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Incestos en Familia, Orgias, Sexo con Madur@s

Terapia

A veces la vida nos pone en su parte más cruda, pero eso puede darnos fuerza y argumentos para ayudar a los demás, sin renunciar a ese morbo que siempre está latente en todo lo relacionado con el sexo..

Durante mi niñez y adolescencia fui abusada por mi padre, y algo así puede marcar la vida de una mujer para siempre, por el cúmulo de sensaciones y sentimientos confusos que pueden producirse, así como una culpabilidad al comprobar que todo eso me gustaba, a pesar de toda la educación que recibimos para que eso no fuera así.

Se dieron las circunstancias de que una madre enferma ya no pudiera satisfacer a mi padre, lo que provocó que él empezara a fijarse en mí, en esos años de desarrollo físico y sexual en los que se empiezan a atraer miradas masculinas y deseos incontenidos.

Así fue como el precoz desarrollo de mis pechos y de mi figura como mujer parecían volver loco a quién debería protegerme y respetarme, pero utilizaba su autoridad sobre mí para manosearme y satisfacer su libido cuando podía, y que en ausencia de mi madre o bajo su mirada ausente, permitía que todo eso pasara, quizás debido a ese sentimiento de culpabilidad, igualmente, que puede sentir cualquier mujer al no poder cumplir con esos deberes que su educación le ha inculcado.

Esa misma educación familiar que te dice que un hombre tiene derecho a satisfacerse, bajo cualquier circunstancia que pueda darse, y que la mujer debe ser sumisa a esos deseos, aunque sea ocupando lugares que no le corresponden.

Y en ese lugar me encontraba yo, cuando mi padre me pedía que fuera buena con él, que le dejara disfrutar conmigo, primero un poco, y luego, todo lo que necesitara hasta correrse, por lo que eso acabó convirtiéndose en un hábito, en una costumbre familiar y privada, que nadie debía saber y oculta a los demás, excepto a los ojos de mi madre y de mi hermano pequeño, que aunque al principio, no entendiera nada, ya estaba recibiendo el mensaje de como debe de comportarse una mujer ante los requerimientos de un hombre.

Normalmente en mi habitación, o en otros lugares de la casa, de pronto, mi padre se acercaba a mí y metiendo las manos bajo mi ropa, empezaba a acariciarme hasta dejarme desnuda, dejando mis pechos al descubierto para poder tocarlos libremente y chuparlos con gran deleite, derribando ya todas mis barreras de resistencia, porque esa sensación placentera me dejaba a su merced, para hacerme todo lo que él quisiera, mientras me decía:

—Qué tetas más ricas tienes. ¿Dejas que te las toquen los chicos?

Como yo no contestaba nada, él continuaba:

—Seguro que sí. Mira que cachonda te pones…. —mientras llevaba su mano a mi coño y metía los dedos— ¡Uffff! Estás empapada…..

—Chúpamela un poco, anda, solo hasta que me corra….

Y yo lo hacía sin pensar, por lo excitada que estaba ya, sin que a él le importara mucho si lo hacía mejor o peor. Simplemente el hecho de tener su polla en mi boca, ya hacía que al poco tiempo se corriera y me la llenara con su semen, y aunque yo intentaba escupirlo al principio, luego me acostumbré a su sabor y acabó gustándome esa sensación.

En una ocasión en la que intentaba safarme de las manos de mi padre, porque estaba mi madre delante y me daba vergüenza que me manoseara delante de ella, ella me dijo:

—Tienes que ser comprensiva con tu padre. Es un hombre y tiene que estar bien atendido, y yo, en mi estado, no puedo.

Esas palabras me dejaron descolocada. Mi madre me estaba dando permiso para satisfacer a mi padre, y a la vez estaba aceptando que él pudiera hacer conmigo lo que quisiera, lo que hizo que yo me sintiera más relajada y me abandonara a ese placer que me producía el sexo.

Cada día que pasaba me sentía más cómoda en esa posición de puta privada para mi padre, aprendiendo unas prácticas que no me corresponderían por mi edad, pero a la vez, todo eso me hacía sentir bien, con una sensación de superioridad respecto a mis amigas, que hasta ese momento solo habían tenido algún escarceo con algún chico que contaban emocionadas, pero yo no podía contar lo que pasaba en mi casa y evitaba esas conversaciones….

El sexo se acabó convirtiendo en una práctica normal entre nosotros, como que él me comiera el coño hasta hacerme correrme y el que pusiera su polla entre mis muslos, pero cuando intentaba abrirme la vagina con ella, yo le apartaba, porque tenía miedo de que me doliera, aunque él insistía y me decía:

—Por favor. Déjame que solo te la meta un poco, hasta que me vaya a correr —como si yo pudiera negarme a cualquier cosas que me pidiera..

Así sucedió las primeras veces, su glande se frotaba arriba y abajo con mis labios vaginales y entraba ligeramente en el agujero que se abría palpitante, pero como mi coño mojado y excitado, era toda una invitación para ser penetrado y follado hasta el éxtasis final, un día acabó metiéndomela toda, provocándome una sensación que hacía temblar mi cuerpo desde los dedos de mis pies hasta el último pelo de mi cabeza, llevándose mi virginidad por delante.

