• Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (1 votos)
Cargando...
Fantasías / Parodias, Infidelidad, Zoofilia Mujer

Elian, Mi Macho Prohibido

Erika es una mujer frustrada, madre de dos hijos y casada con un esposo ausente que ya no la toca. Cuando la soledad se vuelve insoportable, encuentra en Elian —el gran pastor alemán que nunca quiso adoptar— una compañía cada vez más cercana e intensa. Lo que comienza como caricias inocentes.
Mi nombre es Elian. Soy un pastor alemán grande, de pelaje negro y marrón. En el refugio la vida era ruidosa y fría. Aquí en la casa todo es diferente. Tengo mi cama en la sala, comida dos veces al día y un patio trasero donde puedo correr.

 

Alex, el niño de 14 años, es quien más juega conmigo. Me lanza la pelota y me abraza fuerte cuando llega de la escuela. Laura, la hija mayor, me acaricia a veces cuando pasa, pero siempre tiene prisa. Edgar, el hombre de la casa, me da palmadas en la cabeza por las mañanas antes de irse a trabajar, pero casi no lo veo el resto del día.

 

La que más tiempo pasa conmigo es Erika.

 

Al principio ella no quería que yo estuviera aquí. Recuerdo sus palabras el primer día: «Un perro más que cuidar… como si no tuviera suficiente». Me miraba poco y solo me daba las órdenes necesarias: «Ven», «Siéntate», «Come». Su voz era seca.

 

Pero las cosas han cambiado despacio.

 

Ahora, cuando llega de la oficina por las tardes, lo primero que hace es quitarse los tacones altos y suspirar.

 

La casa suele estar vacía: Alex en la escuela o en casa de un amigo, Laura en la universidad y Edgar todavía en el trabajo. Solo estamos ella y yo.

 

Últimamente me deja acercarme más.

 

Ayer, por ejemplo, se sentó en el sofá con una taza de té y palmeó el cojín a su lado. Yo subí con cuidado, porque soy grande y no quiero lastimarla.

 

Apoyé mi cabeza grande sobre su pierna. Erika tenía puesta esa falda negra que usa para trabajar y una blusa clara. Su mano empezó a acariciarme lentamente detrás de las orejas, luego bajó por mi lomo.

 

—Eres un buen chico, Elian… —murmuró—. Al menos tú siempre estás aquí.

 

Su voz sonaba cansada, pero más suave que antes. Olía a perfume mezclado con el olor de su piel después de todo el día. Me quedé quieto, disfrutando el contacto. Ella siguió acariciándome un buen rato, mirando por la ventana sin decir mucho más.

 

Esta mañana, antes de que todos salieran, Erika me dio un poco de comida extra de su mano. Sus dedos rozaron mi hocico. No se apartó rápido como antes. Se quedó un segundo más, mirándome a los ojos.

 

—Quédate cuidando la casa, ¿sí? —dijo, y por primera vez me sonrió un poco.

 

Yo moví la cola fuerte. No entiendo mucho de los humanos, pero sé que cuando ella está sola en la casa se relaja más. Se sienta, se cambia de ropa cómoda, ve televisión y a veces me llama para que me acueste cerca de sus pies.

 

Poco a poco me he acostumbrado a su presencia. Y creo que ella a la mía. Ya no parece molesta cuando me acerco.

 

Al contrario, a veces es ella quien me busca para rascarme la panza o abrazar mi cuello grande.

 

Todavía no sé muy bien qué pasa cuando su olor se pone más fuerte algunas tardes… pero por ahora solo me gusta estar cerca de ella.

 

Un sábado por la tarde el sol estaba cálido y el patio trasero se llenó de risas. Alex había salido corriendo con la pelota de fútbol y Edgar lo siguió, riendo fuerte mientras jugaban. El hombre de la casa se veía contento: se quitó los zapatos, remangó la camisa y corría detrás del balón con su hijo, lanzándolo alto y celebrando cada vez que Alex lograba atajarlo.

 

Yo estaba sentado bajo la sombra del árbol grande, moviendo la cola, observando. Me gustaba verlos jugar.

 

Alex me llamaba a veces para que corriera con ellos, pero en ese momento me quedé quieto.

 

Erika salió a la terraza con un vaso de limonada en la mano. Se había cambiado la ropa de oficina por un vestido ligero de verano, suelto, que le llegaba un poco por encima de las rodillas. Se quedó parada en la puerta, mirando cómo Edgar y Alex corrían y se reían juntos. Su expresión era tranquila, pero sus hombros estaban un poco caídos. Se apoyó contra el marco de la puerta y tomó un sorbo largo de su bebida.

 

Edgar ni siquiera volteó a verla. Solo gritó hacia Alex:

 

—¡Esa estuvo buena, campeón! ¡Otra vez!

 

Erika se quedó ahí varios minutos, en silencio. Su mano libre bajó y empezó a juguetear con el borde de su vestido.

 

Suspiró profundo, casi sin ruido. Yo me levanté y caminé hacia ella sin hacer mucho ruido. Cuando llegué a su lado, empujé suavemente mi cabeza grande contra su pierna, como ya había aprendido que le gustaba.

 

Ella bajó la mirada y, después de un segundo, sonrió un poquito. Puso su mano sobre mi cabeza y me acarició despacio, rascándome detrás de las orejas.

 

—Al menos tú sí me haces compañía, Elian… —murmuró bajito, casi para ella misma.

 

Su voz sonaba cansada, como cuando llegaba de la oficina después de un día largo. Edgar seguía jugando con Alex, riendo y gritando instrucciones. No miró hacia la terraza ni una sola vez.

 

Erika se quedó ahí, acariciándome con movimientos lentos y repetitivos, como si el contacto la tranquilizara. Yo me senté pegado a su pierna, sintiendo el calor de su piel a través del vestido fino. Su olor era más suave hoy, pero tenía ese toque dulce que últimamente reconocía muy bien.

 

Pasaron varios minutos. Alex llamó a su papá para que le enseñara a patear de cierta forma. Edgar se rio y siguió concentrado en el juego. Erika terminó su limonada, dejó el vaso en la mesita y se agachó un poco para abrazar mi cuello grande con un brazo. Me apretó suavemente contra ella.

 

—Buen chico… —susurró cerca de mi oreja.

 

No entendí por qué su voz se escuchaba un poco más ronca de lo normal, ni por qué se quedó abrazándome más tiempo del habitual mientras su esposo y su hijo seguían jugando sin prestarle atención. Solo supe que me gustaba estar ahí, recibiendo sus caricias, y que ella parecía más tranquila cuando yo estaba cerca.

 

Finalmente, Erika se enderezó, me dio una última palmada en el lomo y entró de nuevo a la casa. Yo la seguí, dejando atrás las risas del patio.

 

Era noche de fin de semana. La casa estaba más tranquila que de costumbre. Yo estaba en la cocina, feliz, moviendo la cola mientras comía mi comida favorita de la noche.

 

El plato estaba lleno y yo masticaba con ganas, sintiendo el sabor rico y la barriga que se llenaba. Era uno de esos momentos en los que todo se sentía bien: había comido, había corrido un poco en el patio y ahora podía descansar.

 

Escuché la puerta principal abrirse.

 

Erika entró cargando varias bolsas elegantes, de esas que tienen logos brillantes y parecen caras. Olía a perfume nuevo, más dulce y fuerte que el de siempre. Subió las escaleras rápidamente hacia el piso de arriba, sin decir mucho. Yo levanté la cabeza un momento, la vi pasar con las bolsas y seguí comiendo. No entendía qué eran esas bolsas, pero ella parecía tener prisa.

 

Un rato después, Edgar llegó también.

 

Entró cansado, dejó sus cosas en la sala y apenas saludó. Subió al dormitorio principal, se duchó rápido y se metió a la cama. En pocos minutos ya estaba roncando profundamente, como casi siempre.

 

Yo terminé mi comida, bebí agua y me tumbé en mi cama grande en la sala, pero no me dormí de inmediato.

