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Incestos en Familia, Lesbiana, Sexo con Madur@s

Miranda y su cornudito 12 – Pijamada con las amiguitas de la escuela de su hija

Miranda abre se lado bisexual y se siente atraida por las amiguitas de la escuela de su hija menor. Miranda iniciara a las niñas en el sexo lesbico..
El juego de cartas siguió entre risas y castigos cada vez más divertidos. Las chicas ya estaban completamente metidas en el ambiente de pijamada, riendo y gritando cada vez que alguien ganaba.
De pronto, le tocó ganar a Juana.
Todas aplaudieron y gritaron emocionadas.
— ¡Le tocó a Juana! ¡Venganza!
Juana miró a su mamá con una sonrisa pícara y vengativa. Después de la vergüenza que había pasado antes, quería devolvérsela.
—Mami… —dijo Juana con voz dulce pero traviesa—. Mi castigo es que le chupes los pies a Valentina durante 30 segundos.
Se hizo un silencio de sorpresa y luego todas estallaron en risas y gritos.
— ¡¿Qué?! —exclamó Valentina, muerta de risa y vergüenza—. ¡Nooo! ¡Mis pies deben oler horrible después de gimnasia!
Las otras chicas se reían a carcajadas, señalando a Valentina y a Miranda.
Miranda soltó una risa suave y natural, aunque por dentro sintió un pequeño latigazo de excitación. Intentó disimularlo lo mejor posible, manteniendo su expresión de mamá divertida y relajada.
—Ay, Juana… qué vengativa saliste —dijo Miranda riendo—. Está bien, acepto el castigo. No es para tanto.
Valentina se tapaba la cara con las manos, riéndose nerviosamente.
— ¡Tía Miranda, de verdad no es necesario! Mis pies están sudados… seguro huelen fatal…
Miranda se acercó a Valentina con una sonrisa tranquila y maternal. Se arrodilló frente a ella y, ante la expectativa de todas las chicas que miraban con ojos muy abiertos y risas contenidas, empezó a desatarle las zapatillas deportivas con calma.
—Tranquila, Valentina… no pasa nada. Todas sudamos después de gimnasia. Es solo un juego.
Le quitó las zapatillas lentamente y luego le bajó las medias blancas hasta los tobillos. Los piecitos de Valentina quedaron al descubierto: calientes, un poco enrojecidos y claramente sudorosos después de la clase de Educación Física. El olor suave pero evidente a transpiración juvenil se sintió en el aire.
Todas las chicas soltaron “¡Uhhh!” y risas nerviosas.
Miranda, sin perder la compostura, tomó uno de los pies de Valentina con ambas manos y, ante la mirada expectante de todas, acercó la boca y empezó a chuparle los dedos con suavidad.
Chupó los deditos uno por uno, pasando la lengua por la planta húmeda y caliente. El sabor era salado, ligeramente ácido, con ese toque fresco y juvenil del sudor de una adolescente después de hacer deporte.
Valentina se tapaba la boca riendo y haciendo caras de vergüenza:
— ¡Tía Miranda… qué asco! ¡Mis pies deben saber horrible!
Las otras chicas se reían a carcajadas, gritando y señalando:
— ¡Miren cómo le chupa los pies la mamá de Juana!
— ¡Valentina, tus pies son famosos ahora!
— ¡Qué valiente la tía Miranda!
Miranda siguió chupando con calma durante los 30 segundos, intentando disimular el placer que le generaba. Por dentro, el sabor salado y el olor a pies sudados de la nenita la estaban calentando, pero mantenía una expresión divertida y natural.
Cuando terminó, se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió con ternura:
—Ves? No era para tanto. Saben un poquito a salado y a transpiración, como los pies de todas después de gimnasia. Nada del otro mundo.
Todas las chicas estallaron en risas y aplausos. Valentina se tapaba la cara, muerta de vergüenza pero riéndose también.
Juana, aunque todavía avergonzada por su propio castigo anterior, sonreía satisfecha por la venganza.
Miranda se sentó de nuevo en el círculo, con una sonrisa tranquila, pero por dentro su mente ya estaba dando vueltas con ideas mucho más atrevidas para los próximos castigos.
El juego continuó, pero el ambiente había subido un poquito más de intensidad… aunque las chicas todavía lo veían todo como un juego tonto e inocente de pijamada.

 

El juego de cartas siguió su curso entre risas, gritos y castigos cada vez más divertidos. Después de que Miranda le chupara los pies a Valentina, las chicas ya estaban completamente metidas en el ambiente juguetón de la pijamada. Cada vez que alguien ganaba, las risas eran más fuertes y los castigos se sentían menos “vergonzosos”.
Poco a poco, Miranda empezó a ganar varias rondas seguidas.
En la primera, le tocó chuparle los pies a Lucía. La rubita de cara angelical se quitó las zapatillas con vergüenza, pero entre risas. Miranda se arrodilló frente a ella, le tomó los piecitos delicados y sudorosos y empezó a chuparle los dedos con calma. Lucía se tapaba la boca riendo.
— ¡Tía Miranda… qué raro se siente! —decía entre carcajadas.
Miranda sonreía mientras lamía la planta húmeda, saboreando el sudor ligero y dulce de la nenita. Por dentro se deleitaba con ese sabor fresco y juvenil.
En la siguiente ronda que ganó, le tocó a Martina. La más coqueta del grupo se quitó las zapatillas con una mezcla de vergüenza y diversión. Miranda le chupó los pies con la misma naturalidad, pasando la lengua por los dedos y la planta. Martina se reía nerviosamente.
— ¡No puedo creer que esté pasando esto! —decía entre risas.
Miranda saboreaba cada pie con placer disimulado. El sabor de Martina era un poco más fuerte que el de Lucía, con ese toque salado típico de pies de adolescente después de gimnasia.
Luego le tocó a Sofía otra vez. La morocha ya estaba más relajada y se quitó las zapatillas sin tanto drama. Miranda le chupó los pies con ganas, lamiendo entre los dedos y la planta sudorosa. Sofía se reía a carcajadas.
— ¡Tía Miranda es la reina de los castigos raros!
Finalmente, Miranda ganó una ronda más y le tocó chuparle los pies a Juana de nuevo. Esta vez Juana ya no se tapó la cara tanto. Se quitó las zapatillas y dejó que su mamá le chupara los pies con más naturalidad. Miranda lo hizo con cariño, saboreando el sudor de su propia hija.
Poco a poco, todas las chicas fueron aceptando los castigos con más normalidad y diversión. Las risas ya no eran tan nerviosas. Empezaron a tomarlo como un juego tonto más de la pijamada.
— ¡Ya ni me da tanto asco! —dijo Sofía riendo después de que Miranda le chupara los pies por segunda vez.
— ¡Es como un masaje raro! —agregó Lucía entre risas.
Valentina y Martina también se reían y comentaban que “no era para tanto”.
Miranda, por su parte, se deleitaba en secreto con cada pie que chupaba. Saboreaba las diferencias: los pies de Sofía eran más fuertes y salados, los de Lucía más suaves y dulces, los de Valentina más firmes por el deporte, los de Martina más coquetos y perfumados. Pero todos tenían ese delicioso toque de transpiración juvenil después de la clase de gimnasia.
Cada vez que se inclinaba a chupar, Miranda sentía una excitación interna que disimulaba perfectamente con su sonrisa maternal y divertida.
Después de varias rondas, las chicas ya estaban completamente cómodas con el juego. Cuando Miranda ganaba, ya no había tanto drama. Simplemente se quitaban las zapatillas y dejaban que “la mamá de Juana” les chupara los pies entre risas y bromas.
— ¡Miranda es la campeona de chupar pies! —gritaba Sofía muerta de risa.
Todas se reían a carcajadas, incluyendo Juana, que ya había superado la vergüenza inicial.
Miranda sonreía por fuera, pero por dentro estaba disfrutando enormemente del sabor salado y juvenil de los piecitos sudorosos de las amiguitas de su hija.
El ambiente de la pijamada seguía siendo de risas inocentes y diversión… pero Miranda ya estaba planeando cómo subir la intensidad poco a poco.

