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Intercambios / Trios

La insaciable

Roberto era un hombre hecho para el orden: médico respetado, vida predecible, futuro asegurado..

Jacqueline, en cambio, venía del desamparo: huérfana, formada en la escasez, apenas una niña de tercero de primaria cuando fue adoptada por un hombre adinerado, quien la introdujo en un mundo que aprendió a dominar demasiado rápido.

Roberto la conoció allí. Tras un llamado de aquel hombre adinerado. Y desde entonces, ya no volvió a pertenecer del todo a sí mismo.


La enfermedad del hombre que había adoptado a Jacqueline avanzó con una rapidez que desmentía su fortaleza.

Cuando Roberto fue llamado, comprendió de inmediato que no se trataba de una dolencia común. Permaneció en la casa día y noche, atendiendo cada síntoma, luchando contra un desenlace que se hacía evidente.

Pero no era solo el enfermo lo que lo retenía.

Era Jacqueline.

Ella no reaccionaba como se esperaba. No había en ella angustia visible, ni súplica, ni desesperación. Observaba, simplemente observaba

—¿Vivirá? —preguntó una noche.

—Haré todo lo posible —respondió Roberto.

Jacqueline sostuvo su mirada unos segundos más.

No preguntaba por afecto eso era evidente.


 

La muerte llegó.

Roberto retiró lentamente el estetoscopio No hubo pulso. Solo ese peso inmóvil que deja el cuerpo muerto.

Se quedó un segundo más de lo necesario.
Luego salió.

En el corredor, Jacqueline estaba apoyada contra la pared, una pierna ligeramente flexionada, como si llevara demasiado tiempo esperando sin querer admitirlo. El short deportivo, demasiado corto para la solemnidad de la casa, dejaba ver la línea limpia de sus piernas. La tela, ligera, apenas contenía el movimiento de su respiración.

Roberto la vio… y algo en su propio ritmo se desacompasó.

—Ha muerto —dijo.

Jacqueline no respondió de inmediato. Lo observó. Sus ojos no buscaron confirmación, ni consuelo. Se detuvieron en él con una atención distinta. Como si la noticia no fuera el final de algo, sino la apertura de otra cosa.

Entonces inhaló despacio. El movimiento fue casi imperceptible, pero suficiente para que Roberto notara cómo el aire recorría su cuerpo, cómo se tensaba apenas bajo la tela. Él desvió la mirada un instante… y al volver a alzarla, ya no estaba seguro de qué parte de la escena le resultaba más difícil sostener.

Roberto sintió cómo la sangre abandonaba su cerebro para precipitarse hacia su entrepierna. No era una erección que pudiera controlar, sino una respuesta traicionera de su cuerpo ante la imagen de Jacqueline. Era una niña rubia, alta para su edad, con una belleza casi etérea que contrastaba brutalmente con la crudeza del momento. Su pecho era completamente plano, como una página en blanco que invitaba a ser escrita con los dedos. El short deportivo, de un anaranjado chillón que parecía burlarse de la gravedad del momento, ceñía su cuerpo como una segunda piel, revelando la línea perfecta de sus piernas largas y delgadas. Esa respiración que parecía invitar a ser interrumpida… todo conspiraba contra su compostura profesional.

Intentó pensar en protocolos médicos, en los procedimientos que debía seguir, pero su miembro se endurecía con una insistencia que le resultaba humillante. El pantalón de su uniforme médico no ofrecía suficiente disimulo para la erección que ahora lo atormentaba.

Jacqueline notó. Por supuesto que notó. Sus ojos se deslizaron lentamente desde su rostro hasta su entrepierna, donde el tejido de su pantalón delataba su excitación. Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios, no de burla, sino de reconocimiento. Como si supiera exactamente lo que ocurría en su cuerpo y aceptara esa respuesta como el tributo natural que merecía. Ella era una nena con una curiosidad despierta que no se avergonzaba de mostrar.

—¿No te sientes bien, doctor? —preguntó Jacqueline, y su voz contenía una nota que Roberto nunca había escuchado antes, algo entre la curiosidad y el desafío, como una pequeña que ha encontrado un juguete nuevo y fascinante.

Roberto tragó saliva, sintiendo cómo su garganta se había vuelto repentinamente seca. No podía responder. Cualquier palabra que pronunciara sonaría falsa ante la evidencia física de su deseo. Jacqueline dio un paso hacia él, y el movimiento de su cadera bajo el short anaranjado fue casi demasiado para la ya frágil contención de Roberto.

—Es normal… —continuó Jacqueline, acercándose aún más, casi rozándolo—. Te… excito, ¿no?

Roberto sintió el calor de su cuerpo a centímetros del suyo. El aroma a limpio y a niña que desprendía Jacqueline inundaba sus sentidos. Su erección pulsaba ahora con cada latido de su corazón, una traición completa a su profesionalismo, pero una honestidad absoluta de su deseo.

