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Fantasías / Parodias, Infidelidad, Intercambios / Trios

Germán, Ana, Cornudo (6)

Mi sobrina Ana de trece años .
Germán te llamó un miércoles por la tarde, con esa voz ronca que ya habías aprendido a reconocer como sinónimo de sexo inminente.

 

—Tengo un amigo —dijo, sin preámbulos—. Activo. Muy activo. Le he hablado de ti, de lo puto que eres, y quiere probarte. Pero a cambio… quiero a Rocío. Quiero follarme a las dos hermanas juntas otra vez, pero esta vez quiero que me pidan más, que rueguen.

 

Colgaste el teléfono con la polla dura, pero con un problema. Rocío no podía venir. Su madre, sospechando algo, la había confinado en casa durante dos semanas. Intentaste convencerla, rogarle, pero fue imposible. Necesitabas una sustituta, alguien que Germán aceptara, alguien joven, fresca, inexperta pero dispuesta.

 

Y entonces pensaste en Ana. Tu sobrina de trece años, hija de tu hermano pequeño, esa niña tímida que siempre te miraba con ojos de cachorro abandonado. La habías notado rara últimamente, curiosa, preguntando cosas sobre tu «relación especial» con Elena. Decidiste arriesgarte.

 

—Ana —le dijiste cuando la llamaste—. ¿Quieres conocer a un amigo mío? Es… especial. Muy especial. Y necesito que hagas algo por mí.

 

Ella dudó, pero aceptó. La recogiste en coche, viendo cómo se subía con esa falda corta que habías sugerido, esas medias de rejilla que compraste para ella. Trece años, inocente pero con hambre de ser corrompida.

 

Llegasteis a casa de Germán. Él abrió la puerta y su cara cambió al ver a Ana en lugar de Rocío.

 

—¿Quién es esta? —preguntó, frunciendo el ceño.

 

—Es Ana, mi sobrina —respondiste, nervioso—. Rocío no pudo venir. Su madre… no sé si esto está bien, Germán. Quizás deberíamos irnos.

 

Germán os hizo pasar. Su apartamento olía a tabaco y a sexo reciente. Se sentó en el sofá, encendió un cigarro, y te miró con esa sonrisa que siempre te hacía sentir pequeño.

 

—Antes de que te vayas, mira esto —dijo, sacando el móvil.

 

Te mostró un vídeo. Tu corazón se detuvo. Allí estaba Elena, tu mujer de veintinueve años, desnuda en lo que parecía un salón destartalado, sucio, con agujas de droga por el suelo. Estaba rodeada por cuatro hombres. Cuatro. Tipos desaliñados, con aspecto de toxicómanos, de marginados, de peligro. Y Elena estaba… estaba…

 

—Es ahora mismo —dijo Germán, señalando la hora del vídeo—. Está en casa de unos amigos míos. Lugares que frecuento. Ya había ido con ella antes, le gusta el riesgo, la suciedad. Le pone que sean hombres que no se lavan, que viven en la calle, que follan sin condón sin importarles nada.

 

En el vídeo, Elena gemía mientras uno se la metía por el culo, otro por la boca, y dos más esperaban turno, masturbándose encima de ella. Su cara era de éxtasis absoluto, de locura, de abandono total.

 

—El problema —continuó Germán, bajando la voz—. Es que estos tíos son de verdad. No son como yo, que me lavo de vez en cuando. Ellos… tienen cosas. Elenita sabe que puede pillar algo, una enfermedad, y eso la pone todavía más. El riesgo real, entiendes? El peligro de quedar marcada para siempre.

 

Se levantó y caminó hacia ti, imponiendo su presencia.

 

—Por eso quería a Rocío. Porque con ella sería más limpio, más controlado. Pero si me traes a tu sobrina… —miró a Ana, que escuchaba con los ojos como platos, asustada pero excitada—. Si me la dejas hacerla mía, acepto el intercambio. Mi amigo Agustín te está esperando en el dormitorio. Y yo me quedo con Ana aquí.

 

Miraste a tu sobrina. Trece años, confiando en ti, dispuesta a todo por agradarte. Asentiste, sintiendo la traición y la excitación mezcladas en un cóctel enfermizo.

 

—Ve —dijo Germán, empujándote hacia el pasillo—. Agustín te va a encantar. Es activo, muy activo. Y no tiene paciencia para blandengues.

 

Entraste en el dormitorio. Agustín estaba allí, desnudo ya, con un cuerpo musculoso, moreno, con una polla enorme que sobresalía erecta, brillante de lubricante. Tenía unos treinta y cinco años, mirada de depredador, sin una gota de ternura.

 

—Por fin —dijo—. El cornudo de Germán. Ponte de rodillas. Quiero sentir esa boca que tanto le ha chupado a él.

 

Obedeciste. Te arrodillaste en la alfombra y te acercaste a esa polla desconocida, más grande que la de Germán, más limpia pero igual de dominante. La tomaste con la mano, sintiendo su peso, su calor, y te la metiste en la boca.

 

—Así, puto —gemía Agustín, agarrándote por el pelo—. Trágate la mitad. Más. Joder, qué garganta profunda tienes. Germán tenía razón, eres una experta.

 

Te follaba la boca sin piedad, empujando hasta que sentías la punta en la garganta, ahogándote ligeramente, haciéndote llorar. Luego te giró, te puso a cuatro patas sobre la cama, y escupió sobre tu culo.

 

—Te voy a destrozar —avisó—. Y vas a pedirme más.

