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Incestos en Familia, Sexo con Madur@s, Voyeur / Exhibicionismo

Moneda de cambio

Muchas mujeres se habrán sentido a lo largo de su vida, unas «monedas de cambio» para obtener lo que deseaban, pero cuando esas monedas son tus propias hijas, es cuando ya inicias un camino hacia la perversión, sin vuelta atrás..

Después de mi separación, con tres hijas que sacar adelante, mi situación económica había empeorado bastante y tuve que mudarme a un apartamento con una sola habitación, que aunque fuera grande, tenía que compartirla con ellas.

Los meses iban pasando y como tenía dificultades para estar al corriente de los pagos, las visitas del casero eran frecuentes y ya no sabía que decirle, por lo que en una de esas ocasiones él me ofreció tener sexo conmigo para rebajar la deuda, o si no tendría que marcharme de allí, por lo que después de pensármelo mucho y no encontrar otra salida, no tuve más remedio que aceptar su propuesta.

Cuando estás en una situación desesperada, la proposición más loca que nunca hubieras imaginado aceptar, se volvía como la más razonable, porque el cerebro humano, por una cuestión de supervivencia, se va adaptando a todas las situaciones que van surgiendo, buscando justificaciones y excusas para ese nuevo escenario.

Si bien el casero era un hombre maduro, no me resultó del todo desagradable acostarme con él. Hacía tiempo que no tenía sexo con nadie y aunque fue un polvo rápido, llegué a tener un orgasmo, ya que estaba bien dotado y me trató con cariño, intentando que yo gozara también, haciéndome disfrutar especialmente cuando me comió el coño, a la vez que yo también me tragaba su polla y le hacía correrse en mi boca, lo que él me agradeció, porque me dijo que su mujer no quería hacérselo.

Luego se puso encima de mí y me folló, lamiéndome las tetas mientras observaba mis reacciones ante cada penetración, como buscando el ritmo que a mí me causara más placer y así fue como conseguí llegar al orgasmo, para acto seguido, darme la vuelta y ponerme a cuatro patas, para ofrecerle mi culo. Me penetró por detrás, primero despacio, y luego con fuertes acometidas, al ritmo que yo me iba excitando más, hasta que él se corrió por segunda vez.

Mientras esto sucedía, yo no podía dejar de pensar que en el salón estaban mis tres hijas escuchando a su madre gemir y gritar de placer, y en lo que podrían estar pensando de mí en esos momentos, sobre todo, la mayor, que ya era más consciente de las cosas, aunque también me había mostrado su madurez para afrontar este tipo de situaciones, ayudándome en todo lo que podía y haciéndose cargo de sus hermanas cuando yo no estaba.

Al terminar, el casero me firmó un papel donde se acreditaba el pago que había hecho con mis servicios, lo que me hizo sentir en ese momento como una puta, pero dejé los remilgos aparte e intenté asimilar eso con normalidad.

Estos encuentros se fueron repitiendo, y al menos, una vez a la semana, venía a mi casa para meterse conmigo en la habitación y follarme hasta quedar satisfecho, con la consiguiente rebaja de mi deuda con el casero.

Después de separarme con mi marido, no había vuelto a estar con ningún hombre y ahora estaba volviendo a tener sexo con regularidad, lo que siempre le viene bien a una mujer y hasta mis hijas se dieron cuenta de que estaba de mejor humor con ellas, pero en una ocasión de las que vino el casero, al llegar a mi casa fijó su mirada en mi hija mayor, una adolescente ya formada que empezaba a atraer la mirada de los hombres por sus bonitas formas y los escotes que la gustaba lucir, y me dijo:

—Si quieres, podrías pagar lo que me debes de una forma más rápida.

—¿Cómo?

—Tienes tres hijas.

—¿Qué dice?, ¿Quiere tener sexo con ellas también? Son muy jóvenes todavía —le dije, horrorizada.

