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Fantasías / Parodias, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

Por andar de curiosa mi padrastro me desvirgo

La historia a continuación basada en un hecho real relata como un hombre maduro desvirga a su hijastra aprovechando la usencia de la madre la adolescente por motivos laborales .
Hola a todos, mi nombre es Dayana, tengo 17 años, soy colombiana y confieso que llevo 2 meses siendo la amante de mi padrastro.

Es importante destacar que mi madre, de profesión enfermera, casi nunca está en casa por su apretada agenda, así que me la paso la mayor parte del tiempo con mi padrastro, un hombre de 45 años que trabaja como mecánico. Es un hombre rudo, con las manos callosas y un cuerpo trabajado por los años, pero nunca me había fijado en él hasta que empezó a mirarme.

Todo comenzó una tarde después de clases. Yo estaba en la sala, estirándome después de tanto tiempo sentada en el instituto, y lo noté. Él estaba en la cocina, pero no hacía nada, solo me observaba, sus ojos recorrían mi cuerpo de arriba abajo, se quedaban en mis caderas, en mis piernas, especialmente en mi culo. Yo llevaba una licra negra que me marcaba todo, incluso, la raja de mi cuca. No pude evitar sentir intriga al darme cuenta de que me miraba con tanta intensidad. Esa conducta se repitió durante semanas. Él no decía nada, solo me detallaba, aun cuando mi madre estaba presente. Yo fingía no darme cuenta, pero por dentro, algo empezaba a despertar mi curiosidad.

Aunque no me parecía físicamente atractivo al principio, su insistencia me generó mucha curiosidad. Quería saber hasta dónde llegaría, así que empecé a acercarme más a él. Al principio fue un juego, lo juro. Dejaba mis pantys en el baño a propósito, usaba ropa más ajustada para que mi cuca y culo se notara mucho más de lo habitual y caminaba moviendo mis nalgas con clara insinuación, además, lo acompañaba al taller los fines de semana para estar más tiempo juntos fuera de casa. Al poco tiempo, él se fue soltando, se volvió más conversador, casi como un amigo, y sin darme cuenta, me fui interesando en él. Me gustaba cómo su miraba caía en mi cuca cada vez que cruzaba las piernas, cómo sus ojos se perdían en el movimiento de mi culo al caminar y, sobre todo, como se ponía nervioso cuando me acercaba a él.

Una noche, cuando me levanté para ir al baño, lo descubrí. Estaba la ducha, con la puerta entreabierta, lo vi masturbándose con un panty mío que había dejado colgado en la manija del baño días atrás. Se lo llevaba a la cara, lo olía, mientras con la otra mano movía su verga de arriba a abajo. Verlo así, tan concentrado, tan necesitado, me impactó. No sentí asco, sentí algo mucho más intenso: deseo. En ese momento supe que yo también lo quería.

El fin de semana siguiente, volví a acompañarlo al taller. Pero esa vez no abrimos el local, solo la oficina interna de contabilidad. Esperé un momento, saqué el panty rosa de encaje que él había usado para masturbarse, y lo dejé caer de mi bolso justo frente a él. Lo vio, se puso rojo, nervioso. Yo le sonreí con coquetería y le pregunté:

—¿Te gusta? ¿Cierto que es sexy?

Él se puso como un tomate, no sabía qué decir, estaba tan avergonzado que me dio ternura. Sin perder tiempo, me fui al baño, me desnudé y me dejé solo ese panty color rosa de encaje que tanto le gustaba, cuando salí y caminé hacia la oficina, lo vi mirándome con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que veía: su hijastra, la nerd que vivía en su casa, estaba semidesnuda en la puerta de su oficina, dispuesta a tener una tarde de sexo.

Yo estaba temblando de excitación. Mi corazón latía tan fuerte que creí que me iba a estallar. Me acerqué y lo besé con toda mi pasión, le dije que sabía que le gustaba, que ya no necesitaba consolarse con mi ropa interior porque yo estaba ahí, dispuesta a entregarme. Lo volví a besar y luego acerqué su cabeza a mis tetas. Él no dudó, abrió la boca y empezó a chuparlas, mordió mis pezones con una pasión que me hizo soltar un gemido. Me apretó los senos con sus manos ásperas y me dijo que me deseaba, que moría por tenerme. Yo me aferré a él, escuchando cada palabra de amor.

