LA CASA DEL PADRE
«La Casa del Padre» explora el oscuro universo de Lucas, un hombre que descubre que su placer más intenso ha residido en observar la infidelidad de sus parejas….
La Casa del Padre
Lucas tenía treinta y un años cuando se casó con Sofía. Era su tercera relación seria, y como las anteriores, terminó en la casa de su padre. Diego, viudo desde hacía cinco años, era un hombre de sesenta y cinco años que desafiaba el tiempo: alto, de hombros anchos, abdomen plano y una autoridad natural que emanaba de cada gesto. Cuando la pareja se mudó a la mansión de tres pisos heredada de la familia, Lucas pensó que sería temporal. Un año después, seguían allí.
Sofía, de treinta años, era una mujer radiante. Cabello castaño corto que le llegaba a la mandíbula, cuerpo atlético producto de años de natación, y una risa fácil que contrastaba con la seriedad de Lucas. Lo había elegido a él, decía, porque sentía que detrás de aquellos ojos expresivos y aquella delgadez casi frágil, había un hombre profundo.
Pero Lucas nunca le contó sobre las otras. Sobre Daniela, a los diecinueve, a quien encontró en el asiento trasero de un Honda Civic con un compañero de universidad. Sobre cómo se quedó paralizado detrás del árbol, con la mano en los pantalones, masturbándose en silencio mientras ella gemía. Sobre Claudia, tres años después, que lo engañó con su jefe y a quien siguió hasta el motel. Sobre Valentina, la más reciente, que terminó con el hermano de su mejor amigo en la boda de este último, mientras él observaba desde el balcón del hotel.
Nunca se había etiquetado como nada. No era un voyeur, decía. No era un cornudo, se repetía. Simplemente… le pasaba. Siempre le pasaba.
Diego comenzó a cambiar su comportamiento después del tercer mes de convivencia. Al principio fueron pequeños detalles que Sofía notó y Lucas ignoró.
—Estás muy sexy con ese vestido, nuera —dijo Diego una noche, mientras cenaban los tres. Su mano se posó en la cintura de Sofía al pasarle el vino, quedándose un segundo más de lo necesario.
Sofía se rio, nerviosa, y miró a Lucas, que estaba absorto en su plato, contando los días para su próximo viaje de trabajo.
—Gracias, suegro —respondió ella, y su sonrisa no denotaba molestia.
Lucas viajaba dos veces por mes. Consultor financiero para una firma internacional, sus viajes a São Paulo o Ciudad de México eran rutinarios. Cada vez que regresaba, notaba algo diferente. Sofía más relajada. Diego más… presente.
Un sábado, desde el pasillo, Lucas vio a su padre pasar detrás de Sofía, quien lavaba platos. La mano de Diego rozó intencionalmente su cadera.
—Perdón, nuera —dijo Diego, sin sonar arrepentido—. Estás tan delgada que casi no te siento.
Sofía se rio. Esa risa que a Lucas le había enamorado, ahora le producía un nudo en el estómago que no supo identificar.
—No pasa nada, suegro.
Lucas se alejó. No quería ver más. Pero esa noche, en la cama, mientras Sofía dormía, se masturbó pensando en la mano de su padre sobre su esposa. Se vino en segundos, avergonzado, limpiándose con un pañuelo y jurándose que no quería que eso pasara. Solo estaba… sospechando. Solo estaba siendo paranoico. Las otras veces habían sido diferentes. Él no buscaba esto.
Mentía.
El cambio fue gradual. Diego se volvió más dominante, más físico en su presencia. Y Sofía, en lugar de alejarse, parecía florecer bajo esa atención.
—Lucas, tu padre me ayudó con el coche hoy —comentó Sofía una noche, vistiéndose para salir a cenar—. Es tan… atento.
—Es su casa —respondió Lucas, ajustándose la corbata en el espejo—. Debe asegurarse de que todo funcione.
—No solo eso —Sofía se puso el perfume, uno que Lucas no recordaba haberle comprado—. Me dijo que luzco como una modelo con este vestido. Que cualquier hombre me desearía.
Lucas sintió que la sangre abandonaba su rostro.
—¿Y qué dijiste?
—Que estaba casada —Sofía sonrió, pero no era una sonrisa de rechazo—. Pero me halagó. Es agradable sentirse deseada, ¿no crees?
Lucas no respondió. Pensó en llamar a su terapeuta. Pensó en confrontar a su padre. Pensó en masturbarse otra vez en el baño de visitas.
Hizo lo último.
El punto de inflexión ocurrió en octubre. Lucas debía volar a Buenos Aires por tres días. Su vuelo salía a las seis de la mañana. Sofía lo despidió en la puerta, en bata, con los ojos aún llenos de sueño.
—Te extrañaré —dijo ella, besándolo en la mejilla.
—Yo también —respondió Lucas, y por primera vez no estuvo seguro de si decía la verdad.
En el aeropuerto, la tormenta eléctrica canceló todos los vuelos internacionales. Lucas intentó llamar a Sofía, pero la línea estaba ocupada. Luego, sin servicio. Un error técnico, dijo la operadora.
Tomó un taxi de regreso. Eran las nueve de la mañana cuando llegó a la casa de su padre. La puerta principal estaba entreabierta.
Extraño, pensó.