 

Escuché movimiento arriba. Erika bajó un momento, pero su olor había cambiado. Ahora olía a algo más intenso, como cuando se arregla mucho. Subió otra vez.

 

Pasó bastante tiempo. De pronto oí un sonido bajito que venía del baño del pasillo de arriba. Era Erika. Estaba llorando. No eran llantos fuertes, sino suaves, ahogados, como si intentara que nadie la escuchara. Me levanté y subí unos cuantos escalones, pero no llegué hasta arriba. Solo me quedé ahí, escuchando. No entendía qué pasaba. ¿Por qué lloraba? ¿Estaba triste? ¿Le había pasado algo?

En mi cabeza todo era confuso. Sabía que a veces los humanos se ponían así, pero no comprendía el motivo.

 

Solo sabía que ella había llegado contenta con esas bolsas y ahora estaba llorando sola. Edgar dormía profundamente y no se despertó.

 

Me quedé un rato más en la escalera, con las orejas paradas, pero no había nada que pudiera hacer. Al final, bajé de nuevo, di unas vueltas en mi cama y me acosté. Su olor todavía flotaba en el aire, mezclado con algo salado que no reconocía del todo. Me sentía raro, un poco inquieto, pero no sabía por qué.

 

Poco a poco el sueño me ganó. Me dormí pensando en que mañana sería otro día, con comida, caricias y la compañía de Erika cuando estuviera sola, como siempre.

 

Han pasado varios días desde aquella noche. La rutina en la casa seguía más o menos igual: Alex jugando, Laura saliendo, Edgar llegando tarde y durmiéndose pronto. Erika cada vez pasaba más tiempo conmigo cuando estaba sola. Me acariciaba más rato, me hablaba bajito como si yo pudiera entender todo, y yo me quedaba pegado a ella, feliz con su compañía.

 

Esa tarde, Erika estaba sentada en la sala. Yo estaba acostado cerca de sus pies. La vi girando una y otra vez el anillo de compromiso en su dedo, mirándolo con una expresión que no le había visto antes. Lo movía de un lado a otro, despacio, como si estuviera pensando en algo muy profundo. Suspiraba seguido. No dijo nada, solo giraba el anillo una y otra vez. Yo levanté la cabeza y la miré, pero ella parecía perdida en sus pensamientos.

 

Después de un rato se levantó y subió a su cuarto. Yo me quedé un momento en la sala, pero luego empecé a hacer mi ronda de siempre: pasear por la casa, revisar que todo estuviera en orden, como buen guardián. Subí las escaleras tranquilamente, moviendo la cola.

 

De pronto escuché ruidos extraños que venían de su cuarto. Eran como gemidos y gritos ahogados, pero no de dolor exactamente… sonaban diferentes. Me preocupé. La puerta estaba entreabierta. Empujé con el hocico y entré sin hacer mucho ruido.

 

Lo que vi me dejó confundido.

 

Erika estaba acostada en la cama grande, con las piernas abiertas. Tenía la falda subida hasta la cintura y la blusa desabotonada. En una mano sostenía un objeto rosado y brillante que vibraba fuerte; lo tenía metido entre sus piernas, moviéndolo dentro de esa parte de su cuerpo que yo solo había olido antes. Con la otra mano se apretaba uno de sus pechos grandes, pellizcándose el pezón. Su cara estaba roja, los ojos entrecerrados, y en la laptop que usaba para trabajar había videos de humanos moviéndose de forma rara, desnudos y haciendo ruidos fuertes.

 

—Ahh… joder… —gemía ella bajito, moviendo las caderas contra ese objeto vibrador—. Necesito… necesito correrme…

 

Yo me quedé parado en la entrada, con las orejas paradas y la cabeza ladeada. No entendía qué estaba pasando. ¿Estaba herida? ¿Estaba jugando? ¿Por qué olía tanto a ese calor húmedo que me ponía inquieto? Mi hocico se movió solo, olfateando el aire cargado de su olor. Vi cómo su coño brillaba mojado alrededor del vibrador, cómo su cuerpo se tensaba y temblaba.

 

No sabía qué hacer. Solo me quedé ahí, observándola, sintiendo que algo en mí también se despertaba sin entender por qué. Mi verga empezó a asomarse un poquito del prepucio, pero yo solo pensaba que Erika se veía diferente… muy diferente a como la veía todos los días.

 

Ella todavía no me había visto. Seguía concentrada en lo suyo, gimiendo más fuerte mientras movía el vibrador más rápido.

 

Erika seguía moviendo el vibrador dentro de ella, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, soltando gemidos cada vez más fuertes. De pronto abrió los ojos y me vio parado ahí, en la entrada de la habitación, observándola con la cabeza ladeada.

 

Su cara cambió por completo. El placer se convirtió en sorpresa y luego en enojo. Se incorporó rápido, sacando el vibrador de un tirón y cerrando las piernas de golpe. Su pecho subía y bajaba agitado, pero ahora era por rabia.

 

—¡Elian! ¡Fuera! —gritó fuerte, con la voz quebrada por el estrés—. ¡Sal de aquí ahora mismo! ¡Vete!

 

Yo di un paso atrás, sorprendido por su tono. Nunca me había hablado así. Mis orejas se bajaron un poco. No entendía qué había hecho mal. Solo había entrado porque escuché ruidos y quería asegurarme de que estuviera bien. Pero ella parecía muy molesta.

 

—¡Te dije que te vayas! —repitió, señalando la puerta con la mano temblorosa.

 

Bajé la cabeza y salí de la habitación con la cola entre las patas. Apenas crucé el marco, escuché cómo cerraba la puerta de un golpe fuerte detrás de mí. El clic de la cerradura sonó claro.

 

Me quedé un momento afuera, sentado en el pasillo, escuchando. Los gemidos volvieron a empezar poco después, pero más ahogados, como si intentara controlarse.

 

Yo no comprendía nada. ¿Por qué estaba haciendo eso con ese objeto? ¿Por qué olía tanto a calor y frustración? ¿Por qué se enojó tanto al verme? En mi cabeza de perro solo había imágenes confusas: sus piernas abiertas, ese olor intenso, sus tetas grandes moviéndose, el sonido mojado del vibrador entrando y saliendo. No sabía qué significaba todo eso, pero no podía dejar de pensar en ello.

 

Al final me levanté y bajé las escaleras. Seguí con mi rutina normal: di una vuelta por la casa, revisé el patio trasero, bebí un poco de agua y me acosté en mi cama de la sala. Pero cada cierto rato mi mente volvía a esa imagen. Su cuerpo blanco, abierto, temblando. Ese olor fuerte que se me había quedado pegado en el hocico.

No entendía por qué, pero algo dentro de mí se sentía raro. Inquieto.

 

Caliente. Aun así, solo me acurruqué y traté de dormir, como siempre.

 

Ya era noche avanzada. La casa estaba en silencio total. Yo dormía profundamente en mi cama grande de la sala, acurrucado, con la barriga llena y cansado después de haber hecho guardia todo el día. Mi sueño era tranquilo, solo respiraba lento y soñaba con correr en el patio.

 

De pronto escuché pasos suaves bajando las escaleras. Abrí los ojos y levanté la cabeza. Era Erika. Bajaba descalza, con una bata ligera de color claro que apenas le cubría los muslos.

 

Llevaba el cabello suelto y desordenado. Su cara se veía triste, con los ojos hinchados, como si hubiera llorado más. Fue directo a la cocina, abrió la nevera y sacó una botella de vino. Se sirvió una copa grande y se quedó parada ahí, mirando la nada mientras tomaba el primer sorbo.

 

Me levanté despacio y me acerqué caminando silencioso. Ella me vio y se quedó quieta un momento. Su expresión cambió un poco.

 

—Elian… —susurró con voz suave y cansada—. Ven aquí, chico.

 

Se acercó a mí dejando la copa sobre la mesa. Se agachó un poco y extendió la mano para acariciarme la cabeza. Sus dedos temblaban ligeramente.

