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Incestos en Familia, Intercambios / Trios, Voyeur / Exhibicionismo

Playa Nudista

Fui con mi hija carla a la playa nudista .
El verano llegaba a su fin y tenía ganas de llevar a Carla a la playa nudista, y pasar el día allí así que se lo dije y me dijo que si.

 

Llegamos a media mañana. El sol pegaba fuerte y la arena estaba ardiendo. Carla se quitó el vestido de verano sin pudor, dejando al descubierto su piel morena y ese coñito rosado que tanto me excitaba. Yo también me desvestí, dejando mi polla semi-erecta a la vista de todos.

 

—Papi, ¿seguro que esto está bien? —me preguntó Carla mientras se agachaba para hacer un castillo de arena, abriéndose de piernas sin darse cuenta y mostrando su coñito perfecto a cualquiera que pasara.

 

—Claro, cariño. Aquí todos somos libres —respondí, observando cómo varios hombres paseaban cerca, con las pollas duras y rojas, mirando fijamente el coñito de mi hija.

 

Carla se levantó y corrió hacia el agua. La vi zambullirse, se le veía el ano y la rajita cuando lo hacía y en cada movimiento. Salió chorreando agua, los pezoncitos erectos por el frío, y se acercó a mí sonriendo.

 

—Tienes que ponerte crema, Carla. Te vas a quemar —dije, sacando el bote de protector solar.

 

Se tumbó en la toalla boca abajo, completamente desnuda. Estaba a punto de empezar a untarla cuando noté una sombra sobre nosotros.

 

—Buenos días. Hace un día espléndido, ¿verdad? —dijo una voz ronca.

 

Levanté la vista. Era un hombre de unos cincuenta años, barrigón, con el pelo canoso y la polla enorme y tiesa apuntando hacia Carla. Se había detenido a escasos metros y no disimulaba, mirando el culito redondo de mi hija.

 

—Sí, muy bueno —respondí, sin inmutarme.

 

—Su hija es preciosa —añadió el desconocido, lamiéndose los labios—. Tiene un cuerpecito delicioso.

—Cuantos años tiene su hija?— volvio añadir el desconocido,

—Tiene 9 años — le dije , y se llama Carla.

Carla giró la cabeza y lo miró. No dijo nada, pero separó un poco más las piernas, ofreciendo una visión perfecta de su coñito abierto, los labios internos rosados y brillantes por el agua del mar.

 

El hombre gruñó bajito, agarrándose la polla y dándole una palmada.

 

—Joder, qué coñito más rico —murmuro.

 

—¿Quiere ponerle la crema? —pregunté de repente, ofreciéndole el bote—. Yo me estaba empezando a cansar.

 

El hombre me miró sorprendido, luego a Carla, que seguía tumbada con la cara hacia el otro lado.

 

—¿Está seguro? —preguntó, la voz ronca de excitación.

 

—Por supuesto. Carla, este señor te va a ayudar con la crema —dije.

 

Mi hija se giró, me miró a los ojos y asintió con una sonrisa traviesa.

 

—Vale, papi.

 

El hombre se arrodilló junto a ella, deshaciéndose en agradecimientos. Empezó por los pies, subiendo por las pantorrillas con movimientos lentos, masajeando la piel. Carla suspiró placentera. Subió por los muslos, acercándose peligrosamente a ese coñito expuesto.

 

—Tiene la piel tan suave… —murmuró el desconocido.

 

—Sí, es muy delicada —confirmé, observando cómo su mano rozaba los labios vaginales de Carla.

 

Continuó por la espalda, las nalgas perfectas, los hombros. Luego le pidió que se diera la vuelta. Carla obedeció, quedando completamente expuesta, con las piernas ligeramente abiertas y esa rajita rosada brillando al sol.

 

El hombre empezó por el vientre, subiendo hacia los pezoncitos. Los maseejo con descaro, pellizcándoselos hasta que Carla dejó escapar un gemido.

 

—¿Te gusta, guapa? —preguntó el gordo.

 

—Mmm… sí —suspiró Carla, cerrando los ojos.

 

Volvió a bajar. Esta vez no se anduvo con rodeos. Sus manos gruesas se posaron directamente sobre el coñito de mi hija, separando los labios con los dedos.

