La entrevista de trabajo en casa
El esposo no se quería ir de su casa así que su mujer le pide una sola cosa….
Karla cerró la puerta de la calle con más fuerza de la necesaria. Todavía traía el teléfono en la mano y la sonrisa no se le había ido desde que colgó.
—¡Luis! —gritó hacia la sala—. ¡Luis, ven!
Él salió de la recámara en pantalón de casa. La vio y entendió de inmediato que algo grande había pasado.
—Me llamaron de la clínica —dijo ella, casi sin respirar—. La transnacional. Quieren que me entreviste el CEO en persona. Omar. Viene a la ciudad nada más por esto. Y la entrevista es aquí. En la casa.
Luis frunció el ceño.
—¿Aquí?
Karla dejó el bolso en el sofá.
—Sí. Él lo pidió así. Siempre revisa personalmente el entorno de las candidatas a puestos altos. No le gusta contratar mujeres casadas porque después salen embarazadas y se van meses con la incapacidad. Quiere ver cómo vivo, si hay señales de esposo, de familia, de niños. Por eso viene a casa.
Se le acercó y le tomó las manos.
—Es el puesto, Luis. Directora médica de estética. El sueldo, el prestigio, todo. No puedo dejarlo pasar.
Él la miró en silencio.
—Y quieres que yo no esté.
—Solo mientras dura la entrevista. Unas horas. Te vas con un amigo, al cine, a donde sea. Yo le digo que vivo sola. Termina, se va, y tú regresas.
Luis soltó una risa seca.
—No. Ni loco. Yo sé cómo es ese tipo. Todos en el medio lo saben. Coquetea con todo lo que se mueve y le gusta “inspeccionar” casas. No te voy a dejar sola con él aquí adentro.
—Luis, por favor.
—No.
Ella insistió. Le explicó otra vez lo que significaba el trabajo. Le pidió que confiara en ella. Le prometió que sería corto, profesional, que ella sabría manejarlo. Luis cruzó los brazos.
—No me voy. Punto. Si ese hombre entra a esta casa, yo estoy aquí.
Karla se quedó parada en medio de la sala. Se le acabaron los ruegos. Se sentó en el borde del sofá, se tapó la cara un momento y pensó. Cuando levantó la vista, ya no estaba pidiendo.
—Entonces hay una sola condición —dijo—. Si te quedas, te vistes de mujer.
Luis la miró como si hubiera hablado otro idioma.
—¿Qué?
—Eso o te vas. No hay tercera opción. Él no puede saber que tengo esposo. Si te ve como hombre, se acaba. Si te ve como una mujer que está de visita, pasa. Yo me encargo del resto.
—Estás loca.
—Estoy decidiendo mi carrera. Tú decides si te quedas o te vas. Pero si te quedas, esta noche eres una mujer.
El silencio se alargó. Luis apretó la mandíbula, miró hacia la ventana, después otra vez a ella. Al final habló bajo, con rabia.
—A regañadientes. Pero lo hago. Y que quede claro que esto es por ti, no porque me dé la gana.
Karla se levantó de inmediato, ya en modo clínica.
—Bien. Ven al consultorio de la casa. Voy a hacerte unos arreglitos. Nada permanente. Estás de vacaciones. Para cuando regreses a trabajar, los efectos ya habrán bajado lo suficiente. Y si hace falta, te los disuelvo yo misma.
Lo sentó en la camilla. Se lavó las manos, se puso guantes y le explicó cada cosa mientras preparaba las jeringas.
—Pómulos primero. Ácido hialurónico de densidad media, el mismo que uso en clínica para proyección malar. Se coloca profundo, sobre el hueso, para levantar el tercio medio de la cara y darte ese pómulo alto, femenino. El cuerpo lo reabsorbe. En unas semanas el volumen más evidente baja.
Le limpió la zona, marcó puntos y fue inyectando despacio, moldeando con los dedos. Luis apretaba los dientes.
—Mandíbula. Un poco de hialurónico más firme para suavizar el ángulo. Que no se vea tan cuadrada.
Pasó a los labios.
—Tú ya los tienes carnosos. Solo un toque mínimo en el borde para definirlos. Temporal.
Lo hizo recostar boca abajo.