El juego de cartas había subido de intensidad sin que las chicas se dieran cuenta del todo. Miranda estaba cada vez más mojada entre las piernas, con la concha palpitando de ganas de que todo avanzara. Su mente ya estaba varios pasos por delante, imaginando cómo llevar la noche a un terreno mucho más pervertido.
Llegó la última ronda y, como era de esperar, Miranda ganó de nuevo.
Todas las chicas aplaudieron y gritaron emocionadas, pero esta vez Miranda levantó la mano con una sonrisa tranquila pero firme.
—Esta vez el castigo es para todas ustedes —anunció con voz dulce pero autoritaria—. Las cuatro van a tener que chuparme los pies durante 30 segundos cada una.
Se hizo un silencio corto y luego estallaron las protestas y risas nerviosas.
— ¡¿Qué?! ¡Nooo! —dijo Sofía riendo y tapándose la boca.
— ¡Tía Miranda, eso es demasiado! —exclamó Lucía, roja como un tomate.
Valentina y Martina también negaban con la cabeza entre risas.
— ¡Nos da asco! ¡Tus pies deben oler horrible después de todo el día!
Miranda se rio con cariño y las miró una por una.
—Ay, chicas… no sean así. No huelen tan mal. Solo un poquito a transpiración normal de mujer después de un largo día. Es solo un juego. Si lo hacen, después seguimos con castigos más fáciles. ¿Sí?
Las chicas seguían dudando y riéndose nerviosamente, pero la insistencia de Miranda y el ambiente de pijamada las fue presionando.
Al final, Sofía —la más atrevida del grupo— suspiró y dijo:
—Está bien… yo empiezo. Pero solo porque sos la mamá de Juana y no quiero quedar mal.
Sofía se arrodilló frente a Miranda. Con manos temblorosas le desató las zapatillas negras que Miranda había usado todo el día. Cuando se las quitó, los pies maduros y sudorosos de Miranda salieron a la luz.
El olor fue inmediato y peculiar: un aroma fuerte, maduro, a queso añejo mezclado con sudor de mujer adulta después de un largo día sin bañarse. No era un olor limpio ni suave… era el olor intenso y característico de pies de mujer madura que ha estado caminando, sudando durante horas. Caliente, salado, un poco ácido, con ese toque profundo y deliciosamente prohibido.
Sofía arrugó la nariz y soltó una risa nerviosa.
— ¡Ugh… tía Miranda… huele fuerte! Como a queso viejo… pero… no sé…
Las otras tres chicas se acercaron expectantes, mirando con los ojos muy abiertos y risas contenidas, esperando a ver si Sofía se animaba.
Miranda sonrió con ternura y movió los dedos de los pies frente a la cara de Sofía.
—Andá, Sofía… solo chupá un poquito. No es nada del otro mundo. Son solo piecitos de mamá después de un día largo. Te vas a acostumbrar rápido.
Sofía dudó un segundo más, pero finalmente se inclinó. Con cara de asco mezclado con curiosidad, acercó la boca y le dio un primer chuponcito tímido en los dedos del pie derecho de Miranda.
El sabor era fuerte: salado, un poco amargo, con ese gusto característico a queso maduro y sudor de mujer. Sofía hizo una mueca, pero no se apartó del todo.
Todas las chicas estallaron en risas nerviosas y emocionadas, mirando la escena con expectativa.
— ¡Sofía lo está haciendo! —gritó Lucía muerta de risa.
Valentina y Martina se tapaban la boca, riendo y señalando.
Juana miraba avergonzada pero también divertida.
Miranda sonrió satisfecha, moviendo suavemente los dedos dentro de la boca de Sofía.
—Así… chupá más rico, Sofía… no es tan horrible, ¿verdad? Son solo piecitos sudados de mamá…
Sofía, todavía con cara de asco pero ya más metida en el juego, siguió chupando tímidamente los dedos del pie de Miranda mientras las otras tres chicas miraban expectantes, riendo y comentando.
El ambiente de la pijamada había cambiado sutilmente… pero todas seguían pensando que era solo un juego tonto e inocente.
Miranda, por dentro, estaba cada vez más mojada y excitada, sabiendo que este era solo el primer paso de su plan.

Sofía, después de los primeros chuponcitos tímidos y con cara de asco, empezó a acostumbrarse poco a poco al sabor de los pies de Miranda. El olor fuerte a queso maduro y sudor de mujer adulta ya no le provocaba tanta repulsión. Siguió chupando con más ritmo, pasando la lengua por la planta caliente y metiendo los dedos más profundamente en su boca.
—Uff… al principio sabía raro… pero ya no es tan asqueroso —dijo Sofía entre risas, todavía con la boca cerca del pie de Miranda—. Es como… salado y un poco fuerte, pero se puede soportar.
Las otras chicas la miraban con los ojos muy abiertos y risas nerviosas.
Sofía, ya más animada y queriendo que sus amigas también pasaran por lo mismo, se giró hacia ellas con una sonrisa traviesa:
—Chicas… ya lo hice yo. No es tan terrible. ¡Vengan! Cumplan con el castigo también. ¡No sean gallinas!
Lucía negó con la cabeza riendo, pero Sofía la empujó suavemente.
— ¡Dale, Lucía! Solo un poquito. Mira, yo ya lo hice.
Valentina y Martina también se reían y se tapaban la boca, pero la insistencia de Sofía y el ambiente juguetón las fue convenciendo.
Miranda sonreía con ternura, todavía sentada con los pies descalzos extendidos.
—Tranquilas, chicas… es solo un juego. No muerden. Vengan una por una. Les prometo que no es nada del otro mundo.
Primero se animó Lucía, la rubita de cara angelical. Se arrodilló frente a Miranda, tomó uno de sus pies con manos temblorosas y, con mucha timidez, le dio un par de chuponcitos suaves en los dedos. Hizo una mueca al sentir el sabor salado y fuerte, pero luego se rio.
— ¡Ugh… sabe a queso fuerte! Pero… no es tan horrible como pensaba.
Las demás se rieron a carcajadas.
Después le tocó a Valentina, la deportista. Se quitó las zapatillas ella misma y se arrodilló. Tomó el pie de Miranda y empezó a chuparle los dedos con más decisión, aunque todavía con cara de asco mezclada con risa.
— ¡Está caliente y sudado! —dijo entre risas—. Pero ya me estoy acostumbrando…
Finalmente, Martina, la más coqueta, se acercó. Se arrodilló con elegancia y empezó a chupar los pies de Miranda con más gracia, aunque también hacía muecas divertidas.
— ¡Qué fuerte huele… pero es como un reto! —dijo riendo mientras lamía la planta.
Miranda sonreía satisfecha, moviendo suavemente los dedos dentro de las bocas de las chicas.
—Así, mis amores… chupen rico los piecitos de mamá. No es nada malo. Solo son pies sudados después de un largo día. ¿Ven? Todas se están acostumbrando.
Las cuatro amiguitas de Juana, una por una, terminaron chupándole los pies a Miranda durante los 30 segundos del castigo. Al principio con mucho asco y risas nerviosas, pero poco a poco se fueron animando y lo tomaron como un juego tonto más de la pijamada.
Juana miraba todo muerta de vergüenza pero también riéndose, viendo cómo sus amigas le chupaban los pies a su propia mamá.
Miranda, por dentro, estaba cada vez más mojada y excitada. Sentir las boquitas jóvenes e inocentes de las amiguitas de su hija chupándole los pies sudados después de un largo día sin bañarse era un placer enorme que disimulaba con su sonrisa maternal y divertida.
Cuando todas cumplieron el castigo, las chicas se sentaron de nuevo en el círculo, todavía riendo y comentando lo “raro pero gracioso” que había sido.
— ¡Nunca pensé que le chuparía los pies a la mamá de alguien! —dijo Sofía muerta de risa.
— ¡Sabían a queso salado! —agregó Lucía.
Miranda se rio con ellas y dijo con voz calmada:
—Ves? No fue para tanto. Ahora sigamos jugando… la noche es larga.
Pero por dentro, Miranda ya estaba planeando el siguiente paso para subir la intensidad.
Las chicas seguían riendo inocentemente, sin imaginar que la pijamada estaba a punto de volverse mucho más pervertida.