 

—Joder, qué mojada está —gruñó, metiendo un dedo dentro.

 

Carla arqueó la espalda, gimiendo más fuerte.

 

—Ah… ah… sí… —jadeaba, moviendo las caderas para buscar más contacto.

 

Yo estaba sentado a su lado, con la polla completamente dura, mirando cómo aquel desconocido metía dos dedos en el coñito de mi hija, frotándole el clítoris con el pulgar.

 

—¿Te gusta que te toque el coñito, putita? —susurró el hombre, acariciándole el culo con la otra mano.

 

—Sí… soy una putita… —gemía Carla, perdiendo el control—. Más fuerte… por favor…

 

El hombre aceleró, metiendo y sacando los dedos de ese coñito estrecho, haciendo ruidos húmedos. Carla se retorcía, agarrando la toalla con las manos, los gemidos cada vez más altos.

 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Me voy a correr! —gritó, convulsionándose.

 

El hombre la penetró con tres dedos mientras ella llegaba al orgasmo, chorreando sobre su mano. Carla jadeaba sin aliento, con las mejillas sonrojadas y los ojos vidriosos.

 

El desconocido se chupó los dedos, saboreándola.

 

—Me llamo Roberto —dijo, limpiándose la mano en la toalla—. Su hija es una delicia. ¿Le importaría que me la llevara? Me gustaría conocerla mejor.

 

Miré a Carla, que seguía tumbada, respirando agitada, con el coñito hinchado y rojo.

 

—¿Quieres ir con él, cariño? —pregunté.

 

Carla se incorporó, mirando a Roberto con deseo.

 

—Sí, papi. Quiero ir con él.

 

—Está bien —dije, volviéndome hacia Roberto—. Pero quiero saber de usted. ¿Dónde vive? ¿A qué se dedica?

 

Roberto sacó su cartera y me mostró el DNI.

 

—Vivo en la calle Mayor, número 45. Soy contable. Aquí tiene mi dirección completa. Puede venir a recogerla cuando quiera. Mañana por la mañana, si quiere.

 

—Mañana por la mañana iré a por ella —confirmé, anotando los datos.

 

Carla se levantó, se puso el bikini de forma provocativa, dejándose un pezoncito a la vista. Roberto se puso el bañador, acomodándose la polla que seguía erecta.

 

—Nos vamos, papi —dijo Carla, besándome en la mejilla—. Nos vemos mañana.

 

—Diviértete —dije, viendo cómo se alejaban, la mano de Roberto ya en el culo de mi hija.

 

Me quedé solo en la toalla, con la polla dura como una roca, imaginando cómo Roberto estaría follando a Carla en ese mismo momento. Pasaron unos minutos cuando noté que alguien se acercaba.

 

—Perdone, ¿ha dejado usted ir a su hija con ese señor? —preguntó una voz.

 

Levanté la vista. Era un hombre de unos cuarenta años, moreno, bien parecido, acompañado de una niña que debía tener unos 5 años. También iban desnudos.

 

—Sí, así es —respondí—. ¿Por qué?

 

—Soy Antonio —dijo, sentándose a mi lado—. Y esta es mi hija, Laura ella tiene 5 años. Hemos visto lo que ha pasado y… bueno, quería saber si de verdad se fía de ese hombre.

 

—Me ha dado su DNI. Tengo su dirección —dije, mostrándole el papel.

 

Antonio asintió, pero no parecía convencido. Mientras hablábamos, no podía dejar de mirar a Laura. Tenía un cuerpo precioso, pezoncitos pequeños y claritos, un coñito pequeño y que ni se le notaban los labios, y un culito redondo. Ella me devolvió la mirada, sonriendo con picardía.

 

—Mi hija también es muy… sociable —dijo Antonio, notando cómo la miraba—. ¿Le gusta?

 

—Es preciosa —admití, sin disimular.

 

—¿Quiere tocarla? —preguntó de repente Antonio.

 

Laura se acercó, arrodillándose frente a mí. Su padre asintió con la cabeza, dándole permiso.

 

—Claro que sí —respondí, sin dudar.

