La Stripper de Emergencia
Luis se le olvidó contratar una stripper para la despedida de soltero de su amigo y acaba llevando a su esposa .
Luis llegó a casa casi a las 9 de la noche, pálido y sudando. La despedida de soltero de Marco empezaba en menos de una hora y él había olvidado completamente contratar a la stripper. Todas las agencias de lujo estaban ocupadas. No había tiempo para buscar una decente.
Cuando le contó todo a Ángeles, ella lo miró incrédula.
—¿Estás hablando en serio? ¿Quieres que yo sea la stripper?
—Solo un baile para Marco, amor… por favor. Te pones la peluca roja, el antifaz negro, tu lencería negra transparente y nadie te reconocerá. Tienes un cuerpo de infarto: esas piernas torneadas, ese culo que parece hecho para ser agarrado y esas tetas medianas pero tan ricas y firmes…
—¡No! —respondió ella tajante—. ¿Cómo se te ocurre que voy a estar casi desnuda bailándole a tus amigos? Olvídalo. Llévalos a un burdel.
Después de mucho rogar, prometer y suplicar de rodillas, Ángeles cedió… pero con condiciones muy claras:
—Un solo baile para el novio. Me quedo con el brasier puesto todo el tiempo. Nadie me toca más de lo necesario. Y me voy apenas termine.
Luis aceptó de inmediato, aliviado.
A las 9:25 Ángeles salió del baño convertida en “Ruby”. Peluca roja larga y sexy, antifaz negro que solo dejaba ver sus labios carnosos, lencería negra: brasier de encaje semi-transparente que apenas contenía sus pechos medianos y redondos, tanga hilo dental que se perdía entre sus nalgas perfectas, ligueros y tacones de aguja. Se veía espectacular.
Llegaron al departamento. Cuando Ruby entró, los cinco hombres se quedaron sin aliento.
La música sonaba fuerte y las luces rojas creaban un ambiente cargado. Ángeles empezó bailando despacio alrededor de Marco, moviendo las caderas con sensualidad. Se acercó mucho, rozando sus muslos contra las piernas del novio, dejando que su culo pasara muy cerca de su cara. Se sentó de lado sobre él y comenzó a frotarse suavemente contra el bulto que ya se notaba en sus pantalones.
Marco respiraba agitado. Puso las manos en las caderas de ella, pero Ángeles le quitó las manos con suavidad.
—Solo mirar y rozar… nada más —susurró con voz firme.
Siguió bailando. Se dio la vuelta, se inclinó hacia atrás y presionó su culo contra el pecho y la cara de Marco, moviéndose en círculos lentos. Él no pudo evitar agarrarle las nalgas por encima de la tanga y apretarlas. Ella sintió un escalofrío, pero se levantó rápido.
—Solo el baile —repitió, aunque su voz ya sonaba un poco menos segura.
Luis observaba desde el sillón. Al principio se sentía aliviado de haber salvado la noche, pero ver a su esposa restregándose contra su mejor amigo ya le provocaba una mezcla rara de celos y excitación.
Terminó el primer baile. Los aplausos fueron brutales.
—¡Qué cuerpo tan rico tiene esta puta! —exclamó Diego.
Entre todos sacaron dinero de las carteras. Una cantidad absurda.
—Quédate una hora más, Ruby. Te pagamos esto… y te invitamos tragos.
Ángeles negó con la cabeza.
—No, de verdad. Solo vine por un baile. Tengo que irme.
Los amigos insistieron. Sacaron todo el dinero que llevaban encima: billetes tras billetes. Marco miró a Luis y le dijo directamente:
—Luis, tú también coopera, cabrón. No seas pinche. Esta puta está demasiado buena.
Luis, para no levantar sospechas, sacó su billetera y puso una buena cantidad junto con los demás. El montón de dinero era muy tentador.
Ángeles miró el dinero, luego a Luis, y suspiró.
—Está bien… una hora. Pero el brasier se queda puesto.
Empezaron a servirle tequila y whisky. Al principio Ángeles bebía poco, solo para relajarse.
Bailó para Carlos: se sentó a horcajadas sobre él, moviendo la pelvis en círculos lentos, frotando su coño cubierto por la tanga contra la verga dura que ya se marcaba. Carlos le acariciaba los muslos y la cintura. Cada roce hacía que ella sintiera más calor.
