Mi viejo amigo
Nunca imaginé que la historia de mi viejo amigo Tomás Yepes terminaría grabada en mi memoria con tanta fuerza. .
Lo conocí como un hombre disciplinado, respetado por quienes trabajaban a su lado y acostumbrado a tomar decisiones difíciles desde la jefatura de una oficina que parecía funcionar con la precisión de un reloj.
Entre todas las personas que formaban parte de su equipo, había una que destacaba por encima de las demás: Susana Yáñez. No era la más antigua ni la de mayor cargo, pero sí la que cargaba el peso más grande. Cada jornada de trabajo representaba para ella algo más que una obligación laboral; era la garantía del sustento de toda una familia que dependía de su esfuerzo.
No es relevante cómo llegué a conocer esta historia ni las circunstancias en las que me fue contada. Basta con decir que la escuché de la propia boca de mi viejo amigo, Tomás. Fue él quien, una tarde cualquiera, decidió compartir conmigo una experiencia que, según sus propias palabras, había marcado un antes y un después en su vida.
¿Qué puedo decir? Mi primera impresión fue que se trataba de una experiencia excitante. Mientras lo escuchaba, imaginé una de esas historias que suelen contarse entre amigos con una mezcla de orgullo y nostalgia, de aquellas que comienzan como un episodio ordinario y terminan convirtiéndose en un recuerdo imborrable. La serenidad con la que relataba cada detalle me llevó a pensar que estaba ante una vivencia extraordinaria, una de esas que pocos tienen la fortuna de experimentar.
Sin embargo, a medida que avanzaba en su relato, comprendí que las apariencias suelen ser engañosas y que detrás de ciertos recuerdos se esconden matices mucho más complejos de lo que uno imagina en un primer momento.
—Todo comenzó cuando Susana llevaba poco más de dos años trabajando conmigo —me dijo Tomás, acomodándose en la silla mientras parecía buscar entre sus recuerdos—. En ese entonces yo no imaginaba que aquella mujer terminaría cambiando mi vida de la forma en que lo hizo.
Tomás era economista y dirigía una oficina de tamaño mediano. Había aprendido a mantener cierta distancia con sus funcionarios; después de todo, la experiencia le había enseñado que la cercanía excesiva suele complicar las relaciones laborales. Sin embargo, con Susana las cosas fueron distintas desde el principio.
Era una mujer responsable, puntual y extraordinariamente comprometida con su trabajo. Rara vez hablaba de sus problemas personales, aunque no era difícil advertir que llevaba una carga considerable sobre los hombros. Con el tiempo, Tomás supo que no solo respondía por sí misma, sino también por buena parte de su familia.
Vivía con su madre, Joanna, una mujer de cabello negro, de semblante amable y algo gorda, su senos eran bastante grandes así como su culo, reflejo de un cuerpo más maduro pero similar al de Susana. En la casa también residían dos de sus hermanos menores, una tía ya entrada en años y su hija adolescente que había quedado bajo el cuidado de la familia. Eran muchas personas compartiendo un espacio demasiado reducido.
—Conocí a Joanna casi por casualidad —continuó Tomás—. Al principio únicamente la veía cuando pasaba a recoger a Susana después de cada jornada. Luego comencé a verla con más frecuencia. Se volvió algo habitual.
Aquellas visitas ocasionales le permitieron conocer poco a poco la realidad en la que vivía su empleada.
La casa era pequeña, mucho más de lo que uno imaginaría para una familia tan numerosa. Años atrás habían iniciado la construcción de un segundo piso con la esperanza de ganar espacio, pero las dificultades económicas habían detenido la obra cuando apenas se encontraba a medio terminar. Desde entonces, columnas desnudas, paredes sin terminar y varillas expuestas permanecían como el recordatorio permanente de un proyecto inconcluso.
La situación había obligado a la familia a improvisar. La sala había sido transformada en dormitorio y algunos muebles servían para dividir espacios que originalmente nunca fueron pensados para ser habitaciones. Cada rincón cumplía más de una función.
—Lo que más me impresionó no fue la falta de espacio —me confesó Tomás—. Fue la manera en que todos parecían haberse acostumbrado a ella.
Mientras otras personas se habrían dejado vencer por las circunstancias, Susana parecía encontrar fuerzas para continuar. Salía temprano cada mañana, regresaba al final de la tarde y todavía encontraba energía para ayudar en casa, supervisar los gastos familiares y avanzar, poco a poco, en los planes que tenía para terminar aquella construcción abandonada.
Durante meses observé todo aquello desde la distancia. Pensaba que simplemente estaba conociendo mejor a una empleada ejemplar. Creía que la historia terminaba ahí.
Estaba equivocado.
Porque fue precisamente en aquella casa de paredes inconclusas donde comenzó a desarrollarse una cadena de acontecimientos que ninguno de nosotros habría podido prever.
—Si tuviera que señalar un momento concreto en el que todo comenzó, sería aquella noche —me dijo Tomás—. Han pasado años y todavía puedo recordarla con una claridad sorprendente.
Habían terminado una jornada particularmente agotadora. Un proyecto urgente había obligado al equipo a permanecer en la oficina mucho más tiempo de lo habitual. Cuando finalmente concluyeron, la ciudad ya estaba envuelta en la oscuridad y el cansancio se reflejaba en el rostro de todos.
—¿Te gustaría comer algo antes de irte a casa? —le pregunté.
No había ninguna intención oculta en la invitación. Al menos no entonces. Susana había trabajado tan duro como cualquiera aquel día y me pareció un gesto justo.
Para mi sorpresa, aceptó.
Terminaron en un pequeño restaurante de barrio que aún permanecía abierto. La idea inicial era cenar algo ligero y regresar cada uno a su casa. Sin embargo, una conversación llevó a otra. Los temas laborales dieron paso a asuntos cotidianos, luego a recuerdos personales, y antes de darse cuenta ya habían pedido unas cervezas para acompañar la comida.
—Supongo que el alcohol tiene esa extraña capacidad de aflojar las cadenas que normalmente sujetan nuestras palabras —dijo Tomás con una sonrisa nostálgica.
La primera cerveza apenas cambió el ambiente. La segunda hizo que las formalidades desaparecieran. Para la tercera, Susana hablaba con una sinceridad que él jamás le había conocido.
Fue entonces cuando comenzó a contarle su historia.
No lo hizo buscando compasión. De hecho, parecía más interesada en desahogarse que en despertar lástima. Habló de su infancia, de los años difíciles, de las oportunidades que nunca llegaron y de las responsabilidades que aparecieron demasiado pronto.
Le contó cómo, tras la enfermedad de su padre y su posterior ausencia de la familia, muchas de las obligaciones económicas habían recaído sobre ella. Le habló de Joanna, su madre, quien hacía cuanto estaba a su alcance para mantener el hogar en pie, aunque la edad y los años de trabajo comenzaban a pasar factura.
También le habló de la casa.
Tomás ya la había visto varias veces, pero aquella noche comprendió lo que realmente significaba.
No era solamente una construcción inconclusa.
Era el símbolo de una promesa rota.
Durante años habían reunido dinero para levantar el segundo piso. Cada ahorro representaba una esperanza. Cada ladrillo colocado parecía acercarlos a una vida más cómoda. Pero las dificultades económicas llegaron una tras otra y la obra terminó detenida indefinidamente.
