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Infidelidad, Travestis / Transexuales, Voyeur / Exhibicionismo

Miranda y su cornudito 5 – La primera ves de camilita la niña trans

Camilita la hija trans de Miranda y Eduardo , tiene su primera ves con un anciano indigente, todo esto guiado por sus padres..
El domingo siguiente
Era un domingo soleado y caluroso. Como todos los últimos domingos del mes, la familia fue al refugio de indigentes a hacer trabajo comunitario. Pero esta vez era diferente: Camilita también iba.
Miranda y Eduardo habían decidido llevarla. Camilita iba vestida de forma discreta pero claramente femenina: una remera holgada pero ajustada en el pecho que dejaba ver sus pequeños pechitos incipientes, una falda plisada corta gris (de las que usaban sus hermanas), medias blancas hasta la rodilla y el cabello largo suelto con una hebillita rosa. Se veía delicada, tímida y muy aniñada, con esa piel blanquita y su culito redondo que se marcaba suavemente bajo la falda.
Durante el servicio del almuerzo, Camilita ayudaba a su mamá sirviendo pan y vasos de agua. Los indigentes ancianos no tardaron en notarla.
Varios de ellos la miraban con deseo descarado. Sus ojos se clavaban en sus piernitas delgadas, en sus pechitos que empezaban a notarse, y especialmente en su culito redondo que se movía con cada paso. Uno de los viejos, un hombre flaco y barbudo, murmuró lo suficientemente alto para que se oyera:
—Qué nenita más linda trajeron hoy… mirá ese culito… parece hecho para que lo agarren.
Otro, un gordo de barba gris, soltó un piropo ronco:
—Ay, mamita… qué rica estás… con esa carita de ángel y ese culito que invita. Vení, dame un poquito de amor, nenita.
Camilita se sonrojó intensamente, bajando la mirada y apretando las piernas. Se sentía expuesta, avergonzada… pero también extrañamente excitada. Su tanguita se humedeció un poco bajo la falda.
Miranda y Eduardo se miraron por encima de las mesas. Ambos notaron las miradas y los comentarios. Eduardo sintió un nudo caliente en el estómago y la jaula apretándole fuerte. Miranda sintió su coño palpitar de morbo.
Cuando terminaron de servir y el salón empezó a vaciarse, Miranda se acercó a Eduardo y le susurró al oído:
—Los viste… cómo la miraban. Cómo le decían piropos. Ya es hora, amor.

Ese mismo domingo, en el refugio
Mientras servían el almuerzo, tanto Miranda como Eduardo notaron algo que les llamó poderosamente la atención.
Camilita, vestida con su falda plisada corta, la blusa ajustada que dejaba entrever sus pequeños pechitos incipientes y el cabello largo suelto, se movía entre las mesas ayudando a su mamá. Estaba claramente nerviosa, pero también había algo nuevo en su actitud: cada vez que algún indigente le dirigía un piropo, se sonrojaba intensamente y bajaba la mirada con una sonrisa tímida.
Pero hubo uno en particular que captó la atención de los padres.
Se llamaba Dogoberto. Un indigente alto, de casi 1.85, de 61 años. Era gordo, desalineado, con una gran panza que le colgaba por encima del cinturón roto. Completamente calvo, con la cabeza brillante de sudor, barba gris desprolija y dientes amarillentos y sucios que se veían cuando sonreía. Sus uñas eran largas, amarillas y llenas de mugre negra. Olía fuertemente a sudor viejo, a ropa sin lavar y a ese olor característico de la calle.
Dogoberto no disimulaba. Cada vez que Camilita pasaba cerca de su mesa, la miraba de arriba abajo con ojos hambrientos y le soltaba piropos roncos y directos:
—Qué nenita más rica trajeron hoy… mirá ese culito redondito… parece hecho para que lo agarren fuerte.
—Ay, mamita… con esa carita de ángel y esas piernitas blanquitas… vení, dame un besito, preciosa.
—Con ese pelo largo y esa faldita… parecés una muñequita. ¿Cuántos años tenés, bombón?
Cada vez que Dogoberto le hablaba, Camilita se sonrojaba muchísimo más que con los otros. Bajaba la mirada, se mordía el labio inferior y contestaba con voz bajita y tímida, pero no se alejaba rápido. Se quedaba un segundo más de lo necesario, como si inconscientemente disfrutara de la atención de ese hombre grande, gordo y sucio.
Miranda y Eduardo se miraron varias veces por encima de las mesas. Ambos lo notaron al mismo tiempo.
Miranda se acercó disimuladamente a su marido mientras servía un plato y le susurró al oído:
—¿Viste eso? Camilita se pone mucho más roja cuando Dogoberto le habla… y no se aleja rápido. Parece que le gusta… aunque no se dé cuenta todavía.
Eduardo asintió, con la jaula apretándole fuerte bajo el pantalón.
—Sí… lo vi. Ese viejo alto y gordo la mira como si quisiera comérsela. Y ella… se sonroja más con él que con los otros. Es como si inconscientemente le atrajera su tamaño, su rudeza… su aspecto de macho viejo y sucio.
Miranda siguió sirviendo, pero no dejaba de observar.
—Es verdad… Dogoberto es el que más la mira. Y Camilita, aunque esté nerviosa, se queda un segundo más cuando él le dice piropos. Mirá cómo baja la mirada y sonríe tímidamente… es la misma reacción que tenía cuando empezamos a vestirla de nenita. Creo que le gusta la atención de un hombre grande y dominante… aunque sea un indigente sucio.
Eduardo tragó saliva, claramente excitado por la observación.
—Dogoberto es perfecto para ella… alto, gordo, calvo, sucio… todo lo opuesto a lo delicado que es Camilita. Si lo dejamos… ese viejo la va a tratar como una nenita de verdad. La va a agarrar fuerte, la va a manosear… la va a hacer sentir pequeña y femenina.
Miranda miró a su marido con una sonrisa cargada de morbo.
—Exacto… y Camilita se sonroja más con él que con los demás. Inconscientemente ya le atrae. Creo que es el indicado para dar el siguiente paso… para desvirgarla.
Los dos siguieron trabajando, pero sus miradas se cruzaban constantemente, cargadas de complicidad y excitación. Veían cómo Dogoberto no dejaba de mirar a Camilita, cómo ella se ponía nerviosa y sonrojada cada vez que él le decía algo, y cómo esa atracción inconsciente entre la nenita delicada y el viejo gordo y sucio era cada vez más evidente.
Al final del turno, cuando el salón empezó a vaciarse, Miranda se acercó a Eduardo y le susurró al oído:
—Ya es hora. Dogoberto es el que más le gusta a Camilita… aunque ella todavía no lo sepa del todo. Hoy vamos a dar el paso.
Eduardo respiró hondo, nervioso pero claramente excitado.
—Está bien… hagámoslo.
Miranda miró hacia donde estaba Camilita, que seguía sonrojada por los últimos piropos de Dogoberto, y sonrió con una mezcla de amor maternal y morbo profundo.
El momento del desvirgamiento de Camilita estaba cada vez más cerca.

Al final del turno, cuando la mayoría de los indigentes ya se habían ido y solo quedaban unos pocos voluntarios terminando de limpiar, Miranda y Eduardo se miraron y asintieron en silencio. Era el momento.
Se acercaron a Dogoberto, que estaba sentado solo en una mesa del fondo, terminando su vaso de agua. El hombre alto, gordo, calvo y desalineado levantó la vista al verlos acercarse. Sus ojos pequeños se iluminaron ligeramente al reconocer a Miranda.
—Buenas tardes, Dogoberto —dijo Miranda con voz suave pero directa—. ¿Podemos hablar un momento en privado?
El viejo asintió, un poco sorprendido, y se levantó pesadamente. Los tres caminaron hacia el patio trasero, el mismo lugar donde días atrás Miranda había sido follada por Paco y sus amigos. Se detuvieron junto a los contenedores de basura, donde nadie podía verlos ni oírlos fácilmente.
Eduardo fue el primero en hablar, con voz baja y nerviosa pero clara:
—Dogoberto… nosotros notamos que mirás mucho a Camilita… nuestra hijita. Y parece que a ella también le gusta cuando le decís piropos. Se sonroja más contigo que con los otros.
Dogoberto se rascó la barba gris desprolija, claramente sorprendido pero interesado.
—¿La nenita del pelo largo? Sí… es muy linda. Muy delicada. Me gusta cómo se mueve… cómo se sonroja. Nunca pensé que alguien como yo pudiera gustarle a una chica así.
Miranda tomó la palabra, hablando con calma y honestidad:
—Nosotros también lo notamos. Y creemos que podría haber algo entre ustedes. Por eso queríamos proponerte algo. El miércoles que viene te invitamos a cenar a nuestra casa. Un ambiente más privado, más tranquilo. Para que vos y Camilita se conozcan mejor… sin prisas, sin gente alrededor. Solo para ver si congenian.
Dogoberto abrió los ojos, claramente sorprendido por la propuesta. Se quedó callado un momento, procesando.
—¿En serio? ¿Me invitan a su casa? ¿Para conocer a la nenita?
Eduardo asintió.
—Sí. Pero hay algo que tenés que saber antes. Camilita… en realidad es una chica trans. Nació varón, pero se está convirtiendo en nenita. Si a vos te gustan las ninitas trans… entonces está bien. Si no, lo entendemos y no hay problema.
Dogoberto se quedó pensando unos segundos. Se rascó la panza por encima de la camiseta sucia y finalmente respondió con voz ronca pero sincera:
—Nunca estuve con una mujer trans… pero la nenita me gusta. Me gusta cómo se ve, cómo se sonroja, cómo camina. Si ella quiere… yo también quiero conocerla mejor.
Miranda sonrió, aliviada y excitada al mismo tiempo.
—Perfecto. Entonces el miércoles a las 8 de la noche te esperamos en casa. Vamos a cenar algo rico y van a poder hablar tranquilos. Si congenian… veremos qué pasa después.
Dogoberto asintió, con una sonrisa torcida que mostró sus dientes amarillentos.
—Allá estaré. Gracias… de verdad.
Los tres se despidieron con un apretón de manos. Dogoberto se fue caminando despacio hacia la salida del refugio, claramente pensativo y contento.
Miranda y Eduardo se quedaron un momento solos junto a los contenedores. Se miraron en silencio.
—Está hecho —susurró Miranda—. El miércoles viene a casa. Vamos a ver cómo se lleva con Camilita… y si todo fluye, quizás ese día o en otro momento… dejemos que pase lo que tenga que pasar.
Eduardo respiró hondo, la jaula apretándole fuerte.
—Estoy nervioso… pero también muy caliente con la idea. Nuestra nenita… con un hombre como Dogoberto. Va a ser intenso.
Miranda le tomó la mano y le dio un beso suave en los labios.
—Vamos a casa, amor. Tenemos que preparar a Camilita para el miércoles… y prepararnos nosotros también.
Caminaron de regreso al auto, tomados de la mano, con el corazón latiendo fuerte y la mente llena de expectativas, nervios y morbo.
El encuentro entre Camilita y Dogoberto estaba pactado.

Lunes por la tarde

La casa estaba llena de risas y voces infantiles. En el salón de abajo, Camilita jugaba con sus dos hermanas a un juego de mesa. Los tres reían, movían las fichas y discutían con esa energía despreocupada de los hermanos. Camilita, vestida con ropa normal de chico (para no levantar sospechas delante de sus hermanas), seguía siendo el más aniñado de los tres: se reía con carcajadas suaves, se sonrojaba cuando perdía y buscaba constantemente la aprobación de sus hermanas mayores.

Desde la cocina, Miranda observaba la escena con una mezcla de ternura y nervios. Había pasado todo el domingo pensando en lo que había visto en el refugio: cómo Camilita se sonrojaba especialmente cuando Dogoberto le decía piropos, cómo bajaba la mirada con timidez pero no se alejaba, cómo su cuerpo parecía reaccionar de forma inconsciente ante ese hombre grande, gordo y sucio.

Cuando el juego de mesa llegó a un momento de pausa, Miranda llamó desde la escalera con voz cariñosa pero firme:

—Camilita… subí un momento al cuarto, hijita. Mamá quiere hablar algo a solas con vos.

Camilita levantó la vista, sorprendida. Sus hermanas protestaron un poco (“¡No te vayas ahora, estamos en la mitad!”), pero Miranda les sonrió con dulzura:

—Solo un ratito, chicas. Sigan jugando, ya vuelve.

