cornudo y afortunado (3)
un día perfecto .
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Elena te había desterrado al sofá del salón, y allí dormías, incómodo, con la manta que olía a polvo y a recuerdos de aquella noche. Ella se encerraba en el dormitorio, en vuestra cama matrimonial, y tú escuchabas los ruidos a través de la puerta: suspiros, gemidos contenidos, el sonido de la cama moviéndose cuando ella se tocaba sola.
Porque eso hacía. Lo sabías, lo sentías en cada fibra de tu cuerpo de cuarenta años. Elena, tu mujer de veintinueve, se masturbaba recordando. Recordando la polla gruesa y sucia de Segundo, el vagabundo que la había llenado de su semilla rancia. Recordando la doble penetración con Germán, ese vecino de cuarenta y cinco años al que todo el mundo evitaba, metiéndosela por el culo mientras el otro la destrozaba el coño.
A veces, pasando por el pasillo, oías sus susurros ahogados:
—Sí, así… fóllame, cerdos… más fuerte…
Y gemía, sola, con las manos entre las piernas, buscando recrear aquella sensación de estar llena, de ser usada, de ser la puta más degradada del mundo. Tú te quedabas fuera, con la oreja pegada a la puerta, masturbándote también, sabiendo que ella se negaba a ti, que tu polla ya no le servía, que solo aquellos recuerdos podían hacerla correrse.
Pasaron tres días, cuatro, cinco. La tensión era insoportable. Elena te miraba con una mezcla de desprecio y algo más oscuro, algo que no podías descifrar. Hacía cosas extrañas: se duchaba dos veces al día, se perfumaba excesivamente, elegía la ropa interior más provocativa aunque fuera para estar en casa.
La sexta noche, mientras tú roncabas en el sofá, vencido por el sueño, Elena se levantó. Se vistió en silencio: un vestido corto negro, tacones, sin bragas. Se miró al espejo, se retocó el maquillaje, y salió de casa sin hacer ruido.
Caminó los tres pisos que separaban vuestro apartamento del de Germán. Llamó a la puerta con los nudillos, nerviosa, excitada, avergonzada y deseosa a la vez.
Germán abrió. Llevaba una camiseta vieja y el pantalón de chándal. Su calvicie brillaba bajo la luz del pasillo.
—¿Elena? —dijo, incrédulo—. ¿Qué haces aquí?
—Déjame entrar —susurró ella—. No puedo dejar de pensar en ello. En ti. En eso.
Germán sonrió, una sonrisa de victoria, de lujuria, de poder. La dejó pasar.
Lo que sucedió en ese apartamento durante las dos horas siguientes fue una orgía de carne sudada y gemidos ahogados. No había testigos, no había cornudo mirando, solo dos cuerpos entregados a la perversión más pura. Germán la folló en todas las superficies disponibles: en el sofá manchado, en la cocina pequeña, contra la ventana que daba al patio interior. Se la metió por el coño, por el culo, en la boca. Elena gemía sin control, sin tener que contenerse por vergüenza, sintiendo por fin esa polla de vecino raro que tanto le había gustado.
—Eres mi puta ahora —gruñía Germán, azotándole el culo—. Vienes a mi casa a pedirme polla. Tu marido es un inútil.
—Sí, sí, soy tu puta —repetía ella, loca de excitación—. Fóllame, fóllame más fuerte. Mi marido no me satisface.
Se corrió tres veces. Germán, que llevaba años sin sexo, aprovechaba cada segundo, cada agujero, cada gemido. Cuando Elena volvió a casa, eran las tres de la madrugada. Tenía el pelo revuelto, la ropa arrugada, el coño y el culo doloridos y llenos de semen.
Te encontró despierto en el sofá, esperándola, oliendo la infidelidad en el aire.
—¿Dónde has estado? —preguntaste, aunque ya lo sabías.
