Trío con nuestro hijo
Fuimos padres muy jóvenes y nuestro hijo parecía de nuestra edad. Una cosa llevó a la otra..
Elena, Miguel y Andrés
Elena tenía treinta y seis años y un cuerpo que todavía hacía voltear cabezas. Curvas generosas, caderas anchas, senos firmes y pesados, cintura marcada y unas piernas largas que se veían aún más largas cuando se ponía tacones. Miguel, treinta y siete, seguía siendo el mismo hombre alto y de brazos fuertes que la había embarazado a los dieciséis. Andrés, su hijo de veinte, había heredado la altura del padre y la belleza casi andrógina de la madre: ojos oscuros, mandíbula marcada, sonrisa fácil. Cuando los tres salían juntos, la gente casi nunca asumía que eran padres e hijo. Parecían tres amigos jóvenes que se divertían demasiado bien.
La fantasía había empezado hace años, en la cama, después del sexo. Miguel le confesó a Elena que le excitaba la idea de verla con otro hombre. Ella, después de reírse nerviosa, admitió que también lo había pensado. El problema era el miedo. Un desconocido podía ser peligroso, podía chantagearlos, podía no respetar los límites. Así que la idea se quedó ahí, como una llama pequeña que nunca se apagaba del todo.
Una noche, medio borrachos después de una fiesta, Miguel soltó la broma:
—Si no encontramos a nadie de confianza… siempre está Andrés.
Elena se atragantó con el vino y luego se rió. Andrés estaba en su cuarto. La risa se les quedó en la garganta un segundo más de lo normal. Después hablaron en serio. Poco a poco. Sin prisa.
La playa
El primer momento real ocurrió en la playa. Elena se puso una tanga negra mínima y un top que apenas contenía sus pechos. Miguel se quedó mirándola desde la toalla mientras Andrés salía del agua. El chico se detuvo un segundo al verla. El agua le escurrió por el pecho y el abdomen. Elena se dio cuenta de la mirada y, en lugar de cubrirse, se estiró de lado, arqueando la espalda. La tela de la tanga se le metió entre los labios de su coño. Andrés se sentó cerca. Miguel observaba a los dos en silencio, con la polla ya medio dura bajo el short.
Esa noche, en el hotel, Miguel se la folló con más fuerza de lo habitual mientras le decía al oído:
—¿Viste cómo te miraba? Se le notaba todo.
Elena gimió y se corrió pensando exactamente en eso.
El antro
Empezaron a salir los tres con más frecuencia. Una noche en un antro oscuro, con música alta y luces rojas, Elena sacó a Andrés a bailar. Al principio era inocente. Después se pegó más. La ropa de ambos estaba sudada. Ella le dio la espalda y restregó su culo contra la entrepierna de su hijo. Andrés se puso duro casi de inmediato. Elena sintió la erección presionando contra su nalga y no se apartó. Al contrario: movió las caderas más despacio, más deliberado. Miguel los miraba desde la barra, bebiendo, con los ojos oscuros.
Cuando regresaron a la mesa, Andrés tenía la respiración agitada. Elena le puso una mano en el muslo bajo la mesa y la dejó ahí.
El microbús
Otra tarde, regresando de cenar, el microbús iba lleno. No había asientos. Elena quedó atrapada entre Andrés y un poste. La gente los empujaba. Cada frenada hacía que el cuerpo de ella se pegara completo al de su hijo. El pecho de Elena se aplastaba contra el torso de Andrés. Su entrepierna rozaba la de él. Al principio intentaron separarse un poco. Después dejaron de intentarlo. Durante casi media hora estuvieron así: respirando el mismo aire, sintiendo el calor del otro, el roce constante. Cuando el microbús dio un brinco, la mano de Andrés se aferró a la cadera de su madre para no caerse. No la soltó. Elena tampoco se movió. Cuando bajaron, los tres iban en silencio. La tensión era espesa.
Esa noche
Llegaron a casa todavía con alcohol en la sangre. Miguel abrió otra botella. Pusieron música baja. Elena se levantó a bailar sola primero, moviendo las caderas con esa forma perezosa y sensual que tenía cuando estaba excitada. Andrés se quedó sentado, mirándola. Miguel también.
Ella le extendió la mano a su hijo.