—La mayor seguro que ha estado con algún chico ya y se habrá dejado sobar, si es que no se ha dejado follar por alguno de mi edad, para poder pagarse lo que tú no puedes, sobre todo, después de saber lo que hace su madre. Está en una edad que vuelve locos a los hombres.

En ese momento, me sentí fatal, una mala madre que no estaba sabiendo educar a sus hijas, y le dije, apesadumbrada, y un poco pensando para mí:

—¡Dios mío!, qué ejemplo les estoy dando a mis hijas.

—No te preocupes tanto, que no eres el único caso. Déjame estar con ella y te rebajaré el doble que contigo —me dijo, para intentar convencerme.

—Pero usted tiene una hija de su edad. ¿No le da reparos el pensar que podría ser ella?

—No, eso es lo que me da más morbo. A mi hija sólo he podido meterla mano alguna vez y está tan rica como la tuya, pero como su madre me vea con ella, me mata, jajaja.

Su cinismo me indignó, pero él sabía como ponerme al límite de mis principios morales, y una vez más, tuve que claudicar:

—Bueno, pero déjeme primero hablar con ella, no quiero obligarla a nada.

—De acuerdo, explícale la situación.

Me acerqué a mi hija mayor y le dije:

—Ya sabes el dinero que debemos al casero y lo que tengo que hacer yo para ir pegándole la renta.

—Si mamá, ya lo sé. No te preocupes, no pienso mal de ti ni nada de eso —me contestó, con su habitual madurez.

—Verás, es que me ha hecho una propuesta. Ahora me está diciendo que si te metes en la habitación con él, nos rebajará la deuda mucho más.

—Mamá, ¿tú quieres que folle con él?

—Yo no quiero obligarte, hija, haz lo que quieras.

—Bueno, no es nuevo para mí. Como tú no nos das dinero, llevo un tiempo haciéndolo con hombres de su edad para tener dinero para mis gastos.

—¡Madre mía! No me digas…… Entonces el casero tenía razón cuando me lo dijo. ¿Tú hermana también…….?

—Sí, ella se deja meter mano en el parque por los viejos y se baja las bragas para que la vean y le toquen el chichi.

—¡Qué barbaridad!, ¿Cómo estoy permitiendo esto? Siento mucho que tengáis que hacer esto, hija.

—No pasa nada, mamá. Otras niñas también lo hacen y muchas de mi edad ya se acuestan con chicos sin que les paguen nada.

—Pero ellas lo harán porque les gusta, no por necesidad.

—Yo también lo hago con quien me gusta. Además, los de mi edad no saben hacerlo bien, y no me hacen correrme tanto.

Estaba hablando con mi hija adolescente de una forma que nunca hubiera imaginado, sobre todo a esa edad, pero en situaciones extremas, nada parece tener la importancia que le damos a veces y empiezas a pensar de otra forma.

Así que después de esta conversación con mi hija, estaba clara mi respuesta al casero, y aunque con gran dolor de madre, dejé que se metieran en la habitación, mientras yo me quedaba en el salón con mis otras dos hijas, cuando al poco rato empezamos a escuchar los gemidos de mi hija mayor, lo que me avergonzó, porque lo estaban escuchando sus hermanas también, y aunque la pequeña me miraba como no entendiendo lo que pasaba, no se atrevió a preguntar nada, pero a la segunda se le escapaba una sonrisa pícara y me dijo:

—Mamá, el señor le está haciendo a Carol lo mismo que te hacía a ti. A ti también te escuchábamos gemir cuando estabas con él.

No supe ni que decirle, pero como los gemidos de su hermana eran cada vez más fuertes y seguidos, la cara de mis hijas mostraban más curiosidad y asombro por lo que estaban oyendo, a la vez que aumentaba mi vergüenza por la situación, pero me tranquilizaba ver como mi hija mayor, al menos estaba disfrutando de ese encuentro, lo que me hacía sentir un poco menos culpable.