—Hay días en los que siento que nunca la vamos a terminar —confesó Susana mientras giraba lentamente la botella entre sus manos.
Tomás recuerda que, por primera vez, observó a la mujer que tenía delante más allá de la eficiencia profesional que exhibía cada mañana en la oficina.
Aquella noche vio a una hija preocupada por su madre.
A una hermana que asumía responsabilidades que no le correspondían.
A una mujer que llevaba años sacrificando sus propios sueños para sostener los de los demás.
Y fue precisamente en ese instante cuando ocurrió algo inesperado.
Tomás comenzó a preocuparse por ella.
No como jefe.
No como compañero de trabajo.
—Esa noche ocurrió algo más —me confesó Tomás después de unos segundos de silencio.
Las horas habían pasado deprisa. Las botellas vacías se acumulaban sobre la mesa y el restaurante comenzaba a quedarse sin clientes. La conversación, que había empezado hablando de trabajo, había terminado recorriendo territorios mucho más personales.
Susana reía con más facilidad de lo habitual. Sus respuestas eran más espontáneas y, por momentos, parecía observar a Tomás con una atención que trascendía la simple cordialidad.
—Quizá fue el alcohol —dijo Tomás—. Quizá solo fue mi percepción. Pero tuve la impresión de que estaba intentando acercarse a mí de una manera distinta.
No se trataba de nada evidente. No hubo palabras comprometedoras ni gestos inequívocos. Fueron detalles pequeños: la forma en que prolongaba algunas miradas, ciertas sonrisas que aparecían sin motivo aparente, la confianza con la que hablaba de asuntos que normalmente habría reservado para personas muy cercanas.
Tomás reconoció que aquella situación lo incomodó.
No porque Susana le resultara indiferente.
Todo lo contrario.
Era una mujer atractiva. Su cabello oscuro, su figura esbelta y la determinación que demostraba cada día la convertían en una presencia difícil de ignorar. Pero existía una realidad que pesaba más que cualquier otra consideración.
Era su subordinada.
Y él era su jefe.
—Sabía perfectamente que estaba entrando en terreno peligroso —me explicó—. Había visto historias parecidas terminar mal más de una vez. La diferencia de posiciones podía generar malentendidos, rumores o situaciones injustas para cualquiera de los dos.
Por esa razón intentó mantener la conversación dentro de límites razonables. Cuando percibía que el tono se volvía demasiado personal, desviaba el tema. Cuando notaba cierta cercanía emocional, procuraba recuperar algo de distancia.
Sin embargo, cuanto más intentaba comportarse como el jefe responsable que creía ser, más consciente se volvía de algo que no le agradaba admitir.
Disfrutaba su compañía.
Disfrutaba escucharla.
Disfrutaba verla sonreír después de tantos relatos sobre dificultades y sacrificios.
Y aquella contradicción comenzó a inquietarlo.
Disfrutaba verla sonreír después de tantos relatos sobre dificultades y sacrificios.
Y aquella contradicción comenzó a inquietarlo.
Sin embargo, la noche aún estaba lejos de terminar.
—Debían ser cerca de las once cuando uno de los empleados se acercó a nuestra mesa —recordaba Tomás—. Con mucha amabilidad nos dijo que estaban por cerrar.
Ambos miraron alrededor. Sin darse cuenta, se habían convertido en los últimos clientes del lugar.
Pagaron la cuenta y salieron al estacionamiento. El aire fresco de la noche contrastaba con el ambiente cálido que habían dejado atrás. Durante unos segundos permanecieron en silencio, como si ninguno quisiera romper la extraña comodidad que se había instalado entre ellos.
Fue entonces cuando Tomás observó que, a pesar de las cervezas, se encontraba perfectamente capaz de conducir.
—Puedo llevarte a tu casa si quieres —le dijo.
La propuesta surgió de manera natural. Después de todo, ya era tarde, el transporte público a esas horas era escaso y conocía la zona donde vivía Susana.
Lo que no esperaba fue la reacción de ella.
—¿De verdad? —preguntó con una alegría que pareció demasiado grande para una oferta tan simple.
Tomás asintió.
—Claro. No me cuesta nada.
La sonrisa que apareció en el rostro de Susana fue inmediata. No era una sonrisa de cortesía ni de compromiso. Era la expresión sincera de alguien que acababa de recibir una noticia que le agradaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Me encantaría —respondió.
Aquella respuesta llamó la atención de Tomás.
No porque hubiera nada impropio en ella, sino porque parecía genuinamente entusiasmada con la idea de prolongar un poco más aquel encuentro.
Caminaron hasta el vehículo conversando sobre asuntos triviales. El trabajo había quedado atrás. También las preocupaciones económicas y las historias familiares. Por primera vez en toda la noche, Susana parecía simplemente una mujer disfrutando de un momento agradable.
Cuando Tomás abrió la puerta del copiloto, ella se acomodó en el asiento con una naturalidad inesperada, como si aquella escena hubiera ocurrido muchas veces antes y no fuera, en realidad, la primera.
—Recuerdo que pensé que estaba más relajada que nunca —me contó—. La veía sonreír mientras se ajustaba el cinturón y me costaba reconocer a la misma mujer reservada y prudente que encontraba cada mañana en la oficina.
Encendió el vehículo y comenzó a conducir.
Las calles estaban casi vacías. La ciudad parecía haberse rendido al sueño, dejando apenas algunos automóviles dispersos y el resplandor anaranjado de las luminarias acompañando el camino.
Dentro del coche, en cambio, la conversación continuó fluyendo con sorprendente facilidad.
El trayecto terminó más rápido de lo que cualquiera de los dos hubiera deseado.
Cuando llegaron al frente de la casa, Tomás estacionó el vehículo y apagó el motor. De inmediato, el silencio ocupó el espacio que durante varios minutos había llenado la conversación.
La vivienda se alzaba frente a ellos, apenas iluminada por una lámpara exterior. Desde la calle podían distinguirse las sombras de la construcción inconclusa del segundo piso, aquel proyecto detenido que Susana le había descrito con tanto detalle unas horas antes.
—Bueno… ya llegamos —dijo Tomás.
—Sí… ya llegamos —respondió ella.
Ninguno pareció tener prisa por abrir la puerta.
Durante unos segundos intercambiaron frases breves e intrascendentes, como suelen hacerlo las personas que buscan prolongar una despedida sin reconocerlo abiertamente. Ninguno sabía exactamente cómo terminar aquella noche.
Tomás percibió que Susana parecía nerviosa.
Ella jugueteaba con las manos sobre su regazo y evitaba sostenerle la mirada durante demasiado tiempo. Por momentos parecía dispuesta a decir algo importante; al siguiente instante cambiaba de idea.
—Gracias por todo —dijo finalmente.
—No tienes nada que agradecer.
—Sí lo tengo.
Tomás sonrió.
Y entonces ocurrió.
De manera repentina, antes de que él pudiera interpretar lo que estaba sucediendo, Susana se inclinó hacia él y lo abrazó.
No fue un gesto protocolario ni una despedida rápida.
Fue un abrazo intenso, cargado de emoción contenida.
