Mi Suegra Marisol
Comencé una relación sexual con mi suegra .
Marisol vestía siempre ropa que parecía una talla menos de la que necesitaba. Los leggins se le pegaban a las caderas como una segunda piel, y las blusas apenas contenían el pecho pesado sobre esa cintura pequeña que Camila, mi novia, también había heredado. Camila tenía diecinueve años, como yo, y las caderas de su madre, pero el pecho no: ese se lo había guardado Marisol para ella sola. Yo llevaba semanas fingiendo que no miraba.
Había días en que Marisol salía del baño envuelta en una toalla corta, con el pelo mojado y la piel brillando, y cruzaba la casa como si yo fuera parte de los muebles. Yo, sentado en la sala, aprendí a no levantar la vista. Y aprendí también que era mentira.
Una tarde, con Camila todavía arreglándose, Marisol pasó a la cocina con la toalla anudada arriba del pecho. Se agachó frente al gabinete sin girarse, y la tela subió despacio por sus muslos. Primero fue la curva plena de su trasero, y después, entre las piernas, su cuca: depilada, gordita, con los labios carnosos y suaves asomando apenas en la sombra.
Se me cortó el aire. La sangre me bajó directo al pantalón y el guebo se me paró de golpe, duro, apretado contra la tela. Puse una mano sobre la pierna, pero no había forma de esconderlo.
Ella tardó más de lo necesario. Removió cosas, movió las caderas apenas, ese vaivén lento que ya no parecía casualidad. Cuando por fin se enderezó y pasó a mi lado, sus ojos bajaron un segundo hacia mi pantalón y volvieron a los míos. No dijo nada. Solo esa media sonrisa.
Era viernes. Llegué a buscar a Camila y su carro no estaba. La puerta estaba abierta y de adentro salía música baja, algo lento de esos que se ponen cuando la casa es solo tuya.
Marisol estaba en la sala, recién llegada del trabajo, con un vaso de ron en la mano y el pelo suelto. La blusa le marcaba el pecho con cada respiración, y la falda le abrazaba las caderas como si la hubieran cosido sobre ella.
—Camila no ha llegado —dijo, sin apartar los ojos de mí—. Pasa, no te quedes ahí.
Yo venía del gym, con la camiseta pegada al pecho y los brazos todavía hinchados. Siempre me habían echado broma por el tamaño de mi guebo, que con pantalones ajustados se notaba aunque uno no quisiera, y ella lo había visto más de una vez, siempre con la misma risita de lado.
Esa noche no fue de lado. Su mirada bajó directo a mi pantalón y se quedó ahí un segundo de más.
—Tú sí que te cuidas, ¿verdad? —dijo, con la voz ronca por el ron—. Se te nota el esfuerzo. En todas partes.
Poco después subió el volumen. Sonaba una salsa vieja, de esas que se bailan pegado.
—¿Tú bailas, verdad?
—Clarooo.
—Pues acompáñame, que esta me gusta mucho.
Me levanté. Empezamos a movernos despacio, con el calor pegándose a los dos. Me acercó su vaso a los labios y me dio un trago, y el ron me quedó ardiendo en la garganta.
Yo tenía la mano en su cintura. Poco a poco la fui bajando hasta el inicio de sus caderas. El vestido, ceñido y de una tela suave como agua, se le pegaba a la piel, y bajo mis dedos sentí la línea de un hilo dental. Ella no me quitó la mano. Se pegó un poco más. Como soy más alto, al bajar la vista me encontraba con el escote y el borde de un sostén negro, y ella se dio cuenta de a dónde miraba y no hizo nada por taparse.
—Bailas riquísimo —me dijo al oído.
No sé si fue el trago, la música o el calor de su cuerpo, pero las palabras se me escaparon solas:
—Ojalá que Camila jamás se entere de esto.
Me arrepentí en el mismo segundo. Pero ella no se apartó. Sonrió despacio, y yo, en una apuesta arriesgada, la apreté contra mí hasta que mi guebo, duro desde hacía rato, quedó firme contra su vientre. Sentí cómo su respiración se entrecortaba.
—Si besas como bailas… —susurró—. Mejor que no se entere.
Me besó ella primero. Fue un beso lento, con sabor a ron, de esos que tantean el terreno y en dos segundos dejan de tantear.