Después de que todas cumplieran el castigo de chuparle los pies a Miranda, el ambiente en la sala estaba lleno de risas nerviosas y caras rojas. Las chicas todavía comentaban entre ellas lo “raro pero gracioso” que había sido.
Miranda, sentada en el centro del círculo con una sonrisa tranquila y maternal, aprovechó el momento:
—Chicas… ya que estamos en modo juego y todas nos estamos divirtiendo, ¿qué tal si ahora se chupan los pies entre ustedes? Es solo para seguir con el castigo de forma justa. Nada grave, solo un poquito. ¿Se animan?
Las cuatro amiguitas se miraron entre sí con dudas y risas.
Sofía fue la primera en protestar, aunque riendo:
— ¡¿Qué?! ¿Ahora nosotras entre nosotras? ¡Me da vergüenza!
Lucía se tapaba la cara:
— ¡Ay no… mis pies deben oler horrible!
Valentina y Martina también negaban con la cabeza, pero entre risas.
Miranda se rio con cariño y las animó suavemente:
—Ay, chicas… no sean así. Es solo un juego tonto de pijamada. Todas sudamos igual después de gimnasia. Además, ya me chuparon los pies a mí… ¿qué diferencia hay? Solo un poquito, para divertirnos. ¿Sí?
Después de varios segundos de dudas, risas y empujones suaves entre ellas, las chicas empezaron a ceder.
Sofía, siempre la más lanzada, suspiró y dijo:
—Está bien… pero solo un poquito y rápido, ¿eh?
Se arrodilló frente a Lucía y le tomó un pie. Con cara de asco exagerada y risas, le dio dos chuponcitos rápidos en los dedos.
— ¡Ugh… sabe salado! —dijo Sofía riendo mientras se limpiaba la boca.
Lucía se rio a carcajadas y luego le tocó a ella chuparle los pies a Valentina. Lo hizo entre risas y muecas, pero ya más relajada.
Valentina chupó los pies de Martina, y Martina terminó chupándole los pies a Sofía.
Poco a poco, entre risas divertidas y bromas, todas se fueron animando. Las caras de asco iniciales se transformaron en risas más naturales. Ya no era tan “asco”, sino parte del juego tonto de la pijamada.
— ¡Esto es lo más raro que hemos hecho nunca! —decía Lucía riendo mientras chupaba los dedos del pie de Valentina.
— ¡Mis pies no huelen TAN mal! —protestaba Valentina entre risas.
Miranda las observaba sentada en el círculo, sonriendo con ternura por fuera, pero por dentro disfrutando enormemente del espectáculo: sus amiguitas inocentes empezando a chuparse los pies entre ellas, todavía con olor a transpiración juvenil después de la clase de gimnasia.
—Así, chicas… diviértanse —decía Miranda con voz calmada—. Es solo un juego. No pasa nada si saben un poquito a transpiración. Todas somos nenitas sudadas hoy.
Juana miraba todo con una mezcla de vergüenza y alivio al ver que sus amigas lo tomaban como algo gracioso y no sospechaban nada de la verdadera dinámica de su casa.
Las chicas seguían chupándose los pies unas a otras entre risas, bromas y caras divertidas, cada vez más cómodas con el castigo.

Después de varias rondas donde las chicas se chupaban los pies entre ellas entre risas y bromas, Miranda decidió unirse al juego de forma más activa.
Se sentó en el centro del círculo con una sonrisa cálida y maternal, pero con un brillo travieso en los ojos.
—Ahora que todas ya probaron… ¿qué tal si mamá también participa? Vamos a hacer un juego más divertido: nos chupamos los pies unas a otras, intercambiando. Sin vergüenza. Solo diversión.
Las chicas se miraron entre sí, todavía riendo nerviosamente, pero el ambiente ya estaba más relajado y juguetón.
Miranda fue la primera en tomar la iniciativa. Levantó uno de sus pies maduros y sudorosos y se lo acercó a Sofía.
—Empecemos por aquí… Sofía, chupame un poquito más los pies… y luego yo te chupo los tuyos.
Sofía, ya más acostumbrada, se rio y se inclinó. Empezó a chuparle los dedos del pie a Miranda con más ritmo, saboreando el sabor salado y fuerte de mujer adulta.
Miranda gimió bajito de placer (disimulándolo como risa) y luego tomó el pie de Sofía y empezó a chupárselo con ganas, pasando la lengua por la planta húmeda y metiendo los deditos en la boca.
Poco a poco, el juego se abrió. Las chicas empezaron a intercambiarse los pies unas con otras de forma más natural.
martina le chupaba los pies a Lucía mientras Lucía le chupaba los pies a Juana.
Lucía le chupaba los pies a Valentina mientras Valentina le chupaba los pies a juana.
Camilita le chupaba los pies a Martina mientras Martina le chupaba los pies a Carla.
Miranda se movía entre todas, chupando pies de las chicas y ofreciendo los suyos. El círculo se convirtió en un intercambio constante: bocas jóvenes chupando pies sudorosos de otras chicas, y pies maduros de Miranda siendo lamidos por las nenitas.
Al principio todo era entre risas y bromas:
— ¡Qué raro se siente!
— ¡Tu pie sabe salado!
— ¡El de Miranda es más fuerte!
Pero poco a poco, las risas se fueron mezclando con algo diferente. Las chicas empezaron a hacerlo con más calma, con más dedicación. Las lenguas se movían más lento, los chupones se volvían más largos y profundos. Algunas cerraban los ojos, disfrutando del calor y la sensación.
Miranda las observaba con placer disimulado. Veía cómo sus amiguitas inocentes se iban abriendo al gusto prohibido: chupando pies de otras chicas, saboreando el sudor juvenil después de un día de escuela y gimnasia.
Sofía, que había sido la más reacia al principio, ahora chupaba el pie de Juana con más ganas, metiendo los dedos profundamente en la boca.
Lucía lamía la planta del pie de Juana con los ojos entrecerrados.
Valentina y Martina se chupaban los pies mutuamente, ya sin tantas risas nerviosas, solo con una concentración placentera.
Miranda sonrió con satisfacción interna. Se inclinó y empezó a chuparle los pies a Valentina con más intensidad, saboreando el sudor fresco de la nenita deportista.
—Así, chicas… no tengan vergüenza… está rico, ¿verdad? —dijo Miranda con voz suave—. Solo son piecitos sudados de nenitas… es normal disfrutar un poquito.
Las chicas ya no protestaban. Se miraban entre ellas con sonrisas tímidas pero excitadas, chupándose los pies unas a otras con más ansiedad y placer.
El ambiente de la pijamada había cambiado sutilmente: las risas inocentes seguían, pero ahora había una nueva capa de placer prohibido que todas empezaban a descubrir sin entender del todo.
Miranda, en el centro de todo, se deleitaba viendo cómo las amiguitas inocentes se iban abriendo al fetiche, mientras ella misma saboreaba los pies jóvenes y sudorosos de las chicas.
La noche apenas comenzaba… y Miranda ya sabía que iba a subir la intensidad poco a poco.

Miranda levantó las manos con una sonrisa divertida y dijo con voz clara pero cariñosa:
— ¡Paren un momento, chicas! Ya fue suficiente por ahora. Vamos a hacer una pausa.
Las chicas se detuvieron entre risas y quejas juguetones. Se sentaron de nuevo en el círculo, todavía con las caras rojas y los pies descalzos. El ambiente estaba lleno de risas nerviosas y bromas inocentes.
Inmediatamente empezaron a hacerse bromas entre ellas sobre lo que acababan de hacer.
Sofía fue la primera en atacar, señalando a Lucía:
— ¡Lucía, tus pies sabían a queso viejo mezclado con gomitas! ¡Casi me muero cuando te los chupé!
Lucía se tapó la cara muerta de risa y respondió:
— ¡Los tuyos sabían peor! ¡Sabían a transpiración de gimnasia y a zapatilla vieja! ¡Parecían de queso azul!
Todas estallaron en carcajadas.
Valentina señaló a Martina:
— ¡Los de Martina olían a perfume barato mezclado con sudor! ¡Pero cuando los chupé sabían salados y un poco dulces! ¡Parecías una galleta sudada!
Martina se defendió riendo:
— ¡Los tuyos eran los peores, Valentina! ¡Como a pasto y zapatilla deportiva! ¡Casi me desmayo del olor!
Juana, todavía roja de vergüenza pero riendo, miró a Sofía:
— ¡Los tuyos olían a queso fuerte! ¡Pero cuando te los chupé… sabían un poco amargos y salados! ¡Parecías un paquete de papas fritas sudadas!
Sofía se rio a carcajadas y contraatacó:
— ¡Los de Juana eran los más suaves! ¡Sabían a nenita limpia que sudó un poquito! ¡Pero igual tenían ese toque raro de transpiración juvenil!
Las chicas seguían riendo y haciéndose bromas inocentes sobre el sabor y el olor de los pies de cada una:
— ¡Los de Lucía eran los más dulces… como a caramelo sudado!
— ¡Los de Valentina eran los más fuertes… como a zapatilla usada todo el día!
— ¡Los de Martina sabían a perfume barato que se mezcló con sudor!
Miranda las miraba sentada en el círculo, sonriendo con ternura por fuera, pero por dentro disfrutando enormemente de la situación. Ver a las amiguitas inocentes de su hija riéndose y comentando el sabor y el olor de los pies de las demás después de habérselos chupado era exactamente lo que quería.
—Ay, chicas… —dijo Miranda riendo con ellas—. No sean malas. Todos los pies sudan después de gimnasia. Los de todas sabían un poquito a transpiración… pero eso es normal. No es nada asqueroso. Es solo olor de nenitas que han estado jugando.
Las chicas seguían riendo y bromeando entre ellas, ya mucho más cómodas con el tema. El ambiente era de diversión pura e inocente… al menos para ellas.
Miranda, por su parte, sentía la concha mojada y caliente. Ver cómo sus amiguitas se habían abierto tan rápido al fetiche de chuparse los pies la estaba excitando muchísimo. Sabía que este era solo el comienzo.
Se levantó con una sonrisa y dijo:
—Ahora que ya nos reímos un rato… ¿qué tal si seguimos jugando? Todavía faltan muchos castigos divertidos…
Las chicas aplaudieron emocionadas, todavía riendo y comentando entre ellas el sabor y el olor de los pies de las demás.