Camilita subió las escaleras con paso tímido, el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Entró al dormitorio de sus padres y cerró la puerta detrás de sí.

Miranda estaba sentada en el borde de la cama, con una expresión suave pero seria. Le hizo señas para que se acercara y se sentara a su lado. Cuando Camilita lo hizo, Miranda le tomó las manos con ternura y lo miró a los ojos.

—Mi nenita… ayer en el refugio te estuve observando —empezó con voz baja y cariñosa—. Vi cómo te comportaste con Dogoberto… ese señor alto y gordo que te decía piropos. Te sonrojaste mucho cada vez que te hablaba… más que con los otros. Bajabas la mirada, te mordías el labio… pero no te ibas rápido. Parecías… nerviosa, pero también contenta. ¿Te gusta Dogoberto, Camilita?

Camilita se puso rojo como un tomate. Bajó la mirada inmediatamente, retorciendo los dedos de las manos con vergüenza. Su voz salió bajita, casi un susurro:

—N-no sé, mami… me da vergüenza decirlo…

Miranda le levantó la cara con suavidad, obligándolo a mirarla. Su expresión era llena de amor y comprensión, sin ningún juicio.

—Shhh… no tengas vergüenza, hijita. Mamá está acá para escucharte. No te voy a regañar, no te voy a juzgar. Confía en mí. Soy tu mamá y te quiero muchísimo. Si te gusta Dogoberto… aunque sea un poquito… podés decírmelo. Está bien sentir eso.

Camilita se mordió el labio inferior, los ojos brillándole de emoción contenida. Después de unos segundos de silencio, habló con voz temblorosa y aniñada:

—Es que… cuando me dice piropos… me siento rara. Me da calor en la panza… y me pongo nerviosa. Me gusta cómo me mira… como si yo fuera… linda. Nadie me había mirado así antes. Pero me da mucha vergüenza admitirlo… porque es un señor grande, sucio… y yo soy… yo.

Miranda le acarició el cabello largo con ternura y le sonrió con todo el amor del mundo.

—Mi nenita preciosa… no tenés que avergonzarte de nada. Es normal que te guste que te miren, que te digan cosas bonitas. Dogoberto es un hombre grande, fuerte, con presencia… y aunque sea sucio y viejo, tiene algo que te atrae. Mamá lo vio. Y está bien. Mamá no te va a regañar por sentir eso. Al contrario… mamá está feliz de que confíes en mí y me lo cuentes.

Camilita levantó la vista, con los ojos húmedos pero aliviados.

—¿De verdad, mami? ¿No te molesta que me guste un señor así?

Miranda negó con la cabeza y lo abrazó fuerte contra su pecho, acariciándole la espalda.

—No, mi amor. No me molesta. Mamá entiende que estás descubriendo quién sos. Te estás convirtiendo en una nenita… y las nenitas sienten atracción por los hombres. Aunque sean hombres grandes, viejos y sucios como Dogoberto. Eso no te hace mala persona. Solo te hace humana… y muy valiente por contármelo.

Se separó un poco del abrazo y le tomó la cara con las dos manos, mirándolo con mucho cariño.

—Camilita… si querés, mamá puede ayudarte a acercarte más a él. Pero solo si vos querés. Mamá nunca te va a obligar a nada. Todo tiene que ser porque vos lo deseás. ¿Entendés?

Camilita asintió, todavía sonrojado, pero con una pequeña sonrisa tímida asomando en sus labios.

—Entiendo, mami… gracias por no enojarte.

Miranda lo abrazó de nuevo, besándole la cabeza con ternura.

—Nunca me voy a enojar por algo así, hijita. Mamá te ama tal como sos… y te va a seguir acompañando en todo este camino. Si querés seguir hablando de Dogoberto… o de cómo te sentís cuando te mira… mamá está acá para escucharte. Siempre.

Camilita se quedó abrazado a su mamá un rato largo, sintiéndose seguro, querido y comprendido como nunca antes. Miranda, mientras lo abrazaba, sentía en su pecho una mezcla de amor maternal profundo y un morbo oscuro que no podía negar: la idea de que su hijita se sintiera atraída por un hombre como Dogoberto abría puertas que ya no podía cerrar.

El vínculo entre madre e hija se estaba volviendo cada vez más íntimo… y más peligroso.

Miranda abrazó a Camilita un poco más fuerte después de la conversación sobre Dogoberto. Le besó la cabeza con ternura y le dijo con voz suave y cariñosa:
—Hijita… mamá tiene un regalo sorpresa para vos. Algo que va a ayudarte a sentirte más nenita todavía.
Camilita levantó la cara, curioso y un poco nervioso.
—¿Un regalo, mami?
Miranda sonrió, se levantó y sacó de debajo de la cama una cajita negra discreta. La abrió frente a su hija y sacó una jaula de castidad de plástico transparente, pequeña y delicada, con un anillo base y un candado rosa.
Camilita la miró con los ojos muy abiertos, sin entender del todo qué era.
—¿Qué es eso, mami?
Miranda se sentó de nuevo a su lado, tomó la jaula con una mano y le explicó con tono paciente, maternal y lleno de cariño:
—Esto se llama jaula de castidad, mi nenita. Es para tu pitito. Las nenitas como vos no necesitan que se les pare el pitito. De hecho… las nenitas buenas no tienen erecciones. Su placer no viene de ahí. El placer de una nenita viene de su anito… de sentirlo lleno, de que la penetren, de que la usen por atrás. El pitito de una nenita debe quedarse chiquito, suave y quieto… porque ya no es lo importante.
Camilita se sonrojó intensamente, pero escuchaba con atención, sin interrumpir.
Miranda continuó, acariciándole el cabello mientras hablaba:
—Cuando te pongas la jaulita, tu pitito va a estar encerrado todo el tiempo. No va a poder crecer, no va a poder ponerse duro… y eso es bueno, hijita. Porque así te vas a acostumbrar a que tu placer venga solo de tu culito. Vas a sentirte más femenina, más delicada, más nenita. Además tiene muchas ventajas:

Vas a estar siempre concentrada en ser una buena nenita, no en pensamientos de varón.
Cuando un hombre te mire o te toque, vas a sentir cosquilleo en tu anito en vez de en el pitito.
Mamá va a tener la llave… y mamá va a decidir cuándo te libera. Eso te va a hacer sentir segura y protegida.
Te va a ayudar a no tener erecciones incómodas cuando estés vestida de nenita o cuando estés cerca de hombres.
Y lo más importante… te va a recordar todos los días que sos mi nenita, que tu cuerpo ya no es de varón… que ahora sos una chica que complace con su culito.

Camilita se mordió el labio, visiblemente nervioso pero también intrigado. Miró la jaulita transparente y preguntó bajito:
—¿Y… duele, mami?
Miranda negó con la cabeza y le acarició la mejilla.
—No duele, mi amor. Al principio puede sentirse un poco apretado, pero te vas a acostumbrar rápido. Mamá te la va a poner con mucho cuidado y con lubricante. Y si en algún momento te molesta demasiado, mamá te la saca. Pero creo que te va a gustar… porque te va a hacer sentir más nenita que nunca.
Camilita se quedó pensando unos segundos, luego miró a su mamá con ojos grandes y confiados.
—Si vos decís que es bueno para mí… entonces quiero probármela, mami.
Miranda sonrió con orgullo y ternura, lo abrazó fuerte y le besó la frente.
—Esa es mi nenita buena y obediente. Vení… vamos a ponértela ahora. Mamá te va a explicar todo paso a paso.
Se levantó, tomó la jaula y el lubricante, y comenzó a prepararla con mucho cariño, explicándole cada paso mientras lo hacía.

Martes por la tarde

El martes llegó con una mezcla de nervios y expectativa en la casa. Era el día anterior al tan ansiado miércoles en el que Dogoberto vendría a cenar. Miranda había pasado la mañana preparando todo: la cena, la mesa, y especialmente la ropa para su hijita.

Después del almuerzo, cuando la casa quedó en silencio, Miranda llamó a Camilita a su habitación con voz cariñosa:

—Camilita, vení, hijita. Mamá te trajo varios conjuntos nuevos para que te pruebes. Quiero que elijas el más lindo para mañana, cuando venga Dogoberto.

Camilita entró con pasos suaves y tímidos, ya vestida con una faldita corta y una blusita ajustada que marcaba sus pequeños pechitos incipientes. Su cabello largo estaba suelto y brillaba bajo la luz de la ventana. Se veía claramente emocionada y nerviosa.

Miranda había extendido sobre la cama varios conjuntos que había comprado especialmente para ella:

Un vestido blanco corto, de tela ligera y vaporosa, con escote en forma de corazón y falda plisada.
Un conjunto de falda rosa pastel y blusa blanca con volados.
Un vestido negro ajustado con encaje en el pecho.
Varias tanguitas, medias y un par de sandalias rosas con un ligero taco.
Camilita se acercó a la cama con los ojos brillantes. Tocó las telas con dedos temblorosos y murmuró con voz aniñada y feliz:

—Qué lindas son todas, mami… me encanta que me compres ropa de nenita.

Miranda sonrió con ternura y empezó a ayudarla a probarse.

Primero le probó el vestido negro ajustado. Camilita se miró en el espejo y dio una vueltita, pero negó con la cabeza.

—Este me gusta… pero me siento demasiado… atrevida.

Luego probó el conjunto de falda rosa y blusa blanca. Se veía muy dulce, pero Miranda notó que no terminaba de convencerla.

Finalmente, Camilita se probó el vestido blanco corto. La tela ligera caía suavemente sobre su cuerpo delgadito, marcando sus pequeñas curvas, sus pechitos incipientes y su culito redondo. La falda plisada le llegaba justo por encima de las rodillas, y el escote en corazón dejaba ver un poco de su piel blanquita. Miranda le colocó las sandalias rosas con un ligero taco, que le daban un toque más femenino y la obligaban a caminar con pasitos delicados.

Camilita se miró en el espejo de cuerpo entero y se quedó en silencio unos segundos. Luego giró sobre sí misma, haciendo que la falda se moviera, y una sonrisa grande y feliz apareció en su cara.

—Mami… este me encanta —dijo con voz suave y emocionada—. Me siento tan… nenita. Tan linda. Me gusta cómo se mueve la falda, cómo se ven mis piernas con las sandalias… Me gusta mucho ser nenita, mami. Me hace sentir feliz y… especial.

Miranda se acercó por detrás, la abrazó por la cintura y le besó el cuello con cariño.

—Te ves preciosa, Camilita. Ese vestido blanco te queda perfecto. Te hace ver inocente y sexy al mismo tiempo… justo como una nenita debe verse. Mamá está muy orgullosa de vos.

Camilita se apoyó contra su mamá, todavía mirando su reflejo en el espejo.

—Gracias, mami… de verdad me gusta mucho ser nenita. Antes me sentía raro, como si no encajara… pero ahora, cuando me visto así, cuando me llamás Camilita, cuando me enseñás a moverme… me siento bien. Me siento yo. Me gusta ser tu nenita.

Miranda la abrazó más fuerte y le susurró al oído con ternura:

—Y mamá te ama siendo su nenita. Mañana, cuando venga Dogoberto, vas a estar vestida así… y mamá va a estar muy orgullosa de ver cómo te comportás. Si te gusta que te miren, si te gusta que te digan piropos… está bien, hijita. Mamá te va a apoyar en todo.

Camilita se sonrojó, pero sonrió.

—Me da un poco de miedo… pero también me da curiosidad. Dogoberto es grande… y cuando me dice cosas… me siento rara por dentro.

Miranda le besó la cabeza y le dijo con voz suave:

—Todo a su tiempo, mi nenita. Mañana solo vas a cenar con él. Mamá y papá vamos a estar ahí. Si te sentís cómoda… veremos qué pasa. Pero lo más importante es que vos te sientas bien y segura.

Camilita se giró y abrazó fuerte a su mamá.

—Te quiero mucho, mami… gracias por dejarme ser Camilita.

Miranda la abrazó de vuelta, sintiendo una oleada de amor y también de morbo al imaginar lo que podría pasar al día siguiente.

—Te quiero más, hijita. Ahora seguí practicando cómo caminar con las sandalias… mañana vas a estar hermosa.

