Con mi suegro con permiso
Todo queda en familia, el amor y el sexo….
Aquella tarde comenzó sin ninguna intención especial. Mi esposo se había retrasado y yo había quedado sola en casa con mi suegro. Afuera, la tarde parecía haberse detenido; adentro, el silencio resultaba extraño para dos personas acostumbradas a relacionarse siempre alrededor de alguien más.
—¿Quieres una copa mientras esperamos? —me preguntó.
Acepté.
La primera copa fue simplemente eso: vino y conversación. La segunda empezó a cambiar algo.
Hablamos de cosas que nunca habíamos hablado. De los años, de las decisiones que uno toma creyendo que tiene todo el tiempo del mundo, de las oportunidades que dejamos pasar. Yo estaba sentada frente a él, con las piernas cruzadas, escuchándolo mientras hacía girar lentamente la copa entre mis dedos.
En algún momento me quité las gafas para limpiarlas.
Él se quedó mirándome.
—¿Qué? —pregunté, sonriendo.
—Nada.
—Eso no fue una mirada de nada.
Se rio y bajó los ojos hacia su copa.
—Estaba pensando que nunca te había mirado con detenimiento.
Sentí una pequeña incomodidad. Pero no era desagradable.
—Pues ya has tenido bastantes años para hacerlo.
—Precisamente.
Me puse nuevamente las gafas.
—¿Y cuál es el veredicto?
Él volvió a mirarme. Esta vez no apartó los ojos.
—Que eres una mujer muy atractiva.
Aquello me tomó desprevenida.
Mi cabello era ya completamente canoso y hacía mucho que había dejado de intentar ocultarlo. Era alta, de cuerpo abundante sin ser gorda, y mis formas siempre habían llamado cierta atención, particularmente mi busto. Pero a mis sesenta y tantos años había aprendido a convivir con mi cuerpo sin preguntarme demasiado quién lo miraba.
Sin embargo, aquella tarde fui plenamente consciente de que él lo estaba haciendo.
—El vino te está volviendo atrevido —dije.
—Tal vez me está volviendo sincero.
Dejé escapar una risa nerviosa.
—Eso puede ser peligroso.
—Pamela…
Escuchar mi nombre en su voz produjo algo extraño.
—¿Qué?
—¿Te incomoda que te lo diga?
Lo pensé antes de responder.
—No sé.
—Entonces no vuelvo a hacerlo.
Se levantó para llevar la botella hasta la mesa. Cuando pasó junto a mí, su mano rozó accidentalmente mi hombro. O al menos quise pensar que había sido accidental. Levanté la mirada.
—Perdón —dijo.
—No pasó nada.
Pero sí había pasado. Algo diminuto y absurdo: el contacto de una mano sobre mi hombro. Sin embargo, después de aquellas palabras, ese roce tenía un significado completamente diferente. Sirvió nuevamente vino.
—Por cierto —dije—, llevamos años siendo familia y nunca te he preguntado algo.
—¿Qué cosa?
—Cómo prefieres que te llame realmente.
Sonrió.
—Raúl.
Repetí su nombre casi sin pensarlo.
—Don Raúl.
—Suena diferente cuando tú lo dices, pero dime solo Raúl.
—Definitivamente has tomado demasiado vino.
Nos reímos. Pero ninguno cambió de tema. La conversación continuó mientras la distancia entre nosotros parecía reducirse sin que ninguno lo decidiera expresamente. Primero estábamos frente a frente. Después él ocupó el otro extremo del sofá. Más tarde, cuando me mostró unas fotografías en su teléfono, nuestros hombros quedaron juntos. Podía sentir su calor. Yo sabía que debía levantarme. No lo hice. Su brazo descansaba detrás de mí, sobre el respaldo. Cuando me acomodé, sus dedos tocaron ligeramente mi cabello. Me quedé inmóvil.
—Tienes un cabello precioso —murmuró.
—Está completamente blanco.
—Precisamente por eso.
Sus dedos recorrieron apenas un mechón. Aquella caricia fue tan sencilla que precisamente por eso resultó peligrosa. Giré el rostro. Nuestros ojos quedaron demasiado cerca.
—Raúl…
—Dime que pare.
La frase quedó suspendida entre nosotros. Yo podía haberlo hecho. En lugar de eso pregunté:
—¿Y si no quiero?