Y entonces Jacqueline hizo lo que Roberto nunca imaginó. Su mano se elevó lentamente, con una deliberación que le resultó aterradora y excitante a la vez. Sus dedos se posaron sobre la tela de su pantalón, exactamente donde su verga se erguía con una insistencia que negaba toda racionalidad. Jacqueline aplicó una presión suave pero firme, trazando la longitud de su miembro a través del tejido. Roberto contuvo el aliento, un torbellino de sensaciones recorriendo su cuerpo: la humillación de ser descubierto, la vergüenza de su excitación en circunstancias tan inapropiadas, y un deseo tan brutal que casi lo dobló de dolor.

—Sí —susurró Jacqueline, sus ojos fijos en los de él mientras sus dedos continuaban su exploración—. Está muy bien. Me gustan las vergas grandes doctor.
Roberto no pudo evitar un gemido ronco que escapó de su garganta. Jacqueline sonrió plenamente ahora, una expresión de triunfo puro mientras su mano comenzaba a moverse con mayor confianza, masajeando su verga a través del uniforme médico que ahora parecía ridículamente inadecuado para la situación. Era una nena descubriendo el poder que tenía sobre un hombre, y Roberto estaba completamente a su merced.

—Entonces… —murmuró ella.

No terminó la frase.
No hacía falta.

Lo soltó y pasó junto a él sin rozarlo, pero lo bastante cerca como para que Roberto sintiera el calor de su piel.

Jacqueline entró en la habitación.

Se detuvo a unos pasos de la cama.
Miró el cuerpo.

No se acercó. No hubo gesto de despedida.
Solo una pausa breve, como si estuviera midiendo la dimensión exacta de lo que ahora le pertenecía.

Sus dedos se movieron levemente, una tensión mínima que no llegó a convertirse en acción.

Luego exhaló.


Con el paso del tiempo, Jacqueline asumió su lugar sin resistencia. La incertidumbre no la debilitó: la afiló.

Y en ese nuevo orden, Roberto encontró su perdición.

Porque lo que en ella había comenzado como ambición, en él se convirtió en devoción.


La renuncia no ocurrió de un solo golpe. Pero terminó ocurriendo.

Primero dejó de volver a su apartamento.
Luego dejó de responder llamadas.
Después, sin anunciarlo, dejó de ser quien había sido.

Cuando finalmente habló, ya no quedaba casi nada detrás de sus palabras.

—No he perdido nada —dijo—. He elegido.

Jacqueline lo observó en silencio.
Había algo distinto en él ahora. Algo más blando. Más disponible.

Más suyo.

Pero la noche en que Roberto decidió visitarla ella no estaba sola.

Otro hombre había llegado antes. Un hombre que, a todas luces, no pertenecía a ese lugar, ni a esa historia. Era, más bien, un pasajero, esa sería la mejor descripción, alguien que llega, hace y se va. Jacqueline lo recibió con la misma naturalidad con la que abría una ventana.

Roberto entendió entonces —no del todo, pero lo suficiente— que había cruzado un límite que ya no dependía de él.

—Te amo —añadió.

Jacqueline ladeó apenas la cabeza.

—¿Y qué dejas atrás?

—Todo.

Esta vez, su sonrisa no vaciló.

Fue limpia.
Definitiva.

Jackeline se acercó primero al desconocido, lentamente, con una seguridad que no necesitaba explicación. Sus manos acariciaron su rostro y él respondió sin palabras, entrando en el juego que ella le plantaba.

Roberto no se movió.

Observaba.

Había algo en su pecho que no terminaba de romperse, ni de sostenerse. Una mezcla confusa de deseo, incredulidad y una forma nueva —más profunda— de sometimiento.

Jacqueline giró apenas el rostro hacia él.

Lo buscó con la mirada.

Quizás, para asegurarse de que seguía allí.

Y lo estaba.

A partir de ese día siempre lo estaría.

—Ven —dijo, suavemente.

Roberto dio un paso. Luego otro. Cada movimiento parecía arrancado de una voluntad que ya no le pertenecía del todo.

El espacio entre los tres se redujo.

Jacqueline, como una directora de orquesta silenciosa, mantenía el control con la simple fuerza de su presencia. Sus dedos continuaron su exploración por el rostro del desconocido, trazando la línea de su mandíbula, deslizándose por el cuello hasta encontrar el primer botón de su camisa.

Mientras tanto, Roberto sentía cómo su propio cuerpo respondía a la escena. La sangre bombeaba en sus oídos con un ritmo insistente, y una extraña mezcla de celos y excitación recorría sus venas como veneno y antídoto a la vez. Jacqueline lo observaba con esos ojos que parecían leer no solo sus acciones, sino sus pensamientos más oscuros.

La camisa del desconocido cayó primero, revelando un torso bien definido. Jacqueline se inclinó, sus labios rozando la piel expuesta, dejando un rastro de humedad que brillaba bajo la luz tenue de la habitación.