Ese éxtasis llegaba también para mí, en el que mis orgasmos se encadenaban con su polla deslizándose en mi interior con un ritmo cada vez más fuerte e intenso, tumbada sobre la cama, con las piernas abiertas y él sobre mí, mientras mi hermano miraba desde la puerta con los ojos muy abiertos.

Estas sesiones de sexo se convirtieron en prácticamente diarias, con mi angustiante temor de quedarme embarazada, por lo que a veces se conformaba con el sexo oral o las masturbaciones que me solicitaba casi como un derecho que tenía sobre mí.

A todo esto, mi madre no me decía nada, pero me miraba con una mezcla de culpa y de morbo, por hacerme pasar por eso, mientras percibía como yo disfrutaba con ese sexo incestuoso.

En el fondo, ella estaba actuando de un modo egoísta, al utilizarme a mí para retener a su marido en casa y que no buscara otras mujeres fuera, y quizás fue ella quién le convenció para que usara condones para follarme, y cuando no se lo ponía, intentaba correrse fuera, lo que en parte, me permitía relajarme y disfrutar todavía más del sexo más prohibido que puede haber entre dos permitía, hasta convertirme en esa amante perfecta que todo hombre desearía.

A la vista de todo esto, estaba claro que el ambiente que se respiraba en mi casa no era el de una familia normal, sino que era tóxico y enfermizo, llegando a lo degenerado, y donde el comportamiento de todos nosotros no era acorde a lo establecido, lo que también influyó en la precoz estimulación sexual de mi hermano pequeño, que empezó a creerse con derecho a usar mi cuerpo para satisfacer esos instintos que empezaban a surgir en él.

Yo al principio dejaba que me tocara igualmente, como había visto hacer a su padre, como una especie de juego entre hermanos, pero según fue creciendo, fue demandando más de mí, y ya no le bastaban las mamadas con las que le hice tener sus primeras corridas, sino que buscaba penetrar ese coño que tanta curiosidad le causaba, al ver como nuestro padre disfrutaba de él, como si fuera algo mágico que prometiera placeres extremos.

En una ocasión se echó sobre mí y lo consiguió, porque mi cuerpo ya no ofrecía resistencia cuando me abrían las piernas, y al sentir el calor y las contracciones de mi vagina en su polla, se corrió al instante, algo normal en la primera vez de un chico de su edad, incapaz de controlar todo eso que salía de su interior.

A mi padre parecía que no le importaba que mi hermano me follara también, quizás como una forma de encubrir su perversión, al hacerle cómplice de ella, y mi madre tampoco tenía fuerzas para evitar que eso pasara en su casa.

Y así me pasé unos años, sintiéndome como la puta de esa casa, hasta que pude salir de allí para estudiar Psicología, especializándome en Sexología, como una forma en encontrar todas esas respuestas a lo que había sucedido en mi vida.

Cuando empecé a ejercer mi trabajo, mi intención era ayudar a los demás como parte de una terapia personal para entender las razones de que me hubiera pasado eso y por qué había sido. En esos años de estudios y trabajo intenté comprender la complejidad de la sexualidad humana, como el deseo puede llegar a nublar la razón y como se pueden derribar todas las barreras morales que nos impidan disfrutar de ella.

Me fui a trabajar a uno de esos barrios de la periferia de Buenos Aires, a los que se llama popularmente “Villas miseria”, donde hay muchos problemas, familias desestructuradas, necesidades económicas y falta de servicios públicos. Muchas niñas se prostituyen o lo hacen sus familias para salir adelante. El abuso familiar es una tónica estructurada y los servicios sociales no llegan a cubrir todas las necesidades que surgen, pero yo formaba parte de ellos para ofrecer mis servicios gratuitos, aunque también tenía consultas privadas para personas más pudientes que pudieran pagarlas.

Yo quería ayudar a toda esa gente y darles una respuesta, tanto a ellos como a mi misma. En Argentina, ir al Psicólogo es como ir al café. Todo se psicoanaliza y se busca que te den la solución a problemas que deberían darlas los políticos, por lo que dentro de toda esa esquizofrenia, cualquier cosa era posible, y nada te podía sorprender.

Freud y sus discípulos se convirtieron en mis referentes para la investigación de todos los casos que se fueron presentando en mi consulta, de personas angustiadas, atormentadas, con sentimientos de culpa, deseos ocultos, fetiches reprimidos…., pero todas ellas iban buscando un alivio a sus cargas emocionales y el desahogo de sus pensamientos.

De este modo, puedo contar varios casos:

Martina era una mujer separada, de 42 años, que tenía una hija de 10, y que vivían con su abuelo, que en realidad, había ocupado esa figura paterna que toda niña necesita, a la vez que era de gran ayuda a Martina para el cuidado de su hija.