 

—Lo siento… —dijo bajito, rascándome detrás de las orejas—. No debí gritarte así hoy. Estaba… muy estresada. Tú no tienes la culpa de nada. Eres un buen chico, siempre estás aquí.

 

Yo moví la cola feliz de verla más tranquila. Me acerqué más y, como siempre hacía cuando me acariciaba, empecé a lamerle la cara con cariño.

 

Mi lengua grande y caliente pasó por su mejilla, luego por su cuello y, sin darme cuenta, rozó también su boca y labios. Sabía salado por las lágrimas y tenía ese olor dulce y cálido que tanto reconocía.

 

Erika soltó un gemido bajito, casi sin querer.

 

—Mmmh… —se le escapó cuando mi lengua pasó por su cuello otra vez. Se quedó quieta, dejando que la lamiera.

 

Sus manos se aferraron un poco más fuerte a mi pelaje. Otro gemidito suave salió de su garganta cuando mi hocico rozó más cerca de su boca.

 

Se quedó así unos segundos, respirando más rápido, con los ojos entrecerrados. Luego se apartó despacio, como si le costara trabajo.

 

—Buen chico… —murmuró, acariciándome una última vez el lomo. Su voz sonaba un poco ronca.

 

Tomó la copa de vino, me dio una última mirada pensativa y subió de nuevo las escaleras hacia su cuarto.

 

Yo me quedé abajo, moviendo la cola todavía, contento de que ya no estuviera enojada conmigo. No entendía por qué había gemido ni por qué su olor se había puesto más fuerte otra vez, pero me gustaba haberla hecho sentir mejor.

 

Ella, mientras subía, iba pensando en lo que acababa de pasar… en mi lengua caliente sobre su piel, en cómo su cuerpo había reaccionado sin poder evitarlo.

 

Los días siguientes pasaron rápido.

 

Una mañana Edgar bajó con una maleta grande. Me dio una palmada en la cabeza y dijo que se iba de viaje de negocios por casi dos semanas.

 

Erika lo despidió en la puerta con un beso corto y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Cuando la puerta se cerró y el auto de Edgar se alejó, ella se quedó parada en la entrada un buen rato, mirando al vacío.

 

Dos días después fue el turno de Alex.

 

El niño estaba emocionadísimo con su viaje escolar de tres semanas. Cargó su mochila, me abrazó fuerte por última vez y se fue con el autobús del colegio. La casa se quedó mucho más silenciosa.

 

Laura pasaba por casa de vez en cuando, pero solo a dormir o a buscar ropa. Llegaba tarde y se iba temprano a la universidad. Apenas la veía un rato.

 

De repente, Erika y yo nos quedamos prácticamente solos en la casa grande.

 

Al principio ella parecía aliviada. Ya no tenía que preparar cenas completas ni esperar a nadie. Pero también se notaba más sola. Por las tardes, cuando llegaba de la oficina, soltaba un suspiro largo al cerrar la puerta, se quitaba los tacones y me buscaba con la mirada.

 

—Solo tú y yo ahora, Elian… —decía en voz baja.

 

Empezó a pasar más tiempo conmigo.

 

Por las noches se sentaba en el sofá con una copa de vino y me llamaba para que me acostara a su lado. Yo subía con cuidado, apoyaba mi cabeza grande sobre sus piernas y ella me acariciaba despacio, pasando los dedos por mi pelaje mientras veía televisión o simplemente miraba por la ventana. A veces hablaba conmigo, aunque yo no entendiera las palabras.

 

—Todos se fueron… y yo aquí —murmuraba a veces, rascándome detrás de las orejas o por la panza—. Al menos tú no me dejas sola.

 

Yo movía la cola contento. Me gustaba mucho esta nueva rutina. Ya casi no tenía que compartirla con nadie.

 

Cuando ella se duchaba, yo me acostaba frente a la puerta del baño esperando a que saliera. Cuando cocinaba algo ligero, me sentaba cerca de la cocina y ella me daba pedacitos de comida de su mano. Por las mañanas, antes de irse a la oficina, me abrazaba el cuello un buen rato y me daba besitos en la cabeza.

 

Su olor cada vez estaba más presente en toda la casa. Y yo me sentía más tranquilo y feliz que nunca, porque ahora casi siempre tenía su atención solo para mí.

 

Una noche, después de cenar, Erika se puso una bata ligera y se sentó en el sofá. Palmeó el lugar a su lado y yo subí inmediatamente, acomodándome pegado a ella. Apoyé mi cabeza sobre su muslo y cerré los ojos mientras ella me acariciaba con movimientos largos y lentos.

 

No sabía que esos días solos iban a cambiar muchas cosas… solo sabía que estar con Erika me hacía sentir muy bien.

 

Los días solos en casa nos unieron mucho más. Erika y yo desarrollamos un cariño profundo, de esos que se sienten en el día a día.

 

Por las mañanas, antes de irse a la oficina, ella me sacaba a pasear por el barrio. Yo caminaba pegado a su pierna, moviendo la cola feliz mientras ella sostenía la correa. A veces se detenía, se agachaba y me abrazaba el cuello fuerte, enterrando su cara en mi pelaje.

 

—Eres lo mejor que tengo ahora, Elian… —me decía bajito.

 

Por las tardes, cuando regresaba, jugábamos en el patio trasero. Ella me lanzaba la pelota y yo corría como loco a traerla, saltando y haciendo que se riera. Otras veces simplemente nos tirábamos en el césped. Yo me acostaba de lado y ella apoyaba su cabeza sobre mi cuerpo grande y cálido, acariciándome la panza mientras el sol nos daba. Su mano pasaba despacio, una y otra vez, y yo sentía que ella se relajaba por completo.

 

En las noches era aún más cercano.

 

Erika ya no veía televisión sola. Me llamaba al sofá y yo subía sin pensarlo, acomodándome casi encima de ella. Apoyaba mi cabeza grande entre sus pechos o sobre su vientre, y ella me abrazaba, pasando sus dedos por mi lomo, mis costados y hasta mis patas traseras. A veces se quedaba así mucho rato, respirando profundo, como si mi calor y mi peso le hicieran bien. Su olor se había vuelto más constante y más intenso, sobre todo cuando me acariciaba cerca de la panza o cuando yo, sin querer, rozaba con mi hocico entre sus piernas al acomodarme.

 

Yo no entendía por qué mi verga empezaba a asomarse más seguido cuando estábamos tan pegados, ni por qué ella a veces se quedaba quieta y respiraba más rápido cuando eso pasaba. Solo sabía que me gustaba estar así de cerca. Mucho.

 

Laura empezó a notar algo raro.

 

Una tarde llegó de la universidad más temprano de lo normal. Entró a la casa y nos encontró en la sala: Erika estaba recostada en el sofá con una bata ligera, yo prácticamente encima de ella, con la cabeza metida en su pecho mientras ella me rascaba y me hablaba bajito. Laura se quedó parada en la entrada mirándonos varios segundos con una expresión extraña.

 

—…Mamá? —dijo finalmente, con voz confusa.

 

Erika se incorporó rápido, pero no me apartó del todo. Yo solo moví la cola mirando a Laura.

 

—Ah, llegaste temprano —respondió Erika, algo nerviosa—. Solo estaba… relajándome con Elian.

 

Laura frunció el ceño. Nos miró a los dos, sobre todo cómo yo tenía la cabeza todavía cerca del regazo de su mamá y cómo Erika tenía la bata un poco abierta. No dijo nada más, pero se notaba que algo le daba vueltas en la cabeza. Subió a su cuarto con esa misma cara rara.

 

Desde ese día, cada vez que Laura pasaba por casa, observaba más. Veía cómo Erika me buscaba todo el tiempo, cómo jugábamos, cómo nos abrazábamos tanto… y cómo yo me quedaba pegado a ella como si fuera mi dueña por completo. Laura no entendía del todo qué estaba pasando, pero se le notaba la confusión en la cara. A veces murmuraba cosas como «qué raro…» cuando nos veía juntos.