Andrés se levantó. Bailaron pegados. Elena le rodeó el cuello con los brazos. Él le agarró la cintura. Poco a poco las manos bajaron hasta las nalgas. Elena no lo detuvo. Se frotó contra él de frente, sintiendo la dureza completa de la polla de su hijo contra su vientre. Luego se giró y le ofreció la espalda. Andrés la abrazó por delante, una mano subiendo hasta un seno, apretándolo por encima de la blusa. Elena soltó un gemido bajo.
Miguel se levantó. Se acercó por detrás. Se pegó a la espalda de su esposa. Ahora Elena estaba en medio, intercalada entre los dos cuerpos. Miguel le besó el cuello mientras Andrés le besaba la boca por primera vez. Fue un beso lento, sucio, de lengua. Elena tembló. Miguel le bajó el cierre de la falda. Andrés le subió la blusa. Los senos pesados de Elena quedaron libres. Andrés se inclinó y le chupó un pezón mientras Miguel le metía la mano entre las piernas y le acariciaba el coño por encima de la tanga, encontrándola ya empapada.
—¿Estás segura? —preguntó Miguel contra su oído.
—Sí —respondió ella, con la voz rota—. Quiero a los dos.
La llevaron al sofá. Elena se arrodilló. Les bajó los pantalones a los dos. Sacó las dos pollas: la de su marido, gruesa y conocida, y la de su hijo, más joven, más dura, con la cabeza ya brillante de precum. Las sostuvo juntas y las lamió. Primero una, después la otra. Después las metió ambas en la boca lo más que pudo, babeando, mirando hacia arriba. Andrés soltó un gemido gutural al sentir la lengua de su madre. Miguel le sujetó el cabello y le empujó un poco más profundo.
Después la acostaron. Miguel se metió entre sus piernas y le abrió los labios del coño con los dedos mientras Andrés le daba de mamar los pechos. Miguel la lamió hasta que ella se retorcía, y entonces empujó su polla dentro de un solo movimiento. Elena gritó. Andrés se arrodilló junto a su cara y le metió la verga en la boca. La follaron así un rato: Miguel embistiendo fuerte, Andrés follándole la garganta. El sonido de piel contra piel y de saliva era obsceno.
Cuando Miguel se salió, Andrés tomó su lugar. La primera vez que la polla de su hijo entró en ella, Elena tuvo un orgasmo casi inmediato. Estaba tan mojada que Andrés se deslizó hasta el fondo sin resistencia. Él se quedó quieto un segundo, mirándola a los ojos, y después empezó a moverse. Lento al principio. Después más rápido. Miguel se puso al lado y le dio de mamar un pecho mientras le frotaba el clítoris. Elena se corrió otra vez, apretando la polla de Andrés con fuerza.
La cambiaron de posición. Elena a cuatro patas. Andrés se metió por detrás. Miguel se arrodilló frente a ella y le folló la boca. El ritmo se volvió salvaje. Andrés le daba nalgadas y le agarraba las caderas con fuerza, enterrándose hasta las bolas. Elena babeaba alrededor de la verga de su marido y gemía con cada embestida.
Al final la pusieron de lado. Miguel se metió en su coño. Andrés, todavía duro, le acercó la polla a la boca otra vez, pero Elena lo detuvo con una mano y lo guió hacia su culo. Con saliva y con el líquido de su propio coño lo prepararon. Andrés empujó despacio. Elena jadeaba, abierta, recibiendo a los dos al mismo tiempo. Cuando estuvo completamente llena, los tres se movieron juntos. Miguel por delante, Andrés por detrás, sincronizados. El roce de las dos pollas dentro de ella, separadas solo por una delgada pared, era demasiado. Elena se corrió gritando, temblando, apretando a los dos. Miguel se vino primero, llenándola. Andrés duró un poco más y se corrió dentro de su culo, profundo, con un gemido largo y roto.
Se quedaron enredados en el sofá, sudados, respirando agitados. Elena tenía semen corriéndole por los muslos y entre las nalgas. Andrés le acariciaba el cabello. Miguel le besaba el hombro.
Nadie habló durante un rato. Solo el sonido de la respiración y de la música baja que todavía sonaba.
Después Elena se incorporó un poco, miró a los dos y sonrió, cansada y satisfecha.
—Esto… no puede ser solo una vez.
Miguel y Andrés se miraron. Andrés todavía tenía la mano en la cadera de su madre.
—No va a ser solo una vez —dijo Miguel.
Y esa noche, más tarde, volvieron a empezar.

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