Camilita dio unas vueltitas más frente al espejo, feliz y nerviosa, mientras Miranda la observaba con una sonrisa llena de cariño… y de expectativas.

Miércoles por la mañana
Eran las 10 de la mañana cuando Miranda entró suavemente a la habitación de Camilita. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando la cama donde su hijita dormía plácidamente, con el cabello largo desparramado sobre la almohada y la cara relajada, todavía con esa expresión aniñada que tanto le gustaba.
Miranda se sentó en el borde de la cama y le acarició el cabello con ternura.
—Camilita… hijita… despertate, mi amor. Hoy es un día muy especial.
Camilita abrió los ojos lentamente, parpadeando con sueño. Al ver a su mamá, sonrió con timidez y se estiró.
—¿Mami…? ¿Qué pasa?
Miranda le sonrió con una mezcla de cariño maternal y excitación contenida.
—Hoy es el día, mi nenita. Hoy vas a convertirte en una nenita completa. Dogoberto viene esta noche a cenar… y mamá quiere que estés preciosa, lista y segura de quién sos.
Camilita se incorporó en la cama, visiblemente nerviosa pero también emocionada. Sus pequeños pechitos incipientes se marcaban bajo la camisola que había usado para dormir.
Miranda la tomó de la mano y la llevó al baño.
—Primero vamos a prepararte como se debe.
Le pintó las uñas de las manos y de los pies de un bonito color rosado suave, soplando suavemente para que se secaran más rápido. Camilita miraba fascinada cómo sus uñitas quedaban brillantes y femeninas.
Después la metió en la bañera. Miranda la bañó con cuidado, usando jabón de vainilla, lavándole el cabello largo con shampoo y acondicionador, masajeándole la cabeza con ternura.
—Relajate, hijita… hoy mamá te va a dejar impecable. Las nenitas tienen que oler rico y verse suaves.
Mientras la enjabonaba, le daba recomendaciones con voz suave pero clara:
—Durante la cena, Camilita, tenés que ser sutil pero coqueta. Mirá a Dogoberto a los ojos cuando te hable, sonreíle bajito, jugá un poco con tu cabello… las nenitas seducen sin ser obvias. Si te dice un piropo, bajá la mirada y sonríe con vergüenza… eso les gusta mucho a los hombres. No hables fuerte, usá voz suavecita y melosa. Cuando camines, mové las caderas despacito… que se note tu culito. Y si te toca la mano o te dice algo bonito… dejá que te toque. Una nenita buena sabe hacer sentir deseado a un hombre.
Camilita escuchaba todo con atención, sonrojada, mientras su mamá la enjuagaba.
—Entiendo, mami… voy a tratar de hacerlo bien.
Miranda la secó con una toalla grande y suave, luego la ayudó a vestirse con la ropa que habían elegido la noche anterior: el vestido blanco corto con falda plisada, las sandalias rosas con ligero taco, y debajo una tanguita blanca de encaje y un portaligas discreto con medias blancas hasta el muslo.
Le peinó el cabello largo, dejándolo suelto con ondas suaves, y le aplicó un poco de brillo labial rosado y un toque de rubor en las mejillas.
Cuando terminó, la hizo pararse frente al espejo de cuerpo entero.
Camilita se miró: el vestido blanco le quedaba perfecto, marcando sus pequeñas curvas, sus pechitos incipientes, su cintura delgada y su culito redondo. Las sandalias le daban un toque más femenino, y el cabello largo enmarcaba su cara aniñada y sonrojada.
—Te ves hermosa, hijita —dijo Miranda con orgullo y emoción en la voz—. Hoy vas a ser una nenita completa. Mamá está muy orgullosa de vos.
Camilita se giró y abrazó fuerte a su mamá, con los ojos brillantes.
—Gracias, mami… tengo miedo… pero también estoy feliz. Quiero que Dogoberto me vea linda.
Miranda la abrazó de vuelta y le besó la cabeza.
—Vas a estar preciosa, mi amor. Y mamá va a estar ahí para cuidarte. Sea lo que sea que pase esta noche… mamá te ama y te va a seguir amando.
Se quedaron abrazadas un rato largo, madre e hija, en silencio, sabiendo que esa noche todo podía cambiar.

Llegó la noche del miércoles. La casa estaba impecable: la mesa del comedor puesta con mantel blanco, velas encendidas y una cena sencilla pero bien presentada (asado al horno, ensalada, papas y postre). El ambiente era de una cena familiar formal, pero cargada de una tensión que solo Miranda y Eduardo podían sentir.
Miranda había vestido a sus tres hijas con mucho cuidado, como si fuera una ocasión especial:

Carla (la mayor, 14 años) llevaba un vestido azul oscuro elegante, ajustado en la cintura, con el cabello recogido en una coleta alta.
Juana (la del medio, 12 años) vestía un vestido rosa claro con volados, más juvenil, y el pelo suelto con una diadema.
Camilita (10 años, pero vestida y peinada como nenita) llevaba el vestido blanco corto con falda plisada que tanto le gustaba, sandalias rosas con tacón bajo, el cabello largo con ondas suaves y un toque de brillo labial rosado. Sus pequeños pechitos incipientes se marcaban suavemente bajo la tela, y se veía delicada, nerviosa y muy femenina.

Miranda reunió a las tres en la sala antes de que llegara el invitado y les habló con voz calmada pero firme:
—Chicas, hoy vamos a tener una cena especial. Va a venir un señor que se llama Dogoberto. Es un indigente del refugio donde papá y mamá hacemos trabajo comunitario los domingos. Es un hombre mayor, humilde y solo. Quiero que se comporten bien, que sean educadas y respetuosas. No hagan comentarios sobre su apariencia ni su olor. Él es nuestro invitado y merece ser tratado con cariño. ¿Entendido?
Carla y Juana asintieron, un poco sorprendidas pero obedientes.
—Está bien, mami —dijo Carla.
Juana, más curiosa, preguntó:
—¿Y por qué viene a cenar con nosotros?
Miranda sonrió con naturalidad:
—Porque a veces ayudar no es solo dar comida. También es dar compañía. Ahora vayan a sentarse a la mesa y esperen con educación.
Las dos hermanas mayores fueron al comedor. Camilita se quedó un segundo más, visiblemente nerviosa, retorciendo los dedos. Miranda le acarició el cabello y le susurró al oído:
—Tranquila, hijita… mamá y papá estamos acá. Solo sé vos misma… mi nenita linda.
De pronto, sonó el timbre.
Eduardo, que estaba en el pasillo, sintió un nudo en el estómago. La jaula de castidad le apretaba fuerte. Sabía quién era. Respiró hondo, miró a Miranda (que le devolvió una mirada cargada de complicidad y morbo) y fue a abrir la puerta.
Dogoberto estaba allí, de pie bajo la luz del porche. Su cuerpo alto y gordo ocupaba casi todo el marco de la puerta. Al ver a Eduardo, inclinó la cabeza con torpeza.
—Buenas noches… —murmuró con voz ronca.
Eduardo tragó saliva y forzó una sonrisa educada, aunque por dentro temblaba de nervios y excitación.
—Buenas noches, Dogoberto. Pase, por favor. Estamos esperándolo.
Dogoberto entró, mirando alrededor con cierta incomodidad. Sus ojos se detuvieron un segundo en Miranda, que estaba de pie en el pasillo con una sonrisa cálida, y luego en Camilita, que estaba un poco más atrás, sonrojada y con la mirada baja.
Miranda se acercó con elegancia y le extendió la mano.
—Bienvenido a nuestra casa, Dogoberto. Gracias por venir.
Dogoberto le tomó la mano con torpeza, sus dedos callosos contrastando con la piel suave de Miranda.
—Gracias a ustedes por invitarme… —dijo, la voz baja y ronca.
Eduardo cerró la puerta detrás de él, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Sabía que esa noche todo podía cambiar. Miró a Camilita, que estaba nerviosa pero claramente interesada en la presencia del hombre grande y gordo, y luego a Miranda, que le devolvió una mirada cargada de significado.
La cena estaba a punto de comenzar.

 

Llegó el miércoles por la noche. La casa estaba impecable: el comedor con mantel blanco, velas encendidas, vajilla buena y un aroma a comida casera que contrastaba fuertemente con lo que estaba a punto de entrar por la puerta.
El timbre sonó a las 20:15.
Eduardo abrió la puerta con el corazón latiéndole fuerte. Allí estaba Dogoberto.
El hombre medía casi 1.85, pero su postura encorvada lo hacía parecer más bajo. Era gordo, con una panza grande y flácida que le colgaba por encima del cinturón roto. Completamente calvo, con la cabeza brillante de sudor. La barba gris y desprolija le llegaba casi al pecho, llena de restos de comida y mugre. Sus dientes eran amarillentos y varios faltaban, lo que se notaba cuando intentaba sonreír. Llevaba la misma ropa sucia y rota de siempre: una camisa a cuadros descolorida con manchas oscuras de sudor bajo las axilas, un pantalón negro gastado y agujereado en las rodillas, y zapatos viejos que parecían haber pisado todos los charcos de la ciudad.
El olor que traía era abrumador: una mezcla pesada de sudor rancio acumulado durante días, pies sucios, ropa húmeda y nunca lavada, y ese hedor característico a basura y calle que se le había impregnado en la piel. Apenas entró, el contraste con el olor limpio y perfumado de la casa fue brutal.
Eduardo tragó saliva y forzó una sonrisa educada.
—Buenas noches, Dogoberto. Pase, por favor. Estamos esperándolo.
Dogoberto entró pesadamente, mirando alrededor con cierta incomodidad y asombro. El olor a limpio de la casa chocaba con su propio hedor, creando una atmósfera extraña y tensa.
Miranda se acercó con una sonrisa cálida, aunque por dentro sentía una mezcla de nervios y excitación.
—Bienvenido, Dogoberto. Gracias por venir.
Eduardo procedió a las presentaciones, intentando mantener la voz firme:
—Dogoberto, te presento a mi familia. Esta es mi esposa, Miranda. Y estas son nuestras hijas: Carla, Juana y Camilita.
Carla (14 años) y Juana (12 años) se acercaron educadamente y le dieron un beso en la mejilla, como les habían enseñado. Apenas se acercaron, ambas arrugaron la nariz de forma casi imperceptible. El olor asqueroso de Dogoberto —sudor rancio, pies sucios, ropa mugrienta— les golpeó fuerte. Carla disimuló mejor, pero Juana hizo una mueca rápida que intentó ocultar.
—Mucho gusto… —dijeron las dos con voz educada, aunque se notaba que querían alejarse.
Dogoberto sonrió mostrando sus dientes amarillos y sucios, y respondió con voz ronca y machista:
—Qué lindas las nenas… se nota que tienen buena mamá.
Luego sus ojos se posaron en Camilita, que estaba un poco más atrás, vestida con el vestido blanco corto, sandalias rosas y el cabello largo suelto. El viejo la miró de arriba abajo con deseo evidente y soltó un piropo ronco:
—Qué nenita más linda… con ese vestido blanco parecés un ángel. Me alegra verte de nuevo.
Camilita se sonrojó intensamente y bajó la mirada, pero una pequeña sonrisa tímida apareció en sus labios.
Todos pasaron al comedor. Durante la cena, Dogoberto intentó ser simpático a su manera: contaba chistes groseros y simples, hablaba de su vida en la calle con tono fuerte y machista (“Los hombres de verdad sabemos arreglárnoslas solos”), y de vez en cuando soltaba algún piropo sutil dirigido a Camilita:
—Qué pelo más lindo tenés, nenita… parece de muñeca.
—Con esa carita y esa sonrisa… vas a volver loco a más de uno.
Camilita se sonrojaba cada vez que él le hablaba, bajaba la mirada y respondía con voz bajita y aniñada. Carla y Juana se miraban entre sí, un poco incómodas por el olor fuerte que Dogoberto traía y por su forma de hablar, pero se comportaban educadamente.
La cena transcurrió de forma amena, aunque la tensión en el ambiente era palpable para Miranda y Eduardo. El contraste entre la casa limpia, la familia educada y ese hombre sucio y fuerte era evidente.
Cuando terminaron de comer y el postre ya estaba en la mesa, Miranda miró el reloj y dijo con voz natural:
—Chicas, ya es tarde. Carla, Juana… es hora de ir a dormir. Mañana tienen colegio. Suban a sus cuartos, por favor. Camilita se va a quedar un ratito más con nosotros.
Las dos hermanas mayores se despidieron educadamente de Dogoberto (aunque con cierta prisa por alejarse de su olor) y subieron las escaleras.
Ahora solo quedaban cuatro en la mesa: Miranda, Eduardo, Dogoberto y Camilita.
El ambiente cambió de inmediato. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Dogoberto miraba a Camilita con deseo más abierto, Camilita estaba sonrojada y nerviosa, Eduardo sentía la jaula apretándole fuerte, y Miranda observaba todo con una mezcla de excitación y control.
Miranda miró a su esposo y a su hijita, luego a Dogoberto, y sonrió con calma.
—Ahora sí… podemos hablar más tranquilos.