 

Mientras tanto, la tensión entre Erika y yo seguía creciendo sin que yo supiera muy bien por qué. Solo sabía que cada día quería estar más cerca de ella… y que a ella parecía gustarle cada vez más.

 

Los días siguientes, algo en Erika empezó a cambiar de forma más evidente.

 

Ya no se molestaba cuando yo entraba a su habitación. A veces dejaba la puerta entreabierta a propósito. Una noche, después de una ducha, se acostó en la cama solo con una camiseta holgada y ropa interior. Yo me quedé en la entrada mirándola, como siempre. Ella me vio, pero en vez de cerrarme la puerta o pedirme que me fuera, solo suspiró y siguió con lo suyo.

 

Se recostó contra las almohadas, abrió las piernas lentamente y empezó a tocarse por encima de la ropa interior. Sus dedos se movían en círculos mientras su respiración se volvía más pesada. Yo me acosté en el suelo cerca de la cama, observando sin entender del todo. Esta vez no se enojó. Al contrario, de vez en cuando me miraba de reojo, como si mi presencia ya no le incomodara. Siguió masturbándose más rato, soltando gemidos suaves, hasta que se corrió con un temblor en las piernas.

 

Después se quedó quieta, respirando agitada, y solo extendió la mano para que yo me acercara y le diera mi cabeza para acariciarla.

 

—Ven aquí… —murmuró con voz ronca.

 

Yo subí al borde de la cama y ella me rascó las orejas, todavía con las mejillas sonrojadas.

 

Otro día, mientras estaba en el sofá, volvió a hacerlo. Esta vez sin cerrar la puerta. Yo entré y me senté frente a ella. Erika me miró un segundo, mordiéndose el labio, pero siguió tocándose, metiendo los dedos dentro de su coño mientras me observaba.

 

No dijo nada. Solo siguió hasta terminar, jadeando fuerte.

Lo que más notaba yo era su confusión.

 

Erika pasaba mucho tiempo pensativa. A veces me abrazaba fuerte y luego se quedaba mirando al vacío, como si estuviera peleando consigo misma. Una tarde, después de jugar un rato en el patio y abrazarme mucho, se sentó frente a su laptop en la sala. Yo me acosté a sus pies, como siempre.

 

Ella empezó a buscar cosas en internet. Al principio escribía palabras normales: «soledad», «frustración sexual», «cariño con mascotas». Luego su expresión cambió. Tecleó algo más específico.

 

Sus ojos se abrieron un poco más mientras leía. Entró a páginas y foros donde hablaban de personas que sentían atracción hacia animales. Vi cómo su cara se ponía roja mientras leía historias, definiciones y experiencias sobre «zoofilia» y «bestialismo».

 

Se quedó horas leyendo. A veces negaba con la cabeza, murmurando «esto no puede ser…», pero seguía leyendo. Otras veces se mordía el labio inferior y apretaba los muslos.

 

Su olor cambió otra vez: se volvió más intenso, más húmedo. Yo solo levantaba la cabeza de vez en cuando y la miraba, sin entender qué era todo eso que leía con tanta atención.

 

Al final cerró la laptop de golpe, se pasó las manos por la cara y me miró directamente a los ojos durante un buen rato. Su expresión era una mezcla extraña de vergüenza, confusión y algo más que yo no reconocía.

 

—Elian… ¿qué me está pasando contigo? —susurró.

 

Yo solo moví la cola despacio y apoyé mi cabeza sobre su pierna, como siempre. Ella no me apartó. Al contrario, empezó a acariciarme con más lentitud, casi con curiosidad, mientras su mente daba vueltas con todo lo que acababa de descubrir.

 

Esa noche Erika no durmió bien. Se quedó dando vueltas en la cama, pensando. «Esto está mal… muy mal», se repetía una y otra vez. Era una madre, una mujer casada. Lo que había leído sobre zoofilia le parecía sucio, prohibido, enfermizo. Pero al mismo tiempo, algo dentro de ella no la dejaba en paz. La curiosidad era más fuerte que la culpa.

 

Al día siguiente, cuando llegó de la oficina, se duchó rápido, se puso una bata ligera y bajó con la laptop a la sala. Yo estaba acostado en mi cama, pero ella me llamó enseguida:

 

—Ven, Elian… acuéstate aquí conmigo.

 

Me subí al sofá grande y me acomodé a su lado. Erika abrió la laptop y empezó a buscar de nuevo. Esta vez no cerró ninguna pestaña. Leía relatos y confesiones de otras mujeres. Sus ojos recorrían la pantalla con atención.

 

«Fue la mejor decisión de mi vida…», leía en voz baja.

 

«Nunca me había sentido tan llena, tan satisfecha…»

 

«Su nudo me trabó y me corrió como nunca nadie lo había hecho…»

 

Mientras leía, su respiración se volvía más pesada. Su mano libre bajó despacio por su cuerpo, abrió la bata y empezó a tocarse por encima de la ropa interior. Sus dedos se movían en círculos sobre su coño mientras seguía leyendo más confesiones.

 

Gemía bajito, casi sin darse cuenta.

 

—Dios… ¿cómo pueden decir que es tan bueno? —susurró, pero no dejó de leer ni de tocarse.

 

Yo estaba acostado pegado a ella, con la cabeza sobre su muslo. Podía oler perfectamente cómo se mojaba. Su olor era fuerte, caliente, dulce. Mi verga empezó a salir un poco del prepucio sin que yo entendiera por qué.

 

Luego Erika encontró un video titulado algo como «Introducción a la zoofilia – Guía para principiantes». Lo puso. La voz de una mujer explicaba con calma mientras se veían fragmentos de videos:

 

-«Los machos caninos tienen una verga con nudo que se hincha dentro de ti… te llena completamente…»

 

-«Producen mucha, mucha leche caliente y espesa… chorros y chorros que te llenan el útero…»

 

-«El nudo te traba y te obliga a sentirlo todo durante mucho tiempo…»

 

Mientras la mujer hablaba y se veían trozos de perros montando hembras humanas, Erika ya no se aguantó. Se quitó la ropa interior del todo, abrió bien las piernas y metió dos dedos en su coño mojado. Los movía rápido, entrando y saliendo, mientras con la otra mano se apretaba las tetas. Sus gemidos eran más fuertes ahora.

 

—Ahh… joder… —jadeaba mirando la pantalla—. Qué verga tan gruesa… tanto semen…

 

Su cuerpo se tensaba. Miraba los fragmentos donde se veía cómo el nudo entraba y cómo la leche canina salía a borbotones cuando se corrían.

 

Erika movía los dedos cada vez más rápido, frotando su clítoris hinchado, con la cara roja y los ojos vidriosos.

 

Yo solo observaba todo, confundido pero inquieto. Su olor me llenaba el hocico. No entendía qué era ese video ni por qué ella gemía tan fuerte, pero mi verga ya estaba casi completamente afuera, roja y palpitante, goteando un poco sobre el sofá.

 

Erika se corrió mirando el video. Su cuerpo se arqueó, soltó un gemido largo y tembló entero mientras sus jugos chorreaban sobre sus dedos y el sofá. Se quedó jadeando, con la laptop todavía reproduciendo el video, y luego me miró a mí con una expresión que nunca le había visto: una mezcla de deseo, vergüenza y hambre.

 

Erika ya no aguantaba más. Los videos, los relatos, las confesiones… todo daba vueltas en su cabeza. Sabía que estaba mal, que era algo prohibido y sucio, pero el deseo era más fuerte que la culpa. Quería sentir algo real. Quería sentirse deseada, llena, follada como nunca. Y Elian estaba ahí, grande, fuerte, siempre atento a ella.

 

Esa tarde, con la casa completamente sola, decidió actuar.

 

Siguió las indicaciones que había leído en el «manual» para principiantes: preparó la habitación, puso toallas en la cama, dejó la puerta entreabierta, se duchó y se perfumó.

 

Se puso una bata de seda negra corta que apenas le cubría el culo y no llevaba nada debajo.

