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Fantasías / Parodias, Infidelidad, Intercambios / Trios

Germán, Elena, Rocío y el cornudo mirando (5)

Me quedo mirando .
Era una tarde de sábado cuando Germán decidió pasarse sin avisar. Elena y Rocío estaban en casa, las dos hermanas solas, disfrutando de esa intimidad que solo comparten cuando creen que nadie las observa. Elena, con sus veintinueve años, llevaba un vestido ligero de verano sin nada debajo, cómoda en su propia piel de mujer deseada. Rocío, once años recién cumplidos, lucía unos shorts cortos y una camiseta de tirantes que dejaban ver la firmeza de su cuerpo infantil.

 

El timbre sonó y Elena abrió sin mirar, pensando que sería el repartidor de paquetería. Pero allí estaba él. Germán, con su barriga, su calvicie brillante de sudor veraniego, y esa mirada de lujuria que ya conocían demasiado bien.

 

—He venido a por mi dosis —dijo, entrando sin esperar invitación—. Y veo que hay festín doble.

 

Rocío se sonrojó hasta las orejas, pero no hizo ademán de cubrirse. Después de aquella primera vez contigo, algo había cambiado en ella. La timidez se había transformado en curiosidad, en deseo de experimentar, en hambre de ser mujer.

 

—Mi hermana está aquí… —murmuró Elena, aunque su voz carecía de convicción.

 

—Ya lo veo —respondió Germán, cerrando la puerta con llave—. Y las dos van a hacer lo que yo diga. Desvístete, Elena. Y tú, pequeña, quédate quieta. Quiero ver si has aprendido algo con el cornudo.

 

Elena obedeció sin protestar. Se quitó el vestido de un tirón, quedando completamente desnuda, con ese cuerpo escultural que tanto excitaba al vecino. Sus tetas, esas 95 de copa que rebotaban con cada movimiento, quedaron expuestas, los pezones ya erectos de pura anticipación.

 

—Ven aquí —ordenó Germán, sentándose en el sofá y abriendo las piernas—. Chúpamela las dos. A la vez.

 

Elena se arrodilló primero, seguida de Rocío, que lo hizo con torpeza pero con los ojos brillantes de excitación nerviosa. Germán se bajó los pantalones y sacó esa polla gruesa, ya semi erecta, con el olor característico de su desaseo masculino. Las dos hermanas se miraron un segundo, y luego se lanzaron sobre el miembro.

 

Elena tomó la base con una mano experta, acariciando las bolas peludas con la otra, mientras metía la punta en su boca y la lamía con circularidad. Rocío, más insegura, se dedicó a los laterales, besando el tronco venoso, lamiendo hasta donde alcanzaba con su lengua infantil e inexperta.

 

—Así, putas —gemía Germán, echando la cabeza hacia atrás—. Hermanas comiéndome la polla. Sois un par de zorras de lo más barato.

 

Las dos chupaban, hacían ruidos húmedos, se empujaban ligeramente para conseguir mejor posición. Elena cogió la cabeza de su hermana pequeña y la acercó más, guiándola para que probase la punta, para que saborease el presemen que ya goteaba.

 

—Trágate la mitad —ordenó a Rocío—. Hazle ver que ya eres mayorcita.

 

La chica de once años intentó obedecer, pero se atragantó cuando la polla de Germán tocó su garganta. Tosió, se apartó con los ojos llorosos, y Elena se rio, tomando el relevo, metiéndosela hasta el fondo sin esfuerzo, mostrando cómo se hacía.

 

—Tu hermana lo hace mejor —se burló Germán, agarrando a Elena por el pelo y follando su boca con fuerza—. Pero tú tienes otros agujeros que explorar. Quítate los pantalones y ponte a cuatro patas. Quiero ver ese culito virgen otra vez.

 

Rocío obedeció, temblando, con las mejillas rojas de vergüenza y excitación. Se quitó los shorts y las braguitas, quedando desnuda de cintura para abajo, mostrando ese coñito con algun pelito ya, perfecto, inmaculado. Se puso a cuatro patas junto al sofá, ofreciéndose, con el rostro hundido en un cojin para ocultar su humillación.

 

Germán se levantó, dejando a Elena que siguiera chupándolo, y se situó detrás de Rocío. Escupió sobre su agujero, una, dos veces, y luego empujó sin contemplaciones. La niña gritó contra el cojín, sintiendo cómo se la metían por el culo sin preparación, sin piedad.

 

—¡Duele, joder, duele! —chillaba.