El juego de cartas siguió entre risas y bromas cada vez más animadas. Las chicas ya estaban completamente metidas en el ambiente juguetón de la pijamada, aunque todavía con cierta inocencia.
De pronto, Miranda ganó otra vez.
Todas aplaudieron y gritaron emocionadas, pero esta vez Miranda se levantó lentamente del círculo. Las chicas la miraron con curiosidad y expectativa.
Miranda se puso de pie frente a ellas, con una sonrisa calmada pero cargada de autoridad. Sin decir una palabra, se desabrochó los pantalones cómodos que llevaba puestos y se los bajó hasta los tobillos, quedando solo con una tanga negra mínima.
Las chicas se quedaron mudas de asombro. Sus ojos se abrieron como platos.
Miranda, sin inmutarse, se giró lentamente, dándoles la espalda. Se inclinó un poco hacia adelante, se agarró las nalgas enormes y maduras con ambas manos y las abrió con firmeza.
Sus nalgas grandes, suaves y pesadas se separaron, dejando completamente expuesto su ano maduro, rosado y todavía un poco abierto después de la orgía de la noche anterior. El olor fuerte y característico a mujer madura —mezcla de sudor, sexo y un leve toque terroso— se sintió claramente en el aire.
Con voz suave pero firme, Miranda dijo:
—Ahora el castigo es para todas ustedes. Van a chuparme el culo. Cada una va a meter la lengua y va a lamerme bien el ano durante 30 segundos.
Se hizo un silencio absoluto.
Las cuatro amiguitas de Juana se quedaron congeladas, con las caras de puro asombro y shock. Sofía tenía la boca abierta. Lucía se tapaba la cara con las manos. Valentina y Martina miraban con los ojos muy abiertos, sin saber cómo reaccionar.
Juana, que ya conocía a su mamá, solo se sonrojó intensamente y bajó la mirada, muerta de vergüenza.
Miranda permaneció allí, con las nalgas abiertas, mostrando su ano maduro y usado, esperando la reacción de las chicas.
Todas las amiguitas de Juana la miraban expectantes, con una mezcla de incredulidad, vergüenza y una extraña curiosidad que empezaba a nacer.
las caras de asombro y expectativa de las cinco nenitas mirando el culo abierto de Miranda.

Miranda permaneció de pie, con las nalgas grandes y maduras bien abiertas, mostrando su ano rosado y ligeramente abierto después de la intensa noche anterior. El olor suave pero claro a mujer adulta —mezcla de sudor, sexo y un leve toque terroso— flotaba en el aire.
Las cinco chicas (Juana y sus cuatro amiguitas) se quedaron congeladas, con las caras de puro asombro y vergüenza. Ninguna se movía.
Miranda sonrió con ternura y habló con voz calmada, suave y maternal, como si estuviera explicando algo totalmente normal:
—Ay, chicas… no pongan esa cara. No es nada malo. Chupar el culo es algo completamente normal entre personas que se quieren y confían. En muchas familias y entre amigas cercanas se hace. Es una forma de intimidad y de dar placer. No duele, no es asqueroso cuando se hace con cariño… solo es un poquito diferente al principio.
Hizo una pausa y miró a cada una con cariño.
—Miren… mi culo está un poquito sudado y usado después de todo el día, pero eso es normal. Todas sudamos. Es solo piel y un poquito de sabor natural. Si lo prueban, van a ver que no es para tanto. Es como cuando se besan en la boca… solo que un poco más abajo y más íntimo.
Sofía, todavía roja, balbuceó:
—Pero… tía Miranda… eso es… el culo… da asco…
Miranda se rio suavemente y negó con la cabeza.
—No da asco, Sofía. Es solo parte del cuerpo. Muchas chicas lo hacen entre ellas en las pijamadas cuando quieren ser más cercanas. Yo lo hago con Juana y con sus hermanas todo el tiempo. Es una forma de demostrar cariño y confianza. ¿Ven? No pasa nada malo. Solo tienen que sacar la lengua y lamer un poquito alrededor. No tienen que meterla muy adentro si no quieren.
Se giró un poco más, abriendo más las nalgas para que vieran mejor.
—Miren… está limpio. Solo un poquito de olor natural de mamá después de un largo día. Es como oler los pies… al principio parece raro, pero después se acostumbra uno y hasta puede gustar. ¿Verdad, Juana?
Juana, muerta de vergüenza, solo asintió bajito sin levantar la mirada.
Miranda siguió animándolas con voz dulce y persuasiva:
—Vamos, chicas… es solo un castigo de juego. Si lo hacen, después podemos seguir con cosas más fáciles y divertidas. Nadie se va a enterar nunca. Es nuestro secreto de pijamada. ¿Se animan? Solo un poquito cada una… para que mamá se sienta querida.
Las chicas se miraban entre sí, todavía dudosas, pero la voz calmada y cariñosa de Miranda, sumada a la presión del grupo y la curiosidad, empezó a hacer efecto.
Sofía fue la primera en moverse, aunque con mucha timidez.
—Está bien… pero solo un poquito… —murmuró.
Miranda sonrió satisfecha y se inclinó un poco más, abriendo bien las nalgas.
—Así, Sofía… vení. Solo sacá la lengua y lamé un poquito alrededor. Vas a ver que no es nada malo.
Las otras chicas miraban expectantes, con el corazón latiendo fuerte, mientras Sofía se acercaba lentamente al culo abierto de Miranda.

Sofía se acercó lentamente, todavía de rodillas. Su cara estaba a solo unos centímetros del culo abierto y maduro de Miranda. Podía ver claramente el ano rosado, ligeramente hinchado y con un leve brillo de humedad. El olor era fuerte pero no desagradable del todo: un aroma cálido, terroso y maduro de mujer adulta después de un largo día de actividad y sexo.
Sofía arrugó la nariz y se detuvo a pocos centímetros. El asco le ganó en el último momento.
—Ay… no puedo… —murmuró, echándose un poco hacia atrás—. De verdad me da mucho asco, tía Miranda… está muy cerca… y huele raro…
Las otras chicas soltaron risitas nerviosas y se taparon la boca, mirando la escena con expectativa.
Miranda no se enojó. Al contrario, mantuvo su sonrisa calmada y maternal. Se giró un poco para mirar a Sofía y a las demás, todavía con las nalgas abiertas.
—Tranquila, Sofía… es normal que te dé duda al principio. Pero no tengas miedo. Chuparse el culo entre mujeres no es nada malo. Al contrario… es algo que une mucho. Cuando una chica le lame el culo a otra, se crea una confianza especial, una intimidad que no se logra de otra forma. Es como decir “confío en ti tanto que te dejo hacer algo tan íntimo y privado”.
Miranda miró a todas las chicas una por una con ojos cariñosos.
—Nosotras, las mujeres, nos unimos más cuando compartimos estas cosas. El cuerpo es hermoso en todas sus partes. El culo no es sucio… es solo otra forma de dar y recibir placer y cariño. Yo lo hago con Juana y con sus hermanas todo el tiempo. Nos hace sentir más cercanas, más unidas como familia y como amigas. ¿Ven? No hay nada de malo. Es solo un poquito de lengua… nada más.
Hizo una pausa y sonrió con dulzura.
—Si lo hacen, van a ver que después se sienten más unidas entre ustedes. Es como un secreto bonito de pijamada. Nadie se va a enterar nunca. Es solo entre nosotras.
Sofía seguía dudando, pero las palabras de Miranda la estaban ablandando. Las otras chicas se miraban entre sí, nerviosas pero intrigadas.
Miranda continuó con voz suave y persuasiva:
—Vamos, chicas… no tengan vergüenza. Solo prueben un poquito. Si les da mucho asco, pueden parar. Pero les prometo que después van a entender por qué lo hacemos. Es una forma de quererse entre mujeres. ¿Se animan? Por la amistad… y por la diversión de la pijamada.
Las chicas seguían dudosas, pero la insistencia cariñosa de Miranda y la presión del grupo empezaban a hacer efecto. Sofía se mordía el labio, todavía a pocos centímetros del ano de Miranda, debatiéndose entre el asco y la curiosidad.
Miranda permaneció allí, con las nalgas abiertas, esperando con paciencia y una sonrisa tranquila, sabiendo que poco a poco las iba a convencer.

