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Incestos en Familia

Rubén

Historia real, empieza en año 2023, Bogotá, la he escrito en base a anotaciones y recuerdos..

Parte 1

Aquella noche, en medio de sus desvelos, decidió intentarlo.  Muchos años leyendo relatos, viendo videos, imaginando, todo se le iba en soñar, ¡pero cambiaría!

Rubén sabe de memoria el manual que alguna vez encontró en la Web Deep. En este recomiendan que los buenos sitios son colegios, fiestas familiares, etc., pero lo más cómodo para él eran los parques, así que decidió regresar al que frecuentaba hacía años y al que no había podido volver, era un sitio bien arborizado, grande, agradable, con colegios alrededor. El manual recomienda llevar un perrito pues atrae a los pequeños, era un gancho perfecto, pero él no interesado, no pensaba esclavizarse a un animal a sus sesenta años. Tenía paciencia, ya no hay afanes, hay tiempo. Se llevó un libro para entretenerse, con eso no llamaría la atención a ninguna niña, pero le ayudaría para no llamar la atención pues un adulto, sentado en una banca sin hacer nada, y en un parque, siempre da en qué pensar.

Rubén es casado, vive solo con la esposa que es maestra, 10 años menor que él, sus dos hijos ya se fueron. La esposa gana bastante bien y él está esperando el momento de recibir la pensión, ya no trabaja, tiene buenos ahorros, la pandemia le fue de gran utilidad pues montó dos Call Center y le prestó servicio a varias empresas y ahora vendió su parte, permanece solo en la casa.

Físicamente está bien, poco pelo, lucha para no tener barriga, se cuida mucho con la alimentación, hace ejercicio por lo menos 3 o 4 veces por semana. Buen sentido del humor, aficionado al porno, en especial al infantil. Conoce todas las páginas en los que hay relatos con niñas, y ha logrado una buena colección de videos y fotos cercana a media Tera, hace intercambios por Internet. Tuvo contactos con pequeñas, sobrinas de la esposa, las manoseaba con la disculpa de jugarles, ellas parecía que lo disfrutaban, nunca lloraron ni lo contaron, le gustaba sentarlas en las piernas y acariciarles el culito, meterles la punta o más de un dedo era lo que más hacía. En fin, muchas veces lo hizo, no perdía reunión familiar, todos lo veían jugar con ellas y nunca levantó sospechas. Cuando ya pasaban de los cinco años dejaba de hacerlo, solo con una lo hizo hasta que cumplió los seis, a dos niños también los manoseó.

A las nueve de la mañana ya estaba listo pero decidió ir pasado el mediodía, temprano no había nada que hacer. Almorzó, caminó durante veinte minutos, llevar carro no le pareció necesario. Se vistió como lo hace desde que dejó de trabajar, de manera informal, intenta que no se le noten tanto los años, y menos en ese momento. El parque estaba con gente, buscó una banca frente al rodadero y otros entretenimientos para niños, abrió su libro y empezó a leer sin concentrarse mucho, es un libro que le encanta, una historia que lo absorbe, Crimen y Castigo de Fedor Dostoievski.

Media hora después, hacia las tres de la tarde, llegaron unas señoras con niños de ambos sexos, miraba de reojo, había nenas de varias edades, algunas lindas, muy protegidas, pero no dejaba de disfrutar de ellas. Al rato llegó un señor que le pareció algo menor que él pero no muy arreglado, calculó que debía de estar sobre los 58, iba con una niña pequeña, tal vez de 7 o 8 años. El hombre, del que no le hizo desconocido el rostro, se acomodó en la banca del lado y dejó ir a la pequeña. Rubén aparentaba que leía pero no lo hacía, se concentró en la criatura, la miró, muy alegre, de cabello negro ondulado, a los hombros, delgada, con el uniforme del colegio, falda gris a la rodilla y debajo solamente los pantys que dejaba ver a cada momento, se subía al rodadero y se dejaba caer, lo hacía seguido, se reía y se mostraba al abuelo con una sonrisa que permitía ver que le estaba brotando un nuevo diente. Rubén miraba al hombre, a lo mejor la disfrutaba, aunque no lo parecía. Rubén soñaba con tener una nieta así, pero ya no era posible, desde pequeña le habría enseñado a ser complaciente él.

La fantasía de él es con niñas entre nueve y doce, pero esa pequeña no estaba lejos, y su figura le atrajo, se dedicó a admirarla con disimulo. Poniendo atención a sus palabras confirmó que el señor era el abuelo, él le decía como nombre Bella o Isa, al rato la llamó y le dijo que ya era hora de ir a casa.

Estuvo asistiendo por cuatro o cinco días, siempre llegaban a la misma hora. Decidió que era momento de dar otro paso, ya el abuelo le había sonreído a manera de saludo y él le respondía con un ligero movimiento de cabeza y una sonrisa, se le acercó y le habló por primera vez.

—Muy linda la niña, ¿es su nieta?

—Sí, es Isabella, tiene 7, va a cumplir los ocho.

—Mis dos nietos, niño y niña, viven en otra ciudad. ¿Todos los días la recoge del colegio?

