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Fantasías / Parodias, Infidelidad, Sexo Virtual

Continuo de cornudo (2)

vuelvo a ser cornudo .
El banquete de la boda había sido espléndido. Tú, con tus cuarenta años, te sentías rejuvenecido entre tanta juventud, pero lo mejor de todo era Elena, tu mujer de veintinueve, que había elegido para la ocasión un vestido azul marino que marcaba cada una de sus curvas perfectas. Esas tetas, esas tetas de diosa que llevaban toda la noche provocando miradas codiciosas de todos los invitados, rebotaban con cada movimiento, y tú la habías visto, la habías visto disfrutando de la atención, coqueteando incluso con el novio cuando la novia no miraba.

 

Habíais bebido demasiado. El cava, el whisky, el licor de hierbas, todo se había mezclado en vuestras venas creando una borrachera atrevida, peligrosa, excitante. En el coche de vuelta, Elena no paraba de tocarse por encima del vestido, de gemir cuando tú le acariciabas el muslo, de susurrarte al oído lo puta que se sentía, lo mucho que le había puesto ver a todos esos hombres deseándola en la boda.

 

—Me hubieras dejado follarme al novio —dijo de repente, con la voz pastosa—. Era joven y tenía buena pinta. Te habría gustado verlo, ¿verdad, cornudo?

 

—Cierra la boca, puta —respondiste tú, acelerando, con la polla dura como una roca.

 

Y entonces lo visteis. En el callejón de acceso a vuestro edificio, entre contenedores de basura y cartones mojados, un vagabundo dormía envuelto en periódicos viejos y una manta raída. Parecía tener unos cincuenta años, quizás más, era difícil saberlo bajo esa capa de suciedad. Su barba enmarañada, su ropa que hacía semanas que no veía agua, su olor que incluso desde el coche parecía llegar hasta vosotros.

 

Elena se quedó quieta, mirándolo fijamente.

 

—Para el coche —ordenó de repente.

 

—¿Estás loca? —protestaste, pero obedeciste.

 

Salió del vehículo con paso inseguro, tambaleándose ligeramente por el alcohol. Tú la seguiste, incredulo, viendo cómo se acercaba a aquel mendigo, cómo se agachaba junto a él, cómo susurraba algo que no pudiste oír. El vagabundo se despertó sobresaltado, confuso, pero Elena ya le estaba tocando la entrepierna por encima de los pantalones rotos, buscando, encontrando.

 

—Tiene buena polla —te gritó, con una carcajada burlona—. Ven a ver esto, cornudo.

 

Te acercaste, atónito, y viste que efectivamente, bajo esa suciedad, el vagabundo tenía una herramienta considerable, ya semi-erecta por el contacto inesperado de esa mujer hermosa, tan limpia, tan perfumada, que ahora le desabrochaba los pantalones sin miramientos.

 

—Huele fatal —dijo Elena, arrugando la nariz, pero sin detenerse—. Pero me da igual. Quiero probarla.

 

Y se la metió en la boca. Allí, en medio de la calle, tu mujer de veintinueve años, preciosa, con ese vestido de fiesta que costó trescientos euros, estaba chupando la polla de un vagabundo asqueroso. El olor a orín, a sudor rancio, a alcohol barato, llegaba hasta ti, y sin embargo la escena te tenía paralizado de excitación. Elena hacía ruidos húmedos, desagradables, mientras el mendigo gemía, incrédulo, agarrándole la cabeza con las manos negras de suciedad.

 

—Vamos a casa —propusiste de repente, sintiendo que alguien podía pasar—. Allí podéis hacerlo bien.

 

El vagabundo, que se llamaba Segundo según murmuró, subió tambaleándose a vuestro coche. En el trayecto de tres minutos hasta el garaje, Elena no dejó de tocarle la polla, de lamerle los dedos mugrientos, de provocarte con miradas de locura. Los tres subisteis en el ascensor, y el olor era insoportable, una mezcla de calle, de abandono, de miseria humana. Elena se tapaba la nariz, pero seguía sonriendo, seguía con la mano metida en los pantalones del indigente.

 

En cuanto cruzasteis la puerta de casa, Elena se quitó los zapatos y se puso de rodillas directamente en el salón.

 

—Quítate los pantalones —ordenó al vagabundo—. Quiero ver esa polla bien.

 

Cuando el hombre se desvistió, el espectáculo fue grotesco y excitante a partes iguales. Su cuerpo flácido, sucio, con costras y cicatrices, contrastaba con esa polla erecta, sorprendentemente limpia comparada con el resto, gruesa y curvada hacia arriba. Elena se la metió de nuevo en la boca, haciendo muecas de asco entre gemido y gemido, porque el sabor debía ser fuerte, salado, rancio.

