Mi marido me compartió con el director (3era parte)
Llevando al extremo al director de la escuela .
Tres meses habían pasado desde aquel último baile en casa. El director Francisco había cumplido el acuerdo al pie de la letra: ni una sola palabra de coqueteo, ni un roce, ni un susurro. Pero sus miradas lascivas se habían vuelto más intensas, más desesperadas, más devoradoras.
El primer día después del encuentro, Francisco se limitó a observarla desde lejos mientras Angélica, la maestra, caminaba por los pasillos con su pantalón azul ajustado. Sus ojos se clavaban sin pudor en esas nalgas duras, redondas y paraditas que se marcaban obscenamente con cada paso. Angélica sentía esa mirada como una mano caliente que le apretaba el coño por debajo de la tela. Se mojaba sin poder evitarlo, pero él no decía nada.
El segundo día fue igual. Luego toda la semana. El fin de semana entero. Nada. Ni una insinuación verbal. Solo esas miradas lujuriosas que aumentaban día tras día. En cada recreo, en cada reunión de maestros, en cada pasillo, Francisco la devoraba con los ojos. Su respiración se volvía pesada, su pancita subía y bajaba con ansiedad contenida, y su mirada se oscurecía de pura hambre sexual. Angélica sentía cómo se le endurecían los pezones bajo la blusa y cómo su tanga se empapaba solo con saber que él la estaba imaginando desnuda, abierta y follada.
La maestra llegó a casa el viernes de la segunda semana y se lo contó todo a su esposo Luis mientras este le acariciaba los muslos por debajo del pantalón azul.
—Está desesperado, amor… Me mira como si quisiera comerme viva, pero no dice ni una palabra. Respeta el acuerdo, pero sus ojos… Dios, sus ojos me están volviendo loca.
Luis sonrió con esa sonrisa oscura y dominante que tanto excitaba a su esposa. Deslizó dos dedos lentamente bajo la tanga y sintió lo empapada que estaba.
—Perfecto —murmuró contra su cuello, frotando suavemente su clítoris hinchado—. Vamos a dejarlo pasar más tiempo así. Que se cocine en su propia lujuria. Que entienda que esto pasa cuando nosotros queramos y como nosotros queramos. Cuando por fin lo llamemos, va a estar más cachondo y viril que un toro en celo. Va a follarte con una desesperación que ni te imaginas.
Y así fue.
Francisco, por su parte, estaba sufriendo en silencio. Había dejado de masturbarse y de tener sexo con su esposa por completo. Cada noche se acostaba con la polla dura como piedra, pero se resistía a tocarse. Quería guardar toda esa frustración acumulada para cuando por fin pudiera volver a estar con Angélica. Tres meses enteros sin correrse ni una sola vez. Su frustración sexual era tan grande que a veces tenía que encerrarse en su oficina a media mañana, sudando y respirando agitado, luchando contra el impulso de sacarse la verga y masturbarse. Pero se aguantaba. Esperaba la llamada.
Hasta que, exactamente tres meses después, su celular vibró una tarde.
Era un mensaje de Luis:
«Habitación 312 del Motel Paraíso. Esta noche a las 9. Tú pagas la habitación y traes una botella de whisky bueno y cervezas frías. No llegues tarde.»
Francisco casi se corre en los pantalones solo con leerlo. Pagó la habitación más cara del motel sin pensarlo dos veces y llegó a las 8:45 pm con dos botellas de whisky y un six de cervezas frías.
Luis lo recibió en la puerta con una sonrisa tranquila. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por luces rojas tenues. En el centro había una silla de madera colocada estratégicamente de frente al baño.
—Siéntate ahí —ordenó Luis señalando la silla—. Angélica se está arreglando. Hoy no la vas a tocar para nada. Ni un dedo. Y recuerda: nada de besos en la boca. ¿Entendido?
Francisco tragó saliva, con la polla ya palpitando dolorosamente dentro del pantalón. Su corazón latía con fuerza y su respiración era agitada.
—Acepto… acepto lo que sea. Solo quiero verla… quiero sentirla otra vez.
Luis le amarró las manos con fuerza detrás del respaldo de la silla usando una corbata de seda negra. El director quedó completamente inmovilizado, con el pecho agitado y la cara roja de excitación contenida.
