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Lesbiana, Travestis / Transexuales

Padrino de las hijas de Lorena y Rosalía (2)

Ya conté antes que yo sería el padrino, y cómo conocí a la Trans Alicia, quien sería la madrina. Esta ocasión contaré lo que Alicia y yo hicimos para conocernos completamente..
Desde la primera vez, donde saboreamos nuestro semen en un 69 y nos comimos a besos, íbamos a seguir disfrutándonos y conociéndonos con mayor intimidad, pero Alicia suspendió todo de golpe pues recordó que debía ir a una reunión de trabajo que le era muy importante, tanto profesional como económicamente.

Ella me habló por teléfono al día siguiente para disculparse y explicarme su intempestiva retirada. También insistió en que “lo de ayer fue uno de los momentos más hermosos de mi vida, y quiero continuar con lo que dejamos pendiente”. Obviamente acepté su explicación y quedamos de acuerdo en vernos pronto en su departamento, en el mismo piso donde viven Lorena y Rosalía, nuestras futuras comadres.

Al llegarse la noche de nuestra cita, Alicia me recibió con lencería blanca transparente (sostén, tanga y neglillé) y unas pantuflas blancas con aplicaciones nacaradas.

–¡Qué belleza tan elegante! –exclamé al verla y le di un ramillete de rosas que escogí para ella.

–Está para lo que tú le quieras hacer –dijo al tiempo que giraba el cuerpo sosteniendo las flores y me dio un beso al terminar su vuelta.

–¡Esto también se ve muy promisorio! –expresé al ver la mesa con exquisitos platillos, adornada al centro con un florero conteniendo narcisos y tulipanes.

–Esto es cortesía de las comadres. Les platiqué de nuestra cita y de inmediato dijeron “Nosotras haremos la cena para ustedes” –explicó Alicia colocando las rosas en un florero con agua que depositó en la mesa de centro.

Me desvistió, entre mimos y besos, colocándome una trusa y una camiseta transparentes y unas pantuflas muy cómodas, también de color blanco.

–También quiero verte elegante mientras cenamos –me dijo, dándome un sacacorchos para que abriera la botella de vino.

Durante la cena, entre beso y beso, platicamos del contrato que firmó con una editorial muy famosa para ilustrar una colección de libros para infantes y otra para jóvenes adolescentes. Lo cual tenía mucha importancia para ella pues la proyectarían mejor profesionalmente y, además del pago inicial que cubriría lo que ella estaba acostumbrada a recibir normalmente, tendría 4% de regalías sobre las ventas, lo que la hacía más feliz pues en la obra se le consideraría coautora.

Al terminar con la cena, nos fuimos a la sala a tomar el brandy y el café. Nos morreamos de lo lindo deshaciéndonos de nuestra ropa y pasamos a platicar de nuestras intimidades.

–¿Cómo supiste que eras bisexual? –preguntó Alicia poniendo su mano en mi pene, acariciando mi glande con el pulgar para distribuir el presemen que me brotaba continuamente.

–De niño, el sexo sólo se daba por los juegos con mis amigos. A todos nos gustaba acariciar y chupar los miembros entre nosotros, pero las niñas nos resultaban muy atractivas y, según nosotros, practicábamos para aprender a besarlas cuando ellas fueran nuestras novias –conté, entre otras cosas.

–¿También se penetraban? –preguntó antes de darme un paseo de su lengua por todo mi aparato–. Cuéntame –ordenó suspendiendo momentáneamente sus lamidas.

–Sí, también considerábamos la penetración como parte del entrenamiento –señalé.

–¿Te gustaba eso también? –preguntó irguiéndose para besar mi pecho.

Al lamer mis pezones recordé varias escenas de mi infancia, las cuales le fui contando, iniciando por señalarle que no me gustaba, pero tampoco me disgustaba. La satisfacción mía era darles gusto a mis amigos, pero al sentir los labios de Alicia succionándome los pezones, recordé que mi mayor satisfacción sensorial con mis amigos, además de mamar y ser mamado, la tenía cuando me tocaba cogérmelos, pero no estaba en mi pene, es decir, no en la sensación al penetrarlos, sino en la de acariciar su cuerpo al estar sentados en mi regazo. Recordaba cómo pasaba mis manos por su ombligo y su pecho; sentir sus pezones y jugar con ellos; sentir el calor de la piel de su espalda extendiéndose en mi pecho; aparear la tibieza de sus nalgas con la de mi pubis; extender mis brazos para agasajarme jugando con su pene y tener sus testículos en la palma de mi mano. Ellos, ante mi estímulo, se movían para disfrutar mi pene duro y yo besaba su cuello y su espalda. También, cuando me tocaba chuparles el pito, les acariciaba sus bolitas y se las metía en el canal inguinal y mi boca pasaba a su escroto donde, con la lengua, acariciaba las estrías para soltarlo de golpe y mi lengua esperaba a que los huevitos bajaran para succionarlos juntos o separados. En todo ese tiempo, mi mano les hacía una chaqueta y, cuando el presemen abundante me las mojaba, mi boca volvía a su glande para saborear ese néctar ligeramente salado.

–¡Wow, sí que gozaban ustedes! –exclamó Alicia y me dio un beso metiendo su lengua para recorrer mi cavidad bucal.