 

—¡Elian! —llamó con voz un poco temblorosa pero decidida desde arriba—. ¡Ven aquí, chico! Sube al cuarto.

 

Yo estaba en la sala y levanté las orejas al oír mi nombre. Moví la cola y subí las escaleras trotando. Empujé la puerta con el hocico y entré.

 

Erika estaba parada en medio de la habitación, iluminada solo por la luz suave de la lámpara. Me miró directamente a los ojos. Su respiración era agitada. Sin decir nada más, soltó el nudo de la bata y dejó que se deslizara por sus hombros hasta caer al suelo.

 

Su cuerpo quedó completamente desnudo frente a mí.

 

Su piel blanca brillaba. Sus tetas grandes y pesadas colgaban un poco, con los pezones rosados ya duros. Su cintura ancha, sus caderas anchas y ese culo enorme y redondo que tanto había olido antes. Entre sus piernas, su coño depilado estaba hinchado y brillaba de humedad. El olor me golpeó fuerte: caliente, dulce, necesitado. Mi verga empezó a salir del prepucio casi al instante.

 

Erika se mordió el labio inferior, nerviosa pero excitada. Sus manos temblaban un poco mientras se acariciaba lentamente los pechos, bajando después por su vientre hasta tocar su coño abierto.

 

—Ven, Elian… —susurró con voz ronca—. Mira lo que te tengo preparado…

 

Yo me quedé parado frente a ella, con la cabeza ladeada, oliendo el aire cargado. No entendía del todo qué estaba pasando, pero mi instinto sabía que esto era diferente. Mi verga roja y gruesa ya colgaba pesada, palpitando, goteando precum al suelo mientras la observaba desnuda y abierta para mí.

 

Erika estaba sentada en el borde de la cama, completamente desnuda, con las piernas abiertas. Su coño brillaba de humedad y su olor llenaba toda la habitación. Yo me quedé mirándola un momento, con la verga ya medio salida y palpitando. Luego, por instinto, salté a la cama con mis patas delanteras y me subí por completo.

 

—Buen chico… ven aquí —susurró ella con voz temblorosa pero llena de deseo.

 

Erika me acarició la cabeza con las dos manos, rascándome detrás de las orejas y por el lomo. Me hablaba bajito, con cariño y excitación al mismo tiempo.

 

—Eres tan grande y fuerte, Elian… Mi buen perro guardián. Siempre has estado ahí para mí. Hoy vas a hacerme sentir bien… ¿verdad?

 

Sus manos bajaban por mi pelaje, acariciándome con más fuerza, casi con urgencia. Yo movía la cola, feliz por sus caricias y por estar tan cerca de ella. Su olor era mucho más fuerte ahora, irresistible. Bajé el hocico poco a poco, siguiendo ese aroma caliente que venía de entre sus piernas. Mi nariz rozó el interior de sus muslos blancos y gruesos.

 

Erika soltó un gemido bajito cuando sintió mi hocico tan cerca.

 

—Lámeme, Elian… —pidió con voz ronca, abriendo más las piernas y levantando un poco las caderas—. Lame mi coño, por favor… Usa esa lengua tan grande y caliente.

 

No entendía las palabras exactas, pero el tono y el olor me guiaron. Saqué mi lengua larga y áspera y le di la primera lamida lenta, desde abajo hasta arriba, separando sus labios hinchados y mojados. Sabía salado, dulce y muy caliente. Erika arqueó la espalda y soltó un gemido fuerte.

 

—¡Sí! Así… ¡Lámeme el coño, Elian! ¡Qué buena lengua tienes, joder!

 

Yo seguí lamiendo con más ganas, instintivamente. Mi lengua ancha pasaba una y otra vez por todo su coño, metiéndose entre los labios, rodeando su clítoris hinchado y bajando hasta su entrada. Babeaba mucho, mezclando mi saliva con sus jugos que chorreaban. Erika agarró mi cabeza peluda con las dos manos y empujó mi hocico más fuerte contra su coño, moviendo las caderas contra mi lengua.

 

—Ahhh… Dios mío… más adentro… lame todo, buen chico… ¡qué rico!

 

Su coño estaba empapado. Cada lamida producía sonidos mojados y ella temblaba más. Yo no sabía que esto era posible, pero me gustaba. Su sabor, su calor, la forma en que gemía y se retorcía bajo mi lengua. Mi verga ya estaba completamente afuera, roja, gruesa y goteando precum sobre las toallas de la cama.

 

Erika jadeaba fuerte, con las tetas grandes subiendo y bajando, pellizcándose los pezones mientras yo seguía lamiéndole el coño sin parar.

 

Erika gemía cada vez más fuerte, con las piernas temblando alrededor de mi cabeza. Yo no paraba. Mi lengua grande y áspera seguía lamiendo su coño con hambre, pasando una y otra vez por sus labios hinchados, metiéndose dentro de su agujero mojado y rodeando ese botoncito duro que la hacía gritar.

 

—¡No pares, Elian! ¡Lámeme así! ¡Joder, qué lengua tan puta…! —jadeaba ella, empujando mi hocico más profundo contra su coño chorreante.

 

Su sabor se volvía más intenso, más dulce y salado. Sus jugos me empapaban el hocico entero. Yo lamía todo lo que podía: los labios exteriores, los interiores, el clítoris, la entrada… incluso bajaba un poco hacia su culito rosado sin darme cuenta. Erika se retorcía en la cama, agarrando las sábanas con fuerza, sus tetas grandes balanceándose con cada movimiento de caderas.

 

De repente su cuerpo se puso rígido.

 

Sus muslos apretaron mi cabeza y soltó un grito largo y ronco:

 

—¡Me corro! ¡Me corro con la lengua de mi perro! ¡Ahhhhh…!

 

Su coño explotó. Chorros calientes de jugos salieron contra mi lengua mientras ella temblaba violentamente. Yo seguí lamiendo sin parar, recogiendo todo lo que salía, tragando y babeando sobre su coño empapado. No dejaba ni una gota.

 

Lamía profundo, limpiando cada pliegue, chupando su clítoris sensible que la hacía saltar y gemir más.

 

Cuando su orgasmo empezó a bajar, Erika seguía jadeando fuerte, con el cuerpo laxo sobre la cama. Yo no me detuve del todo. Seguí lamiendo más suave, recogiendo los restos de sus jugos que corrían por sus muslos y por mi hocico. Luego me senté un momento, pasé mi lengua grande por mi propio hocico, limpiando todo lo que había quedado pegado en mi pelaje alrededor de la boca. Sabía a ella. Mucho.

 

Erika me miraba con los ojos vidriosos, respirando agitada, las mejillas rojas y el coño todavía palpitando y brillando de saliva y sus propios fluidos.

 

—Buen chico… Dios mío, qué bien lo hiciste… —susurró con voz débil, extendiendo una mano para acariciarme la cabeza.

 

Yo moví la cola, todavía con la verga roja y dura colgando pesada entre mis patas traseras, goteando sobre las toallas. No entendía todo lo que acababa de pasar, pero sabía que me gustaba su sabor y que quería más.

 

Erika seguía jadeando en la cama, con el cuerpo sudoroso y las piernas abiertas. Me miró con una sonrisa exhausta pero llena de deseo y extendió las manos hacia mí.

 

—Buen chico… mi Elian tan bueno —murmuró con voz ronca, acariciándome la cabeza y las orejas con cariño—. Qué bien me lamiste el coño… nunca había sentido algo así. Eres increíble.

 

Sus manos bajaron por mi lomo, rascándome fuerte mientras yo movía la cola feliz. Me abrazó el cuello grande y me dio besos en la cabeza, todavía respirando agitada. Su olor seguía muy fuerte y mi verga palpitaba dura debajo de mí.

 

Pero Erika quería más. Se notaba en su mirada. Se incorporó un poco, tomó la laptop que tenía cerca de la cama y la abrió. Buscó rápido y puso un video.

 

—Quiero que me hagas esto, Elian… —susurró, girando la pantalla para que yo pudiera ver.