Después de varios segundos de duda y risas nerviosas, Valentina —la más deportista y atlética del grupo— respiró hondo y dijo:
—Está bien… yo lo hago. Pero solo un poquito, ¿eh?
Las otras chicas soltaron risitas emocionadas y expectantes. Miranda sonrió con ternura y se inclinó un poco más, abriendo bien sus nalgas grandes y maduras para facilitarle el acceso.
Valentina se arrodilló detrás de Miranda, todavía con cara de duda y vergüenza. Se acercó lentamente hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del ano enrojecido y ligeramente abierto de la mamá de Juana. El olor era fuerte: un aroma cálido, terroso y maduro de mujer adulta después de un largo día de sexo y sudor.
Al principio, Valentina solo acercó la nariz y olió con timidez. Hizo una pequeña mueca, pero no se apartó.
—Huele… fuerte —murmuró entre risas nerviosas.
Sus amiguitas estallaron en risas inocentes y divertidas, tapándose la boca y señalando.
— ¡Dale, Valentina! ¡No seas gallina! —la animaba Sofía riendo.
— ¡Chúpale un poquito, a ver qué tal sabe! —decía Lucía entre carcajadas.
Valentina, presionada por las risas de sus amigas, sacó la lengua tímidamente y dio una primera lamida corta y vacilante alrededor del ano de Miranda.
El sabor era intenso: salado, un poco amargo, terroso, con ese toque maduro y profundo de mujer que ha sido follada. Valentina hizo una mueca de asco al principio, pero no se retiró del todo.
Miranda soltó un gemido suave de placer y la animó con voz cariñosa:
—Así… muy bien, Valentina. No tengas miedo. Lame despacito… vas a ver que no es tan malo.
Valentina volvió a lamer, esta vez un poco más largo. Poco a poco, la duda inicial empezó a convertirse en curiosidad. La lengua se movió con más confianza, rodeando el ano de Miranda y probando más profundamente.
Sus amiguitas seguían riendo, pero ahora con más emoción que burla:
— ¡Miren cómo lo hace Valentina! —decía Sofía muerta de risa.
— ¡Se está animando! ¡Qué valiente! —agregaba Martina.
Valentina, ya más metida en el momento, empezó a lamer más profundo. Su lengua entraba y salía del ano de Miranda con más ritmo, saboreando el gusto fuerte pero extrañamente adictivo. Ya no hacía tantas muecas de asco. Al contrario, sus lamidas se volvían más largas y dedicadas.
—Se siente… raro… pero… no está tan mal —murmuró Valentina entre lamidas, con la voz entrecortada.
Miranda gemía bajito de placer y le acariciaba el cabello a Valentina.
—Así, mi amor… lame más profundo… méteme la lengua. Muy bien… estás aprendiendo rápido.
Las otras chicas seguían mirando con risas y expectativa, comentando entre ellas:
— ¡Valentina se está pasando! ¡Ya le está metiendo la lengua de verdad!
— ¡Qué asco, pero qué gracioso se ve!
Valentina ya no respondía. Seguía lamiendo el ano de Miranda con más ansia, la lengua entrando y saliendo, saboreando el sabor maduro y terroso mientras sus amigas se reían y la animaban.
Miranda sonreía satisfecha, disfrutando tanto del placer físico como de ver cómo las amiguitas inocentes de su hija empezaban a abrirse al juego.

Después de que Valentina empezara a lamer con más confianza, las otras chicas se quedaron mirando con una mezcla de risa nerviosa, vergüenza y creciente curiosidad.
Miranda, todavía inclinada y con las nalgas bien abiertas, sonrió con ternura y las animó con voz suave y maternal:
—Vamos, chicas… no se queden mirando. Es solo un juego. Una por una. No duele, no es nada malo. Solo saquen la lengua y laman un poquito. Yo les voy diciendo si lo hacen bien. ¿Sí? Es para divertirnos y unirnos más.
Sofía, que había sido la más lanzada al principio, respiró hondo y dijo:
—Está bien… yo sigo después de Valentina.
Valentina se apartó con la boca brillante y las mejillas rojas. Sofía se arrodilló detrás de Miranda, dudó solo un segundo y acercó su cara. Al principio solo olió, arrugando un poco la nariz por el olor fuerte y maduro. Luego sacó la lengua tímidamente y dio una primera lamida corta alrededor del ano de Miranda.
—Ugh… sabe… fuerte —murmuró entre risas nerviosas.
Pero no se retiró. Siguió lamiendo, cada vez con más ritmo, metiendo la punta de la lengua un poco más adentro. Sus amigas la animaban entre risas:
— ¡Dale, Sofía! ¡Ya casi lo estás haciendo bien!
Sofía se animó más y empezó a lamer con más ganas, la lengua moviéndose alrededor y dentro del ano de Miranda.
—Se siente… raro… pero no tan asqueroso como pensaba —admitió entre lamidas, ya más cómoda.
Luego le tocó a Lucía, la más tímida y rubita del grupo. Se arrodilló con la cara roja como un tomate.
—Ay… no sé si pueda… —susurró, pero las demás la empujaron suavemente entre risas.
Lucía se acercó, cerró los ojos y sacó la lengua. Dio una primera lamida muy corta y rápida, haciendo una mueca. Pero al ver que sus amigas se reían y la animaban, volvió a intentarlo. Poco a poco empezó a lamer con más continuidad, aunque todavía con timidez. Su lengua recorría el ano de Miranda con pasadas suaves.
—Sabe… salado y un poco… terroso —murmuró Lucía, casi sin voz, pero ya no se apartaba.
Las chicas se reían y aplaudían.
— ¡Lucía lo está haciendo! ¡Qué valiente!
Después fue el turno de Martina, la más coqueta. Se arrodilló con elegancia, pero con las mejillas encendidas. Se acercó y empezó a lamer con más gracia que las demás, pasando la lengua de forma más larga y deliberada.
—Huele fuerte… pero el sabor no es tan malo —comentó entre lamidas, ya entrando en el juego—. Es como… un gusto diferente.
Miranda gemía bajito de placer y las animaba a todas con voz cariñosa:
—Así, mis amores… laman más profundo… no tengan vergüenza. Es solo el culito de mamá. Chupen rico… métanme la lengua. Muy bien… están aprendiendo rápido.
Las cuatro chicas se fueron animando una por una, turnándose para lamer el ano de Miranda. Al principio con mucha duda y risas nerviosas, pero poco a poco lo hacían con más naturalidad y hasta con cierta curiosidad placentera. Sus lenguas entraban y salían, rodeaban el ano enrojecido y saboreaban el gusto maduro y terroso de Miranda.
Juana miraba todo desde un costado, muerta de vergüenza pero también excitada al ver a sus mejores amigas lamiéndole el culo a su propia mamá.
Miranda sonreía satisfecha, moviendo suavemente el culo contra las bocas de las chicas.
—Qué bien lo hacen… mis nenitas están creciendo. Seguir lamiendo… esto nos une mucho más.
Las chicas seguían lamiendo entre risas, bromas y una creciente excitación que ninguna quería admitir todavía.
El ambiente de la pijamada había cambiado para siempre.

Miranda se incorporó lentamente, todavía con una sonrisa maternal y tranquila en los labios. Sus tetas enormes se balancearon cuando se puso de pie frente a las cuatro chicas.
—Ahora es mi turno, chicas —dijo con voz suave pero firme—. Ustedes ya probaron los pies y el culo de mamá… ahora mamá quiere saborearlas a ustedes. Es solo justo, ¿no?
Las chicas se miraron entre sí con una mezcla de risa nerviosa, vergüenza y expectativa. Ninguna se atrevió a protestar en voz alta.
Miranda empezó por Sofía, la más lanzada del grupo. Se acercó a ella, le desabrochó con calma la pollerita tableada y se la bajó junto con la bombachita hasta los tobillos. Sofía quedó con el coño y el culo al descubierto, todavía con un leve olor a transpiración juvenil después de la clase de gimnasia.
Miranda se arrodilló frente a ella, acercó la nariz y aspiró profundamente el olor de su coño y ano.
—Qué rico hueles, Sofía… un olor fresco de nenita que ha estado jugando todo el día —murmuró con cariño.
Luego le dio varias pequeñas chupadas suaves en los labios del coño y en el ano, saboreando el sabor salado y dulce de la transpiración juvenil.
Sofía soltó una risita nerviosa y se tapó la boca.
— ¡Tía Miranda… qué raro se siente…!
Miranda sonrió y pasó a Lucía. Le bajó la pollerita y la bombachita con la misma calma. Lucía tenía el cuerpo más delgadito y delicado. Miranda olió su coñito y su ano con placer y le dio chupadas suaves y cortas, saboreando el gusto más suave y casi inocente.
—Tan suavecita… —susurró Miranda.
Lucía se rio avergonzada, pero no se movió.
Luego fue el turno de Valentina. Miranda le bajó la ropa y se tomó su tiempo oliendo sus pies, sus axilas y finalmente su coño y ano. Le dio pequeñas chupadas en el ano, saboreando el sudor deportivo y el toque más fuerte de la chica atlética.
—Valentina… tienes un sabor más intenso… me gusta —dijo Miranda con una sonrisa.
Valentina se rio nerviosamente y miró a sus amigas.
Finalmente, Miranda se acercó a Martina, la más coqueta. Le bajó la pollerita y la bombachita, olió su coño y ano con deleite y empezó a darle pequeñas chupadas suaves y lentas, saboreando el perfume mezclado con el sudor natural de la nenita.
Martina soltó una risita y se tapó la cara.
— ¡Tía Miranda… esto es demasiado!
Durante todo el proceso, Juana permanecía sentada en el círculo, mirando todo con la cara roja de vergüenza y el corazón latiéndole fuerte. Ver a su propia mamá arrodillada, oliendo y chupando los culos y coños de sus mejores amigas era una mezcla abrumadora de vergüenza, excitación y celos extraños.
Miranda, mientras saboreaba a Martina, levantó la vista y miró directamente a su hija con una sonrisa cariñosa pero perversa.
—Tranquila, Juana… mamá solo está probando a tus amiguitas. Es parte del juego. ¿Ves cómo se ríen? No pasa nada malo.
Las chicas seguían riendo nerviosamente, todavía pensando que todo era un juego tonto de pijamada, mientras Miranda continuaba oliendo y dando pequeñas chupadas suaves en sus partes más íntimas, deleitándose con los sabores y olores juveniles.
Juana solo podía mirar, avergonzada y excitada, mientras su mamá saboreaba una por una a sus mejores amigas.

