La última y nos dormimos
En cama con mi marido, mi novia y el esposo de ésta.
Al menos una vez al mes, mi novia Dalita y yo compartimos nuestros maridos. Los usamos como se nos antoja. Se trata de darnos amor de mujeres y tomar de nuestros maridos lo que nos falta para ser plenamente felices.
Ramón, mi esposo, tiene una verga larga, de ancho normal y unos huevitos que parecen de paloma, pero a mi novia le encanta metérselos juntos a la boca y jugar con ellos revoloteando la lengua. En cambio, Pedro, el esposo de Dalita, tiene la verga del tamaño de mi marido pero de mayor grosor y unos huevotes que con trabajo me cabe uno dentro de mi boca, pero me fascina lamerlos.
Cuando Dalita y yo hacemos el 69, les pedimos a nuestros machos que también hagan uno entre ellos. El primer día que se los pedimos, no estaban muy convencidos, pero ahora lo disfrutan, incluso las veces que andan trabajando fuera de nuestro estado, pues trabajan juntos comandando unas brigadas de construcción, nos comunicamos por teleconferencia, encuerados los cuatro, para masturbarnos mientras nos decimos guarradas, ellos se la chaquetean uno al otro y se tragan la venida, lo cual nos calienta a Dalita y a mí, que terminamos besándonos y metiendo los dedos en la panocha de la otra.
Este viernes el intercambio se daría en la casa de ellos y desde la tarde nos pusimos a preparar la cena. Sin embargo, Dalita se dio cuenta que faltaría el pan y se le ocurrió llamar a su marido para que, pasara por él.
–Pedro no me contesta –dijo molesta–, nomás falta que se hayan ido a emborrachar y ni se acuerden de nosotras.
–Déjame llamar a Ramón –dije tomando mi teléfono. Pero ella no me dejó
–Mejor le hablo a Fermín –señaló y habló con el más joven de los trabajadores, quien vive cerca de ella.
Al hablar con Fermín se enteró que, efectivamente, Ramón y Pedro, junto con varios integrantes más de la cuadrilla, habían ido a la cantina. Ella le pidió a Fermín que le trajera el pan “pero rápido, para pagarte como mereces antes de que ellos lleguen a casa. Además, tráeme un cigarro de los que me gustan…”
Fermín se despidió de los demás sin pedir su trago y fue a cumplir rápidamente con lo que le encomendó mi novia, ya que Dalita ha tenido varios encuentros con él, y el pago era muy prometedor.
–¡Qué eficiente! –le dijo Dalita cuando llegó y me pasó a mí la bolsa del pan– Falta algo, amorcito –dijo extendiendo la mano y Fermín sacó un carrujo de la bolsa de su camisa.
–Gracias. Éste te lo pago yo, y el pan te lo pagará Mar. ¿Tendrás liquidez suficiente para darnos el cambio a las dos? –preguntó Dalita encendiendo el pitillo. Fermín estaba asombrado de que yo estuviera también allí.
Ya he relatado los dos encuentros que tuve con Fermín pues me compartió mi novia. Uno fue en el festejo de año nuevo y el otro el mes pasado en el festejo de la independencia nacional. Lo que nos encanta es la enjundia con la que Fermín hace el amor dada su juventud.
–Fuma tranquila, primero cobro lo del pan –le dijo Fermín a Dalita y me abrazó dándome un beso al abrazarme con lascivia.
En menos de tres minutos, ya estábamos encuerados y cogiendo en el sofá al ritmo de la música que puso Dalita, quien acariciándose la pucha nos miraba sentada en el sillón con la falda levantada y sin calzones.
–¡Sácale muchos orgasmos a mi nena, puto cogelón! –le gritaba Dalita a Fermín y después otras palabras que no se le entendían porque la droga le hizo efecto inmediato.
Yo gritaba, entre un orgasmo y otro con los que el puto de Fermín me desbarataba hasta hacerme perder el conocimiento.
–Ya no puede más tu novia puta, ahora sigues tú –dijo el macho ostentando su pitote erguido como arma de acero.
Dalita se terminó de quitar la ropa, Solamente le faltaba deshacerse del sostén, que al quitárselo saltaron sus chichotas y las manos de Fermín fueron hacia ellas apretándoselas.
–Espera, acábate ésta –dijo dándole la bacha–, mientras yo me fumo esta ricura –señaló al agacharse para mamarle el pene que escurría de mis jugos hasta los huevos.
