —respondió Ángel, su voz convertida en un susurro seductor—. Por eso necesita muchos besitos cariñosos. Empezando por la cabecita… así la serpiente sabe que tú eres su princesa especial.

Lucy inclinó su cabeza e intentó tomar la cabeza en su boca. Era demasiado grande; sus labios se estiraron hasta formar un óvalo tenso alrededor del grosor, sus mejillas se hundieron mientras intentaba crear succión. El sabor era salado, denso, mezclado con el olor a sudor viejo y testosterona pura que emanaba de la piel de Ángel.

—Más profundo, princesita —alentaba Ángel, poniendo una mano suave pero firme en su nuca—. El dragon necesita llegar hasta tu garganta para curarse del todo… Tienes que dejarla entrar toda.

Lucy intentó tragar más, pero la circunferencia era demasiado para su pequeña boca. Arqueó—un reflejo involuntario—y tosió, sacando la verga momentáneamente con un sonido pop húmedo.

—Tranquila, mi reina —murmuró Ángel—. Respira por la nariz. Así… lentamente… Ahora inténtalo otra vez.

Lucy obedeció. Tomó aire por la nariz y volvió a tomar la cabeza en su boca, bajando gradualmente hasta que casi cinco centímetros desaparecieron entre sus labios estirados. Su saliva comenzó a fluir copiosamente, lubricando el camino.

Ángel estableció entonces un ritmo constante y paternal: guiaba su cabeza hacia adelante mientras contaba suavemente —uno… dos… tres…— y luego la retiraba para dejar que respirara. Cada vez llegaba un poco más profundo.

—Así… así… buena niña… Mi princesita es tan obediente…

Cristian, durante todo esto, había deslizado la cámara por una abertura entre las mantas del castillo. El objetivo capturaba cada centímetro de avance, cada expresión en el rostro drogado de Lucy, cada gota de saliva que brillaba bajo la tenue luz que filtraban las telas.

Después de varios minutos de succión rítmica, Ángel retiró su verga lentamente de la boca de Lucy con un sonido de succión audible. Ella jadeó, su boca llena de saliva que se le escapaba por las comisuras, sus ojos llorosos por el esfuerzo y la irritación.

—Ahora, princesita —dijo Ángel, su voz grave y melosa como caramelo quemado—, el mago necesita que le des besitos en otras partes también. ¿Ves estas axilas?

Ángel levantó su brazo derecho, mostrando su axila completamente expuesta. Estaba cubierta del mismo vello negro y rizado que el resto de su torso, pero aquí el sudor lo había empapado hasta formar mechones pegados y oscuros. El olor que emanaba era intenso y complejo—olor a macho en su estado más primitivo: tierra, sal, hormonas fermentadas y ese rancio distintivo de días sin bañarse combinado con desodorante viejo. Era un aroma denso, casi tangible.

—Están muy sudadas por el calor del truco —explicó Ángel—. Necesitan que las sobes con la lengua  para que se enfríen y el dragón pueda seguir curándose. ¿Puedes hacer eso por el mago?

Lucy, bajo los efectos del éxtasis que ahora fluía por su torrente sanguíneo como miel caliente, asintió. Para ella, en su estado alterado, esto no era repulsivo sino parte del juego mágico, una prueba más de su devoción.

Inclinó su cabeza y extendió la lengua—una lengüita rosada y delgada contra la jungla negra y húmeda. La primera lamida fue exploratoria, recogiendo la salinidad concentrada. El sabor era agrio, amargo, con un regusto metálico que hizo que su rostro se crispase involuntariamente.

—Bien, princesita —gruñó Ángel, observando con ojos entrecerrados—. Limpia bien toda la magia acumulada.

Lucy continuó, lamida tras lamida, recorriendo cada centímetro de la axila mientras su saliva se mezclaba con el sudor añejo, formando una emulsión brillante que goteaba por su barbilla.

—Ahora la otra —ordenó Ángel cambiando de brazo.

