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Incestos en Familia, Infidelidad, Lesbiana

Miranda y su cornudito 14 – orgia lesbica de 3 mamas con niñas escolares

Miranda cuenta la orgia lesbica de Veronica, Marta y carlota con las amiguitas escolares de sus hijas..
—Después de tantas horas de juegos, lamidas, besos y leche, la orgía finalmente llegó a su fin. Todas estábamos agotadas, sudadas, pegajosas de saliva, leche y jugos. El sótano olía fuertemente a sexo, a pies, a leche materna y a coños de nenas.
Verónica miró el reloj y dijo con voz cansada pero satisfecha:
—Se acabó por hoy, mis bebitas… ya es muy tarde. Todas a dormir.
Las tres mamás zorras se levantaron desnudas, con las tetas todavía pesadas y un poco rojas de tanto mamar. Tomaron de la mano a sus hijas y a las compañeritas del jardín y las llevaron arriba, al cuarto de Matilda, Cati y Lali.
Allí, en la habitación de las nenas, había dos camas grandes y varios colchones en el piso. Las tres mujeres maduras se acostaron completamente desnudas, con sus cuerpos gordos y tetones ocupando mucho espacio. Verónica se acostó en el medio de una cama, Marta y Carlota en la otra.
Luego llamaron a todas las nenas:
—Vengan, mis amorcitas… duerman con mamá y las tías esta noche.
Las diez nenas, también completamente desnudas, se acostaron junto a ellas. Cati y Lali se acurrucaron contra el cuerpo caliente de su mamá Verónica, una a cada lado, con la carita apoyada en sus tetas enormes. Las compañeritas del jardín se repartieron entre las tres mujeres: algunas se pegaron a las tetas de Marta, otras a las de Carlota, y otras se acurrucaron entre las piernas o contra las panzas blandas de las señoras.
Yo terminé acostada entre Marta y una nenita del jardín, con mi cara cerca de una de sus tetas grandes y callosas.
Las tres mamás abrazaron a las nenas contra sus cuerpos maduros y calientes. El cuarto quedó lleno de cuerpos desnudos: tres mujeres gordas y tetonas rodeadas de diez nenas chiquitas y suaves. Se taparon con las mantas y se durmieron casi inmediatamente, exhaustas pero felices.
A la mañana siguiente, la luz del sol entró por la ventana. Las nenas empezaron a despertarse una por una, todavía desnudas y pegadas a los cuerpos calientes de las mamás.
Verónica fue la primera en abrir los ojos. Miró a su alrededor: Cati y Lali dormían abrazadas a ella, con la carita manchada de leche seca. Las demás nenas estaban repartidas entre las tres mujeres, algunas todavía con la boca cerca de una teta o un pie.
Verónica despertó suavemente a sus hermanas y luego empezó a despertar a las nenas con voz baja y cariñosa:
—Despierten, mis bebitas… ya es de día.
Poco a poco todas se fueron despertando. Las nenas se estiraban, se frotaban los ojos y miraban confundidas al verse desnudas y pegadas a las tres señoras tetonas.
Verónica se sentó en la cama, con las tetas colgando pesadas, y habló con tono serio pero maternal:
—Escuchen bien, mis amorcitas. Lo que pasó anoche es nuestro secreto. Un secreto muy especial entre nosotras. No le pueden contar nada a sus papás ni a sus mamás. Ni una sola palabra. Ni sobre los besos, ni sobre la leche, ni sobre los pies, ni sobre los deditos… nada. Si alguien pregunta, solo digan que jugamos, comimos golosinas y dormimos todas juntas. ¿Entendido?
Las nenas asintieron con la cabeza, todavía somnolientas y un poco avergonzadas.
Marta añadió, acariciando la cabeza de Camila:
—Sobre todo no le digan nada a sus papás. Ellos no entenderían estos juegos de chicas. Si se portan bien y guardan el secreto, la próxima vez podemos volver a jugar.
Carlota, todavía acostada con dos nenas pegadas a sus tetas, sonrió y dijo con voz más firme:
—Y si alguna se va de la lengua… la tía Carlota se va a enojar mucho. ¿Quieren que la tía se enoje?
Todas las nenas negaron rápidamente con la cabeza.
Verónica sonrió satisfecha y besó en la frente a Cati y Lali:
—Buenas chicas. Ahora vayan a lavarse la carita y a vestirse. Sus papás van a venir a buscarlas pronto y tienen que verlas como siempre: nenitas buenas y limpias del jardín.
Las nenas se levantaron desnudas, todavía con marcas de chupones y saliva seca en la piel, y empezaron a vestirse. Las tres mamás se quedaron un rato más en la cama, desnudas y abrazadas, sonriendo con complicidad mientras veían cómo las nenitas se preparaban para volver a su vida “normal”.

—Ahora, mis bebitas, vayan todas al baño a lavarse la carita y el cuerpo. Tienen que quedar limpitas y olorosas como siempre, ¿sí? No queremos que sus papás noten nada raro.
Las diez nenas, todavía desnudas y con el cuerpo lleno de marcas de chupones, saliva seca y leche, se levantaron y caminaron en grupito hacia el baño grande del pasillo. Verónica cerró la puerta del cuarto para que las mamás pudieran vestirse tranquilas.
En el baño, las nenas se miraron en el espejo y empezaron a hablar entre ellas con sus vocecitas agudas e infantiles, usando ese lenguaje de jardín tan característico.
Lali, la más chiquita, fue la primera en hablar mientras se lavaba la carita con jabón:
—Anoche… mamá me dio mucha lechita… estaba calentita y dulce… pero después me dolió un poquito el culito cuando la tía Carlota me metió el dedito…
Emma, de 6 años, se rio tapándose la boca con las dos manitas y dijo con voz chillona:
— ¡Yo le chupé el pie a la tía Marta! Estaba todo callosito y olía raro… pero después me hizo chupar el dedito gordo y me dijo “chupá más fuerte, mi bebita”. ¡Me dio cosquillas en la pancita!
Una nenita llamada Sofía (7 años) se estaba lavando entre las piernitas y soltó una risita nerviosa:
— ¡Yo le lamí el culito a Cati! Estaba todo calentito y apretadito… y después Cati me metió su dedito en el mío y me hizo “¡ayyy!”… pero me gustó un poquito…
Cati, que ya se sentía más grande, se rio y contestó mientras se lavaba los pies:
— ¡Yo le chupé las tetas a mamá y después a la tía Carlota! Tenían mucha leche… me llené toda la boquita y se me caía por la barbilla. Después la tía me dijo “mi nenita puta”… ¿qué significa “puta”, Lali?
Lali se encogió de hombros y respondió con su vocecita inocente:
— No sé… pero la tía lo decía riéndose, así que debe ser algo rico… Porque después me besó muy fuerte y me metió la lengua toda en la boca.
Otra nenita del jardín, Olivia, se estaba secando la carita y dijo entre risitas:
— ¡Yo besé a tres nenas distintas! Y después la tía Verónica me besó a mí y me dijo que mi boquita sabía a “nenita buena pero putita”. ¿Qué es putita? Suena divertido…
Las nenas se reían bajito, tapándose la boca unas a otras para que las mamás no las escucharan desde el cuarto. Seguían lavándose el cuerpo mientras seguían haciendo bromas con su lenguaje infantil:
—Mi culito todavía está resbalosito…
— ¡A mí me quedó gusto a pie de tía en la boca!
— ¿Vamos a volver a jugar a chupar deditos la próxima vez?

