La entrevista de trabajo
Una entrevista de trabajo salió mejor de lo que esperaba..
Karla cerró la puerta del clóset. El vestido negro seguía en la percha. Eran las cinco de la tarde. La entrevista no era en una oficina. Era en su casa, de noche, con cena.
El CEO no confiaba en papeles. Decía que un currículum no mostraba si una candidata vivía con alguien, si había un cuarto de bebé escondido, si el ambiente olía a familia. Por eso “inspeccionaba” las casas: quería ver con sus ojos si la mujer que iba a poner al frente de un departamento podía desaparecer seis meses por una baja de maternidad y dejarle el área hecha un desastre. No contrataba casadas para puestos gerenciales. Lo decía sin tapujos en los pasillos: una mujer casada, tarde o temprano, se embarazaba. Y él no pensaba pagar sueldos de gerencia a alguien sentada en su casa con un hijo. Prefería solteras ambiciosas, sin anillo, sin plan de cuna. Por eso venía personalmente. Por eso la cena era en el comedor de ella y no en un restaurante.
—Tienes que irte —le dijo Karla a su esposo, sin rodeos—. Quiero que no estés cuando llegue.
Él estaba sentado en la orilla de la cama, en camiseta.
—No.
—Es una cena de trabajo. Va a durar horas. No necesito que estés aquí.
—Sé cómo es ese tipo. Todos en tu empresa lo saben. Coquetea con las que le gustan. Entra a las casas. Pregunta si están casadas. No. No me voy.
Karla se giró.
—Confía en mí.
—No confío en él. En ti sí. En él, no.
Ella se acercó, se agachó un poco y le tomó las manos.
—Este puesto es gerencia. Si lo saco, se acaba el apretón de cada quincena. Te lo ruego. Sal. Ve al cine. Regresa a las doce.
—No.
Discutieron. Ella alzó la voz. Él la bajó, terco. Karla se pasó las manos por la cara, dio dos vueltas por la habitación y de pronto se detuvo.
Lo miró de verdad: delgado, hombros estrechos, labios gruesos y esa hinchazón suave en el pecho.
La ginecomastia era eso: tejido mamario de más. No era grasa suelta. Eran dos montículos pequeños, redondos, con pezón y aureola, lo bastante formados como para llenar un brasier si se les empujaba. Él lo odiaba. Ella lo conocía de memoria, de la ducha, de las mañanas en que se le marcaba bajo la camiseta. Precisamente por eso se le ocurrió. Si lo vestía de mujer, esos pechos no habría que inventarlos. Solo habría que mostrarlos.
—Si te quieres quedar —dijo despacio—, te quedas. Pero con una condición.
—Cuál.
—Te vistes de mujer. Te haces pasar por mi hermana. Valeria. Vives conmigo. Soltera. Él no puede saber que estoy casada y mucho menos que hay un hombre en esta casa.
El esposo se rió, corto.
—Ni loco.
—O te vistes o te vas. No hay tercera.
—Karla, no.
—Sí. O te pones el vestido, el maquillaje y te quedas callado como mi hermana, o sales por esa puerta ahora. Elige.
Él se levantó.
—Esto es una estupidez.
—Es el trabajo de mi vida.
—No me voy a poner un vestido para que un viejo me mire las tetas.
—Entonces ándate.
Silencio. El reloj marcaba las cinco y veintidós. Él miró la puerta. Miró a ella. Apretó la mandíbula.
—No me voy —dijo al fin, con rabia—. Pero esto lo vas a recordar.
Karla no sonrió. Lo sentó frente al tocador.
Lo hizo despacio. Base para tapar la sombra de barba. Corrector. Rubor. Delineado. Pestañas. Labial rosa oscuro que le hinchó todavía más esos labios. El cabello, un poco largo en la nuca, peinado suelto, con una onda hacia la cara. Pendientes. Collar.
Después la ropa. Eligió a propósito un vestido rojo vino, corto, con un escote en V tan profundo que el canalillo de la ginecomastia quedaba a la vista: esos dos pechos pequeños, firmes, redondos, que el brasier push-up juntaba y empujaba hacia arriba. No era un disfraz cualquiera. Era precisamente por eso. Medias. Tacones de siete centímetros. Un anillo delgado.
Cuando terminó, Karla dio un paso atrás.
Él se miró en el espejo de cuerpo completo y se le quebró un segundo la expresión. No era él. Era una mujer delgada, de cara bonita, labios carnosos, escote pronunciado y caderas que el vestido afinaba. Más llamativa, en ese instante, que la propia Karla.
—Joder —murmuró ella—. Si yo no te conociera…
—Cállate —dijo él, pero la voz le salió más suave.
—Eres Valeria. Mi hermana menor. Llegaste hace un mes. No tienes novio. Sonríes poco. Dejas que yo hable.
