Celeste la infiel completo
Su esposo está muy lejos y recure a su compañero de trabajo .
Hola le quiero contar cuando empeze a salir con una mujer casada, su esposo trabaja en otro estado, y ella queriendo ser productiva entro a trabajar, pero como era muy hermosa todos los hombres la volteaban a ver, y ella lo sabia, y le gustaba que la vieran.
Un dia en el trabajo mientras ella tomaba agua en el filtro se le cayo un poco de agua en su blusa blanca dejando ver su sosten color negro y sus pezones erectos por el frio, fue cuando yo aproveche para acercarme a hablarle, le dije «se te mojo la blusa» y ella me contesto «asi es como me gusta» mientras se mordia el labio y me miraba de una manera que me puso muy duro.
Yo me rei nervioso, tratando de disimular cómo su mirada me había prendido como una cerilla en gasolina. «Deberías tener cuidado,» le dije, bajando la voz mientras mis ojos recorrían sin permiso el mapa húmedo que el agua había dibujado sobre su blusa. «En esta oficina hay muchos lobos.» Ella dejó escapar una risa baja, como si llevara años esperando que alguien le dijera exactamente eso.
«¿Incluyéndote?» Sus dedos jugueteaban con el borde del filtro de agua, haciendo girar la llave lentamente. El sonido del metal chirriando llenó el silencio incómodo entre nosotros. Yo sabía lo que estaba haciendo. Ella también. Era ese tipo de juego donde las reglas se escriben con miradas y las fichas son los latidos que se aceleran cuando alguien da el primer paso.
No quise perder el tiempo en tonterias y le pedí su número para poder hablar fuera del trabajo. Ella me lo escribió en el borde de una factura vieja que saqué del bolsillo, con esa letra redonda y juguetona que tanto la caracterizaba. El papel quedó húmedo bajo sus dedos cuando lo pasó de vuelta, como si el contacto con su piel lo hubiera vuelto frágil, casi transparente.
Dos días después, mientras tomábamos café en un lugar cerca de la oficina, ella me contó que su esposo llevaba seis meses trabajando en Texas. «Me manda mensajes dulces, fotos de la obra donde está… pero son como postales de un viaje que ya no quiero hacer», dijo, revolviendo el azúcar en su taza sin mirarme. El anillo de matrimonio brilló bajo la luz amarilla del local y, por primera vez, me pregunté si realmente estaba dispuesto a jugar con fuego.
Le pregunté si no sentia sola y si extrañaba asu esposo y solo solto una risita mientras acercaba su silla hacia la mia, «A veces pero el cuerpo pide lo que pide» me dijo mientras pasaba su mano por mi pierna sintiendo como ya estaba duro de nuevo, «parece que no soy la unica que necesita algo» dijo y yo solo asenti con la cabeza sin poder hablar mientras ella se mordia el labio otra vez.
Me conto que ya avia engañado a su esposo en alguna ocupación anterior con otros hombres, pero que ninguno la habia dejado tan prendida como yo desde el primer día. «Hay algo en ti», murmuró mientras su mano subía más allá de mi rodilla, los dedos dibujando círculos que me hacían contener la respiración.
Le pregunté si quería salir con migo mientras que su esposo no regresará del trabajo, ella me miro fijamente mientras se lamía los labios y me dijo «Mejor llevame a tu casa ahora mismo». Nos levantamos de la mesa dejando los cafés a medio tomar y salimos del lugar caminando rápido hacia el estacionamiento. El aire entre nosotros cargado de electricidad, cada paso era una cuenta regresiva hacia lo que ambos sabíamos que iba a pasar.
Cuando abrí la puerta de mi departamento, ella entró primero, dejando caer su bolso en el suelo como si fuera un guante arrojado al reto. Sin darme tiempo a cerrar, ya estaba desabrochando los botones de mi camisa con dedos ávidos. «Quiero sentirte», susurró contra mi boca mientras me empujaba contra la pared, sus caderas presionando contra las mías con una urgencia que me dejó sin aliento.
Celeste es muy hermosa, tienes pechos pequeños y pero un trasero redondo y sexi, no deje que ella me dominara, y la carge y la lleve a mi cama para desvestirla, llevaba una tanguita negra pequeña que dejaba ver su vagina bien depilada y mojada.Sus manos buscaron mi cinturón con una urgencia que delataba años de abstinencia mal fingida. «Dios, cómo lo necesito», jadeó contra mi cuello mientras el cuero cedía bajo sus dedos. El sonido del cierre bajando fue como el disparo de salida para una carrera que ninguno de los dos quería ganar, solo correr. Cuando mi pantalón cayó al suelo, ella se arrodilló tan rápido que sus rodillas golpearon el piso con un crujido que ninguno de los dos sintió.
«Tengo que volver a la casa mi hijo me espera» me dijo mientras se levantaba de la cama tambaleándose un poco, sus piernas todavía temblorosas. Observé cómo caminaba desnuda hacia el baño, admirando el vaivén de sus caderas y las marcas rosadas que mis dedos habían dejado en sus muslos. El sonido del agua corriendo me llegó distorsionado, como si estuviera escuchando a través de algodón.
Cuando salió, ya vestida con esa blusa blanca otra vez—ahora arrugada y manchada—me miró mientras se abrochaba el sostén con gesto pensativo. «Mi esposo llega el viernes,» dijo de pronto, metiéndose las llaves del auto en el bolsillo trasero de sus jeans ajustados. «Pero se va otra vez el lunes.» Sus ojos oscuros me midieron mientras pronunciaba cada palabra, como si estuviera soltando carnada en aguas revueltas.
«Quieres que nos volvamos a ver el jueves?» le pregunté, todavía recostado en la cama mientras ella se recogía el pelo frente al espejo del armario. Me miró por el reflejo, esos ojos oscuros que ahora conocían cada uno de mis gemidos. «Jueves es día de junta escolar para mi hijo,» murmuró, pasándose la lengua por los labios como si aún pudiera saberme. «Pero el miércoles… el miércoles puedo quedarme hasta más tarde.»
El eco de la puerta cerrándose tras ella resonó en mi departamento como un aplauso final. Me quedé inmóvil, sintiendo cómo el sudor se secaba en mi pecho mientras el olor a sexo y a su perfume barato se entrelazaban en el aire. Mi teléfono vibró contra el piso donde había caído horas antes—era ella, ya desde el auto: «Olvidé decirte que me encanta cómo gruñes cuando te corro la lengua por los huevos.»
Abjuanta a eso un foto, al pareser se la tomo en mi baño, el espejo empañado por el vapor mostraba su cuerpo desnudo, un pezon entre sus dedos mientras la otra mano sostenia el telefono. «Para que no me olvides,» decía el mensaje. La imagen tenía algo crudo, no por lo explícito, sino por cómo la luz del baño capturaba las gotas de agua corriendo por su vientre hasta perderse entre sus piernas. Era una postal íntima, pero también una promesa.



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