Se empujaban suavemente entre risitas, se señalaban las marcas rojas que tenían en el cuello y en las tetitas planas, y se hacían bromas inocentes pero muy cargadas de lo que había pasado la noche anterior.
Cati miró a todas y dijo en voz bajita, casi susurrando:
—Tenemos que guardar el secreto… si no, las tías se van a enojar y no nos van a dejar jugar más…
Todas asintieron con la cabeza, todavía con sonrisitas traviesas en la cara.
Mientras tanto, afuera del baño, Verónica, Marta y Carlota se vestían y se miraban entre ellas con una sonrisa cómplice, sabiendo perfectamente que sus nenitas estaban hablando de todo lo que había pasado.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave.
—Las nenitas se lavaban y se hacían bromitas con sus vocecitas de jardín… todavía sin entender del todo lo que habían hecho, pero sabiendo que era algo secreto y rico.
Las amiguitas de Juana estaban completamente rojas y agitadas, imaginando la escena en el baño.

En el baño grande, las diez nenas seguían lavándose bajo la luz suave de la mañana. El agua corría y ellas hablaban entre risitas con sus vocecitas agudas y lenguaje de jardín, haciéndose bromas cada vez más traviesas sobre lo que había pasado la noche anterior.
Lali, todavía con jabón en la pancita, se miró en el espejo y soltó una risita:
— ¡Mira mi culito! Está todo rosadito… la tía Carlota me metió el dedito gordo y me dijo “apretá, bebita”. ¡Sentí como si me estuviera haciendo cosquillas adentro!
Emma (6 años) se tapó la boca con las dos manitas y se rio tan fuerte que casi se le cae el jabón:
— ¡Yo le chupé el dedo gordo del pie a la tía Marta! Estaba todo callosito y sabía salado… y ella me decía “chupá más fuerte, mi princesita”. ¡Parecía un chupetín gigante y feo!
Sofía, mientras se lavaba entre las piernitas, miró a Cati y preguntó con vocecita inocente:
— ¿Cati… a vos también te dolió un poquito el culito cuando te metieron el dedito? A mí me dolió como cuando me caigo en el patio… pero después se puso rico y me dieron ganas de reír.
Cati, que se sentía más grande, se rio y contestó mientras se lavaba los pies:
— ¡Sí! Pero la tía Verónica me dijo “mi nenita buena ya sabe abrir el culito”. Y después me besó con lengua mientras me movía el dedito. ¡Me hizo “¡ayyy!” pero me gustó! ¿A vos te besaron con lengua también?
Olivia, la más tímida, se estaba secando la carita y soltó bajito:
— A mí la tía Carlota me metió la lengua toda en la boca… era grande y caliente… y sabía a vino. Después me dijo “qué boquita tan rica tenés, mi putita del jardín”. ¿Qué es “putita”? Suena como cuando mamá me dice “mi muñequita” pero más travieso…
Todas se rieron al mismo tiempo. Una nenita llamada Luna (7 años) se señaló la pancita y dijo:
— ¡Yo tragué mucha lechita de la tía Marta! Estaba calentita y dulce… pero después me dio hipo y se me salió un poquito por la nariz. ¡La tía se rio y me dijo “mi bebita tragona”!
Emma volvió a la carga, imitando la voz gruesa de Carlota:
— “¡Chupen bien los pies callosos de la tía, cabroncitas!” —dijo con voz ronca y todas estallaron en risitas.
Lali se tapó la boca y susurró:
— ¡Shhh! No griten… si mi mamá escucha va a saber que estamos hablando de sus pies sudados. Pero… ¿a ustedes también les gustó chupar los pies de las tías? Los de la tía Verónica eran suavecitos… pero los de la tía Carlota estaban… ¡puaj! pero al mismo tiempo me dio cosquillas en la pancita.
Sofía se acercó al espejo y se miró la boquita:
— Mi boca todavía sabe a pie de tía… y a leche. Mañana en el jardín cuando la seño me dé un besito en la frente… ¡voy a tener gusto a pies de Carlota!
Todas volvieron a reírse tapándose la boca. Cati, tratando de hacerse la seria, dijo:
— Tenemos que hacer como si nada… cuando venga mi papá a buscarme tengo que decirle “papá, jugamos a la casita y dormimos todas juntas”. Pero no puedo contarle que le chupé las tetas a mamá y que después la tía me metió el dedito en el culito…
Luna imitó la voz de su papá:
— “¿Cómo te fue en la pijamada, mi princesa?”
Y todas respondieron al unísono con vocecitas inocentes:
— “¡Bien, papi! Jugamos mucho y tomamos lechita…”
Se rieron tanto que casi se caen. Emma, la más chiquita, se señaló el culito y dijo con cara de sorpresa:
— ¡Mi colita todavía está resbalosita! Creo que todavía tengo saliva de Sofía adentro…
Todas estallaron en carcajadas infantiles otra vez, empujándose suavemente y haciéndose bromas sobre quién había chupado más pies, quién había tragado más leche y quién tenía el culito más “cosquilloso”.
Cati puso un dedo en los labios y susurró:
— ¡Shhh! Ya basta… si las tías nos escuchan van a querer jugar otra vez antes de que vengan nuestros papás…
Las nenas se miraron con ojitos traviesos y sonrisitas cómplices, sabiendo que guardaban un secreto enorme.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave.
—Así se reían y se hacían bromitas las nenitas en el baño… con sus vocecitas inocentes, sin entender del todo lo sucio que había sido todo, pero sabiendo que era algo divertido y prohibido.
Las amiguitas de Juana estaban rojas, agitadas y con una mezcla de vergüenza y curiosidad.