Su expresión cambió. La mano que estaba sobre mi cabello descendió lentamente hasta mi mejilla. Sentí sus dedos junto al borde de mis gafas y después sobre mi rostro. Cerré los ojos durante un instante. Cuando volví a abrirlos, seguía allí.
—Pamela —susurró.
Entonces fui yo quien redujo la última distancia. El primer beso fue breve, casi una pregunta. Nos separamos inmediatamente y nos miramos, sorprendidos por lo que acabábamos de permitir. El siguiente ya no tuvo aquella inocencia. Sentí sus manos rodeándome con una cautela que fue desapareciendo a medida que comprendía que yo no me apartaba. Una recorrió mi espalda; la otra se detuvo en mi cintura y me acercó.
Yo apoyé las manos sobre su pecho.
—Esto es una locura —murmuré.
—Sí.
—Mi esposo puede llegar.
—Lo sé.
Pero ninguno se movió.
Volvió a besarme. Esta vez dejé de pensar durante unos segundos. Sus manos recorrieron mi espalda y mis costados, deteniéndose sobre las curvas de mi cuerpo con una mezcla de deseo y prudencia. Sentí una de ellas subir lentamente por mi cintura y detenerse muy cerca de mi pecho. Lo miré. Él esperó. No hizo nada más hasta que fui yo quien tomó su mano y la puse sobre uno de mis senos. Ese gesto terminó de responder todas las preguntas.
La tensión que habíamos contenido durante aquella conversación se convirtió entonces en una sucesión de besos, respiraciones entrecortadas y caricias cada vez menos accidentales. Sus manos descubrieron mi cuerpo sobre la ropa; las mías dejaron de comportarse como las manos de una nuera.
Por primera vez no éramos simplemente dos personas unidas por una familia.
Éramos un hombre y una mujer conscientes del deseo que había aparecido entre ellos.
—Don Raúl…
—¿Sí?
—No digas nada.
Lo besé nuevamente. El vino quedó olvidado sobre la mesa. También quedó olvidado el reloj.
Nos levantamos del sofá sin separarnos completamente, como si ambos supiéramos que pensar demasiado podía romper aquel momento. Él tomó mi rostro entre sus manos y me miró durante unos segundos.
—Todavía podemos detenernos.
Yo respiré profundamente.
Después negué lentamente con la cabeza.
—No quiero detenerme.
Y finalmente cruzamos aquella frontera. Don Raúl se acercó de nuevo y empezó a besarme con prisa quitándome la blusa y el sostén. Yo empecé a desabotonar su camisa y sacársela del pantalón, tenía un cuerpo ni tan delgado ni gordo, sino más bien en proporción a su porte y lo que más gustaba era su barba que me excitaba cada vez más que se pasaba sobre mi cuerpo.
Don Raúl me volteó dándole las espaldas, besó cada centímetro de mi espalda mientras acariciaba mis senos pellizcando con las yemas de sus dedos mis pezones, eso hacía que me volviera loca de placer, yo ya quería sentirlo dentro de mí y se lo pedía, era tanto lo extasiada que estaba que no paraba de gozar ni de gemir. Enseguida bajó mi falda apretando y jugando con mis nalgas, rozando con su pene mi trasero y pasando su abultado pene en medio del espacio que forman mis par de nalgas. Yo no pude más y me volteé terminando de bajar mis calzones, le ayudé a desabrochar su cinturón y los botones de su pantalón para bajárselos, Tenía una polla grande y gruesa muy apetecible. Yo la acaricié encima de su ropa interior marcada por ese poderoso trozo de carne, me hinqué a sus pies y con mis dientes empecé a bajar su ropa interior, con lo que su verga saltó hacia afuera golpeándome en la cara y llenándome de una satisfacción tremenda y excitación, tenía buen olor y su tamaño me tenía excitada; ya había visto penes de otros hombres, pero ninguno como el de don Raúl.
Sin usar las manos, besé la punta de ese grandioso pollón, pasé la lengua por alrededor de la cabeza de ese pene quitando el líquido preseminal que se sentía de buen sabor, le pedí a mi suegro que se relajara y que disfrutara de lo que estaba a punto de hacerle, así que tomé su polla con la mano derecha y con mi lengua y boca recorría toda la extensión de esta, desde la punta hasta el tronco.