Finalmente, después de unos momentos de silencio, el casero salió de la habitación, y se despidió con un “volveré pronto”, tras lo que entré yo para ver como estaba mi hija. Ahí la vi, tumbada en la cama desnuda, con una sonrisa en la cara, que mostraba claramente su satisfacción, y le pregunté:

—¿Qué tal, hija?

—Muy bien mamá. Menuda polla tiene el señor, me ha hecho disfrutar mucho.

—Me alegro, hija. ¿Qué te dijo él? ¿Se quedó contento también?

—Sí, me dijo que le gustaría que fuese su hija y que tuviese una madre tan comprensiva como tú.

La situación era tan irreal, que ya empezaba a tomarla con naturalidad. Había prostituido a mi hija mayor para pagar mis deudas. No podía sentirme más miserable, pero había entrado ya en una dinámica que no me importaba nada.

A los dos días, el casero volvió a llamar a mi puerta, y supuse ya a lo que venía, pero al entrar se quedó mirando a mi segunda hija, que estaba vestida con una camiseta ajustada y escotada que remarcaba los pequeños pechos que le estaban saliendo, y con unos pantalones cortos ajustados que dejaban ver sus preciosas piernas y su piel blanca y suave, lo que llamó la atención de su mirada libidinosa y yo, al ver sus intenciones, le dije:

—No, ella no.

—Quiero que se lo propongas; además, podrás estar tú delante para que veas que no le hago ningún daño. Estas crías ahora son unas putitas y seguro que lo está deseando, no te preocupes tanto por ella. Si es virgen, te pagaría más que por la mayor, así que piénsatelo bien.

—Claro que es virgen, ¿qué se piensa….? —le dije, mientras él ponía cara de incredulidad, asumiendo mi ingenuidad de madre.

—Os estoy intentando tapar con mi mujer todo lo que puedo, porque ella me pregunta que si vais pagando la renta, y tengo que estar mintiéndole, pero ahora tienes la suerte de poder responder a esa deuda fácilmente.

Viéndome otra vez en un callejón sin salida y ante la expectativa de bajar mi deuda con él rápidamente y dormir tranquila, sin miedo a que nos echaran, pensaba para mí:

—(En que situación me he metido…..) —y le dije— Está bien. Hablaré con ella.

En cuanto se lo dije a mi segunda hija, acepto sin dudar, ya que ella también quería contribuir a la familia, y seguramente no querría ser menos que su hermana. Todas las hermanas hablan entre ellas sobre sus primeros encuentros sexuales, y supongo que le mataba la curiosidad de experimentar lo mismo que su hermana mayor, así que después de comunicárselo al casero, me miró con cara de satisfacción y entramos los tres en la habitación.

En mi presencia, ese hombre empezó a besarla en la boca, recreándose con su lengua, lo que hizo que fuera calentándose ya mi hija, que más relajada, respondía a esos besos de una forma instintiva, buscando su propio placer. Después le quitó la camiseta para besar sus puntiagudos pezones, lo que ya provocó los primeros suspiros de ella, que se dejaba hacer mientras disfrutaba con las suaves caricias en su piel, en su culito y el resto de su cuerpo, y al alcanzar su vagina, se puso a masajearla con los dedos, lo que la hizo estremecer y empezar a gemir más fuerte.

Vi como los dedos del casero estaban completamente mojados por los jugos que iba desprendiendo mi hija y cuando la tumbó en la cama para lamerle la vagina, la hizo retorcerse de placer, y yo, cada vez más excitada por lo que veía, no pude evitar llevar mi mano al pene del casero, totalmente hinchado por la excitación y pajearle hasta que él me paró porque no quería correrse sin antes dejar que mi hija se lo chupase primero, lo que ella hizo con algo de dificultad porque casi no le cabía en la boca y lo que más hacía era pasar la lengua por su glande cada vez con más gusto por parte de mi hija, que parecía entusiasmada de tener esa polla en la boca.

