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Fantasías / Parodias, Incestos en Familia

Viaje al pasado y me cogí a mi madre

Inventé una máquina del tiempo y viajo al pasado para coger e a mi madre.
Siempre había fantaseado con ella. Mi madre, Leonor —Leo para todos—, tenía 44 años ahora: piel blanca como la leche, ojos esmeralda que brillaban con picardía y ternura, cabello teñido de pelirrojo que le caía en ondas hasta los hombros. Era bajita, pero su cuerpo lo compensaba todo: unas nalgas redondas y jugosas que se marcaban bajo cualquier pantalón, y unos pechos grandes, pesados, redondos, que se movían con cada paso y me ponían la polla dura al instante. Muchas noches, encerrado en mi habitación, me masturbaba pensando en ella. Me imaginaba arrancándole la ropa, chupando esos pezones rosados, metiéndole la verga hasta el fondo mientras gemía mi nombre. Me corría con fuerza, manchando mis sábanas, y al día siguiente volvía a hacerlo. Era una obsesión enfermiza.

Tenía 25 años, alto, delgado, cabello negro revuelto y una cara bien parecida. Pero ninguna chica me importaba. Solo ella. Hasta que lo logré: inventé la máquina del tiempo en el sótano de casa. La programé para el año 1987, cuando mi madre tenía 19 años: hermosa, con el cabello negro azabache natural cayéndole como una cascada brillante por la espalda. Quería conquistarla antes de que fuera mi madre. Quería follármela siendo ella misma, joven y fresca.

Activé la máquina. El mundo se distorsionó y, de pronto, estaba allí. Sabía dónde trabajaba: asistente de dentista en un consultorio pequeño del centro. Entré con el corazón latiéndome en la garganta y la polla ya medio dura.

Y entonces la vi.

Estaba detrás del mostrador, ordenando fichas. Piel blanca impecable, ojos esmeralda que se alzaron hacia mí. El cabello negro azabache le caía suelto hasta la cintura. Era más baja, pero su cuerpo… joder. Delgada, cintura estrecha, piernas torneadas bajo una minifalda blanca ajustada que apenas le cubría los muslos. Sus pechos redondos y firmes empujaban contra la blusa blanca con escote en V, dejando ver el valle profundo. Las nalgas se marcaban redondas y altas cuando se giró. Era mil veces más sexy que en las fotos. Mi polla se endureció completamente. Sentí un calor brutal: deseo animal y amor enfermizo. Esa era mi madre… pero aún no. Era Leo, la chica de 19 años que iba a ser mía.

Pedí cita con el dentista. Mientras esperaba, me acerqué y empecé a coquetear. Al principio me miró con sonrisa educada, pero pronto la hice reír. Le dije que su cabello era el más bonito que había visto, que sus ojos me recordaban al mar. Hablamos de música, películas, del olor a cloroformo. No podía dejar de mirarle los labios carnosos.

Empecé a aparecer “casualmente” donde iba: cafetería, parada del autobús. Al tercer encuentro la invité a salir. Aceptó.

La primera cita fue en un restaurante pequeño. Fui caballeroso, le pagué la cena, le dije lo hermosa que estaba con ese vestido corto. Al final, bajo una farola, la atraje hacia mí. Sus labios eran suaves, cálidos, sabían a cereza. Cuando la besé sentí una descarga eléctrica. Mi lengua entró en su boca y ella gimió bajito. La apreté contra mi cuerpo, notando sus pechos firmes aplastados contra mi pecho. Mi polla se puso como piedra contra su vientre. La besé más profundo, devorándola, mezclando saliva, sus manos en mi nuca. Fue el beso más intenso de mi vida.

Volvimos a salir varias veces. Cada vez la besaba con más ganas, tocándole la cintura, rozando sus nalgas por encima de la ropa. Ella se excitaba, se frotaba contra mí.

La sexta cita fue a la playa. Cuando se quitó el vestido y se quedó en bikini rojo diminuto… casi me corro en los pantalones. La parte de arriba apenas contenía sus pechos redondos y firmes, pezones duros marcándose. La tanga se hundía entre sus nalgas perfectas, dos globos blancos y redondos. Pasamos el día besándonos en el agua, mis manos deslizándose por su espalda y nalgas.

Esa misma noche, en un hotelito cerca de la playa, pasó.

Cerramos la puerta y nos besamos como animales. Le quité el bikini. Por primera vez toqué sus pechos desnudos: redondos, firmes, pesados. Los apreté, amasé, sintiendo la carne suave y caliente. Chupé sus pezones rosados, duros como piedras, lamiéndolos y mordisqueándolos mientras ella gemía y arqueaba la espalda. Bajé las manos y agarré sus nalgas por primera vez sin ropa: redondas, suaves, elásticas. Las separé, metí un dedo entre ellas y rocé su ano apretado; ella se estremeció.