Miranda seguía arrodillada frente a las chicas, completamente metida en el momento. Después de oler y dar pequeñas chupadas en sus coños, pasó directamente a los anos. Con ternura pero sin vergüenza, les separaba las nalgas a cada una y empezaba a lamerles el ano con lamidas suaves y largas.
Primero fue Sofía. Miranda le abrió las nalgas firmes y le pasó la lengua plana por el ano, saboreando el sabor ligeramente terroso y sudoroso de la nenita después de todo el día.
Sofía soltó una risita nerviosa y miró a sus amigas.
—Chicas… nunca en la vida me imaginé que la mamá de Juana me iba a estar lamiendo el culo… esto es lo más raro que me ha pasado.
Lucía, que estaba al lado, se tapaba la boca riendo mientras veía a Miranda lamiendo el ano de Sofía.
— ¡Yo tampoco! Pensé que las pijamadas eran para ver películas y comer golosinas… no para que la mamá de alguien te chupe el orto.
Valentina, todavía con la pollerita subida, se rio y comentó:
—Miren cómo lo hace… con tanta calma. Nunca pensé que una mamá haría algo así. Me da vergüenza, pero… es como un reto raro.
Martina, la más coqueta, miraba fascinada y añadió entre risitas:
— ¡Es verdad! La mamá de Juana lamiéndonos el culo a todas… si nos contaran esto en el colegio nadie nos creería. ¡Parece una broma pesada!
Mientras las amiguitas comentaban entre ellas con risas nerviosas e inocentes, Miranda seguía lamiendo con dedicación. Pasó de Sofía a Lucía, separándole las nalguitas delgadas y lamiéndole el ano rosado con lamidas lentas y profundas.
Lucía soltó un gemidito y se rio:
— ¡Ay… se siente raro… pero la mamá de Juana lo hace tan bien!
Miranda levantó un segundo la cabeza, con los labios brillantes, y les dijo con voz suave y maternal:
—Tranquilas, chicas… es solo un juego. Mamá solo quiere saborearlas un poquito. No hay nada malo en eso.
Luego continuó con Valentina, lamiéndole el ano más firme y deportivo, y finalmente con Martina, saboreando su ano pequeño y coquetamente depilado.
Las chicas seguían comentando entre risas, cada vez más cómodas con la situación:
—Nunca imaginé que terminaría una pijamada con la mamá de mi amiga lamiéndome el culo…
— ¡Es tan surrealista! Pero… no duele ni nada… solo se siente caliente y húmedo.
— ¡Juana, tu mamá es la más loca de todas las mamás!
Juana solo podía mirar, muerta de vergüenza pero también excitada, viendo cómo su propia mamá le lamía el culo a cada una de sus mejores amigas.
Miranda seguía lamiendo con placer disimulado, saboreando el contraste entre los anos jóvenes y apretados de las nenitas, mientras las chicas seguían riendo y comentando lo inesperado de la situación.
El ambiente de la pijamada había cambiado por completo… pero las chicas todavía lo tomaban como un juego loco y divertido.

Miranda, ya completamente entregada al momento, decidió subir la intensidad. Seguía arrodillada frente a las chicas, con una sonrisa maternal y perversa al mismo tiempo.
—Ahora mamá va a lamer más profundo, mis amores… no tengan miedo. Solo relájense y dejen que mamá les dé cariño.
Empezó por Sofía. Le separó bien las nalgas firmes y juveniles, acercó la cara y metió la lengua directamente dentro de su ano. No eran lamidas superficiales anymore… ahora introducía la lengua lo más profundo posible, moviéndola en círculos y sacándola para volver a meterla.
Sofía soltó un gemidito de sorpresa y se puso rígida.
— ¡Ay… tía Miranda… se siente… muy adentro! —dijo con voz inocente y temblorosa, sin saber exactamente cómo reaccionar—. Es raro… como si me estuvieras lamiendo por dentro… me hace cosquillas pero… también algo caliente…
Sus amiguitas la miraban con los ojos muy abiertos, riendo nerviosamente.
Miranda no se detuvo. Siguió metiendo y sacando la lengua con más ritmo, saboreando el interior del ano de Sofía, que todavía conservaba ese sabor fresco y ligeramente terroso de nenita después de un día de actividad.
Luego pasó a Lucía. La rubita de cara angelical se puso aún más roja cuando sintió la lengua de Miranda entrando profundamente en su ano.
— ¡Mmmh… tía… está muy profundo! —gimió Lucía con voz inocente y sorprendida—. Se siente… raro… como si me estuvieras tocando algo que nadie toca… me da cosquillas adentro… pero no duele… solo… no sé qué sentir…
Miranda sonrió contra su culo y siguió lamiendo con lengua profunda, moviéndola dentro del ano apretado de Lucía.
Después le tocó a Valentina. La deportista se mordió el labio cuando la lengua de Miranda entró en su ano.
— ¡Ay… se siente muy adentro! —dijo Valentina con voz entrecortada e inocente—. Es como… caliente y húmedo… me hace temblar las piernas… no sé si me gusta o me da vergüenza… pero no pares todavía…
Miranda lamía con más dedicación, introduciendo la lengua lo más profundo que podía, saboreando el ano más firme y sudado de la chica atlética.
Finalmente llegó a Martina. La más coqueta soltó un gemidito cuando sintió la lengua de Miranda penetrando su ano.
— ¡Tía Miranda… está entrando mucho! —exclamó Martina con voz inocente y sorprendida—. Se siente… raro… como si me estuvieras lamiendo por dentro del cuerpo… me da cosquillas y calor al mismo tiempo… no sé qué pensar…
Miranda siguió lamiendo con lengua profunda y lenta en cada una, alternando entre las cuatro amiguitas de su hija. Las chicas reaccionaban de forma inocente y confusa: gemían bajito, se reían nerviosamente, comentaban entre ellas lo “raro pero caliente” que se sentía, sin entender del todo las sensaciones nuevas que les provocaba la lengua de una mamá adulta lamiéndoles el interior del ano.
Juana miraba todo desde un costado, muerta de vergüenza pero también excitada, viendo cómo su mamá les metía la lengua profundamente en el culo a sus mejores amigas.
Miranda levantaba la cabeza de vez en cuando, con los labios brillantes, y les decía con voz cariñosa:
—Relájense, mis amores… es solo mamá dándoles cariño. Dejen que la lengua entre… se siente rico cuando uno se acostumbra, ¿verdad?
Las chicas seguían reaccionando con inocencia: algunas se reían, otras gemían confundidas, todas sintiendo por primera vez esa sensación extraña y caliente de una lengua adulta penetrando sus anos jóvenes.
Miranda se incorporó lentamente, con los labios brillantes y una sonrisa calmada pero cargada de intención. Se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a las cinco chicas, que todavía estaban riendo y comentando entre ellas lo raro que había sido lamer culos.
—Está bien, chicas… suficiente de pies y culos por ahora —dijo Miranda con voz suave y maternal—. Ahora les voy a enseñar algo más divertido: cómo besar de verdad.
Todas las chicas estallaron en risas inocentes y curiosas.
— ¿Besar? —preguntó Sofía riendo—. ¿Cómo? ¡Aquí no hay niños para practicar!
Lucía se tapó la boca muerta de risa:
— ¡Exacto! ¿Con quién vamos a practicar? ¿Con los osos de peluche?
Valentina y Martina también se reían a carcajadas:
— ¡Sí! ¿Vas a traer a un príncipe de cuento, tía Miranda?
Incluso Juana se rio, aunque con algo de nerviosismo, sabiendo que su mamá nunca proponía algo “normal”.
Miranda sonrió con paciencia y ternura, dejando que se rieran un rato. Cuando las risas bajaron un poco, dijo con voz tranquila:
—Nadie dijo que tenían que ser niños. Yo les voy a enseñar. Vamos a practicar besos entre nosotras… conmigo.
Se hizo un silencio corto.
Las chicas se miraron entre sí, primero con risas, luego con dudas. La risa se fue apagando poco a poco y fue reemplazada por expresiones de sorpresa y confusión.
— ¿Con vos…? —preguntó Sofía, todavía sonriendo pero ya menos segura—. ¿Cómo… besarnos con la mamá de Juana?
Lucía se sonrojó:
— ¿Besos de verdad? ¿Con lengua y todo?
Valentina y Martina se miraron, dudosas.
— ¿No es raro? —preguntó Martina—. O sea… sos la mamá de nuestra amiga…
Juana estaba roja como un tomate y no sabía dónde meterse. Sabía perfectamente a qué se refería su mamá.
Miranda mantuvo su sonrisa calmada y cariñosa, como si estuviera proponiendo algo totalmente inocente y educativo.
—Claro que con lengua. Los besos de verdad son con lengua. Es la mejor forma de aprender. No hay nada de malo. Es solo práctica entre mujeres. Muchas amigas lo hacen para aprender. Yo les voy a enseñar cómo se hace bien… suave, profundo, con sentimiento. ¿Se animan?
Las chicas se quedaron calladas unos segundos, mirándose entre ellas con risas nerviosas y caras de “¿esto va en serio?”.
Sofía fue la primera en hablar, todavía riendo pero con duda:
—Ay… no sé… besarnos con una mamá… se siente raro…
Lucía añadió:
— ¿Y si nos ve alguien? ¿Y si es muy extraño?
Miranda se acercó un poco más, todavía con esa expresión maternal y tranquilizadora.
—Nadie nos va a ver. Es solo entre nosotras. Y no es extraño… es solo aprender. Yo les voy a mostrar. Primero suave, después más profundo. Van a ver que es divertido y que se aprende rápido. ¿Qué dicen? ¿Probamos?
Las chicas seguían dudando, riéndose nerviosamente y mirándose unas a otras. Nadie decía “no” rotundamente, pero tampoco se animaban del todo. La curiosidad y la presión del grupo las tenían atrapadas en ese limbo entre la vergüenza y la intriga.
Miranda sonrió con paciencia, sabiendo que poco a poco las iba a convencer.
—Vamos… solo un besito de práctica cada una. Si no les gusta, paramos. ¿Sí?