Yo ya estaba en mí y disfrutaba viendo el show. Fermín apago la colilla del porro en el cenicero, al tiempo que Dalita terminaba de limpiarle el delicioso aparato reproductor. Fermín se sentó en el sillón y se llevó a dalita de frente. Ella subió las piernas sobre los brazos del sillón y Fermín la penetró limpiamente tomándola de la espalda y le dio un beso que suspendió por la manera en que Dalita se movía para encajarse una y otra vez esa rica macana golpeando los huevos de Fermín con sus nalgas.
Menudearon los gritos de ambos hasta que Dalita sintió tres chorros de esperma en su vagina. Luego vino la quietud.
–Gracias por el favor que me hiciste, garañón –dijo Dalita al ponerse de pie.
–No hay de qué dar las gracias, el pago fue excelente –contestó Fermín desparramado y con la verga muy retraída.
Yo no le di chance a Fermín que se levantara, me fui directamente a su húmedo y arrugado falo para extraerle el semen que aún le quedaba en el tronco y lamer los jugos con los que lo bañó mi novia.
Cuando terminé, Dalita le pasó la ropa al muchacho y entre besos y caricias mutuas lo vestimos.
–Ahora vete antes de que lleguen nuestros maridos y recuerda, aquí no ha pasado nada, y mucho cuidado con contarlo –le advirtió Dalita. Fermín asintió y se retiró.
Dalita y yo tomamos nuestra ropa y nos fuimos a la recámara para amarnos en un 69, donde yo fui la ganona pues fue mucha la leche que le metió Fermín a mi amada.
Al poco rato llegaron nuestros maridos con el suficiente alcohol para estar calientes y se encueraron para cogernos.
–¡Putas tortilleras!, se nota que ya estuvieron con sus tijeritas porque están desnudas y muy mojadas –me dijo Pedro al penetrarme.
–También tu mujer está igual de mojada –aseguró mi marido al bombearse a Dalita.
–¡Qué bueno que ya llegaron!, si se tardaban más nos encontraban dormidas –expresé.
–Y cogidas –dijo Dalita con voz pastosa.
–¡Uh, esta está borracha! –exclamó mi marido refiriéndose a Dalita.
–No hemos tomado, Dalita se fumó un porro y se puso tan caliente que no hubiera puesto reparo en que se la cogiera otro distinto a ustedes, así que tuve que ayudarle con su calentura.
Después de la primera cogida, tomé a los dos de la verga y los llevé a que se lavaran las manos para servirles de cenar. Cuando comenzaron a comer, fui por Dalita, que ya estaba más repuesta y la senté a la mesa.
Al terminar de comer, nuestros maridos se pusieron a lavar los trastos y nosotras nos pusimos a ver la televisión. Cuando los hombres concluyeron con las labores propias de su sexo, se sirvieron unos tragos y se sentaron con nosotras para platicar sobre la jornada electoral del domingo en Brasil.
Cogimos otro poco y nos dormimos agotadas. En las veces que alguno de los machos nos requirieron, siempre abrimos las piernas sin remilgos, pero completamente desguanzadas después de haber disfrutado de tres penes es noche.
El sábado, los cuatro en traje de gala para el amor, desayunamos, cogimos y comimos. Después de merendar, los machos ya estaban muy usados y exprimidos, así que les pedimos un último esfuerzo. Nos lo concedieron y al venirse, miramos cómo se retraían los penes, quedando muy pequeños. Intercambiamos lugar, yo fui a mamarle el pito al marido de Dalita para saborear leche y jugos del matrimonio amigo, y ella se puso a chupar el de mi esposo.
Nos pareció divertido meternos el camaroncito a la boca y verlo crecer poco a poco: primero en el pellejo se comenzó a perfilar la curvatura del glande; unas chupadas más y ya estaba el tronco flácido con cinco centímetros de largo; otras mamadas más y el meato del glande se comenzaba a asomar del prepucio, pero por más que nos afanamos, no se pusieron duros. Ellos dormían y roncaban como buenas personas que habían cumplido con sus amadas.
Fue hasta las diez de la mañana en que volvimos a tener la verga del marido de la otra en nuestra boca. Con las manos del macho acariciando nuestro cabello. Nos surtieron la leche que produjeron durante la noche. ¡Por eso los amamos, cornudos cumplidores!

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!