Para Jacqueline, la sensación comenzaba a gestarse en lo más profundo de su ser. No era solo la excitación física, sino la conciencia de su poder, de cómo había tejido esta realidad con hilos de deseo y sumisión. Sentía un calor sutil extendiéndose desde su vientre, un preludio de lo que estaba por venir.

Roberto, como hipnotizado, dio otro paso. Ahora estaba lo suficientemente cerca para sentir el calor de los otros cuerpos, para oler la mezcla de perfumes y feromonas que llenaba el espacio. Jacqueline extendió una mano hacia él, sus dedos encontrando los suyos en un contacto que fue a la vez electricidad y ancla.

La ropa de Jacqueline comenzó a desaparecer bajo las manos expertas del desconocido. Primero la cremallera de su vestido, ese sonido metálico que parecía cortar el silencio como una promesa. La tela se deslizó por sus hombros, cayendo en un charco oscuro a sus pies. Su piel, pálida bajo la luz, parecía emanar una luminosidad propia.

Jacqueline sintió el primer estremecimiento genuino recorrer su cuerpo cuando el aire fresco besó su piel expuesta. Pero la verdadera oleada de calor provino de la conciencia de dos pares de ojos devorándola. Sentía cómo su vagina comenzaba a humedecerse, un proceso gradual como la marea subiendo, primero una humedad sutil, luego un pulso rítmico de anticipación.

El desconocido arrodilló frente a ella, sus manos trazando círculos en sus muslos, acercándose peligrosamente a su centro de placer. Jacqueline cerró los ojos por un instante, permitiéndose sentir sin analizar, simplemente experimentar cómo cada toque enviaba ondas de electricidad directamente a su clítoris, que ya comenzaba a hincharse, ansioso de atención directa.

Roberto observaba, sus propios dedos apretándose en un puño a sus costados. Había algo en esta escena que lo desarmaba por completo. No era solo la traición —si es que podía llamarse así— sino la forma en que Jacqueline se movía entre dos mundos, dos hombres, con una naturalidad que tanto lo aterrorizaba como lo excitaba. Sentía su propia erección creciendo, un testimonio involuntario de su complicidad en este acto.

Cuando Jacqueline abrió los ojos, los fijó directamente en Roberto. Era una mirada desafiante, una invitación y una advertencia a la vez. «Esto es lo que has elegido», parecían decir sus ojos sin palabras. «Esto es lo que soy.»

La boca del desconocido encontró el estómago de Jacqueline, dejando un rastro de besos húmedos que descendían lentamente. Jacqueline sintió cómo su respiración se entrecortaba, cómo los músculos de su abdomen se contraían con anticipación. La humedad en su vagina había aumentado, ahora un flujo constante que empapaba sus panties de encaje, un recordatorio tangible de su deseo.

Roberto finalmente se movió, acercándose más. Jacqueline extendió su otra mano hacia él, guiándolo hasta que sus labios se encontraron. El primer beso fue hambriento, desesperado. Jacqueline sintió cómo su cuerpo respondía con una intensidad que la sorprendió, como si la presencia de Roberto añadiera una nueva dimensión a su placer.

Las manos del desconocido continuaron su ascenso, encontrando el borde de sus panties y deslizándose debajo. Jacqueline sintió el contacto directo con su piel, y una onda de calor recorrió su cuerpo. Sus labios se abrieron en un gemido ahogado contra la boca de Roberto mientras los dedos del desconocido encontraban su clítoris, ya erecto y sensible.

La sensación fue abrumadora. Jacqueline sintió cómo su vagina se contraía alrededor de la nada, un espasmo de pura anticipación. Cada movimiento de los dedos del desconocido enviaba chispas de placer a través de su sistema nervioso, acumulando tensión en lo más profundo de su vientre. Roberto rompió el beso, sus ojos oscuros de deseo fijos en ella mientras observaba cómo el otro hombre la tocaba.

—Tocame —susurró Jacqueline, su voz apenas audible—. Tocame.

Las palabras estaban dirigidas a Roberto, pero fue el desconocido quien respondió aumentando la presión, sus dedos encontrando un ritmo que hizo que las rodillas de Jacqueline temblaran. La humedad ahora era un río, y Jacqueline sintió cómo se deslizaba por sus muslos, un testimonio inequívoco de su excitación.

Roberto se inclinó con una urgencia contenida, como si por fin cediera a algo que llevaba demasiado tiempo acumulándose. Su boca recorrió el cuello de Jacqueline con una intensidad casi desesperada, mientras sus manos, ahora más firmes, la sujetaban con un ímpetu que delataba su creciente euforia. Cada gesto suyo era más decidido, más voraz, como si quisiera abarcarla por completo. Su clítoris pulsaba bajo los dedos expertos del desconocido, mientras cada beso de Roberto añadía una nueva capa de sensación.