Después de que Carla y Juana subieran a sus habitaciones, el ambiente en el comedor cambió por completo. La tensión se volvió más densa, más íntima y más cargada de morbo.
Miranda se levantó un momento, puso algo de música suave y romántica en el equipo de audio (una playlist de boleros lentos y melodías suaves), bajó un poco la intensidad de las luces y volvió a la mesa. El ambiente se volvió más cálido y privado.
—Ahora sí… podemos hablar más tranquilos —dijo Miranda con una sonrisa, sentándose de nuevo.
Miró a Camilita con ternura y le indicó suavemente:
—Camilita, hijita… vení, sentate acá al lado de Dogoberto. Así pueden conocerse mejor y contarse cosas. No seas tímida.
Camilita se sonrojó intensamente, pero obedeció. Se levantó de su lugar y se sentó en la silla que quedaba justo al lado de Dogoberto. Su falda plisada blanca se subió un poco al sentarse, dejando ver más de sus piernas delgadas y blanquitas. El olor fuerte del viejo la envolvió de inmediato, pero ya no le producía tanto rechazo como al principio; había algo en esa rudeza que la ponía nerviosa de una forma nueva.
Dogoberto sonrió con sus dientes amarillos y sucios, y le dijo con voz ronca pero intentando ser amable:
—Vení, nenita… sentate al lado del abuelito. No muerdo, eh. Solo quiero conocerte mejor.
Camilita se sentó, las manos sobre las rodillas, mirando al piso con timidez. Dogoberto se acercó un poco más, su cuerpo grande y gordo ocupando espacio, el olor a sudor rancio y ropa sucia invadiendo el espacio personal de la chica.
La conversación empezó a fluir de forma más distendida. Miranda y Eduardo observaban todo desde sus lugares en la mesa, sin intervenir mucho, solo mirando de cerca.
Dogoberto se inclinó hacia Camilita y le habló con un tono más íntimo y conquistador:
—Contame de vos, nenita… ¿cómo te llamás de verdad? ¿Te gusta el vestido blanco que tenés puesto? Te queda muy lindo… te hace ver como una muñequita. Yo nunca había cenado con una chica tan linda como vos.
Camilita se sonrojó aún más, jugando con el borde de su falda.
—Me llamo Camilita… y sí, me gusta este vestido. Mi mamá me ayudó a elegirlo.
Dogoberto soltó una risa baja y ronca, acercándose un poco más.
—Tu mamá es una santa… pero vos sos la que brilla esta noche. Tenés una carita de ángel y un culito que… bueno, mejor no digo. ¿Sabés que cuando te vi en el refugio me quedé mirándote todo el tiempo? Me gustás mucho, nenita. Me gustás de verdad.
Camilita bajó la mirada, sonriendo tímidamente, pero no se apartó. El olor fuerte de Dogoberto la envolvía, pero en lugar de repugnarla, la ponía nerviosa y caliente de una forma que no entendía del todo.
Miranda y Eduardo observaban en silencio. Miranda tenía una mano sobre el muslo de su marido, apretando suavemente, mientras ambos veían cómo Dogoberto intentaba conquistar a su hijita con piropos torpes pero directos:
—Tenés un pelo muy lindo… me dan ganas de tocarlo. Y esa boquita con brillo… parece hecha para sonreírle a un hombre como yo. ¿Te gustan los hombres grandes, Camilita? ¿O preferís los jovencitos?
Camilita respondía con voz bajita y aniñada, pero cada vez más cómoda:
—No sé… nunca estuve con nadie… pero me gusta cuando me mirás… me pone nerviosa, pero me gusta.
Dogoberto sonrió, mostrando sus dientes sucios, y se acercó un poco más, su panza casi rozando el brazo de Camilita.
—Entonces dejame mirarte más, nenita… porque vos me gustás de verdad. Me hacés sentir vivo otra vez.
Miranda y Eduardo se miraron de reojo. La tensión en la mesa era palpable. Eduardo sentía la jaula apretándole con fuerza, y Miranda tenía el coño húmedo solo de ver cómo su hijita se sonrojaba y respondía tímidamente a los avances del viejo gordo y sucio.
La noche avanzaba, la música romántica sonaba de fondo, y Dogoberto seguía intentando conquistar a Camilita con piropos cada vez más directos, mientras los padres observaban todo de cerca, sabiendo que esto era solo el comienzo.

 

Miranda esperó un momento oportuno durante la cena. La conversación fluía de forma distendida, aunque cargada de tensión. Dogoberto seguía lanzando piropos sutiles a Camilita, y ella se sonrojaba cada vez más, bajando la mirada con esa timidez aniñada que la caracterizaba.
Miranda se levantó con naturalidad y miró a su hija con una sonrisa cariñosa.
—Camilita, hijita… vení conmigo a la cocina un momentito. Vamos a traer unas copas de vino y una botella para los cuatro. Así seguimos la noche más relajados.
Camilita obedeció al instante, como siempre hacía con su mamá. Se levantó de la silla, alisándose la falda plisada blanca con las manos, y siguió a Miranda hacia la cocina.
Una vez que estuvieron solas, con la puerta cerrada, Miranda se giró hacia su hija. La tomó suavemente por los hombros y la miró a los ojos con ternura y curiosidad.
—Mi nenita… contame la verdad. ¿Cómo te estás sintiendo con Dogoberto? Mamá vio cómo te sonrojabas cuando te hablaba… cómo le sonreías bajito. No tengas vergüenza de decírmelo. Soy tu mamá y te quiero mucho. Quiero saber qué sentís de verdad.
Camilita bajó la mirada, retorciendo los dedos de las manos con nerviosismo. Sus mejillas estaban rojas y su voz salió bajita, casi un susurro aniñado:
—Mami… me da mucha vergüenza decirlo… pero… sí me gusta. Cuando me dice piropos… me siento rara por dentro. Me da calor en la panza y me pongo nerviosa. Me gusta cómo me mira… como si yo fuera linda de verdad. Nunca nadie me había mirado así. Es grande, es fuerte… y aunque es sucio y viejo… me gusta que me preste atención. Me da miedo admitirlo… pero me gusta Dogoberto.
Miranda sonrió con ternura, le acarició el cabello largo y la abrazó suavemente.
—Ay, mi hijita… no tenés que tener vergüenza. Mamá entiende perfectamente. Es normal que te guste. Dogoberto es un hombre grande, con presencia… y aunque sea sucio y viejo, tiene algo que te atrae. Eso no te hace mala nenita. Al contrario… te hace valiente por contármelo. Mamá está feliz de que confíes en mí.
Camilita levantó la vista, con los ojos brillantes y aliviada.
—¿De verdad, mami? ¿No te molesta que me guste un señor así?
Miranda negó con la cabeza y le besó la frente con cariño.
—No, mi amor. Mamá no te juzga. Si te gusta Dogoberto… está bien. Mamá solo quiere que seas feliz y que explores lo que sentís. Si querés… esta noche podemos dejar que se acerque más a vos. Pero todo a tu ritmo, ¿sí? Mamá va a estar cuidándote siempre.
Camilita asintió, todavía sonrojada, pero con una pequeña sonrisa de alivio y emoción.
—Gracias, mami… te quiero mucho.
Miranda la abrazó fuerte un momento más y luego tomó la botella de vino y las copas.
—Vamos, hijita. Volvamos a la mesa. Y recordá… si en algún momento querés parar o irte a tu cuarto, solo decímelo. Mamá te ama y te protege.
Salieron de la cocina juntas, Camilita con las mejillas aún rosadas y el corazón latiéndole fuerte, sabiendo que la noche estaba a punto de volverse mucho más intensa.
De vuelta en el comedor, Dogoberto levantó la vista al verlas regresar, sus ojos deteniéndose especialmente en Camilita con un brillo de deseo evidente.
La cena continuaba… y el ambiente se volvía cada vez más cargado.

Miranda y Eduardo observaban todo con atención desde sus lugares en la mesa. La música romántica seguía sonando de fondo, creando un ambiente íntimo y cargado de tensión.
Dogoberto, con su voz ronca y directa, se inclinó un poco más hacia Camilita. Sus ojos pequeños y hambrientos no se apartaban de la cara sonrojada de la nenita.
—Sabés, Camilita… me gustás mucho —le dijo sin rodeos, con esa forma machista y sincera que tenía—. Me gustás de verdad. Sos linda, sos tímida, tenés una carita de ángel y un culito que me vuelve loco. Nunca pensé que una nenita como vos se iba a sentar al lado de un viejo sucio como yo. ¿Querés ser mi novia? Aunque sea por esta noche… o por más tiempo. Yo te voy a tratar bien.
Camilita se quedó muda por un momento. Su cara se puso completamente roja, los ojos brillantes y el corazón latiéndole a mil. Estaba feliz, nerviosa, emocionada y asustada al mismo tiempo. No sabía qué decir. Miró a su mamá con una mirada suplicante, buscando ayuda.
Miranda le sonrió con ternura y le habló con voz suave pero clara:
—Hacé lo que tu corazón te diga, hijita. Mamá está acá para cuidarte. Si te gusta Dogoberto… está bien. Si querés ser su novia… también está bien. Mamá te apoya en lo que decidas.
Camilita respiró hondo, miró a Dogoberto con timidez y, con voz bajita y aniñada, respondió:
—Sí… quiero ser tu novia.
Dogoberto sonrió ampliamente, mostrando sus dientes amarillos y sucios. Su cara se iluminó de felicidad genuina.
— ¡Qué lindo! —exclamó con voz ronca—. Me hacés muy feliz, nenita.
Miranda y Eduardo también sonrieron, aunque la tensión en el ambiente era palpable. Miranda, con su tono maternal y cariñoso, agregó:
—Las noviecitas buenas deben darle un beso en la boca a sus novios, Camilita. Es parte de ser novia. ¿Querés darle un beso a Dogoberto?
Dogoberto miró a Miranda con gratitud y luego fijamente a Camilita, con deseo evidente en sus ojos.
Camilita se sonrojó aún más, pero asintió tímidamente. Se inclinó hacia adelante, temblando un poco. Dogoberto se acercó, su cara grande y sucia acercándose a la de ella. Sus labios se encontraron en un beso torpe pero sincero: el primer beso de amor de Camilita. Dogoberto le puso una mano en la mejilla con torpeza, y el beso se alargó unos segundos, con la barba rasposa rozando la piel suave de la nenita.
Cuando se separaron, Camilita estaba roja como un tomate, pero con una sonrisa tímida y feliz. Dogoberto parecía el hombre más contento del mundo.
Miranda aplaudió suavemente y dijo con cariño:
—Qué lindo beso, hijita. Mamá está orgullosa de vos.
Eduardo, aunque nervioso y excitado, también sonrió y levantó su copa.
—Brindemos por la nueva pareja.
Todos levantaron sus copas. La noche recién comenzaba, y el ambiente en la mesa se volvía cada vez más íntimo y cargado de posibilidades.
Dogoberto miró a Camilita con ojos brillantes y le dijo bajito:
—Gracias, nenita… me hiciste muy feliz esta noche.
Camilita bajó la mirada, sonriendo, mientras Miranda y Eduardo intercambiaban una mirada llena de complicidad y morbo, sabiendo que esto era solo el principio.