La tiré en la cama, le abrí las piernas y la penetré de un solo empujón. Su coño era estrecho, caliente, mojado, me apretó como un guante de terciopelo ardiente. Empecé a follarla fuerte, profundo. Sus pechos rebotaban. Le agarré las nalgas, levantándola. “Leo… joder, estás tan apretada… eres mía…” Ella gemía: “¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Fóllame, Héctor!”

La volteé a cuatro patas, penetrándola desde atrás. Sus nalgas chocaban contra mis caderas con sonido húmedo y carnoso. Le di nalgadas, metí un dedo en su ano. Se corrió gritando, su coño apretándome.

No aguanté. La giré, le abrí las piernas al máximo y la follé mirándola a los ojos. Sentí que me venía. “Leo… me voy a correr dentro…” Ella me clavó las piernas: “¡Sí! ¡Lléname!”

Me corrí con un rugido. Chorros gruesos y calientes inundaron su coño joven, llenándole el útero. Me vacié completamente, sintiendo cada pulsación mientras seguía embistiéndola. El orgasmo fue brutal.

No quería que esa noche acabara. Seguimos abrazados, desnudos, sudados, dándonos pequeños besos en labios y cuello, acariciándonos. No pasó ni media hora y ya estaba otra vez con la polla dura como acero, palpitando contra su muslo.

La puse de espaldas y me hundí en ella. Su coño seguía lleno de mi semen anterior, resbaladizo y caliente. Sentía cada contracción de sus paredes succionándome. La follé lento, luego fuerte. La volteé a cuatro patas, agarré sus nalgas y la penetré brutalmente, nalgadas sonando, dedo en su ano. Ella gemía como loca.

Se giró, se arrodilló y me mamó como una diosa: lengua girando alrededor del glande, bajando hasta la garganta, tragándosela toda, saliva chorreando, manos masajeando mis huevos. La follé la boca unos minutos.

Luego juntó sus pechos alrededor de mi verga y me masturbó con ellos: carne suave y pesada envolviéndome, pezones rozando el glande. Empujaba entre ellos, dejando precum en su escote, ella lamiendo la punta.

La tiré en la cama, piernas sobre mis hombros, penetrándola profundo, rozando su útero. Luego ella encima, cabalgándome salvaje, nalgas rebotando, pechos golpeándome la cara mientras los chupaba. La agarré de la cintura y la embestí desde abajo.

Finalmente de lado, en cuchara, metiéndosela hasta el fondo. Se corrió otra vez, apretándome tan fuerte que casi me saca la leche. “Leo… me voy a correr otra vez dentro…” “¡Sí! ¡Lléname!”

Me corrí rugiendo, chorros espesos inundando su coño otra vez, rebosando por sus labios y muslos. Placer tan intenso que me temblaron las piernas.

Caímos exhaustos y nos dormimos.

Al día siguiente despertó sola. Yo había regresado al presente.

Todo había cambiado. Yo era el producto de esa noche. Yo era mi propio padre. Mi madre, Leonor de 44 años, vivía sola, esperando a ese joven misterioso de hacía 25 años. Nunca se casó. Me miró con lágrimas en los ojos.

Le conté todo: que era su hijo y el hombre que la folló en 1987, la máquina del tiempo, cada detalle de cómo la conquisté, cómo le toqué los pechos y nalgas, cómo la penetré, cómo me corrí dentro dos veces. Le describí la marca de nacimiento bajo su nalga izquierda, cómo gemía cuando le chupaba los pezones, el tatuaje secreto.

Se quedó en shock, no me creía. Pero los detalles la convencieron. Se acercó, me tomó la cara y me besó. Le devolví el beso con toda la pasión acumulada.

Esa noche cogimos como perros en celo. La follé en el sofá, contra la pared, en la mesa de la cocina, en su cama. Le chupé los pechos pesados, mordí sus nalgas jugosas, la penetré en todas las posiciones. Me mamó la verga con maestría, me masturbó con sus tetas, y me corrí dentro de ella tres veces más, llenándola de semen caliente mientras gritaba mi nombre.

Ahora Leo es mía. Yo soy suyo. El tiempo ya no importa. Solo importa esto: su cuerpo, mi verga dentro de ella, nuestro deseo sin fin. Para siempre.

7 Lecturas/12 mayo, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: hijo, joven, madre, orgasmo, padre, playa, semen, viaje
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