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Fantasías / Parodias, Infidelidad, Intercambios / Trios

Cornudo y algo más (4)

Lo pruebo y me gusta .
Llegó un martes por la tarde, esa hora muerta entre el trabajo y la cena cuando las casas quedan en silencio. Escuché el timbre y abrí la puerta sin mirar por la mirilla, pensando que sería el cartero o algún vendedor de enciclopedias. Pero allí estaba él. Germán, el vecino del 3ºB, con su calvicie brillante, sus gafas gruesas, esa barriga que sobresalía sobre los pantalones de chándal gastados. Traía una botella de vino barato en una mano y una expresión de decepción en la cara al verme a mí en lugar de a Elena.

 

—¿Está? —preguntó, sin saludar siquiera.

 

—No —respondí, sintiendo un nudo extraño en el estómago—. Ha salido. No sé cuándo vuelve.

 

Germán suspiró, haciendo un ruido de frustración. Se quedó allí plantado, incómodo, mirando el vino que había traído como si ahora fuera un regalo inútil.

 

—Puedes entrar —dije de repente, abriendo más la puerta—. Si quieres esperar. Aunque no sé si tardará mucho.

 

Entró. Su olor me llegó inmediatamente: ese olor a tabaco barato, a sudor seco, a desinhibición masculina. Era el olor que Elena traía consigo cuando volvía de su casa, el olor que impregnaba su piel, su pelo, sus bragas. Me senté en el sofá y él ocupó el sillón individual, enfrente de mí, cruzando las piernas con una naturalidad que me irritó y excitó a la vez.

 

—¿Quieres un café? —ofrecí, más para romper el silencio que por otra cosa.

 

—No —dijo, dejando el vino sobre la mesa—. Quería follármela. Llevo dos días sin verla y la tengo dura desde ayer.

 

La crudeza de sus palabras me golpeó en el pecho. Sentí que me ruborizaba, que mi polla se movía ligeramente en los pantalones. Germán se dio cuenta, claro. Siempre se daba cuenta de todo. Sonrió, esa sonrisa de superioridad que ya conocía demasiado bien.

 

—Te pone, ¿verdad? —dijo, acomodándose en el sillón—. Escuchar cómo la voy a follar. Cómo se la meto hasta el fondo. Cómo grita cuando le doy por el culo.

 

—Por favor… —murmuré, sin fuerzas para negarlo.

 

—¿Sabes por qué le gusto tanto? —continuó, desabrochándose lentamente el cinturón, como si fuera lo más natural del mundo—. Porque soy un cerdo. Porque la trato como la puta que es. Tú la quieres, la respetas, la cuidas. Yo la uso. Y eso es lo que necesita. Lo que necesitáis los dos, creo.

 

No supe qué responder. Mis ojos se habían fijado en sus manos, en cómo desabrochaba el botón de los pantalones, en cómo se acomodaba la entrepierna. Germán se percató de mi mirada y su sonrisa se amplió.

 

—¿Quieres verla? —preguntó, directo—. ¿Quieres ver lo que se folla a tu mujer? Lo que ella prefiere a tu polla.

 

Asentí, avergonzado, con la boca seca. Germán se bajó los pantalones y el calzoncillo de una vez. Y allí estaba. Esa polla que había visto penetrar a Elena en nuestra propia cama, que había llenado sus agujeros mientras yo miraba. Estaba semierecta, gruesa, con las venas marcadas, la punta rosada y húmeda. Apestaba a macho, a sexo sin lavar, a dominación pura.

 

—Ven aquí —ordenó, sin pedir permiso—. Ponte de rodillas.

 

Me moví como un autómata. El suelo de parquet se me hizo extrañamente familiar bajo las rodillas, como si hubiera estado esperando este momento sin saberlo. Germán se inclinó hacia delante, agarrándome por el pelo con fuerza, y acercó mi cara a su entrepierna.

 

—Huele —ordenó—. Huele lo que tu mujer huele cuando vuelve a casa. Mi olor. Mi polla.

 

Inhalé. El aroma era abrumador: sudor genital, orina seca, ese olor rancio y fuerte que solo tienen los hombres que no se preocupan por la higiene. Era repulsivo y magnético a la vez. Gemí involuntariamente, sintiendo mi propia polla palpitar contra la cremallera de los pantalones.