 

—Fuera —dijo ella de repente, mirándote a ti—. Quiero estar sola con él. Quiero que me folle sin que me estés mirando. Espera fuera, en el rellano.

 

—Pero… —intentaste protestar.

 

—¡Fuera! —gritó, con una dureza que nunca había usado contigo—. Obedece, cornudo de mierda.

 

Saliste de casa, humillado, con la polla a punto de explotar, y te quedaste en el rellano, escuchando. Durante diez minutos, quince, media hora, los gemidos de Elena llegaban amortiguados a través de la puerta. Gemidos de placer, de dolor, de «sí, más fuerte», de «qué polla más grande», de «fóllame como mi marido no puede». Te masturbabas frenéticamente en el pasillo, imaginando la escena, sintiendo el olor de ese hombre impregnado en tu mujer, en vuestra cama, en vuestra vida.

 

Fue entonces cuando apareció el vecino del 3ºB. Ese tipo de cuarenta y cinco años, calvo, con gafas gruesas, al que todo el barrio evitaba porque tenía fama de raro, de mirón, de pervertido. Se acercó con paso inseguro, escuchando los mismos ruidos que tú.

 

—¿Todo bien? —preguntó, mirándote con sospecha—. Te he visto salir hace rato. Y eso… suena como si…

 

Intentaste disimular, tapando la puerta con tu cuerpo.

 

—Es… es la televisión —tartamudeaste—. Estamos viendo una película.

 

—Eso no es la televisión —dijo él, acercándose más, con una sonrisa que descubrió dientes amarillentos—. Eso es una mujer follando. Y muy bien, por lo que se oye.

 

Seguiste intentando convencerle, pero tus argumentos eran débiles, y el vecino, que se llamaba Germán según el timbre del portal, empezó a entender la situación. Te miró con una mezcla de compasión y lujuria.

 

—Te la están poniendo, ¿verdad? —dijo bajando la voz—. Tu mujer está dentro con otro. Y tú aquí fuera, pobre cornudo.

 

No pudiste negarlo más. La verdad era evidente en tu cara, en tu excitación, en tu derrota.

 

—¿Quieres verlo? —preguntaste de repente, abriendo la puerta—. Entra. Mira lo que se está follando a mi mujer.

 

Germán no se lo pensó dos veces. Entró en tu casa como quien entra en un museo, y allí estaba Elena, completamente desnuda sobre el sofá, con Segundo encima de ella, metiéndosela con fuerza, mientras ella gritaba sin control, con el pelo revuelto, el maquillaje corrido, las tetas rebotando con cada embestida.

 

—¡Dios santo! —exclamó Germán—. ¡Pero si es la mujer del segundo! ¡La rubia buena esa!

 

Elena abrió los ojos, sorprendida por la nueva presencia, pero en lugar de horrorizarse, soltó una carcajada histérica, alcoholizada, excitada más allá de todo límite.

 

—¿Otro? —dijo, mirándote a ti con desprecio—. ¿Has traído a otro para que me folle? Eres el cornudo más patético que existe.

 

—Puedo irme… —murmuró Germán, pero su polla ya se marcaba en los pantalones.

 

—Quédate —ordenó Elena—. Quiero que me folléis los dos. Ahora mismo. Quiero sentirme la puta más barata del mundo.

 

Se puso a cuatro patas sobre el sofá, ofreciendo ese culo perfecto que tú tantas veces habías adorado. Segundo se situó detrás, metiéndosela por el coño, y Germán, sin dudarlo, se desabrochó los pantalones y se la metió en la boca. Elena gesticuló de asco cuando probó el sabor de ese hombre, de ese vecino que nadie quería, pero no se apartó. Gemía doblemente, ahogada por una polla y llena por otra.

 

—Vamos a hacerle un sandwich —propuso Segundo, con una voz ronca de meses sin hablar—. Metétela por el culo, amigo.

 

Germán obedeció, emocionado, y se situó detrás. Tú, desde la puerta, viste cómo preparaban la doble penetración. Segundo se quedó debajo, con Elena sentada sobre su polla, metida en el coño, y Germán, desde atrás, empezó a forzar su entrada en ese ano depilado y perfecto que tanto te gustaba.

 

—Duele, joder, duele… —gritaba Elena—. Pero no paréis, no paréis…

 

Y entró. Los dos pollas ocupando tu mujer simultáneamente, estirándola, llenándola por completo. Elena perdió el aliento, los ojos en blanco, la boca abierta en un grito silencioso. Luego empezó a gemir, a gritar, a blasfemar contra Dios, contra vosotros, contra ella misma.