Don Raúl tiene un pene grande y grueso que me enloquece, seguí así unos segundos lamiendo la extensión de esta rica verga que ahora me pertenecía y ya no quería dejar y con la mano izquierda acariciaba sus bolas, en seguida me metí lo más que pude y lo succionaba con boca y con mi lengua le daba ricas lamidas en forma de círculos. Don Raúl ya me sujetaba de la cabeza, acariciando mi cabello y diciéndome lo rico que se lo mamaba y que quería que fuera su putita.
Yo saqué su polla de mi boca sin quitarle la mirada hacía su cara y le dije que sí, que quería ser su amante, su puta para que me tuviera cuando quisiera. Estuve disfrutando su polla durante un tiempo más cuando de pronto Don Raúl me avisa que ya no puede más y que se está viniendo y sin más explotó en un orgasmo dentro de mi boca que me hizo atragantarme con la leche que descargó que se me salía de la boca. Él aprovechó para besarme aún con su semen en mi boca y me pidió que me lo tragara lo cual hice después de saborearlo, lo que disfruté y me encantó.
Me dio la mano para pararme y ahora él se dirigió hacia abajo besándome primero en el cuello, después fue bajando por mis senos, mi ombligo, todo con sus tiernos besos, sabiendo como dar placer a una mujer. Tomó mis calzones y los bajó, encontrándolos completamente empapados con mis jugos, me alzó una pierna y yo me agarré del sillón en el que estábamos, alzó más mi pierna y sumergió su cabeza en mi coño, dándome besos en mis muslos hasta llegar a mi clítoris que mordió con sus labios provocándome un enorme placer que me hizo gritar, en seguida movía su lengua en la puerta de mi vagina como queriendo penetrarme con su lengua para luego volver a lamer mi clítoris.
En ese momento yo ya no pude sostenerme y caí al sillón acostada, acto seguido don Raúl se puso encima de mi tomando su polla y pasándola por encima de mis labios vaginales, mientras yo suspiraba, gemía, y le suplicaba que me penetrara; sin tener uso de razón ni preocupaciones, solo pasaba por mi cabeza la calentura de mi cuerpo y no existía nada más.
Don Raúl alzó mis piernas e inclinándose más hacía mi, me besó con un beso intenso que su lengua recorrió todo mi boca al mismo tiempo que me empezó a penetrar, yo arqueé la espalda del inmenso placer y del tamaño de ese polla que lo abracé clavándole mis uñas en su espalda, me di cuenta y le pedí perdón me dijo que no me preocupara y poco a poco fue penetrándome.
Esa verga estaba tan enorme que pensé que no cabría en mi interior, pero sí logró entrar todo, Don Raúl se detuvo y yo inconscientemente empecé a moverme para disfrutar de ese rica verga, pero el me pidió tranquilidad y que le dejará hacer lo suyo; y empezó en un vaivén de mete y saca glorioso que me rozaba toda mi pared vaginal sacándome gemidos y gritos cuando este llegaba al fondo de mi ser. No tardó tanto en que no aguanté más y me vine en un orgasmo que me hizo temblar mientras él apretaba mis tetas y me tomaba del cuello.
Estando aun dentro de mi don Raúl se paró levantándome en un abrazo, y sin salirse de mí, me besó y se sentó en el sofá quedando yo sentada encima de él. Empecé a moverme de adelante hacía atrás en un ritmo acelerado, a veces lento y a veces me alzaba hacía arriba para volver a meter su polla dentro de mí, mis manos sobre su pecho lo acariciaban mientras don Raúl me decía que lo volvía loco y que desde que había fallecido mi suegra nadie lo había hecho gozar con tanta intensidad como yo.
Después de un momento don Raúl me abrazó fuerte y enseguida se vino dentro de mí, yo sentí un fuerte chorro caliente dentro de mí y acto seguido tuve nuevamente un orgasmo cayendo en su pecho cansada y extasiada de tanto placer. Estuvimos así un momento yo en su regazo descansando, y permanecimos juntos en silencio.
Ya no había vino suficiente para explicar lo ocurrido. Me puse las gafas, nos vestimos y acomodé mi cabello frente al pequeño espejo de la sala. Don Raúl permanecía detrás de mí. Nuestros ojos se encontraron en el reflejo.
—Pamela…
—No.
—¿No qué?
Me volví hacia él.