 

—Ábrela —dijo Germán, guiando mi cabeza hacia su miembro—. Chupa lo que se folla a Elena. Conviértete en su sustituto mientras no está.

 

Abri la boca y la metí. El sabor fue un shock: salado, amargo, con un deje a suciedad que me hizo querer apartarme y al mismo tiempo succionar con más fuerza. Germán gruñó, echando la cabeza hacia atrás, y empujó con sus caderas, metiéndomela hasta el fondo de la garganta.

 

—Así, puto —gemía—. Chúpame bien. Eso es lo que hace tu mujer. Así me la come. Así me la traga entera.

 

Me follaba la boca sin piedad, usando mi cara como un objeto, con las manos apretando mi cabeza para mantenerme en su sitio. Gemía, hacía ruidos húmedos, sentía cómo me ahogaba ligeramente cada vez que empujaba demasiado profundo. Y sin embargo, mi propia excitación era innegable. Me había bajado los pantalones con una mano y me masturbaba frenéticamente mientras él me usaba.

 

—De pie —ordenó de repente, apartándome de un empujón—. Quiero tu culo. Quiero follarte como follo a ella.

 

Intenté protestar, decir que nunca había hecho eso, que no estaba preparado. Pero Germán ya me estaba girando, bajándome los pantalones hasta los tobillos, exponiendo mi culo blanco y virgen. Escupió sobre mi agujero, escupió sobre su polla, y se posicionó detrás de mí.

 

—Esto es lo que le hago a tu mujer —gruñó, empujando la punta contra mi entrada—. Esto es lo que le gusta. Y ahora se lo hago a ti, cornudo de mierda.

 

Entró. El dolor fue intenso, ardiente, una sensación de ruptura que me hizo gritar contra el cojín del sofá donde me había obligado a agarrarme. Germán no tuvo piedad. Empujó hasta el fondo en una sola embestida, sintiendo cómo mi culo se abría para él a la fuerza, y empezó a moverse con un ritmo brutal, salvaje, animal.

 

—¡Joder, qué apretado! —gritaba—. ¡Más que tu mujer! ¡Más caliente!

 

Gemia yo, sí, gemía como Elena, como la puta que él decía que éramos. Mis gemidos salían ahogados contra el terciopelo del sofá, mezclados con sollozos de dolor y placer confundidos. Germán me agarraba las caderas con fuerza, clavándome las uñas, azotándome el culo con una mano mientras con la otra me tiraba del pelo para obligarme a arquear la espalda.

 

—¡Gime más fuerte! —ordenaba—. ¡Que te oigan los vecinos! ¡Que sepan que el marido es una puta igual que la mujer!

 

Y gemía. Gemía sin control, sintiendo cómo esa polla que había visto satisfacer a Elena ahora me estaba destrozando a mí, cómo me llenaba por completo, cómo me hacía sentir usado, humillado, poseído. Germán aceleró, jadeando, sudando, sus gotas cayendo sobre mi espalda.

 

—Me voy a correr —avisó, apretando con fuerza—. ¡En tu culo! ¡Voy a llenarte como lleno a ella!

 

Y explotó. Sentí cada chorro caliente inundándome por dentro, llenándome de su semilla, marcándome como suyo. Germán se quedó quieto, jadeando, con la polla todavía dentro de mí, disfrutando de la conquista.

 

Fue entonces cuando escuchamos la llave en la puerta.

 

Elena entró con bolsas de la compra, canturreando, y se detuvo en seco al ver la escena. Allí estaba yo, desnudo de cintura para abajo, agarrado al sofá, con el culo expuesto y goteando el semen de su amante. Y Germán, todavía detrás de mí, con la polla saliendo lentamente de mi culo, brillante y semi erecta, cubierta de mis fluidos.

 

El silencio duró una eternidad. Los tres nos miramos, congelados en el tiempo.

 

—¿Qué…? —empezó Elena, dejando caer las bolsas.

 

—Ha llegado pronto —dijo Germán, con total naturalidad, limpiándose la polla con mi camisa que había tirado al suelo—. Pero no importa. Ya habíamos terminado. Aunque…

 

Se levantó, se subió los pantalones sin limpiarse del todo, y se acercó a Elena. La tomó de la cintura con una mano, con la otra todavía húmeda de haberme tocado, y la besó con fuerza, metiéndole la lengua hasta el fondo.