—Glúteos. Ácido hialurónico de alta densidad para proyección y redondez. Se coloca en puntos estratégicos, subcutáneo profundo, para levantar y dejar las nalgas altas, redondas, sexys. Sin short. Sin relleno de tela. Esto tiene que verse y sentirse de verdad. El cuerpo lo metaboliza. Si queda algo cuando vuelvas a trabajar, te aplico hialuronidasa.
Le infiltró en ambos glúteos, moldeando con las palmas. Cuando lo puso de pie, las nalgas ya se veían distintas: más llenas, más levantadas, con esa curva que pide que te las agarren.
Después lo sentó otra vez y le tocó el pecho con el dorso de los guantes.
—Esto es ginecomastia —dijo, sin rodeos—. Te creció tejido glandular y un poco de grasa en la mama. Por eso tienes senos de verdad, no solo “pecho de hombre”. Los pezones se te marcan, hay volumen, hay sensibilidad. Siempre lo odiaste. Esta noche lo vamos a usar.
Luis apartó la mirada.
—Por eso el escote. No es un disfraz hueco. Hay pecho real que empujar, juntar y mostrar. Y sí, clínicamente se puede sumar un poco más. En medicina estética a veces se usa ácido hialurónico también en mama para dar forma y una proyección discreta, no para hacer una talla enorme. Te voy a poner una cantidad pequeña, solo para redondear lo que ya tienes, subir un poco el polo superior y que el escote se vea más lleno. También se reabsorbe. También se puede disolver.
Le limpió la piel, marcó y infiltró con cuidado, moldeando el contorno para que el pecho se viera más redondo y un poco más alto. Encima le colocó el brasier push-up. El resultado no era un implante: era su ginecomastia, más llena, más junta, lista para un escote hondo.
Faja de cintura. Peluca castaña larga, ondulada. Maquillaje de alta cobertura: primer, base, contouring, sombra, pestañas, labial.
Antes del vestido, Karla abrió un cajón y sacó dos tangas. Una negra, mínima. Otra de encaje, del mismo corte.
—Esto debajo —dijo—. Las dos. Para la cena.
Luis se quedó un segundo con la prenda en la mano. Se la puso. La tira se le hundió entre las nalgas recién proyectadas y le dejó el culo al aire, redondo, alto. Karla se puso la suya y después el vestido. A él le subió el negro, corto, con escote en V pronunciado. La tela bajó sobre los senos tratados y sobre las nalgas sin nada que las aplastara. Tacones.
Cuando lo puso frente al espejo, Luis no habló durante varios segundos.
La mujer del cristal tenía pómulos altos, labios definidos, cintura estrecha, senos juntos y un poco más llenos asomando en el escote, y un culo redondo, sexy, levantado.
—Esta noche te llamas Valeria —dijo Karla—. Eres mi prima. Llegaste ayer de visita. No hables de más. Sonríe cuando te hablen. Y aguanta.
Omar llegó puntual.
Era alto, de hombros anchos, pecho firme bajo la camisa, manos grandes, cuello grueso, mandíbula marcada. Muy atractivo y muy varonil. El traje oscuro le quedaba como hecho a medida. Al sonreír se le marcaba un hoyuelo apenas, pero la mirada era de hombre que está acostumbrado a que le abran la puerta.
Karla abrió. Detrás de ella, un paso más atrás, estaba Valeria.
La mirada de Omar fue primero a Karla y después se quedó en la otra. Se le notó el golpe.
—Doctora Karla. Qué casa tan agradable… y usted es…
—Valeria. Mi prima. Está unos días conmigo.
—Qué coincidencia tan afortunada —dijo Omar, con esa voz grave—. Dos mujeres así en el mismo lugar.
La cena fue en la sala. Karla había preparado algo sencillo y había sacado el whisky bueno. Omar hablaba del grupo, de las clínicas, de lo que esperaba de una directora. Pero los ojos no descansaban. Iban del escote de Karla al de Valeria, de la boca pintada de una a los labios recién definidos de la otra. Cada vez que Valeria se inclinaba, el vestido se abría y los senos —ginecomastia más el toque de hialurónico— se marcaban redondos, juntos. Cuando se levantaba, las nalgas se movían altas, con peso propio. Omar no apartaba la vista.
Luis, al principio, se tensaba con cada comentario. Un “qué bonita boca”, un “ese vestido te queda peligroso”, una risa baja cuando ella cruzaba las piernas. Le molestaba. Se le notaba en la forma de sostener la copa.
Karla lo vio. Cuando Omar fue al baño, lo jaló a la cocina y lo arrinconó contra la encimera.