Tomás apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Sintió los senos de Susana aplastarse con fuerza contra su pecho, como si durante toda la noche hubiera estado acumulando sentimientos que finalmente encontraron una salida. Por un instante permaneció inmóvil, sorprendido por la espontaneidad de aquel gesto.
—Fue uno de esos momentos en los que la mente tarda varios segundos en comprender lo que está pasando —me confesó.
El abrazo duró apenas unos instantes, aunque en su recuerdo siempre pareció mucho más largo.
Tomás percibió la tensión emocional que acompañaba aquel contacto. No parecía el abrazo de una empleada a su jefe. Tampoco el de una simple amiga agradecida.
Había algo más difícil de definir.
Algo relacionado con la confianza.
Con el alivio.
Con la necesidad humana de sentirse escuchada después de llevar demasiado tiempo cargando sola con los problemas.
Cuando finalmente se separaron, Susana pareció darse cuenta de la intensidad de su reacción.
Su expresión cambió de inmediato.
Una mezcla de sorpresa, vergüenza y nerviosismo cruzó por su rostro.
—Perdón… —murmuró—. No sé por qué hice eso.
Tomás no respondió de inmediato.
Porque la verdad era que tampoco sabía qué decir.
Cuando Susana se apartó del abrazo, ninguno de los dos pareció encontrar inmediatamente las palabras adecuadas.
Había algo distinto en el ambiente.
Algo que hasta entonces había permanecido oculto bajo las conversaciones, las responsabilidades laborales y las precauciones que ambos se habían impuesto.
Susana lo observó durante unos segundos. Una sonrisa discreta apareció en sus labios, cuando notó que la mirada de Tomás se había desviado hacia sus grandes senos, a pesar de no haber un escote presente.
—¿Quieres pasar un momento? —preguntó.
La invitación tomó a Tomás por sorpresa.
Durante una fracción de segundo estuvo a punto de aceptar sin pensarlo.
—Sí… —alcanzó a responder.
Pero enseguida recordó todo lo que ella misma le había contado aquella noche.
La casa pequeña.
Los espacios improvisados.
La familia numerosa.
Joanna.
Los hermanos.
La sobrina.
La tía.
Miró hacia la vivienda y luego volvió a verla.
—¿Y tu familia? —preguntó—. Creí que todos estaban en casa.
Susana soltó una breve risa.
—Sí.
—¿Y entonces?
—Mi tía cuida de mis hermanos y mi sobrina, puedo pedirle que los lleve a su cama si te hace sentir incómodo.
Tomás arqueó una ceja.
—Eso sigue dejando a tu mamá.
La sonrisa de Susana se hizo un poco más amplia.
—Mi mamá no nos molestará.
—¿No?
—Es muy discreta, tu sabes como es ella, no tienes de que preocuparte.
Tomás comprendió que aquella familia funcionaba de una manera muy distinta a lo que él supondría. No era que ignoraran lo que ocurría a su alrededor, sino que respetaban ciertos límites sin necesidad de hablar de ellos. La sola tranquilidad con la que Susana respondía revelaba que aquella situación no le parecía extraña ni embarazosa.
Aun así, él no pudo evitar sentirse algo incómodo. La revelación pareció sorprenderlo tanto como inquietarlo.
—Vaya…
—Sí —respondió ella sin apartar la mirada.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
No era un silencio incómodo.
Era uno de esos silencios cargados de significado que aparecen cuando dos personas saben que están frente a una decisión importante.
Tomás observó la puerta de la casa.
Luego observó a Susana.
Después de unos segundos de vacilación, Tomás había decidido aceptar. Ya era tarde para seguir dando vueltas a sus dudas y, en el fondo, la ilusión en el rostro de Susana hacía difícil negarse. Ambos bajaron del automóvil y caminaron juntos hasta la entrada de la vivienda.
Susana parecía incapaz de ocultar su felicidad. Una sonrisa permanente iluminaba su rostro, incluso bajo la tenue luz de la calle. Sus pasos eran ligeros y seguros, como si estuviera deseando mostrarle una parte importante de su mundo. Tomás, por el contrario, se sentía más nervioso de lo que estaba dispuesto a admitir. Procuraba mantener una expresión tranquila, pero la tensión en sus hombros y la rapidez de sus pensamientos lo traicionaban.
La puerta se abrió con cuidado.
Al ingresar, la oscuridad los envolvió de inmediato. La casa permanecía en penumbra, apenas iluminada por una débil claridad que se filtraba desde una ventana lejana. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse.
Lo primero que distinguió fue la sala.
Un mueble de mimbre, alto y ancho, dividía el espacio en dos partes como una improvisada pared. A cada lado había una cama individual, una vacía y la otra ocupada por alguien que dormía profundamente bajo mantas ligeras. El silencio era tan completo que podía escucharse el leve zumbido de un ventilador funcionando en algún rincón.
A la izquierda se extendía un corredor estrecho. Desde donde estaba podía ver dos habitaciones con las puertas abiertas, ambas sumidas en la oscuridad. Más al fondo había una única puerta cerrada.
—Ese es el baño —susurró Susana cerca de su oído.
Tomás asintió.
Ella tomó su mano con naturalidad y lo condujo despacio hasta una de las camas ubicadas en la sala, la que estaba ocupada. Se movían casi sin hacer ruido, cuidando de no despertar a nadie.
Al acercarse, distinguió mejor las pequeñas figuras dormidas.
Dos niños descansaban allí, profundamente dormidos. Uno estaba recostado boca arriba, con un brazo extendido fuera de la cobija. El otro se había enroscado sobre sí mismo, abrazando una almohada desgastada.
Susana sonrió al observarlos.
—Son mis hermanos —susurró.
Tomás inclinó ligeramente la cabeza para escucharla.
—Él es Daniel, tiene nueve años.
Señaló al mayor de los dos.
—Y el pequeño es Samuel. Acaba de cumplir seis.
Tomás los observó unos instantes. Dormían con esa tranquilidad absoluta que solo tienen los niños.
La sonrisa de Susana se hizo más cálida.
Permanecieron unos segundos contemplándolos en silencio. Ninguno de los dos encendió una sola luz. No era necesario. Poco a poco, Tomás comenzaba a distinguir los detalles de la casa únicamente gracias a la escasa claridad que entraba desde el exterior.
Susana se acercó un poco más y habló tan bajo que Tomás apenas pudo escucharla.
—Voy al baño un momento.
Él asintió.
Ella miró hacia la cama donde dormían sus hermanos y volvió a inclinarse hacia él.
—Si quieres, puedo llevarlos adentro para que estés más cómodo.
Tomás observó nuevamente a los niños. Dormían profundamente, ajenos a todo.
—No —respondió en un susurro—. Déjalos descansar. No vale la pena despertarlos.
La expresión de Susana se suavizó aún más.
—Sabía que dirías eso.
Tomó nuevamente su mano y lo condujo alrededor del mueble de mimbre. Al cruzar al otro lado, Tomás entendió que era la cama de Susana. Sobre una silla cercana descansaban algunas prendas dobladas. Era claramente su espacio.
—Siéntate aquí —le indicó.
Tomás obedeció.
El colchón se hundió ligeramente bajo su peso.
Susana le dedicó una última sonrisa, una de esas sonrisas tranquilas y confiadas que parecían surgirle con facilidad aquella noche.
—Ya vuelvo.
Luego se alejó.
