Un matrimonio + 1
Naruto, como Hokage, recibe al Raikage A con todos los honores. La delegación de Kumogakure ha venido a renegociar tratados comerciales tras tensiones recientes. Es una noche crucial para la paz entre aldeas. .
Naruto, como Hokage, recibe al Raikage A con todos los honores. La delegación de Kumogakure ha venido a renegociar tratados comerciales tras tensiones recientes. Es una noche crucial para la paz entre aldeas.
Hinata está presente como representante del clan Hyūga y esposa del Hokage, vestida con un kimono diplomático azul oscuro que deja ver su cuello y los hombros. Su Byakugan es un activo valioso en estas negociaciones, pero esta noche, el Raikage solo tiene ojos para ella como mujer.
Durante la cena, un mensajero urgente interrumpe: un incidente en las afueras de la aldea requiere atención inmediata del Hokage. Naruto duda — no quiere dejar a Hinata sola — pero el problema parece grave. Promete volver en menos de una hora.
— Estaré bien — le asegura Hinata con una sonrisa tranquila. — El Raikage y yo podemos… conversar mientras tanto.
Naruto parte apresurado, dejando a Hinata sola con A y un par de guardias en la puerta, lejos.
A aprovecha inmediatamente. Se acerca a Hinata, imponiendo su estatura — más de dos metros de músculo y presencia.
— Tu esposo me parece un hombre ocupado — ruge con voz grave, casi un murmullo. — Demasiado ocupado para apreciar lo que tiene.
Hinata da un paso atrás, pero su espalda choca contra la pared. El corazón le golpea el pecho.
— Raikage-sama, por favor…
— Shh. — A levanta una mano enorme, acariciando su mejilla con un dedo grueso. — No hace falta que digas nada. Tu Byakugan ya me ha visto mirarte toda la noche.
Hinata quiere moverse, quiere llamar a los guardias, pero su cuerpo no responde. Hay algo en la confianza brutal de A, en su tamaño, en la forma en que la mira como si ya fuera suya, que paraliza sus pensamientos.
A inclina la cabeza, acortando la distancia. Hinata puede oler su perfume — madera, sudor y algo animal.
— Una hora — murmura contra su oído. — Me bastan diez minutos para hacerte sentir lo que ese rubio nunca te ha dado.
Su mano desciende por su cuello, sus dedos rozando el borde del kimono. Hinata jadea, su Byakugan activándose por instinto, mostrándole cada detalle: el pulso acelerado de A, su propia excitación traicionera, la dureza creciente contra su muslo cuando A se presiona contra ella.
— No… — susurra Hinata, pero su cuerpo se arquea ligeramente hacia él.
A sonríe, triunfante. Sabe que el «no» es teatro.
— Dime que me detenga y me detengo — desafía, su mano ya dentro del kimono, encontrando piel suave. — Pero no lo harás, ¿verdad? Quieres saber cómo se siente un hombre de verdad.
Hinata cierra los ojos, las lágrimas de vergüenza humedeciendo sus pestañas. Su silencio es su consentimiento.
A no espera permiso. Cuando Hinata da ese paso atrás y choca contra la pared, él ya está sobre ella, su cuerpo masivo bloqueando cualquier escapatoria. Hinata tiene que inclinar la cabeza completamente hacia atrás para mirarlo — dos metros de músculo, tatuajes de nubes en los hombros, y una erección que presiona contra su estómago incluso a través de las ropas.
— Por favor… — repite Hinata, pero su voz carece de convicción. Sus manos, en lugar de empujar, se aferran a los brazos de él, sintiendo la dureza bajo los dedos.
A toma su mandíbula con una mano, forzándola a mirarlo. Sus ojos ámbar la atraviesan.
— Deja de decir «por favor» si no lo sientes — gruñe. — Tu Byakugan no miente. Te veo, Hinata. Tu pulso. Tu respiración. Estás mojada desde que tu esposo salió de la habitación.
