Noche de fiestas patrias
En México acostumbramos festejar las fiestas de independencia. Comenzando en la noche del 15 de septiembre con la ceremonia donde el presidente en turno da “El grito” en la plaza mayor..
Esta noche, mi marido y su amigo Pedro decidieron festejar esta noche en casa para ver por televisión la ceremonia e invitaron a Fermín y a Luis, dos compañeros de su brigada de trabajo. Mi novia Dalita, la esposa de Pedro, convenció a su marido que invitaran a los jóvenes. La idea era que Ramón y Pedro se emborracharan hasta quedar dormidos, y las cincuentonas de nosotras nos divirtiéramos con los muchachos cuya edad no pasa de 25 años.
Cabe aclarar que Dalita ya se los había tirado de esa misma manera en su casa, al final de una reunión, una vez a cada uno, estando completamente borracho su marido. Además, a mí me tocó que Fermín me diera una revolcada en una fiesta de este Año Nuevo. Dalita le encargó a Fermín que ese día me calentara durante el baile, y éste aceptó pues ellos cogen periódicamente. Eso ya lo conté aquí.
Yo me encargué de cocinar el pozole, comida tradicional en este día y Dalita trajo todos los aditamentos (tostadas, salsa, cebolla y lechuga picada), además de unas lenguas de puerco ya cocidas.
Estuvieron también mis hijos y sus parejas, además, Luis trajo a su novia, pero ésta debería regresar a su casa antes de la una de la mañana. Desde las nueve comenzamos a bailar, a cantar y a brindar. Poco antes de las diez servimos la cena y a las once dimos “El Grito”, acompañando a la presidenta. La fiesta siguió, a las once se retiraron mis hijos y poco más tarde se despidió Luis, pero mi marido y Pedro no querían que él se fuera.
–No, no te vayas, estamos tomando y divirtiéndonos muy a gusto –reclamó mi esposo y Pedro lo secundó.
–Sí, también quiero quedarme, pero debo llevar a mi novia a su casa, vamos a pedir un UBER –precisó.
–No, llévate la camioneta y regresas, el UBER te cobrará mucho este día y a esta hora, además tardará bastante en llegar –dijo Pedro.
–Él no puede manejar, no está borracho, pero él y su novia sí traen aliento alcohólico. Si los detienen son 36 horas de arresto –dije.
–Bueno, que te lleve Fermín y se regresan –Dijo mi esposo, dándole las llaves a Fermín, quien no toma, y se retiraron los tres.
–Vamos a divertirnos nosotros un poco mientras ellos regresan –dijo mi marido, metiéndole la mano a Dalita en las tetas.
–¡Espera! –reclamó Dalita–, este chichero está muy apretado –dijo Dalita, retirándole las manos a Ramón al bajarse ésta los tirantes de la blusa para quitarse el brasier.
–Lo bueno de Mar es que no trae sostén –dijo Pedro levantándome la blusa y se puso a mamarme las chiches.
Estaban como becerritos ambos, y nosotras aprovechamos para quitarnos los calzones y abrirles la bragueta para sacarles el pene. “¡Mejor nos encueramos!”, gritó mi marido.
–¡No, qué…! Al rato regresan los muchachos y qué tal si nos encuentran sin ropa y cogiendo. Es más, me llevo la ropa interior nuestra para que no la vean –dije tomando los sostenes y las pantaletas–, mientras sírveles otra copa a estos putos–le ordené a Dalita, porque había que terminar de emborracharlos pronto.
A mi regreso, me senté en el palote del marido de mi novia; ella ya disfrutaba el “riqui-rran” sentada en mi marido. De vez en cuando les llenábamos las copas y estuvimos dándoles gusto a los machos con nuestro movimiento de mecedora hasta que se vinieron. Poco tiempo después, escuchamos el timbre. Fui a abrir, obviamente eran Fermín y Luis, a quienes les di el paso franco.
–Sírveles una copa a los muchachos –ordenó mi marido y yo le di a Luis un Tequila y a Fermín un refresco.