Esta mujer llegaba a mi consulta confundida, avergonzada por tener que contarme el motivo de su visita. Mi intuición, así como experiencia profesional y vital, solían darme la ventaja de conocer, en gran parte, previamente esos casos que me planteaban, lo que hacía más fácil y confiada la explicación de esas personas, que se mostraban aliviadas y comprendidas, después de esa primera fase de aturdimiento.

Martina era una clienta de pago, de esa clase media tan depauperada, pero con ese orgullo para diferenciarse de los “villeros”, quizás como justificación de las situaciones que venían a tratar, pero al final, tanto en unos como en otros, era siempre lo mismo, la manifestación de un deseo, que al mostrarse públicamente, en el ámbito privado, causaba esa confusión o dudas sobre si eso está bien o mal, por no ser lo habitual o lo difundido socialmente, y lo que acaba provocando esa necesidad de ayuda para entender y asimilar todo eso que sucede en sus vidas.

Ella me contaba que se hija se había acostumbrado a estar en la cama de su abuelo desde bien pequeña, cuando ella la dejaba allí para irse a trabajar, por lo que no le daba importancia ni veía nada perverso en ello. Era su padre, por lo que su confianza e ingenuidad no le permitían pensar en otra cosa que no fuera lo normal en muchas casas en donde se daban esas situaciones.

Yo seguí escuchando todo lo que me iba explicando:

—Nunca veía nada raro, jugaban, la niña se reía y se lo pasaba bien. Nunca me dijo que su abuelo la tocara ni le hiciera nada raro. Siempre buscaba estar con él, por eso, cuando los vi, me quedé paralizada, sin saber que hacer….

Llegados a ese punto, ya veía por donde iban los tiros, pero dejé que siguiera hablando:

—A veces también dormían la siesta y la niña se acostaba con él en la cama.

—¿Y lo veías normal eso?

—Claro, estaban acostumbrados a eso desde siempre. ¿Qué iba a pensar yo?

En muchos casos como este, de los que me han consultado, he descubierto que el sexo acaba siendo la consecuencia lógica de una situación normal, que es una parte más de las relaciones humanas, incluso cuando esos lazos son tan íntimos y familiares. Por eso, esos actos son ignorados hasta que son descubiertos y se considera que se ha sobrepasado una línea moral que no estaba prevista en nuestra concepción de las relaciones.

Como a Martina le estaba costando verbalizar todas esas sensaciones, intenté tranquilizarla:

—Bueno, tranquilízate y sigue contándome, ¿qué vistes exactamente? —le decía yo.

—Pues un día que salí a hacer unos recados, al volver a casa, la puerta del dormitorio no estaba cerrada totalmente, y al pasar me quedé paralizada. Estaban los dos desnudos, haciendo un 69. O sea, la nena tumbada sobre él, lamiéndole la polla mientras él le comía el coño. Tenía que haber entrado en la habitación, enfurecida, pero no lo hice, no pude. Era una situación tan turbadora para mí que me quedé mirando, viendo como hija disfrutaba de todo eso. Seguramente, no sería la primera vez y yo me culpaba por no haber impedido que eso sucediera.

—Entiendo. Lo primero, decirte que nada de eso fue culpa tuya, no descuidaste a tu hija. Simplemente pasó porque tenía que darse. A ver, quiero decirte, que posiblemente su abuelo se aprovechó de la inocencia de la niña para estimularla, para hacerle sentir ese gusto por el sexo. No importa la edad, el sexo es siempre placentero cuando es algo consentido.

—¿Pero que tengo que hacer yo ahora? ¿Hablo con ellos? ¿La separo de su abuelo? —me preguntaba, angustiada.

¿Cómo podría responder yo a esto? Un tema tan delicado no tiene fácil solución. Cada situación tiene sus matices y no todas se pueden resolver igual. Era necesario profundizar en el asunto y acertar con la terapia adecuada para Martina, teniendo en cuenta todo lo que estaba sucediendo en su casa.

Fueron necesarias varias sesiones, en las que aplicando esas teorías que había estudiado, hice a Martina retrotraerse a su niñez, a esos episodios olvidados que estaban bloqueando su respuesta a ese problema:

—¿En tu niñez tuviste episodios parecidos a los de tu hija? —Le pregunté.

Ella se quedó dudando, en silencio, como intentando recordar y preguntándose si debía de contarme ciertas cosas….

—Cuéntame sin miedo, ya sabes que todo lo que me digas forma parte del secreto profesional y cuentas con toda mi discreción —le dije, para que hablara con total confianza conmigo..

—Bueno, lo normal, supongo. Muchas cosas no me acuerdo, era muy pequeña.

—¿Qué es lo normal para ti? ¿Lo que le está pasando a tu hija?

Martina se descomponía por momentos, porque esa indignación con la que venía a mi consulta se podía desvanecer, si realmente empezara a ser sincera conmigo:

—Para poder ayudarte, necesito que contestes a mis preguntas, con sinceridad, y a partir de ahí, buscar soluciones —le dije, más seria.

