Mi suegro quiere ver a su esposa penetrada por otro
Una noche de fiesta mi suegro octogenario me pide que le cumpla la fantasía de ver a su anciana y ebria esposa penetrada por otro.
El aire olía a whisky barato y a secretos viejos. Tres botellas vacías danzaban sobre la mesa del comedor, testigos mudos de lo que estaba por ocurrir. Mi esposa, Marta, roncaba suavemente en la habitación de invitados, ajena a todo. Yo permanecía en el salón, con el corazón golpeándome las costillas, mientras mis suegros bailaban un bolero desgastado.
Roberto, mi suegro de setenta y cinco años, me había confesado su fantasía semanas atrás. Quería ver a Elena, su esposa de ochenta, siendo poseída por otro hombre. Yo me negué, horrorizado. Pero él insistió: «Ella ya no ve bien, y cuando bebe… se desinhibe. Luego pierde la conciencia, aunque sus ojos estén abiertos». Sus palabras me perseguían ahora, mientras observaba cómo Elena, tambaleándose, se apoyaba en su hombro.
«Espera aquí», me susurró Roberto, guiando a Elena hacia su dormitorio. Su mirada era una orden. Pasaron diez minutos que se sintieron como horas. Finalmente, la puerta se entreabrió y su mano me hizo señas.
El cuarto estaba en penumbra, solo iluminado por una lámpara de noche. Elena yacía sobre la cama matrimonial, vestida solo con una combinación de seda descolorida y medias. Sus ojos vidriosos miraban al techo. Roberto estaba sentado a su lado, acariciándole el cabello blanco.
«Ven», dijo Roberto, su voz grave. «Desnúdate».
Mis manos temblaban mientras me despojaba de la ropa. El aire frío de la habitación me erizó la piel. Roberto guió mi cuerpo hacia la cabecera de la cama, colocándome de pie junto a Elena.
«Mi amor», murmuró Roberto, inclinándose sobre su oído. «Tengo tanta leche para ti. ¿La quieres?»
Elena murmuró algo ininteligible, luego, con más claridad: «Dame tu leche, Roberto. Tengo sed».
Roberto me miró y asintió. Con cuidado, guió mi erección hacia la boca entreabierta de Elena. Sus labios, arrugados pero suaves, se cerraron alrededor de mi glande. Un gemido gutural escapó de su garganta.
«Estás… más duro», murmuró ella, hablando como si fuera su marido. «Más grande que de costumbre». Su boca comenzó a moverse, un lento y torpe vaivén. Sentí el roce ligero de sus dientes postizos, el cálido hueco de su boca. Chupaba con una lentitud agonizante, perdida en su niebla etílica. «Acaba en mi boca», pidió, su voz cargada de un deseo que no me pertenecía.
No pude contenerme. El calor, la prohibición, la presión de la mano de Roberto en mi espalda… Sentí la tensión acumulándose en mi base. Con un gruñido ahogado, exploté en su boca. Ella tragó con avidez, un sonido húmedo y profundo, limpiándome con su lengua hasta la última gota.
«Ahora», ordenó Roberto, su respiración entrecortada. «Penétrala. Lentamente».
Me acomodé entre sus piernas abiertas. Sus muslos, flácidos y pálidos, temblaban. Con una mano, separé los pliegues de su vulva, sorprendido por la humedad que encontré. Su entrada cedió bajo la presión de mi miembro, aún sensible. Un suspiro largo salió de sus labios.
Empecé a moverme, un vaivén pausado y profundo. Su vagina, sorprendentemente cálida y ajustada, se abría y cerraba a mi ritmo. Pronto, la lentitud se volvió insuficiente. El alcohol, la oscuridad, la mirada fija de Roberto… Perdí el control. Mis caderas chocaron contra las suyas con fuerza, con un ritmo primitivo y acelerado. El sonido de nuestros cuerpos húmedos llenaba la habitación.
Al mirar a Roberto, vi que se había desnudado. Se masturbaba con furia, su puño subiendo y bajando sobre su propia carne. Luego, de la mesilla de noche, sacó un consolador negro y grueso. Sin dejar de frotarse, guió el juguete hacia el ano de Elena, que yacía de lado para mí. Ella gimió, un sonido de placer y sueño combinados, mientras él se lo insertaba con cuidado, luego con más vigor.
Mi suegra empezó a roncar. Un ronquido suave y pausado, incongruente con el acto. Sus ojos permanecían semicerrados, pero estaba profundamente dormida.
«Apártate», jadeó Roberto.
Yo me retiré, y él tomó mi lugar. Vi cómo su cuerpo envejecido se fundía con el de su esposa, penetrándola con una ternura devastadora, un vaivén lento y amoroso que contrastaba con mi furia de momentos antes.
Luego, me miró por encima del hombro. Sus ojos brillaban con lágrimas y deseo. «Ven», dijo. «A mí».
No lo pensé. Me acerqué por detrás. Él se inclinó, ofreciéndome su espalda. Con manos temblorosas, guié mi miembro, ya medio erecto de nuevo por el espectáculo y el morbo, hacia su ano. La entrada fue estrecha, difícil. Él gimió, una mezcla de dolor y éxtasis, y empujó contra mí. Comencé a moverme, sincronizando mis embestidas con las que él le daba a Elena. Era un trío grotesco y ardiente, una pirámide de carne y sudor y whisky.
Al cabo de unos minutos, Roberto gritó, un sonido ahogado y áspero, y se desplomó sobre el cuerpo de su esposa, vaciándose dentro de ella.
«Yo… yo voy a acabar», anuncié, sintiendo la familiar tensión.
Roberto se dio la vuelta con agilidad sorprendente. Se arrodilló ante mí, sus labios se cerraron alrededor de mi miembro. Su boca era experta, urgente. No duró ni treinta segundos. Con un gemido, descargué en su garganta. Él bebió cada chorro, cada espasmo, limpiándome con devoción antes de separarse.
Nos miramos, jadeando, cubiertos de sudor y vergüenza y una extraña camaradería. Sin palabras, nos vestimos. Él arropó a Elena, que seguía roncando plácidamente, y apagó la luz.
Al día siguiente, el sol entró brutalmente por la ventana de la cocina. Elena preparaba café, quejándose de una resaca monumental y de lo poco que recordaba de la fiesta. Roberto me pasó junto a la mesa, poniéndome una mano en el hombro. Su voz era un susurro seco.
«Gracias», dijo. Su mirada era serena, satisfecha. «La puerta está abierta. Cuando quieras… las veces que quieras».
Salí a la calle, sintiendo el peso del sol en la piel y el sabor amargo del pecado compartido en la boca. Sabía que volvería. El infierno, al fin y al cabo, rara vez se encuentra solo.



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