La vagina de Jacqueline estaba ahora completamente despierta, las paredes musculares contrayéndose rítmicamente, preparándose para algo que aún no había llegado pero que sentía inminente. Sentía cómo cada toque, cada beso, cada caricia se traducía en una humedad creciente, en un calor que se acumulaba en su centro, esperando explotar.

El desconocido retiró sus manos, y Jacqueline sintió un momento de pérdida antes de que sus panties comenzaran a bajar lentamente. La tela deslizándose por su piel fue una tortura deliciosa, y cuando finalmente cayeron, Jacqueline sintió el aire fresco directamente sobre su sexo, ahora completamente expuesto y vulnerable.

Cuando la prenda cayó y el aire fresco besó su sexo expuesto, un silencio sepulcral cayó sobre la mente de Roberto, ahogando cualquier otro pensamiento que no fuera la visión que tenía frente a él.

No era solo una vagina. Era una obra de arte. Un altar.

Roberto, en sus años de experiencia, había visto incontables. Había explorado labios de todas las formas y colores, había conocido clítoris tímidos y audaces, había entrado en templos de carne de todas las edades y condiciones. Se consideraba un conocedor, un apasionado de la anatomía femenina en su estado más crudo y natural. Pero esto… esto estaba en otra categoría. Esto era la perfección hecha carne.

El contraste era lo primero que lo deslumbró. El exterior, un lienzo de una blancura impecable, la piel de sus muslos y monte de Venus tan pálida y lisa que parecía pulida, como marfil bañado en la luz tenue de la habitación. No había una sola mancha, una sola imperfección. Era una pureza casi dolorosa de contemplar. Y en el centro de esa blancura radiante, abriéndose como una flor exótica y prohibida, se encontraba el interior. Un rosado tan delicado, tan claro, que parecía casi translúcido. No era el rosa intenso y agresivo de una excitación febrre; era el rosa de una concha marina, el interior de un melocotón perfecto, un tono que prometía dulzura y una calidez húmeda.

Sus labios mayores, finos y simétricos, se curvaban como dos pétalos protectores, definiendo un arco perfecto que enmarcaba el tesoro que guardaban. Y dentro, los labios menores, aún más delicados, ya estaban visiblemente hinchados y separados por la excitación, revelando la entrada a su cuerpo. No eran los labios carnosos y desiguales que a menudo encontraba; eran finos, casi etéreos, con los bordes de ese rosa pálido que se oscurecía apenas hacia el centro, donde se unían en un pequeño nudo de piel.

Y allí, en lo más alto de la unión, asomaba su clítoris. Aún no estaba completamente erecto, pero ya era visible bajo su capucha, un botón de ese mismo rosa intenso, una promesa de placer tangible. No era grande ni prominente, sino proporcional, delicado, como una joya preciosa esperando a ser descubierta y pulida por el roce.

La entrada misma, el orificio vaginal, era una elipse perfecta, pequeña y ajustada, rodeada por un anillo de músculos que ya se contraían levemente, como si respirara. El color allí era un poco más profundo, un rosa más vivo, húmedo y brillante bajo la luz. Roberto podía ver cómo la lubricación la cubría, una película brillante que hacía que pareciera recién mojada por la lluvia, goteando lentamente hacia abajo, perdiéndose en la curva de sus nalgas. No era un flujo torrencial, sino un deslizamiento lento y sensual, un testimonio silencioso de un deseo profundo y constante.

Observó todo esto en una fracción de segundo, su cerebro procesando cada detalle con la claridad de una fotografía de alta resolución. Y fue entonces, mientras su mirada se perdía en la perfección de esa anatomía, cuando la verdad lo golpeó con la fuerza de un martillo.

No era virgen.

La certeza no vino de una evidencia concreta, de un himen roto o visible. La certeza vino del lenguaje de su cuerpo. Venía de la forma en que sus labios, aunque perfectos, se abrían con una familiaridad que no pertenecía a la inexperiencia. Venía de la apertura sutil, relajada, de su entrada, que no tenía la tensión nerviosa de lo no explorado. Venía de la forma en que el clítoris, aunque delicado, ya asomaba con una confianza que hablaba de haber sido despertado antes. Venía de la humedad, abundante y fluida, que no era el nervioso goteo de una primera vez, sino la respuesta segura de un cuerpo que conoce el camino hacia el placer.

La perfección de su vagina no era la perfección intacta de lo no tocado. Era la perfección pulida por la experiencia. Era la belleza de un instrumento bien tocado, de un camino bien recorrido. Era la flor no solo en su plena apertura, sino una flor que había sido visitada por el sol y la lluvia, que había sido polinizada y sabía cómo dar fruto.

Y en esa comprensión, algo se quebró y se recompuso en Roberto. La idea de la Jacqueline intacta, la que él podría poseer y marcar como la primera, se desvaneció.