 

—¡Sois unos cerdos! ¡Unos cerdos asquerosos! —repetía—. ¡Estoy llena de pollas! ¡Mi marido es un inútil!

 

Los dos hombres encontraron un ritmo brutal, desigual, salvaje. El sofá crujía, Elena se mordía el brazo para no desmayarse del placer y el dolor mezclados, y tú seguías en la puerta, viendo cómo tu mujer de veintinueve años, esa mujer hermosa que elegiste para toda la vida, era usada como un objeto por un vagabundo que olía a orín y un vecino que nadie soportaba.

 

—Me voy a correr —avisó Segundo, apretando con fuerza esas caderas—. En su coño, ¿vale?

 

—Dentro, dentro… —jadeaba ella—. Llenadme los dos.

 

Segundo explotó primero, con un gemido que parecía de dolor, inyectando su semilla rancia en el útero de tu mujer. Germán, al ver eso, no pudo aguantar más y se corrió en su culo, empujando hasta el fondo, dejando todo su esperma dentro de ella.

 

Cuando se retiraron, Elena se derrumbó sobre el sofá, jadeante, con los dos agujeros goteando, usada, sucia, impregnada de los olores más bajos. Los dos hombres se vistieron rápidamente, sin mirarte a los ojos, avergonzados ya de su propia excitación, y salieron de casa sin decir nada.

 

Tú entraste, temblando. Elena te miró con los ojos vidriosos, todavía borracha, pero empezando a sentir el efecto de la resaca moral.

 

—Límpiamelo —dijo, señalando su entrepierna—. Con la lengua. Todo.

 

Te acercaste como un perro obediente. El olor era insoportable: semen, sudor de vagabundo, suciedad de calle, el olor rancio de Germán. Pero empezaste a lamer, a succionar, a limpiar cada rastro de aquella doble humillación. El sabor era amargo, salado, asqueroso, pero lo hiciste todo, mientras ella te observaba desde arriba, con una mezcla de repulsión y fascinación.

 

Pasaron veinte minutos. El alcohol fue abandonando el cuerpo de Elena poco a poco, y contigo, la excitación ciega. Empezó a mirar a su alrededor, a ver su vestido de fiesta hecho jirones en el suelo, a sentir el dolor entre las piernas, el olor de su propio cuerpo violado, tu lengua todavía lamiendo entre sus nalgas.

 

Y entonces estalló.

 

—¿Pero qué coño…? —dijo de repente, incorporándose con horror—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? ¿Qué…?

 

Se miró el cuerpo, vio las marcas, los moretones, sintió el flujo de dos extraños saliendo de ella.

 

—¿Qué has hecho, hijo de puta? —te gritó, dándote una bofetada que te dejó atónito—. ¿Cómo has podido dejar que…? ¡Era un vagabundo! ¡Un puto vagabundo que huele a mierda! ¡Y el vecino ese, el puto pervertido del tres! ¿Cómo has podido dejarme sola con ellos? ¿Cómo se te ocurre traer a otro?

 

Intentaste explicarte, pero ella no quería escuchar.

 

—Me has convertido en la puta más barata, ¿sabes? —continuaba, con lágrimas de rabia y vergüenza—. ¿Eso te pone? ¿Que me follen dos asquerosos mientras tú miras? ¡Eres un enfermo! ¡Un cornudo de mierda! ¡Y yo soy una idiota por haber bebido tanto, por haber dejado que…

 

Se tapó la cara con las manos, sollozando. Tú seguías de rodillas, con el sabor de ellos todavía en la boca, con la polla todavía dura, sintiendo la vergüenza más profunda de tu vida, pero también sabiendo, en lo más oscuro de tu ser, que volverías a hacerlo, que mañana mismo buscarías otra situación así, porque nada, nada en el mundo, se comparaba con ver a tu Elena, tu mujer perfecta, siendo la puta más degradada y deseada por hombres que nunca podrían tenerla de otra forma.

 

—Vete a dormir al sofá —dijo ella finalmente, con voz rota—. No quiero verte. No quiero que me toques. Estoy asquerosa, y es culpa tuya.

 

Y te quedaste allí, solo, con el sabor de tu propia humillación impregnado en los labios, preguntándote si ella alguna vez te perdonaría, o si esto era solo el principio de un juego del que ya no podíais escapar.

5 Lecturas/14 septiembre, 2026/0 Comentarios/por xufohi
Etiquetas: culo, follando, hijo, joven, puta, puto, semen, vecino
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