Miranda y Eduardo seguían charlando en la mesa con Dogoberto y Camilita. La música romántica seguía sonando de fondo, creando un ambiente íntimo y cargado de tensión. Dogoberto hablaba con su forma ruda y directa, pero se notaba que estaba disfrutando la noche como nunca. Camilita escuchaba todo con timidez, sonrojándose cada vez que él le dirigía la palabra.
En un momento, cuando ya eran más de las once de la noche, Eduardo miró el reloj y, con voz calmada pero intencionada, le dijo a Dogoberto:
—Dogoberto, ya es bastante tarde. Si querés, podés quedarte a dormir en casa esta noche. No hay problema. Tenemos lugar de sobra.
Dogoberto levantó las cejas, sorprendido pero claramente contento. Se rascó la barba gris y sucia y respondió con su voz ronca:
—¿En serio? No quiero molestar… pero sí, me quedaría. Gracias.
Miranda sonrió con esa mezcla de dulzura y dominio que solo ella sabía manejar. Miró a Camilita y luego a Dogoberto, y dijo con tono maternal pero cargado de intención:
—Las novias buenas deben atender a sus novios en todo lo que les pidan. Las nenitas deben ser sumisas a sus machos… eso es parte de ser una buena pareja. —Lanzó una mirada significativa a Camilita y agregó—: Si quieren, pueden dormir en nuestra habitación. Es más cómoda y grande. Nosotros nos arreglamos en otro lado.
Camilita entendió perfectamente el mensaje. Se sonrojó hasta las orejas, pero no se opuso. Miró a Dogoberto con timidez y, con voz bajita y aniñada, le dijo:
—Dogoberto… si querés… te acompaño arriba a la alcoba de mis papás.
Dogoberto sonrió ampliamente, mostrando sus dientes amarillos y sucios. Se levantó pesadamente de la silla, su cuerpo grande y gordo moviéndose con cierta torpeza.
—Vamos, nenita… —dijo con voz ronca y satisfecha—. Muéstrame el camino.
Camilita se levantó también, alisándose la falda plisada blanca con manos nerviosas. Miranda y Eduardo se miraron en silencio, con una mezcla de excitación, nervios y amor profundo. Sabían que esta noche su hijita iba a dar un paso importante.
Mientras Camilita y Dogoberto subían las escaleras, Miranda le susurró a Eduardo al oído:
—Nuestra nenita ya no es virgen por mucho tiempo más… ¿Estás listo para verlo?
Eduardo tragó saliva, la jaula apretándole fuerte, y respondió bajito:
—Estoy listo… te amo.
La noche apenas comenzaba.

Miranda y Eduardo se escabulleron silenciosamente por el pasillo superior de la casa. El corazón de ambos latía con fuerza. Se detuvieron frente a la puerta entreabierta de su propia alcoba matrimonial, ocultos en la penumbra del pasillo, y miraron hacia adentro sin hacer ruido.
Dentro de la habitación, la luz de la lámpara de noche estaba encendida, creando un ambiente cálido pero íntimo. Camilita estaba de pie junto a la cama, todavía vestida con su vestido blanco corto y sandalias rosas, el cabello largo cayéndole sobre los hombros. Parecía nerviosa, con las manos entrelazadas delante de ella y las mejillas sonrojadas.
Dogoberto, sentado en el borde de la cama, la miraba con una mezcla de deseo y dulzura dominante. Su cuerpo grande y gordo ocupaba mucho espacio, su camisa rota abierta dejando ver parte de su pecho peludo y sudoroso. Su olor fuerte todavía se sentía en el aire de la habitación.
Con voz ronca pero sorprendentemente dulce y autoritaria, Dogoberto le dijo:
—Camilita… tu mamá me dijo que las novias buenas deben obedecer a su novio en todo. ¿Es verdad eso, nenita?
Camilita asintió tímidamente, bajando la mirada, la voz bajita y aniñada:
—Sí… mi mamá me enseñó a comportarme bien con mi novio. Dijo que las nenitas deben ser sumisas y obedientes.
Dogoberto sonrió con satisfacción, mostrando sus dientes amarillos. Extendió una mano grande y callosa hacia ella.
—Vení acá a la cama, nenita… y dale un beso a tu novio.
Camilita se acercó lentamente, nerviosa pero obediente. Pensaba que sería un beso dulce y suave como el que se habían dado en la cena. Se inclinó hacia él con inocencia.
Pero Dogoberto tenía otros planes.
Apenas Camilita estuvo lo suficientemente cerca, él la agarró por la cintura con una mano fuerte y la atrajo hacia sí. El beso que le dio no fue dulce. Fue profundo, sucio y morboso. Le metió la lengua gruesa y áspera hasta el fondo de la boca, saboreándola con hambre, babeándola sin control. Su barba rasposa le rozaba la cara suave, y su aliento a tabaco viejo y cerveza rancia llenaba la boca de Camilita.
Camilita soltó un gemidito ahogado de sorpresa, pero no se apartó. Sus manos se apoyaron en los hombros anchos y sudados de Dogoberto mientras él la besaba con pasión dominante, chupándole la lengua, mordiéndole los labios hinchados y empujando su saliva espesa dentro de su boca.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo en silencio. Eduardo sentía la jaula apretándole con fuerza, la pichita intentando endurecerse inútilmente. Miranda tenía una mano sobre el muslo de su marido, apretando con excitación mientras veía cómo su hijita recibía su primer beso realmente adulto y sucio.
Dogoberto siguió besándola con intensidad, una mano bajando por la espalda de Camilita hasta apretarle el culito por encima del vestido blanco. El beso se volvió más húmedo, más baboso, más morboso. Camilita gemía bajito contra su boca, respondiendo poco a poco, aunque todavía con timidez.
Cuando finalmente se separaron, un hilo grueso de saliva conectaba sus labios. Dogoberto la miró a los ojos con deseo crudo y le dijo con voz ronca:
—Así se besa a un novio de verdad, nenita… ¿te gustó?
Camilita, con los labios hinchados y brillantes, asintió tímidamente, la respiración agitada.
—Sí… me gustó… —susurró.
Miranda y Eduardo, ocultos en el pasillo, se miraron con los ojos llenos de morbo y amor. La noche apenas estaba comenzando.

 

Miranda y Eduardo permanecían escondidos en la penumbra del pasillo, la puerta entreabierta lo suficiente para ver y oír todo sin ser descubiertos. Sus corazones latían con fuerza, una mezcla de nervios, excitación y amor enfermizo los mantenía pegados al marco de la puerta.
Dentro de la alcoba, Camilita y Dogoberto seguían besándose. El beso se había vuelto largo, profundo y cada vez más baboso. Dogoberto besaba con hambre cruda, metiendo su lengua gruesa y áspera hasta el fondo de la boca de Camilita, chupándole los labios hinchados y babeándola sin control. Camilita, aunque nerviosa, respondía poco a poco, sus manos apoyadas en los hombros anchos y sudados del viejo, gimiendo bajito contra su boca mientras sentía el sabor fuerte a tabaco viejo y aliento rancio.
Después de varios minutos de besos intensos, Dogoberto se separó un poco, respirando pesado. Miró a Camilita con ojos brillantes de deseo y le dijo con voz ronca y dominante:
—Nenita… ayudame a quitarme la ropa. Quiero que me veas todo.
Camilita tragó saliva, una mezcla de vergüenza, asco y excitación recorriéndole el cuerpo. Asintió tímidamente y empezó a desvestirlo con manos temblorosas.
Primero le desabotonó la camisa rota y sucia. Cuando se la quitó, el olor a sudor rancio acumulado durante días se intensificó. El pecho peludo y flácido de Dogoberto quedó al descubierto, con manchas de suciedad y sudor seco.
Luego Camilita se arrodilló para quitarle los zapatos viejos y gastados. Al sacárselos, un olor fuerte a pies sucios, a queso viejo y a humedad invadió la habitación. Las medias que llevaba eran oscuras, rotas en varios lugares y empapadas de sudor. Cuando le bajó las medias, el olor a pies sucios se volvió casi insoportable, llenando el cuarto con un hedor ácido y penetrante.
Camilita arrugó la nariz un instante, el asco evidente en su cara, pero no se detuvo. Siguió quitándole el pantalón roto, dejando a Dogoberto completamente desnudo. Su verga gruesa y venosa ya estaba semi-dura, colgando pesada entre sus piernas gordas.
Dogoberto, ahora desnudo, miró a Camilita con una sonrisa torcida y comenzó a desnudarla a ella poco a poco, con manos callosas y torpes pero llenas de deseo.
—Qué cuerpito más lindo tenés, nenita… —murmuró mientras le bajaba la cremallera del vestido blanco—. Tan suavecito… tan delgadito… tan blanquito… parecés una muñequita de porcelana. Me encanta tu piel… parece que nunca te hubiera tocado el sol.
Le quitó el vestido lentamente, dejándola solo con la tanguita blanca de encaje, las medias de red y el portaligas. Le acarició los pequeños pechitos incipientes con sus dedos sucios, pellizcándole los pezoncitos rosados con delicadeza inesperada.
—Mirá estos pechitos que te están saliendo… qué lindos y qué suaves. Sos una nenita perfecta… blanquita, delicada, con ese culito redondito que me vuelve loco.
Camilita temblaba, una mezcla de vergüenza y excitación la recorría mientras Dogoberto la desnudaba por completo. Cuando le bajó la tanguita, su culito redondo y blanquito quedó expuesto. Dogoberto lo acarició con reverencia, apretándolo suavemente.
—Qué culito más rico tenés, Camilita… tan blanco, tan suave… me dan ganas de comértelo.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo sin perder detalle. Eduardo sentía la jaula apretándole dolorosamente, la pichita intentando endurecerse sin éxito. Miranda tenía una mano sobre el muslo de su marido, apretando con fuerza, el coño mojado de morbo al ver cómo su hijita era desnudada y alabada por el viejo sucio y gordo.
Dogoberto miró a Camilita completamente desnuda y le dijo con voz ronca pero cargada de deseo:
—Vení, nenita… acostate en la cama con el abuelito. Quiero sentir ese cuerpito blanquito contra el mío.
Camilita, nerviosa pero obediente, se acostó en la cama matrimonial. Dogoberto se subió junto a ella, su cuerpo grande y sudoroso cubriéndola parcialmente.
Miranda y Eduardo seguían escondidos en la penumbra del pasillo, la puerta entreabierta apenas unos centímetros, lo suficiente para ver y oír todo sin ser descubiertos. Sus respiraciones eran cortas y agitadas, el corazón latiéndoles con fuerza.
Dentro de la alcoba matrimonial, Camilita y Dogoberto seguían besándose. El beso se había vuelto más largo, más húmedo y más intenso. Dogoberto besaba con hambre dominante, metiendo su lengua gruesa y áspera hasta el fondo de la boca de Camilita, babeándola sin control. Camilita respondía con timidez pero con creciente pasión, sus manos apoyadas en los hombros anchos y sudorosos del viejo.
Después de varios minutos de besos babosos, Dogoberto se separó un poco, respirando pesado. Miró a Camilita a los ojos con una mezcla de deseo y ternura ruda y le dijo con voz ronca pero firme:
—Nenita… ya es hora de desvirgarte el anito. Quiero ser el primero en entrar ahí… quiero que seas mía de verdad.
Camilita se sonrojó intensamente, los ojos grandes y nerviosos. Asintió tímidamente, la voz bajita y aniñada:
—Está bien… pero tengo miedo… es mi primera vez.
Dogoberto le acarició la mejilla con su mano callosa y sucia, intentando ser suave.
—No te preocupes, mi nenita… el abuelito va a ir despacito. Sé que es tu primera vez. Voy a cuidarte.
La acostó boca abajo sobre la cama matrimonial, con una almohada debajo de la cadera para levantarle el culito. Camilita temblaba, el corazón latiéndole fuerte. Dogoberto se escupió en la mano, pero en lugar de lubricante normal, escupió un gargajo grueso y verdoso (mezcla de flema y saliva rancia) y lo untó directamente sobre el ano virgen y rosado de Camilita.
—Relajate, hijita… —murmuró mientras frotaba el gargajo verde y viscoso contra su entrada—. Esto va a ayudar a que entre.
Camilita soltó un gemidito de asco y nervios cuando sintió el calor pegajoso del escupitajo.
Dogoberto se colocó detrás de ella, su cuerpo gordo y sudoroso cubriéndola parcialmente. Apoyó la punta de su verga sucia, fetida y con restos de esmegma blanco-amarillento contra el ano lubricado con su propia saliva. Empujó muy despacio, con firmeza pero controlando la fuerza.
La cabeza de la verga entró con dificultad. Camilita soltó un grito ahogado de dolor:
— ¡Ay… me duele… me duele mucho, Dogoberto…!
Dogoberto se quedó quieto un momento, respirando pesado, pero no retrocedió. Su voz sonó firme pero con un tono casi dulce:
—Shhh… lo sé, nenita… duele al principio. Es normal. Pero tenés que relajarte. El abuelito va a ir despacito… vas a ver que después se siente mejor. Sos mi novia ahora… tenés que ser valiente.
Siguió empujando muy lentamente, centímetro a centímetro, abriendo el ano virgen de Camilita. La verga sucia y fetida entraba poco a poco, dejando un rastro de esmegma y saliva. Camilita gemía y lloriqueaba bajito, las lágrimas rodando por sus mejillas, pero no pedía que parara.
—Duele… es muy grande… me estás partiendo… —gemía con voz quebrada.
Dogoberto seguía avanzando con paciencia, sudando profusamente, su olor fuerte invadiendo la habitación.
—Tranquila, mi nenita… ya casi está… sos una chica valiente… tu culito es muy apretadito… pero el abuelito va a entrar todo… vas a ser mía de verdad…
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo en silencio, sin perder detalle. Eduardo sentía la jaula apretándole dolorosamente, la pichita intentando endurecerse sin éxito. Miranda tenía la mano sobre el muslo de su marido, apretando con fuerza, el coño mojado de morbo al ver cómo su hijita era desvirgada analmente por el viejo sucio y gordo.
Dogoberto seguía penetrándola poco a poco, firme en su decisión, murmurando palabras de aliento mientras el ano de Camilita se abría alrededor de su verga fetida y esmegmática.
La noche avanzaba, y el desvirgamiento de Camilita estaba en pleno desarrollo.