 

En el video se veía a una mujer blanca, parecida a ella, a cuatro patas.

 

Un pastor alemán grande la montaba por detrás. La verga roja y gruesa del perro entraba y salía rápido de su coño, y luego el nudo grande se hinchaba y se trababa dentro de ella.

 

La mujer gritaba de placer mientras el perro la follaba salvajemente, empujando profundo, y al final se quedaba pegado a ella descargando chorros de semen.

 

Erika me señalaba la pantalla mientras hablaba con voz temblorosa de excitación:

 

—Mira… así quiero que me folles. Quiero tu verga gruesa dentro de mí… quiero que me montes como a una perra y que me llenes con tu nudo y toda tu leche caliente. ¿Entiendes, chico? Quiero que me hagas lo mismo.

 

Yo no entendía las palabras, pero el video me impactó. Mis ojos se quedaron fijos en la pantalla. Ver cómo el otro perro montaba a la hembra, cómo su verga entraba y salía, cómo el nudo se hinchaba… hizo que mi propia verga se pusiera completamente dura y palpitante.

 

Salió toda del prepucio, roja, gruesa, venosa y goteando precum abundantemente sobre las toallas. Movía las patas traseras inquieto, instintivamente empujando un poco el aire.

 

Erika lo notó y sonrió con lujuria. Bajó una mano y rozó suavemente mi verga caliente con los dedos, sintiendo cómo palpitaba.

 

—Estás muy excitado… ¿verdad? —dijo bajito, sin dejar de mirar mi polla canina-. Bien… porque yo también.

 

Se puso a cuatro patas en la cama, levantó su culo grande y blanco hacia mí, separando las piernas. Su coño brillaba empapado otra vez, todavía hinchado por el orgasmo anterior.

 

—Vamos, Elian… móntame. Fóllame como en el video.

 

Erika se quedó a cuatro patas en la cama, con el culo grande y blanco levantado hacia mí. Su coño brillaba mojado y abierto. Tragó saliva fuerte, visiblemente nerviosa, con el cuerpo tenso.

 

—Dios… va a pasar de verdad… —murmuró para sí misma, respirando agitada.

 

Yo estaba muy excitado. El video había despertado algo fuerte en mí.

 

Me subí sobre su espalda sin pensarlo mucho. Mis patas delanteras se apoyaron en sus caderas anchas, arañándola un poco sin querer. Mi verga roja, gruesa y completamente dura rozaba entre sus nalgas y contra su coño caliente. Empujaba instintivamente, buscando el agujero.

 

Erika gimió bajito cuando sintió mi verga caliente deslizándose por sus labios hinchados.

 

—Despacio… por favor… —susurró.

 

Yo intenté varias veces. Mi verga resbalaba, golpeaba contra su clítoris, bajaba demasiado o subía. Erika temblaba debajo de mí. Finalmente, en uno de los empujes, la punta gruesa de mi verga encontró su entrada y empecé a entrar lentamente.

 

Erika soltó un grito fuerte de dolor:

 

— ¡Aaaahhh! ¡Joder… duele! ¡Es muy gruesa!

 

Su coño estaba muy apretado. Yo era virgen, nunca había montado a ninguna perra antes, y mi verga era más grande de lo que ella esperaba.

 

Empujé un poco más, entrando centímetro a centímetro, sintiendo cómo su calor apretado me envolvía.

 

Era una sensación increíble, caliente, mojada y muy estrecha. Gruñí de placer sin entender del todo.

 

Erika agarró las sábanas con fuerza, con la cara enterrada en la almohada, gritando mientras yo seguía entrando despacio:

 

— ¡Duele! ¡Para un momento…! ¡Ahhh… qué verga tan grande, cabrón… me estás abriendo toda!

 

Su coño se estiraba alrededor de mi polla canina. Lágrimas de dolor salían de sus ojos, pero no me pedía que me quitara. Yo me quedé quieto un rato encima de ella, con la mitad de mi verga dentro, palpitando, mientras ella se acostumbraba al grosor. Mi baba caía sobre su espalda y yo jadeaba cerca de su oreja.

 

Poco a poco los gritos de dolor de Erika se fueron mezclando con gemidos más profundos. Su coño empezó a mojarse aún más, facilitando el paso.

 

Yo solo sabía una cosa: estar dentro de ella se sentía jodidamente bien. Mejor que cualquier cosa que hubiera sentido antes.

 

Erika todavía respiraba agitada, con el coño muy apretado alrededor de la mitad de mi verga. Yo no podía quedarme quieto. El instinto me dominaba. Empecé a empujar más fuerte, sacando un poco y volviendo a meterla más profundo con cada movimiento.

 

Al principio eran embestidas lentas y torpes, pero pronto se volvieron más rápidas y firmes. Mis patas delanteras se clavaron mejor en sus caderas anchas y empecé a follarla con más fuerza. Mi verga gruesa entraba y salía cada vez más rápido, haciendo sonidos mojados y obscenos cada vez que chocaba contra su coño empapado.

 

Erika gritaba, pero ya no solo de dolor:

 

— ¡Ahhh! ¡Elian! ¡Sigue! ¡No te detengas, por favor!

 

A pesar de que ella apretaba las sábanas con todas sus fuerzas, mi cuerpo grande y pesado la empujaba con cada embestida. Su cuerpo voluptuoso se movía hacia adelante y hacia atrás como una muñeca, sus tetas grandes colgando y balanceándose salvajemente. Su culo gordo rebotaba contra mi pelvis cada vez que yo la penetraba hasta el fondo.

 

— ¡Joder… sí! ¡Así! ¡Más fuerte! —gemía ella, con la voz rota por el placer—. ¡Me estás follando de verdad… por fin…!

 

Yo gruñía cerca de su oreja, jadeando fuerte mientras aceleraba el ritmo. Mi verga entraba cada vez más profundo, golpeando contra el fondo de su coño.

 

Sentía cómo sus paredes calientes me apretaban, succionándome. Era una sensación nueva y brutalmente buena. Nunca había sentido algo así. Mi verga palpitaba dentro de ella, cada vez más hinchada.

 

Erika ya no pensaba en nada más. Solo sentía cómo por fin la estaban complaciendo como necesitaba: fuerte, profundo, sin piedad. Su coño chorreaba alrededor de mi polla, mojando mis huevos peludos que golpeaban contra su clítoris con cada embestida.

 

— ¡No pares, Elian! ¡Fóllame más duro! ¡Dios… qué rico se siente…! —gritaba entre gemidos, empujando su culo hacia atrás para encontrarse con mis embestidas.

 

Yo solo sabía que quería seguir metiéndosela una y otra vez. Más rápido. Más profundo. Mi instinto animal había despertado por completo y no pensaba detenerme.

 

Yo seguía follándola con fuerza, cada vez más rápido y profundo. Mis patas delanteras bien clavadas en sus caderas anchas, mi verga gruesa entrando y saliendo de su coño empapado con embestidas fuertes y rítmicas. Erika gemía como loca, empujando su culo gordo hacia atrás para recibir cada golpe.

 

Justo en ese momento se escuchó claramente el sonido de la puerta principal de la casa abriéndose abajo.

 

Erika se tensó de golpe debajo de mí, con los ojos muy abiertos por el pánico.

 

— ¡Mierda…! —susurró aterrorizada, pero yo no me detuve. Mi instinto animal seguía empujando, metiéndole la verga hasta el fondo una y otra vez.

 

Escuchamos pasos subiendo las escaleras. Erika intentó controlarse, pero mi polla seguía entrando y saliendo de su coño con fuerza, haciendo que su cuerpo se sacudiera.

Toc, toc, toc.

 

—¿Mamá? —era la voz de Laura al otro lado de la puerta—. ¿Estás ahí? Llegué más temprano. ¿La comida ya está lista?

 

Erika tragó saliva con dificultad. Yo seguía follándola sin entender nada, mis embestidas haciendo que sus tetas se balancearan y que su coño soltara sonidos mojados.