Hinata quiere negarlo, pero A ya está bajando la otra mano, levantando su kimono con movimientos deliberados. La seda azul se acumula en su cintura, exponiendo sus muslos pálidos, sus bragas blancas — y la mancha oscura de humedad en el centro.
— Mierda — suspira A, genuinamente impresionado. — Mirarte ya es un espectáculo.
A no se quita la ropa todavía. Primero quiere quebrarla, quiere que ella lo suplique. Su mano grande se desliza entre sus piernas, el pulgar rozando el algodón húmedo, y Hinata jadea, sus rodillas cediendo.
— No… — jadea, pero sus caderas se empujan hacia adelante, buscando más contacto.
— ¿No? — A presiona más fuerte, frotando el tejido contra su clítoris. — ¿Entonces debería parar?
Hinata no responde. No puede. Su boca está abierta, su respiración entrecortada, sus ojos blancos del Byakugan brillando con una intensidad que nunca muestra en combate. Está viendo demasiado — la expresión triunfal de A, su propio cuerpo respondiendo, la forma en que sus pezones se endurecen bajo el kimono.
A aprovecha su silencio. Tira de sus bragas hacia abajo, dejándolas caer alrededor de sus tobillos. Hinata está expuesta ahora, su sexo desnudo y brillante, los labios hinchados y separados. A no puede resistirse — se arrodilla, algo que hace ver aún más imponente su estatura, y hunde su rostro entre sus muslos.
El primer lametón hace que Hinata se estremezca violentamente. A es voraz, sin delicadeza, su lengua ancha y áspera recorriendo su hendidura de abajo hacia arriba, deteniéndose en su clítoris para chupar con fuerza. Hinata muerde su puño, sabiendo que los guardias afuera podrían escuchar, pero los sonidos escapan de todos modos — gemidos ahogados, jadeos, el chasquido húmedo de la boca de A devorándola.
— Sabe dulce — gruñe A contra su piel, sus dedos entrando en ella, dos de inmediato, gruesos y fuertes. — Y estás apretada. Ese rubio no te folla como debería.
Hinata niega con la cabeza, pero su cuerpo contraice alrededor de los dedos de A, succionándolos. Está cerca, tan cerca, y A lo sabe. Retira su boca justo cuando ella está al borde, negándole el orgasmo.
— No todavía — dice, limpiándose la boca con el dorso de la mano. — Quiero sentirte venir en mi polla.
A se pone de pie, y ahora sí se desviste. El kimono de Kumogakure cae, revelando un torso esculpido, músculos que parecen tallados en obsidiana. Pero lo que hace que Hinata jadee, que sus ojos se abran completamente, es lo que hay debajo.
Es enorme. No solo largo — aunque lo es, fácilmente el doble de Naruto — sino grueso, la circunferencia comparable a su muñeca. La punta es brillante de pre-semen, la vena dorsal palpitante. Hinata siente pánico genuino por primera vez.
— No… no cabe — balbucea, su instinto de supervivencia finalmente activándose.
A ríe, bajo y gutural.
— Cabe — asegura, acariciándose lentamente. — Y vas a tomar cada centímetro, señora Hokage. Ahora date la vuelta. Quiero ver ese culo mientras te abro.
Hinata obedece, girándose, apoyando las manos en la mesa de reuniones. Los documentos diplomáticos — tratados de paz, acuerdos comerciales — están bajo sus palmas sudorosas. A levanta su kimono completamente, exponiendo su trasero pálido y redondo. La nalguea una vez, fuerte, dejando una marca roja que Hinata siente arder.
— Hermoso — murmura A, posicionándose detrás de ella. — Mírame por encima del hombro. Quiero ver tus ojos cuando entre.
Hinata gira la cabeza, su Byakugan mostrándole todo con claridad cruel: la punta de A presionando contra su entrada, la tensión de sus músculos, la gota de humedad corriendo por su muslo interno. Y luego él empuja.
El dolor es inmediato, intenso, un estiramiento que roza en lo violento. Hinata grita, su mano volando hacia su propia boca para contenerse. A no se detiene — no puede, no quiere — siguiendo empujando, avanzando centímetro a centímetro, su polla desapareciendo dentro de ella.