Nos movimos sin separar las bocas hasta el rincón de la sala donde la luz de la calle no llegaba. La puerta seguía abierta, y el riesgo de que Camila apareciera nos apretaba más el uno contra el otro. Fui recogiendo el vestido, centímetro a centímetro, hasta que su culo quedó al aire y mi mano se posó sobre el triángulo del hilo. La piel estaba caliente, un poco sudada por el baile. Deslicé los dedos hacia su nalga, grande, con su celulitis, pero firme, llena, de esas que uno agarra con toda la mano y aun así no las abarca.
—Cuidado —susurró contra mi oído, sin ninguna intención de tener cuidado.
—Tranquila —le dije.
Tomé su mano y la puse directo sobre mi guebo. Ella soltó un gemido largo, ronco, que jamás olvidaré. Empezó a sobarme, ahogándose en gemidos hondos. La saliva se nos puso espesa, y yo le daba pequeños mordiscos en el labio inferior.
—No puede ser tan grande… —murmuró.
—¿Quieres verlo? —le dije, sin reparo.
Asintió despacio.
—Arrodíllate. Y súbete bien el vestido, que se te vea ese culo.
Lo hizo. Al arrodillarse, sus caderas parecieron crecer, y el hilo casi desapareció entre ellas.
—Tienes un culo divino.
Abrí el botón, bajé el cierre y saqué mi guebo. A pesar de sus cuarenta y siete años, se quedó sorprendida.
—¿Te gusta?
—Es hermoso.
—Métetelo en la boca.
No dudó. Empezó besándolo desde la cabeza, despacio, y no alcanzaba a rodearlo con la mano. Luego se lo llevó a la boca con una entrega lenta y hambrienta que me hizo olvidar la puerta, la hora y hasta el nombre de su hija. Fue una escena brutal.
—Ya debe estar por llegar Camila —le dije—, y no quiero quedarme solo así. Ahora me toca a mí. Arrodíllate en el mueble.
Se subió sin decir palabra y apoyó las manos en el espaldar. Ese culo ancho, recortado contra la luz de la calle, ofrecido solo para mí. Empecé por besarle las nalgas, mordiéndolas apenas. Aparté el hilo negro con un dedo y hundí la cara en su culo sin reparo. Marisol se quedó sin aire, y las piernas le flaquearon como con un calambre. Su sabor, tibio, salado, un poco dulce por el sudor del baile, es de esas cosas que uno no olvida jamás.
Deslicé dos dedos dentro de su cuca. Estaba tan caliente que hervía, y tan mojada que el flujo le goteaba entre mis dedos. Apenas los moví dos veces cuando el orgasmo le llegó de golpe, un espasmo que casi le quita el aire. Yo no paré. Seguí con la cara hundida en su culo mientras ella se deshacía sobre el mueble.
Se giró y, con una voz que casi no era voz, dijo:
—Métemelo.
Mi guebo estaba más grande, más grueso y más venoso que nunca. Lo apunté a la entrada de su cuca y entré despacio. Cuando había hundido la mitad, Marisol empezó a perder el control: se agarró las tetas y volteó a mirarme, con una cara que ya era otra. Cuando lo tuvo todo adentro, sentí sus contracciones por dentro, una tras otra, los orgasmos apretándome sin soltarme.
Estuve dándole hasta que sentí llegar el final. Quería que fuera épico.
—Voltéate. Ábrete bien el vestido, que te voy a acabar en la cara y en las tetas.
Se arrodilló y se abrió el escote con las dos manos. Exploté en un estallido de leche que le cayó en la cara, en la boca, en las tetas, sin terminar. Nunca había soltado tanto.
Ella se recogió parte con los dedos y se los llevó a la boca. Después la culpa le llegó de golpe.
—No sé cómo voy a mirar a mi hija a la cara.
—Tranquila. Solo disimula. Ve y báñate mientras abro las cortinas y prendo un puro, para tapar el olor a sexo, que es muy claro.
Se fue al baño con las piernas temblando. Yo abrí las ventanas, encendí el puro y me senté a esperar, con el corazón golpeándome el pecho. Cada carro que doblaba la esquina me apretaba el estómago.
Camila llegó veinte minutos después: se había demorado entregando un trabajo. Marisol salió del baño con el pelo mojado y una bata limpia, y le preguntó si tenía hambre con una naturalidad perfecta. Camila no notó nada. Con el tiempo me enteré de que ella también tenía su propia aventura, y la verdad, no me importó. Yo guardaba un secreto que ella jamás habría imaginado, hasta el día en que nos descubrió, pero esa es otra historia.

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