Sin pensarlo dos veces, me arrodillé. Él me miró desde arriba y sonrió triunfante mientras se desabotonaba el pantalón, le bajé el boxer y por fin tuve su verga en mis manos. No era muy grande, pero era gruesa, del tamaño que a mí me gustaba. La acaricié, le di besitos, y sentí cómo crecía en mis manos. Él me miró y dijo:

—Abre la boca, Dayanita. Ábrela, bebé.

Así que empecé a chuparla, era la primera vez que hacía sexo oral, pero no era tonta. El sabor de su verga era fascinante, algo agridulce, y a medida que subía y bajaba, sentía cómo se ponía más dura, llenando cada rincón de mi boca, Su líquido preseminal se untaba en mi lengua y en mis dientes. Después de unos minutos chupando, él agarró mi cabeza y me miró fijo:

—Toda, bebé. Toda.

Empujó su verga hasta el fondo de mi garganta, sosteniendo mi cabeza para que no pudiera sacarla. Sentí que me ahogaba, que iba a vomitar. Cada arcada hacía que una lágrima rodara por mi mejilla, arruinando mi maquillaje, pero sus gemidos me decían que le encantaba verme así, sometida. Así estuve varios minutos, recorriendo con mi boca toda su verga y sus huevos, hasta que él, ya perdido, me levantó del suelo, me despojó del panty y me inclinó sobre la mesa de la oficina, con mi culo frente a él. Antes de que metiera su verga, volví a besarlo y le confesé que, aunque me había tocado algunas veces, ningún hombre me había penetrado. Él me prometió ser cuidadoso, pero no cumplió del todo. Rápidamente me inclinó de nuevo y puso su verga húmeda en los labios de mi vagina. Cerré los ojos y de un empujón sentí cómo entraba. Di un pequeño gemido de dolor, pero no fue tan intenso porque ya estaba bien mojada. Sin embargo, supe que debía ser valiente cuando me agarró del cabello y empezó a penetrarme con fuerza, me nalgueaba, me besaba la espalda, mientras sus embestidas subían de intensidad. El sonido de mis nalgas chocando con su pelvis llenaba la oficina, un ruido húmedo y obsceno. Yo apretaba los puños, sintiendo una mezcla de placer y dolor. Su verga estiraba las paredes internas de mi cuca, intentando adaptarse al tamaño de su verga.

—¡Qué rico, mamita! ¿Te gusta? —dijo, acariciando mi culo.

—¡Sí, papi! —respondí, sin poder controlar mi voz.

Minutos después, él bajó el ritmo de su penetración y me cambió de posición. Me acostó de espaldas, abrió mis piernas y se puso sobre mí, me sentí segura, amada, protegida al tener su cuerpo sobre el mío mientras me embestía con pasión. Luego, me miró a los ojos y, para mi sorpresa, me dijo:

—¿puedo venirme adentro?

No lo podía creer, sentí miedo, pero estaba hipnotizada por el placer. Asentí, y él me abrazó mientras empezaba a penetrarme con más fuerza, ignorando mis gemidos y mis ruegos, hasta que finalmente eyaculó. Descansó sobre mí, sudado y pesado, quitándome la respiración. Sentía su leche caliente llenándome, pero no cabía toda, y poco a poco empezó a salir de mi cuca. Él lo notó, sonrió, se separó y cogió mis pantys para limpiarme. Yo solo abrí las piernas, dejándolo hacer, la escena de mi padrastro siendo cuidadoso al retirarme el exceso de su semen de mi cuca me ruborizo. Mi vagina esta roja, hinchada a causa de sus fuerzas embestidas.

Al terminar de limpiarme, me beso con ternura y me ordenó vestirme, la tela del panty friccionaba mi cuca generándome ciertas molestias. Rápidamente, salimos de la oficina agarrados de la mano rumbo a casa, donde nos esperaba mi madre. Pero antes, pasamos por una farmacia donde me compró la pastilla del día después. Antes de dármela, me besó y me susurró al oído:

—Eres mía.

Obedientemente la tomé y me quedé en silencio hasta que llegamos a casa, donde tuve que fingir que nada había pasado. Pero por dentro, sabía que ya nada volvería a ser igual, pues la pareja de mi madre, el hombre que había jurado cuidarme y ser mi figura paterna me había desvirgado.

5 Lecturas/1 octubre, 2026/0 Comentarios/por Indigo_COL
Etiquetas: baño, culo, madre, maduro, mayor, semen, sexo, vagina
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