El proceso se repitió. Lucy lamía con dedicación religiosa mientras Cristian grababa desde múltiples ángulos, capturando cada gota que caía, cada expresión de concentración infantil distorsionada por las drogas.

—Y ahora —dijo Ángel girándose sobre la manta y levantando ligeramente sus nalgas—, la parte más mágica de todas. El mago necesita besitos aquí también.

Su culo era una extensión monumental de su cuerpo—redondo, firme y cubierto del mismo vello espeso. Entre las nalgas, apenas visible en la penumbra del castillo, estaba su agujero anal—oscuro, arrugado y rodeado de pelo rizado más claro. El olor aquí era aún más intenso—una mezcla de sudor rancio, restos fecales y esa esencia puramente animal que emanaba de su cuerpo sin lavar.

—Lámelo, princesita —ordenó Ángel, su voz suave pero inflexible—. Con la lengua bien extendida. Tienes que mostrar tu amor por el mago.

Lucy obedeció. Se colocó detrás de él y extendió su lengua lo más que pudo. La primera lamida fue sobre el esfínter mismo—una textura arrugada y sorprendentemente cálida contra su lengua fría. El sabor era fuerte y acre, con notas terrosas y un regusto a metal y sal marina.

Pero continuó, guiada por las drogas que convertían lo repulsivo en fascinante, lo prohibido en un acto de devoción mágica. Su lengua pequeña penetró ligeramente el esfínter relajado, explorando el calor interno mientras sus manos se aferraban a las nalgas peludas para mantener el equilibrio.

—Así… así… buena niña… —gemía Ángel, moviendo sus caderas levemente contra su cara—. Mi princesita tan obediente… tan dedicada a su mago…

Desde la cocina, donde yo estaba terminando de limpiar los azulejos detrás del fregadero, los sonidos llegaban como un murmullo confuso—gemidos bajos, susurros, sonidos húmedos intermitentes. Qué creativo es este mago, pensé mientras enjuagaba la esponja. Debe ser algún truco con agua o con telas mojadas. Qué bien que Lucy tenga esta experiencia mágica.

Después de lo que me parecieron horas de juegos en el castillo (en realidad fueron unos cuarenta y cinco minutos), oí a Ángel hablar nuevamente con esa voz grave que parecía vibrar en el suelo.

—Ahora, princesita —dijo—. Vamos a la habitación para el truco final. El más especial de todos. El que convierte a las niñas buenas en princesas para siempre.

Lucy respondió algo que no pude distinguir—su voz era un susurro borracho por las drogas—pero oí sus pasos tambaleantes cruzar la sala hacia el pasillo. Cristian los siguió, sus pasos más livianos pero igualmente determinados.

Yo me quedé en la cocina un momento más, terminando de secar los últimos platos y colocándolos en sus estantes correspondientes. Pero cuando pasaron por el pasillo frente a la cocina abierta, noté algo extraño: la puerta de la habitación de invitados no se cerró completamente. Quedó una rendija delgada como un dedo—un rectángulo de luz amarilla que se proyectaba sobre la alfombra del pasillo.

No pude resistir la curiosidad. Solo un vistazo rápido, me dije. Para ver qué truco tan especial ha preparado.

Me acerqué silenciosamente, descalzo sobre la alfombra gruesa. Me arrodillé junto a la puerta y acerqué mi ojo a la rendija.

Lo que vi allí me quedó grabado en la retina como un negativo fotográfico imposible de borrar.

Lucy estaba completamente desnuda sobre la cama matrimonial grande. Su cuerpo pequeño y pálido parecía aún más frágil contra las sábanas blancas arrugadas. Su pequeño cuerpo blanco sin desarrollar dos pezones del tamaño de lentejas coronado su blanco pecho.

Ángel estaba sobre ella, arrodillado entre sus piernas abiertas. Él también estaba desnudo ahora, y su cuerpo era una sombra monstruosa que bloqueaba parcialmente mi vista. Pero lo que más me impactó fue su verga—erecta de manera obscena, apuntando hacia el cuerpo pequeño de Lucy como un misil carnal. Medía fácilmente 25 centímetros, pero era el grosor lo que aterrorizaba: tan ancha como el puño cerrado de un niño.