—No intentemos explicarlo todavía.
En ese momento escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa. Los dos miramos hacia la puerta. Mi corazón volvió a acelerarse. Esta vez no por deseo. Reconocí inmediatamente el sonido del motor. Era mi esposo, Raúl, que se llamaba igual que su padre. Raúl recogió su copa. Yo alisé mi ropa y respiré profundamente intentando recuperar una normalidad que, apenas unos minutos antes, habíamos destruido entre los dos. La llave entró en la cerradura.
Antes de que la puerta se abriera, don Raúl me miró una última vez. No dijo nada. Tampoco yo. Pero aquella mirada dejó perfectamente claro algo que ninguno de los dos estaba preparado para admitir: aquella tarde había terminado. Lo que había comenzado entre nosotros, quizá no.
La puerta se abrió. Mi esposo entró hablando antes incluso de verme. —Perdón por la demora. El tráfico estaba imposible. Yo permanecí de pie junto al sofá. Don Raúl sostenía su copa con una tranquilidad que me pareció casi ofensiva, porque yo sentía que tenía escrita la culpa en la cara. Mi esposo dejó las llaves sobre la mesa. Entonces nos miró. Primero a mí. Después a su padre. Finalmente vio la botella de vino y las dos copas.
—¿Interrumpo algo?
Sentí que se me secaba la boca.
—Tenemos que hablar.
—Esa frase nunca anuncia nada bueno —respondió sonriendo.
Don Raúl dejó la copa.
—Hijo…
—Déjala hablar papá
Mi esposo se sentó frente a nosotros. Yo no sabía cómo comenzar. Nuestro matrimonio nunca había sido convencional. Desde hacía años habíamos hablado abiertamente del deseo, de la posibilidad de sentir atracción por otras personas y de no convertir la fidelidad en una prisión. Nuestra relación era abierta, pero una cosa era hablar de libertad y otra muy diferente explicar que acababa de cruzar una frontera con su propio padre.
—Pasó algo entre tu papá y yo.
Mi esposo guardó silencio. —¿Qué significa «algo»?
Miré a don Raúl y luego regresé los ojos hacia él. —Significa exactamente lo que estás pensando.
Esperé el enojo. No llegó. Mi esposo apoyó los brazos sobre las piernas y permaneció unos segundos pensativo.
—¿Fue porque habían bebido?
—No —respondí.
Don Raúl intervino.
—hijo, yo tampoco voy a esconderme detrás del vino.
Mi esposo lo miró. —¿Te gusta Pamela?
La pregunta fue tan directa que sentí un estremecimiento. Don Raúl tampoco esperaba aquello.
—Sí.
—¿Desde hoy?
Hubo un silencio.
—No.
Volví la cabeza hacia don Raúl. Aquella respuesta también era nueva para mí.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Desde hace bastante.
Sentí calor en el rostro. Mi esposo soltó una pequeña risa de incredulidad.—Eso sí que no lo sabía.
—Yo tampoco —dije.
Entonces me miró directamente.—¿Y a ti te gusta él?
Me acomodé las gafas, quizá solamente para ganar unos segundos.—Sí.
Decirlo delante de ambos produjo una sensación extraña. Ya no era algo escondido detrás de un beso impulsivo. Era una verdad pronunciada. Mi esposo se levantó. Se acercó a mí y puso las manos sobre mis hombros.
—Mírame, Pamela.
Lo hice.
—¿Tú querías que ocurriera?
—Sí.
—¿Él te presionó?
—No.
—¿Estás arrepentida?
Aquella pregunta me costó más.
—Estoy sorprendida. Asustada también. Pero arrepentida… no.
Él asintió lentamente. Después hizo algo que terminó de desarmarme. Me besó en la frente.
—Entonces respira.
—¿No estás enojado?
—Nuestro matrimonio es abierto.
—Pero él es tu padre.
—Sí. Y por eso necesitaba saber que esto había sido realmente una decisión tuya.
Don Raúl permanecía observándonos. Mi esposo se volvió hacia él.
—Y necesito saber otra cosa.
—Dime.
—Si esto vuelve a ocurrir, Pamela no puede convertirse en un juego entre nosotros.
Don Raúl negó inmediatamente.
—Nunca.
—Ni secretos innecesarios. Ni competencias. Ni situaciones que terminen destruyendo nuestra familia.