Él asintió, rígido.
El timbre sonó a las siete en punto.
Karla abrió.
El CEO llenó el marco de la puerta. No era un ejecutivo blando de oficina. Era un hombre muy varonil: hombros anchos que estiraban el saco oscuro, cuello grueso, mandíbula marcada, barba de dos días bien recortada. Alto. Manos grandes, de dedos largos, con una alianza que no era de matrimonio sino de reloj caro. La mirada oscura, segura, de quien entra a una casa como si ya fuera suya. Atractivo de esa forma que incomoda: no bonito, sino macho. Traía una botella de whisky bueno bajo el brazo.
Besó a Karla en la mejilla, un segundo largo, y entonces vio a la otra.
Se le paró la frase en la boca.
Valeria estaba de pie junto al sofá, las manos juntas adelante, el escote marcado por la luz de la lámpara. El CEO la recorrió sin disimulo: labios, cuello, canalillo, cintura, el borde del vestido sobre los muslos. Esas manos grandes se cerraron un instante en el aire, como si ya quisieran tocar.
—No me habías dicho que vivías con alguien —dijo, y la voz le cambió, más grave.
—Mi hermana. Valeria.
Él le tendió la mano. La palma era amplia, caliente, callosa en los bordes. Valeria la estrechó. El CEO no soltó de inmediato. El pulgar le rozó los nudillos.
—Encantado. Muy encantado.
Karla sintió el estómago apretado. Su esposo tenía la mandíbula tensa bajo el maquillaje.
Recorrieron la casa. El CEO preguntaba por recámaras, por “si pensaban agrandar la familia”, por horarios. No era conversación vacía: estaba buscando señales. Una cuna. Un closet de hombre. Un segundo cepillo de dientes demasiado evidente. Karla respondía que no, que el trabajo era primero, que no tenía planes de matrimonio. Él asentía y, cada dos frases, la mirada se le iba a Valeria: a cómo se le marcaba el culo cuando se agachaba a recoger un cojín, a cómo el escote se profundizaba al reírse nerviosa, a esos pechos pequeños que el vestido no escondía.
En la cocina, mientras Karla sacaba copas, Valeria se le pegó al oído:
—Me está comiendo con los ojos. Me quiero ir.
—Aguanta —susurró Karla—. Un rato. Sonríe. No lo cortes. Por favor.
—Me da asco.
—Lo sé. Hazlo por esto. Solo síguele un poco la corriente.
El esposo cerró los ojos. Asintió, mínimo.
Cenaron. El CEO servía whisky como si fuera agua. Esas manos grandes llenaban las copas sin derramar. Primero Karla. Después Valeria. El hielo, el ardor en la garganta, la risa que se volvía más fácil. Él hablaba de la empresa, de viajes, de “mujeres que no se amarran”. Le llenaba la copa a Valeria cada vez que bajaba un dedo.
—Ese vestido —dijo en un momento, mirándola por encima del vaso, con esa voz grave— debería ser ilegal.
Valeria se removió. Las medias le rozaban. El brasier le apretaba los pezones, ya sensibles por la ginecomastia. Quiso responder con sequedad. En cambio sonrió, pequeña, porque Karla le había apretado la rodilla bajo la mesa.
El alcohol hizo lo suyo. Las voces se espesaron. El CEO se inclinaba más. Una vez le apartó a Valeria un mechón de la cara y los dedos gruesos le rozaron la oreja. Otra, le sostuvo la mirada mientras decía que las dos juntas eran “un problema lindo”.
Karla se levantó a “buscar más hielo”. En la cocina, contra la tarja, le habló bajo a su esposo:
—Está funcionando. No te pongas dura. Déjalo acercarse un poco más. Si se pone pesado, yo corto. Confía.
Valeria tenía las mejillas calientes. El whisky le había aflojado el pecho. Asintió otra vez.
Volvieron. Música baja. El CEO se puso de pie. Los hombros anchos taparon casi la lámpara. Ofreció la mano a Karla. Bailaron cerca. La palma enorme en la cintura de ella. Después miró a Valeria.
—Ahora la hermana.
Valeria dudó. Karla le hizo un gesto con la barbilla.
El CEO la tomó. Una mano grande en la cintura, la otra en la espalda desnuda. Bailaban pegados. Valeria sintió el muslo del hombre, y después, contra su cadera, la dureza que se le estaba armando. El estómago se le revolvió. También, traidor, otra cosa más abajo.
—Tienes unos labios de pecar —le dijo el CEO al oído, la voz rozándole el cuello—. Y ese escote… tu hermana es lista. Tú eres otra cosa.
Karla se acercó por detrás, puso las manos en los hombros de su esposo, como un juego entre las tres. El CEO se rio y besó a Karla primero: boca abierta, lengua, un gemido bajo. Luego giró la cara y besó a Valeria.