—Sigue un poco la corriente —le susurró pegada a la oreja—. No te estoy pidiendo que te lo tires. Solo que no pongas esa cara. Ríete. Déjalo que te mire. Si se pone incómodo se va y se lleva el puesto. Por favor.
Luis iba a responderle, pero ella ya había salido otra vez.
El whisky hizo el resto.
No fue de golpe. Fue copa a copa. El calor en el pecho, la tela del vestido rozándole los senos sensibles, la tanga clavada entre las nalgas que ahora sentía más grandes, el peso de la peluca, el sabor del labial cada vez que bebía. Los cambios que Karla le había hecho no eran solo visuales: le habían puesto un cuerpo que respondía distinto al roce, a la mirada, al alcohol. En algún momento, entre la tercera y la cuarta copa, Luis dejó de pelear tanto consigo mismo. Empezó a notar cómo se le veían las piernas al cruzarlas. Cómo el escote le quedaba. Cómo Omar lo miraba y esa mirada, en vez de solo molestarlo, le calentaba el bajo vientre. El lado femenino que nunca había querido ver se le asomó con el whisky: la gana de girarse un poco más al caminar, de reírse bajo, de dejar que la mano grande le tocara la cintura un segundo de más.
Se desinhibió. Quiso explorarlo.
Cuando pusieron música y Omar extendió las manos, Valeria ya no tardó tanto.
—Un baile. Las dos. No me dejen plantado.
Karla aceptó. Valeria también. Omar las tenía cerca: una mano en la cintura de Karla, la otra más abajo en Valeria, palmeando el glúteo tratado, sintiendo lo firme y lo redondo que estaba. Hablaba bajo, cerca de las dos.
—Ustedes juntas son un problema. No sé a cuál ponerle atención.
Karla reía, coqueta. Valeria, ya caliente por el alcohol y por verse así, dejó que la mano se quedara. Los pezones se le marcaron contra la tela. Sentía el pecho de Omar al acercarse, duro, ancho, y el olor de su perfume mezclado con piel caliente. Le dio vergüenza lo mucho que le gustaba.
El primer beso fue para Valeria. Omar le tomó la cara con una mano grande y le besó los labios carnosos sin pedir permiso. Esta vez ella no se quedó del todo rígida. Dudó un segundo y después abrió la boca. Él lamió el labio inferior, se separó apenas.
—Perdón. Es que esa boca…
Karla se acercó y lo besó ella, más larga, más segura. Después tomó la mano de Valeria y la puso en la nuca de Omar. Valeria no la retiró. Sintió el pelo corto en los dedos, la mandíbula firme, y un calor que le bajó por el vientre hasta la tanga.
Poco después estaban los tres en el sofá. Omar al centro. Las manos ya no pedían. Una subía por el muslo de Karla. La otra por el de Valeria, bajo el vestido, hasta palpar el culo desnudo salvo la tira de la tanga. Karla le besaba el cuello. Valeria, ya explorando ese lado que el alcohol le había destapado, dejó que le besaran la clavícula y después el escote, donde el pecho tratado se le salía un poco. Cada lamida en el senos le sacaba un temblor. Nunca había sentido su propio pecho así: sensible, pesado, expuesto.
—Qué pechos tan ricos —dijo Omar contra la piel de Valeria, sin saber con quién hablaba.
Karla se arrodilló primero.
Le abrió el pantalón, sacó la verga gruesa, ya dura, caliente, con vena marcada, y se la metió en la boca. Chupó despacio, mojándola toda, subiendo y bajando con los labios apretados. Un hilo de saliva le bajó por la comisura. Valeria la miraba desde el sofá, el vestido subido, la tanga húmeda, con un nudo en la garganta que ya no era solo miedo.
Karla se apartó, sostuvo la verga con la mano y miró a su esposo.
—Ven.
Valeria se arrodilló al otro lado. Esta vez dudó menos. Karla le tomó la nuca y la acercó. Los labios carnosos rodearon la cabeza. El sabor era salado, caliente, vivo. Omar gruñó y la mano grande se le posó en la peluca. Karla lamió el costado, de la base a la punta, mientras Valeria chupaba. Se turnaron. Una succionaba hondo, hasta casi ahogarse, la otra lamiendo los huevos, pesados, calientes contra la lengua. Se separaban, se besaban ellas dos con la verga en medio, lenguas revueltas, saliva y sabor mezclados, y volvían a bajar las dos a mamar. Karla le sujetaba la peluca a Valeria para guiarla. Lo hicieron rato. Largo. Se besaban, se succionaban, se volvían a besar, sucias, con hilos de saliva uniendo sus bocas, y otra vez las dos sobre la verga. Valeria chupaba ya con ganas. Sentía la mejilla pegajosa, la mandíbula cansada, el sabor impregnándole la lengua, y abajo, entre las piernas, una humedad que no sabía si odiar o seguir.