—De acuerdo.
Yo los miraba sin terminar de creer aquella conversación.
—Esperen —dije—. ¿Están hablando como si esto pudiera volver a pasar?
Mi esposo me miró divertido. —La pregunta no es para nosotros.
Se acercó hasta quedar frente a mí. —Es para ti.
Miré a don Raúl. Esta vez no había vino suficiente para justificar lo que sentí. Él me sostuvo la mirada. Yo conocía ahora aquellas manos. Conocía la manera en que pronunciaba mi nombre cuando dejábamos de fingir que éramos solamente familia. Y saber que mi esposo estaba allí, consciente de todo, producía una tensión completamente distinta.
—Sí —dije finalmente—. Quiero volver a verlo.
Mi esposo levantó las cejas. —Eso fue bastante claro.
Me reí nerviosamente. —Me pediste sinceridad.
—Y la prefiero.
Entonces miró a su padre. —¿Tú?
—También.
Mi esposo extendió la mano. Don Raúl la estrechó. La naturalidad del gesto me hizo reír.
—No puedo creer que estén sellando esto con un apretón de manos.
—¿Qué propones? —preguntó mi esposo.
—Nada.
—Entonces queda establecido.
—¿Qué queda establecido exactamente?
Mi esposo sonrió.
—Que mi padre acaba de convertirse en amante de mi esposa.
—Cuando lo dices así suena terrible.
—Pamela, hace diez minutos estabas aterrorizada porque creías que iba a enfurecerme. Déjame divertirme un poco.
Don Raúl soltó una carcajada. La tensión empezó a desaparecer. Mi esposo tomó la botella.
—¿Queda vino?
—Un poco —respondí.
Sirvió tres copas. Nos sentamos. Lo extraordinario fue que la conversación continuó. Pero yo había cambiado de lugar. Quedé sentada entre ambos En algún momento sentí la mano de mi esposo sobre mi rodilla. Era un gesto conocido, íntimo, familiar. Poco después, don Raúl rozó mi otra mano.
Lo miré.
No la retiró.
Tampoco yo.
Mi esposo lo notó.
Esperé alguna reacción.
Simplemente levantó su copa.
—Por Pamela.
—No hagan eso —protesté riéndome.
—¿Por qué?
—Porque me hacen sentir como si fuera el centro de una negociación.
Mi esposo acercó los labios a mi oído.
—No eres una negociación.
Su mano acarició suavemente mi cabello. —Eres quien decide.
Aquellas palabras cambiaron completamente el momento. Giré hacia él y lo besé. Cuando me separé, encontré a don Raúl observándome. Ya no necesitaba fingir indiferencia. Extendí la mano hacia él. Don Raúl la tomó. Mi esposo permaneció junto a mí, no había clandestinidad. No había que esconder una mirada ni retirar precipitadamente una mano. El deseo seguía allí, pero ahora acompañado por algo inesperado: permiso, confianza y una libertad que ninguno de nosotros había imaginado al comenzar aquella tarde.
Me acerqué a don Raúl y lo besé nuevamente. Después sentí a mi esposo abrazarme desde el otro lado y apoyé la cabeza durante un instante contra él. Cerré los ojos.
Dos afectos completamente distintos convergían en aquel momento: el amor construido durante años con mi esposo y aquella atracción nueva, desconcertante, que había descubierto con don Raúl. La tarde volvió a hacerse íntima. Raúl se acercó y rodeo mi cintura con sus manos, me beso en el cuello, y siguió besando cada centímetro de mi cuello. Mientras una de sus manos se introduce por debajo de mi blusa y acaricia mi espalda, su boca atrapa el lóbulo de mi oreja, y juguetea con su lengua acariciándolo y lamiéndolo, yo cierro los ojos y me dejo llevar. Recorre con la punta de su lengua mi cuello y me estremezco levemente. Besa mis labios, nuestras bocas se abren y pronto nuestras lenguas se encuentran una con la otra, en un beso maravilloso, con menos dulzura pero cargado de pasión.