Su figura avanzó por el corredor y desapareció entre las sombras. Un instante después, Tomás escuchó el leve sonido de una puerta abriéndose y cerrándose.
Y entonces se quedó solo.
Sentado al borde de la cama, inmóvil.
El nerviosismo que había esperado perder al entrar en la casa seguía allí, tan presente como antes. Quizá incluso más.
Apoyó los antebrazos sobre las piernas y recorrió el lugar con la mirada. La oscuridad ocultaba muchos detalles, pero poco a poco sus ojos se acostumbraban mejor.
La casa permanecía en silencio.
De vez en cuando se escuchaba el crujido de alguna madera o la respiración pausada de los niños al otro lado de la habitación.
Tomás tragó saliva.
Aquello era extraño.
No desagradable. No incómodo exactamente.
Solo diferente.
Era la primera vez que entraba tan profundamente en la vida cotidiana de Susana. Hasta entonces ella había sido la compañera de trabajo, la mujer con la que compartía conversaciones, risas y largos trayectos. Ahora estaba sentado en su cama, rodeado por las personas que formaban su mundo.
Y eso lo hacía sentirse vulnerable de una manera inesperada.
Tomás soltó una lenta exhalación y trató de relajarse, pero su cuerpo parecía decidido a permanecer en alerta. Sus manos estaban tensas, sus pensamientos corrían demasiado rápido y cada segundo de espera parecía prolongarse más de lo normal.
Así que permaneció allí, quieto, escuchando el silencio de la casa y aguardando el regreso de Susana.
Y entonces, la puerta se abrió.
La luz del baño, una tenue franja amarillenta, cortó la oscuridad de la sala y luego desapareció.
Susana apareció. Pero no era la Susana de la oficina, con sus blusas discretas y sus faldas hasta la rodilla. Era otra mujer.
Mi viejo amigo me confesó que, en ese momento, el lenguaje se le hizo inútil. Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta, convertidas en un nudo seco de asombro y lujuria. Intentó encontrar un adjetivo, una comparación, pero su cerebro, se había rendido por completo ante la realidad cruda de la carne femenina.
Salía del baño semidesnuda.
Solo llevaba su ropa interior. Un sujetador de encaje negro, gastado pero elegante, luchaba por contener unos senos mucho más grandes de lo que Tomás había imaginado. No eran simplemente grandes; eran pesados. Podía verlo en la forma en que el encaje se tensaba, en cómo la carne se desbordaba ligeramente por la parte superior y los costados. Eran senos con un peso y una gravedad que prometían calidez y suavidad.
En sus ojos vío toda la inquietud del mundo. No era seducción segura, era una ofrenda temblorosa. Estaba ahí, expuesta, esperando su veredicto. Su cuerpo era la pregunta, y la expresión de su rostro, la súplica por una respuesta que no fuera el rechazo. Parecía una adolescente en su primera vez, mezclada con la valentía desesperada de una mujer que se juega todo en una sola carta.
La mirada de Tomás descendió, obligada por una gravedad más poderosa que la de la tierra. Bajó por el estómago de Susana, por el ombligo, hasta detenerse en el triángulo de tela que constituía su prenda inferior. Una microtanga del mismo color negro. Era apenas un hilo, una promesa, una mentira tejida para ocultar lo que más quería ser visto. La tela se hundía en sus caderas, marcando el inicio de unas piernas que le quitaron por completo la capacidad de pensar.
—Sus piernas… —me dijo Tomás, y su voz era un ronco suspiro, como si estuviera confesando un pecado mortal—. …no alcanzaba el lenguaje. Dios, no había palabras.
Y le entendí. Porque no se trataba de piernas delgadas y estilizadas, de las que se ven en las revistas. Eran piernas reales. Piernas de mujer. Gruesas y largas a la vez, con muslos firmes y poderosos que prometían poder para estrangular, para aprisionar. Eran piernas que habían corrido, que habían cargado, que se mantenían firmes día tras día. La piel, de un tono moreno suave, parecía lisa y cálida incluso a distancia. Tomás sintió una calentura recorrerle el cuerpo. Era la fiebre de la carne, la respuesta animal ante la visión de una compañera de apareamiento. Imaginó esas piernas envolviendo su cintura, apretándose contra su espalda, sintió el peso de ellas sobre sus hombros, y su verga, que ya estaba medio erecta desde el abrazo en el carro, se endureció hasta el punto de dolerle, presionando con desesperación contra la tela de sus pantalones.
Susana dio un paso. Luego otro. Caminaba hacia él en el silencio que les exigía esa sala compartida, un silencio denso por el peso de los cuerpos dormidos de sus hermanitos a solo unos metros. Cada paso era un latido. El crujido del suelo bajo sus pies descalzos era el único sonido. Se movía con una lentitud hipnótica, acercándose a la cama donde él estaba sentado, un hombre al borde del colapso.
Tomás no pudo más. No podía seguir siendo un espectador. No podía seguir sentado ahí, como un idiota, con el cuerpo ardiéndole y la mente en blanco. La ofrenda estaba sobre la mesa. Y él tenía que aceptarla.
Se puso de pie.
El movimiento fue brusco, casi violento. El colchón emitió un quejido al liberarse de su peso. Se levantó y se acercó a ella, cerrando la distancia que los separaba en dos zancadas largas y decididas. Ahora estaban frente a frente, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel.
La diferencia de altura era perfecta. Él, varios centímetros más alto, la dominaba con su sombra. Sus ojos se encontraron con los de ella. La inquietud en su rostro se había transformado en otra cosa. En expectación. En un miedo excitado.
Levantó una mano. No con suavidad, sino con una urgencia que no podía controlar. Sus dedos temblaron ligeramente al tocarla. No la tocó en la cara, ni en el hombro. Su mano fue directamente a la carne que lo hechizó.
La posó sobre su vientre, justo encima de la tanga. La piel era más suave y cálida de lo que había imaginado. Sintió la suavidad de su panza, el temblor involuntario que recorrió su cuerpo al contacto. Deslizó los dedos hacia los lados, siguiendo la línea de la prenda, hasta sentir el hueso de su cadera. Era afilado, sólido. Un ancla en medio de tanto temblor.
—Susana… —logró susurrar, y su propia voz le sonó extraña, ronca, cargada de deseo
Ella no respondió. Solo cerró los ojos y inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea delicada de su cuello. Era una rendición total. Un permiso silencioso.
Fue todo lo que Tomás necesitó.
Su otra mano subió, con la misma urgencia, y se fue directamente a uno de sus senos. No lo acarició. Lo agarró. Lo llenó con su palma, sintiendo el peso, la plenitud. El encaje del sujetador raspaba contra su piel. Apretó, y un gemido bajo y profundo escapó de los labios de Susana, un sonido que se perdió en el silencio de la sala pero que resonó en todo el ser de Tomás como un trueno.
La mano que tenía en su vientre descendió. Siguió el camino de la tela de la tanga, hasta que sus dedos encontraron el calor, la humedad, la promesa que se escondía justo debajo. La presionó con la base de la palma, y Susana arqueó la espalda, empujando su seno con más fuerza contra la mano de Tomás. El mundo se había reducido a ese punto, a ese triángulo de tela húmeda y a la carne que palpaba debajo. Él iba a deslizarla hacia un lado, a sentirla por fin, a entrar en ella…
Y entonces, un sonido.