—Abre bien las piernitas, princesita —dijo Ángel, su voz convertida en un susurro untuoso—. El mago va a hacer el truco más especial ahora. El truco que te hará mujer de verdad.

Lucy abrió sus piernas obedientemente. Su vagina era diminuta—un pequeño pliegue rosado sin labios desarrollados todavía, apenas un capullo cerrado.

Ángel colocó la cabeza morada de su verga en la entrada y comenzó a empujar.

—¡Ay! —gritó Lucy, su rostro contorsionándose inmediatamente—. ¡Duele, mago!

—Shh, princesita —dijo Ángel, acariciando su cabeza con una mano mientras con la otra guiaba su verga—. Es parte del truco mágico. Tienes que respirar hondo y relajarte. Así… exhala…

Lucy respiró temblorosamente, y Ángel empujó más fuerte.

Desde mi ángulo, podía ver claramente cómo la pequeña abertura vaginal se distendía alrededor del invasor monstruoso. Los labios menores, casi inexistentes, se estiraban hasta desaparecer bajo la presión. La piel alrededor del orificio se blanqueaba momentáneamente antes de ceder con un desgarro silencioso que solo pude imaginar.

Lucy gritó nuevamente—un sonido agudo y desgarrado que hizo que mi propio cuerpo se tensara instintivamente—pero las drogas en su sistema amortiguaban el dolor inmediato, transformándolo en una sensación difusa de presión extrema y ardor químico.

Ángel empujó hasta que toda la cabeza desapareció dentro de ella, y luego continuó lentamente, centímetro a centímetro tortuoso, mientras el vientre plano de Lucy comenzaba a mostrar un ligero abultamiento donde la cabeza de la verga empujaba contra sus órganos internos.

—Ya casi, princesita —murmuró Ángel mientras sudaba copiosamente—. Ya está entrando toda… Qué bien lo haces… Mi princesita valiente…

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, sus caderas quedaron pegadas a las de ella. Los 25 centímetros estaban completamente enterrados en ese cuerpo pequeño. Lucy gimió—un sonido que era mitad dolor, mitad éxtasis químico—y sus ojos se llenaron de lágrimas que corrieron por sus sienes hacia la almohada.

Ángel comenzó a moverse entonces. Primero lentamente, con embestidas cortas y profundas que hacían crujir los resortes de la cama bajo su peso combinado. El sonido dominante era el schlap-schlap-schlap húmedo y constante de carne contra carne, interrumpido por los jadeos roncos de Ángel y los gemidos agudos y quebrados de Lucy.

—¿Te gusta, princesita? —preguntó Ángel entre respiraciones pesadas.

—Sí… mago… —respondió Lucy, su voz distorsionada por las drogas y la extraña plenitud—. Se siente… grande… muy grande dentro…

—Así debe ser —gruñó Ángel acelerando gradualmente el ritmo—. Para una princesa especial, una verga especial.

Cambió de posición después de unos minutos. La giró de lado y levantó una de sus piernas sobre su hombro, penetrándola desde ese ángulo que le permitía mayor profundidad aún. Desde mi rendija, podía ver perfectamente ahora cómo su verga entraba y salía del cuerpo pequeño, cómo los labios vaginales ya hinchados y rojos se invertían con cada embestida, cómo el clítoris diminuto de Lucy asomaba entre los pliegues cada vez que Ángel se retiraba parcialmente.

Los sonidos se intensificaron: los gruñidos guturales de Ángel se hicieron más urgentes, los gemidos de Lucy más continuos aunque menos articulados. La cama golpeaba rítmicamente contra la pared con cada embestida—boom… boom… boom…—un metrónomo obsceno que marcaba el ritmo de la violación.

Después de quince minutos de sexo vaginal a ritmo constante, Ángel se retiró bruscamente. Su verga salió con un sonido pop húmedo que hizo que Lucy gimiera por la repentina vacuidad.