—Casi todos, el colegio es allí a la vuelta, el grande —dijo indicándole con el dedo—, ya no demora mi hija en llegar, casi siempre me la deja hasta la noche, pero hoy no.

—Disculpe me presentó, soy Rubén, disponible para lo que se le ofrezca.

—Gracias, soy Pablo, su cara no me es desconocida, ¿dónde lo pude haber visto?.

—Hace como más de veinte años este era mi parque, y después venía con mi nieta a hacer lo que usted hace con la suya, pero ya creció y no está conmigo, y ahora decidí regresar, es un sitio muy agradable y me trae lindos recuerdos, tal vez nos vimos en un negocio que tuve allí como a 4 o 5 cuadras.

—Sí, es muy agradable, vienen muchos chicos por aquí por lo que hay colegios alrededor. Ahora que lo dice, allá tuvo que ser, usted y su esposa lo atendían, yo iba seguido con mi hija, Angie.

Isabella llamó al abuelo, él se le acercó y estuvo jugando con ella, a pesar de su edad no estaba en mala forma, corría con ella, jugaba a alcanzarla. Rubén sonreía mirándolos, hubiera querido poder alzarla, sentirla cerca, pero esperaría, ganarse la confianza de los dos era lo principal.

Los vio jugar como los otros días, esa chiquilla le estaba gustando, trataba de imaginarla debajo del uniforme, pensó de nuevo en que, tal vez, el abuelo gozaría de ella o, por lo menos, buscaría mirarla, y si había alguna conexión pues era de aprovechar.

Abuelo y nieta regresaron.

—Hola Isabella, soy Rubén, desde hoy amigo de tu abuelito, aunque parece que nos conocimos hace bastante, eres muy linda, también me gustaría ser tu amigo.

La niña no supo qué responder, sólo sonrió y se sentó en las piernas del abuelo.

—Saluda a Rubén —le dijo el abuelo.

—Hola señor Rubén —dijo la niña con timidez.

—Puedes decirme Rubén, si tu abuelito lo permite, prefiero así.

—Por mí está bien, dijo el abuelo, puedes llamarlo como desees, —le dijo a la niña.

— ¿Quieres un helado? —le ofreció.

—Sí señor, quiero uno de chocolate con chicle y pepitas de colores.

—Listo, vamos los tres.

Isabella le dijo a Pablo que fueran, pero el abuelo le recordó que no podían moverse porque estaba por llegar la mamá, debían esperarla.

Rubén los acompañó a los columpios y allí estuvieron hasta que apareció la mamá. Quedó sorprendido del parecido de la niña con la mamá. Ella estaba sobre los 30, tal vez menos, de cara bonita, delgada, precisa como le gustan las mujeres, así, con senos pequeños, que parezcan adolescentes, es un fetiche que ha tenido siempre. Nunca tuvo novias pasadas de kilos, tampoco muy altas.

—Mira, Angie, él es Rubén, un amigo con el que me he encontrado después de muchos años. Él tenía un negocio, tú estabas muy pequeña cuando íbamos allá, comprábamos cosas para tus tareas, ¿recuerdas?

—No estoy segura —contestó Angie, tal vez algo me suena.

—Me alegra mucho este reencuentro —, comentó Rubén—, estoy para lo que se les ofrezca.

Isabella insistió en ir a comer helado.

Rubén estaba fascinado con Angie, bien podría ser su hija e Isabella su nieta, fueron muy amables y lo hicieron sentir a gusto. Trató de ser muy amigable y sonriente, todo el tiempo haciendo bromas. Quería saber por el papá de la niña, nadie hablaba nada de eso, le intrigaba, pero preguntar por esas cosas era prematuro, el hecho es que viven los tres solos, según se dio cuenta.

Caminaron hacia la heladería, adelante Angie y la hija, Pablo y Rubén junto a ellas, pero detrás. Rubén no dejaba de ver a Angie, vestida con un pantalón ajustado que resaltaba las nalgas, una blusa al cuerpo y el bolso, delgada, con una figura de envidia, la miraba con disimulo, no estaría bien dejarse ver las ganas.

Cuando pasaron por frente a una casa esquinera de tres plantas Pablo le dijo que ahí es donde viven.

—Tenemos arrendados los pisos 1 y 2, nosotros ocupamos el 3 y un altillo en la parte de atrás, con eso, mi pensión y el salario de Angie, vivimos bien, sin afanes.

Rubén pensó que se veía muy joven para estar pensionado. En la heladería conversaron muy animadamente, les contó detalles de su vida. Se enteró que Pablo tiene un hijo mayor que vive en otra ciudad, allí hay otros dos nietos. Recordaron el negocio que Rubén tenía, eso los acercó. Se despidió al rato, Pablo le pidió que aceptara ir a la casa a tomar onces, le pareció muy prematuro, le dijo que al siguiente día.

12 Lecturas/30 junio, 2026/0 Comentarios/por Rubenrosero
Etiquetas: abuelo, colegio, culito, hija, hijo, mayor, recuerdos, sobrinas
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