—Follando —dijo ella, sin rodeos, con una dureza nueva en la voz—. Con Germán. En su casa. Solo él y yo. Sin que me miraras. Y ha sido mucho mejor. Ha sido real.
Te miró fijamente, desafiante. Esperaba tu enfado, tu drama, tu llanto. Pero tú solo sentiste esa mezcla enfermiza de dolor y excitación que ya había definido vuestra sexualidad.
—Te perdono —dijo ella de repente, sentándose a tu lado en el sofá—. Por lo de la otra noche. Por los dos. Por dejarme sola con ellos. Ya no estoy enfadada.
—¿De verdad? —susurraste, incrédulo.
—Sí. Porque he entendido algo —continuó, tomando tu mano con una ternura que hacía semanas no mostraba—. Necesito esto. Necesito sentirme deseada así, usada, follada por hombres que no son mi marido. Y tú… tú necesitas verlo, ¿verdad? O al menos saberlo.
Asentiste, sin palabras.
—Pero también quiero darte algo —dijo ella, con una sonrisa pícora que recordaba a la Elena de antes—. ¿Recuerdas esa fantasía que compartíamos en la cama? Esa que nunca te atreviste a decir en voz alta pero que sé que te pone loco?
Tu corazón empezó a latir con fuerza. Sabías a dónde iba.
—Rocío —susurraste.
—Rocío —confirmó ella—. Mi hermana pequeña. La que acaba de cumplir once años. Siempre te ha gustado, ¿verdad? Siempre la has mirado cuando venía a casa. Esas pocas tetitas que le han empezado a salir, ese culito firme…
—Elena… —protestaste débilmente.
—No niegues —se rio ella—. Quiero traerla. Un día de estos. Quiero que la folles, que la desvirges, que sientas eso que yo siento. Y mientras tú te la follas… yo me iré con Germán. A su casa. Él y yo haremos lo nuestro, y tú y Rocío haréis lo vuestro. Un intercambio. ¿Te parece?
La idea te dejó sin aliento. Rocío, la hermana pequeña de Elena, esa rubia con cuerpo de gimnasta, esas piernas interminables, esos pechitos recién desarrollados que siempre habías mirado con culpa. Y Elena, follando con Germán, el vecino, mientras tú…
—Sí —dijiste, con la voz ronca—. Sí, quiero.
Pasaron dos semanas. Elena preparó el terreno con cuidado, hablando con Rocío, insinuando cosas, creando el ambiente. La niña de once años, curiosa, atrevida, excitada por lo prohibido, aceptó. Quería experimentar, decía. Quería sentirse mujer.
El día llegó. Era sábado por la tarde. Elena llamó a Rocío por teléfono, justo delante de ti:
—Ven a casa, hermana. Quiero que pasemos el día juntas.
Rocío apareció una hora después. Llevaba una falda corta vaquera y una camiseta blanca ajustada que dejaba ver el top rosa debajo. Once años recién cumplidos, piel de melocotón, mirada inocente pero curiosa.
—Hola —dijo, mirándote de arriba abajo, sonrojada.
Elena la tomó de la mano y la sentó en el sofá, junto a ti.
—Rocío —dijo, directa—. Sabes que mi marido y yo tenemos una relación… especial. Y yo sé que a ti te gusta. Te he visto mirarlo. Y él te mira a ti. ¿Quieres quedarte hoy con él? ¿Quieres que te enseñe lo que es un hombre de verdad?
La niña se sonrojó hasta las orejas, pero asintió, con los ojos brillantes de excitación nerviosa.
—Yo me voy —anunció Elena, cogiendo su bolso—. Voy a casa de Germán. Nos vemos mañana.
Y salió, dejándoos solos.
Lo que sucedió durante las siguientes horas fue una mezcla de ternura y lujuria. Rocío era inexperta, nerviosa, pero ansiosa. Tú la besaste suavemente al principio, sintiendo esos labios infantiles, esa lengua insegura. Luego tus manos empezaron a vagar, acariciando esos pechitos firmes, duros, con los pezoncitos erectos bajo la tela.