Las cinco chicas se miraron entre sí con dudas evidentes. Sofía, Lucía, Valentina y Martina tenían las caras rojas y se reían nerviosamente, mientras Juana solo bajaba la mirada, muerta de vergüenza pero sabiendo que su mamá no iba a parar.
Miranda se sentó de nuevo en el centro del círculo, con una sonrisa tranquila y maternal, como si estuviera explicando la tarea más normal del mundo.
—Chicas… no pongan esa cara —dijo con voz suave y persuasiva—. Es completamente normal que las amiguitas se besen en las pijamadas. Cuando las nenas se juntan a dormir, se divierten entre ellas. Se cuentan secretos, se prueban ropa… y también se besan. Es una forma de explorar, de aprender y de sentirse más unidas. No hay nada de malo en eso.
Las chicas seguían mirándola con incredulidad, pero ya no se reían tanto. La curiosidad empezaba a ganar terreno.
Miranda continuó, con tono nostálgico y cariñoso:
—Cuando yo era chica, más o menos de la edad de ustedes, iba mucho a pijamadas. Una noche, en casa de mi mejor amiga Laura, estábamos todas en el living con las luces apagadas, contando historias de miedo. En un momento, Laura me dijo que quería probar cómo se besaba de verdad. Nos metimos debajo de una manta y nos dimos nuestro primer beso con lengua. Al principio nos dio mucha risa y vergüenza… pero después nos gustó. Nos besamos un rato largo, solo nosotras dos, mientras las demás dormían. Fue nuestro secreto. Desde esa noche nos sentimos mucho más unidas. Muchas de mis amigas hicieron lo mismo en pijamadas. Es normal, chicas. Es solo diversión entre nenas.
Las chicas se miraron de nuevo. Sofía fue la primera en hablar, todavía dudosa pero intrigada:
— ¿En serio, tía Miranda? ¿Tú besaste a tu amiga en una pijamada?
Miranda asintió con una sonrisa cálida.
—Claro que sí. Y no solo una vez. Después de esa noche, cada vez que dormíamos juntas practicábamos. Nos enseñábamos cómo hacerlo mejor: suave, con lengua, sin apuro… Era divertido y nos hacía sentir más cercanas. No es nada raro. Es parte de crecer y explorar entre amigas.
Lucía, la más tímida, preguntó bajito:
— ¿Y… no se sentían raras después?
Miranda se rio suavemente.
—Al principio sí, un poquito. Pero después nos acostumbramos y hasta nos gustaba. Es solo un beso. No hay chicos, no hay presión… solo nosotras divirtiéndonos y aprendiendo.

Las chicas seguían sentadas en círculo, todavía con las caras rojas y una mezcla de risa nerviosa y curiosidad. Después de escuchar la historia de Miranda, empezaron a hacer más preguntas, casi sin poder contenerse.
Sofía fue la primera en levantar la mano como si estuviera en clase:
— ¿A qué edad fue tu primer beso con una amiguita, tía Miranda?
Miranda sonrió con nostalgia y respondió con voz suave:
—Era muy chica… tenía como 11 o 12 años. Fue en una pijamada en casa de mi mejor amiga de ese entonces. Nos metimos debajo de las mantas porque nos daba vergüenza que las demás nos vieran.
Lucía abrió mucho los ojos:
— ¿Tan chica? ¿Y no te dio vergüenza después?
Miranda se rio bajito y negó con la cabeza.
—Al principio sí, mucha. Al día siguiente casi no nos mirábamos a la cara. Pero después nos dimos cuenta de que nos había gustado y que no pasaba nada malo. Fue nuestro secretito.
Valentina, siempre la más directa, preguntó:
— ¿Y besaste a otras amiguitas en otras pijamadas?
Miranda asintió sin dudar, manteniendo su tono calmado y natural:
—Sí, varias veces. No en todas las pijamadas, pero sí en varias. Cuando éramos un grupo más grande y nos sentíamos cómodas, alguna proponía “vamos a practicar besos”. Nos besábamos de a pares o a veces en grupito. Era divertido, nos enseñábamos entre nosotras cómo hacerlo mejor: más suave, con más lengua, sin apuro… Nos hacía sentir más unidas.
Martina, con los ojos brillantes de curiosidad, preguntó:
— ¿Y nunca te dio cosa besar a una amiga sabiendo que era una chica?
Miranda se encogió de hombros con una sonrisa sincera:
—Al principio un poquito, porque nos enseñan que los besos son solo con niños. Pero después nos dimos cuenta de que entre nenas también se puede. Es solo práctica, cariño y diversión. No tiene que ser con chicos para que sea bonito.
Las chicas se quedaron calladas unos segundos, procesando todo. Sofía fue la que rompió el silencio con una risita:
—Entonces… ¿nosotras podríamos besarnos entre nosotras y no pasa nada?
Miranda asintió con ternura:
—Claro que sí. Es solo un beso. Si quieren aprender o simplemente probar, mamá les puede enseñar. No hay apuro, ni obligación. Solo si ustedes quieren.
Las cuatro amiguitas de Juana se miraron entre sí. Había risas nerviosas, caras rojas y una curiosidad que ya no podían disimular del todo.
Juana, sentada al lado de su mamá, solo podía mirar al piso, muerta de vergüenza pero también con el corazón latiéndole fuerte, sabiendo que su mamá estaba abriendo una puerta que ya no se cerraría fácilmente.