Luis puso una canción lenta, oscura y profundamente erótica. El bajo retumbaba en la habitación como un latido sexual.
La puerta del baño se abrió lentamente.
Angélica salió como una diosa del sexo. Llevaba un conjunto de lencería negro y rojo que apenas cubría nada: un corsé apretado que le levantaba y juntaba los pechos medianos dejándolos casi expuestos, un tanga diminuto de encaje que se perdía entre sus nalgas duras y paraditas, ligueros de encaje negro que sujetaban unas medias transparentes y unas zapatillas de tacón altísimo que hacían que sus piernas se vieran interminables y provocativas. Su cabello castaño caía en ondas salvajes sobre sus hombros. Caminaba con lentitud sensual, moviendo las caderas como una gata en celo, balanceando esas nalgas firmes con cada paso.
Francisco soltó un gemido ahogado al verla. Su polla se puso completamente dura en cuestión de segundos, formando una tienda de campaña grotesca y dolorosa en su pantalón. Después de tres meses sin masturbarse ni correrse ni una sola vez, su nivel de excitación era brutal. El corazón le latía tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Sentía la verga palpitar y gotear precum sin control, hinchada al límite.
Angélica caminó directamente hacia él, mirándolo a los ojos con una sonrisa perversa y seductora. Se detuvo a solo centímetros de la silla y empezó a bailar. Movía las caderas en círculos lentos y profundos, haciendo que sus nalgas duras y redondas se balancearan a escasos centímetros de la cara del director. Luego se dio la vuelta, se inclinó hacia adelante y le restregó el culo directamente en la cara, separando las nalgas con las manos para que él pudiera oler el aroma caliente y húmedo de su coño a través de la tela del tanga. Francisco respiraba agitado, casi jadeando, con los ojos desorbitados de lujuria pura.
Angélica se sentó encima de él, de frente, abriendo las piernas y frotando su coño empapado contra el bulto enorme de la polla del director. La tela del pantalón ya estaba mojada con el precum que le salía a chorros. Ella se movía despacio, masturbándose contra esa verga dura y gruesa mientras le susurraba con voz ronca:
—¿Cuánto tiempo llevas soñando con esto, Paquito? ¿Cuántas noches te aguantaste sin correrte pensando en mi coño?
El director solo gemía, con los ojos cerrados y la cara sudorosa, sintiendo cómo el calor del coño de Angélica lo estaba volviendo loco. Su excitación era tan alta que temblaba entero.
Después de varios minutos de ese baile tortuoso, Angélica se bajó de él, se arrodilló entre sus piernas y le bajó lentamente el cierre del pantalón. La polla gruesa, venosa y corta del director saltó como un resorte, completamente erecta, hinchada al máximo y goteando precum sin parar. Ella sacó la lengua y empezó a jugar con la punta: lamía el glande hinchado en círculos lentos y provocadores, saboreando el líquido salado y espeso, bajando por toda la verga hasta los huevos pesados y volviendo a subir. Luego se la metió entera en la boca, chupándola con hambre, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras lo miraba a los ojos. Trataba esa verga pequeña pero durísima como si fuera la más deliciosa del mundo, succionando con fuerza y lamiendo cada vena.
Francisco empezó a contraerse violentamente. Sus caderas se movían solas dentro de la boca de Angélica. Después de tres meses sin correrse, estaba a punto de explotar en cuestión de segundos.
Angélica sacó la polla de su boca con un “pop” húmedo y le dijo con voz seductora y cruel:
—No, Paquito… Tanto que querías volver a cogerme y te vas a venir tan rápido en mi boca? No seas malo.
Se levantó y siguió bailando frente a él, moviendo las caderas y tocándose los pechos, pellizcándose los pezones mientras el director gemía de frustración, con la verga brillante de saliva y temblando de necesidad insoportable.
Luis, sentado en la cama, se había bajado el pantalón y se masturbaba lentamente, disfrutando el espectáculo con una sonrisa oscura. Su mano subía y bajaba por su polla gruesa y larga mientras veía a su esposa torturar al director.
Angélica regresó con Francisco. Abrió las piernas, se agachó lentamente frente a él y tomó su verga con una mano. Rozó la punta caliente y húmeda contra sus labios mayores hinchados, frotándola de arriba abajo, empapándola con sus jugos espesos. Luego, muy despacio, se introdujo solo la cabeza. Solo la cabeza. Su coño apretado se cerró alrededor del glande, succionándolo con fuerza.