—Tiene razón. A eso he venido aquí. No puedo ocultarlo más —me dijo, resignada.

—Pues dime entonces.

—Cuando vi a mi hija con su abuelo en esa situación no hice nada, porque me causó mucho morbo presenciarlo y acabé excitándome. ¡Puffff! ¡Qué vergüenza……! Me masturbé, allí detrás de la puerta, viendo como mi hija le comía la pija a su abuelo —me confesaba, al fin.

—Bueno, no pasa nada. Es una reacción tan normal como otra. En tu caso, tu mente y tu cuerpo reaccionaron así, por alguna razón que no sabemos o no me quieres contar todavía….

—Sí, si yo le cuento…, pero no sé si tendrá que ver….

—A ver, dime……

—Hay algo que recuerdo. Una vez estaba en la cama con mi padre. Estaba desnuda, porque mi madre, cuando me vio, le dijo: – “¿Por qué tienes a la nena desnuda? Pero si estás duro….., ¿qué le estabas haciendo?” Y ahí empezaron a discutir, pero no sé lo que decían, yo salí de la habitación con miedo, con la sensación de que algo malo estaba haciendo, pero no sabía qué.

—¿Y eso sucedió más veces? ¿Hubo otras situaciones parecidas?

—No, no me acuerdo de más. Todo fue normal después —me decía, no muy convencida.

—No te preocupes. Ahí ya tenemos algo. Esa situación que pasaste creó un bloqueo en ti, inconsciente, olvidado, pero que al ver otra vez algo parecido a lo que te había pasado, todo eso salió a la luz y por eso no actuaste como esperabas.

—¿Y que puedo hacer? —se preguntaba, nuevamente ella.

—Cuando tuviste esa situación con tu padre ¿no recuerdas lo que estabais haciendo, si tocabas su pene, si él te tocaba, si todo eso era agradable para ti?

—No, no me acuerdo mucho, pero creo que me divertía todo eso. No puedo decir lo que sentía, porque era una niña, pero ahora lo identificaría con algo placentero.

—Quizás al ver a tu hija, quisiste vivir otra vez esos recuerdos que quedaron bloqueados por la bronca de tu madre y la discusión con tu padre, revivirlos en ella; y a la vez tu padre, vio en su nieta la oportunidad de hacer lo que no pudo hacer contigo….

—Puede ser. Nunca pensé que todo esto tuviera esas causas…..

—Entonces, ya creo que podemos empezar a quitarte ese bloqueo. Ahora ya puedes pensar mejor como te vas a enfrentar a esa situación familiar.

—¿Pero que hago, Doctora?

—Creo que debes hablar con tu padre, de lo que pasó cuando eras pequeña, despejar todo eso que te confunde de tu mente. Ahora ya eres adulta y puedes procesarlo todo con normalidad. Darle confianza a tu padre para que te explique todo lo que pasó, preguntarle si a ti te gustaba, si lo buscabas, cuantas veces disfrutasteis los dos de esos encuentros y como fue la reacción de tu madre a todo eso que vio. Si él paró de hacerlo, si continuó….

—¡Buufff! No sé si podré. Me tiembla todo el cuerpo solo de pensarlo….

—Pero es necesario, Martina, para después abordar lo que pasa con tu hija. Hablar con ella también, sin trauma, sin bronca. Dejarla explorar y disfrutar con lo que hace. Son unos años preciosos en los que se basa la felicidad futura de una persona.

—¿Usted cree?

—Con toda seguridad. Es mi trabajo encauzar estas problemáticas y yo, por experiencia propia, sé muy bien de lo que hablo.

Martina se quedó mirándome, sorprendida, y me dijo:

—¿Usted pasó por esto también?

—Muchas mujeres pasamos por cosas parecidas. Forma parte de nuestras vidas y hay que aprender a aceptarlo. Empieza a aplicar mis indicaciones y ya me contarás como vas avanzando….

Dentro de mi colaboración con los Centros Sociales de las “Villas miseria”, en ocasiones las visitaba, junto a las trabajadoras sociales para atender y ayudar a las personas que requerían mis servicios, en ese mundo oculto y tan desconocido donde la supervivencia es la única regla que impera y todo está justificado para lograrla.

Andando por aquellos callejones laberínticos de chabolas y construcciones a medio acabar, con niños correteando, medio desnudos algunos, entre los que llamaban la atención bastantes niñas embarazadas, que fue la realidad que más me tocó tratar.

Allí acudían las niñas con sus madres o sus abuelas para solicitar la paga del Estado por el embarazo, pero en realidad, no parecía importarles mucho lo sucedido a esa crías, ya que era un motivo para ingresar un dinero que les venía muy bien.

Una de esas niñas venía acompañada de su abuela, y se llamaba Lucía, tenía 13 años y 5 meses de embarazo, con unos hinchados pechos que hacían que su corta camiseta se subiera enseñando la abultada barriga que asomaba por debajo. Era muy morena, con unos ojos grandes que me miraban sonrientes a pensar de las circunstancias, pero cuando le pregunté quién era el padre, se quedó pensativa y no contestó, y fue cuando su abuela me dijo:

—Ni lo sabe…. Está todo el día en la calle, y ya se puede imaginar, se la cogen unos y otros.