Dejo que su lengua entre en mi boca y juegue con la mía mientras acaricia mi espalda. Ahora yo le beso el cuello y pasó mi lengua por él; a cada movimiento estoy más caliente, nuestras lenguas se vuelven a fundir en un beso, moviéndose una contra la otra. Una de sus manos baja desde mi espalda a mi culo, primero lo acaricia y luego lo agarra con la mano por encima de la falda. Lo separo un poco y comienzo a desabrochar la cremallera, le quito la camisa tirándola al suelo mientras él hace lo mismo con mi blusa, para luego quitarme el sostén dejando mi torso desnudo. Me besa las tetas con lujuria, mordiéndome los pezones que sabe que me encanta.
Al caerse su pantalón y bajándose los boxers, aparece su verga esplendorosa. Mi marido tenía una polla hermosa, gruesa, llena de venas y coronada por una cabeza enorme, que ya empezaba a soltar líquidos en la punta. La sobé de arriba a abajo. Me arrodillé y de una me metí ese pedazo de carne a la boca. Abría mi boca desmesuradamente para poder tragarme su fierro, pero me era imposible abarcarla toda completa. Sentía mi boca llena por su pedazo de carne de lo gruesa que estaba, y aparte ni siquiera lograba meterme ni la mitad. La chupaba y saboreaba tal si fuera una rica paleta de dulce. Y luego me la volvía a meter a la boca. No tardé en empezar a soltar gran cantidad de saliva que escurría por mi boca, resbalando por mi cuello hasta empapar mis tetas, todo acompañado de ruidosas arcadas que me tenían al punto del vomito. Sentí una mirada sobre mí y fui ahí cuando pude ver a mi suegro, mirándonos. Viendo como su amante hasta hace poco se atragantaba con la polla de su hijo.
Don Raúl simplemente se acercó e inmediatamente se desabotonó los pantalones por segunda vez en la noche y sacó su verga sin demora. Yo estaba un poco nerviosa, pero más intrigada con lo que estaba por suceder. Sin decir una palabra, dejé el pene de Raúl y hundí mi boca sobre el también ya erecto pene de mi suegro y comencé a darle una mamada. Después de asegurarme de que se lo había chupado lo suficiente, cambié mi boca del pene de don Raúl nuevamente al de mi marido. Debo admitirlo que estaba encantada de tener su enorme verga en mi boca, a pesar de sentir como me llegaba hasta lo más profundo de mi garganta, provocándome unas casi dolorosas arcadas. Ahora fue el turno de don Raúl que me terminó de desnudar. Me sentía una autentica puta, como las que salen en las películas porno.
Don Raúl aprovechó que yo se la mamaba a Raúl para desnudarse por completo, y luego tomarme por los cabellos para dirigirme a su verga, la cual tragué ansiosa. Fue el momento que Raúl aprovechó para terminar de desnudarse. Así que ahí estábamos, don Raúl y Raúl de pie en la sala de mi casa completamente desnudos con sus vergas totalmente erectas, mientras yo de rodillas pasaba de una verga a la otra, tragándomelas como si no hubiera un mañana. Habíamos perdido completamente el pudor y yo estaba decidida a hacer lo que anhelaba, una doble penetración con mi esposo y su papá. Que fuera yo capaz de aguantarla aún estaba por verse. Pero ya era demasiado tarde para arrepentimientos.
Don Raúl se sentó en el sofá, tomado su enorme falo entre sus manos. Había yo decidido previamente que fuera él quien me diera primero por mi vagina, y mi marido por el culo. Conociéndolo sabía que aunque aceptaba compartirme en esta aventura, mi culo era suyo y solo suyo, y el sería el primero en penetrarme por ahí. Me senté a horcajadas encima de mi suegro y tomando su verga, la dirigí hacia mi empapada y velluda concha, empalándome poco a poco. Sentí como su miembro iba ganando terreno dentro de mí, abriéndome a su paso, causándome un dolor que la verdad no esperaba, y al instante llenándome por completo. Solté un gemido amortiguado mientras la larga verga de mi suegro llegaba hasta el fondo, sintiendo como si me hubiera penetrado hasta el útero. Tomé un poco de tiempo para acostumbrarme a este nuevo miembro dentro de mí, para luego empezar a bombear enseguida y en unos instantes ya estaba chorreando de puro éxtasis.
Pareceré exagerada, pero solo me bastaron un par de sentones en ese enorme miembro para llegar al primer orgasmo. Sentí como mi cuerpo se convulsionaba, poniendo mis ojos en blanco. Perdí el control de mi cuerpo y empecé a soltar chorros de líquidos por mi vagina, dejándole a mi suegro su rica verga bañada en mis jugos.