Después de las risitas y bromas en el baño, las nenas terminaron de lavarse. Se secaron con las toallas grandes y empezaron a ponerse sus uniformes escolares del jardín: polleritas tableadas azulitas, camisas blancas con corbatita y zapatitos negros. Se veían otra vez como las nenitas inocentes y bien peinadas de siempre.
Mientras se vestían, Lali se acercó a Cati y le susurró con su vocecita infantil:
— ¿Sabés qué? A mí me gustó mucho la lechita de las tías… estaba calentita y dulce… más rica que la leche de la caja que me da mamá.
Emma, que se estaba abrochando la camisa, asintió con la cabeza y dijo bajito:
— ¡A mí también! La de la tía Marta era más espesita… me llenó toda la boquita. Me dio ganas de tomar más…
Sofía, mientras se ponía los zapatitos, miró a las demás con ojitos brillantes y propuso:
— ¿Y si les pedimos a las tías que nos den un poquito de leche de desayuno antes de que vengan nuestros papás? Así no tenemos hambre…
Todas se miraron con risitas nerviosas y asintieron. Salieron del baño ya vestidas con sus uniformes impecables, peinadas y con olor a jabón de bebé, como si nada hubiera pasado.
Bajaron al comedor donde Verónica, Marta y Carlota ya estaban vestidas como amas de casa normales: delantales, blusas discretas y faldas hasta la rodilla. Parecían tres señoras respetables preparando el desayuno.
Cati, tomando valor, se acercó a su mamá y le dijo con vocecita dulce e inocente:
—Mami… a nosotras nos gustó mucho la lechita de anoche. ¿Podemos tomar un poquito de desayuno antes de que vengan nuestros papás? Por favor…
Las demás nenas se pararon detrás de ella, mirándolas con caritas suplicantes y esperanzadas.
Verónica miró a sus hermanas y las tres intercambiaron una sonrisa cómplice. Aunque estaban vestidas como mamás normales, no dudaron ni un segundo.
Verónica se sentó en una silla de la cocina, se desabrochó los primeros botones de la blusa y sacó una de sus tetas grandes y todavía pesada.
—Claro que sí, mis bebitas… si les gustó la lechita de mamá y las tías, mamá les da un poquito más para el desayuno. Pero rápido que tienen que ir a la escuela, ¿eh? Que nadie se entere.
Marta y Carlota hicieron lo mismo. Se sentaron una al lado de la otra, se abrieron la blusa y sacaron sus tetas enormes, maduras y llenas. Aunque estaban vestidas como amas de casa normales, sus pechos seguían siendo grandes, venosos y con los pezones oscuros todavía sensibles de la noche anterior.
Las nenas se acercaron rápidamente, todavía con sus uniformes escolares puestos. Lali y Cati se prendieron de las tetas de Verónica. Camila y otra nenita se prendieron de las de Marta. Las demás se repartieron entre Carlota y las que quedaban libres.
Verónica les acariciaba el pelo mientras mamaban y les decía bajito:
—Chupen despacito, mis amorcitas… tomen su lechita de desayuno. Qué lindas se ven con su uniforme del jardín mamando de las tetas de mamá…
Marta gemía suavemente y les susurraba:
—Así, mis nenitas buenas… traguen la lechita rica de la tía. Nadie va a saber que antes de ir al jardín se tomaron la leche de mamá.
Carlota, más bruta, les apretaba la cabeza contra sus tetas y murmuraba:
—Chupen fuerte, cabroncitas… tomen toda la leche que quieran. Miren cómo se ven tan educaditas con su corbatita y su pollerita… y tienen la boquita llena de teta de tía.
Las nenas mamaban con avidez, tragando leche tibia mientras sus uniformes se manchaban un poquito. Se escuchaban sonidos suaves de succión y algún gemidito infantil de placer. Algunas nenas se miraban entre sí con risitas silenciosas, sabiendo que estaban haciendo algo muy prohibido justo antes de que llegaran sus papás.
Las tres señoras, vestidas como amas de casa normales, seguían dando de mamar a las nenitas del jardín en la cocina, disfrutando del contraste entre la imagen inocente de las nenas uniformadas y lo sucio que era todo en realidad.