— Respira — ordena A, sus manos agarrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar moretones. — Relájate o te romperé.
Hinata intenta obedecer, jadeando a través de la nariz, sintiendo cómo su cuerpo cede gradualmente. El dolor se transforma, se convierte en algo más profundo, más pleno. Cuando A finalmente está completamente dentro, sus caderas contra su trasero, Hinata siente que podría sentirlo en su garganta. Es demasiado, está demasiado llena, y nunca ha sentido algo tan intenso.
espera, dándole un momento, pero no mucho. Cuando Hinata empuja hacia atrás experimentalmente, buscando más, él toma eso como permiso para moverse.
Sus embestidas son profundas, completas, saliendo casi por completo para luego hundirse de nuevo hasta el fondo. La mesa cruje bajo el impacto, los documentos cayendo al suelo. Hinata ya no puede contener los sonidos — gime abiertamente, su voz subiendo de tono con cada golpe.
— Más fuerte — suplica, y no sabe de dónde sale eso. — Por favor, más fuerte…
A obedece, aumentando el ritmo, sus caderas golpeando contra ella con fuerza que hace que sus pechos reboten. Una mano se desliza hacia adelante, encontrando su clítoris, frotándolo en círculos brutales mientras continúa embistiendo.
— Eso es, perra — gruñe A, perdiendo su compostura diplomática. — Folla mi polla. Olvida a ese rubio inútil.
Hinata no puede pensar en Naruto ahora ni si quisiera. Su mundo se ha reducido a la sensación de ser llenada, de ser usada, de ser tomada por este hombre que la trata como objeto y la hace sentir más viva que nunca.
A cambia el ángulo, inclinándose sobre ella, y de repente cada embestida golpea un punto dentro de ella que hace que Hinata vea estrellas. Su orgasmo se acumula rápidamente, imparable, una ola que la arrastra.
— Voy a… — intenta advertir, pero A ya lo siente, su cuerpo contrayéndose alrededor de él, su respiración en jadeos superficiales.
— Ven — ordena, sus dedos apretando su clítoris. — Ven ahora, puta infiel.
La palabra debería ofenderla, pero en su lugar la empuja al borde. Hinata explota, su cuerpo arqueándose, su boca abierta en un grito silencioso mientras las convulsiones la atraviesan. Es el orgasmo más intenso de su vida, durando segundos que parecen eternos, su visión blanca por completo.
A no se detiene. Sigue embistiendo, usando su cuerpo convulsionante para su propio placer, hasta que él también gruñe, se hunde profundo una última vez, y Hinata siente el calor de su semen llenándola, chorro tras chorro, marcándola por dentro.
Se quedan así un momento, jadeando, conectados. Luego A se retira, y Hinata siente la pérdida, el vacío, y la humedad goteando por sus muslos.
Hinata se arregla con manos temblorosas. El kimono oculta los moretones en sus caderas, pero no puede ocultar lo que siente dentro — la pesadez de su vientre, la humedad entre sus piernas, el olor de A impregnado en su piel.
Cuando Naruto entra, sonriente, disculpándose por la demora, ella está sentada perfectamente, ofreciendo té. Su sonrisa es la de siempre — tímida, gentil, amorosa.
— ¿Todo bien? — pregunta Naruto, ingenuo, confiado.
— Perfecto — responde Hinata, y la mentida le sabe amarga en la lengua. — Hemos tenido una conversación muy productiva.
Naruto la abraza, y ella siente que podría desmoronarse. Su esposo — bondadoso, paciente, el padre de sus hijos — la abraza mientras el semen de otro hombre se seca dentro de ella.
Esa noche, en su cama, Naruto hace el amor con ella. Es dulce, atento, familiar. Hinata cierra los ojos y finge disfrutarlo, pero su cuerpo no responde igual. Ha probado algo más oscuro, más intenso, y la dulzura de Naruto ahora sabe a insuficiente



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