—Ahora, princesita —dijo Ángel respirando pesadamente—. Vamos a probar el otro agujerito. Para convertirte en princesa completa.

Lucy apenas respondió—solo un gemido débil cuando sintió la cabeza de su verga presionando contra su pequeño ano. Esta abertura era aún más estrecha, más resistente. Retiró el plug de conejita y con mucha dedicación le hizo un delicioso beso negro 

—mi pequeña lucy solo gemia mientras su lengua urgaba dentro de sus intestinos recuperando momentáneamente algo de conciencia a través del velo químico.

—Shh, princesita —la voz de Ángel era suave pero inflexible—. El mago sabe lo que hace. Pronto sentirás la magia Respira y empuja contra mí… le dijo mientras colocaba la punta de su verga en ese pequeño orificio

Empujó. Lucy gritó—un sonido tan agudo y desgarrador que hizo que yo retrocediera instintivamente de la rendija por un segundo. Cuando volví a mirar, ya había penetrado parcialmente. El pequeño esfínter anal estaba distendido alrededor del grosor monstruoso, blanqueado por la presión extrema antes de ceder con un desgarro que solo pude inferir por la forma en que el cuerpo de Lucy se convulsionó entero.

—Ya pasó lo peor —dijo Ángel comenzando a moverse lentamente—. Ahora solo siéntelo… siente cómo el mago te hace suya por completo…

Lucy lloraba abiertamente ahora, pero las lágrimas se mezclaban con una sonrisa boba y desconectada—las drogas manteniéndola en ese limbo donde el dolor extremo y el plésbico químico se fundían en una sensación indiferenciada e inescapable.

Ángel la folló analmente durante varios minutos, cambiando de ritmo caprichosamente—a veces lento y profundo, otras rápido y superficial—siempre observando su rostro como un científico observaría una reacción química interesante.

Luego cambió de posición nuevamente. La puso a cuatro patas y volvió a penetrarla vaginalmente desde atrás. En esta posición yo podía ver claramente cómo sus nalgas pequeñas y pálidas se estremecían con cada embestida brutal, cómo su vagina ya muy dilatada goteaba una mezcla de lubricantes naturales, sangre fina y los fluidos preseminales de Ángel.

—Qué buena princesita —gruñó Ángel sujetando sus caderas con manos que las cubrían completamente—. Toma toda la verga del mago… Toda para ti…

Después de casi una hora alternando entre sexo vaginal y anal en diversas posiciones—de lado, a cuatro patas, boca arriba con las piernas sobre los hombros de Ángel—este finalmente se retiró completamente. Su verga estaba brillante y pegajosa con múltiples fluidos.

Se arrodilló sobre el rostro de Lucy, que yacía exhausta e inmóvil salvo por los espasmos ocasionales que aún recorrían sus extremidades.

—Abre la boquita, princesa —ordenó suavemente.

Lucy abrió la boca obedientemente, sus ojos vidriosos fijos en el techo.

Ángel tomó su verga y orinó directamente en su garganta abierta. El chorro era caliente y ácido—un arco amarillo pálido que llenó su boca rápidamente y comenzó a derramarse por las comisuras. Lucy tragó a duras penas entre arcadas, pero Ángel sujetó su cabeza con ambas manos.

—Bébetela toda —dijo con voz firme—. Es la leche mágica del mago. Te hará crecer fuerte y obediente.

Cuando terminó de orinar, dejó escapar un suspiro satisfecho y volvió a penetrarla vaginalmente una vez más—esta vez con embestidas rápidas y desesperadas que anunciaban su climax inminente.

—Voy a llenarte… —gruñó entre dientes apretados—… a llenarte de mi magia, princesita… De mi semilla mágica…

Su cuerpo se tensó como un arco justo cuando yo pensé que no podía tensarse más. Sus embestidas se volvieron erráticas, espasmódicas, y entonces—con un gruñido gutural que sonó casi animal—eyaculó dentro de ella.