 

—S-sí, hija… —respondió Erika con la voz temblorosa y ronca, intentando sonar normal—. Ya… ahh… ya está lista. Puedes… bajar y comer…

 

En medio de la frase se le escapó un gemido bajito porque justo en ese momento yo di una embestida especialmente profunda y fuerte.

 

Erika mordió la almohada con fuerza para no gritar.

 

Laura se quedó un segundo callada al otro lado.

 

—¿Mamá? ¿Estás bien? Escuché ruidos raros… como si estuvieras… no sé, ¿sufriendo o algo?

 

— ¡Estoy bien! —contestó Erika más rápido, casi gimiendo cuando mi verga gruesa rozó ese punto dentro de ella que la volvía loca—. Solo… solo estoy… moviendo unos muebles. Ve… ve a comer, por favor. Bajo en un rato.

 

Se escuchó a Laura dudar un momento. Murmuró algo como “qué raro…” y finalmente sus pasos se alejaron por el pasillo y bajaron las escaleras.

 

En cuanto la escuchó alejarse, Erika soltó un gemido largo y profundo, empujando su culo contra mí con más desesperación.

 

— ¡Joder, Elian! ¡No pares ahora! ¡Sigue follándome! —jadeó, con la voz llena de alivio y excitación mezclada—. Casi nos descubre… y tú sigues metiéndomela tan rico…

 

Yo no entendí el peligro, solo seguí montándola con más fuerza, sintiendo cómo su coño se apretaba aún más alrededor de mi verga por la adrenalina. Erika enterró la cara en la almohada y se dejó llevar por completo, disfrutando cada embestida salvaje mientras su hija estaba abajo, completamente ajena a lo que estaba pasando en la habitación.

 

Yo seguía follándola con fuerza, mis caderas moviéndose rápido y salvaje, metiendo toda mi verga gruesa una y otra vez en su coño caliente y chorreante. Erika gemía contra la almohada, empujando su culo gordo hacia atrás para recibir cada embestida.

 

Jadeaba fuerte cerca de su cara. Mi aliento caliente y mi baba caían sobre su mejilla y cuello mientras mi hocico quedaba muy cerca de su boca. Erika giró la cabeza, con los ojos vidriosos de placer, y me miró.

 

—Elian… mi buen chico… —susurró con voz rota y cariñosa—. Eres mío… solo mío…

 

Se acercó más y me besó directamente en el hocico. Sus labios suaves presionaron contra mí. Yo, por instinto, saqué mi lengua grande y caliente y lamí su boca abierta. Metí la lengua dentro, lamiendo su lengua y el interior de su boca, babeándola toda mientras seguía empujando mi verga dentro de ella. Erika gemía dentro de mi boca, besándome de forma sucia y desesperada, chupando mi lengua mientras su saliva se mezclaba con la mía.

 

De pronto, sin querer, dejé de embestir. Mi verga seguía enterrada hasta el fondo, pero ya no salía y entraba. Solo palpitaba fuerte dentro de ella.

 

Erika soltó un gemido confundido y movió el culo, tratando de seguir follando.

 

—¿Por qué paraste, Elian…? —jadeó, con la voz llena de necesidad—. Sigue… no te detengas ahora, por favor…

 

Fue entonces cuando lo sintió.

El nudo al final de mi verga empezó a hincharse rápidamente dentro de su coño. Creciendo, expandiéndose, presionando fuerte contra sus paredes internas. Erika abrió mucho los ojos y soltó un grito ahogado de sorpresa y placer mezclado con dolor.

 

— ¡Ahhh! ¡Joder, Elian! ¡El nudo…! ¡Está creciendo dentro de mí! ¡Me estás abriendo toda!

 

Su coño se estiraba al límite alrededor de mi nudo cada vez más grande.

 

Sentía cómo su interior se apretaba y palpitaba alrededor de esa bola gruesa que nos estaba trabando. Erika temblaba entera, agarrando las sábanas con fuerza, mientras el nudo seguía hinchándose más y más, llenándola como nunca la habían llenado antes.

 

— ¡Dios mío… es enorme… me estás rompiendo el coño! —gimió, pero su voz estaba llena de éxtasis—. No puedo… no puedo sacártelo… estamos trabados…

 

Yo solo gruñía bajito, jadeando contra su cara, completamente instintivo. No entendía del todo qué pasaba, solo sabía que estaba muy profundo dentro de ella y que se sentía increíblemente bien. Mi verga palpitaba y el nudo nos mantenía pegados, sin poder separarnos.

 

Erika respiraba agitada, sintiendo cada pulso del nudo expandiendo su coño al máximo, esperando lo que vendría después.

 

El nudo ya estaba completamente hinchado dentro de ella. Una bola gruesa, caliente y palpitante que había expandido su coño al máximo. Erika sentía cada latido, cada pulso, como si mi verga estuviera viva dentro de su cuerpo.

 

— ¡Ahhh, joder…! ¡Está tan grande… me tienes completamente trabada! —gimió ella, con la voz quebrada.

 

Yo empecé a correrme casi al mismo tiempo. Mi verga se contrajo fuerte y empecé a soltar chorros calientes y espesos de semen canino directamente contra el fondo de su útero. Chorros fuertes, abundantes, uno tras otro. Erika sintió el primer disparo y explotó también.

 

— ¡Me estoy corriendo! ¡Me corro con la verga y el nudo de mi perro! ¡Síííí… lléname toda, Elian! ¡Lléname de tu leche caliente!

 

Su coño se apretaba violentamente alrededor de mi nudo, ordeñándome mientras yo seguía descargando dentro de ella. Semen espeso y caliente la llenaba por completo, tanto que empezaba a salir a presión alrededor de mi nudo, chorreando por sus muslos y mojando las toallas.

 

Erika temblaba entera, con los ojos en blanco, corriéndose con tanta fuerza que su cuerpo se sacudía sin control.

 

Nos quedamos así, completamente trabados, durante casi veinte minutos.

 

Yo encima de ella, jadeando contra su cuello, soltando de vez en cuando más chorros de leche espesa. Erika gemía bajito, acariciando mi cabeza y mi lomo, sintiéndose llena como nunca en su vida.

 

—Qué rico se siente… estás tan adentro… tan caliente… —susurraba, moviendo apenas las caderas y sintiendo cómo mi nudo la mantenía completamente abierta y llena.

 

Poco a poco el nudo empezó a bajar de tamaño. Erika esperó hasta que lo sintió más suave. Entonces metió la mano entre sus piernas, agarró la base de mi verga con decisión y, sin miedo, tiró lentamente hacia afuera.

 

—Ven aquí… sácalo ya —murmuró.

 

Con un sonido mojado y obsceno, el nudo salió de su coño estirado. Un torrente de semen canino blanco y espeso salió inmediatamente de su agujero abierto, chorreando abundantemente sobre la cama. Erika soltó un gemido largo al sentir el vacío repentino, pero también una satisfacción profunda.

 

Su coño quedó rojo, hinchado y completamente follado, goteando mi leche sin parar.

 

Erika se dio la vuelta, todavía jadeando, y me miró con una mezcla de agotamiento, placer y cariño.

 

—Buen chico… me llenaste como nadie… —susurró, acariciándome la cabeza.

 

Después de sacarle el nudo, Erika se quedó tumbada en la cama, jadeando, con el coño rojo, hinchado y chorreando semen canino. Yo todavía estaba muy excitado. No lo soporté más. Mi instinto animal seguía prendido. Me levanté de golpe sobre la cama y me abalancé sobre ella, juguetón y lleno de energía.

 

Empecé a lamerla por todas partes: su cara, su cuello, sus tetas grandes y pesadas, su vientre, incluso bajando otra vez hacia su coño lleno de mi leche. Lamía con ganas, moviendo la cola rápido, gruñendo bajito de pura felicidad.

 

Erika soltó una risa cansada pero genuina, tratando de apartarme un poco mientras me acariciaba.

 

— ¡Elian, para! ¡Jajaja! Ya, tranquilo, chico… ya me follaste rico, ahora cálmate —decía entre risas, empujando suavemente mi cabeza mientras yo seguía lamiéndole las tetas y el cuello—. Eres un perro muy travieso… pero qué bueno eres.