Brindamos con un “¡Viva México, cabrones!” y seguimos bailando. En menos de un cuarto de hora, los maridos ya no se levantaban pues el equilibrio les fallaba, y se quedaron libando sentados. En tanto, bailábamos con los chicos, quienes ya estaban muy calientes pues desde que llegaron se habían dado cuenta que estuvimos cogiendo. Olfatearon el ambiente y se les paró la verga de inmediato. En el baile nos manoseaban discretamente y juntaban su erección en nuestro cuerpo. Luis no estaba borracho, solamente alegre y caliente, Dalita ya le había dicho que nos tenían que coger cuando nuestros maridos estuvieran fuera de servicio.
No pasó mucho tiempo para que Ramón y Pedro estuvieran durmiendo la mona. Con ayuda de los invitados, nos los llevamos a la cama. Allí, les quitamos los zapatos y los calcetines, les dimos una mamada a la que no reaccionaron conscientes, pero sí soltaron algo de leche que nos compartimos Dalita y yo en un beso.
Regresamos a la sala y Fermín me quitó la blusa para que bailara con las tetas al aire. Luis, al verlo, hizo lo propio con Dalita. Entre besos y manoseos seguimos bailando. Al poco tiempo, Dalita les pidió que se encueraran y ellos obedecieron de inmediato. Nosotras nos quitamos las faldas.
Como coreografía ensayada, nos colgamos del cuello del macho cercano y nos ensartamos en su verga. ¡Qué manifestación de juventud al movernos tanto tiempo de arriba abajo! Nosotras nos venimos muchas veces y ellos se mantuvieron estoicamente con el fierro filoso y sin eyacular hasta que quedamos agotadas y le dije a Luis “Vente papacito lléname de semen”, cosa que hizo de inmediato y Fermín lo emuló.
Después de eyacular, nos acostaron; a mí en el sofá y a Dalita en la alfombra. Pasó Fermín cerca de mí con el palo muy escuálido y cubierto del flujo de mi novia y lo agarré de los huevos; lo jalé hacia mi boca y me puse a mamarle la verga “Tú también dame lengua”, le ordené y se colocó en 69 sobre mí. Al ver la acción, Luis le metió la verga en la boca a Dalita y se acomodó para chuparle la panocha a mi novia, quien aceptó gustosa.
Quince minutos de mamadas y ya tenían una erección completa otra vez. Así, acostadas, nos cogieron de misionero hasta que eyacularon nuevamente. Se quedaron quietecitos sobre nosotras. Descansábamos plácidamente cuando escuché que mi marido me llamó: “Mar, dónde estás”. De inmediato les dije, “Chicos, ya váyanse vistiendo para que se vayan en silencio”, le di un pico a cada uno y me fui a la recámara.
–¿Qué quieres? –le pregunté a Ramón, quien se había puesto de pie, pero volvió a caer en la cama.
–Saber dónde estabas, mamita, quiero cogerte –dijo jalándome del brazo para caer sobre él.
–Déjame desnudarte para que me cojas como quieras –le dije comenzándolo a desvestir.
–¡Por poco me cojo a Pedro!, pensé que eras tú –dijo, colaborando para encuerarlo.
–Si quieres te lo desvisto… –le dije y se rio.
En eso entró Dalita, quien ya había despedido a los muchachos y los instruyó para que no fueran a cometer una indiscreción sobre lo ocurrido ese día, “y los que vengan…” concluyó promisoriamente, dándole a Fermín la llave de la camioneta para que se fueran. Ella me ayudó a desvestir a su marido.
–¿Para qué nos despertaron? ¡Ahora, nos chupan la panocha! –dijo sentándose en la cara de su marido.
–¿Estaban cogiendo? ¡Lesbianas putas! –dijo Ramón al sentir mi chocho húmedo en los labios.
–Sí, en la sala hicimos unas tijeritas, y ¡nos vinimos riquísimo” –le contesté al mentirle lo de las tijeritas, y le tallé la cara con mis cuatro labios. Dalita hizo lo mismo con Pedro.