Cuando él se puso encima de ella para penetrarla, salió mi instinto protector de madre, e intenté pararle para que no lo hiciera, ofreciéndome yo para que se desahogara conmigo, pero mi hija me dijo que le dejara, que ella también quería follar como yo, por lo que yo misma le agarré el pene al casero para ir controlando la penetración y que no se la introdujera de golpe, de tal forma que le fui introduciéndole primero el glande, que entró sin mucha resistencia, pero luego, al intentar meter más, mi hija se quejaba por la presión sobre su himen. Con toda esa situación, el casero estaba excitadísimo, y le dijo:

—Cariño, sólo te dolerá un momento y después gozarás como tu madre y tu hermana.

Así que con un pequeño empujón, acabó rompiéndole el himen con un grito de mi hija, pero según iba introduciéndose en ella con suaves movimientos, mi segunda hija se puso a gemir como nunca lo habría hecho en su vida, totalmente transportada por el placer que sentía. Su cara toda roja por el rubor y los orgasmos que le iban llegando sin pausa, la tenían muy agitada, y así siguió hasta que el casero se la sacó para correrse sobre su cuerpo.

Cuando terminó, una vez recuperado, me dijo que nunca había disfrutado tanto en su vida como esta vez con mi hija. Que todas mis hijas eran maravillosas, pero ante la dinámica que estaba llevando eso, yo ya me estaba teniendo que quisiera estar también con la pequeña.

Iban pasando los días, y el casero parecía que se conformaba con mis dos hijas mayores, lo que me alivió, en cierta forma, porque ellas también disfrutaban de esas relaciones, y como suele decirse, “las penas con pan, lo son menos”.

Pero llegó un día, que el casero se presentó con dos hombres en casa, y me dijo:

—Mi mujer se está dando cuenta de que no estáis pagando y me está presionando para que os eche, así que no he tenido más remedio que hacer algo para conseguir dinero y que vea que pagáis. Por eso, he traído a estos dos amigos que me han pagado una buena cantidad para estar con tus hijas. Ya te dije que tenías mucha suerte de haber tenido tres niñas.

—No. Esto ya no me gusta nada. Yo no quiero prostituirlas.

—Es lo que has estado haciendo conmigo, y no tienes otro remedio. Además, ya me han hecho el pago y no podemos volvernos atrás. Seguro que tus hijas se portan muy bien, ya están acostumbradas. Y podrías quedarte más tranquila, porque con esto, ya casi te pones al día, y he convencido a mi mujer de que prácticamente has pagado todo.

Otra vez tenía que entregar a mis hijas al abismo del sexo de pago, por no ser capaz yo de cumplir todas sus necesidades y de sacar adelante una familia sin la ayuda de un hombre, así que con gran dolor de mi corazón, tuve que decirle:

—Bueno, pero será esta vez sólo, porque yo no puedo consentir esto.

El casero puso una cara, como sabiendo que acabaría convenciéndome, y esos dos hombres miraron con deseo a mis hijas, como saboreando ya lo que se iban a comer, y yo solo esperaba que supieran comportarse y tuvieran en cuenta de que eran unas niñas, aunque no sabía si ellos ya habrían tenido experiencias previas en estas situaciones.

Los dos hombres entraron en la habitación con mis hijas mayores, pero pronto me di cuenta de que ellos no eran iguales que el casero, y su trato con mis hijas no fue tan bueno.

El casero esperaba conmigo en el salón, y con mi hija pequeña, y esta vez, no escuchamos los típicos gemidos de placer. Las habían follado sin ninguna delicadeza. Mi segunda hija salió de allí llorando y la mayor me dijo que no volvería a estar con nadie que llevara a casa, así que me dije a mi misma que tendría que buscar una salida a esa situación en la que me había metido. Les prometí que no volvería a pasar, porque yo no quería esa vida para ellas y estaba decidida a buscar un futuro mejor para todas nosotras, por lo que intenté empezar a buscar una nueva pareja que nos diera estabilidad y una vida más cómoda.