Luego con Diego: él la puso de espaldas, le abrió ligeramente las nalgas y presionó su cara contra ellas, respirando caliente sobre la tela. Ángeles sintió cómo se le humedecía la entrepierna. El alcohol empezaba a hacer efecto.
Pasó a Pablo. Este la abrazó por detrás mientras ella bailaba, pegando su cuerpo al de ella. Ángeles sentía la verga dura presionando contra su culo. Empezó a respirar más rápido. El brasier seguía puesto, pero sus pezones ya estaban duros y se marcaban claramente contra el encaje.
Para mantener las apariencias, Ruby volvió a bailar para Luis. Esta vez se veía más suelta. Se sentó frente a él, abrió las piernas y rozó su tanga mojada contra la verga de su marido, moviéndose de adelante hacia atrás con más intensidad. Luis sentía el calor húmedo de su esposa a través de la tela. Ella le mordió el lóbulo de la oreja y le susurró bajito:
—Estás durísimo, papi… ¿te gusta ver a tu esposa así?
Luis solo pudo gemir. Sus amigos reían y aplaudían, pensando que Luis estaba disfrutando de una stripper cualquiera.
Luis notaba cómo su esposa se iba soltando. Ya no quitaba las manos tan rápido cuando la tocaban. Sus movimientos se volvían más lascivos.
Al llegar al segundo trago, Ángeles ya estaba visiblemente más caliente. Bailaba con los ojos entrecerrados, mordiéndose el labio. Cuando le tocó el turno otra vez a Marco, se sentó frente a él, abrió las piernas y rozó su tanga mojada contra la verga del novio, moviéndose de adelante hacia atrás. Marco le agarró el culo con fuerza y ella, en lugar de apartarlo, gimió bajito y se restregó más fuerte.
—Joder… qué rico te mueves —gruñó Marco.
Ángeles sintió un calor intenso subir por su cuerpo. El alcohol y los roces constantes la estaban desinhibiendo. Sus pezones dolían de lo duros que estaban.
Carlos se acercó y empezó a besarle el cuello mientras ella bailaba sobre Marco. Ella no lo detuvo. Diego le acariciaba los muslos. Poco a poco, las manos de los hombres recorrían más piel.
En un momento, Marco metió los dedos por debajo del brasier y rozó un pezón. Ángeles soltó un gemido más fuerte y se arqueó.
—No… el brasier se queda… —murmuró, pero su voz ya era débil y cargada de deseo.
Otro trago. Más roces. Más besos en el cuello y en los hombros. Sus tetas se restregaban contra las caras de los hombres cada vez que se inclinaba. El encaje ya estaba húmedo de sudor y saliva.
Finalmente, después de casi cuarenta minutos de roces constantes, besos en la piel y alcohol circulando por sus venas, Ángeles ya estaba completamente encendida. Su tanga estaba empapada. Ya no pensaba con claridad.
Marco la miró a los ojos a través del antifaz y le susurró:
—Quítatelo… déjanos ver esas tetas tan ricas.
Ángeles dudó un segundo, respirando agitada. Miró a Luis. Él tenía la verga dura y la miraba con una mezcla de preocupación y excitación brutal.
Ella se mordió el labio… y lentamente se bajó el brasier, dejando al aire sus pechos medianos, redondos y con los pezones erectos y rosados.
Un rugido de aprobación llenó la habitación.
A partir de ahí todo se descontroló.
Ángeles, ahora completamente desinhibida y cachonda, se dejó llevar por completo.
Marco la besó en la boca con hambre, metiendo la lengua mientras le apretaba las tetas con fuerza, pellizcándole los pezones duros. Carlos se unió y chupó uno de sus pezones con violencia, succionando y mordisqueando hasta que Ángeles gimió fuerte dentro de la boca de Marco. Diego le quitó la tanga de un tirón brutal, dejando su coño completamente expuesto, hinchado, brillante y chorreando jugos. Metió dos dedos gruesos de golpe, follándola con ellos mientras su pulgar le frotaba el clítoris hinchado.
La pusieron sobre la mesa. Marco fue el primero en penetrarla. Le abrió las piernas al máximo, escupió sobre su verga dura y se la metió de un solo empujón hasta el fondo. Ángeles soltó un grito ahogado de placer cuando sintió cómo la verga gruesa y caliente le abría el coño empapado. Marco empezó a follarla con embestidas profundas y salvajes, haciendo que sus tetas rebotaran con cada golpe. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba la habitación junto con los gemidos de Ángeles.
—Qué coño tan apretado y mojado tienes, puta… —gruñía Marco mientras la taladraba sin piedad.
Luego la pasaron de uno en uno y de dos en dos, sin darle descanso.
La pusieron a cuatro patas en el suelo. Carlos se arrodilló detrás de ella y le metió la verga de un golpe, follándola como un animal mientras Pablo le agarraba la cabeza y le metía su verga gruesa hasta la garganta. Ángeles se ahogaba con la polla en la boca, saliva corriendo por su barbilla, mientras su coño era follado con fuerza, los huevos de Carlos golpeándole el clítoris.
Después la sentaron sobre Carlos, que la penetró profundo en su coño chorreante. Ella cabalgaba salvajemente, sus tetas saltando, mientras Pablo le follaba la boca con embestidas cortas y brutales. Luis, para mantener las apariencias, se acercó y le chupó las tetas con fuerza, mordiendo los pezones mientras su esposa gemía alrededor de la verga de Pablo.
De lado en el sofá, Diego la penetró por detrás, follándola con estocadas lentas pero profundas, mientras le metía un dedo en el culo apretado. Ángeles gritaba de placer, completamente llena.
Al final, la acostaron en el centro de la sala, completamente abierta como una puta en uso. Los cinco la rodearon y la usaron sin descanso. Nadie había llevado condones porque no tenían planeado follarse a una stripper tan buena, solo querían un show. Pero al verla tan caliente, tan mojada y tan dispuesta, ninguno se iba a perder la oportunidad de cogérsela sin protección.
Uno tras otro se corrieron dentro de ella. Marco fue el primero: le llenó el coño con chorros calientes y espesos de semen, gruñendo mientras se vaciaba por completo. Carlos la folló después y se corrió también dentro, mezclando su leche con la de Marco. Diego le metió la verga en la boca y le descargó varios chorros espesos directamente en la garganta, obligándola a tragar. Pablo la penetró por el culo después de lubricarlo con su propia saliva y semen, follándola analmente hasta correrse profundo en sus intestinos.
Luis fue de los últimos. Cuando le tocó, su esposa ya estaba destrozada y llena de semen ajeno: el coño rojo, hinchado y chorreando una mezcla blanca y espesa que le bajaba por los muslos. La penetró con fuerza, sintiendo el calor resbaladizo y pegajoso de todas las corridas de sus amigos facilitando cada embestida. La folló con rabia, celos y una excitación brutal, agarrándola del pelo mientras le susurraba al oído:
—Eres una puta… mi puta…
Se corrió gritando dentro de ella, añadiendo su semen al desastre caliente que ya llenaba el coño y el culo de Ángeles.
Cuando terminaron, Ángeles estaba tirada en el suelo como una verdadera zorra usada, piernas abiertas de par en par, coño y ano completamente abiertos y chorreando semen espeso y blanco. Tenía la cara, las tetas, el vientre y hasta el pelo cubiertos de corridas pegajosas. Respiraba agitada, con los labios hinchados, los ojos vidriosos y una sonrisa satisfecha y lujuriosa.
Se levantó despacio, aún con el antifaz puesto. Fue uno por uno y les dio un beso profundo y sucio en la boca, saboreando su propio gusto mezclado con el semen de todos.
Al llegar a Luis le dio un beso largo, húmedo y lleno de lengua, metiéndole el sabor de todas las vergas que había chupado.
—Gracias por convencerme, amor… —le susurró al oído con voz ronca—. Nunca me había sentido tan puta y tan cachonda en mi vida.
Salieron del departamento casi a las 3 de la mañana. Nadie sospechó jamás que Ruby era Ángeles, la esposa de Luis.
En el coche, ella aún chorreaba semen por los muslos. Miró a su marido con ojos brillantes y le dijo con voz ronca:
—¿Contento de que te haya salvado la noche, papi?
Luis solo pudo apretar el volante, la verga empezando a endurecerse de nuevo, sabiendo que al llegar a casa iba a follarla otra vez… sabiendo exactamente lo que acababa de pasar.



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