No fue un ruido fuerte. Fue el crujido de madera, el chirrido del suelo. Un sonido tan insignificante en cualquier otro contexto, pero que en ese silencio sagrado y pecaminoso fue como el estruendo de una campana de iglesia anunciando el fin del mundo.
Tomás se congeló.
La mano que agarraba el seno de Susana no se movió, pero la presión cambió. La otra mano, la que presionaba su sexo, se detuvo en seco, convirtiéndose en un peso muerto sobre la tela.
Susana reaccionó antes que él. Pero su cuerpo se mantuvo relajado y entregado. Sus ojos, que estaban cerrados en un éxtasis naciente, se abrieron y miraron hacia el corredor, hacia la fuente de aquel sonido.
Desde la penumbra más profunda del pasillo, una figura se materializó.
Era Joanna. La madre.
Llevaba puesto un viejo camisón de algodón corto, demasiado corto, casi transparente a la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Su cabello caía desordenado sobre sus hombros. Tomás no pudo evitar notarlo, incluso en medio de su terror: los senos de Joanna, eran enormes, colgando bajo la fina tela del camisón. Sus caderas eran anchas, y sus muslos mucho más gruesos que los de su hija.
No dijo nada.
No movió un músculo, salvo por el de su mano derecha, que se subió lentamente a su boca, como si quisiera contener un grito de sorpresa. Sus ojos, dos pozos oscuros e insondables en la penumbra, estaban fijos en ellos. Pero en su mirada no había ira, ni furia, solo sorpresa.
Había una calma aterradora.
Era el juicio silencioso y absoluto y Tomas recordó…»mi mamá no nos molestará». Significaba «permitir».
Tomás podía sentir el sudor frío en su frente. Su erección se había desvanecido por completo. Pero no podía moverse. Estaba atrapado. Atrapado por la mirada de aquella mujer.
Joanna mantuvo su mirada fija en ellos durante lo que pareció una vida entera. Luego, con la misma lentitud, dio un paso atrás, retirándose hacia la oscuridad de su habitación.
La mano que agarraba su seno se aflojó, y la que presionaba su vagina comenzó a levantarse, buscando la distancia, la seguridad, el escape.
Pero entonces, la reacción de Susana lo golpeó con más fuerza que la aparición de su madre.
—No.
La palabra fue un susurro tan tenue que casi fue un pensamiento, pero estaba cargada de una fuerza desesperada. Antes de que las manos de Tomás se alejaran por completo, las de ella se movieron como un relámpago. Tomó su muñeca derecha, la que estaba sobre su pecho, y con una fuerza que lo sorprendió, la presionó de nuevo contra su carne, sobre el encaje del sujetador. Hizo lo mismo con su otra mano, guiándola de vuelta a entre sus piernas, obligándola a recolocarse sobre el calor húmedo de la tanga.
—No te vayas —suplicó, su voz un ronco susurro de pánico junto a su oído—. Por favor, Tomás, no te vayas.
Él estaba paralizado, de nuevo. Pero esta vez no era por el miedo a Joanna. Era por la contradicción imposible que tenía en frente. Su cuerpo estaba tenso, rígido por el terror.
—Susana… —logró respirar él, su propia voz temblando—. Tu madre… nos ha visto. Esto es una locura. Tengo que irme.
Ella negó con la cabeza, con la frente todavía apoyada en su hombro..
—No importa —susurró ella, y su lógica era la lógica de la desesperación.
Movió sus caderas ligeramente, frotándose suavemente contra la mano de él que ella mantenía prisionera. Un gesto deliberado, una provocación nacida de la necesidad.
—Mírame —pidió ella, levantando la cabeza y buscándolo con los ojos. No pienses en ella. Piensa en mí. Estoy aquí. Soy yo la que te lo pide.
Tomás sintió un nudo en la garganta. La racionalidad le gritaba que corría, que aquella situación era una trampa, un polvorín a punto de estallar. Pero la carne, la empatía por el dolor de esta mujer que se había entregado a él, lo mantenía clavado en el sitio.
— ¿Cómo miro a esa mujer a los ojos después de…?
—No digas nada —lo interrumpió Susana, su voz ganando un poco de firmeza.
Y entonces, tomó la iniciativa. Con un movimiento encontró la hebilla de su sujetador y lo abrió.
Los senos de Susana se liberaron, cayendo con un peso natural y hermoso. A la luz de la luna, eran más impresionantes que antes. Oscuros, con grandes aréolas y pezones erectos por el frío y la excitación.
—Tócalos —ordenó ella, no como una jefa, sino como una mujer pidiendo lo que necesita—. Tócalos. Como si solo existiéramos nosotros.
Tomás tragó saliva. El miedo todavía estaba ahí, una bestia agazapada en su estómago. Pero ahora había otra cosa. Una determinación nacida de la súplica de ella. Una necesidad de responder a su valentía.
Levantó las manos y, por primera vez, sintió la piel desnuda de sus senos. Eran cálidos, suaves, pesados. Los acarició, sintiendo la textura, la forma. Apretó suavemente los pezones, y Susana emitió un gemido bajo, un sonido de puro alivio.
—Sí —susurró ella—. Así.
La otra mano de él siguió el impulso, deslizándola bajo la tela de la tanga. Sus dedos encontraron el vello suave y húmedo, y luego, el pliegue cálido y húmedo de su sexo. Susana se estremeció por completo, apoyándose en él para no caer.
—Dentro —suplicó ella, la voz rota—. Por favor.
Inclinó la cabeza y, finalmente, besó a Susana.
Por un instante, el mundo exterior se desvaneció. Solo existía el calor de sus labios, la suavidad de la lengua de Susana explorando la suya, el peso de su pecho en la palma de su mano y la humedad creciente bajo los dedos que la acariciaban. Su erección, que había muerto de miedo, volvía a la vida con una ferocidad dolorosa, hambrienta, impulsada por la adrenalina y la extraña legitimidad de aquel beso.
Fue en ese preciso instante, en el punto álgido de ese renacimiento, cuando otro sonido rompió la magia.
No era el chirrido de una puerta. Era un susurro. Un pequeño murmullo agudo y curioso.
—Susana…
La voz era infantil, apenas un hilo, pero en el silencio de la sala resonó como una alarma de incendio. Tomás se separó de Susana como si lo hubieran electrocutado. Su cuerpo entero se tensó, volviéndose a helar por dentro. La sangre se le subió a la cabeza con un rugido de pánico puro. Sus ojos, desorbitados, buscaron la fuente de la voz.
Allí estaban, al otro lado del gran mueble de mimbre que dividía la sala. Dos pequeñas cabeceras habían surgido como setas después de la lluvia. Se habían asomado por un costado entre los tablones de madera, y sus ojos, grandes y oscuros como los de su hermana mayor, los miraban con una curiosidad sin malicia.
Eran Daniel y Samuel. El de nueve años y el de seis. Ya no estaban durmiendo. Estaban despiertos, observándolos.
El horror de Tomás fue absoluto. Esta vez no era la mirada juzgadora de una adulta. Eran los ojos inocentes de dos niños. Él, que se había sentido atrapado por la mirada de Joanna, ahora se sentía como un insecto clavado en una tabla de colección, expuesto a la vista más pura y devastadora de todas.