Miranda se acomodó mejor en el centro del círculo, con una sonrisa suave y nostálgica. Las cinco chicas la miraban con atención, todavía con risas nerviosas pero claramente intrigadas.
—Está bien… les voy a contar tres pijamadas que recuerdo muy bien de cuando era chica, más o menos de la edad de ustedes. No se asusten, eran solo juegos entre nenas, pero sí eran bastante intensos. Les cuento para que vean que no es nada raro ni malo.
Primera experiencia – La pijamada de los 12 años
—Tenía 12 años. Era una pijamada en casa de mi mejor amiga Mica. Éramos seis chicas. Después de contar cuentos de terror y apagar las luces, nos metimos todas debajo de las mantas porque teníamos miedo. Mica y yo terminamos una al lado de la otra. Ella me susurró: “¿Quieres probar cómo se besa de verdad?”. Nos dimos nuestro primer beso con lengua. Al principio nos dio mucha risa y vergüenza, casi nos separamos. Pero después nos gustó. Nos besamos un rato largo, despacito, aprendiendo cómo mover la lengua, cómo no chocar los dientes.
Después de un rato, otra amiga nos descubrió y quiso probar también. Terminamos besándonos de a tres o cuatro debajo de las mantas. Nos tocábamos las tetitas por encima de la ropa, nos metíamos las manos por debajo de las pijamas. Recuerdo que nos reíamos mucho, pero también sentíamos algo nuevo y caliente. Nos chupamos los pezones por primera vez esa noche. Fue suave, curioso, sin presión. Al día siguiente nos mirábamos con complicidad y un secreto que nos unió mucho más. Ninguna se sintió mal. Al contrario, queríamos repetir.
Segunda experiencia – La pijamada de los 13 años
—Tenía 13 años. Esta fue en casa de Paula, una amiga del curso. Éramos ocho chicas. Después de ver una película romántica, alguien propuso “jugar a la botella pero solo besos”. Cuando me tocó besar a Paula, nos besamos con lengua delante de todas. Al principio las demás se reían y nos gritaban “¡qué asco!”, pero después varias quisieron probar. Terminamos besándonos de a pares y después en grupitos de tres o cuatro.
Esa noche nos volvimos más atrevidas. Nos quitamos las pijamas y nos quedamos en bombachitas. Nos chupamos las tetitas, nos metimos los dedos por debajo de la ropa. Recuerdo que dos amigas se lamieron el coño por primera vez mientras las demás mirábamos y nos tocábamos. Fue una mezcla de risa, vergüenza y mucha excitación. Nos quedamos toda la noche besándonos, tocándonos y lamiéndonos entre nosotras. Al final nos dormimos abrazadas, sudadas y contentas. Fue una de las noches en las que más nos sentimos unidas como grupo de chicas.
Tercera experiencia – La pijamada más intensa de los 14 años
—Esta fue la más fuerte. Tenía casi 14 años. Éramos solo cinco chicas en casa de una amiga que sus padres no estaban. Decidimos que esa noche “todo valía”. Nos quitamos toda la ropa y nos quedamos desnudas. Empezamos besándonos en círculo, lengua con lengua. Después nos besamos de a tres o cuatro al mismo tiempo. Nos chupamos las tetas, nos metimos los dedos en el coño y en el ano, nos lamimos entre nosotras.
Recuerdo que dos de mis amigas se pusieron en 69 y se lamieron el coño y el ano al mismo tiempo mientras las demás las mirábamos y nos tocábamos. Después nos unimos todas. Fue una orgía lésbica entre nenas: bocas en coños, lenguas en anos, dedos por todos lados. Nos corrimos varias veces, unas encima de otras, besándonos mientras nos tocábamos. El olor a sudor y a sexo de chicas llenaba la habitación. Nos dormimos todas abrazadas, pegajosas y felices. Al día siguiente nos mirábamos con una complicidad especial. Ninguna se arrepintió. Fue una de las noches más intensas de mi adolescencia.
Miranda terminó de contar las tres historias con voz tranquila y cariñosa, mirando a las chicas una por una.
—Como ven, no es nada raro. Son solo nenas divirtiéndose y explorando entre ellas. Nadie se obligaba. Si no querían, no participaban. Pero la mayoría terminaba gustándole y sintiéndose más unida a sus amigas. Es solo curiosidad y cariño entre chicas.
Las amiguitas de Juana se quedaron en silencio durante unos segundos, procesando todo. Sus caras estaban rojas, pero ya no solo de vergüenza… también había curiosidad y una excitación que empezaban a sentir sin entender del todo.

Miranda se animo y les conto algo mas intimo:

Miranda se acomodó un poco más cerca de las chicas, con una sonrisa pícara pero maternal, y bajó un poco la voz como si estuviera contando un secreto muy grande.
—Les voy a contar una historia que nunca les conté a casi nadie… una pijamada que se me quedó grabada para siempre. Tenía 13 años. Éramos seis amigas: yo, Laura, Paula, Sofi, Martina y una chica nueva que se llamaba Camila. Era en la casa de Camila, una casa grande con un sótano que sus padres usaban como sala de juegos. Sus papás habían salido y nos dejaron solas toda la noche.
Empezamos como siempre: películas, golosinas, risas. Pero después de apagar las luces nos pusimos a jugar a la botella con la regla de que el beso tenía que ser con lengua. Al principio era solo besitos cortos, pero rápido se puso más intenso. Nos quitamos las pijamas y nos quedamos en bombachitas. Nos besábamos de a dos, de a tres… después nos empezamos a tocar las tetitas y a meternos las manos entre las piernas.
La cosa se calentó tanto que terminamos todas desnudas en el piso del sótano. Estábamos en una gran orgía de nenas: dos de mis amigas se lamían el coño en 69, otra me chupaba los pezones mientras yo le metía los dedos a Paula, y Camila estaba de cuatro mientras Laura le lamía el ano. Nos besábamos todas con todas, lenguas sucias de saliva y jugos. El sótano olía a sudor de chicas y a coños húmedos. Nos corríamos una tras otra, gimiendo bajito para que nadie nos escuchara. Yo me corrí dos veces: una con la boca de Sofi en mi coño y otra cuando tres de ellas me chupaban las tetas y me metían los dedos al mismo tiempo.
Estábamos en plena orgía, sudadas, pegajosas y felices, cuando de repente se abrió la puerta del sótano.
Era la mamá de Camila.
Se quedó parada en la entrada, con los ojos muy abiertos, mirando la escena: seis nenas de 13 años completamente desnudas, besándose, lamiéndose coños y anos, con los dedos metidos unas en otras. El olor a sexo se sentía fuerte.
Todas nos quedamos congeladas. Hubo un silencio terrible.
La mamá de Camila (se llamaba Elena, era una mujer de unos 35 años, tetona y de curvas generosas) se puso roja de furia y empezó a regañarnos fuerte:
— ¡Pero qué mierda es esto! ¡Son unas cochinas! ¡Desnudas y lamiéndose como perras! ¡Esto no se hace! ¡Son unas niñas sucias! ¡Voy a llamar a sus mamás ahora mismo!
Nosotras estábamos muertas de miedo. Algunas empezaron a llorar, otras intentaban taparse con las manos. Yo pensé que nos iba a castigar a todas y que se iba a armar un escándalo enorme.
Pero Elena se quedó mirando un rato más… y su expresión cambió. Su cara pasó de enojo a algo diferente. Se mordió el labio inferior y su respiración se volvió más pesada. Miró los cuerpos desnudos de las seis nenas, nuestras tetitas pequeñas, nuestros coños húmedos y brillantes, y nuestras bocas sucias de saliva.
De repente cerró la puerta del sótano detrás de ella, echó llave y dijo con voz más baja:
—…Pero qué desvergonzadas son…
Se acercó lentamente. Nosotras seguíamos congeladas.
Elena se sentó en el sillón que estaba en un rincón y nos miró una por una. Luego, con voz ronca, dijo:
—Está bien… ya las vi. Ahora no se hagan las santitas. Si van a ser unas putitas en mi casa… por lo menos háganlo bien.
Se empezó a desabrochar la blusa lentamente. Sus tetas grandes y pesadas salieron a la vista. Nos quedamos con la boca abierta. Luego se bajó la falda y la bombacha. Estaba completamente depilada y su coño ya estaba mojado.
—Vengan aquí —ordenó con voz firme pero excitada—. Si van a jugar a ser grandes, yo les voy a enseñar cómo se hace de verdad.
Primero nos hizo besarla a todas. Nos besamos con lengua profunda mientras ella nos tocaba las tetitas y nos metía los dedos en el coño. Después se acostó en el piso y nos ordenó que la lamiéramos. Yo le chupé una teta mientras Laura le lamía el coño y Paula le metía la lengua en el ano. Elena gemía fuerte y nos decía cosas sucias:
—Así, mis putitas… laman bien el culo de la tía… métanme la lengua más adentro…
La orgía se volvió mucho más intensa con ella. Elena nos enseñó posiciones nuevas, nos hizo lamerla entre varias al mismo tiempo, nos sentó en su cara una por una para que nos comiera el coño y el ano, y nos hizo corrernos mientras ella nos miraba. Al final se corrió varias veces, temblando y apretando nuestras cabezas contra su coño.
Cuando terminó, nos abrazó a todas, sudada y satisfecha, y nos dijo:
—Esto queda entre nosotras. Si quieren volver a jugar… me avisan. Pero la próxima vez yo dirijo.
Esa noche nos dormimos todas abrazadas a Elena, desnudas y pegajosas. Fue la pijamada más intensa de mi vida.
Miranda terminó de contar la historia y miró a las cinco chicas con una sonrisa dulce pero cargada de intención.
—Como ven… a veces las mamás también se unen. Y cuando lo hacen, todo se pone mucho más rico. Nadie se enoja de verdad… solo se excitan.
Las amiguitas de Juana estaban mudas. Sus caras estaban rojas como tomates, los ojos muy abiertos y respiraban agitadas. La historia las había impactado profundamente.

8 Lecturas/8 agosto, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: bisexual, colegio, hija, madura, maduro, maduros, mayor, sexo
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