Se volvieron a quedar jetones. Dalita y yo nos acomodamos de espaldas (mejor dicho, de nalgas) entre ellos dos y les lamimos la cara cubierta de atole. Mi marido ya ha probado el atole que he hecho con leche de otros, esta vez probó el sabor con la de Luis. Me falta darle a probar con la del maestro Bedolla, pero ya habrá oportunidad.
La noche y la madrugada transitó como de costumbre: se montan cuando se les para el pito, se vienen y se vuelven a dormir. En esos intervalos, entre cogida y cogida, Dalita y yo cambiábamos de lugar para tener variedad…
En la mañana, como a las diez, Mi marido le dio la leche a Dalita, siguiendo la santa costumbre, creyendo que era yo. Ramón dijo “Toma tu bibi, mamita”. Dalita lo recibió y hasta que Ramón sintió las voluminosas tetas de Dalita en sus nalgas, supo que no era yo. Pedro y yo los miramos divertidos cuando Ramón azorado abrió los ojos.
–Ahora te toca reponerme el biberón que se tomó tu mujer –le dije a Pedro y él, con una sonrisa generosa, se acomodó para cumplir mi petición.
Nos fuimos los cuatro a ducharnos. Dalita y mi esposo en el baño de la recámara y, de la verga, me llevé a Pedro al del cuarto de las visitas. Bajo el chorro del agua caliente nos encularon.
–¡Qué palote tan rico tienes! –le gritaba a Pedro– ¡Métemelo todo, que me salga hasta la garganta!
Pedro se movió con gran enjundia, orgasmeando de manera continua al sentir el recorrido que el pito del macho hacía en mi ducto rectal, pero éste no se vino y me quedé sin sentir su eyaculación en mi intestino. Sin embargo, estaba segura que mi novia Dalita sí había tenido con esa dicha ya que mi marido es muy lechudo. Cosa que corroboré al preguntárselo después a Dalita.
Siguió la tarea de enjabonarnos y enjuagarnos mutuamente acompañando la acción de besos salibones. Ya secos y encuerados prendimos la televisión para ver el desfile militar en la CDMX. Dalita y yo calentamos la comida (recalentado del pozole de ayer) mientras que Pedro y Ramón lavaban los pocos trastos que aún estaban sucios, pues mis hijos habían lavado los de la cena antes de irse.
Al terminar de desayunar ver el desfile, ahí, en la sala, donde Dalita y yo nos habíamos tirado a los dos jóvenes invitados, nos tiramos ahora a nuestros cornudos. Al despegarnos, ellos traían un camaroncito escuálido, muy reluciente cubierto de atole.
–¡Ahora, con 69 del mismo sexo, limpiémonos la alegría con la lengua! –dije tomando del talle a Dalita para acostarnos en el sofá.
Mientras mirábamos cómo Pedro y Ramón, tirados en la alfombra, gustosos se mamaban la verga y los huevos, nosotras saboreábamos el atole de nuestras vaginas. Acicateadas por el espectáculo que nos daban nuestros maridos –se les comenzaban a erguir los instrumentos y las caricias que se daban eran unas tiernas chaquetas acompañadas de sus bocas chupando frenéticamente los huevos del amigo– nosotras nos dábamos lengua soltando mucho flujo que apurábamos con amor.
Al terminar de hacer y ver los deliciosos 69 cada una tomamos a nuestros maridos para besarlos y acariciarlos con la misma ternura que, por horas, otrora lo hacíamos de novios o recién casados al acabar de coger.
–Es hora de irse –expresó Pedro, dirigiéndose a Dalita.
–Gracias por la visita, permítanos vestirlos –dije yendo por la ropa que estaba en la recámara, en tanto que Dalita le dio a Ramón la blusa y la falda de ella, que estaban en la sala.
Regresé con la ropa y zapatos de Pedro y con las pantaletas y el sostén de Dalita, los cuales puse en manos de mi marido para que, entre besos y caricias, vistiera a mi novia, Yo, por mi parte hice lo mismo con Pedro. Nos despedimos de nuestros amigos con un dulce beso de lenguas y mi marido y yo regresamos a la cama.

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