Miranda continuó con una sonrisa traviesa:
—Después de que las nenas pidieron la lechita de desayuno, las tres mamás se sentaron en las sillas de la cocina, todavía vestidas como amas de casa normales: blusas abotonadas, delantales y faldas. Pero una por una se fueron desabrochando la blusa y sacando sus tetas enormes.
Había exactamente 6 tetas grandes y llenas para 12 nenitas.
Verónica, Marta y Carlota se acomodaron y empezaron a organizar el desayuno de leche de una forma muy práctica y pervertida.
Verónica fue la primera en hablar con voz maternal y suave:
—Vamos a hacer turnos, mis bebitas. Hay 6 tetitas para todas ustedes. Dos nenas por teta al mismo tiempo. Las que están mamando ahora van a chupar un ratito y después les toca a las que esperan. ¿Entendido?
Las nenas asintieron con caritas ansiosas y se formaron en grupitos frente a cada mamá.
En las tetas de Verónica (las más bonitas y firmes):
Lali y Cati se prendieron primero, una de cada teta. Lali mamaba con los ojos cerrados, tragando con ansias, mientras Cati chupaba más despacio, saboreando. Verónica les acariciaba el pelo y les decía bajito:
—Así, mis hijitas… tomen la lechita calentita de mamá antes de ir al jardín. Qué lindas se ven con su uniforme mamando de las tetas de mamá…
Cuando terminaron su turno, les tocó a Emma y a Olivia. Las dos nenas del jardín se prendieron y empezaron a mamar con fuerza. Verónica gemía bajito y les susurraba:
—Chupen bien, mis nenitas del jardín… traguen toda la leche de la tía Verónica. Mañana en el salón nadie va a saber que hoy desayunaron teta.
En las tetas de Marta (más grandes, pesadas y con venas marcadas):
Camila y otra nenita llamada Luna se prendieron al mismo tiempo. Camila mamaba de la teta izquierda mientras Luna chupaba la derecha. Marta les apretaba suavemente la cabeza contra sus pechos y les decía con voz cariñosa:
—Beban, mis tesoros… la tía tiene mucha lechita para sus nenitas buenas. Miren cómo se ven tan educaditas con su corbatita y están mamando como putitas golosas…
Cuando les tocó el turno a otras dos compañeritas, Marta suspiró de placer y comentó:
—Qué rico se siente tener dos boquitas chiquitas mamando al mismo tiempo… seis tetas y doce nenitas… justo lo que necesitábamos.
En las tetas de Carlota (las más grandes, caídas y pesadas, con pezones muy oscuros):
Cati ya había pasado por Verónica, así que ahora le tocó a dos nenas del jardín junto con otra más. Carlota agarraba las cabecitas con más fuerza y les decía con tono más grosero pero maternal:
—Chupen fuerte, cabroncitas… no sean tímidas. La tía Carlota tiene leche rica y espesa para todas. Metan toda la boquita y traguen. Miren cómo se ven tan inocentes con su uniforme y tienen la boca llena de teta de tía…
Las nenas se turnaban constantemente. Cuando una terminaba su rato, se limpiaba la boca con el dorso de la mano y dejaba lugar para la siguiente. Algunas tenían leche corriendo por la barbilla y manchando un poquito la camisa blanca del uniforme. Las que esperaban su turno se quedaban mirando con ojitos ansiosos, moviéndose impacientes.
Las tres mamás gemían bajito de placer mientras daban de mamar. Verónica acariciaba cabezas, Marta apretaba tetas para que saliera más leche y Carlota les hablaba más sucio:
—Así, mis nenitas… desayunen bien. Mañana cuando la seño les pregunte qué desayunaron, van a decir “leche con cereales”… pero en realidad desayunaron teta de tía.
Las 12 nenas fueron pasando por las 6 tetas, mamando por turnos, tragando leche tibia mientras sus uniformes escolares seguían impecables por fuera, pero con algunas manchitas discretas de leche en las camisas.
Cuando todas terminaron, las mamás se abotonaron la blusa otra vez, se acomodaron el delantal y les dijeron con una sonrisa:
—Listo, mis bebitas. Ahora sí están bien alimentadas. Vayan a lavarse la boquita otra vez y pórtese bien en el jardín.
Las nenas se miraron entre sí con sonrisitas cómplices, todavía con gusto a leche materna en la boca.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero cargada de morbo.
—Así desayunaron esa mañana… 12 nenitas con uniforme escolar mamando de las 6 tetas de las tres mamás, turnándose como si fuera lo más normal del mundo.
Las amiguitas de Juana estaban completamente rojas y agitadas.

ESE DIA EN LA ESCUELA

Ese mismo día, en el jardín de infantes, durante el recreo de la mañana, Cati y Lali se juntaron con sus compañeritas del grupo (Emma, Sofía, Olivia, Luna y otras dos) en un rincón del patio, detrás de los toboganes, donde casi nadie las veía.
Estaban sentadas en el pasto con sus uniformes limpios, pero todavía con un poquito de leche seca escondida en el cuello de la camisa. Hablaron con sus vocecitas agudas, inocentes y llenas de lenguaje infantil, sin entender realmente lo que había pasado la noche anterior.
Lali, la más chiquita, fue la primera en hablar, moviendo las piernitas:
—Anoche… cuando mamá me dio la lechita… me gustó mucho. Estaba calentita y dulce… y después la tía Carlota me hizo cosquillas adentro del culito con el dedito… me dio como risa y un calorcito raro en la pancita…
Cati asintió con la cabeza, mordiéndose el labio inferior:
— ¡A mí también! Cuando la tía Verónica me besó con la lengua toda metida… se sentía como si me estuviera comiendo la boquita. Y después cuando me chupó los pies… al principio olía feo, pero después me dio cosquillas ricas. ¿A ustedes también les gustó?
Emma (6 años) se tapó la boca con las dos manitas y soltó una risita nerviosa:
— ¡Sí! Yo le chupé el dedo gordo del pie a la tía Marta… estaba todo callosito y sabía salado… pero después me dejó mamar de su teta y la leche era más espesita que la de mi casa. Me llenó toda la boquita y se me cayó un poquito por la barbilla… ¡me dio hipo!
Sofía se acercó más y susurró con voz chillona:
—Cuando nos pusimos en la cadena… yo le lamí el culito a Olivia… estaba todo calentito y apretadito… y ella me metió su dedito a mí. Me hizo “¡ayyy!” pero después se puso rico y me dieron ganas de moverme. ¿Eso es jugar a las doctoras?
Olivia, todavía con los ojos muy abiertos, contestó:
— ¡Yo creo que sí! La tía Verónica dijo que era un juego secreto de nenitas grandes. A mí me gustó cuando la tía Carlota me besó con lengua… su boca era grande y sabía a vino… y después me dijo “mi putita del jardín”. ¿Qué es “putita”? Suena como cuando mamá me dice “mi muñequita traviesa”…
Luna se rio tapándose la cara y añadió:
— ¡A mí me gustó cuando nos turnamos para mamar! Había seis tetotas y éramos muchas… yo mamé de la tía Marta y después de la tía Carlota. La leche de la tía Carlota era más espesita y un poquito salada… me llené la pancita y después me dio sueño. Pero lo más raro fue cuando la tía me dijo “traga toda la lechita de la tía, mi bebita puta”… ¿por qué nos dice “puta” si somos nenitas buenas?
Cati, tratando de hacerse la más grande, explicó con su vocecita seria:
—Creo que “puta” significa que jugamos mucho y nos portamos traviesas… pero solo cuando estamos con las tías. En el jardín tenemos que ser nenitas buenas, como siempre. No podemos contarle a la seño ni a nuestros papás que nos chupamos los pies, que nos metimos deditos en el culito y que tomamos mucha lechita de las tetas de las tías…
Todas asintieron con la cabeza, haciendo “shhh” con el dedo en los labios.
Emma volvió a hablar, moviendo las piernitas:
— ¿Vamos a volver a jugar otro día? A mí me gustó cuando nos besamos todas con lengua… se sentía como comer caramelo, pero más calentito y baboso…
Sofía se rio y dijo:
— ¡Sí! Y cuando nos chupamos los deditos para meterlos después en el culito de las otras… se sentía como un juego secreto muy rico. Pero no le digamos a nadie… si no, las tías se van a enojar y no nos van a dejar jugar más.
Las nenas siguieron hablando bajito, riéndose con inocencia, usando palabras como “cosquillas ricas”, “lechita calentita”, “boquita babosa”, “culito apretadito” y “juego de nenitas traviesas”, sin tener ni idea de lo que realmente era el sexo. Solo sabían que les había gustado mucho y que era un secreto enorme que no podían contarle a sus papás ni a la maestra.
Mientras tanto, en el patio, seguían pareciendo las nenitas más normales e inocentes del jardín, corriendo un poco y jugando con las muñecas, como si nada hubiera pasado.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave.
—Así hablaban las nenitas en el recreo… con sus vocecitas infantiles, sin entender del todo lo que habían hecho, pero sabiendo que les había gustado mucho y que tenía que seguir siendo un secreto.