 

Laura tomó mi mano y me la guio hasta su piel. Tenía la piel suave, los pezoncitos diminutos y claros que se endurecieron bajo mis dedos. Gemía suavemente mientras la acariciaba, pasando de un pezoncito a otro.

 

—Tócame ahí también —susurró Laura, dándose la vuelta y poniéndose a cuatro patas—. Me gusta que me toquen ahí.

 

Metí la mano entre sus nalguitas, encontrando su culito. Estaba caliente, tensa. Introduje un dedo despacio, sintiendo cómo su esfinter se cerraba alrededor de mi dedo. Laura gimió, empujando hacia atrás.

 

—Mmm… sí… mételo más adentro —suplicó.

 

Fui metiendo el dedo poco a poco, hasta tenerlo completamente dentro. Laura gemía contra la arena, moviendo las caderas para sentir más.

 

—Tiene el culito muy apretado —comenté, metiendo y sacando el dedo.

 

—Siempre se lo toca —dijo Antonio, observando con una sonrisa—. Le encanta por ahí.

 

Seguí metiéndole los dedos por el culito un rato más, hasta que los gemidos de Laura se hicieron más intensos. Luego nos levantamos, nos vestimos y les propuse:

 

—Oye, vivo en un piso cerca de aquí. ¿Queréis venir a cenar? Podemos seguir conociéndonos con más tranquilidad.

 

Antonio y Laura se miraron, sonriendo.

 

—Nos encantaría —dijo Antonio.

 

Fuimos en mi coche hasta mi piso. Era un apartamento modesto pero acogedor, en el centro de la ciudad. Preparé una cena sencilla, pasta con salsa, y abrí una botella de vino. Estábamos sentados en la mesa del comedor, charlando tranquilamente.

 

Laura iba con un vestido ligero, y se le marcaban los pezoncitos. Antonio llevaba una camiseta ajustada que dejaba ver su cuerpo atlético. Yo no podía dejar de mirar a Laura, imaginándome cómo sería tenerla desnuda en mi cama.

 

—Oye, Antonio —dije de repente, cortando la conversación—. Hasta ¿dónde puedo llegar con Laura?

 

Antonio me miró serio, bebió un sorbo de vino y dejó el vaso en la mesa.

 

—Mire, le voy a ser sincero —dijo, bajando la voz—. Laura es virgen por el coñito. Nunca ha tenido nada ahí. Por el culo… bueno, eso es otra historia. Pero por delante está intacta.

 

Mi polla se puso dura al instante. Miré a Laura, que bajó la mirada, sonrojada.

 

—¿Y usted no ha…? —pregunté, confundido.

 

—Yo prefiero otro tipo de… diversión —dijo Antonio, con una sonrisa enigmática—. Pero si quiere desvirgarla, adelante. Ella está preparada. De hecho, lleva meses queriendo probar.

 

Laura levantó la vista, mirándome a los ojos con deseo.

 

—Quiero que sea hoy —dijo, su voz temblando.

 

Terminamos de cenar rápido. Antonio se quedó en el salón, viendo la tele, mientras yo llevaba a Laura a mi habitación. Era pequeña, con una cama de matrimonio y poca luz. Cerré la puerta.

 

Laura se sentó en el borde de la cama, nerviosa. Me acerqué a ella, le levanté la barbilla y la besé suavemente. Ella respondió, metiéndome la lengua en la boca, ansiosa.

 

—No tengas prisa —dije, acariciándole el pelo—. Vamos a hacerlo bien.

 

Me arrodillé delante de ella, le subí el vestido y le bajé las braguitas. Tenía el coñito cubierto de un poquito vello rubio fino, húmedo ya. Separé sus piernas y empecé a lamerla. Laura soltó un gemido agudo.

 

—¡Ah! ¡Sí! —gimió, agarrándome la cabeza.

 

Le lamí el clítoris, metiéndole la lengua por el coñito, saboreando su virginidad. Estaba empapada, goteando sobre mis labios. Laura se retorcía, abriendo más las piernas.

 

—¡Por favor… fóllame ya…! —suplicó, jadeando.

 

Me levanté, me desvestí dejando mi polla dura y roja a la vista. Laura la miró con ojos vidriosos, tragando saliva. Se incorporó y la agarró con la mano, acariciándola.