—Dios… —logró escapar de sus labios, un jadeo de pánico—. Susana, los niños… tenemos que parar. Ahora.
Intentó retirar sus manos de nuevo, esta vez con una convulsión de puro terror. Pero Susana, una vez más, lo detuvo. Su agarro fue aún más firme, más desesperado que antes. No lo dejó moverse.
—No —susurró ella con una ferocidad que lo sobresaltó.
Y entonces, antes de que pudiera protestar, ella hizo algo que su cerebro, atascado en el pánico, no pudo procesar. Se giró, lo tomó de la cara con ambas manos y lo besó de nuevo.
Un beso apasionado, brutal, lleno de una lengua que luchaba con la suya, de dientes que rozaron sus labios con una violencia casi dolorosa. Era como si estuviera intentando devorarlo, absorberlo, borrar de su mente la imagen de los niños con la fuerza de su propio deseo.
Lo soltó por un instante, dejándolo sin aliento, con los labios húmedos y hinchados. Su cara estaba a centímetros de la suya, su aliento caliente y agitado.
—No tengas miedo —le sopló al oído, su voz un ronco susurro de mando y súplica—. Mírame a mí. Solo a mí.
—Pero… ellos… —balbuceó Tomás, incapaz de dejar de mirar por encima del hombro de ella, hacia esos cuatro ojos fijos en ellos.
—¡Que miren! —replicó ella, con una intensidad que lo heló y lo excitó a la vez—. ¡Déjalos mirar, Tomás! Quieren ver. Quieren saber qué es. Es la vida. Es lo que hacemos los mayores. ¡Déjalos mirarnos!
La lógica de ella era retorcida, pero en ese momento de locura, era la única lógica que existía. Era la lógica de alguien que nunca ha tenido un velo de privacidad, para quien el acto sexual no es un secreto sagrado, sino una herramienta de supervivencia, una fuerza bruta y natural.
Y para demostrárselo, Susana tomó el control.
Con una mano, agarró la suya, que todavía estaba temblando sobre su seno, y la obligó a apretar con más fuerza. Con la otra, tomó la mano que él tenía entre sus piernas y la guió, empapando sus dedos con sus propios jugos.
—Siente —ordenó ella—. Siente cómo estoy por ti. Por ti.
Y entonces, se arrodilló.
La movió con una lentitud deliberada, con la mirada clavada en los ojos de Tomás. Se arrodilló sobre el suelo frío, sin importarle lo incómodo, sin importarle nada. Quedó a la altura de su cintura, con los niños todavía asomados por el mimbre, viendo la escena desde un ángulo perfecto.
Sus manos fueron hacia su pantalón. No había delicadeza en sus movimientos. Desabrochó el cinturón, tiró de la cremallera con un sonido metálico que resonó en la sala. Bajó la ropa interior y su verga, finalmente libre, se alzó tiesa y palpitante en el aire frío de la noche.
Susana la miró con hambre. Con una devoción que era casi religiosa.
—Esto es lo que quería —susurró, más para sí misma que para él—. Esto es lo que necesitaba.
Y sin otra palabra, se inclinó y se lo llevó a la boca.
Tomás emitió un gemido ahogado, una mezcla de placer y shock. El calor húmedo de su boca, la forma en que su lengua lo envolvía, fue una explosión de sensaciones que casi lo derriba. Apoyó una mano en la pared para no caer. Sus ojos se cerraron por un instante, perdiéndose en el placer, pero luego se abrieron de par en par, atraídos por una fuerza magnética hacia el hueco en el mimbre.
Daniel y Samuel seguían allí. Mirando. Mirando cómo su hermana, la mujer que los cuidaba, arrodillada frente a un hombre casi desconocido, lo devoraba con la boca. No había asombro en sus ojos, ni horror. Solo una curiosidad intensa, absorbente. Estaban aprendiendo.
Y Tomás, en medio de la locura, entendió. Entendió lo que Susana le había dicho. No se trataba de que no les importara. Se trataba de que esto era tan fundamental para ellos, tan entrelazado con su existencia, que era tan natural como respirar. La intimidad era un lujo que ellos nunca habían tenido. Y en esa falta de intimidad, habían encontrado una forma diferente de ser, una forma más cruda y más real.
Dejó de luchar. Dejó de tener miedo.
Sus mano se fue a la cabeza de Susana, no para guiarla, sino para apoyarse, para sentir su cabello entre sus dedos. Empezó a mover las caderas, suavemente al principio, luego con más fuerza, follándole la boca. Susana lo aceptó todo, con gemidos ahogados y un entusiasmo que lo hacía temblar.
El mundo se había reducido a su boca, a su lengua, y a cuatro ojos infantiles que los observaban desde la oscuridad, aprendiendo.
El placer era una ola creciente, un tsunami que amenazaba con borrar toda su cordura. La boca de Susana era un horno húmedo y experto, y cada movimiento de su lengua lo acercaba más al borde. Pero en medio de ese éxtasis, una pregunta, una curiosidad perversa y retorcida, comenzó a germinar en su mente, alimentada por la imagen de los cuatro ojos infantiles que los observaban desde el otro lado del mimbre.
No podía más. Tenía que saber.
Con un movimiento brusco, casi violento, Tomás tiró de su cabello. Susana emitió un gemido de sorpresa y dolor cuando su cabeza fue hacia atrás, forzándola a soltarlo. Su verga salió de su boca con un chasquido húmedo, erecta y palpitante, brillando con la saliva de ella. Unos hilos plateados conectaban sus labios hinchados con la punta roja y dura de su miembro, un puente visual de su acto carnal.
La mirada de Tomás era feroz, una mezcla de lujura y una necesidad de saber que era casi tan poderosa como su propio deseo.
—¿Ellos? —sopló, su voz era un ronco susurro cargado de urgencia—. ¿Te han visto antes? ¿Te han visto… hacer esto?
Susana lo miró desde abajo, arrodillada en el suelo, con los ojos brillantes de lágrimas y sumisión. Una sonrisa pícara, una sonrisa que pertenecía a una mujer que conocía todos los secretos del mundo, se dibujó en sus labios. Lentamente, limpió la saliva con el dorso de su mano, sin quitarle los ojos de encima.
—No —respondió, su voz era un susurro conspirador—. A mí no.
La respuesta, en lugar de aliviarlo, lo excitó aún más. Porque implicaba que las reglas eran diferentes para los demás.
—Pero… —continuó ella, disfrutando el efecto que sus palabras tenían en él, viendo cómo su verga temblaba de anticipación—. Pero a mi madre… y a mi tía… sí. Los han visto muchas veces. Les da igual. Dicen que es bueno que los niños sepan desde pequeños cómo funciona la vida.
Dios. La imagen de Joanna, con su cuerpo maduro y sus enormes senos, y de otra mujer, la tía, siendo observadas por los niños mientras tenían sexo… fue demasiado para Tomás. La sangre le hirvió a un nivel que nunca había experimentado. Era la confirmación de que aquel lugar no era solo pobre, sino un universo regido por leyes completamente distintas.
Con un gruñido animal, Tomás volvió a clavar su verga en su boca. No fue suave. La embistió, hundiéndose hasta el fondo, hasta sentir su garganta contra la punta. Susana se ahogó, pero no se resistió. Lo aceptó, con las lágrimas brotando de sus ojos, un río de sumisión y placer.