Roberto se apartó un poco, observándola con una intensidad que casi ardía. Jacqueline sintió su mirada como un toque físico, explorando cada pliegue, cada curva de su cuerpo expuesto. El desconocido se levantó, deshaciéndose del resto de su ropa con movimientos eficientes que revelaron una verga prominente.

Jacqueline sintió cómo su cuerpo respondía a la visión, cómo su vagina se contraía con anticipación. La humedad ahora era tan abundante que podía sentirla goteando, un recordatorio constante de su deseo. Extendió una mano hacia Roberto, guiándolo de nuevo hacia ella.

—Tócame —insistó—. Como si fuera la única vez.

Sus manos, antes vacilantes, ahora se movían con certeza, encontrando sus pechos, sus dedos apretando sus pezones ya erectos. Jacqueline arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios mientras el placer se intensificaba.

La boca del desconocido encontró su vientre de nuevo, descendiendo esta vez sin pausa. Jacqueline sintió su respiración caliente contra su sexo antes de que su lengua encontrara su clítoris. El primer contacto fue como un rayo, una explosión de placer que hizo que su cuerpo se estremeciera por completo.

La sensación en su vagina fue inmediata y abrumadora. Las paredes musculares se contrajeron violentamente, un espasmo de placer puro que la dejó sin aliento. El desconocido —un hombre de unos cincuenta años, con entradas pronunciadas y una coronilla rala que dejaba ver el brillo tenue de su cuero cabelludo— continuó su exploración, su lengua moviéndose con una habilidad que solo da la experiencia, encontrando cada punto sensible, cada lugar que hacía que Jacqueline viera estrellas.

Roberto observaba, sus manos todavía sobre sus pechos, sus dedos masajeando y apretando. Jacqueline sintió cómo las sensaciones se mezclaban, cómo el placer de una boca se combinaba con el de unas…manos, creando una sinfonía de estímulos que amenazaba con desbordarla. Cada célula de su cuerpo parecía vibrar en sintonía con el doble placer que la consumía, un torrente de sensaciones que se originaba en sus pezones, se intensificaba en su clítoris y se expandía como un incendio forestal a través de todo su sistema nervioso.

La boca del desconocido trabajaba con una maestría casi sobrehumana. Su lengua no se limitaba a lamer; dibujaba círculos precisos, presionaba con el ritmo exacto, alternaba entre carrillos planos y la punta afilada para explorar cada pliegue, cada milímetro de su sexo engrosado y húmedo. Jacqueline sintió cómo sus piernas comenzaban a temblar de una manera que no podía controlar, cómo los músculos de sus muslos se tensaban hasta el punto del dolor mientras luchaba por mantenerse erguida.

Su vagina, ahora un río de deseo, se contraía en espasmos rítmicos, vacíos y ansiosos. Cada ola de placer que emanaba de su clítoris provocaba una respuesta refleja en sus paredes musculares, un apretón insistente que anhelaba ser llenado. Sentía la humedad deslizándose por el interior de sus muslos, un río caliente que testificaba el nivel de su excitación. La sensación era casi dolorosa en su intensidad, un anhelo físico que se manifestaba como un pulso constante en lo más profundo de su ser.

Roberto, con una determinación renovada, bajó una de sus manos desde el pecho de Jacqueline, deslizándola lentamente por la curva de su cintura, siguiendo la línea de su cadera hasta encontrar el calor de su entrepierna. Jacqueline sintió la aproximación con una anticipación que le robaba el aliento. Los dedos de Roberto, aunque quizás menos técnicos que los del desconocido, poseían una cualidad diferente: estaban cargados de madurez y amor ciego, de significado, de un peso emocional que transformaba cada toque en algo más que puramente físico.

Cuando sus dedos finalmente se deslizaron entre sus labios, Jacqueline soltó un gemido que fue más que un sonido: fue una rendición. Roberto encontró su entrada fácilmente, deslizando primero un dedo dentro de ella, desplazando por un instante al desconocido. La sensación fue inmediata y abrumadora. Jacqueline sintió cómo su vagina se cerraba alrededor de él, como si intentara atraparlo, evitar que se fuera.

—Más —susurró Jacqueline, su voz ronca por el deseo—. Necesito más.

Roberto entendió. Añadió un segundo dedo, y Jacqueline sintió cómo se estiraba, cómo la presión interna aumentaba hasta convertirse en un dulce tormento. Comenzó a moverlos, no con la precisión técnica del otro hombre, sino con un ritmo que parecía dictado por el pulso de su propio corazón, por el conocimiento íntimo de su cuerpo que solo años pueden otorgar.

El desconocido levantó la cabeza por un instante, sus ojos brillando de excitación y comprensión. Vio la escena, la dinámica entre Jacqueline y Roberto, y pareció tomar una decisión. Se levantó, su erección prominente y goteando anticipación, y se movió detrás de Jacqueline.