Dejó su maleta en el vestíbulo. La casa estaba en silencio, salvo por un sonido lejano. Un ritmo. Un golpeteo.
Thump. Thump. Thump.
Venía de la sala de juegos, en el ala este de la mansión. Lucas caminó sobre alfombras que amortiguaban sus pasos. Cada fibra de su cuerpo le decía que se detuviera, que subiera a su habitación, que hiciera ruido al entrar.
No lo hizo.
La puerta de la sala de juegos estaba entornada. A través de la rendija, Lucas vio la mesa de pool verde. Y sobre ella, desnuda, estaba Sofía. Su esposa. Sus piernas abiertas, agarrando los bordes de la mesa, la cabeza echada hacia atrás en éxtasis.
Entre sus piernas, Diego. Su padre. También desnudo, su cuerpo musculoso brillando de sudor, penetrándola con fuerza. Cada embestida producía ese sonido seco, ese thump de las caderas contra el borde de la mesa.
—Dios, nuera —gruñó Diego, sin aliento—. Eres más apretada de lo que imaginé.
—No pares —súplicó Sofía, arqueando la espalda—. Por favor, no pares.
Lucas debería haber entrado. Debería haber gritado. Debería haber hecho algo.
No hizo nada.
Su mano bajó a su pantalón. Ya estaba duro. Tan duro como aquella primera vez, a los diecinueve años, detrás del árbol. Se bajó la bragueta con cuidado, sin apartar la vista de la escena.
Diego levantó una de las piernas de Sofía, colocándola sobre su hombro, penetrándola más profundo. Sofía gimió, un sonido agudo que Lucas nunca le había escuchado. Un sonido de placer absoluto, desinhibido, salvaje.
—Tu marido nunca te ha follado así, ¿verdad? —preguntó Diego, con voz dominante.
—Nunca —gimió Sofía—. Nunca… así.
Lucas comenzó a masturbarse. Lento al principio, luego más rápido. Su vergüenza era inmensa, un calor que le subía desde el cuello hasta las orejas. Pero su excitación era mayor. Ver a su padre, ese hombre de sesenta y cinco años, poseer a su esposa con una fuerza que él nunca tuvo, producía una mezcla de humillación y deseo que lo paralizaba.
Diego cambió de posición. Agarró a Sofía de las caderas, la giró sobre la mesa de pool. Ahora ella estaba de espaldas a la puerta, mirando hacia arriba, hacia donde Lucas se escondía. Por un segundo, Lucas temió que ella lo viera. Pero los ojos de Sofía estaban vidriosos, perdidos en el éxtasis.
Diego volvió a penetrarla. Esta vez más lento, profundo, mirándola a los ojos.
—Dime que me deseabas —ordenó.
—Te deseaba —confesó Sofía, sin dudar—. Desde que me tocaste en la cocina. Desde que me dijiste que estaba sexy.
—¿Y Lucas?
—Lucas nunca… nunca me ha hecho sentir así.
Lucas apretó los dientes. Debería dolerle. Debería enfurecerlo. En cambio, su mano se movía con más urgencia. Estaba a punto de venirse.
Diego aceleró el ritmo. La mesa de pool se movió ligeramente con cada embestida. Sofía agarró las hombros de su suegro acercándolo, arañándole la espalda, pidiendo más.
—Voy a venirme dentro de ti, nuera —anunció Diego, con voz ronca—. Quiero que sientas mi semen mientras piensas en quién es tu dueño ahora.
—Sí —gimió Sofía—. Por favor, sí. Lléname.
Lucas vio cómo su padre se estremecía, cómo empujaba una última vez con fuerza brutal, cómo Sofía gritaba un orgasmo que resonó en toda la sala. Vio la expresión de éxtasis en el rostro de Diego mientras descargaba dentro de su esposa, mientras ella temblaba bajo él, recibiendo todo.
Y entonces, mientras aún estaban unidos, Diego levantó la vista.
Directo hacia la puerta.
Directo hacia los ojos de Lucas.
Una sonrisa lenta, satisfactoria, se extendió por el rostro del padre. No había sorpresa en ella. Solo victoria. Solo el reconocimiento silencioso de que sabía que estaba allí. Que quizás siempre supo que estaría allí.
Lucas se vino en su mano, sin poder contenerse, mientras su padre lo miraba a los ojos, todavía hundido hasta la raíz dentro de la esposa de su hijo.
La vergüenza fue total, absoluta, consumadora. Lucas se limpió con la camisa, temblando, incapaz de moverse. Quería llorar. Quería matar a su padre. Quería volver a masturbarse.
Diego finalmente rompió el contacto visual. Se inclinó sobre Sofía, besándola profundamente, todavía dentro de ella, mientras ella gemía suavemente, satisfecha, llena de él.
Lucas se alejó de la puerta. Subió las escaleras en silencio. Entró a su habitación y se sentó en la cama, mirando sus manos manchadas.
No era un voyeur, se dijo.
No era un cornudo.
Solo… le pasaba.
Pero mientras escuchaba los pasos de su padre y su esposa subiendo las escaleras, mientras oía la puerta del dormitorio principal cerrarse y las risas apagadas desde el otro lado del pasillo, Lucas supo que estaba mintiendo.
Y supo que volvería a esconderse mañana.
Fin

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