Ese mismo día, en el recreo, mientras Cati, Lali y sus compañeritas seguían hablando bajito detrás de los toboganes, la maestra Mónica pasó caminando cerca del lugar para supervisar el patio.
La maestra Mónica tenía 41 años, era una mujer muy tetona y culona, de cuerpo maduro y generoso. Había parido hacía apenas dos años y todavía estaba lactando, por lo que sus tetas eran enormes, venosas, pesadas y siempre llenas de leche. Se le marcaban claramente debajo de la blusa ajustada que usaba en el jardín, y sus pezones oscuros se notaban un poco cuando se excitaba o cuando la leche bajaba.
Al pasar cerca del grupo, escuchó fragmentos de la conversación infantil:
Lali:
—…y la tía Carlota me metió el dedito en el culito y me hizo cosquillas ricas adentro…
Emma:
— ¡Yo le chupé el pie callosito a la tía Marta! Sabía salado… pero después me dejó mamar de su teta y la lechita era más espesita…
Sofía:
—Cuando nos besamos con lengua… se sentía baboso y calentito… y la tía Verónica me dijo que era su “putita del jardín”…
Mónica se detuvo en seco detrás de un árbol, con el corazón latiéndole fuerte. Sus ojos se abrieron mucho por la sorpresa. Al principio sintió un shock enorme… pero casi inmediatamente una ola de excitación le recorrió todo el cuerpo. Sus tetas pesadas se hincharon un poco más y sintió cómo la leche empezaba a bajar, mojándole ligeramente el corpiño.
Se quedó allí escondida, escuchando un rato más. Las vocecitas inocentes seguían hablando de leche de tetas, deditos en el culito, besos con lengua y pies callosos. Mónica apretó los muslos, sintiendo cómo se le humedecía el coño. Su cara se puso roja y respiraba más agitada.
“Dios mío…”, pensó. “Estas nenitas… tan chiquitas… y ya estuvieron en una orgía con tres mujeres adultas… y les gustó…”
Decidió no intervenir en ese momento. No quería asustarlas ni armar un escándalo. Respiró profundo, se acomodó la blusa sobre sus tetas venosas y siguió caminando como si nada hubiera pasado, aunque por dentro estaba muy excitada.
Al finalizar el día de clases, cuando los papás ya habían venido a buscar a casi todas las nenas, Mónica se acercó a Cati y Lali, que estaban esperando a su mamá Verónica en el salón.
Se agachó un poco (sus tetas enormes se balancearon dentro de la blusa) y les dijo con voz suave y cariñosa:
—Cati, Lali… ¿pueden quedarse un minutito más? La seño quiere hablar con ustedes a solas antes de que venga su mamá.
Las dos hermanitas se miraron un poco nerviosas, pero asintieron. Mónica las llevó a un rinconcito tranquilo del salón, cerró la puerta y se sentó en una sillita baja frente a ellas.
Con una sonrisa tranquila pero con los ojos brillantes de excitación, les preguntó bajito:
—Mis amorcitas… la seño escuchó un poquito de lo que hablaban en el recreo con sus amiguitas… sobre la lechita, los deditos, los besos con lengua y los pies de las tías…
Cati y Lali se pusieron rojas como tomates y bajaron la mirada.
Mónica les acarició suavemente la cabeza y siguió con voz muy dulce:
—No se asusten, mis bebés… la seño no está enojada. Al contrario… le pareció muy interesante. ¿Es verdad que anoche jugaron mucho con su mamá y sus tías? ¿Les gustó la lechita calentita y los jueguitos que hicieron?
Las dos nenas se miraron, dudando. Lali, con su vocecita chiquita, preguntó:
— ¿No le vas a contar a nadie, seño?
Mónica negó con la cabeza, sonriendo con ternura, mientras sus tetas venosas subían y bajaban con la respiración agitada:
—No, mi amor… esto va a quedar entre nosotras. La seño también sabe guardar secretos… y tal vez… si ustedes quieren… podamos hablar más sobre esos jueguitos tan ricos que hicieron anoche.
Las dos hermanitas se miraron otra vez, nerviosas pero también con una chispa de curiosidad.
Mónica, con las tetas llenas de leche presionando contra la blusa, esperó la respuesta de Cati y Lali, claramente excitada por la posibilidad de seguir explorando ese secreto.

