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Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

MILF

Verónica termina teniendo sexo con su hijo sin planearlo.
Verónica entró al bar con sus dos amigas un viernes por la noche. Tenía 41 años, cuerpo curvy, caderas anchas, nalgas firmes de gimnasio, pechos pesados que se movían bajo la blusa negra ajustada y piernas largas envueltas en jeans ceñidos. Recién divorciada, se sentía libre y con ganas de algo fuerte. El local olía a alcohol barato, perfume y sudor. Detrás de la barra, Héctor la miró de inmediato. Veintiocho años, brazos marcados, sonrisa pícara y esa forma de moverse como si ya supiera cómo te iba a follar.

Entre copa y copa el coqueteo se volvió descarado. Él le servía los drinks rozándole los dedos, ella se inclinaba más de la cuenta para que él viera el escote. Las amigas se aburrieron después de un par de horas y se fueron. Verónica se quedó. Cuando cerraron, Héctor apagó las luces principales y la llevó detrás del bar, entre cajas de botellas y el olor a cerveza derramada.

La empujó contra la pared fría. Le bajó los jeans y el tanga de un tirón. Ella ya estaba empapada. Héctor se sacó la verga gruesa y dura, se la restregó entre los labios hinchados y se la metió de un solo empujón. Verónica soltó un gemido ronco. Él la folló duro, agarrándola de las caderas, golpeándole las nalgas con la pelvis. Ella se agarró de una caja de whisky mientras él le hablaba al oído:

—Qué rico se te mete, madurita… mira cómo te mojas.

Se corrió dentro de ella esa primera noche, sin condón, y Verónica tembló con el orgasmo mientras sentía el semen caliente llenándola.

A partir de ahí empezó todo.

Se volvieron amantes. El sexo era la base. Verónica empezó a vestirse más puta: faldas cortas, tops que apenas contenían sus tetas, tangas de hilo. Follaban en el carro estacionado en callejones oscuros, ella montándolo en el asiento del copiloto mientras los faros de los autos pasaban. Follaban en el parque de madrugada, ella de rodillas sobre la hierba húmeda, él entrándole por detrás y tapándole la boca para que no gritara demasiado fuerte.

Después llegaron los juegos de roles.

Primera vez: ella se vistió de empleada doméstica —delantal corto, sin nada debajo— y él de patrón. La hizo limpiar de rodillas y después la cogió sobre la mesa de la cocina, tirándole del delantal.

Segunda: colegiala. Falda plisada, coletas, medias blancas. Héctor se puso camisa y corbata de profesor. La sentó en sus rodillas, le levantó la falda y se la metió mientras le decía que estaba reprobada y que tenía que pagarlo con el coño.

Tercera: monja. Hábito negro, crucifijo entre las tetas. Él de sacerdote. La hizo arrodillarse a confesarse y después la penetró sobre el sofá mientras ella gemía “perdóname, padre” y él le contestaba “Dios perdona, pero yo te voy a llenar”.

Daniel, su hijo de dieciocho años, lo vio todo.

Al principio solo notó que su madre sonreía de forma extraña cuando él la veía con ropa erótica. Ella solo le devolvía la sonrisa y se iba a su cuarto. Después Daniel empezó a encontrar tangas usadas, sostenes con olor a perfume y sexo. Empezó a mirar porno de maduras con chicos jóvenes. Una noche entró al cuarto de ella cuando no estaba, tomó un par de bragas sucias, se las puso en la cara y se masturbó hasta corrérselas encima, oliendo el coño de su propia madre.

Héctor se dio cuenta. Vio cómo Daniel miraba las tetas de Verónica cuando ella se inclinaba, cómo le seguía el movimiento de las nalgas cuando caminaba. Una noche, mientras Verónica se vestía de monja otra vez, Héctor le susurró la nueva fantasía:

—Hoy yo soy tu hijo. Tú eres mi mamá.

Verónica, ya viciada a complacerlo, solo sonrió y dijo que sí.

Esa noche la sesión fue larga y sucia. Ella con el hábito abierto, las tetas fuera, el coño afeitadito y brillante. Héctor la empujó sobre la cama y empezó a lamerla llamándola “mami”. Ella le respondía “hijo… cógeme, hijo”. Él se la metió despacio primero, dejando que ella sintiera cada centímetro, después aceleró. La puso a cuatro, la penetró profundo mientras le daba nalgadas y le decía:

—Así se lo chupa a su hijo, ¿verdad, mami?

Verónica gemía sin control:

—Sí, hijo… más duro… cógeme el coño, hijo…

Se corrió con un orgasmo largo, temblando, el coño apretando la verga de Héctor mientras gritaba “hijo, me vengo, hijo”. Del otro lado de la pared, Daniel tenía la mano en la verga, escuchando cada gemido, cada “hijo” y cada chapoteo. Se corrió en su propia mano imaginando que era él quien estaba dentro de su madre.

Al día siguiente Verónica le dijo a Héctor que se había sentido rara. Que había sido uno de los mejores orgasmos de su vida, pero que el rol de madre e hijo le había dejado un sabor extraño. Que no creía querer repetirlo.

Héctor insistió la noche siguiente. La ruegó, le besó el cuello, le metió los dedos y le prometió que solo sería una vez más. Verónica accedió. Otra sesión salvaje. Otra vez “mami” y “hijo”. Otra vez Daniel escuchando del otro lado, masturbándose hasta dejar el colchón manchado.