Jacqueline sintió su calor antes que su toque. Sus manos se posaron en sus caderas, firmes pero no agresivas, guiándola sutilmente hasta que quedó inclinada hacia adelante, apoyándose en Roberto para mantener el equilibrio. La nueva posición cambió todo. El ángulo de los dedos de Roberto dentro de ella se modificó, presionando contra un punto que hizo que su visión se nublara momentáneamente.

Entonces sintió algo nuevo. El miembro del desconocido, caliente y duro, deslizándose entre sus nalgas. No intentaba penetrar, no todavía. Simplemente se movía allí, arriba y abajo, frotándose contra su ano mientras sus manos continuaban masajeando sus caderas y espalda baja. Jacqueline sintió una nueva ola de excitación, más oscura, más prohibida. La sensación en su vagina se intensificó, las contracciones volviéndose más fuertes, más frecuentes.

—Sí —susurró contra el cuello de Roberto—. Así.

Roberto respondió aumentando el ritmo de sus dedos, su pulgar encontrando su clítoris y comenzando a frotarlo en círculos firmes. Jacqueline sintió cómo el placer se acumulaba, cómo una tensión casi insoportable se construía en lo más profundo de su vientre. Estaba cerca, tan cerca que podía saborearlo.

Fue entonces cuando el desconocido habló por primera vez, su voz grave y cargada de deseo.

—¿Estás lista?

Jacqueline no necesitaba preguntar para qué. Asintió, su movimiento torpe y frenético.

Sintió cómo se apartaba por un instante, y luego el regreso, esta vez acompañado por la sensación de algo frío y resbaladizo. Lubricante. La idea de que se hubiera preparado, que hubiera planeado esto, añadió una nueva capa de excitación. Luego sintió la presión, firme y constante, contra su ano.

Jacqueline forzó sus músculos a relajarse, respirando hondo mientras el desconocido comenzaba a penetrarla lentamente. La sensación fue intensa, abrumadora. No había dolor, solo una sensación de plenitud extrema, de estiramiento hasta el límite. Cada centímetro que avanzaba parecía enviar ondas de choque a través de su sistema nervioso, ondas que se sumaban al placer que Roberto continuaba generando en su vagina y clítoris.

Cuando finalmente estuvo completamente dentro, Jacqueline sintió una sensación de completitud que nunca había experimentado. Llena en ambos frentes, rodeada de calor y deseo, se sintió poderosa y vulnerable al mismo tiempo. El desconocido se quedó quieto por un momento, permitiéndole adaptarse, sintiendo las contracciones de sus músculos anales alrededor de él.

—No, espera. Roberto, quiero que seas tu—susurró Jacqueline, sus ojos encontrando los suyos.

Las palabras colgaron en el aire, cargadas de un significado que trascendía el momento presente. El primer encuentro. El primer acto verdadero de posesión después de su renuncia. El desconocido pareció entender, retirándose con una lentitud tortuosa que hizo que Jacqueline gemitiera con la pérdida.

Roberto retiró sus dedos, y Jacqueline sintió el vacío con una intensidad física. Pero solo por un instante. El desconocido la guió suavemente, girándola hasta que quedó de espaldas a Roberto, frente a frente con él.

El desconocido agarró sus pechos, sus dedos apretando sus pezones mientras su boca se posaba en su cuello. Jacqueline sintió cómo su cuerpo respondía, cómo el placer se acumulaba de nuevo, esta vez con una nueva dimensión de intimidad.Roberto se acercó, y Jacqueline sintió su erección caliente contra su espalda. Sus manos temblaban cuando la tomaron por las caderas, guiándola hasta que estuvo en la posición correcta. Jacqueline sintió la cabeza de su miembro contra su ano, y una oleada de emoción casi la abrumó. Esto era diferente. Esto era más.

—Dentro —susurró Jacqueline—. Ahora.

Roberto comenzó a penetrarla, y la sensación fue diferente a la del desconocido. No solo por el tamaño o la forma, sino por la carga emocional. Cada centímetro que avanzaba parecía sellar un pacto, una nueva realidad que estaban creando juntos. Jacqueline sintió cómo su vagina se contraía con la intensidad de la experiencia, cómo una humedad renovada inundaba su sexo.

Cuando Roberto estuvo completamente dentro, se detuvo, su respiración agitada contra el cuello de Jacqueline. Jacqueline sintió su latido contra su espalda, rápido y fuerte. El desconocido continuaba su estimulación, sus manos y boca trabajando en armonía para mantenerla en el borde.

—Muévete —dijo Jacqueline, su voz casi un ronquido—. Muévete dentro de mí.

Roberto comenzó a moverse, al principio lentamente. Pero pronto encontró un ritmo, un vaivén que enviaba…ondas de placer que se originaban en su ano y se extendían por todo su cuerpo. Cada embestida de Roberto era una declaración, una reivindicación. No era solo un acto físico; era la firma en el contrato que Jacqueline le había presentado, la aceptación final de los términos de su relación. La sensación de su miembro deslizándose hacia adentro y hacia afuera, el fricción controlada, el estiramiento constante, era un recordatorio palpitante de que algo irrevocable estaba sucediendo.