La mantuvo así unos segundos, disfrutando del poder, de la calidez de su garganta contrayéndose a su alrededor. Luego la volvió a tirar hacia atrás, dejándola jadeando, con hilos de babesa colgando de su barbilla.
—¿Y los niños? —preguntó Tomás, su curiosidad era ahora un pozo sin fondo—. ¿Daniel y Samuel? ¿Tienen… experiencia? ¿Entre ellos?
La sonrisa de Susana se hizo más ancha, más depravada. Se limpió la boca y se acercó un poco más, como si le fuera a confiar el mayor de los tesoros.
—No —susurró ella, sacudiendo la cabeza—. Entre ellos no.
Hizo una pausa, dejando que la información flotara en el aire denso de la sala.
—Pero con Sarita… sí.
El nombre resonó en la mente de Tomás. Sarita. La hija de la tía. La adolescente que vivía con ellos.
—¿Sarita? —preguntó él, su voz era un hilo—. ¿La… la sobrina de tu madre?
—Sí —confirmó Susana, y su tono se cargó de un matiz especial—. Aunque en realidad es mi prima. Pero como hay doce años de diferencia, todos la tratan como la sobrina menor. La niña me dice «tía». Tiene quince años, pero parece de trece. Es delgadita, con un culo que empieza a ponerse bonito y unos pechos que no parecen de esta familia, porque son como manzanas pequeñas, no creo que crezcan mucho la verdad… y ella hace cosas con ellos.
El mundo de Tomás se tambaleó. La escala de lo que estaba descubriendo era abrumadora.
—¿Hacen cosas? —repitió él, sin poder creer lo que estaba oyendo.
—Sí —dijo Susana, y su mirada se perdió en el recuerdo—. Y a veces… a veces mi madre ayuda, o mi tía. Les enseñan a tocar, a usar la boca… Dicen que es mejor que aprendan en casa, a que aprendan en la calle. Aquí nos queremos. Aquí nos cuidamos
La revelación fue el colapso final. La imagen de una adolescente de quince años, usando a dos niños pequeños, en la misma casa donde él estaba ahora, con ellos observando, fue la imagen más erótica y depravada que Tomás había concebido en toda su vida.
Ya no pudo contenerse. Ya no hubo más preguntas.
Tomó a Susana de los brazos y la levantó del suelo de un tirón. La giró y la empujó bruscamente contra la pared de ladrillos sin revocar. Ella dejó escapar un grito ahogado que se perdió en la boca de él cuando la besó con una ferocidad que le rompía los labios. Con una mano, desgarró la tanga que la cubría. La tela cedió con un sonido de rasgadura.
Tomás la levantó por los muslos. Susana, instintivamente, envolvió sus piernas alrededor de su cintura. La apoyó contra la pared, y sin más preámbulos, sin más preparación, la guio hacia su entrada y se hundió en ella de un solo golpe profundo y brutal.
Susana gritó, un grito de dolor y placer puro que se perdió en el hombro de él, donde mordió para no hacer más ruido. Tomás comenzó a moverse, a follarla contra la pared con una fuerza salvaje, con una rabia que no era contra ella, sino contra el mundo, contra las reglas, contra toda una vida de represión que acababa de explotar en aquel lugar de pecado y corrupción familiar.
Y mientras la embestía, mientras sentía cómo ella se apretaba contra él, Tomás miró por encima de su hombro, hacia el costado en el mimbre. Daniel y Samuel seguían allí. Y eso lo excitó aún más.
Cada embestida contra la pared era un martillazo contra las ruinas de su vieja vida. Tomás no follará a Susana; la estaba destrozando. El ladrillo áspero le raspaba la espalda a ella, pero ella no parecía sentirlo. Solo se aferraba a él, con las piernas apretadas alrededor de su cintura, recibiendo todo, pidiendo más con gemidos ahogados en su hombro.
Y mientras la poseía, mientras sentía cómo sus paredes se contraían y se adaptaban a su forma brutal, Tomás sintió una necesidad. Una necesidad de corromperlo todo, de manchar la inocencia que lo observaba. No era suficiente con que ellos miraran. Ellos tenían que entender. Tenían que participar.
Con un movimiento rápido, detuvo la embestida. Mantuvo su verga enterrada dentro de ella, hasta el fondo, y giró la cabeza hacia ellos. Sus ojos, ardientes de lujura y poder, se clavaron en los de Daniel, el mayor.
—Tú —sibiló Tomás, su voz un ronco susurro que cortó el aire de la sala—. Ven aquí.
La orden colgó en el silencio. Susana se tensó en sus brazos, un espasmo de sorpresa y excitación. Daniel, de nueve años, no movió un músculo. Su mirada de curiosidad se transformó en miedo.
—¡Ahora! —repitió Tomás, con una autoridad que no admitía discusión.
Lentamente, como un autómata, el niño se deslizó por detrás del mueble. Era una figura pequeña y delgada en camiseta y calzoncillos, con los ojos fijos en el punto donde sus cuerpos se unían.
—Acércate —ordenó Tomás de nuevo—. Acércate y mira.
El niño obedeció. Se acercó con pasos tímidos hasta quedar a un metro de ellos. Tomás retiró su verga de Susana con lentitud, dejándola vacía y temblando. El miembro, erecto y cubierto con los jugos de ella, palpitaba en el aire, a la vista del niño.
—Mira —dijo Tomás, y su voz era la de un maestro mostrando una lección—. Esto es lo que un hombre le hace a una mujer. Esto es lo que le gusta a tu hermana.
Y antes de que Susana pudiera reaccionar, Tomás la volvió a penetrar, con un golpe seco y profundo que la hizo gritar. Mantuvo la mirada fija en Daniel mientras lo hacía, viendo el impacto de la imagen en los ojos del niño.
—Ahora tú —le dijo a Susana, sin dejar de mirar al niño—. Enséñale. Enséñale cómo se toca una mujer.
Susana, completamente sumisa, perdida en un torbellino de sumisión y placer, obedeció. Con una mano temblorosa, se bajó el vientre y comenzó a tocarse, a frotar su clítoris mientras Tomás la follaba lentamente, dándole a todos una vista perfecta.
—Samuel —llamó Tomás entonces, su voz calmada y aterradora—. Tú también. Ven.
El pequeño de seis años, que había estado espiando con más inocencia que su hermano, apareció también. Tomás lo señaló con la cabeza hacia donde estaba Daniel.
—Quédate a su lado. Y aprendan.
La escena era una pintura del infierno. Él, de pie, follando a una mujer contra la pared mientras dos niños pequeños, sus hermanos, observaban cómo ella se masturbaba. La perversión era total. El poder que sentía Tomás era absoluto.
Pero no era suficiente.
—Susana —dijo él, su voz un aliento caliente junto a su oreilla—. ¿Quieres que tu hermano te ayude? ¿Quieres que Daniel te toque?
La pregunta la hizo temblar de cabeza a pies. Un nuevo gemido, esta vez de pura vergüenza y excitación, escapó de sus labios. Asintió, con la frente apoyada en la pared, sin poder mirar atrás.
—Dile —ordenó Tomás—. Dile que te toque.
Susana tragó saliva, su garganta estaba seca.