Vi desde mi ángulo cómo su cuerpo entero se convulsionaba con cada chorro, cómo sus manos se aferraban a las caderas de Lucy con fuerza blanqueadora, cómo su rostro se contraía en una mueca de puro éxtasis violento.

Lucy sintió el líquido caliente llenándola abruptamente—una sensación tan extrema que la hizo convulsionar en un pequeño orgasmo seco e involuntario, su cuerpo sacudido por espasmos eléctricos mientras los ojos se le ponían completamente blancos por un instante.

Cuando Ángel finalmente se retiró exhausto, su semen blanco y espeso comenzó a gotear inmediatamente de la vagina muy dilatada de Lucy, mezclándose con las gotas de sangre y los lubricantes en las sábanas ya manchadas.

Lucy quedó tendida inmóvil salvo por el leve temblor de sus extremidades, sus ojos abiertos pero sin ver nada, su boca entreabierta dejando escapar pequeños gemidos espasmódicos mientras su mente navegaba los mares químicos en los que la habían sumergido.

No mucho después del primer round completo, Ángel salió de la habitación tambaleándose ligeramente, su verga todavía semi-erecta y brillante con fluidos secándose en ella. Pasó por donde yo estaba ahora sentado en la cocina con una taza de té frío entre las manos.

—Me quedo a dormir —anunció sin mirarme directamente—. Tráeme una cerveza del refrigerador. Fría.

Luego miró hacia el pasillo donde Cristian esperaba silenciosamente. —Y tú —dijo con un tono que no admitía discusión— pon la cámara en modo grabación continua y prepárate.

Cristian asintió sin decir palabra y regresó a la habitación. Yo, obediente como siempre, fui al refrigerador y saqué una cerveza Corona. Cuando entré en la habitación—esta vez abierta completamente—la escena había cambiado nuevamente.

Ángel estaba recostado contra el cabecero de la cama, completamente desnudo todavía, su cuerpo masivo haciendo que el colchón se hundiera profundamente en el centro. Cristian se estaba desvistiendo lentamente junto a la cama—primero la camiseta negra con la calavera que reveló un torso delgado y pálido con costillas visibles, luego los jeans ajustados que bajó lentamente hasta los tobillos.

Debajo llevaba únicamente el suspensorio rojo que había estado marcándose todo el tiempo—una prenda mínima que ceñía sus caderas estrechas y contenía su paquete pequeño pero ya visiblemente erecto. Las correas laterales subían para unirse a un anillo trasero que separaba sus nalgas perfectamente redondas y pálidas como lunas de porcelana.

—Ven acá, sobrino —dijo Ángel extendiendo una mano.

Cristian se acercó obedientemente y se arrodilló entre las piernas abiertas de Ángel. Sin necesidad de instrucciones, tomó la verga semi-flácida pero todavía impresionante en su boca y comenzó a chupar con movimientos expertos y rítmicos—su cabeza rubia subiendo y bajando mientras sus manos masajeaban los testículos pesados y velludos.

—Mira bien, princesita —dijo Ángel dirigiéndose a Lucy, que observaba desde donde estaba recostada contra las almohadas—. Así es como se chupa una verga correctamente. Con devoción… con hambre… Cristian es un experto porque practica mucho. ¿Verdad, sobrino?

Cristian emitió un sonido gutural de asentimiento sin despegar sus labios del miembro.

Ángel continuó: —Tienes que usar toda la boca… no solo los labios… la lengua debe trabajar constantemente… aquí abajo en el frenillo… sí… justo ahí…

Lucy observaba fascinada, una mano deslizándose automáticamente entre sus propias piernas para acariciarse mientras miraba. Sus pupilas todavía dilatadas reflejaban la escena como en un espejo distorsionado.

Después de varios minutos de demostración, Cristian se retiró dejando la verga de Ángel completamente erecta nuevamente y brillante con saliva.

—Ahora prueba tú —dijo Ángel a Lucy—. Pero esta vez con instrucción experta.

Lucy se movió hacia el borde de la cama y se colocó entre las piernas de Ángel. Cristian se situó detrás de ella, colocando sus manos delgadas sobre las mandíbulas de Lucy para guiar el ángulo.