Dogoberto siguió empujando con una paciencia inesperada para un hombre tan rudo y sucio. Centímetro a centímetro, su verga gruesa, venosa y fetida se iba abriendo paso en el ano virgen y apretado de Camilita. El viejo sudaba profusamente, su panza gorda apoyada contra la espalda delicada de la nenita, su olor fuerte y rancio envolviéndola por completo.
Camilita gemía y lloriqueaba bajito, las lágrimas rodando por sus mejillas sonrojadas, las manos apretando las sábanas con fuerza.
—Duele… me duele mucho… es muy grande… —susurraba con voz quebrada y aniñada.
Dogoberto se detuvo un momento cuando ya llevaba más de la mitad adentro, respirando pesado contra su nuca. Le besó el hombro con una ternura torpe y le habló con voz ronca pero sorprendentemente suave y calmada:
—Shhh… tranquila, mi nenita… ya casi está. Sos muy valiente… muy apretadita… pero el abuelito va a entrar todo. Ya sos mi mujer… mi nenita… y yo soy tu macho ahora. Nadie te va a tratar mejor que yo. Te voy a cuidar… te voy a querer… vas a ver cómo después el dolor se va y solo queda rico… muy rico.
Siguió empujando despacio, con firmeza pero sin brusquedad. Poco a poco, el resto de su verga larga y gruesa desapareció dentro del recto de Camilita. Cuando sus huevos sucios y pesados rozaron contra el culito blanquito de ella, Dogoberto soltó un gruñido bajo de satisfacción.
—Ahí está… ya está todo adentro, mi amor… ya sos mía de verdad.
Camilita soltó un sollozo mezcla de dolor y alivio. El ardor era intenso, sentía el ano completamente estirado y lleno, como si la estuvieran partiendo. Pero Dogoberto no se movía. Se quedó quieto dentro de ella, acariciándole la espalda con sus manos callosas y sucias, besándole la nuca y el cuello con besos torpes pero cariñosos.
—Respirá, nenita… respirá despacito… —le susurraba al oído con voz ronca y dulce—. Ya pasó lo peor. Ahora sos mi mujercita… mi Camilita linda. Te voy a tratar bien… te voy a hacer sentir mujer de verdad. Te quiero, mi nenita… aunque sea un viejo sucio como yo, te quiero. Vas a ver cómo después te va a gustar… cómo vas a pedir más…
Poco a poco, el dolor agudo fue disminuyendo. El ano de Camilita se fue adaptando al grosor invasor, convirtiéndose en una sensación de plenitud ardiente pero cada vez más tolerable. Camilita respiraba entrecortadamente, todavía con lágrimas en los ojos, pero su cuerpo empezó a relajarse un poco.
Dogoberto lo notó y comenzó a moverse muy despacio, casi con cariño, sacando solo un poco y volviendo a entrar con suavidad.
—¿Ves, mi amor? Ya duele menos… tu culito es muy bueno… muy apretadito… pero está aprendiendo a recibir a su macho. Te amo, Camilita… sos mi nenita hermosa… mi mujercita…
Camilita gimió bajito, una mezcla de dolor residual y un placer extraño y nuevo comenzando a asomar.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo en silencio. Eduardo tenía la mano sobre la jaula, apretándola sin poder hacer nada más. Miranda apretaba el muslo de su marido con fuerza, el coño mojado de morbo y emoción.
Miranda susurró al oído de Eduardo, casi sin voz:
—Mirá cómo la cuida… cómo le habla… nuestra nenita ya no es virgen… Dogoberto la está haciendo mujer.
Eduardo solo pudo asentir, la garganta seca, completamente hipnotizado por la escena.
Dogoberto seguía moviéndose muy despacio dentro de Camilita, besándole la nuca y susurrándole palabras de amor torpes pero sinceras, mientras el dolor de la nenita iba disminuyendo poco a poco, dando paso a una sensación nueva y profunda.
Dogoberto seguía dentro de Camilita, completamente enterrado hasta los huevos en su ano virgen. El viejo gordo y sucio se quedó quieto un momento más, respirando pesado contra la nuca de la nenita, dándole tiempo para que su cuerpo se adaptara.
Poco a poco, el dolor agudo que Camilita sentía empezó a disminuir. El ardor intenso se fue transformando en una sensación de plenitud caliente y profunda, extraña pero cada vez más tolerable… y luego, sorprendentemente, en algo que comenzaba a sentirse bien.
Camilita soltó un gemido bajito, diferente esta vez. Ya no era solo de dolor. Había un tono de placer mezclado.
Dogoberto lo notó. Comenzó a moverse muy despacio: sacando solo unos pocos centímetros y volviendo a entrar con suavidad, un “mete-saca” lento y cuidadoso, para no lastimarla.
—Así… eso es, mi nenita… —susurró con voz ronca pero llena de cariño dominante—. Ya pasó lo peor… mirá cómo tu culito se está acostumbrando a la verga de tu macho… ya no duele tanto, ¿verdad? Ahora sos mi nena… mi mujercita… mi Camilita linda.
Camilita gimió más suave, empujando apenas el culito hacia atrás de forma instintiva. El placer empezaba a ganar terreno.
Dogoberto siguió con ese ritmo lento y profundo, hablándole al oído con frases torpes pero sinceras de amor:
—Te quiero, mi nenita… sos tan apretadita… tan suavecita… tan blanquita… me hacés sentir joven otra vez. Ahora sos mía… mi nena… mi novia… nadie te va a tratar mejor que yo. Te voy a cuidar… te voy a querer… y te voy a follar rico todas las veces que quieras…
Camilita ya no lloriqueaba. Sus gemidos se volvían más largos y placenteros, el cuerpo empezando a relajarse y a moverse en sincronía con las embestidas suaves de Dogoberto.
—Se siente… mejor… —susurró con voz temblorosa y aniñada—. Ya no duele tanto… se siente… lleno… raro… pero rico…
Dogoberto sonrió contra su cuello y aceleró muy poco el ritmo, siempre con cuidado, manteniendo las embestidas lentas y profundas.
—Claro que se siente rico, mi amor… porque ahora sos una nenita completa… mi nenita… mi mujercita. Tu culito fue hecho para recibir verga… y yo voy a ser el que te enseñe lo rico que es. Te amo, Camilita… aunque sea un viejo sucio como yo… te amo por entregarte así.
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo sin perder detalle. Eduardo tenía la mano sobre la jaula, apretándola con fuerza, la respiración agitada. Miranda apretaba el muslo de su marido, el coño mojado de morbo y emoción al ver cómo su hijita empezaba a gozar con la penetración.
Miranda susurró al oído de Eduardo, casi sin voz:
—Mirá… ya está empezando a disfrutar… nuestra nenita se está convirtiendo en mujer… te amo por dejar que pase esto.
Dogoberto seguía moviéndose lento y profundo dentro de Camilita, susurrándole palabras de amor y posesión mientras el placer de la nenita crecía poco a poco, reemplazando el dolor inicial.
La noche seguía avanzando, y el desvirgamiento de Camilita se estaba transformando en algo mucho más intenso y profundo.

Dogoberto sintió que el ano de Camilita empezaba a relajarse alrededor de su verga. El dolor inicial estaba cediendo, y el cuerpo de la nenita comenzaba a responder de otra forma.
Sin decir nada más, el viejo gordo y sucio decidió que era el momento. Agarró las caderas delgadas de Camilita con sus manazas callosas y empezó a embestirla con más fuerza. Las penetraciones se volvieron más rápidas, más profundas y más brutales. Su panza sudorosa golpeaba contra el culito blanquito de ella con cada empujón.
Camilita soltó un grito agudo, mezcla de dolor y placer:
— ¡Aaaahhh… me duele… me duele mucho… pero… pero también me da placer…! ¡No pares… pero duele…!
Dogoberto gruñó como un animal y aceleró aún más, follándola con embestidas fuertes y salvajes, el sonido húmedo y seco de carne contra carne llenando la habitación.
— ¡Así, nenita puta! —rugió con voz ronca y dominante—. ¡Tomá toda la verga de tu macho! ¡Ahora sos mi novia… mi nenita puta! De hoy en adelante te voy a follar todos los días… todos los putos días voy a venir a romperte este culito apretadito… vas a ser mi puta personal… mi nenita sumisa…
Camilita gritaba y gemía sin control, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras su cuerpo era sacudido por las embestidas brutales. El dolor seguía ahí, ardiente y profundo, pero el placer crecía con cada golpe, mezclándose de forma enfermiza y deliciosa.
— ¡Me duele… pero me gusta…! ¡Más fuerte… por favor…! —gemía con voz quebrada, empujando el culito hacia atrás instintivamente.
Dogoberto la embestía sin piedad ahora, sudando profusamente, su olor rancio invadiendo todo. Le agarró el cabello largo con una mano y tiró hacia atrás, arqueándola mientras seguía follándola con fuerza.
— ¡Sos mía, Camilita! ¡Mi novia puta! ¡De hoy en adelante este culito es mío… voy a llenártelo todos los días… vas a aprender a pedir verga como una nenita buena…!
Desde la puerta entreabierta, Miranda y Eduardo observaban todo sin perder detalle. Eduardo temblaba, la jaula apretándole dolorosamente. Miranda tenía la mano entre sus piernas, tocándose lentamente mientras veía cómo su hijita era follada con brutalidad.
Camilita seguía gritando y gimiendo, el dolor y el placer entremezclándose cada vez más, su cuerpo delgadito y blanquito siendo usado sin piedad por el viejo gordo y sucio.
Dogoberto seguía embistiéndola con fuerza, gruñendo palabras posesivas y sucias:
— ¡Tomá, nenita… tomá toda la verga de tu novio… de hoy en adelante sos mía… mía para follar cuando quiera… mi puta nenita…!
La habitación se llenaba de gritos, gemidos y el sonido brutal de la penetración.
La noche estaba lejos de terminar.