 

Entró de golpe. El dolor fue intenso, pero Agustín sabía moverse, encontraba el punto justo de placer oculto bajo el dolor. Te follaba con fuerza, con ritmo, mientras te agarraba las caderas y te llamaba puta, zorra, juguete de hombres. Gemías sin control, sintiendo cómo te llenaba por completo, cómo tu propia polla goteaba sobre las sábanas sin necesidad de tocarte.

 

—Me voy a correr dentro —anunció, acelerando—. Quiero dejarte lleno. Que vuelvas a casa con mi semen goteando por tus piernas.

 

Y explotó. Chorros calientes inundándote por dentro, marcándote como suyo, usando tu culo como un recipiente. Cuando se salió, sentiste el vacío, la humillación, la gloria de ser usado.

 

Mientras tanto, en el salón, Germán estaba trabajando a Ana poco a poco. La tenía sentada en el sofá, nerviosa, temblando, con las manos entre las piernas para ocultar su excitación.

 

—Tranquila, pequeña —dijo Germán, acariciándole el muslo con su mano áspera—. Tu tío me ha dicho que eres buena chica. Pero las buenas chicas también quieren probar cosas, ¿verdad?

 

Ana asintió, con la voz tomada.

 

—Quítate la ropa —ordenó—. Quiero ver ese cuerpo de trece años que tanto me han contado.

 

Se desvistió despacio, avergonzada, revelando tetas pequeñas y firmes, cintura estrecha, culo redondo y perfecto. Germán se desabrochó los pantalones, sacando esa polla que ya conocías demasiado bien.

 

—Ponte de rodillas —dijo—. Y chúpamela. Enséñame lo que sabes.

 

Ana obedeció, torpe pero ansiosa. Se la metió en la boca, haciendo ruidos de novata, atragantándose, pero intentando tragarse más cada vez. Germán la guiaba con la mano en su cabeza, enseñándole el ritmo, la profundidad.

 

—Buena niña —gruñía—. Ahora vamos a lo serio. Ponte en el sofá, boca arriba. Quiero follarte ese coñito virgen.

 

La penetró lentamente al principio, rompiendo su resistencia, y luego empezó a moverse con fuerza. Ana gritaba, se mordía el labio, gemía sin control mientras Germán la usaba, le agarraba las tetitas, le mordía el cuello.

 

—Ahora el culo —dijo de repente, sacándose y girándola—. Quiero probarte por todos lados.

 

Ana chilló cuando entró por detrás, pero Germán no tuvo piedad. La folló por el culo mientras ella se masturbaba frenéticamente, buscando el placer entre el dolor. Luego volvió a su boca, haciéndola limpiar su propio sabor, y terminó en su coñito otra vez, corriéndose dentro de ella con un gruñido de victoria.

 

Cuando salisteis del dormitorio, Ana y tú os mirasteis. Los dos despeinados, los dos llenos de semen ajeno, los dos transformados. Germán os despidió con una palmada en el culo a cada uno.

 

—Volved a casa —dijo—. Elena llegará pronto. Y quiero que la veáis como la dejan esos cuatro.

 

Bajaisteis las escaleras, oliendo a sexo, a traición, a nueva vida. Ana se tocaba disimuladamente entre las piernas, todavía sintiendo a Germán dentro de ella.

 

Llegasteis a casa y esperasteis. Una hora, dos. Y entonces Elena apareció. Entró tambaleándose, con el pelo enredado, la ropa rota, el maquillaje corrido por la cara. Pero lo peor era el olor. Ese olor a múltiples hombres, a semen rancio, a sudor de calle, a peligro. Y bajo su vestido, veíais cómo goteaba, cómo se escurría por sus muslos un líquido blanquecino y amarillento.

 

—Ha sido increíble —dijo, con una voz tomada de tanto gritar—. Cuatro. Cuatro desconocidos, sin condón, uno tras otro. En el culo, en el coño, en la boca. No sé cuántas veces me han llenado. Germán tenía razón, el riesgo… el riesgo me ha vuelto loca.

 

Se desplomó en el sofá, abriendo las piernas, mostrando el desastre. Su coño estaba inflamado, rojo, goteando una mezcla de semen de múltiples hombres. Su culo igual. Tenía marcas de dedos, de mordiscos, de haber sido usada sin piedad.

 

—Limpiadme —ordenó, mirandoos a Ana y a ti—. Los dos. Con la lengua. Quiero que probéis lo que me han hecho esos desconocidos. El sabor del peligro, de la enfermedad posible, de la puta más barata del mundo.

 

Te arrodillaste primero, seguido de Ana. Empezasteis a lamer, a succionar, a limpiar cada rastro de aquella orgía. El sabor era fuerte, químico, rancio, distinto al de Germán, más peligroso. Elena gemía mientras le limpiabais, mientras ella misma se tocaba, todavía excitada, todavía insaciable.

 

—Sois míos —dijo, mirandoos desde arriba—. Mi cornudo y mi sobrina puta. Mi familia perfecta.

 

Y mientras limpiabas, sintiendo el semen de cuatro desconocidos en tu lengua, supiste que esto era solo el principio. Que Germán tenía más amigos, más lugares, más formas de degradaros. Y que volveríais, una y otra vez, porque la enfermedad del placer no tiene cura.

4 Lecturas/14 septiembre, 2026/0 Comentarios/por xufohi
Etiquetas: amigos, culo, hermano, hija, madre, semen, sexo, sobrina
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