Los labios carnosos se abrieron. El beso fue húmedo. Valeria gimió sin querer. El whisky, el miedo y el roce de esa polla contra su vientre se le juntaron en la cabeza.
De ahí se fueron al sofá.
El CEO se sentó en el centro. Karla a un lado, Valeria al otro. Él las besaba por turnos. Esas manos grandes le subían por los muslos. A Karla le metió los dedos bajo el vestido negro. A Valeria le apartó el escote y le sacó un pecho: pequeño, redondo, el pezón ya duro por la ginecomastia. Lo chupó. Valeria arqueó el cuello. Karla le acariciaba el cabello a su esposo, fingiendo complicidad de hermanas.
—Las dos —dijo el CEO, con la voz ronca—. Quiero las dos bocas.
Se desabrochó. La polla le salió gruesa, venosa, ya brillante en la punta, a la medida de esas manos. Karla se arrodilló primero. La lamió de la base a la cabeza, lenta, y se la metió. El CEO jadeó y le sujetó el pelo con los dedos anchos. Después jaló a Valeria hacia abajo.
—Ahora tú.
Valeria abrió esos labios pintados. El sabor a Karla y a piel. Bajó. Subió. El CEO gruñó.
—Juntas.
Se acomodaron a los dos lados. Las dos lenguas en el mismo falo: Karla en un costado, Valeria en el otro, subiendo y bajando, encontrándose arriba, en la cabeza, donde se daban un beso corto, húmedo, con la polla en medio. Se turnaban. Una la tragaba hasta casi la base mientras la otra lamía los huevos. Después cambiaban. Se miraban. Se besaban otra vez, labial corrido, saliva compartida, la verga del CEO latigándoles la mejilla.
—Así —jadeaba él—. Las dos putas. Las dos.
Karla le sacó la polla de la boca a Valeria y la besó profundo, a propósito, para que él viera. El CEO maldijo y las empujó más juntas.
Después recostó a Karla en el sofá, le subió el vestido, le apartó la tanga y se la metió de un embate. La folló mirando a Valeria, que seguía de rodillas, con un pecho afuera y la boca hinchada. Le daba palmadas en el culo a Karla con esa mano grande y le decía a la “hermana”:
—Mírala. Así la quiero a ti después.
Cuando Karla se corrió, temblando, el CEO salió, brillante, y volteó a Valeria de bruces sobre el brazo del sofá. Le subió el vestido rojo hasta la cintura. Le bajó las bragas. Las nalgas quedaron al aire: redondas, firmes, pataditas, pálidas, con esa curva que el vestido había estado anunciando toda la noche.
Las separó con los pulgares anchos. Escupió. Empujó.
Valeria apretó los dientes contra el cojín. La entrada ardió y luego se convirtió en una presión honda que le robó el aire. El CEO se la empezó a coger con estocadas largas, agarrándole las caderas con esas manos grandes, viendo cómo desaparecía dentro de ese culo. Con la otra mano le apretaba un pecho, el escote todavía abierto, el pezón entre los dedos.
Karla se arrodilló al lado, le apartó el pelo a su esposo y lo besó en la boca mientras el otro hombre lo penetraba.
—No sabe —le susurró, solo para él—. No va a saber nunca.
El CEO aceleró. El sonido era húmedo, obsceno. Las nalgas de Valeria rebotaban. Karla metió la mano entre las piernas de su esposo y lo masturbó por encima de lo poco que quedaba de tela, al ritmo de las embestidas.
—Me vengo —gruñó el CEO—. Dentro. En este culo.
Se clavó hasta el fondo y se vació. Pulsando. Caliente. Valeria lo sintió llenarle por dentro, chorro tras chorro, mientras el hombre de hombros anchos se quedaba temblando contra su espalda.
Salió despacio. Un hilo espeso resbaló entre las nalgas, bajó por el muslo, manchó el vestido rojo y las medias.
El CEO se rio, satisfecho, les besó el hombro a las dos y se sirvió otro whisky con la verga todavía semidura.
—Mañana hablamos del puesto, Karla —dijo—. Pero esta noche… esta noche se ganan más que un contrato.
Se despidió cerca de la una, con un último roce de esa mano grande en la cintura de Valeria y un “nos vemos pronto” que sonó a amenaza dulce.
Cuando la puerta se cerró, Karla y su esposo se quedaron en la sala. El olor a sexo, a whisky y a perfume. Valeria —él— tenía las piernas temblando, el escote torcido, el semen todavía caliente adentro.
Karla le limpió el labial de la comisura y le besó la boca.
—No se enteró de nada.
Él no contestó. Solo la dejó abrazarlo, con el vestido a media cadera y las nalgas húmedas.
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