—Más abajo la cabeza —murmuró Cristian en su oído—. Así… ahora abre más la boca… usa los labios para sellar…

Lucy intentó seguir las instrucciones mientras Cristian movía su cabeza suavemente hacia adelante y hacia atrás estableciendo el ritmo. Con una mano libre, Cristian comenzó a acariciar la espalda desnuda de Lucy, luego deslizó esa mano hacia adelante hasta encontrar su pequeño pecho y pellizcar suavemente el pezón ya endurecido.

—Dos lecciones a la vez —murmuró Cristian mientras su otra mano bajaba hasta el montículo lampiño de Lucy—. La boca aprende… y el cuerpo también…

Sus dedos encontraron primero su clítoris hinchado y sensible, haciéndola gemir alrededor de la verga de Ángel, luego se deslizaron hacia atrás hasta penetrar suavemente su vagina todavía dolorida pero receptiva por las drogas.

Ángel observaba todo esto con ojos entrecerrados y una sonrisa satisfecha mientras Lucy aprendía bajo la tutela experta de su sobrino.

Yo seguía en la puerta, ahora completamente abierta pero semi-escondido tras el marco, viendo todo con una mezcla de horror y una excitación que no entendía ni quería entender. Mi verga estaba dura dentro de mis pantalones de cocinero—una erección insistente y vergonzosa que palpitaba con cada gemido de Lucy, cada gruñido de Ángel, cada lamida audible de Cristian.

No era gay. Nunca lo había sido. Mi esposa—había sido mi único interés sexual en la vida adulta. Pero ver a Cristian allí arrodillado… ese cuerpo puberto delgado apenas formándose… esas nalgas redondas perfectamente delineadas por el suspensorio rojo… algo antiguo y dormido se estaba despertando dentro de mí contra mi voluntad.

La puerta se abrió completamente de golpe entonces. Cristian estaba en el umbral, completamente desnudo excepto por el suspensorio rojo que ahora sostenía en una mano como una ofrenda ritual. Su verga pequeña pero completamente erecta apuntaba directamente hacia mí como un dedo acusador.

Su voz era suave pero clara cuando habló: —El mago dice que tú también tienes que participar ahora. Dice que si no te unes al círculo mágico… si rechazas el regalo… la princesita va a llorar mucho y la magia se romperá para siempre.

Mis piernas temblaron bajo mí pero no por miedo—por esa excitación traidora que ahora inundaba todo mi cuerpo como un veneno de acción lenta. Cristian extendió su mano libre hacia mí.

Me levanté del suelo donde me había quedado agachado y tomé su mano—fría y suave como mármol pulido. Me guió hacia dentro de la habitación donde el aire era ahora una sopa espesa de olores sexuales, sudor y el dulzor químico persistente de las drogas.

Dentro, Lucy estaba montada a horcajadas sobre Ángel ahora, su pequeña vagina empalada en toda la longitud de esa verga monstruosa mientras ella movía sus caderas lentamente con los ojos cerrados y una expresión beatífica en su rostro infantil.

Ángel me miró directamente por primera vez desde que había entrado en la casa. Sus ojos oscuros brillaban con inteligencia maliciosa y conocimiento absoluto.

—Siéntate ahí —dijo señalando una silla de madera junto a la cama—. Es tu turno de recibir magia también, papacito.

Me senté obedientemente mientras mis manos temblorosas desabrocharon mi pantalón y lo bajaron junto con mi ropa interior hasta los muslos. Mi verga saltó libre—dura, palpitante, ya con una gota de líquido preseminal brillando en el orificio.

Cristian no necesitó instrucciones. Se arrodilló entre mis piernas abiertas y tomó mi miembro completamente en su boca sin vacilación alguna.