Las mujeres aprendemos pronto que a veces somos unas simples “monedas de cambio” para los hombres. Yo me había convertido en eso, y encima había hecho que mis hijas fueran lo mismo, pero no quería que a mi hija pequeña le pasara lo mismo, así que tuve que cambiar de estrategia para conseguir lo que quería, como hacían otras mujeres, seguramente más inteligentes que yo, que sabían sacar provecho a lo que eran.

Yo era consciente de que teniendo tres hijas, sería un problema para encontrar una pareja, pero chateando en internet, me encontré con varios hombres separados que me decían que no les importaba que tuviera hijas, incluso había otros que me decían abiertamente que estaban buscando una mujer con alguna hija para formar una nueva pareja y si en mi caso tenía tres, su interés aumentaba todavía más.

Ese interés por mis hijas, ya me hizo sospechar de sus intenciones, por lo que intenté seleccionar bien con quien tener una cita. Hablando con ellos, alguno me decía que su ilusión era formar una familia libre sin barreras ni tabús, lo que ahora tampoco era tanta novedad para mí, después de nuestra relación con el casero, así que finalmente, me decidí a conocer a uno que me dijo que era empresario y que nos daría una buena vida a mí y a mis hijas. Le cité en mi casa porque me dijo que quería conocernos a todas juntas.

Enseguida me dí cuenta de que era un hombre culto, agradable y muy educado y no estaba nada mal físicamente a pesar de su madurez. Se mostró muy cariñoso con las niñas, a las que se ganó enseguida con unos regalos que las había traído, pero en ningún momento quiso propasarse con ellas ni conmigo, mostrándose totalmente respetuoso, lo que me enamoró prácticamente de él al momento, y después de tener unos cuantos encuentros, en los que por supuesto tuvimos sexo, lo que me permitió conocerle ya más íntimamente sin que me desagradara nada de lo que iba sabiendo de él.

Cuando llegó el verano, nos propuso irnos todos juntos de vacaciones a una playa, y en cuanto lo escucharon mis hijas, prácticamente me obligaron a aceptar su proposición.

Nos dijo que él era nudista y que antes lo practicaba con su ex mujer y su hijo. Nos preguntó que si no teníamos inconveniente en entrar en ese mundo, y aunque nosotras nunca lo habíamos hecho, las niñas dijeron que les encantaba estar desnudas en la playa.

Cuando llegamos a la playa, nos pusimos en una zona donde había alguna familia más, parejas y hombres solos también, en un ambiente muy tranquilo y agradable, lo que nos hizo sentir bien desde el primer momento en que nos quedamos desnudas. Las niñas estaban encantadas y enseguida quisieron ir a bañarse, por lo que mi nueva pareja me propuso acompañarles, pero yo preferí quedarme en la arena tomando el sol, y le dije que fuera él con ellas.

Enseguida vi cómo se puso a jugar con mis hijas en el agua, que se divertían con él, cuando las abrazaba después de perseguirlas, y en la orilla acababan las tres prácticamente encima de él sin dejarle moverse, pero en la distancia noté como tenía una erección mientras jugaba con ellas, lo que centró la atención de los que les miraban, y uno de los hombres que estaba a mi lado, comentó con envidia:

—Qué suerte tiene ese, que bien se lo pasará con tres nenas en casa.

Aunque aparentemente, solo parecía un padre jugando con sus hijas, quizás tenían razón los que pensaban eso, porque cuando llegamos al apartamento, allí seguimos desnudos todos, actuando con normalidad. El apartamento tenía una habitación con dos camas grandes que él había juntado en el medio, para que durmiéramos todos juntos y aprovechar mejor el espacio, lo que divertía a las niñas y propiciaba que los juegos fueran frecuentes entre todos. A mi hija pequeña le hacía especial gracia fijarse en los cambios de tamaño de la polla del hombre de la casa, según estaba jugando con ella, lo que lógicamente despertaba su curiosidad a su edad.