Cati, un poco más valiente, empezó a hablar con su vocecita infantil:
—Anoche… fuimos a la casa de mamá y había muchas amiguitas del jardín. Mamá y las tías se sacaron la ropa y nos sacaron la ropa a nosotras también. Después nos dieron mucha lechita de sus tetas… estaba calentita y dulce. Yo mamé de mamá y después de la tía Marta. Me llené toda la pancita…
Lali continuó, moviendo las piernitas:
—Después jugamos a besarnos con lengua… la tía Carlota me metió la lengua toda adentro de la boquita y me dijo que era su “putita del jardín”. Después nos chupamos los pies… los de la tía Carlota estaban callositos y olían fuerte, pero me gustó. Y también nos metimos deditos en el culito… se sentía cosquillas ricas adentro…
Cati añadió:
—Nos gustó mucho tomar leche… era más rica que la de la caja. Y cuando las tías nos besaban con lengua se sentía baboso y calentito. Mamá dijo que era un secreto y que no le contáramos a papá.
Mónica escuchaba con los ojos brillantes y la respiración cada vez más agitada. Sus tetas subían y bajaban visiblemente. Se mordió el labio inferior y preguntó con voz dulce y sexy, pero usando palabras simples para que las nenas entendieran:
—Qué rico, mis amorcitas… Entonces les gustó mucho la lechita de las tetas de su mamá y sus tías, ¿verdad? ¿Era muy calentita y dulce? ¿Les llenaba toda la boquita?
Las dos nenas asintieron con la cabeza, sonriendo.
Mónica se levantó lentamente, se quitó el delantal de maestra y lo dejó sobre una silla. Luego se desabrochó los primeros botones de la blusa blanca, dejando que sus tetas enormes, venosas y llenas de leche quedaran casi a la vista. Se veían mucho más grandes y pesadas que las de Verónica.
Con voz suave y sexy, pero todavía comprensible para nenas tan chiquitas, les preguntó:
—Miren, mis bebitaaas… las tetas de la seño Mónica también están llenitas de lechita. ¿Son más grandes que las de su mamá? ¿Quieren verlas? La seño también puede darles un poquito de lechita si quieren… pero tiene que ser nuestro secretito, ¿sí? Como el que tienen con su mamá y sus tías.
Cati y Lali se quedaron mirando las tetas enormes de la maestra con los ojos muy abiertos. Eran realmente más grandes y venosas, con los pezones oscuros marcándose bajo la tela.
Lali preguntó con su vocecita inocente:
— ¿La seño también tiene lechita como mamá? ¿Está calentita?
Mónica sonrió con ternura y se abrió un poco más la blusa, dejando que una de sus tetas grandes y pesada quedara casi completamente al aire. El pezón ya estaba mojado de leche.
—Claro que sí, mi amor… la seño tiene mucha lechita porque tuvo un bebito hace poquito. Está calentita y dulce, como la de su mamá. ¿Quieren probar? Pueden mamar un poquito… pero solo si prometen que va a ser nuestro secreto.
Las dos hermanitas se miraron, nerviosas pero muy curiosas. Sus uniformes escolares contrastaban fuertemente con las tetas enormes y llenas de leche de la maestra Mónica, que las miraba con una mezcla de cariño y excitación evidente.

Cati y Lali se miraron un segundo con los ojos muy abiertos y brillantes de curiosidad. La oferta de la maestra Mónica fue demasiado tentadora. Sin decir nada más, las dos hermanitas se abalanzaron casi al mismo tiempo hacia las tetas enormes de la maestra.
Mónica apenas tuvo tiempo de sonreír antes de que las dos nenitas se prendieran de sus pechos como dos cachorritos hambrientos.
El contraste era brutal y muy morboso:
La maestra Mónica era una mujer alta (casi 1,75 m), de 41 años, con un cuerpo maduro y voluptuoso. Sus tetas eran enormes, pesadas, venosas y todavía llenas de leche después de haber parido hacía dos años. Eran tetas de mamá madura: grandes, caídas por el peso, con venas azuladas marcadas y pezones oscuros, gruesos y ya goteando leche blanca. Su cintura era ancha, su culo enorme, redondo y carnoso, y sus muslos gruesos. Vestida todavía con la blusa entreabierta y la falda de maestra, se veía como una mujer adulta, sensual y maternal al mismo tiempo.
Frente a ella, Cati (9 años) y Lali (7 años) eran dos cuerpitos infantiles diminutos y delicados. Piel blanquita y suave como porcelana, piernitas flacas, pancitas redonditas de nenita, culitos pequeños y apretados, y caritas inocentes con mejillas sonrosadas. Sus uniformes escolares (pollerita tableada azul, camisa blanca y corbatita) las hacían ver aún más chiquitas e inocentes al lado del cuerpo maduro y exuberante de la maestra.
Cati se prendió primero de la teta izquierda de Mónica. Su boquita chiquita apenas podía abarcar el pezón grande y oscuro. Tuvo que abrir mucho los labios para meterlo. En cuanto empezó a chupar, un chorro tibio de leche le llenó la boca. Cati tragó con avidez, haciendo ruiditos suaves de succión. Sus manitas diminutas se apoyaban en la teta enorme de la maestra, que desbordaba por todos lados.
Lali, más chiquita aún, se prendió de la teta derecha. Tuvo que ponerse en puntitas de pie y estirarse para alcanzar el pezón. Su boquita era aún más pequeña, así que solo podía chupar la punta del pezón, pero lo hacía con fuerza. La leche le salía por las comisuras de los labios y le corría por la barbilla, manchando un poquito su camisa blanca del uniforme.
Mónica soltó un gemido bajo y tembloroso de placer. Sus manos grandes y suaves acariciaban las cabecitas de las dos hermanitas mientras las miraba con los ojos entrecerrados de excitación.
—Ay, mis bebitaaas… qué rico chupan… —susurró con voz ronca y maternal—. Miren qué contraste tan lindo… la seño tan grande y tetona, y ustedes dos tan chiquititas y delicadas… Sus boquitas son tan pequeñas que casi no pueden abarcar las tetas de la seño… pero miren cómo maman igual, como dos nenitas hambrientas.
Cati levantó un segundo la mirada, con la boca todavía llena del pezón, y preguntó con vocecita llena de leche:
—Seño… ¿tu lechita es más dulce que la de mamá?
Mónica sonrió y le apretó suavemente la cabeza contra su teta, hundiendo la carita de Cati entre su pecho enorme y venoso.
—Prueba más, mi amor… y dime tú misma. La seño tiene mucha leche porque todavía es una mamá joven… pero con tetas más grandes y pesadas que las de tu mamá. ¿Sentís cómo te llenan toda la boquita?
Lali, chupando con más fuerza, soltó un gemidito y tragó ruidosamente. La leche le corría por el cuello y le mojaba el cuello de la camisa. Su cuerpito diminuto contrastaba fuertemente con el cuerpo maduro y carnoso de Mónica: mientras Lali era flaquita, con piernitas delgadas y culito pequeño, la maestra tenía muslos gruesos, caderas anchas y un culo enorme que se desbordaba de la silla.
Mónica gemía bajito y les hablaba con voz sexy pero tierna:
—Qué lindo se ven… dos nenitas tan chiquitas y blancas mamando de las tetas grandes y venosas de su maestra… Sus boquitas inocentes tragando leche de mujer madura… Miren cómo mis tetas son mucho más grandes que sus cabecitas… casi las tapo enteras.
Las dos hermanitas seguían mamando con avidez, haciendo ruiditos de succión. Cati tragaba más despacio, saboreando, mientras Lali chupaba con más fuerza, como si tuviera miedo de que se acabara. La leche les corría por la barbilla y les manchaba el uniforme escolar.
Mónica acariciaba sus cabecitas y susurraba:
—Así, mis bebitaaas… mamen todo lo que quieran. La seño tiene mucha lechita para sus nenitas secretas… Nadie en el jardín va a saber que Cati y Lali hoy tomaron leche de las tetas de su maestra…
El contraste era hipnótico: el cuerpo alto, tetón y culón de la maestra Mónica contra los dos cuerpitos infantiles, delicados y uniformados de Cati y Lali. Dos boquitas chiquitas luchando por abarcar pezones grandes y llenos de leche, mientras la maestra gemía de placer y excitación.