Mi marido no me dio tiempo a recuperarme, y se colocó detrás de mí, abriendo mis nalgas y escupiendo en mi ano. El estaba a cargo ahora y había decidido que ya era hora. Su padre continuaba follándome sin parar, y en medio de mi letargo por mi primer orgasmo, sentí la verga de Raúl empujar en mi agujero trasero. La verga de mi suegro ya era lo suficientemente grande para llenarme, como para todavía sentir otra más dentro de mí. Estaba a punto de ser reventada y nada podía hacer por impedirlo.
La verga de mi esposo empezó a presionar en mi ano, obligando a mi esfínter a abrirle paso al intruso. Si bien el sexo anal era algo que practicábamos regularmente, el tener esta vez otra verga dentro de mi vagina al mismo tiempo me hacía sentir una extraña sensación. Simplemente empujó mi ano con su miembro mientras la verga de mi suegro estaba bombeando mi vagina y con muy poco esfuerzo, su verga sólida ya estaba a medio camino. Lancé un quejido de dolor. Me agarró de mi cabello y tiró para que mirara hacia el techo y con otro empuje contundente, toda la longitud de su pene irrumpió en mi interior, llenando por completo mi recto. Grité al sentir la verga entrar en mi culo sin misericordia. Mi marido ignoró mi lamento y procedió a bombear mi culo, abriéndome por completo y haciéndome gritar de nuevo cada vez con más agonía. Gritaba en parte para animarlos más y en parte para aliviar mi dolor. Pero de ninguna manera para que se detuvieran. Me estaban partiendo por la mitad, era doloroso, pero por nada del mundo quería que terminaran.
Establecimos un ritmo y ahora estaba convulsionando de placer cada minuto, retorciéndome y chorreando sobre mis dos machos. Incluso creo perdí brevemente el conocimiento un par de veces, pero el estado de ánimo estaba establecido. Mi esposo y su padre seguían bombeándome y dándome verga por los dos flancos. Y yo sentía como moría en medio de otro orgasmo. Mi suegro se apoderó de mis tetas, chupando mis erectos pezones y pasando de uno a otro. El gran poder de todo esto me tenía en éxtasis, mientras al mismo tiempo me hacía apretar los dientes. Los dos se detuvieron brevemente para ver si yo estaba bien. Miré por encima del hombro a mi marido y les gruñí pidiéndoles que no pararan.
Estaba siendo penetrada por dos enormes vergas y mi vida estaba a punto de cambiar absolutamente. No se diga mi vagina y mi culo, que sentía como me los abrían sin misericordia. Para entonces, ya me había vaciado innumerables veces y había empapado a a mi suegro y a su hijo no solo de mis jugos vaginales, sino también de mi caliente orina que ahora expulsaba libremente al perder control de mi vejiga. Le pedía a ambos que no pararan, que me trataran como a una prostituta y ambos estaban felices de complacerme.
Mi marido de mi culo, mientras yo me quité de la verga de mi suegro poco a poco, sintiéndolo resbalar fuera de mi vagina. Raúl ahora se acomodó en el sofá y yo salté sobre su duro miembro mientras esperaba que don Raúl me asaltara analmente.
—No tengas piedad, papá -le dijó Raúl, mirándolo a los ojos.
Mientras me montaba sobre Raúl, nos miramos cariñosamente a los ojos cuando de repente mis ojos se abrieron de par en par; mi suegro acababa de forzar su gran verga en mi culo sin advertencia ni sondeo en absoluto. La verga de Raúl no me había abierto ni la mitad de lo que ahora sentía abrirme por el miembro de mi suegro. Confieso que por primera vez me arrepentí de lo que estaba haciendo. Y no era que su padre fuera brusco o apresurado. Simplemente su verga era demasiado grande para mi pequeño agujero anal.
Grité desaforada que parara mientras mi suegro reventaba mi culo con su poderosa y enorme verga.
-NO! Dale más! Dale más fuerte! -ordenó Raúl, al tiempo que con sus manos abría mis nalgas, invitando a su papá a penetrarme aún más.
-Grité de nuevo al sentir la verga de mi suegro entrar aún más dentro de mi intestino. Hicieron caso omiso de mis gritos y empezaron a bombearme con furia entre los dos.