La tercera noche Verónica dudó apenas un segundo antes de aceptar. Ya estaba caliente solo de pensar en ello. Se pusieron en la cama. Héctor la montó, se la metió hasta el fondo y empezó a bombearla con fuerza. Cuando sintió que ella estaba al borde, le habló al oído, voz baja y sucia:

—Imagínate que soy tu hijo de verdad… que es Daniel quien te está cogiendo…

Verónica abrió los ojos, jadeando:

—No, amor… Dani no…

Héctor no paró. La folló más duro, más profundo, agarrándola de las caderas y empujando con toda la fuerza de sus 28 años.

—Sí, mi vida. Imagínate que es Daniel. Que tu hijo te está metiendo la verga y te está reventando el coño…

Verónica temblaba. El orgasmo ya no se podía contener. Héctor lo notó y le ordenó:

—Dime Daniel. Dime “Daniel, cógeme”.

Ella negó con la cabeza, pero el cuerpo la traicionó. Cuando el orgasmo la atravesó como un relámpago, gritó con la voz rota:

—¡Daniel… hijo… cógeme…!

El coño se le contrajo en oleadas violentas. Héctor se corrió dentro de ella en ese mismo momento, llenándola mientras ella seguía gritando el nombre de su hijo.

Del otro lado de la pared Daniel se vino tan fuerte que se le doblaron las rodillas. No podía creer lo que acababa de oír. Su madre había gritado su nombre mientras se corría.

Héctor, todavía dentro de Verónica, le susurró al oído mientras ella seguía temblando:

—Quiero verte cogiendo con tu hijo.

Verónica, todavía con el coño latiendo y la cabeza nublada de placer, contestó en un susurro ronco:

—Sí, amor… pero ahora… mientras sigo caliente… antes de que me arrepienta.

Héctor se levantó, se puso el boxer y fue corriendo a la habitación de Daniel. Lo encontró todavía con la verga dura y la mano manchada. Le dijo solo:

—Hoy va a ser el mejor día de tu vida.

Daniel lo siguió sin decir una palabra. Entraron al cuarto de Verónica. Ella estaba sentada en la orilla de la cama, desnuda, las piernas abiertas, el semen de Héctor todavía resbalándole por el muslo interno. Cuando vio a su hijo pararse frente a ella con la erección marcada, algo se le rompió y se le endureció al mismo tiempo.

Se arrodilló frente a él. Le bajó el pantalón. La verga de Daniel saltó libre: gruesa, dura, con la cabeza hinchada y ya brillando de precum. Verónica la tomó con las dos manos, se la acercó a la cara, la olió profundamente, como si quisiera memorizar el olor de su propio hijo. Levantó la mirada, lo miró a los ojos con una expresión morbosa y sucia, y se la metió a la boca de un solo movimiento.

La chupó como una puta experta. Lengua girando alrededor del glande, labios apretados, saliva cayendo por la base. Héctor se sentó en la silla cerca de la cama, se sacó la verga y empezó a masturbarse despacio, solo mirando. No quería tocar. Solo ver.

Verónica le chupó a Daniel durante varios minutos, profundizando hasta que la punta le tocaba la garganta y ella hacía ruidos húmedos y ahogados. Después se levantó, lo empujó hacia la cama y se montó a horcajadas. Se guió la verga de su hijo hasta la entrada de su coño, todavía resbaladiza del semen anterior, y se la bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro.

—Hijo… —susurró, la voz temblando—. Qué gruesa la tienes…

Empezó a cabalgarlo. Primero lento, dejando que él sintiera cada contracción de su coño maduro. Después más rápido, las tetas rebotando, las nalgas golpeando contra los muslos de Daniel. Héctor se masturbaba con fuerza, sin dejar de mirar.

Cambió de posición. Se puso a cuatro sobre la cama. Daniel se colocó detrás y se la metió de un solo empujón. Empezó a follarla con la urgencia de alguien que lleva años fantaseando. Verónica gemía sin control, agarrándose a las sábanas:

—Así, hijo… más duro… cógeme como quieras…

Daniel la agarró del cabello, le tiró la cabeza hacia atrás y aceleró. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación. Héctor se corrió en su propia mano solo de verlos, pero no se movió de la silla.

Después Daniel la puso de lado, le levantó una pierna y se la metió profundo, casi doblándola. Verónica le acariciaba la cara mientras él la follaba, mirándolo a los ojos.

—Eres mi hijo… y me estás cogiendo… —decía entre gemidos.

Lo último fue con ella boca arriba, piernas abiertas al máximo, Daniel encima, martilleándola sin piedad. Verónica sentía el orgasmo subiendo otra vez, más fuerte que todos los anteriores. Agarró a Daniel por la nuca, lo pegó a su cuerpo y le habló al oído con voz rota:

—Vente dentro… hijo… lléname… quiero sentir cómo te corres dentro de tu madre…

Daniel embistió tres veces más, profundas, y se vino. Chorros calientes y espesos llenaron el coño de Verónica. Ella se corrió al mismo tiempo, gritando el nombre de su hijo, el cuerpo arqueado, el coño exprimiendo cada gota.

Cuando terminaron, Daniel se quedó dentro de ella, temblando. Verónica lo abrazó contra su pecho sudoroso. Héctor, desde la silla, todavía se tocaba la verga medio dura, mirando el semen de ambos mezclado entre las piernas de la mujer que acababa de follarse a su propio hijo frente a él.

La habitación olía a sexo, a sudor y a algo prohibido que ya no se podía deshacer.

Y esa noche solo fue el comienzo.

11 Lecturas/23 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: cogiendo, follar, hijo, madre, maduro, padre, semen, sexo
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