El cuarto empezó a oler a sexo: whisky, perfume, saliva, piel caliente.
Omar las levantó cuando no aguantó más esa posición.
Primero se llevó a Karla al sofá. La recostó de espaldas, le abrió las piernas y se la metió de frente. Las embestidas eran hondas, firmes, el cuerpo varonil cubriéndola. Valeria se quedó de rodillas al lado, mirando. Veía cómo la verga mojada entraba y salía, cómo a Karla se le saltaba el aire. Sin que nadie se lo pidiera, se acercó y le lamió los huevos a Omar, después el punto donde el pene se hundía en su esposa. El olor era más fuerte ahí: sexo abierto, sudor en la ingle.
Omar la jaló del brazo.
—Tú ahora.
Puso a Valeria de cuatro en el sofá. Le subió el vestido hasta la cintura y le corrió la tanga a un lado. El culo le quedó al aire: alto, redondo, levantado por el hialurónico, brillante ya por el calor. Omar lo agarró con las dos manos grandes, lo apretó, lo separó, le escupió en el agujero y empujó despacio.
Valeria soltó un sonido ahogado. Lo sintió abrirse, grueso, caliente, invadiéndola centímetro a centímetro. Ardía y llenaba. Karla le tomó la cara y lo besó mientras el otro hombre le abría el culo. Omar empezó a cogerlo con más ritmo, agarrándolo de las nalgas, hundiendo los dedos en esa carne nueva, viendo cómo rebotaban redondas y firmes. Cada embestida le movía los senos dentro del escote. Valeria sentía el sofá en las rodillas, el vestido pegado a la espalda sudada, la tanga haciendo un hilo inútil a un lado, y esa verga varonil dándole hasta el fondo. El alcohol le nublaba la vergüenza. Lo que quedaba era el cuerpo de Valeria queriendo más.
Omar la levantó sin salirse del todo y la puso de pie, inclinada sobre el respaldar. La cogió de pie, de espaldas, una mano en la cintura, la otra agarrándole un seno tratado por encima de la tela. Valeria veía la sala al revés, el vaso de whisky olvidado, y sentía las nalgas chocando contra la cadera dura de él. Sudaban. A Omar se le pegaba la camisa a la espalda. A ella el vestido en la piel.
Karla se arrodilló delante y le chupó los pezones a Valeria por encima del escote, después se los sacó un poco y los lamió de verdad. La ginecomastia, más el relleno, le había dejado el pecho sensible; cada chupón le llegaba directo al vientre.
Los cambiaron otra vez.
Omar se recostó. Karla se le montó de frente, cabalgándolo, las tetas moviéndose, las manos en su pecho ancho. Valeria, por indicación de Karla, se le sentó en la cara. Sintió la barba rasa, la lengua ancha, caliente, buscándole entre las nalgas y más adelante. Se le doblaron las rodillas. Se recargó en el respaldo y se dejó lamer mientras oía a su esposa gemir montada. El olor a sexo ya era espeso: fluids, sudor, whisky en el aliento.
Bajó de la cara de Omar y se puso a cuatro otra vez, pero ahora junto a Karla, las dos nalgas al aire. Omar se las folló por turnos: tres, cuatro embestidas en Karla, tres, cuatro en Valeria, agarrando un culo y el otro, dejando los agujeros abiertos y brillantes. Valeria sentía el hueco cuando salía y el golpe cuando volvía. Le temblaban los muslos.
Después Omar la sentó encima, de espaldas a él, reverse. Valeria tuvo que abrirse sobre esa verga y bajarla sola. La sintió entrar más honda así. Él le agarró las nalgas tratadas con las dos manos y la movía como quería, subiéndola y bajándola. Karla se arrodilló al frente y le chupó lo que podía alcanzar: la base, los huevos, a veces el clítoris que no era clítoris, la piel húmeda. Valeria se vio en el espejo del recibidor, peluca revuelta, senos fuera, nalgas abiertas, y por un segundo no reconoció a Luis. Reconoció a una mujer sudada, folida, con la boca abierta.
