infiel a mi novio
Yoalli se debate entre la seguridad de Miguel y la atracción animal de Armando en la cocina del restaurante. Un roce deliberado, un beso robado y una carrera al cerro terminan en una entrega salvaje contra la barandilla del mirador, donde la culpa se convierte en el afrodisíaco más potente..
El vapor del lavaplatos se condensaba en el metal inoxidable, formando gotas gruesas que resbalaban por las paredes de la cocina como sudor frío. El ruido era ensordecedor: el chasquido rítmico de los cuchillos contra las tablas de cortar, el siseo constante de los quemadores y el estruendo de la campana extractora intentando devorar el humo de los asados. Yoalli se pasó el dorso de la mano por la frente, dejando una estela de harina y grasa en la piel. Su uniforme blanco ya no era tan blanco; las manchas de azafrán y vino tinto en el delantal eran medallas de batalla de otro turno doble perdido.
Armando estaba a su lado, picando cebollas con una precisión militar que no correspondía con su actitud relajada. Cada vez que el cuchillo golpeaba la madera, su codo rozaba el hombro de ella. No era un golpe accidental, ni un movimiento torpe por la estrechez del espacio. Era una presión constante, deliberada, una fricción de tela contra tela que enviaba pequeñas descargas eléctricas a través de la manga de Yoalli. Ella tensó los hombros, intentando encogerse, pero la línea de preparación de ensaladas no daba margen para la huida.
—Te falta sal, esto está insípido —murmuró Armando, acercándose demasiado para probar el aderezo que ella estaba batiendo.
Su aliento, caliente y con un dejo a mentol del cigarrillo que se había fumado minutos antes en el callejón, le golpeó el cuello. Yoalli sostuvo el batidor con ambas manos, apretando tanto que los nudillos se le pusieron blancos. Armando no miró el bol. Miró la clavícula de ella, luego sus ojos, y bajó la vista hacia sus labios. El silbido de la freidora pareció apagarse en ese instante.
—Está bien así —respondió ella, con la voz ronca por el humo y el nervio. Dio un paso al lado, buscando el refugio de la estufa.
Armando sonrió, un gesto lento que solo curvó la comisura derecha de sus labios. No dijo nada, solo volvió a su cebolla, pero su pie derecho se estiró bajo la mesa, rozando la pantorrilla de Yoalli. Ella se apartó como si la hubieran quemado, casi volcando un recipiente con aceite de oliva. El corazón le golpeaba contra las costillas con una fuerza que nada tenía que ver con el ajetreo de la cocina. Pensó en Miguel. Miguel estaba en casa, probablemente viendo televisión o durmiendo, esperando su turno para ir a buscarla. Miguel era seguro, era silencio y paz, era el olor a jabón de lavandería y no a grasa quemada.
Pero el olor de Armando era distinto. Era a tabaco, a especias picantes y a una testosterona animal que parecía evaporarse de su piel en el calor de la cocina.
El turno terminó y la cocina quedó en un silencio fantasmal, iluminada solo por la luz fría de la nevera y la señal de «Abierto» del escaparate. Yoalli se desabrochó el delantal, sintiendo el alivio de la presión sobre el estómago, pero el nudo en la garganta persistió. Armando estaba en la puerta del fondo, sacándose la chaqueta de cocina.
—¿Vienes? —preguntó, sin darle la espalda, sabiendo que ella lo estaba mirando.
—¿A dónde? —preguntó ella, aunque sabía la respuesta.
—Al cerro. A despejarnos la cabeza. Necesito correr antes de que me explote la cabeza.
Yoalli miró su reloj. Miguel no la esperaba hasta dentro de una hora. Podría ir a casa, ducharse, lavarse el olor de la cocina y ponerse la ropa limpia que le gustaba a Miguel. Podría sentarse en el sofá y ser la novia fiel. Pero sus pies ya se estaban moviendo hacia la puerta trasera, hacia el callejón oscuro donde el aire fresco de la noche intentaba colarse entre los botes de basura.
—Solo una vuelta —dijo ella, más para convencerse a sí misma que a él.
El camino al cerro estaba en silencio, salvo por el crujido de sus zapatillas sobre el asfalto y su respiración entrecortada. Armando iba unos metros delante, su musculatura de espalda marcándose bajo la camiseta de gimnasio ajustada con cada paso que daba. Yoalli no podía apartar la vista de cómo se movían sus omóplatos, de la tensión de sus glúteos al subir la pendiente. La imagen de Miguel se desdibujaba en su mente, sustituida por la realidad física de Armando. Miguel no corría. Miguel no sudaba de esa manera.
Llegaron a un mirador que dominaba las luces de la ciudad. El aire estaba frío, pegajoso, y el olor a pino y tierra húmeda era un golpe directo a los sentidos después de horas encerrada entre olores cocinados. Armando se detuvo, apoyando las manos en las rodillas, recuperando el aire. Yoalli se detuvo a su lado, el pecho levantándose y bajando violentamente.
—Aquí se respira mejor —dijo Armando, enderezándose y girándose hacia ella.
La luna llena iluminaba su perfil, resaltando la humedad en su cuello. Se acercó, invadiendo el espacio personal de Yoalli, esa barrera invisible que ella siempre mantenía con todos menos con Miguel. Pero esta vez, ella no retrocedió.
—Deberías ir a casa —susurró él, aunque sus manos decían lo contrario. Una mano se posó en su cintura, caliente y firme, atrayéndola hacia él.
—Miguel me espera —dijo ella, pero la frase sonó débil, aplastada por el peso de la noche y la cercanía de Armando.