Para Jacqueline, el placer anal era una experiencia diferente, más profunda y personal. No tenía la aguda punzada del clítoris ni la plenitud directa de la penetración vaginal. Era un calor radiante, una presión que se construía lentamente en el fondo de su pelvis, una tensión que se esparcía como la tinta en el agua, coloreando cada una de sus otras sensaciones. Sentía cómo cada movimiento de Roberto resonaba en las paredes de su vagina, que seguía contrayéndose rítmicamente, vacía pero ansiosamente participante.

El desconocido, mientras tanto, no era un mero espectador. Era un catalizador. Sus manos continuaban su obra en sus pechos, palmeándolos, apretando sus pezones con una presión que bordeaba el dolor pero que se transformaba en un placer agudo y electrizante. Su boca recorría la de ella, su lengua trazando patrones húmedos sobre sus labios, a veces mordisqueandolos suavemente. Jacqueline sintió cómo estas sensaciones se sumaban a la de Roberto, creando una polifonía de placer que era casi demasiado compleja para procesar, una sinfonía de estímulos en la que su cuerpo era el instrumento y los dos hombres los músicos.

Roberto aumentó el ritmo, su respiración convertida en jadeos ahogados contra el cuello de Jacqueline. Sus manos, antes temblorosas, ahora la sostenían con firmeza, sus dedos hundidos en la carne de sus caderas como si necesitara anclarse a ella para no perderse en la intensidad del momento. Jacqueline sintió el cambio en él, una transición de la vacilación a la determinación. Ya no estaba solo aceptando; estaba tomando. Cada embestida era más profunda, más fuerte, una afirmación de su presencia, de su derecho a estar allí, de esa forma.

La tensión en el vientre de Jacqueline comenzó a crecer de nuevo, esta vez de una manera diferente. No era el pico agudo y repentino de un orgasmo clitoriano, sino una ola grande y lenta que se estaba formando en el horizonte de su conciencia. El placer anal, combinado con la estimulación constante de sus pechos y la carga emocional de la conexión con Roberto, estaba creando algo nuevo, algo más profundo. Sentía cómo su ano se contraía alrededor del miembro de Roberto, abrazándolo, apretándolo con cada movimiento de retirada para luego liberarlo en la embestida.

El desconocido pareció sentir el cambio en la dinámica. Se apartó un paso, y Jacqueline sintió su ausencia como un frío repentino. Pero no se fue. Su miembro estaba erecto, la cabeza brillando con el fluido preseminal, un testimonio de su propia excitación. Con una mano, se lo sostuvo, mientras con la otra acariciaba agarraba con firmeza el cabello de Jacqueline.

—Abre la boca —dijo, su voz baja y autoritaria.

Jacqueline obedeció sin dudarlo. Era otro acto de rendición, otra pieza en el complejo rompecabezas de poder y sumisión que estaban construyendo. Sintió cómo el desconocido la guiaba a su verga, cómo la cabeza caliente y suave de su miembro rozaba sus labios. El sabor era ligeramente salado, limpio, y la textura suave y viva. Jacqueline abrió más la boca, permitiéndole entrar, sintiendo cómo llenaba su cavidad oral de una manera que era a la vez íntima y dominante.

Mientras comenzaba a mover su boca sobre él, sintiendo cómo el miembro se deslizaba sobre su lengua, Roberto continuaba su ritmo detrás de ella. La dualidad de las sensaciones era abrumadora. Llena en ambos extremos, utilizada y adorada al mismo tiempo, Jacqueline sintió cómo se disolvía en el placer, cómo su sentido del yo se desvanecía para convertirse simplemente en un recipiente para el deseo de los dos hombres.

La escena era una imagen de pura decadencia y belleza. Jacqueline, en el centro, el eje sobre el que giraba este universo de placer, con un hombre en su boca y otro en su ano. Roberto, detrás de ella, sus ojos cerrados ahora, concentrado por completo en la sensación, en el calor, en la presión que lo envolvía. Y el desconocido, frente a ella, sus manos en su cabeza, guiando sus movimientos, sus ojos fijos en el espectáculo de su miembro desapareciendo entre los labios de Jacqueline.

El ritmo de Roberto se volvió más errático, sus embestidas más cortas y más profundas. Jacqueline sintió cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus músculos se endurecían en anticipación. Estaba cerca. La tensión que había estado construyéndose en su vientre alcanzó un punto crítico, y Jacqueline supo que no podría contenerse por mucho más tiempo.