—¿Te gusta esto, Paquito? —preguntó con voz ronca, moviendo solo la cadera en círculos diminutos, torturándolo.
Francisco no podía hablar. Solo cerraba los ojos, respiraba entrecortado y gemía como un animal. El placer era tan intenso después de tres meses de espera que sentía que se iba a desmayar. Su verga palpitaba dentro de ella, desesperada por más.
Angélica se sentó de golpe, tragándose la verga completa hasta el fondo. Empezó a montarlo de manera salvaje, subiendo y bajando con fuerza, haciendo que sus nalgas duras y redondas chocaran contra los muslos gordos del director con sonidos húmedos y obscenos. Sus pechos rebotaban y se los pegaba en la cara, restregándole los pezones duros contra la boca abierta de Francisco, que lamía y succionaba con desesperación sin poder usar las manos.
El director sentía que su polla estaba dentro de un horno caliente, apretado y resbaladizo. Cada bajada de Angélica lo hacía gemir más fuerte. Sus huevos se tensaban dolorosamente. Su nivel de excitación era brutal. No aguantó más de cuatro minutos de esa monta salvaje.
Con un gruñido animal y profundo, Francisco empujó las caderas hacia arriba todo lo que las ataduras le permitían y se corrió violentamente dentro de ella. Chorros espesos, calientes y abundantes de semen le inundaron el coño a Angélica, llenándola hasta rebosar. Ella siguió montándolo con fuerza, ordeñando cada gota mientras sentía cómo el semen caliente le llenaba el fondo del útero. Su propio orgasmo llegó segundos después: su coño se contrajo con fuerza alrededor de la verga del director, exprimiéndola mientras ella gemía y temblaba de placer, con las piernas temblorosas.
Cuando Francisco terminó de vaciarse, Angélica se levantó lentamente. Un grueso hilo de semen blanco y espeso le corría por el interior del muslo. Caminó hacia la cama donde Luis la esperaba con la polla durísima y palpitante.
—Ahora te toca a ti, amor —susurró ella con voz cargada de lujuria.
Se subió a la cama a cuatro patas, ofreciéndole el culo. Luis, todavía con la mano en su verga, se colocó detrás de ella y le metió la polla gruesa y larga de un solo empujón brutal, mezclando su verga con el semen todavía caliente del director. Empezó a follarla duro y salvaje, con embestidas profundas y rápidas que hacían que las nalgas de Angélica rebotaran con fuerza. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenaba la habitación. El semen de Francisco salía a borbotones con cada embestida, salpicando los muslos de ambos.
Luis la agarró del cabello, tirando de ella hacia atrás mientras la follaba como un animal. Angélica gritaba de placer, completamente llena y usada.
—Más fuerte, amor… quiero que me llenes también —suplicaba entre gemidos.
Luis aceleró el ritmo, penetrándola hasta el fondo con cada golpe violento. Sus huevos chocaban contra el clítoris hinchado de ella. Después de varios minutos intensos de follada salvaje, Luis gruñó como un animal y se corrió con fuerza, descargando su propia carga espesa y caliente dentro del coño ya lleno de semen del director. Las dos semillas se mezclaron dentro de Angélica en un caldo blanco, viscoso y caliente que empezó a escurrir abundantemente por sus muslos.
Los tres quedaron jadeando, sudados y exhaustos. Angélica, con el coño palpitante y rebosante de semen mezclado, se dejó caer sobre la cama con una sonrisa satisfecha y lujuriosa. Francisco, todavía atado en la silla, miraba la escena con los ojos vidriosos de placer y frustración, su polla semi-dura goteando los últimos restos.
Luis se levantó, le desató las manos al director y le dijo con voz calmada pero firme:
—Esta vez sí fue el último… a menos que nosotros decidamos lo contrario.
Francisco solo pudo asentir, exhausto y completamente saciado, sabiendo que esperaría otros tres meses si fuera necesario.
Angélica, aún con el semen de los dos hombres escurréndole entre las piernas, se acercó a su marido y lo besó profundamente, saboreando el triunfo de su poder compartido.
—Gracias por hacerme esperar… valió cada segundo de tortura.


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