Al preguntarle a la abuela donde estaba su madre, ella me dijo:

—Buscándose la vida, ya sabe, se va a putear a las calles.

En la ciudad hay unas zonas concretas donde se concentraban las mujeres en busca de clientes que nunca faltan, como los clubs del barrio de Palermo, dentro de la “zona roja”, Lugano, Constitución, o el famoso barrio de Las Flores.

Su abuela tenía miedo de que Lucía, dentro de poco acabara en uno de esos barrios vendiendo su joven cuerpo, que eran los más solicitados por los clientes a los que les gustaba la “carne fresca”, influida por alguna de sus amigas, que ya habían empezado.

Una de nuestras funciones era hacer un informe sobre la situación familiar de esas niñas y de las condiciones en las que vivían, por si era necesario algún tipo de protección, así que acudimos a su casa, que no era de las peores de la zona, y a pesar de su simpleza y modestia, la abuela, orgullosa, me dijo:

—La fuimos haciendo mi marido y yo poco a poco, cuando éramos jóvenes.

Al entrar en ella, al frente estaba una pequeña cocina, con una puerta que daba a un cuarto, con dos colchones tirados en el suelo y un pequeño mueble en una esquina y ante mi pregunta sobre quién dormía allí, la abuela me lo aclaró:

—Mi hija y su marido, con los niños; Eduardo, el mayor, Lucía y la más pequeña Ara, que tiene 4 años.

Prácticamente, juntando los dos colchones, disponían del espacio justo para dormir los 5 allí hacinados, por lo que la abuela me aclaró:

—Mi hija muchas veces ni viene a dormir, así que no tienen que estar tan juntos.

Pero esa dejaba la situación todavía peor, porque Lucía se quedaba toda la noche sola con su padre y su hermano mayor, sin esa supervisión materna, lo que ya me dio bastante información sobre lo sucedido.

En otro cuarto pegado, más pequeño todavía, dormían la abuela con su marido, que eran los que más se ocupaban de sus nietos, con otro posible candidato a ser el padre de la criatura en camino.

Durante ese trabajo social, se planteaba sacar a la niña de ese entorno, para protegerla de seguir siendo usada sexualmente por la familia, pero en ese caso perderían la ayuda económica que se solicitaba, algo fundamental para mejorar su situación, así como la de las demás familias con esos mismos casos.

Durante esa visita, yo miraba a la pequeña Ara, que jugaba prácticamente desnuda sobre el colchón, y me imaginaba que pronto le pasaría como a su hermana Lucía, y se volvería a repetir la historia y un proceso en el que la vida de esas familias gira en círculo, sin que puedan encontrar una salida a eso, simplemente adaptarse.

De todos modos, esa situación familiar no era de las peores de las que podría encontrarse dentro de esa miseria que les rodeaba, en donde la degradación humana parecía no encontrar límites, ya que dentro de esa lucha desesperada por la supervivencia, en otras familias, alquilaban a sus niñas o niños, a hombres, normalmente ajenos a esos poblados, que acudían allí a satisfacer esos bajos instintos, a cambio de unas monedas, sin ningún sentimiento de culpa.

Los “840” campaban a sus anchas entre esas callejuelas buscando a las niñas más bonitas, que compraban a sus familias, para llevarlas a los burdeles más exclusivos de la capital, para ofrecérselas a todos esos que pueden conseguir todo lo que quieran con dinero.

Al salir de esa casa, me fijé en una de esas niñas embarazadas que se veían por allí, y salió a mi encuentro una señora mayor, aunque seguramente aparentaba más años de los que tendría en realidad, y me dijo:

—Señora, necesito hablar con usted.

—Sí, bien, ¿qué me quiere decir?

Me señaló a la cría embarazada, mientras me decía:

—Es la segunda vez que me preña a la nieta, no sé que hacer.

Un poco desconcertada, le pregunté:

—Pero ¿quién la ha preñado?

—Su padre. Duerme con él. Su madre se marchó al poco de nacer y nos dejó solos.

Su situación era la misma de tantas familias que habitaban esos barrios míseros, en donde las mujeres y madres jóvenes, cansadas de los abusos familiares, muchas de ellas desde adolescentes se entregan a los “840” para dedicarse a la prostitución en la capital con la ilusión de una vida mejor a la que normalmente no llegaban. A las más agraciadas se las llevaban a ejercer en los clubs o pisos de alterne de alto standing, y cuando ya no tenían demanda, por su deterioro a causa de las drogas y la mala vida, su trabajo se iba degradando más, hasta acabar en las calles de los parques industriales, ofreciendo su mercancía a bajo precio.