La sensación fue eléctrica—un calor húmedo y experto que me hizo arquear la espalda instantáneamente y soltar un gemido que nunca antes había escuchado salir de mi garganta. No era gay… pero esto… esto era…

Cristian succionaba con un ritmo perfecto—profundo y constante mientras sus manos masajeaban mis muslos internos, luego mis testículos. Su lengua jugaba constantemente alrededor del frenillo, el punto más sensible, haciendo que mis piernas temblaran involuntariamente.

—Disfruta, papacito —dijo Ángel observando desde la cama mientras Lucy continuaba moviéndose sobre él lentamente—. Todos participan en la magia verdadera. No hay espectadores aquí… solo iniciados.

Después de varios minutos de esta atención oral experta, Cristian hizo algo inesperado. Sin que yo lo pidiera ni lo esperara, se giró completamente mientras mantenía mi verga en su boca en un ángulo imposiblemente flexible, hasta quedar con su espalda hacia mí, sus nalgas redondas y pálidas a nivel de mi rostro.

Luego, lentamente, separó esas nalgas perfectas con ambas manos para revelar su pequeño agujero anal rosado y apretado.

Y comenzó a bajarse lentamente sobre mi verga—no por la boca esta vez sino analmente.

La sensación fue abrumadora—una presión increíblemente ajustada y caliente que me hizo gritar mientras mis manos se aferraban a los brazos de la silla con fuerza blanca. Cristian bajó centímetro a centímetro tortuoso hasta quedar completamente sentado en mi regazo, mi verga enterrada profundamente en su recto estrecho mientras él gimía suavemente con cada centímetro ganado.

Luego comenzó a moverse—lento al principio, luego más rápido—montándome con una habilidad que hablaba de práctica extensiva mientras yo solo podía gemir y sujetarme a sus caderas delgadas como un náufrago a un madero.

No era gay… pero en ese momento, en ese lugar hediondo a sexo y sudor y drogas, con mi hija siendo violada a pocos metros de mí por un monstruo humano mientras yo era sodomizado por su sobrino adolescente… todas esas categorías parecían desvanecerse en algo más primitivo, más animal.

Solo había carne. Solo había sensación. Solo había esta oscuridad dulce que me tragaba enterito.

La noche se alargó en ciclos repetitivos pero no idénticos. Hubo rounds múltiples intercalados con pausas donde Ángel sacaba más drogas de su bolsa infinita: más poppers que hacían que nuestros corazones latieran como tambores frenéticos; más marihuana que nos envolvía en una neblina dulce y letárgica; más líneas de cocaína en espejos portátiles que pasábamos entre nosotros como comunión profana; más éxtasis que nos hacía acariciarnos unos a otros con una devoción llorosa y desesperada.

Lucy fue penetrada en cada agujero disponible una y otra vez—vaginalmente, analmente, oralmente—en cada posición imaginable: boca arriba con las piernas sobre los hombros peludos de Ángel; a cuatro patas mientras él la tomaba por detrás; de lado mientras Cristian me besaba y me tocaba; montada a horcajadas mientras Angel  jugueteaba con sus pequeños pezones ; lucy tenía su pequeño cuerpo boca abajo con una almohada bajo sus caderas mientras Ángel entraba en ella desde atrás con embestidas que hacían temblar el marco completo de la cama.

Su pequeña vagina y su ano fueron estirados repetidamente más allá de lo que debería ser posible para un cuerpo infantil, adaptándose gradualmente a la invasión constante hasta que hacia el final —solo se abría obedientemente cada vez que Ángel o yo mismo, en algún momento perdido de la noche) decidimos usarla nuevamente.

Cristian alternaba roles constantemente: a veces el instructor paciente guiando a Lucy en nuevas técnicas sexuales; a veces el sirviente devoto chupando la verga sudada de su tío hasta hacerlo venir en su garganta; a veces el iniciador experto tomando mi verga en su boca o en su apretado su ano mientras yo gemía cosas que nunca pensé decir; a veces incluso el receptor cuando Ángel decidía darle un «premio especial» por ser tan buen asistente.

Yo participé más de lo que mi mente consciente quería recordar después. Las drogas me hicieron perder inhibiciones que nunca supe que tenía mientras mi cuerpo respondía a estímulos que mi moralidad habría rechazado violentamente en estado sobrio.