Así que era frecuente que cuando llegaba la noche, era prácticamente echarnos en la cama y alguna de las niñas ya se ponía encima de mi nueva pareja, dándole besos, y provocándole, mientras la pequeña no perdía la ocasión para agarrarle la polla a su nuevo padre, y tras jugar con ella un rato, se ponía a darle lamidas como había visto hacer a sus hermanas mayores, pero ya no me importaba que ella empezara a participar en esos juegos, porque sabía que mi pareja iba a respetarla y con cariño iría dando los pasos para su introducción total al sexo.

Estos momentos se fueron repitiendo en numerosas ocasiones, bien cuando yo estaba teniendo sexo con él y alguna de ellas o las tres se sumaban a nosotros, o cuando estaba con ellas directamente en otras ocasiones, incluso cuando yo no estaba presente, sin que me preocupara lo que pasara entre ellos.

Pero de lo que si me di cuenta, fue de la especial predilección que él tenía por mi hija pequeña, ya que aunque follaba con las mayores, se mostraba más cariñoso con la menor, quizás por la inocencia y espontaneidad que mostraba, y que a él le causaba mas morbo iniciarla.

Yo no le decía nada, pero me causaba especial curiosidad ver a la más pequeña cómo se las ingeniaba para conseguir que la polla de mi nueva pareja le acabara entrando igual que a sus hermanas, a pesar de los esfuerzos de él para no adelantar ese momento hasta que lo viera conveniente, y lo que hacía para calmarla era meterle el dedo hasta que se corría, lo cual yo le agradecía, aunque ella protestara, porque sentía que eso no le era suficiente y siempre estaba buscando esa penetración.

Así que en una ocasión en que los dos se estaban dando un baño juntos en la bañera del apartamento, el jabón hizo que sus cuerpos estuvieran muy resbaladizos, por lo que el contacto de la piel se les hacía más excitante, y en un momento determinado, mi hija pequeña se montó sobre él y prácticamente se clavó la polla que tanto anhelaba en su coñito de un solo golpe, sin que mi pareja pudiera evitarlo, aunque el grito de mi hija al tenerla dentro debieron de oírlo hasta los vecinos, pero al instante una sonrisa pícara iluminaba su cara al haber conseguido lo que una mujer tanto desea desde que descubre el sexo y el gozo que mostraba por estar follando de verdad hizo que el semen de su futuro padre se disparara dentro de ella, mientras me miraba satisfecha como diciéndome:

—Ya soy como tú y mis hermanas.

Lo que había dicho ese hombre en la playa me hizo pensar que seguramente, mi nueva pareja, había tenido suerte al poder tener lo que tantos hombres desearían, pero nosotras también habíamos tenido suerte de encontrarle y poder sacar a mis hijas de un camino que al final las haría desgraciadas, ofreciéndose como moneda de cambio a los hombres, pero en este caso, yo acabé ofreciendo a mis hijas a un solo hombre, dentro de una familia, que nos ofrecía una seguridad y una vida con la que cualquiera soñaría.

Al final, puede que el casero tuviera razón cuando me decía que había tenido suerte de haber tenido tres hijas, porque aunque para muchas mujeres fueran un gran obstáculo para rehacer sus vidas, en mi caso, había sucedido lo contrario, pero después de haberme dado cuenta de como gestionar esa situación de la mejor forma posible, sin dejarme arrastrar por las apetencias de los diferentes hombres que iban apareciendo en mi vida.

9 Lecturas/15 junio, 2026/0 Comentarios/por Veronicca
Etiquetas: amigos, hermana, maduro, mayor, mayores, playa, sexo, vacaciones
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