En esos casos eran las abuelas las que cuidaban de sus nietos, aunque no siempre conseguían apartar a las niñas de ese camino, en el que seguramente acabaría esa nena convertida en el juguete de su padre, por lo que le pregunté a la abuela, sabiendo la respuesta que me iba a dar:

—¿Y por qué la cría no duerme con usted, si no tienen más camas?

—Cuando era pequeña si dormía conmigo, pero cuando empezó a crecer, el padre empezó a llevársela con él. Cuando se quedó embarazada la primera vez, perdió a su bebé, y ahora fíjese como está otra vez.

—Señora, si hago un informe de su situación, seguramente se lleven a la nena a un refugio de menores, donde esté protegida y tenga una mejor atención que en su casa. ¿Usted quiere eso?

—¡Ay, no! No quiero que me quiten a mi nieta. Yo la cuido lo mejor que puedo, le busco comida, la lavo, le consigo ropa para que esté bien guapa. No dejo que los chicos se acerquen a ella….

—Ya, hace todo eso, pero de su padre no puede librarla. ¿Cómo hacemos?

—Mi hijo tendría que conseguirse una mujer para que dejara en paz a la nena —me decía, con cierta desesperación.

—Eso ya es cosa de él, pero de momento, tiene que llevar a su nieta al Centro Social para que atiendan su embarazo y pueda llegar a buen término, porque ya está muy avanzado y no puede abortar. ¿La ha llevado alguna vez?

—No. ¡Que vergüenza! ¿Qué me dirían al verla así?

—Allí están acostumbrados a estos casos, y sería lo mejor para la niña. También podrían darle unas pastillas para que no vuelva a quedarse embarazada.

—¡Ah! Sí, eso sería lo mejor. Podría dormir más tranquila por las noches, sin tener que escuchar sus gemidos con miedo de que la vuelva a embarazar.

—¡Aja! Entonces lo que le preocupa son solo los embarazos, no que el padre se esté cogiendo a la niña. ¿Se da cuenta de que es cómplice de toda esa situación? Pero no la culpo por ello, la entiendo perfectamente, porque veo que no tiene autoridad sobre su hijo para evitar eso.

—Es lo que pasa en todas las casas aquí, pero tiene razón, lo que más me avergüenza es que vean a la nena con esa barriga.

—Pues vaya al Centro social, porque allí la podrán ayudar —le dije, para concluir el tema, sin otra cosa que pudiera hacer.

Aunque a veces era dura la percepción de todos problemas que tenían mala solución, lo más interesante de mi trabajo es que podía llegar a conocer las dos caras de esa misma moneda, la de todas esas mujeres que desde niñas fueron utilizadas y aprendieron a vivir de esa forma, porque era lo que veían a su alrededor, y la de la otra parte de la sociedad que se aprovechaba de esas circunstancias.

En ocasiones, pude hablar con alguno de esos hombres que vivían en esos barrios, que por incultura o influencia del medio en el que vivían, se veían abocados a hacer ciertas cosas que no les gustaban, o que en otros casos, me confesaban su especial atracción por las niñas, no sin ese pesar por el daño causado, del que a veces eran conscientes, pero era algo que habían aprendido desde niños, o se habían visto en ello siendo ya adultos.

La casuística era mucho más variada de lo que podría pensarse en un principio, y no todos los casos podrían tratarse por igual.

Podría empezar por Leandro, habitante de la Villa 31, una de las más populosas y donde más problemas se daban. Tenía 40 años, padre de tres hijos, de los cuales una era niña, y era la causa por la que acudió a mí, tras convencerle su mujer, con la que ya había tenido otras sesiones en las que me transmitía su preocupación por su hija, y lo único que deseaba era que ayudase a su marido a controlar sus impulsos, algo para lo que no había sido educado.

Yo le pedí a Leandro que me contara como había sido su vida desde su niñez, y él fue hablando:

—Yo tenía dos hermanas y desde niño veía como mi padre abusaba de ellas. A veces llegaba en la noche borracho, y mandaba a mi madre a dormir conmigo, para llevarse a mi hermana mayor a dormir con él. Obviamente, tenía sexo con ella, sin que mi hermana pudiera oponerse, porque fue algo a lo que se acostumbró y yo veía que acababa gozándolo. Desde la cama de al lado, mi madre y yo veíamos como la penetraba y la hacía gemir de gusto, de forma que nosotros nos excitábamos también, y mi madre empezaba a masturbarme, hasta pedirme que la cogiera también. Me da vergüenza contarle todo esto….

—No te preocupes. Yo nunca juzgo a nadie, háblame con toda confianza.

—Bien, continúo. Eso acabó sucediendo casi todas las noches, desde que tengo recuerdos, hasta que empezó también con mi hermana pequeña, y la mayor se acostaba conmigo para tener sexo también. Yo creía que todo eso era normal, hasta cierto punto, y que pasaba en todas las casas. No fui al Colegio y no sabía nada de la vida. Esa era mi única enseñanza de como debía relacionarme con las mujeres, aunque fueran de mi propia familia.

—Por eso, cuando te casaste, y tuviste hijos, te sentiste inclinado a continuar con esas prácticas.