En algún momento después de la medianoche—el tiempo había perdido todo significado—Ángel hizo que los cuatro nos acostáramos entrelazados en la cama grande: Lucy dormitando exhausta entre sus brazos enormes mientras él seguía penetrándola suavemente en sueños; Cristian acurrucado contra mi espalda con un brazo alrededor de mi cintura mientras su verga pequeña descansaba entre mis nalgas; yo enfrentado a Lucy mientras mis manos acariciaban mecánicamente su cabello sudado.

Así dormitamos intermitentemente entre rounds sexuales hasta que las primeras franjas grises del amanecer comenzaron a filtrarse por los bordes de las cortinas gruesas.

Fue entonces cuando Ángel finalmente se movió con decisión. Nos desenredó suavemente de nuestro montón humano sudoroso y comenzó a vestirse sin prisa pero sin pausa.

Cristian hizo lo mismo mientras yo observaba desde la cama donde ahora yacía solo junto a Lucy dormida profundamente.

—La próxima semana —dijo Ángel mientras se abrochaba los pantalones— traeré más juguetes mágicos. Juguetes que vibran… juguetes que brillan en la oscuridad… juguetes que hacen que la magia dure aún más tiempo.

Cristian asintió silenciosamente mientras se ponía su ropa—primero el suspensorio rojo cuidadosamente ajustado, luego los jeans ajustados que subió lentamente sobre sus caderas estrechas ocultando ese secreto escarlata, finalmente la camiseta negra con la calavera que cayó sobre su torso delgado como una segunda piel.

Cuando ambos estuvieron completamente vestidos excepto por las botas que Ángel se puso con gruñidos satisfactorios mientras las amarraba, se acercaron a la cama una última vez.

Ángel se inclinó sobre Lucy dormida y besó su frente sudorosa con una ternura que parecía genuina en ese contexto perverso.

—¿Fue divertido, princesita? —murmuró contra su piel.

Lucy murmuró algo ininteligible en sueños pero sonrió débilmente—una sonrisa infantil pura que contrastaba brutalmente con las marcas rojas y moradas que cubrían su cuello, sus muñecas, sus muslos internos.

—¿Cuándo vuelves, mago? —susurró apenas audible.

—Pronto —prometió Ángel enderezándose—. Muy pronto, mi princesita especial.

Y entonces se fueron—primero Cristian con la cámara ahora guardada en su bolso negro, luego Ángel con su bolsa de lona que parecía más liviana ahora pero no menos misteriosa.

La puerta principal se cerró tras ellos con un click definitivo.

El silencio que llenó la casa entonces fue más absoluto que cualquier silencio que hubiera experimentado antes—un silencio físico pero también moral, un vacío que parecía absorber hasta el sonido de mi propia respiración acelerada.

Me quedé sentado al borde de la cama durante minutos interminables mirando a Lucy dormir mientras su pequeño pecho subía y bajaba regularmente bajo el edredón arrugado.

Finalmente me levanté y me acerqué a ella. Me incliné y acaricié su cabeza—su cabello rubio estaba pegajoso y apelmazado en algunos lugares por fluidos secos que preferí no identificar demasiado.

Ella abrió los ojos lentamente—y me miró directamente.

—Papá —dijo con voz ronca por el uso excesivo y las drogas—. El mago me hizo princesa de verdad esta vez.

Sonreí—un gesto automático que surgió de algún lugar profundo dentro de mí donde el padre amoroso aún existía bajo todas las nuevas capas de confusión y excitación culpable.

—Sí —dije acariciando su mejilla caliente—. Sí, mi niña linda. Eres la princesa más hermosa del mundo entero.

Ella sonrié satisfecha antes de cerrar los ojos nuevamente y hundirse en un sueño más profundo aún.

1 Lecturas/24 agosto, 2026/0 Comentarios/por Andy91
Etiquetas: anal, gay, hija, mayor, montaña, padre, semen, sexo
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