Mónica gemía bajito de placer mientras sentía las dos boquitas chiquitas succionando con avidez sus tetas llenas de leche. Sus manos grandes acariciaban suavemente las cabecitas de Cati y Lali, hundiendo sus caritas contra sus pechos venosos y pesados.
Después de unos minutos más, la maestra respiró hondo, tratando de controlar su excitación, y dijo con voz suave pero firme:
—Suficiente leche por hoy, mis bebitaaas… Ya tomaron bastante. Su mami seguro las está esperando afuera y no queremos que se preocupe, ¿verdad?
Cati y Lali se separaron despacito de sus tetas. Tenían los labios brillantes y un poco hinchados, con restos de leche blanca en las comisuras de la boca y manchitas en el cuello de sus camisas blancas del uniforme. Lali se pasó la lengüita por los labios, saboreando lo último, y Cati se limpió la barbilla con el dorso de la manita.
Mónica se abotonó la blusa con dedos temblorosos, cubriendo sus tetas enormes y todavía goteando un poco. Se acomodó el delantal de maestra y les sonrió con ternura, aunque sus ojos seguían brillando de excitación.
—Ahora vayan, mis amorcitas. Pórtense bien en casa y recuerden: esto es nuestro secretito. La seño también sabe guardar secretos muy ricos.
Las dos hermanitas asintieron con la cabeza, todavía con las mejillas sonrosadas y un brillo travieso en los ojos.
Antes de salir, Cati se acercó primero. Se puso en puntitas de pie, apoyó sus manitas en los muslos gruesos de la maestra y le dio un beso en los labios. Fue un beso infantil pero ya un poco aprendido: labios suaves contra labios maduros, un poquito de lengua curiosa. Mónica correspondió suavemente, saboreando la boquita de la nenita que todavía sabía a su propia leche.
Luego fue el turno de Lali. La más chiquita también se puso en puntitas, agarró la blusa de la maestra y le plantó un beso en la boca. Su boquita era aún más pequeña, más inocente. Mónica la besó con más ternura, pero no pudo evitar meter un poquito la lengua, disfrutando del contraste entre su boca adulta y la boquita virginal de la nenita.
Las dos hermanitas se separaron con risitas nerviosas y caritas rojas.
—Chau, seño… —dijo Cati bajito.
—Chau, seño Mónica… gracias por la lechita —añadió Lali con su vocecita infantil.
Mónica les acarició la cabeza a las dos y les sonrió con cariño:
—Chau, mis bebitaaas. Nos vemos mañana en el jardín. Y recuerden… nuestro secretito.
Las dos nenas salieron del salón caminando de la mano, con sus uniformes un poco arrugados y algunas manchitas discretas de leche en la camisa. Parecían dos nenitas normales del jardín, pero con un secreto enorme brillando en sus ojitos.
Mónica se quedó sola en el salón, todavía sentada, con la respiración agitada y las tetas sensibles y húmedas debajo de la blusa. Se pasó la mano por los labios, donde todavía sentía el sabor infantil de las boquitas de Cati y Lali, y soltó un suspiro tembloroso de excitación.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero cargada de morbo.
—Así se despidieron… con un besito en los labios, como si fuera lo más normal del mundo. La maestra Mónica se quedó pensando en todo lo que había escuchado y sentido.

—Después de ese primer día, todo se convirtió en una rutina secreta y deliciosa en el jardín.
Casi todos los días, cuando sonaba el timbre del recreo y los demás nenes y nenas salían corriendo al patio a jugar, correr y gritar, Cati y Lali se quedaban “ayudando” a la seño Mónica en el salón. La maestra cerraba la puerta con llave, bajaba un poco las persianas y se sentaba en su sillita especial.
Se desabrochaba la blusa lentamente, sacaba sus tetas enormes, venosas y siempre llenas de leche, y les decía con voz suave y maternal:
—Vengan, mis bebitaaas… la seño tiene mucha lechita calentita para ustedes hoy.
Cati y Lali se acercaban rápidamente, se arrodillaban o se subían a su regazo, y se prendían de sus tetas. Una en cada pezón. Chupaban con avidez, tragando la leche tibia y dulce mientras Mónica gemía bajito y les acariciaba el pelo.
—Así, mis nenitas secretas… mamen despacito. La seño tiene mucha leche para sus alumnitas favoritas…
Esta rutina duró varios días solo con Cati y Lali. Pero las hermanitas no pudieron guardar el secreto del todo.
Un día, durante otro recreo, les contaron bajito a tres de sus amiguitas más cercanas: Sofía, Emma y Luna.
Les dijeron con sus vocecitas infantiles:
—La seño Mónica nos da lechita rica de sus tetas… es calentita y más dulce que la de casa… y nos besa con lengua también…
Las tres amiguitas se quedaron con los ojos muy abiertos, pero llenos de curiosidad. Al día siguiente, cuando sonó el recreo, las cinco nenas se quedaron en el salón en vez de salir a jugar.
Mónica, al ver que ahora eran cinco, sonrió con una mezcla de sorpresa y excitación. Se desabrochó la blusa, sacó sus dos tetas enormes, venosas y pesadas, y dijo con voz dulce:
—Parece que tenemos más nenitas golosas… Está bien, mis amorcitas. Vamos a turnarnos. Dos por teta cada vez. Las que esperan pueden esperar sentaditas y portarse bien.
Así empezó la nueva rutina.
Todos los recreos, mientras el resto del jardín jugaba afuera, las cinco nenas se quedaban en el salón con la maestra Mónica. Se turnaban para mamar de sus tetas lecheras y venosas. Dos nenas mamaban al mismo tiempo (una de cada teta), tragando leche con ruiditos suaves de succión, mientras las otras tres esperaban su turno sentadas en el piso o en las sillitas pequeñas, mirando con ojitos ansiosos.
Mónica gemía bajito de placer y les hablaba con voz maternal y sexy:
—Chupen bien, mis bebitaaas… la seño tiene mucha leche para todas ustedes. Turnense rico… hoy le toca a Sofía y Emma primero… después les toca a Cati y Lali… y al final a Luna.
Las nenas mamaban con avidez. Sus boquitas chiquitas apenas podían abarcar los pezones grandes y oscuros de la maestra. La leche les corría por la barbilla y les manchaba un poquito el cuello de la camisa del uniforme. Mientras mamaban, Mónica les acariciaba la cabeza y les susurraba:
—Qué ricas son mis alumnitas secretas… de día son las nenitas más buenas del jardín… y en el recreo son mis putitas lecheras…
A veces, mientras dos mamaban, Mónica besaba con lengua a las que esperaban su turno, metiéndoles la lengua adulta en sus boquitas infantiles.
La rutina se volvió diaria y cada vez más organizada. Las cinco nenas esperaban ansiosas el timbre del recreo. Apenas los demás salían a jugar, ellas se quedaban “ayudando a la seño” y terminaban mamando de las tetas venosas y llenas de leche de la profesora Mónica, turnándose como si fuera lo más normal del mundo.
Mónica, con sus tetas cada vez más sensibles y llenas, disfrutaba enormemente de tener cinco boquitas chiquitas turnándose para mamar de ella todos los días.