 

—Cállate y aguanta —gruñó Germán, empezando a moverse—. Tu hermana lo aguanta mejor. Vamos, Elena, enséñale cómo se gime.

 

Elena se apartó de la polla, jadeante, y se situó junto a Rocío, también a cuatro patas, ofreciendo su propio culo.

 

—Fóllanos a las dos —suplicó—. Alterna. Una embestida en ella, una en mí. Quiero sentir cómo la destrozas y luego sentirlo yo.

 

Germán sonrió, el amo absoluto de la situación. Empezó a alternar, sacándose del culo apretado de Rocío, metiéndose en el culo más experto de Elena, luego volviendo a la hermana pequeña. Las dos gemían al unísono, una con voz aguda y lastimera, la otra con gemidos profundos y entrenados.

 

—¡Sois dos putas de hermanas! —gritaba, acelerando el ritmo—. ¡Vuestra madre se llevaría un disgusto si os viera!

 

Elena se volvió hacia él, con la cara congestionada de excitación.

 

—Córrete en nuestras caras —rogó—. Quiero que mi hermana pruebe tu semen. Que sepa lo que es ser una zorra usada.

 

Germán gruñó, sintiendo el orgasmo aproximarse. Se sacó de Rocío, que se derrumbó sobre el suelo, y se puso de pie frente a las dos, que se arrodillaron juntas, esperando, con la boca abierta como dos pájaros hambrientos.

 

—¡Aquí llega! —avisó, y explotó.

 

Primero en la cara de Elena, cubriéndole la frente, los ojos, la nariz, con chorros espesos de semen. Luego giró hacia Rocío, que recibió el resto en la boca, en las mejillas, goteando por su mentón. Las dos quedaron bañadas, marcadas, con el olor a macho impregnado en su piel.

 

Fue en ese momento cuando abriste la puerta con tu llave.

 

Te quedaste paralizado en el umbral, viendo la escena. Tu mujer y su hermana de once años, arrodilladas en el suelo de tu salón, desnudas, cubiertas de semen, con Germán de pie sobre ellas, todavía sacudiendo los últimos chorros de su orgasmo sobre sus caras. El olor a sexo, a sudor, a degradación, te golpeó como un puñetazo.

 

—Ah, mira quién llega —dijo Germán, sin inmutarse—. Justo a tiempo para ver el final. Ven, cornudo, que tus hembras están bien servidas.

 

No dijiste nada. No pudiste. Tu mano se movió sola, bajando la cremallera de los pantalones, sacando tu polla ya dura como el acero. Te quedaste en la puerta, con la brisa de la calle entrando por detrás, y empezaste a masturbarte frenéticamente, mirando a Elena, mirando a Rocío, mirando el semen que goteaba de sus rostros.

 

—Pajeándote como un perro —se burló Elena, sin limpiarse, dejando que el semen se secara en su cara—. Sin siquiera pedir unirte. Solo mirando, como el cornudo más patético del mundo.

 

—Déjalo —dijo Rocío, sorprendiéndose a sí misma con su propia voz—. Que se masturbe viendo. Que vea lo que somos ahora. Lo que él nos ha convertido.

 

Seguiste moviendo la mano, con los ojos fijos en la escena. Germán se sentó de nuevo en el sofá, con la polla todavía semi erecta, manchada de los fluidos de las dos hermanas. Elena y Rocío se abrazaron, desnudas, sucias, besándose compartiendo el sabor del semen del vecino, mientras tú gemías solo en la puerta.

 

—Córrete en el suelo —ordenó Germán señalándote—. No te acerques. Quiero que te corras ahí, como un perro, mientras yo descanso con tus mujeres.

 

Y obedeciste. Con un gemido ahogado de humillación suprema, te vaciaste en el suelo de tu propia casa, en la entrada, mientras tu mujer y su hermana se reían suavemente, abrazadas, esperando la siguiente ronda con el hombre que las había conquistado a las dos.

 

Germán te miró con desprecio y victoria.

 

—Mañana vuelvo —dijo—. Y quizás traiga a un amigo. Ya sois tres, podemos hacer grupos más grandes.

 

Y tú, arrodillándote para limpiar tu propio semen con la lengua del suelo, supiste que volvería, y que volverías a quedarte en la puerta, pajeándote, viendo, siendo el cornudo más feliz y más miserable del mundo.

3 Lecturas/14 septiembre, 2026/0 Comentarios/por xufohi
Etiquetas: culo, follando, hermana, madre, orgasmo, semen, sexo, vecino
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