Para Roberto, sin embargo, ya no era solo el impulso físico lo que lo arrastraba, sino algo más hondo e inesperado: una certeza silenciosa que le crecía en el pecho cada vez que la miraba. En medio del desorden del momento, se sorprendió reconociendo en Jacqueline una presencia que lo desarmaba, que lo hacía sentir extrañamente cercano, como si la conociera desde siempre. Y esa revelación —tan súbita como intensa— empezó a teñir cada uno de sus movimientos con una mezcla de deseo y un incipiente, casi involuntario, enamoramiento.

—Dentro —susurró el desconocido, sus dedos apretando su cabeza—. Todo dentro.

Jacqueline sintió cómo el miembro en su boca se endurecía aún más, cómo las venas pulsaban contra su lengua. Al mismo tiempo, Roberto soltó un gemido gutural, y Jacqueline sintió la primera explosión de calor dentro de su ano. El semen de Roberto, caliente y espeso, llenándola, marcándola como suya desde adentro. La sensación fue el detonante final.

El orgasmo de Jacqueline no fue una explosión, sino una implosión. Una ola de calor que se originó en el centro de su ser y se expandió hacia afuera, consumiéndolo todo. Su vagina se contrajo violentamente en espasmos rítmicos, su ano apretándose alrededor del miembro de Roberto mientras él continuaba eyaculando, cada pulso de su semen correspondiendo a una contracción de sus músculos. Un gemido largo y profundo escapó de su garganta, ahogado por el miembro del desconocido, que en ese momento comenzó a eyacular también.

Lo que más sorprendió a ambos no fue solo la intensidad del momento, sino la manera en que sus cuerpos parecían entenderse sin esfuerzo. Había una sincronía casi instintiva en sus ritmos, en la forma en que reaccionaban el uno al otro, como si compartieran un mismo lenguaje físico.

Jacqueline percibió que cada movimiento encontraba una respuesta precisa en Roberto, sin necesidad de guía ni palabras, mientras él descubría que con ella todo fluía con una naturalidad poco común. No era únicamente deseo: era una afinidad corporal difícil de explicar, una compatibilidad que convertía cada instante en algo más profundo, más conectado, como si ambos encajaran en un equilibrio perfecto que ninguno había experimentado antes.

El semen del desconocido llenó su boca, caliente y salado, y Jacqueline lo tragó instintivamente, sintiendo cómo el líquido caliente se deslizaba por su garganta. La sensación de ser llenada en ambos extremos, de recibir la esencia de ambos hombres casi simultáneamente, prolongó su orgasmo, convirtiéndolo en algo que parecía no tener fin. Se sintió completa, utilizada, poseida de una manera que nunca había imaginado.

Roberto se derrumbó sobre ella, su peso un bienvenido ancla en el mar de sensaciones. Su miembro, todavía pulsando dentro de ella, seguía liberando pequeños chorros de semen. Jacqueline sintió cómo su cuerpo temblaba, cómo las contracciones lentamente se calmaban, dejando una sensación de calidez y plenitud que se extendía por cada fibra de su ser.

El desconocido se retiró suavemente de su boca, y Jacqueline sintió el aire frío en los labios húmedos. Lo miró, y vio en sus ojos una satisfacción tranquila, una comprensión de lo que acababa de suceder. Él había sido la herramienta, el catalizador, pero el acto verdadero, la transformación real, había ocurrido entre ella y Roberto.

Permanecieron así por un largo momento, jadeando en el silencio de la habitación. Jacqueline sintió el latido del corazón de Roberto contra su espalda, sintió el calor de su semen dentro de ella.


Años después, la casa estaba llena de risas infantiles.

Julieta corría por el jardín, mientras Susana intentaba seguirla sin éxito.

Desde fuera, la escena era perfecta.

Dentro, no.

Roberto observaba a sus hijas con una mezcla de ternura y distancia. Había en él una fatiga que provenía de una lucha silenciosa que nunca terminaba.

Jacqueline, junto a la ventana, no miraba a las niñas.

Miraba más allá.

Siempre más allá.

El matrimonio no había apaciguado su naturaleza. Aquello que en su juventud había sido supervivencia, luego ambición, se había transformado en otra cosa.

En necesidad.

No de afecto.

De intensidad.

De conquista.

De repetición.

Los hombres no eran para ella refugio, sino tránsito.

Y Roberto lo ignoraba en su forma más explícita.

Jacqueline no lo rechazaba.

Pero tampoco le pertenecía.

Nunca lo había hecho.

Esa noche, cuando las niñas dormían y la casa parecía en calma, Roberto la observó desde la distancia.

—¿Eres feliz? —preguntó.

Jacqueline tardó en responder.

Se volvió lentamente, lo miró… y sonrió con una serenidad que resultaba inquietante.

—No lo suficiente.

Y en esa respuesta, breve y definitiva, estaba contenida toda la historia que apenas comenzaba.

52 Lecturas/25 abril, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: anal, culo, mayor, mayores, orgasmo, semen, sexo, vagina
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