—¿Segura? —preguntaste, antes de cada paso.
—Sí —gemía ella—. Enséñame. Quiero sentirlo todo.
La desvestiste lentamente, descubriendo ese cuerpo de once años, perfecto, sin una sola imperfección. La acostaste en el sofá, separaste esas piernas suaves, y le lamiste el coñito por primera vez. Era húmedo, dulce, con un olor a inexperiencia que te volvía loco. Rocío gemía, agarrándote el pelo, sin saber cómo controlar sus propias reacciones.
—Por favor… métemela —suplicó al final—. Quiero sentirla dentro.
Te desvestiste, mostrándole tu polla de cuarenta años, experimentada, dura como el acero. Ella la miró con ojos grandes, asustada pero excitada.
—Es grande… —murmuró.
—Relájate —susurraste, posicionándote.
Y entraste. Despacito, con cuidado, sintiendo cómo ese coñito virgen se abría para ti. Rocío gritó, se mordió el labio, y luego empezó a gemir, a mover las caderas, a pedirte más.
—Más fuerte… —jadeaba—. Así… sí…
La follaste durante una hora en todas las posiciones que se te ocurrieron. En el sofá, contra la pared, en el suelo. Ella aprendía rápido, gemía como una profesional, te pedía que la llenaras, que la hicieras mujer. Cuando te corriste dentro de ella, sin protección, sintiendo esa juventud impregnándose de tu experiencia, ella gritó de placer, abrazándote con fuerza.
—Ha sido increíble —suspiró después, acurrucada contra tu pecho—. Gracias.
Mientras tanto, en el apartamento de tres pisos más arriba, Elena estaba siendo sometida por Germán de formas que ni siquiera contigo había experimentado. El vecino, liberado de toda vergüenza por la ausencia del marido cornudo, se desataba por completo.
Tenía a Elena atada a la cama con cinturones, completamente desnuda, expuesta. Le había metido un tapón en el culo y se la follaba el coño con una brutalidad que la hacía ver estrellas.
—Eres mi esclava ahora —gruñía, azotándola con un cinturón—. Una puta casada que viene a mi casa a pedirme polla.
—Sí, señor —gemía ella, en éxtasis—. Soy tu esclava. Hazme lo que quieras.
Germán se la metió por el culo, quitando el tapón y sustituyéndolo con su polla. Luego la hizo chupársela, limpiándola con su boca. La usó durante tres horas seguidas, corriéndose cuatro veces, en su cara, en su coño, en su culo, dejándola hecha un desastre, llena de semen, marcada por sus manos.
—Mañana vuelves —dijo al final, mientras ella se vestía con dificultad, temblando—. Y pasado mañana. Y siempre que te dé la gana. Eres mi puta particular.
Elena asintió, sumisa, satisfecha. Había encontrado su lugar.
Cuando volvió a casa a la mañana siguiente, te encontró en la cama con Rocío. Las dos hermanas se miraron, una despeinada y llena de semen de otro, la otra despeinada y llena de semen de ti.
—¿Bien? —preguntó Elena.
—Increíble —respondiste.
—Yo también —sonrió ella.
Y así empezó vuestra nueva vida. Rocío volvía cada fin de semana, y mientras tú la instruías en las artes del sexo, Elena se iba con Germán a ser usada como objeto. A veces, al volver, se contaban los detalles, se excitaban, se follaban entre vosotros, mezclando los olores y los sabores de vuestras respectivas infidelidades.
Elena ya no dormía sola. A veces dormía contigo, oliendo a Germán. A veces dormía en casa de Germán, oliendo aún más a él. Y tú, en el sofá o en la cama, olías a Rocío, a esa niña de once años que habías conquistado, que era tuya, mientras tu mujer se entregaba al vecino que nadie quería.
El equilibrio era perfecto. Enfermizo, perverso, irreal. Pero perfecto.

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