 

—Es enorme… —murmuró, asustada y excitada a la vez.

 

Se la metió en la boca, chupando despacio, moviendo la lengua por el glande. La chupada era torpe pero entusiasta. Gemía mientras la tenía en la boca, mirándome a los ojos.

 

—Así, cariño… chúpame bien —gemí, agarrándole la cabeza.

 

Después de unos minutos, la aparté suavemente. Saqué un bote de lubricante del cajón de la mesilla. Laura se tumbó en la cama, abriendo las piernas, temblando.

 

—Va a doler… —dijo, asustada.

 

—Al principio sí, pero luego será mejor —dije, echando lubricante en mis dedos.

 

Empecé a dilatarla. Metí un dedo despacio, sintiendo el himen intacto, esa membrana fina que la cerraba por completo. Laura hizo una mueca de dolor.

 

—Ah… duele un poco… —gimió.

 

—Relájate, cariño —dije, metiendo y sacando el dedo suavemente.

 

Añadí más lubricante, metiendo dos dedos, abriéndola poco a poco. Laura gemía, alternando entre el dolor y el placer. Cuando estuvo lo suficientemente dilatada, me posicioné entre sus piernas. Agarré mi polla, la guié hasta su entrada, rozando su himen con el glande.

 

—¿Estás lista? —pregunté, besándole el cuello.

 

—Sí… hazlo… —suspiró, cerrando los ojos.

 

Empujé despacio. Sentí resistencia, el himen estirándose. Laura gritó.

 

—¡Ahh! ¡Duele! ¡Para, por favor! —lloró, agarrándome los hombros.

 

—Shhh… ya casi está —dije, besándola mientras empujaba con más fuerza.

 

De repente, el himen cedió. Mi polla entró de golpe, hundiéndose hasta el fondo. Laura chilló, con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Estaba tan apretada que casi me corro en ese momento.

 

—¡Ah! ¡Ah! —gimía, respirando agitada—. Estás tan dentro…

 

Me quedé quieto un momento, dejándola acostumbrarse a mi tamaño. Luego empecé a moverme, despacio al principio, sacando la polla casi del todo y volviéndola a meter, viendo cómo su coñito rosado se abría para recibirla.

 

—¿Sigue doliendo? —pregunté, acariciándole los pezoncitos.

 

—Un poco… pero también… ¡ah!… también gusta… —gimió, moviendo las caderas.

 

Aceleré el ritmo. Laura empezó a gemir de placer, ya sin dolor, agarrándome la espalda, clavándome las uñas.

 

—¡Sí! ¡Sí! ¡Más fuerte! —gritó, perdiendo la vergüenza—. ¡Fóllame!

 

La penetraba con fuerza, viendo cómo mi polla entraba y salía de su coñito virgen ahora roto, manchado de sangre fresca. Estaba tan excitante que no podía parar.

 

—¡Por el culo también quiero! —suplicó Laura de repente—. ¡Fóllame por el culo!

 

Salí de su coñito, la giré poniéndola a cuatro patas. Le eché más lubricante en el ano, que ya había probado antes. Metí la polla despacio, sintiendo cómo su esfinter se abría para recibirme. Estaba increíblemente apretado.

 

—¡Ah! ¡Qué grande estás! —gimió Laura, apoyando la cara en la almohada.

 

Empecé a moverme en su culo, dándole embestidas profundas mientras ella se tocaba el clítoris. Los gemidos eran cada vez más fuertes, más salvajes.

 

—¡Me voy a correr! ¡Dentro de mi coñito! ¡Por favor! —suplicó.

 

La saqué del culo, la volví a poner boca arriba y entré en su coñito de nuevo. Aceleré, sintiendo cómo se acercaba mi orgasmo. Laura gemía sin parar, convulsionándose.

 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Sí! —grité, explotando dentro de ella.

 

Mi semen salió a chorros, llenando su coñito virgen, saliéndose y manchando las sábanas. Laura gritó, llegando al orgasmo ella también, con el cuerpo temblando incontrolablemente.