Armando no mencionó a Miguel. No le importaba Miguel. Bajó la cabeza y sus labios encontraron el cuello de Yoalli, justo debajo de la oreja. El contacto fue húmedo, un beso abierto que dejó un rastro de saliva que se enfrió instantáneamente al aire libre. Un temblor recorrió el cuerpo de ella, desde las rodillas hasta el cuero cabelludo. Sus manos, que habían estado colgando inertes a los lados, subieron instintivamente hacia los hombros de Armando, aferrándose a la tela de su camiseta.
La imagen de la cara de Miguel, preocupada y dulce, parpadeó en su mente como una bombilla fundida. Es solo esto, pensó. Es solo un momento. Es solo el calor.
Armando la empujó suavemente contra la barandilla de protección del mirador. El metal frío le presionó la espalda a través de la camiseta deportiva, contrastando con el fuego del cuerpo que se le pegaba por delante. La mano de Armando subió desde su cintura, deslizándose por la costura de la camiseta de Yoalli hasta tocar la piel desnuda de su cintura. Los dedos rugosos de cocinero, callosos por el manejo de cuchillos y ollas, rasparon suavemente la piel suave del abdomen.
Yoalli exhaló un gemido que se perdió en el viento. Armando aprovechó el sonido para cubrir sus labios con los suyos. No fue un beso tierno; fue un ataque, una invasión de lengua y dientes. Sabía a mentol y a deseo. Yoalli abrió la boca, permitiendo la entrada, sintiendo cómo la lengua de él exploraba, dominaba, reclamaba.
La mano de él bajó con decisión, pasando por debajo de la cintura elástica de sus leggings deportivos. No hubo preámbulos, no hubo caricias suaves en el muslo. Sus dedos se deslizaron directamente entre sus piernas, encontrando la tela de la ropa interior ya empapada.
—Ya estás mojada —gruñó Armando contra su boca, y la vulgaridad de la observación hizo que las mejillas de Yoalli ardieran, no de vergüenza, sino de una excitación vergonzosa.
Ella separó las piernas más, invitándolo, rogándolo sin palabras. Los pensamientos de Miguel se habían convertido en un murmullo ininteligible, ahogado por el ruido de su propia sangre bombeando en los oídos. Armando deslizó un dedo bajo el borde de la tela de la tanga, encontrando el clítoris hinchado y sensible. Yoalli mordió el labio inferior, conteniendo un grito, mientras las caderas empezaban a moverse solas, buscando la fricción de ese dedo experto.
—¿Te gusta? —preguntó él, mordiéndole el lóbulo de la oreja.
—Sí —siseó ella, con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, exponiendo la garganta al ataque de sus labios.
Armando retiró la mano húmeda y, con un movimiento brusco, bajó el leggings y la ropa interior de Yoalli hasta las rodillas. El aire nocturno golpeó su piel desnuda, helado y excitante. Ella no tuvo tiempo de pensar en la exposición, en lo público que era el lugar, porque Armando se había desabrochado el pantalón y sacó su miembro, erecto y palpitante al aire libre.
Se acercó, levantando una de las piernas de Yoalli y apoyándola en la barandilla metálica. La posición la dejaba abierta, vulnerable, totalmente a su merced. Armando se posicionó entre sus muslos, y la cabeza de su pene rozó la entrada húmeda de Yoalli. Ella miró hacia abajo, viendo el contraste de su piel pálida y la oscuridad de él, viendo cómo se preparaba para penetrarla.
—Mírame —ordenó él.
Yoalli levantó la vista, encontrando los ojos oscuros de Armando clavados en los suyos. En ese reflejo, ella se vio a sí misma: despeinada, sudorosa, con los labios hinchados y la mirada vidriosa de lujuria. No vio a la novia de Miguel. Vio a una mujer que quería ser cogida ahí mismo, contra una barandilla oxidada en lo alto de un cerro.
Armando empujó las caderas hacia adelante y entró en ella de un golpe. El estiramiento fue brusco, llenándola por completo, golpeando el fondo con una intensidad que le arrancó un gemido gutural. Ella se aferró a sus hombros, clavando las uñas en la piel, sintiendo cómo los músculos de él se tensaban bajo sus dedos.
Empezó a moverse. Cada embestida era profunda, dura, haciendo que la barandilla crujiera contra la roca. El ritmo no tenía nada de la suave dulzura de las noches con Miguel; era salvaje, urgente, puramente físico. El sonido de la piel chocando contra la piel resonó en el silencio de la montaña, mezclado con los jadeos y los susurros sucios de Armando.
—Eres una zorra, Yoalli —susurró él al oído, acelerando el ritmo—. Viniendo aquí conmigo mientras él te espera.
Las palabras fueron como gasolina en el fuego. La culpa, lejos de detenerla, actuó como un afrodisíaco potente. Ella apretó los músculos internos alrededor de él, sintiendo cómo él crecía dentro de ella, cómo el control se le escapaba.
—Más —pidió ella, perdiendo cualquier rastro de compostura—. No pares.
Armando la agarró de las nalgas con ambas manos, levantándola ligeramente para penetrar aún más profundo. El orgasmo se construyó en la base de su columna vertebral, una ola de calor que crecía imparable, alimentada por el riesgo, por el engaño, por la crudeza del momento. Cuando el placer estalló, Yoalli mordió el hombro de Armando para no gritar, sacudiéndose en sus brazos mientras las luces de la ciudad abajo se difuminaban en manchas de color ciego.
Armando siguió bombeando, buscando su propio clímax, y cuando eyaculó dentro de ella, con un gemido ronco y profundo, Yoalli sintió que el peso de la infidelidad se asentaba sobre ella, pesado, real e irrevocablemente placentero. Se quedaron así un momento, pegados, respirando el mismo aire, mientras el sudor se enfriaba en sus cuerpos y la realidad intentaba abrirse paso de nuevo en la noche.

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