—Así fue. A mi mujer le sucedió lo mismo cuando era niña. No le iba a extrañar todo eso….

—¿Ella te permitió sexualizar a tu hija? —le pregunté.

—No le gustaba cuando me veía con la niña y cuando quería joderla, intentaba evitarlo, haciéndome ella correrme, pero cuando ella no estaba, si empecé a metérsela. No podía evitarlo, era muy rico para mí. Mi cuñado también venía por casa para estar con ella. Me decía que era tan putita como su madre, y que de niña le gustaba mucho la verga también. Me contaba como la cogía y todo eso me perturbaba… A veces estábamos los dos con ella, pero no estoy orgulloso de ello. No sé por qué dejé que mi cuñado la usara. Cuando mi mujer acabó enterándose de todo, empezó a venir aquí para pedir ayuda, pero casi nos quitan a la niña y eso fue lo que me hizo cambiar. No quiero que siga pasando.

—El que vengas aquí, ya es una gran paso y si no quieres seguir satisfaciéndote con tu hija, tendrás que hacer un gran esfuerzo para reeducar tu mente y controlar tus impulsos. Son demasiados años de corrupción familiar y tu hija ya forma parte de ello, por lo que también necesitará ayuda. Sería bueno que la trajeras por aquí.

Eran tantos casos extremos los que se daban en esos abandonados barrios, que era imposible abarcarlos todos y prestar toda la ayuda necesaria, porque ni la Policía intervenía para controlarlos, al considerar que todas las mujeres allí eran prostitutas, aunque fueran niñas, y no se merecían ninguna protección, ya que ellos mismos participaban y se beneficiaban de esos abusos.

Solo en una ocasión, me derivaron a un hombre que se dedicaba a alquilar a su propia hija a otros hombres, entre los que estaban Médicos, Abogados, Empresarios…., y gente importante de la ciudad, por lo que cuando saltó el escándalo, tuvieron que hacer su trabajo.

De todas formas, ese hombre no quiso colaborar en ningún tipo de tratamiento. Carecía de sentimientos y era ya un caso perdido, uno de tantos monstruos de los que producía la miseria de esas villas, donde no existía ningún orden moral.

Dentro de mis consultas privadas, así fue como acudió a mi consulta un matrimonio que estaba en proceso de separación, y trataban de arreglar sus diferencias para que todo fuera menos traumático para ellos dentro de un mutuo acuerdo, para lo cual era necesario curar sus heridas internas y perdonarse mutuamente todo lo relacionado con la parte psicológica de la relación, aceptando las debilidades humanas de la otra parte, algo fundamental para que durante una relación, el amor no se convierta en odio.

Durante ese proceso, se iban a echar en cara sus frustraciones y decepciones, pero también tendrían que aceptar y sacar la luz todas esas complicidades íntimas que se fueron dando durante su matrimonio.

De este modo, la mujer empezó hablando:

—Doctora, esto es muy embarazoso para nosotros, pero mi marido necesita ayuda, seguramente los dos la necesitamos. Por eso estamos aquí.

—Bien, ¿qué tipo de ayuda? ¿Qué problema han tenido en su matrimonio?

—A mi marido le gustan las niñas. En realidad, siempre lo he sabido, pero he mirado para otro lado. No era consciente del problema que suponía esto.

Su marido escuchaba con la cabeza baja, avergonzado por tener que exponer todo eso en mi consulta, y le dije a su mujer, ya que él no decía nada:

—Bueno, puede llegar a ser un problema, sí, pero ¿ese problema se ha dado?

—Claro. Hemos tenido dos niñas, pero nunca pensé que se atreviera con ellas. A él le gusta mirarlas, se excita con ellas, pero nunca había llegado a nada con ninguna.

—Ya entiendo  —le dije— Supongo que ha empezado a tocar a las niñas….

—Así es doctora. Primero le vi con la mayor, pero ahora ya ha empezado con la pequeña, también.

—¿Qué edades tienen las niñas?

—12 y 8.

—Ya, pero supongo que esto no es de ahora. Lleva tiempo sucediendo.

—Sí, y me siento culpable por no haber sabido parar esto, por dejar que las enviciara desde pequeñas.

—En cierta forma, es usted cómplice de su marido, de todo lo que ha pasado.

—Así es, es horrible. No puedo vivir con esto y por eso quiero separarme.

—Bueno, Rafael —que era como se llamaba su marido— Necesito que me de su versión de todo esto que ha contado su mujer.

—Ella tiene razón. Me gustan las niñas, me atraen mucho, pero eso nunca ha sido un problema entre nosotros. Los dos hemos jugado con ese morbo. Ella se excitaba también y disfrutábamos de ello.

—¿Es verdad eso, Adela —el nombre de su mujer?

—En un principio si. No era consciente de hasta donde podíamos llegar. Por eso me siento así de mal ahora.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué las niñas no han aceptado esos juegos? ¿Se han sentido forzadas? —le pregunté.