Llego un momento que no sabía dónde estaba. Solo sentía los embates de mis machos partiéndome cada uno por la cavidad que le había tocado. Poco a poco, el dolor fue transformándose en placer. Me sentía en el cielo. Una sensación que jamás antes había conocido. La verga de mi suegro me llenaba como ninguna otra antes, y aunque seguía siendo doloroso el tenerlo llenando mi recto, me mentiría a mí misma si dijera que no buscaría estar de nuevo con él… pero esta vez a solas.
Empezaron a darme todavía más duro. Un nuevo orgasmo me llegó, haciéndome olvidar de todo y de todos. La sensación de tener dos miembros dentro de mí, más el saber que de alguna forma y a pesar de contar obviamente con el permiso de mi esposo, estaba haciendo algo prohibido, no se comparaba con nada que hubiera experimentado hasta ahora. No sé qué pasaría después de esto y no sé si sería la única y última vez que lo hiciera, pero para nada me arrepentía de esta experiencia.
Mis hombres volvieron a arremeter contra mis maltrechos agujeros, usándome cual si fuera una muñeca de trapo. Jamás había sentido tanto placer y la cantidad de orgasmos nublaron de nuevo mi mente. Sentí como mi marido y su padre empezaron a tensar sus cuerpos, primero Raúl y luego don Raúl, en señal de que estaban por venirse. Empecé a moverme más para acelerar su corrida y la mía. Raúl mugió al tiempo que sentí sus disparos de semen dentro de mi remojada vagina. Dos segundos después don Raúl hacia lo mismo, dándome un último empujón con su verga que me arrancó un grito de dolor y alojándose en el fondo de mi recto donde descargó lo que sentí eran litros de caliente semen. Definitivamente su falo no iba a salir del todo limpio de mi ano. Empecé a retorcerme en medio de los dos, envuelta también en mi propio orgasmo.
Duramos un par de minutos en esa posición. Mi marido acostado en el sofá, yo encima de él y mi suegro encima de mí, con ambos penes aún dentro de mis agujeros. Poco a poco, sentí como sus miembros fueron perdiendo dureza y salieron de mis adentros. Como pude me levanté y caminando como zombie, me dirigí al baño. Sentía mi culo completamente abierto y como un par de hilos de semen empezaban a correr por mis piernas, saliendo de mi vagina y mi antes mencionado agujero trasero.
Me duche dejando que el agua caliente corriera sobre mi cuerpo como queriendo que lavara mi pecado. Al salir ya arreglada, don Raúl se preparaba para marcharse, y lo acompañé hasta la puerta.
—Pamela.
—¿Sí?
—¿Qué somos ahora?
Miré hacia la sala. Mi esposo podía escucharnos.
—No tengo idea.
—Tu esposo parece tenerlo bastante claro.
Sonreí. —su hijo siempre ha sido más liberal que yo.
Don Raúl acarició mi mejilla.
—¿Puedo llamarte?
—Sí.
—¿Mañana?
—Mañana.
Me dio un último beso y salió. Cerré la puerta. Cuando regresé a la sala, mi esposo estaba recogiendo las copas.
—Entonces —dijo—, ¿mañana?
—Escuchaste.
—Por supuesto.
Me acerqué lentamente.
—¿De verdad estás bien con esto?
Dejó las copas y me rodeó con los brazos.
—Estoy bien mientras tú estés bien, mientras hablemos y mientras todos recordemos que esto funciona porque nadie pertenece a nadie.
Lo abracé.
—Te amo.
—Lo sé.
Me besó. Luego añadió, divertido:
—Aunque voy a necesitar algún tiempo para acostumbrarme a que mi padre te mande mensajes.
Solté una carcajada. Aquella noche me acosté junto al hombre con quien había compartido tantos años. Pero antes de apagar la luz, mi teléfono vibró. Un mensaje. Don Raúl. Solo decía: Buenas noches, Pamela.
Miré a mi esposo. Él vio el nombre en la pantalla. —Contéstale.
Escribí: Buenas noches, Raúl. Decidí ya quitarle el don. Apagué el teléfono.
Pero tardé mucho en dormirme. Porque mientras permanecía entre los brazos de mi esposo, comprendí que aquella tarde no había sido simplemente una aventura inesperada. Habíamos abierto una puerta. Y yo ya estaba pensando en cuándo volvería a cruzarla.

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