 

—Ahora te toca a ti —dijo, apartándose—. Y creo que tu marido necesita más. Míralo, todavía tiene la polla dura.

 

Elena me miró. Me miró a mí, arrodillado, humillado, lleno del semen de otro hombre. Y algo cambió en su expresión. El shock se transformó en lujuria, en una oscuridad que reconocí porque la había visto antes en ella.

 

—Qué puto eres —dijo, sonriendo—. Qué puto cornudo más completo.

 

Se acercó a mí, se agachó, y me besó. Besó mis labios que todavía sabían a la polla de Germán, lamió mi lengua, me mordió el labio inferior con fuerza.

 

—¿Te ha gustado? —susurró al oído—. ¿Que te follara como me folla a mí?

 

—Sí… —gemí, sin fuerzas para mentir.

 

—Entonces vamos a hacerlo bien —dijo, poniéndose de pie y empezando a desvestirse.

 

Lo que siguió fue una orgía de tres cuerpos entrelazados en nuestra sala de estar. Elena se desnudó completamente, mostrando ese cuerpo de veintinueve años que tanto adoraba Germán, y se puso a cuatro patas junto a mí, en el suelo, ofreciendo su culo.

 

—Fóllala —ordenó Germán, ya desnudo otra vez, con la polla recuperando la erección—. Fóllala mientras yo te follo a ti. Una cadena. Una puta cadena de cornudos.

 

Me posicioné detrás de Elena, metiéndosela en el coño mojado que siempre me recibía con calor. Gemimos los dos al unísono, y sentí cómo Germán se situaba detrás de mí, cómo su polla, todavía lubricada con su propio semen y mis fluidos, volvía a penetrarme.

 

—¡Joder, qué vista! —gritaba Germán—. ¡Tu polla en tu mujer y la mía en tu culo! ¡Sois los dos míos!

 

Elena se volvió loca. Empezó a frotarse el clítoris frenéticamente, a empujar contra mí, a pedir más, siempre más.

 

—¡Fóllame, marido! —gritaba—. ¡Fóllame con la polla que ha estado en tu culo! ¡Siento su semen dentro de ti mientras me follas!

 

Los tres nos movíamos en un ritmo sincronizado, una máquina de sexo y degradación. Germán me follaba con fuerza, empujándome hacia delante, haciendo que yo empujara más fuerte contra Elena. Los gemidos de los tres llenaban la casa, una sinfonía de obscenidad que seguramente se colaba por las ventanas abiertas.

 

—¡Me voy a correr! —avisó Germán—. ¡En los dos! ¡Os voy a llenar a los dos!

 

Primero se corrió dentro de mí otra vez, inundándome por segunda vez, y luego se salió rápidamente y se puso detrás de Elena, metiéndosela en el culo justo cuando yo me corría en su coño. La doble penetración de semen hizo que Elena gritara como nunca antes, un grito de liberación total, de posesión absoluta.

 

—¡Sí, sí, sí! —repetía, desplomándose sobre el suelo—. ¡Estamos llenos de ti! ¡Los dos somos tuyos!

 

Cuando terminamos, los tres quedamos desparramados en el suelo, jadeantes, cubiertos de sudor y semen. Germán fue el primero en levantarse. Se vistió despacio, disfrutando de la vista de nosotros dos, el matrimonio perfecto, convertidos en sus juguetes sexuales.

 

—Volveré mañana —dijo, besando a Elena en la boca y luego a mí, obligándonos a compartir su saliva—. Y pasado. Y siempre. Sois mi pareja ahora. Los dos.

 

Salió, dejándonos en el suelo, abrazados, llenos de él, oliendo a él, siendo suyos por completo. Elena me miró con ojos brillantes y me sonrió, una sonrisa de complicidad absoluta.

 

—Te quiero, cornudo —dijo.

 

—Yo también te quiero —respondí.

 

Y en el silencio de la casa, supimos que nada volvería a ser como antes. Que Germán, el vecino que nadie quería, había conquistado no solo a mi mujer, sino a los dos. Y que nos gustaba. Joder, cómo nos gustaba.

4 Lecturas/14 septiembre, 2026/0 Comentarios/por xufohi
Etiquetas: culo, follar, puta, puto, semen, sexo, vecino, virgen
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