Los dos se quedaron mirándose como no sabiendo que contestar, pero al final Adela, me dijo:

—Nuestras hijas están encantadas. Han cogido mucho vicio, hasta la pequeña se viene a la cama con nosotros, pero eso es lo malo ¿no? Doctora.

—Bueno, no sé que decirle. He conocido muchos casos así y si a las niñas les gusta no suele haber problema.

—Pues el problema es ese, Doctora, que les gusta —me dijo Adela, contrariada.

—Ya, a usted le cuesta aceptar eso. ¿Se siente desplazada por las niñas? ¿Qué le han robado a su marido?

—Bueno, algo así. No sé explicarle. Ahora ya no tenemos momentos de intimidad. Durante el sexo siempre están presentes ellas, por lo que él les presta más atención que a mí.

—¿Se siente celosa de sus hijas?

—Supongo que sí. ¿Cómo quiere que me sienta cuando mi marido se pone encima de la mayor para penetrarla?

—Pero en cierta forma, usted ha consentido que eso llegara hasta ese punto, así que su marido tampoco es el único responsable de ello.

—Sí, lo reconozco, empecé consintiendo que él trajera a la mayor a nuestra cama, porque a mí me daba morbo que nos viera follar. Puede que sea una degenerada, una mala madre, pero en esos momentos de máxima excitación, puedes aceptar cualquier cosa.

—Bueno, tampoco es así, no tiene por qué culpabilizarse. Hay que asumir que es algo que sucedió y entre los dos tendrían que ir encauzándolo, porque en el fondo creo que a usted, Adela, le sigue excitando todo eso, aunque a veces se sienta mal. No veo que la solución a eso sea separarse, porque las niñas lo van a llevar mal eso, ¿no?

—No, ellas no quieren que nos separemos. No quieren estar yendo de casa en casa para pasar tiempo con su padre. Además, él las va a seguir follando y yo no voy a estar allí para verlo.

—Entonces, está admitiendo que disfruta viendo a su marido con las niñas. Todo esto viene de un complejo de culpabilidad que se ha creado, no sé si influido por alguien o por miedo de lo que pueda pasar.

—Esto solo lo he hablado con mi amiga Sofía, que es bastante liberal, también, para estos temas. Ella también tiene niños y entiende perfectamente lo que pasa, pero al contrario, me dice que estoy loca por querer separarme por eso. Me dice que soy tonta, que lo tengo que disfrutar y empezar a ver las cosas de otra manera.

—Quizás su amiga Sofía tenga razón, ¿Ella también tiene esa situación en su casa?

—Sí, pero ella tiene un niño y una niña, y bueno, es diferente, porque ella lo disfruta también.

—¡Aja! Ya veo…. Tiene una cierta envidia de su amiga porque puede disfrutar de su niño. ¿Eso le gustaría a usted?

—Bueno, ella me ha invitado a su casa alguna vez, y lo ha compartido conmigo, y ha estado genial, la verdad.

En ese momento, intervino su marido para decirme:

—Lo vé, Doctora. A ella le encanta todo esto. Yo le dejo toda la libertad para que haga lo que quiera, pero ella me culpabiliza a mí de lo que ha pasado en nuestra casa.

—Está claro, Rafael. Creo que los dos tienen que dejarse de reproches y sentimientos tóxicos. Deben volver a buscar esa complicidad por el bien de sus hijas. Creo que necesitan unas cuantas sesiones de terapia para reconducir todo esto. Deberían hablar más con sus hijas de todo esto. Ellas están en una edad complicada, en la que están formando su personalidad y necesitan verles juntos, amándose como ha sido hasta ahora. Su amiga Sofía también puede ser un buen apoyo, aprender de ella, de su forma de vivir en familia. Creo que sería un error total que siguieran adelante con esta separación.

Adela se quedó un poco un poco confundida. Ella no había ido allí para que yo le dijera esto, pero solo era el resultado de todo lo que me habían contado. Su marido la quería, y ella también le quería, mucho más de lo que pensaba, sí que no había razones para romper una familia que hasta ese momento había sido feliz.

Pero a Adela le costaba aceptar que ella tuviera que cambiar su actitud, porque creía que era la correcta. En la educación que le había dado, y que han dado a todos, no es aceptable que un padre tenga sexo con sus hijas, pero sucede, contrariamente a todo lo estipulado. Tampoco se acepta que a un hombre le gusten las niñas sexualmente, pero siempre ha habido ese tipo de hombres, muchas veces reprimidos en su deseos. Una madre también puede sentirse atraída sexualmente por sus hijos, y a veces se consuma ese deseo sin que el mundo se venga abajo.

En mi consulta siempre intenté que las personas se aceptaran como eran, aunque no fueran como esperarían los demás. Se puede amar sin hacer daño, se puede disfrutar del sexo en libertad, en espacios seguros y controlados, y mi misión era preparar a las personas para llegar a conseguir eso.

4 Lecturas/17 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Veronicca
Etiquetas: colegio, hermana, hermano, hermanos, madre, mayor, recuerdos, sexo
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