—Así se volvió la rutina en el jardín… mientras todos los demás nenes jugaban afuera, Cati, Lali y sus tres amiguitas se quedaban adentro mamando de las tetas lecheras de la maestra Mónica.

—Pasaron las semanas y el secretito de la maestra Mónica se fue expandiendo poco a poco, como una ola dulce y prohibida dentro del aula.
Al principio eran solo Cati, Lali, Sofía, Emma y Luna. Pero las nenas no podían guardar tanto placer para ellas solas. En los recreos, cuando las cinco salían un rato al patio para no levantar sospechas, se juntaban en un rincón y se contaban bajito lo rica que era la lechita de la seño, lo calentita que salía, cómo les llenaba la pancita y cómo la seño gemía bajito cuando mamaban fuerte.
Una por una, las demás nenas del aula empezaron a pedir que las dejaran participar.
Primero se unieron dos más: Valentina y Martina. Después fueron Camila y Lucía. Al final del mes, las 8 nenas del aula ya formaban parte del grupo secreto.
La rutina se volvió perfecta y diaria.
Cuando sonaba el timbre del recreo y todos los demás nenes y nenas salían corriendo al patio a jugar, las 8 alumnitas se quedaban “ayudando” a la seño Mónica en el salón. La maestra cerraba la puerta con llave, bajaba las persianas y se sentaba en su sillón grande.
Se desabrochaba la blusa lentamente, sacaba sus dos tetas enormes, venosas, pesadas y siempre llenas de leche, y las dejaba descansar sobre su panza madura. Sus pezones oscuros ya goteaban un poco solo de la anticipación.
Con voz suave y maternal, pero con un tono claramente excitado, les decía:
—Vengan, mis bebitaaas… hoy la seño tiene mucha, mucha lechita para todas ustedes. Vamos a turnarnos como siempre, ¿sí? Dos nenas por teta. Las que esperan pueden sentarse cerca y portarse bien.
Las 8 nenas se organizaban solitas. Se formaban en dos filas frente a cada teta de Mónica. Dos mamaban al mismo tiempo mientras las otras seis esperaban su turno sentadas en el piso o en las sillitas pequeñas, mirando con ojitos ansiosos y brillantes.
Mónica gemía bajito de placer mientras sentía las boquitas chiquitas succionando con fuerza. Les acariciaba la cabeza a las que mamaban y les hablaba con ternura pervertida:
—Así, mis nenitas del jardín… chupen bien las tetitas de la seño… traguen toda la lechita calentita. Miren cómo sus boquitas tan pequeñas apenas pueden abarcar mis pezones grandes… pero lo hacen tan rico…
Cada par mamaba unos minutos y luego se cambiaban. Las que terminaban su turno se limpiaban la boca con el dorso de la mano, con leche corriendo por la barbilla y manchando un poquito sus camisas blancas del uniforme. Las que esperaban se removían impacientes, algunas ya con la pancita haciendo ruiditos de hambre de leche.
Cuando todas habían mamado al menos una vez, Mónica se recostaba un poco más en la silla, con las tetas rojas y brillantes de saliva, y les decía sonriendo:
—Qué ricas son mis alumnitas secretas… ocho nenitas mamando de las tetas de su maestra todos los días… mientras los demás nenes juegan afuera, ustedes están aquí tomando su lechita especial.
A veces, mientras dos mamaban, Mónica besaba con lengua a las que esperaban su turno, metiéndoles la lengua adulta en sus boquitas infantiles, saboreando el gusto a leche que todavía tenían.
Al final del recreo, las 8 nenas se limpiaban la boca, se acomodaban el uniforme y salían al patio como si nada hubiera pasado, con la pancita llena de leche materna y una sonrisita cómplice en la cara.
Mónica se quedaba sola en el salón, abotonándose la blusa sobre sus tetas sensibles y todavía goteando, respirando agitada y sonriendo satisfecha.
Así pasó semana tras semana: las 8 nenas del aula ya bebían leche diariamente de las enormes, venosas y lecheras tetas de la profesora rubia Mónica, mientras el resto del jardín jugaba afuera sin sospechar absolutamente nada.
Miranda terminó de contar y miró a las cinco chicas con una sonrisa suave pero muy cargada de morbo.
—Con el tiempo, todo el aula terminó participando. Ocho boquitas chiquitas turnándose todos los recreos para mamar de las tetas enormes de la maestra Mónica… y nadie afuera se enteraba de nada.

2 Lecturas/4 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: baño, culito, culo, madura, maduro, maduros, orgia, sexo
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