Miranda y Eduardo seguían escondidos en la penumbra del pasillo, observando todo con el corazón en la garganta.
De repente, los gritos de Camilita —mezcla de dolor y placer— se volvieron más fuertes y agudos. Dogoberto la estaba embistiendo con más fuerza, gruñendo como un animal mientras la llamaba “nenita puta” y “mi novia”.
Esos gritos despertaron a Carla y Juana.
Las dos hermanas mayores salieron de sus habitaciones casi al mismo tiempo, con cara de sueño y preocupación. Carla (14 años) llevaba un pijama corto, Juana (12 años) uno más infantil con dibujos. Se acercaron al pasillo, frotándose los ojos.
—Mami… ¿qué pasa? —preguntó Carla, confundida—. Se escuchan gritos desde la habitación de ustedes… parece que Camilita está llorando o gritando… ¿está todo bien?
Juana, más asustada, añadió:
—Suena como si le doliera algo… ¿por qué grita tanto Camilita? ¿Y quién es ese señor que está con ella?
Miranda y Eduardo se separaron rápidamente de la puerta entreabierta. Eduardo fue el primero en reaccionar, intentando mantener la calma aunque por dentro estaba nervioso.
—Tranquilas, chicas… —dijo con una sonrisa forzada pero convincente—. No es nada malo. Camilita está… probando un juego nuevo con Dogoberto. A veces los juegos de adultos suenan fuerte, pero no le está pasando nada malo. Es solo… un juego un poco ruidoso.
Carla frunció el ceño, todavía preocupada.
—¿Un juego? ¿Por qué grita como si le doliera? ¿Y por qué está en su habitación con ese señor?
Miranda intervino rápidamente, acercándose a sus hijas con su sonrisa materna más tranquilizadora:
—Hijitas… Dogoberto es un amigo especial del refugio. Camilita está… aprendiendo cosas nuevas con él. A veces cuando se juega fuerte se grita, pero es de emoción, no de dolor de verdad. No se preocupen, mamá y papá estamos cuidando todo.
Juana insistió, inocente pero curiosa:
—¿Pero por qué suena como si estuviera sufriendo? ¿Y por qué huele raro toda la casa ahora?
Eduardo improvisó otra excusa, intentando sonar lo más natural posible:
—Es que Dogoberto viene del refugio y todavía tiene olor a trabajo duro… y Camilita está probando un masaje nuevo o algo así. Ya saben cómo son estos juegos de adultos… a veces suenan raros. Pero todo está bien, de verdad.
Carla cruzó los brazos, todavía desconfiada.
—¿Y por qué no podemos entrar a ver?
Miranda tomó el control con voz firme pero dulce, usando su tono de “mamá que sabe lo que hace”:
—Porque no es hora de que niñas buenas estén despiertas a esta hora. Ya es muy tarde. Lo que pasa en la habitación de mamá y papá es cosa de adultos. Ustedes vayan a sus cuartos ahora mismo, métanse en la cama y duerman. Mañana tienen colegio. ¿Entendido?
Las dos chicas protestaron un poco más, pero el tono autoritario de Miranda y la mirada seria de Eduardo las convencieron. Carla suspiró y tomó a Juana de la mano.
—Está bien… pero mañana nos contás qué estaba pasando, ¿eh?
—Claro, hijitas —respondió Miranda con una sonrisa tranquilizadora—. Mañana les explico. Ahora a dormir.
Carla y Juana volvieron a sus habitaciones, todavía murmurando entre ellas, pero obedecieron y cerraron las puertas.
Miranda y Eduardo se quedaron solos en el pasillo otra vez. Se miraron en silencio, el alivio mezclado con la excitación de haber evitado el desastre por poco.
Miranda se acercó a Eduardo y le susurró al oído:
—Estuvimos cerca… pero salvamos la situación. Ahora… volvamos a mirar. Nuestra nenita está siendo follada de verdad por su primer macho.
Ambos volvieron a la puerta entreabierta, justo a tiempo para ver cómo Dogoberto seguía embistiendo a Camilita con fuerza, mientras ella gemía entre dolor y placer creciente.
Miranda y Eduardo se quedaron quietos en el pasillo, respirando agitados después de casi ser descubiertos. Dentro de la alcoba, la follada había sido dura e intensa. Dogoberto había terminado corriéndose dentro del culo de Camilita con un gruñido ronco, llenándola de semen espeso y caliente. Camilita, exhausta y temblando, se había derrumbado sobre la cama.
Ahora, unos minutos después, ambos dormían profundamente abrazados en la cama matrimonial. Dogoberto, desnudo y sudoroso, tenía su panza gorda pegada a la espalda de Camilita, rodeándola con un brazo posesivo. Camilita, también desnuda, dormía con la cabeza apoyada en el pecho peludo y sudoroso del viejo, su cabello largo desparramado sobre la almohada. La habitación estaba impregnada de un olor fuerte y desagradable: pies sucios con aroma a queso viejo, axilas sudadas y rancias de Dogoberto, y el olor denso a sexo de toda la noche —semen, sudor, lubricante y fluidos mezclados.
La puerta había quedado entreabierta, tal como la habían dejado Miranda y Eduardo.

A la mañana siguiente, Carla y Juana se levantaron temprano para ir al colegio. Bajaron las escaleras todavía con sueño, uniformadas y con las mochilas listas. Al pasar por el pasillo del piso superior, la puerta de la alcoba matrimonial entreabierta llamó su atención.
Las dos hermanas se acercaron con curiosidad y miraron hacia adentro.
Allí estaban: Camilita y Dogoberto durmiendo abrazados en la cama de sus padres. Camilita desnuda, con el cuerpo delgadito y blanquito pegado al cuerpo gordo y sucio del viejo. Dogoberto roncaba suavemente, su panza subiendo y bajando, un brazo rodeando a Camilita de forma posesiva.
Carla y Juana se quedaron paralizadas un segundo. Carla fue la primera en hablar, con voz baja pero sorprendida:
—¿Qué…? ¿Por qué Camilita está durmiendo con ese señor? ¿Y por qué están desnudos?
Juana, más pequeña, arrugó la nariz y susurró:
—Además huele muy feo… como a pies sucios y sudor… ¿qué pasó acá?
Las dos chicas entraron un poco más en la habitación, confundidas e inocentes.
En ese momento Miranda y Eduardo, que ya estaban despiertos y bajando las escaleras, escucharon las voces y subieron rápidamente. Miranda llegó primero, con una sonrisa forzada pero tranquila, intentando disimular el pánico.
—Chicas… ¿qué hacen acá? —dijo con voz suave, interponiéndose entre ellas y la cama—. No deberían entrar sin permiso al cuarto de mamá y papá.
Carla señaló la cama, todavía sorprendida:
—Mami… ¿por qué Camilita está durmiendo con ese señor? ¿Y por qué están así… abrazados y sin ropa?
Juana añadió, con cara de asco:
—Y huele muy mal… como a queso viejo y sudor… ¿qué hicieron anoche?
Miranda respiró hondo y empezó a inventar excusas con rapidez, manteniendo un tono calmado y maternal:
—Ay, hijitas… no es lo que parece. Anoche Dogoberto se sintió mal después de la cena… le dio un mareo fuerte y no podía volver al refugio tan tarde. Entonces le dijimos que se quedara a dormir. Camilita se ofreció a cuidarlo porque es muy buena y cariñosa. Se quedaron hablando hasta tarde y se quedaron dormidos así… abrazados. A veces los adultos se duermen hablando. Lo de la ropa… seguro se la quitaron porque hacía mucho calor anoche. No pasó nada malo, de verdad.
Carla frunció el ceño, todavía desconfiada.
—¿Y por qué Camilita está desnuda? ¿Y por qué huele tan feo toda la habitación?
Eduardo intervino, intentando ayudar:
—Dogoberto viene del refugio y todavía tiene olor a trabajo duro… no tuvo tiempo de bañarse. Y Camilita… bueno, a veces cuando uno se queda dormido hablando se pone cómodo. No es nada raro, chicas. Son cosas de adultos.
Juana insistió, inocente pero curiosa:
—¿Pero por qué Camilita está abrazada a él como si fuera su novio? ¿Y por qué grita tanto anoche?
Miranda se agachó un poco para quedar a la altura de sus hijas y les habló con voz suave y tranquilizadora, intentando suavizar todo para no romper su inocencia:
—Hijitas… anoche Camilita y Dogoberto empezaron a llevarse muy bien. Dogoberto es un señor muy solo y Camilita es muy cariñosa. Se hicieron amigos… y bueno, a veces los amigos grandes se abrazan cuando duermen. Los gritos eran porque… Dogoberto le estaba contando historias de su vida y Camilita se emocionaba mucho. Nada malo, de verdad. Son cosas que los niños todavía no entienden del todo.
Carla y Juana se miraron entre sí, todavía confundidas, pero el tono calmado y amoroso de su mamá las tranquilizó un poco.
Miranda les dio un beso en la frente a cada una y les dijo con firmeza maternal:
—Ahora sí, niñas buenas… es hora de ir al colegio. No hagan esperar al colectivo. Mamá y papá se encargan de todo acá. Vayan a lavarse los dientes y bajen a desayunar rápido.
Las dos hermanas, aunque todavía con algunas dudas, obedecieron y bajaron las escaleras murmurando entre ellas.
Cuando se quedaron solos en el pasillo, Miranda miró a Eduardo con alivio y una sonrisa nerviosa.
—Estuvimos cerca… —susurró—. Tenemos que ser más cuidadosos la próxima vez.
Eduardo asintió, todavía con la jaula apretándole.
—Fue demasiado arriesgado… pero también fue… muy caliente.
Dentro de la habitación, Camilita y Dogoberto seguían durmiendo abrazados, ajenos a todo.
La mañana continuaba, pero el secreto de la familia se había vuelto mucho más grande y peligroso.

La casa quedó en silencio cuando Carla y Juana se fueron al colegio y Eduardo salió rumbo al trabajo. Miranda cerró la puerta principal y subió las escaleras con paso decidido pero lleno de cariño.
Entró al dormitorio matrimonial. La habitación todavía olía fuerte a sexo de la noche anterior: sudor rancio, semen seco y el olor corporal intenso de Dogoberto. Camilita y Dogoberto seguían durmiendo abrazados, desnudos sobre la cama revuelta. Dogoberto roncaba suavemente con su panza gorda subiendo y bajando, un brazo posesivo rodeando a Camilita. La nenita dormía con la cabeza apoyada en el pecho peludo y sudoroso del viejo, su cuerpo delgadito y blanquito contrastando con el de él.
Miranda se acercó a la cama y acarició suavemente el cabello largo de su hija.
—Camilita… hijita… despertate, mi amor —susurró con voz suave pero firme—. Ya es hora.
Camilita abrió los ojos lentamente, parpadeando con sueño. Al ver a su mamá, sonrió con timidez y se estiró un poco, todavía pegada al cuerpo de Dogoberto.
—Mami… buenos días…
Miranda le sonrió con ternura y le dijo bajito, para no despertar todavía a Dogoberto:
—Buenos días, mi nenita. Ahora que Dogoberto es tu hombre… tu novio… tenés que aprender a atenderlo como una novia buena. Las nenitas putas le hacen el desayuno a sus machos por la mañana, después de haberlas cogido toda la noche. Es una forma de agradecerles y de demostrarles que son sumisas y cariñosas.
Camilita se sonrojó, pero asintió con esa actitud aniñada y obediente que tenía.
—¿Qué tengo que hacer, mami?

Miranda la ayudó a levantarse con cuidado, sin despertar a Dogoberto, y la llevó al baño mientras le explicaba:
—Primero te vas a bañar rápido, pero no te perfumés demasiado… a los machos como Dogoberto les gusta que sus nenitas huelan un poquito a la noche anterior. Después te vas a vestir sexy pero cómoda para la casa: tanguita, una camisola corta y medias. Nada de ropa normal de varón. Las novias buenas siempre están lindas y listas para su macho.
Mientras Camilita se duchaba, Miranda le siguió dando instrucciones desde afuera:
—Cuando termines, vas a preparar el desayuno para tu novio: café con leche, tostadas con manteca, jugo… lo que le guste. Se lo llevás a la cama con una sonrisa y le decís “buenos días, mi macho… acá te traigo el desayuno porque anoche me cogiste rico”. Las nenitas buenas agradecen así.
Camilita salió del baño envuelta en una toalla, todavía sonrojada. Miranda la ayudó a vestirse: le puso una tanguita blanca de encaje, una camisola corta y transparente negra que apenas le cubría el culito, y unas medias de red hasta el muslo. Le peinó el cabello largo con ondas suaves y le puso un toque de brillo labial rosado.