 

Me abrazó el cuello fuerte y me dio varias caricias largas por el lomo, intentando calmarme. Yo seguía dándole lamidas cariñosas y juguetona por toda la cara y el pecho, babeándola.

 

Al final Erika se levantó de la cama con las piernas todavía temblorosas.

 

Un chorro grueso de mi semen le corrió por el muslo interno. Se quedó parada un momento mirando la habitación desordenada y luego sus ojos se posaron en la cómoda.

 

Ahí estaba la foto grande de ella y Edgar, sonriendo en su aniversario.

 

Erika se quedó mirándola en silencio.

 

Tomó el marco con la mano y lo puso boca abajo sobre la cómoda, sin fuerza, pero con decisión.

 

—No eres un mal hombre, Edgar… —murmuró para sí misma, con la voz baja y cansada—. Pero sí eres un mal esposo. Hace mucho que no me tocas como necesito…

 

Bajó la mirada a su mano izquierda y empezó a jugar con el anillo de compromiso, girándolo una y otra vez alrededor de su dedo, como si estuviera considerando quitárselo. Lo giraba lento, pensativa, con una mezcla de culpa y frustración en la cara.

 

Finalmente suspiró profundo, se quitó el anillo por completo por unos segundos, lo miró y volvió a ponérselo. Se dirigió al baño, todavía desnuda, con mi semen chorreando por sus piernas.

 

—Voy a ducharme… —dijo en voz baja, más para ella que para mí.

 

Yo me quedé sentado en la cama, moviendo la cola, observándola mientras entraba al baño y abría el agua de la ducha.

 

Mientras Erika entraba al baño y abría la ducha, yo me bajé de la cama y la seguí. Mi instinto me hacía querer estar cerca de ella todo el tiempo.

 

Empujé la puerta del baño con el hocico y entré silenciosamente.

 

La puerta de la ducha era de cristal translúcido. No estaba completamente opaca. Desde donde estaba pude ver claramente su silueta y mucho más. El agua caliente caía sobre su cuerpo voluptuoso: sus tetas grandes y pesadas, su cintura ancha, ese culo enorme y redondo que brillaba mojado, y sus piernas gruesas. Veía cómo se enjabonaba, cómo sus manos pasaban por sus curvas, lavando los restos de mi semen que todavía le corrían por los muslos. Su coño hinchado todavía se notaba incluso a través del cristal.

 

Me quedé sentado en la entrada del baño, observándola con la cabeza ladeada, moviendo la cola lentamente.

 

Mi verga todavía estaba medio salida, recordando lo que acababa de pasar.

 

Erika terminó de enjabonarse, se enjuagó bien y cerró el agua. Cuando abrió la puerta de la ducha y tomó la toalla, me vio ahí sentado, mirándola fijamente.

 

—Elian… ¿estabas ahí todo este tiempo? —dijo con una sonrisa cansada pero suave.

 

Se secó el cuerpo rápidamente y se puso una bata ligera de color negro que apenas le cubría los muslos.

 

Todavía tenía el cabello mojado y las mejillas sonrojadas. Salió del baño y caminó hacia mí. Me acarició la cabeza con cariño.

 

—Gracias por esto, Elian… —susurró bajito, mirándome a los ojos—. Aunque no sé si entiendas nada de lo que pasó… gracias por hacerme sentir deseada. Por hacerme sentir mujer otra vez.

 

Se quedó un momento en silencio, acariciándome detrás de las orejas.

 

Luego se levantó, fue hasta la puerta de la habitación y la abrió.

 

—Anda, chico… vete abajo un rato. Necesito descansar y pensar en todo esto.

 

Yo la miré un segundo, moví la cola y salí obediente de la habitación. Ella cerró la puerta suavemente detrás de mí.

 

Me quedé un rato sentado en el pasillo, escuchando. Erika se quedó dentro, probablemente todavía procesando todo lo que acababa de ocurrir.

 

Los días pasaron. Alex regresó emocionado de su viaje escolar, contando mil historias. Poco después Edgar también volvió de su viaje de negocios, trayendo regalos y la misma rutina de siempre: llegar cansado, cenar y dormirse temprano.

 

La casa volvió a llenarse de voces, pero entre Erika y yo todo había cambiado para siempre. Ella me miraba diferente cuando nadie veía. Yo ya no era solo el perro guardián… era su macho.

 

Una noche, toda la familia estaba cenando en el comedor. Laura hablaba de la universidad, Alex contaba chistes y Edgar revisaba su teléfono. Yo estaba acostado en la sala, con la cabeza baja, respetando el espacio como siempre.

 

De pronto Erika se levantó de la mesa con su plato. Fue hasta la cocina, pero en vez de servirse más comida, puso sobre un plato aparte varias cosas que a mí me encantaban: trozos de tocino crujiente, carne jugosa, salchichas y pedazos de pollo. Se acercó disimuladamente a la sala y dejó el plato en el suelo, cerca de mí.

 

Yo levanté la cabeza de inmediato y me acerqué moviendo la cola. Empecé a comer con ganas, devorando todo con apetito.

 

Erika se quedó un segundo agachada, acariciándome disimuladamente la cabeza mientras yo comía. Miró hacia el comedor para asegurarse de que nadie la viera y susurró bajito, solo para mí:

 

—Come lo que más te guste, mi macho… te lo mereces.

 

Su voz estaba cargada de cariño y un secreto que solo nosotros dos conocíamos. Luego se levantó, se acomodó la falda y volvió a la mesa moviendo sus caderas anchas con un caminar más seguro y sensual que antes.

 

Yo seguí comiendo, pero levanté la mirada y la vi sentarse de nuevo como si nada. En mi cabeza de perro solo había una certeza:

 

Esto recién empieza.

 

Entre Erika y yo había nacido algo fuerte, prohibido y adictivo. Y aunque la casa estuviera llena de nuevo, yo sabía que en cuanto estuviéramos solos otra vez… ella volvería a buscarme. Y yo estaría listo para montarla, llenarla y hacerla mía una y otra vez.

 

 

Bueno, esto fue algo nuevo para mí. He escrito varios relatos eróticos antes, pero nunca me había animado a explorar un tema tan prohibido y extremo como el bestialismo. Quise contarlo de forma lenta, con cariño, tensión y muchos detalles, para que se sintiera real.

Espero que les haya gustado la historia de Erika y Elian.

Si quieren más relatos de este estilo (o de otros), solo díganme.

¡Gracias por leer!

3 Lecturas/27 junio, 2026/0 Comentarios/por Amy_young15
Etiquetas: baño, colegio, confesiones, hija, hijo, madre, mayor, viaje
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
Ines, mi madre y yo
CONFIESO MI INTEMPESTIVA INFIDELIDAD
OTRO CHICO DE 13… ¿O TENIA 12? (22)
MI VIDA DE GAY, PARTE 2. MI SIGUIENTE GRAN CULEADA.
LOS MACHOS ROGERS 2
Noches en San Petersburgo -Capítulo 02
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Siguenos en X/Twitter
Únete a nuestro grupo en Telegram

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.501)
  • Dominación Hombres (4.644)
  • Dominación Mujeres (3.390)
  • Fantasías / Parodias (3.776)
  • Fetichismo (3.056)
  • Gays (23.214)
  • Heterosexual (9.089)
  • Incestos en Familia (19.644)
  • Infidelidad (4.819)
  • Intercambios / Trios (3.408)
  • Lesbiana (1.223)
  • Masturbacion Femenina (1.122)
  • Masturbacion Masculina (2.161)
  • Orgias (2.284)
  • Sado Bondage Hombre (494)
  • Sado Bondage Mujer (215)
  • Sexo con Madur@s (4.824)
  • Sexo Virtual (284)
  • Travestis / Transexuales (2.593)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.763)
  • Zoofilia Hombre (2.356)
  • Zoofilia Mujer (1.732)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba