Mi marido me compartió con el director (2da parte)
El lunes siguiente de la fiesta de maestros el director creyó que la iba a tener fácil con Angélica .
El lunes por la mañana, Angélica, la maestra de primaria, llegó a la escuela vestida con su uniforme habitual: blusa blanca ajustada que marcaba sutilmente sus pechos medianos y, abajo, ese pantalón azul oscuro que se pegaba como una segunda piel a sus piernas torneadas y a sus nalgas duras, redondas y paraditas. La tela elástica delineaba con descaro cada curva de su culo firme, haciendo que las nalgas se marcaran claramente con cada paso, subiendo un poco entre sus glúteos y acentuando esa separación tentadora. Sus piernas se veían largas, firmes y provocativas bajo el azul intenso.
Apenas cruzó el pasillo principal rumbo a su salón, sintió esa mirada pesada y babosa sobre ella. El director Francisco estaba parado junto a la puerta de su oficina, con su cuerpo obeso inclinado ligeramente hacia adelante y los ojos clavados sin pudor en ese pantalón azul que le abrazaba el culo de forma tan obscena.
Cuando Angélica pasó a su lado por primera vez, Francisco dio un paso y le murmuró con voz ronca y baja:
—Maestra Angélica… ese pantalón azul le queda criminal hoy. Se pega tanto a esas nalgas duras y paraditas que se me hace agua la boca. Me recuerda el viernes… cómo rebotaban mientras me montaba. Casi puedo imaginar el calor de tu coño a través de la tela.
Angélica sintió un calor intenso subirle desde el vientre. Sus mejillas se sonrojaron y apretó los muslos, notando cómo su coño empezaba a humedecerse. No respondió y continuó caminando hacia su salón.
Pero el director no se detuvo. Minutos después, mientras ella organizaba unos materiales en el pasillo, Francisco se acercó por segunda vez, esta vez más cerca, casi rozando su pancita contra el brazo de ella. Con voz aún más cargada de deseo, le susurró:
—Ese culo se ve tan rico apretado en ese pantalón… Apuesto a que ya estás mojada pensando en cómo te llené el viernes. ¿Sientes cómo la tela se te pega al coño, maestra?
Angélica se tensó. Miró rápidamente a ambos lados del pasillo para asegurarse de que nadie estuviera cerca y, con voz baja pero firme y nerviosa, le dijo:
—Director, por favor… cálmese. Cállese. Guarde silencio. Nos van a escuchar. Esto no es el lugar ni el momento.
Francisco sonrió con malicia, pero obedeció y se apartó un poco. Angélica, con el corazón latiéndole fuerte y la tanga ya completamente empapada, sintió que no podía quedarse ahí ni un segundo más. Se dio la vuelta y caminó rápido hacia el baño de maestros, cerrando la puerta con llave detrás de ella.
Una vez sola, se bajó el pantalón azul hasta las rodillas con manos temblorosas. La tanga negra diminuta estaba pegada a sus labios hinchados y chorreaba de excitación. Se sentó en el inodoro, abrió las piernas y deslizó dos dedos por debajo de la tela mojada. Empezó a masturbarse con desesperación, frotando su clítoris hinchado en círculos rápidos mientras recordaba las miradas lascivas del director y las palabras sucias que le había susurrado. Sus jugos ya le corrían por los muslos. No tardó mucho: se corrió fuerte y en silencio, mordiéndose el labio inferior con fuerza para no gemir, mientras su coño se contraía alrededor de sus dedos y un chorrito de sus fluidos caía al piso del baño.
Después de limpiarse lo mejor que pudo y de subir nuevamente el pantalón azul que seguía marcando perfectamente sus nalgas firmes, Angélica regresó a su salón con las piernas aún temblando y las mejillas sonrojadas.
Durante el resto de la mañana el director siguió encontrando excusas para pasar cerca, pero ya no se atrevió a hablarle directamente. Solo la miraba desde lejos con esa hambre insaciable, devorando con los ojos ese culo envuelto en el pantalón azul.
Esa misma tarde, apenas llegó a casa, Angélica le contó todo a su esposo Luis con detalle. Estaba nerviosa, excitada y con la voz entrecortada. Le describió las insinuaciones del director, cómo le había pedido que se calmara y guardara silencio en el pasillo, y cómo había terminado masturbándose desesperadamente en el baño de maestros pensando en todo aquello.
Luis la escuchó con atención, su mano ya deslizándose por el muslo de ella, subiendo lentamente hasta meter los dedos por debajo del pantalón ajustado y rozar la tanga todavía húmeda. Cuando Angélica terminó de hablar, Luis tenía la polla completamente dura dentro del pantalón.
—Ese cabrón no aprendió nada —dijo con una sonrisa oscura y cargada de morbo—. Llamémoslo. Que venga a casa esta noche. Vamos a poner las cosas claras.
Angélica asintió.
Luis marcó el número. La voz de Francisco sonó ansiosa y temblorosa cuando escuchó la invitación: “Ven a casa esta noche. Tenemos que hablar de lo que pasó el viernes… y de cómo estás acosando a mi esposa, la maestra, en la escuela”.
A las 8:30 pm sonó el timbre. Francisco llegó sudando, con la camisa apretada sobre su enorme pancita y un bulto evidente en el pantalón. Entró a la sala donde lo esperaban Angélica y Luis.
La conversación comenzó seria. Luis habló con voz firme:
—Director Francisco, aunque los tres disfrutamos mucho lo que pasó el viernes, eso fue solo un momento. Un juego entre mi esposa y yo. Las decisiones sobre nuestro sexo las tomamos nosotros como pareja. Nadie más. No puedes acosar a Angélica, la maestra, en la escuela como lo hiciste hoy, mirándole el culo de esa forma mientras lleva su uniforme.
Angélica añadió con voz suave pero decidida:
—Fue intenso y me gustó… pero no puedes comportarte así en el trabajo. Me pones muy incómoda cuando me hablas de esa manera en los pasillos.
Francisco bajó la mirada, avergonzado, pero sus ojos seguían escapando hacia las curvas que el pantalón azul delineaba tan provocativamente. Se disculpó una y otra vez, con voz temblorosa y sudorosa:
—Lo siento mucho… de verdad. Me dejé llevar por ese culo tan perfecto que se marca en ese pantalón. Ustedes me volvieron loco esa noche. Su esposa es una diosa. No he podido dejar de imaginarme esas nalgas duras rebotando sobre mí. Perdónenme. Les juro que no volverá a pasar en la escuela.
Luego, con voz suplicante y los ojos brillando de deseo puro, añadió:
—…Pero si alguna vez quieren repetir algo parecido… una fantasía así… por favor, tómenme en cuenta otra vez. Haría lo que fuera por volver a sentir ese coño apretado y caliente, por agarrar esas nalgas tan firmes y paraditas.
Luis y Angélica se miraron. Una sonrisa cómplice apareció en sus labios. Angélica soltó una risita baja y sensual. Luis se recargó en el sofá y dijo con tono juguetón:
—Eres un puto degenerado, Francisco. Pero nos caes bien. Esta noche te vamos a dar un último baile… pero con una condición clara: no habrá besos en la boca con mi esposa. Ni uno solo. ¿Aceptas?
Francisco tragó saliva, visiblemente excitado, y asintió sin dudar:
—Acepto… lo que ustedes digan. Solo quiero tocarla y sentirla otra vez.
Luis sonrió satisfecho.
—Bien. Entonces empecemos.
Luis puso la misma balada oscura y sensual y bajó las luces hasta dejar solo un tenue resplandor ámbar en la sala. Angélica se levantó y caminó hacia el centro de la habitación, con ese pantalón azul pegado obscenamente a sus piernas y a sus nalgas duras, redondas y paraditas, balanceándose con cada paso.
Francisco se acercó temblando de excitación. Sus manos gordas y sudorosas la tomaron por la cintura y la pegó contra su cuerpo obeso. Desde el primer segundo, su polla dura se clavó contra el monte de Venus de Angélica a través de la tela del pantalón. Gracias a su baja estatura, el bulto grueso quedaba perfectamente alineado con su coño. Empezó a mover las caderas lentamente, frotando su verga contra la tela azul que cubría el sexo de ella, presionando justo donde la costura se hundía entre sus labios hinchados.
Luis se sentó en el sillón, sacando su propia polla y acariciándose despacio mientras observaba.
El director subió las manos por la espalda de Angélica y comenzó a bajar el cierre de la blusa con lentitud tortuosa. La prenda cayó, dejando sus pechos medianos cubiertos solo por el sostén. Luego sus manos gordas bajaron hasta el pantalón azul, amasando con avidez esas nalgas duras y redondas que la tela marcaba tan perfectamente. Las apretaba, las separaba, las palpaba con fuerza mientras frotaba su polla contra el coño de ella a través del pantalón.
—Qué culo tan rico… tan duro y paradito —gemía Francisco contra su cuello, lamiéndole la piel con labios ansiosos, pero sin intentar besarla en la boca—. Se siente tan apretado en este pantalón…
Angélica gemía bajito, moviendo las caderas en círculos, frotando su sexo contra la verga del director. La tela azul ya tenía una mancha oscura de humedad en la entrepierna.
Luis habló con voz grave desde el sillón:
—Bájale el pantalón despacio, Francisco. Quiero ver cómo le frotas esa polla directamente en el coño mojado.
El director obedeció con manos temblorosas. Bajó el pantalón azul centímetro a centímetro, revelando poco a poco las nalgas blancas, firmes y perfectas de Angélica, y la tanga negra diminuta que ya estaba empapada y pegada a sus labios hinchados. El pantalón quedó enrollado en sus muslos torneados.
Francisco se desabrochó el pantalón y sacó su verga gruesa, venosa y corta, palpitante y goteando precum. Volvió a pegarse a ella. Ahora su glande desnudo se deslizaba entre los labios de la vagina de Angélica, separando la tanga y frotándose directamente contra su clítoris hinchado con movimientos lentos y obscenos, mientras su boca lamía y succionaba el cuello y los hombros de ella, respetando la regla.
Luis se levantó, se desnudó por completo y se colocó por detrás. Su polla más larga y gruesa se acomodó entre las nalgas firmes de su esposa. Empujó la tanga a un lado y metió dos dedos en el coño empapado de Angélica, abriéndola mientras el director seguía frotándose contra su clítoris.
—Esta vez la vamos a follar juntos de verdad —susurró Luis con lujuria.
La llevaron al centro de la sala. Angélica, obediente y cachonda, se arrodilló lentamente entre los dos hombres. Su rostro quedó a la altura perfecta de sus vergas erectas. Luis y Francisco se pararon frente a ella, sus pollas palpitando a centímetros de su boca. La maestra levantó la mirada con ojos vidriosos de deseo y abrió los labios.
Primero tomó la verga gruesa y corta del director. La metió despacio en su boca caliente y húmeda, sintiendo cómo el glande venoso le llenaba la lengua. Chupó con devoción, lamiendo cada vena hinchada, saboreando el precum salado que le goteaba en la garganta. Sus labios se estiraban alrededor del grosor mientras subía y bajaba la cabeza con lentitud obscena, haciendo ruidos húmedos y babosos. Sacaba la polla babeada, la golpeaba suavemente contra su lengua y volvía a tragársela hasta el fondo, gimiendo alrededor del miembro.
Luego giró la cabeza hacia su marido y se metió la polla más larga y gruesa de Luis. La tragó con hambre, sintiendo cómo le llegaba casi hasta la garganta. La chupó con más fuerza, lamiendo desde los huevos pesados hasta la punta, dejando hilos brillantes de saliva que le colgaban de la barbilla.
Alternaba una y otra vez: mamaba al director con succiones cortas y rápidas, luego pasaba a Luis con lamidas largas y profundas. Su boca iba de una verga a la otra, babeando profusamente, mezclando sus salivas y el precum de ambos en un desastre viscoso que le corría por el mentón y goteaba sobre sus pechos.
Francisco y Luis no se contuvieron. Tomaron sus pollas y empezaron a frotárselas contra el rostro de Angélica. Le golpeaban las mejillas con las puntas húmedas, le restregaban el glande por los labios entreabiertos, le pintaban la nariz y la frente con hilos de precum. Luego bajaron y le pegaron las vergas contra sus pechos medianos: las frotaban contra sus pezones duros, las golpeaban suavemente haciendo que sus tetas rebotaran, las deslizaban entre el canal de sus senos dejando rastros brillantes de saliva y precum. Angélica gemía como una puta en celo, con la cara y los pechos completamente embadurnados, mientras abría la boca pidiendo más.
—Quiero las dos… —suplicó con voz ronca.
Los dos hombres acercaron sus vergas al mismo tiempo. Angélica abrió la boca al máximo, estirando los labios hasta el límite. Metió primero los dos glandes juntos, sintiendo cómo su boca se llenaba obscenamente. Chupó las dos puntas a la vez, lamiendo y succionando, moviendo la lengua entre ellas mientras los hombres gemían y empujaban suavemente. No cabían completamente, pero ella lo intentaba con desesperación, babeando sin control, con hilos espesos de saliva cayéndole por el cuello y entre los pechos.
Después de varios minutos de esa mamada doble y sucia, la levantaron y la llevaron al sofá. La colocaron de rodillas en el asiento, con el culo en pompa y el pantalón azul aún enrollado en sus muslos. Francisco se sentó frente a ella y Angélica volvió a meterse su verga en la boca, chupándola con más hambre mientras Luis la penetraba por detrás con su polla gruesa, follándola con embestidas lentas y profundas que hacían rebotar sus nalgas duras.
Cambaron de posición varias veces con calma y morbo infinito: Angélica montó al director de frente, cabalgándolo con movimientos circulares y profundos mientras Luis la penetraba por el culo, sintiendo las dos vergas separadas solo por una fina pared dentro de ella. Luego la pusieron de lado en el sofá, una pierna levantada, para que Francisco la follara en el coño mientras Luis le metía la polla en la boca, follándole la garganta con ritmo lento. La maestra gemía ahogada, con la cara roja y los ojos llorosos de placer, mientras sus jugos chorreaban por todas partes.
Finalmente, la colocaron de espaldas sobre la mesa de centro, con las piernas bien abiertas y el pantalón azul aún enredado en sus tobillos. Los dos hombres se colocaron entre sus muslos. Primero Francisco metió su polla gruesa en el coño de Angélica, follándola con embestidas cortas y ansiosas. Luego Luis empujó su verga al lado de la del director, penetrándola doblemente en el mismo coño estirado y empapado.
Angélica gritó de placer al sentir cómo su vagina se abría al máximo para recibir las dos pollas a la vez. Los miembros se frotaban entre sí dentro de ella, batiendo sus jugos mientras la follaban con ritmo cada vez más salvaje y profundo.
Francisco fue el primero en correrse. Con un gruñido animal empujó hasta el fondo y descargó chorros espesos y calientes de semen directamente en el interior de Angélica. Luis siguió embistiendo sin sacar, removiendo el semen del director con su propia verga. Segundos después, Luis también se vació dentro de ella con fuertes empujones, mezclando sus dos cargas en un caldo blanco, viscoso y caliente que rebosaba del coño bien follado de Angélica.
Ella llegó al orgasmo más intenso, contrayéndose violentamente alrededor de las dos pollas, ordeñándolas mientras sus jugos se mezclaban con el semen y escurrían abundantemente por sus nalgas y por el pantalón azul enrollado en sus tobillos.
Los tres quedaron jadeando, sudados y exhaustos. El coño de Angélica palpitaba, completamente lleno y rebosante, con gruesos hilos de semen mezclado goteando al suelo.
Francisco, aún dentro de ella, susurró entrecortado, respetando la distancia:
—Gracias… por este último baile.
Luis sonrió con malicia, acariciando el cabello sudado de su esposa:
—No fue el último… pero por hoy sí. La próxima vez será cuando nosotros decidamos.
Angélica solo sonrió, satisfecha y llena, con el pantalón azul aún bajado y el cuerpo marcado por la lujuria de los dos hombres, sintiendo cómo el semen caliente de ambos le escurría lentamente entre los muslos y le cubría la cara y los pechos.


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