 

Me desplomé sobre ella, exhausto. Nos quedamos así unos minutos, jadeando, con mi polla aún dentro de ella, chorreando semen.

 

—Ha sido… increíble —suspiró Laura, besándome el pecho.

 

Se quedó dormida casi enseguida, agotada por el esfuerzo. La arropé suavemente, la besé en la frente y salí de la habitación, cerrando la puerta.

 

Antonio seguía en el salón, sentado en el sofá, con una copa de vino en la mano. Me miró sonriendo.

 

—¿Cómo ha ido? —preguntó.

 

—Ha sido espectacular —dije, sentándome a su lado—. Pero tengo una pregunta. ¿Por qué no haces nada con ella? Es tu hija, es preciosa…

 

Antonio dejó la copa en la mesa y me miró a los ojos.

 

—Mire, le voy a ser sincero —dijo, bajando la voz—. Yo prefiero follar otro tipo de culo. El de una mujer no me va. Nunca me ha ido.

 

Capté la indirecta al instante. Era gay, y activo por lo que se veía.

 

—Ah… ya entiendo —dije, sintiendo cómo se me volvía a poner dura la polla—. ¿Y qué tipo de culo prefieres?

 

—Uno como el suyo —dijo Antonio, mirando mi entrepierna—. Me gusta dar, no recibir. Y usted tiene pinta de saber recibir bien.

 

Me acerqué a él en el sofá, poniendo mi mano sobre su entrepierna. Sentí su polla dura, grande, caliente bajo la tela del pantalón.

 

—A mí también me gusta eso —confesé, desabrochándole los botones—. Me encanta que me follen.

 

Saqué su polla. Era gruesa, con las venas marcadas, la punta brillante de presemen. Me incliné y me la metí en la boca, chupando con fuerza, bajando hasta la base. Antonio gemió, echando la cabeza hacia atrás.

 

—Joder… sí… chúpame bien… —gruñó, agarrándome la cabeza.

 

Me folló la boca durante unos minutos, empujando con fuerza hasta hacerme atragantar. Luego me apartó, me hizo levantarme y me bajó los pantalones. Me volteó sobre el respaldo del sofá, dejando mi culo expuesto.

 

—Voy a follarte sin piedad —dijo Antonio, echándome saliva en el ano—. Te voy a preñar de semen.

 

—Sí, por favor… fóllame… —supliqué, abriendo las piernas.

 

Sentí su glande presionando mi entrada, empujando despacio. Era enorme, me estaba partiendo en dos. Grité cuando entró de golpe, hundiéndose hasta las pelotas.

 

—¡Ah! ¡Joder! ¡Qué grande eres! —gemí, agarrando el sofá.

 

Antonio empezó a moverse, dándome pollazos profundos, salvajes. Me agarró el pelo con una mano y me apretó la cadera con la otra, clavándome su polla una y otra vez.

 

—¡Qué culo más rico! ¡Apretadito! —gruñía—. ¡Te voy a llenar de leche!

 

—¡Sí! ¡Correte dentro! ¡Preñame! —grité, sintiendo cómo su polla me golpeaba la próstata.

 

El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el salón. Antonio aceleró, entrando y saliendo con fuerza brutal, haciéndome gemir como un puto.

 

—¡Ah! ¡Ah! ¡Me corro! —gritó Antonio, clavándose hasta el fondo.

 

Sentí cómo su semen caliente inundaba mi interior, llenándome por completo. Antonio se quedó quieto, jadeando, luego empezó a moverse despacio, sacando la última gota.

 

Salió de mí con un sonido húmedo. Me volteé, besándolo con pasión, saboreando su boca.

 

—Esto tiene que repetirse —dijo Antonio, acariciándome el culo—. Mi hija será tuya, y tú serás mío. ¿Aceptas?

 

—Por supuesto —respondí, sonriendo—. Es el mejor trato que he hecho en mi vida.

 

Nos quedamos en el sofá, abrazados, con su semen saliéndome del culo y el mío todavía dentro de su hija durmiendo en la habitación. Mañana iría a buscar a Carla, pero ahora tenía una nueva familia con la que jugar.

103 Lecturas/26 septiembre, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: follando, follar, gay, hija, mayor, padre, playa, semen
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