—Daniel… —logró susurrar, su voz rota—. Ven… tócame… tócame aquí…
Y señaló su pecho, el seno libre que rebotaba con cada embestida de Tomás.
Daniel dudó. Miró a Tomás, que le hizo un gesto con la cabeza, una orden silenciosa. Luego miró a su hermana, cuyo rostro era una máscara de placer y súplica. Se acercó y, con una mano torpe y temblorosa, tocó el seno de Susana.
La reacción fue instantánea. Susana se arqueó, un grito profundo y animal salió de su garganta. La combinación de la verga de Tomás dentro de ella, sus propios dedos en su clítoris y la mano de su hermano en su pecho fue demasiado. El orgasmo la golpeó como una ola, una convulsión violenta que la sacudió de pies a cabeza, haciéndola temblar y gritar contra la pared.
Tomás sintió sus espasmos, sintió cómo sus paredes se apretaban contra él, y eso lo llevó al límite. Con un rugido contenido, se retiró de ella, la dejó caer suavemente al suelo. Se giró hacia los dos niños, que observaban con ojos como platos. Apuntó su verga, dura y roja, directamente hacia ellos.
—Esta es la lección de hoy —dijo, y sin más, comenzó a masturbarse furiosamente, con la imagen de los dos niños pequeños y de su hermana arrodillada a sus pies grabada en su mente.
No tardó en llegar. Con un gruñido, eyaculó. El semen salió a chorros, caliente y espeso, salpicando el suelo de cemento frente a ellos, un charco blanco y brillante en la penumbra de la sala.
Se quedó allí un momento, jadeando, con la verga todavía en la mano. Miró a Susana, arrodillada y temblando en el suelo. Miró a Daniel, que todavía tenía la mano extendida, como si no pudiera creer lo que había hecho. Miró a Samuel, con la boca abierta en un silencio de asombro.
Y sonrió. Y no sentía remordimiento. Solo un hambre insaciable de saber qué más podía hacer.
El olor a semen, a sexo y a sudor llenaba la pequeña sala, un perfume nuevo y poderoso que desplazaba el olor a pobreza y a comida rancia. Tomás se quedó de pie, con el pecho subiendo y bajando, sintiendo el poder recorrer sus venas como un licor fuerte. Miró el charco blanco y brillante en el suelo.
Pero la perversión, como un animal insaciable, aún le pedía más. No era suficiente con haberlos hecho partícipes de su placer. Tenía que quebrar la última barrera. Tenía que convertir la humillación en adoración.
Susana seguía arrodillada en el suelo, temblando, con el cuerpo lustroso de sudor y los ojos vidriosos, perdida en el submundo del orgasmo que la había destrozado. Daniel y Samuel estaban inmóviles, como dos estatuas de sal, mirando el charco de semen como si fuera un meteorito caído del cielo.
Tomás se agachó. No hacia Susana. Hacia el charco. Con el dedo índice, mojó su punta en el semen todavía tibio. La sustancia era espesa, pegajosa. Se levantó y se acercó a Susana. Ella levantó la cabeza, sus ojos llenos de una pregunta que no sabía formular.
—Abre la boca —ordenó él, su voz era un susurro bajo y firme.
Ella obedeció sin dudarlo. Sus labios se entreabrieron, húmedos y temblorosos.
Tomás le pasó el dedo manchado sobre la lengua. Ella no retrocedió. Lo aceptó. Limpió su dedo con una lentitud reverencial, probando el sabor de él, el sabor de su rendición.
Luego, Tomás se giró hacia los niños. Se arrodilló para quedar a su altura. La diferencia de tamaño era abrumadora, un gigante arrodillado ante sus acólitos.
—Daniel —dijo, mirando al mayor—. Ven.
El niño se acercó, con el cuerpo rígido de miedo. Tomás le mostró su dedo, todavía humeando con el olor y el sabor de su hermana.
—Prueba —le ordenó—.
Daniel negó con la cabeza, un gesto instintivo de rechazo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No te vayas a hacer el valiente ahora —intervino Susana, su voz era un ronco susurro desde el suelo—. Haz lo que él dice, Daniel. Es para que aprendas.
La orden de su hermana fue lo que rompió su resistencia. El niño, inseguro, se inclinó y, con un gesto de pura sumisión, lamió el dedo de Tomás. Su cara se contrajo en una mueca de asco y confusión, pero lo hizo.
—Bien —dijo Tomás, y una sonrisa de satisfacción cruel se dibujó en su rostro—. Ahora tú, Samuel.
El pequeño, viendo que su hermano había sobrevivido, obedeció con menos miedo. Se acercó y lamió el dedo sin dudarlo, como si fuera un caramelo.
El ritual estaba completo. Los había marcado. A los tres. Les había hecho probar su esencia, aceptar su dominio.
Se levantó y se arregló la ropa. Se sentía un hombre nuevo. Miró a Susana, que todavía estaba en el suelo, y le tendió una mano. Ella la tomó y él la levantó. Sus piernas temblaban tanto que casi se cae.
—Vamos a la cama —dijo él, no como una sugerencia, sino como una declaración de hechos—. Mañana temprano tengo que irme, pero antes… antes voy a hablar con tu madre. Y con tu tía. Y con Sarita.
La promesa flotó en el aire, cargada de implicaciones que ni siquiera él mismo terminaba de comprender. Pero sabía que era el siguiente paso lógico.
La llevó hasta el colchón. Los niños, como en trance, los siguieron y se acurrucaron en sus camas, sin decir una palabra. Se acostaron, la espalda de Tomás contra la pared, y Susana se acurrucó a su lado, con la cabeza en su pecho, como un gato que finalmente ha encontrado a su amo.
Él la abrazó, sintiendo el peso de su cuerpo, el latido de su corazón. El olor de su pelo mezclado con el olor del sexo. Afuera, la ciudad empezaba a despertar, pero en esa sala, en ese colchón, el tiempo se había detenido. El mundo podía esperar.
…Y así fue como mi viejo amigo terminó su relato. Se hizo un largo silencio. Pude escuchar su respiración, un poco agitada, como si él mismo se hubiera excitado al revivir aquella noche. Le di las gracias. Le agradecí de corazón por haber compartido conmigo esa historia tan sucia, tan real, tan perfectamente perversa. Le dije que era el tipo de relato que se siente como un pecado original, uno que te marca y que nunca olvidas.
Se rio. Le dije que no se preocupara, que para eso estaban los amigos. Para escucharse en la oscuridad y compartir los secretos más oscuros sin juzgarse.
—La cosa es que… —dijo él, y su voz bajó a un tono conspirador—. La cosa es que la historia no terminó ahí.
Me quedé callado, esperando.
—Esa mañana —continuó—. Esa mañana, antes de irme, hablé con Joanna. Y con la tía. Y con Sarita. Y, amigo mío… lo que pasó ese día… eso es otro relato. Uno que quizá, si tienes el estómago para ello, te cuente la próxima vez.
Nos despedimos con el corazón latiéndome deprisa, con la boca seca y una erección que me dolía. Sabía que me pasaría la noche en vela, no solo por la historia que me había contado, sino por la promesa de la que estaba por venir. Y esperaba. Esperaba con una paciencia que no sabía que poseía, la siguiente vez que me encontraría con mi viejo amigo.


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