Los tres acabaron en la alfombra.
Omar puso a Valeria de lado, le alzó una pierna y se la metió así, más lento, más hondo, casi contra el sofá. Le besaba el cuello y le apretaba un seno. Karla se acostó frente a Valeria y la besaba en la boca cada vez que Omar empujaba. Lengua con lengua, saliva compartida, mientras el cuerpo de Valeria se sacudía. Sudaban los tres. El pelo de la peluca se le pegaba a la sien. A Omar se le veía el pecho brillante al abrirse la camisa. El cuarto olía a coito: a culo usado, a verga mojada, a axila, a semen que todavía no salía.
Volvieron a la boca.
Omar se puso de pie. Las dos de rodillas otra vez. Se las metió en la garganta por turnos, más brusco, sujetándolas del pelo. Valeria lloraba un poco de las comisuras, no de tristeza: de ahogo y de calor. Se besaban ellas entre cada embestida oral, sucias, con la cara brillante.
Omar las acomodó una última vez.
Valeria otra vez de cuatro, el culo más alto que nunca, las nalgas redondas y levantadas ofreciéndose solas. Él se arrodilló detrás, las agarró con las dos manos grandes —como había querido desde que las vio bajo el vestido— y se la metió de un solo empujón. Karla se metió debajo, de espaldas, y le lamió los huevos a Omar cada vez que se retiraba, a veces la verga, a veces el agujero de Valeria.
Valeria ya no pensaba en Luis. Pensaba en lo llena que estaba, en cómo le temblaba el muslo, en el sonido húmedo de cada metida, en el olor a sexo que le llenaba la nariz contra el cojín. Quería que la siguieran cogiendo así, agarrada de las nalgas, con el escote abierto y los senos colgando un poco hacia el sofá.
Omar avisó con la voz ronca, hecha un hilo.
—Adentro.
No se salió. Se hundió hasta el fondo en el culo de Valeria, le apretó las nalgas con las dos manos y se vino. Chorros calientes, espesos, a pulsos, llenándole el interior. Valeria lo sintió todo: el espasmo, el calor, el desborde. Tembló contra el cojín, el vestido revuelto, los senos casi fuera del escote, la peluca desordenada, el culo agarrado y lleno. Omar se quedó dentro unos segundos, respirando pesado, sudando sobre su espalda, y después salió. Un hilo de semen le bajó entre las nalgas redondas y se le quedó brillando sobre la tanga corrida.
Karla lo limpió con la lengua, despacio, saboreando lo que se salía. Valeria sentía la lengua de su esposa en el agujero usado y un temblor que no podía parar.
Los tres se quedaron un rato así, en el suelo y el sofá, sudados, oliendo a sexo, con la respiración todavía alta.
Más tarde, ya vestidos a medias, Omar se sirvió el último whisky en la cocina. Karla lo acompañó. Valeria se había encerrado un momento en el baño.
Omar la miró a Karla, satisfecho, todavía con esa presencia varonil que llenaba el cuarto, la camisa un poco abierta, el cuello marcado de sudor.
—El puesto es suyo, doctora. Empieza el lunes. Y dígale a su prima que tiene una casa… muy hospitalaria.
Karla sonrió, otra vez profesional, aunque le temblaban las piernas.
—Gracias, Omar. No se va a arrepentir.
Cuando la puerta se cerró, Karla se quedó un segundo apoyada contra ella. Del baño salió Luis, todavía con la peluca un poco corrida y el maquillaje pasado. El olor a sexo se le había quedado en la piel.
Karla habló baja:
—Mañana empiezo a bajar lo que se pueda. Lo de la cara, el culo y el pecho. Lo demás se lo come el tiempo. Para cuando vuelvas a trabajar, esto ya no va a estar.
Luis no respondió de inmediato. Se pasó la mano por el escote, donde todavía sentía los senos más llenos, después por una nalga. El alcohol se le estaba bajando, pero el cuerpo seguía siendo el de Valeria.
—No digas nada ahora —murmuró Karla.
Él asintió. Y por primera vez en toda la noche, no pareció querer quitarse todo de un jalón.
Si quieres saber que pasó después (la mañana siguiente, cómo se siente el cuerpo), dímelo.

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