 

Miranda sonrió con ternura al ver a Camilita tan obediente y nerviosa. Se sentó en el borde de la cama y la hizo sentarse a su lado, tomándole las manos con cariño.
—Mi nenita… ahora que ya sos novia de Dogoberto, mamá te va a enseñar más roles de novia sumisa. Las novias buenas no solo se visten lindas y atienden a su macho… también tienen que comportarse de una forma especial para hacerle feliz todos los días.
Camilita escuchaba con atención, las mejillas sonrojadas, todavía vestida solo con la tanguita, medias de red y camisola transparente.
Miranda comenzó a explicarle con voz suave y maternal:
—Primero: una novia sumisa siempre saluda a su macho con respeto y cariño. Cuando él llegue a casa, vos tenés que ir corriendo a la puerta, arrodillarte frente a él y darle un beso en los pies o en la mano. Le decís “bienvenido a casa, mi macho” o “gracias por venir a verme, mi amor”. Eso le hace sentir que es importante.
Camilita asintió, memorizando todo.
—Segundo: cuando tu macho te pida algo, respondés siempre con “sí, mi amor” o “como vos quieras, mi macho”. Nunca decís “no” o “no quiero”. Las nenitas sumisas obedecen siempre, aunque les dé vergüenza o les duela un poquito. Eso es parte de ser una buena novia.
Tercero: en la cama, una novia sumisa nunca dice “no”. Si tu macho quiere cogerte el culito, vos te ponés en cuatro y le abrís las nalgas vos misma. Si quiere que le chupes la verga, vos te arrodillás y se la chupás con ganas, aunque esté sucia o huela fuerte. Las nenitas buenas agradecen que su macho las use.
Cuarto: siempre tenés que estar lista para él. Aunque estés haciendo tareas de la casa, si tu macho te llama, dejás todo y vas corriendo. Las novias sumisas priorizan el placer de su macho por encima de todo.
Quinto: después de que te coja, le agradecés. Le decís “gracias por cogerme, mi amor” o “gracias por llenarme el culito”. Y si él quiere, le limpiás la verga con la boca. Eso demuestra sumisión y cariño.
Camilita escuchaba todo con los ojos muy abiertos, sonrojada pero claramente interesada. Miranda le acarició el cabello y siguió:
—También tenés que aprender a hablarle bonito. Le decís cosas como “sos mi macho fuerte”, “me encanta cuando me usás”, “soy tu nenita puta para lo que quieras”. Las novias sumisas halagan a su hombre y le hacen sentir poderoso.
Y lo más importante, hijita: nunca le contestes mal, nunca le digas que estás cansada o que te duele. Una novia sumisa soporta todo con una sonrisa y después le cuenta a mamá si algo le molestó mucho. Mamá siempre va a estar para ayudarte.
Camilita se mordió el labio y preguntó bajito:
—¿Y si me da mucho miedo o mucho asco, mami?
Miranda la abrazó y le besó la frente.
—Entonces le decís a mamá en privado. Pero delante de tu macho siempre mostrás una sonrisa y decís “sí, mi amor”. Las nenitas sumisas aprenden a disfrutar incluso cuando al principio da miedo o asco. Con el tiempo te va a gustar más.
Se quedaron abrazadas un rato. Miranda le acariciaba el cabello y le susurraba consejos más suaves:
—Cuando estés con él, mové las caderas al caminar… bajá la mirada cuando te diga piropos… dejá que te toque donde quiera… y siempre agradecé después de que te use. Eso es ser una novia sumisa y buena.
Camilita asintió, abrazando fuerte a su mamá.
—Voy a tratar de hacerlo bien, mami… quiero ser una buena nenita para Dogoberto… y para vos.
Miranda le besó la cabeza con orgullo.
—Vas a ser la mejor nenita del mundo, Camilita. Mamá te va a seguir enseñando todos los días.

—Mirá cómo te ves, Camilita… —dijo Miranda con orgullo maternal—. Muy linda y muy sexy. Ahora bajá a preparar el desayuno para tu novio. Cuando esté listo, subilo en una bandeja y despertalo con un beso. Las novias buenas atienden a sus machos con cariño y sumisión.
Camilita asintió, visiblemente nerviosa pero feliz de estar aprendiendo su nuevo rol.
—Está bien, mami… voy a hacerlo bien.
Bajó a la cocina y preparó el desayuno con cuidado: café con leche, tostadas con manteca y mermelada, y un vaso de jugo. Cuando todo estuvo listo, subió la bandeja con manos temblorosas y entró de nuevo al dormitorio.
Dogoberto seguía durmiendo. Camilita se acercó a la cama, dejó la bandeja en la mesita de noche y se inclinó para despertarlo con un beso suave en los labios, tal como su mamá le había enseñado.
—Buenos días, mi macho… —susurró con voz bajita y aniñada—. Te traje el desayuno… porque anoche me cogiste rico.
Dogoberto abrió los ojos lentamente, vio a Camilita vestida de nenita sexy frente a él y sonrió con satisfacción, mostrando sus dientes amarillos.
—Qué linda sos, nenita… vení acá.
La atrajo hacia la cama y la besó con hambre, mientras Miranda observaba desde la puerta con una sonrisa orgullosa y morbosa.
La transformación de Camilita estaba avanzando rápido… y la familia estaba entrando en un nuevo nivel de su secreto perverso.

 

Miranda terminó de preparar a Camilita con cariño y la miró con orgullo maternal.
—Andá, hijita… llevale el desayuno a tu macho. Recordá todo lo que te enseñé: sé obediente, cariñosa y sumisa. Mamá te va a estar esperando abajo.
Camilita asintió nerviosa pero decidida. Tomó la bandeja con el desayuno (café con leche, tostadas con manteca y mermelada, y un vaso de jugo) y subió las escaleras hacia la alcoba matrimonial. Su corazón latía fuerte. Llevaba la tanguita blanca de encaje, la camisola corta y transparente, medias de red y el cabello largo suelto. Se sentía expuesta, femenina y muy nerviosa.
Abrió la puerta con cuidado. Dogoberto seguía durmiendo boca arriba, desnudo, su cuerpo gordo y peludo ocupando gran parte de la cama. El olor fuerte a sudor rancio, pies sucios y sexo de la noche anterior todavía flotaba en la habitación.
Camilita se acercó a la cama, dejó la bandeja en la mesita de noche y se inclinó para despertarlo con un beso suave en la mejilla, tal como su mamá le había indicado.
—Buenos días, mi macho… —susurró con voz bajita y aniñada—. Te traje el desayuno… porque anoche me cogiste rico.
Dogoberto abrió los ojos lentamente. Al ver a Camilita vestida de nenita sexy frente a él, sonrió con satisfacción y se incorporó un poco, apoyándose en un codo. Su panza gorda se movió con el movimiento.
—Buenos días, nenita… qué linda te ves así.
Luego, con voz ronca y dominante, le dijo:
—Como buena novia, tenés que darle un beso de lengua a tu macho… como corresponde. No un besito de nena, uno de verdad.
Camilita se sonrojó intensamente, pero obedeció. Se inclinó hacia él.
Dogoberto no esperó. La tomó con fuerza por la nuca con una mano callosa y sucia, atrayéndola hacia sí con brusquedad. Le plantó un beso muy profundo y asqueroso. Su boca sucia, con aliento a tabaco viejo, cerveza rancia y dientes amarillentos, se pegó a la de Camilita. Le metió la lengua gruesa y áspera hasta el fondo de la garganta, chupándole la lengua con hambre, babeándola sin control. El beso era baboso, ruidoso y dominante: saliva espesa y caliente se mezclaba entre sus bocas, goteando por la barbilla de Camilita.
Camilita soltó un gemidito ahogado de sorpresa y asco, pero no se apartó. Las manos de Dogoberto la sujetaban con fuerza, una en la nuca y la otra bajando por su espalda hasta apretarle el culito por encima de la tanguita.
El beso se alargó varios segundos. Dogoberto gemía contra su boca, lamiéndole los labios, mordiéndolos suavemente, empujando su saliva rancia dentro de ella. Camilita sentía el sabor fuerte y desagradable, pero también una extraña excitación que la hacía temblar.
Cuando finalmente se separaron, un grueso hilo de saliva conectaba sus labios. Camilita jadeaba, los labios hinchados y brillantes, la cara roja.
Dogoberto la miró con deseo y sonrió torcido.
—Así se besa a un macho de verdad, nenita… muy bien. Ahora dame el desayuno… y después seguís atendiendo a tu novio como corresponde.
Camilita, todavía temblando por el beso asqueroso y profundo, tomó la bandeja con manos inseguras y se la ofreció.
Dogoberto empezó a comer, mirándola con satisfacción mientras Camilita permanecía de pie junto a la cama, esperando órdenes, tal como su mamá le había enseñado.
La mañana apenas comenzaba… y Camilita ya estaba aprendiendo su nuevo rol de novia sumisa.

Miranda se quedó observando desde la puerta un momento más, con una sonrisa satisfecha y maternal. Luego entró al dormitorio con paso suave.
—Camilita, hijita… muy bien. Mamá va a estar cerca por si necesitás ayuda. Dogoberto, si querés quedarte a vivir en el cuarto de Camilita hasta que vos decidas… estás invitado. Esta casa es grande y hay lugar. Camilita va a atenderte en todo lo que necesites.
Dogoberto levantó la vista, claramente sorprendido y complacido. Se rascó la panza gorda y sonrió con sus dientes amarillos.
—¿En serio? ¿Puedo quedarme aquí? Sería… muy bueno. No tengo dónde ir que sea tan limpio y con una nenita tan linda atendiendo.
Miranda asintió con elegancia.
—Claro. Mientras te portes bien con mi hijita y la trates con cariño… podés quedarte el tiempo que quieras. Camilita va a ser tu novia y va a aprender a cuidarte como corresponde.
Dogoberto miró a Camilita con deseo y aprobación.
—Gracias… voy a tratarla bien. Es una nenita muy obediente.
Miranda se acercó a Camilita, le acarició el cabello largo y le susurró al oído con voz suave pero firme:
—Recordá todo lo que te enseñé, hijita. Atendelo en todo. Sé sumisa, cariñosa y sexy. Si te pide algo, hacelo con una sonrisa. Mamá va a estar vigilando desde lejos para ayudarte si hace falta.
Camilita asintió tímidamente, todavía sonrojada.
—Sí, mami… voy a tratar de ser una buena novia.
El resto del día transcurrió con Camilita atendiendo a Dogoberto bajo la atenta mirada y las indicaciones discretas de Miranda.
Cuando Dogoberto quiso ver televisión, Camilita se sentó a su lado en el sillón, con la falda subida un poco para que él pudiera acariciarle el muslo. Miranda le susurraba desde la cocina:
—Apoyá la cabeza en su hombro, hijita… dejá que te toque… las novias buenas se dejan manosear con cariño.
Cuando Dogoberto pidió algo de comer, Camilita le preparó un sándwich y se lo llevó arrodillada, como Miranda le había indicado. Dogoberto sonreía satisfecho cada vez que Camilita obedecía.
—Qué nenita más buena tenés, Miranda… —decía el viejo con voz ronca—. Me gusta cómo me atiende.
Miranda respondía con una sonrisa:
—Es una buena chica. Está aprendiendo rápido.
Por la tarde, cuando Dogoberto quiso descansar, Camilita se acostó a su lado en la cama de sus padres y le masajeó los pies sucios, tal como su mamá le había enseñado. Dogoberto gemía de placer y le decía:
—Qué manos más suaves tenés, nenita… seguí masajeando al abuelito… sos una novia perfecta.
Camilita, aunque todavía sentía vergüenza y un poco de asco por el olor fuerte a pies sucios, obedecía sin quejarse, recordando las palabras de su mamá: “Las novias sumisas atienden a su macho aunque les dé un poco de asco al principio”.
Miranda pasaba de vez en cuando por la habitación, observaba en silencio y le daba pequeños tips a Camilita cuando Dogoberto no miraba:
—Sonreíle más, hijita… tocale el pecho mientras le hablás… dejá que te bese el cuello si quiere… mostrále que estás feliz de atenderlo.
Dogoberto estaba encantado. Cada vez que Camilita obedecía una orden o se comportaba de forma sumisa, él sonreía y le decía:
—Qué nenita más buena sos… me gusta cómo me atendés… vas a ser una novia excelente.
Al caer la tarde, Miranda entró al dormitorio y le dijo con voz suave:
—Dogoberto, si querés quedarte a dormir hoy también… estás invitado. Camilita va a seguir atendiéndote esta noche.
Dogoberto aceptó con gusto, claramente feliz con la nueva vida que le estaban ofreciendo.
Camilita miró a su mamá con una mezcla de nervios y aceptación. Miranda le acarició el cabello y le susurró:
—Estás haciendo todo muy bien, hijita. Mamá está orgullosa de su nenita sumisa.

2 Lecturas/4 julio, 2026/0 Comentarios/por Rodri27
Etiquetas: amigos, colegio, hermanos, hija, madre, mayor, mayores, sexo
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