–Sí me gustaba esforzarme en los mimos, esperando algo parecido por parte de ellos, pero nunca tuve unas caricias tan esmeradas como las que yo daba –confesé.

–¿Cuándo te penetraban no te sentías mujer? –preguntó, pero no le pude contestar porque se puso de pie y me ofreció su pene.

Con sus manos en mi nuca mesándome los cabellos, engullí por completo el penecito y le acaricié los huevos, un poco menos grandes que los míos, repitiendo las acciones que había detallado: guardárselos en el canal inguinal; lamer el escroto; soltarlos y mamarlos nuevamente en tanto que la masturbaba con jalones de tronco y, al sentir la humedad en mi mano, volví a mamarle el pene hasta que tuve su eyección bañándome la lengua y saboreé su pasión. Me soltó la cabeza, pero yo lo sostuve firmemente de sus nalgas, para impedirle que me sacara su verguita ya exangüe de mi boca. El tronco se había reducido de tamaño, pero al prepucio le añadí el escroto en mi boca y con mis caricias, el pene volvió a crecer. Alicia volvió a tomarme de la cabeza y se puso a follarme por la boca desesperadamente hasta que volvió a eyacular, gritando “¡Eres un puto divino, mi amor!”. La solté y ella se acostó en el sofá sollozando y llorando de felicidad.

La dejé descansar y me tomé de golpe el brandy que quedaba en mi copa para reflexionar en la pregunta que, por el desencadenamiento de las pasiones al tener su falo en mi boca, ya no le pude contestar. Cuando vi que se normalizó su respiración comencé a hablar.

–Supongo que también los hombres debemos tener algo de personalidad que pertenezca a las mujeres. Unos más cargados hacia Venus que hacia Marte –dije en alusión al título del best seller de John Gray–, la única vez que me recuerdo con pensamiento de mujer fue cuando a los diez años mi mejor amigo me mamaba la verga y yo le sostenía la cabeza creyéndolo mi hijo y pidiéndole que se tomara la leche que le daba su mami. No me refería a la ricura que me diste, porque en ese entonces yo aún no eyaculaba.

–¿Qué sientes, en cuanto a tu personalidad venusina o marciana, cuando chupas una verga? –inquirió desde su sitio de descanso.

–No me siento ni hombre ni mujer. Más aún, cuando te mamé, nunca te pensé como si fueses un hombre. Me creí un hombre dándole gusto a una bella mujer. Las pocas veces que he chupado vergas, lo he hecho por el gusto de probar una verga exprimida y llena de flujo de mujer, no porque se trate de un hombre, quizá por darle gusto al propietario de la herramienta ya disminuida cambio de darme gusto a mí mismo –precisé.

Sin embargo, me quedé con la duda de haber gozado el sabor del semen que le había extraído a Alicia y me pregunté “¿Por qué?”, y me contesté “Porque la miro como mujer y el resto son parafilias que cargo desde la niñez”.

–¿Alguna vez te has sometido a exámenes psicológicos? –preguntó Alicia mostrando curiosidad.

–Sí, en la mayoría de los empleos o promociones lo hacen. También en pruebas que duraron varias sesiones, en este caso por interés de una amiga psicóloga, quien después de concluir su análisis de su examen me dijo simplemente “Eres un caso muy raro, ¡estás equilibrado en todos los aspectos!”, pero eso fue hace varios años –concluí.

–Tráete las copas, vamos a acostarnos a la cama –ordenó tomando ella la botella de brandy.

–No pregunto si tú te sientes mujer, porque eso es evidente. Para mí lo eres, y muy bella. ¿Es por eso que te gustan los hombres? –pregunté con temor de molestarla.

–Sí, me gustan los hombres, pero desde que yo recuerdo siempre me atrajeron. Más tarde me di cuenta que físicamente yo era hombre, aunque me sentía mujer, pero también me gustaba estar con mis amigas y me enamoraba, si es que a esa edad puede una enamorarse, tanto de las mujeres como de los hombres. En la adolescencia comenté este descontrol mental a mis padres. Pasé por muchos psicólogos y psiquiatras. Supongo que mis hormonas pesaban más del lado femenino pues mi voz no se puso grave y mis pezones no se quedaron pequeños. A los trece años decidí ser mujer y elegí llamarme Alicia, por la obra de Lewis Carroll, porque me sentía atrapada en un juego de espejos donde este hombre se veía como mujer en la imagen, pero al estar desnuda veía al hombre en la imagen y me excitaba. ¡Imagina cuánta confusión tenía! Afortunadamente, mis padres apoyaron mi decisión de ser mujer, quizá aconsejados por los médicos. Tomé regularmente hormonas que me permitieron este busto, pequeño, pero bonito.

–No esta tan pequeño, y sí, está muy bonito –aseguré y me prendí de una teta.

–Mama, mi niño tómate la lechita de mami… –dijo acurrucándome en su seno al repetir lo que le conté de mí cuando mi amigo me mamaba la verga.

–Fue ya a los dieciocho cuando acepté que también era lesbiana. Para entonces, me surgieron más dudas respecto a mi personalidad. Pero las disipé casi de golpe: yo estoy muy feliz con mi cuerpo femenino, y mi pene pequeño que envidian algunas de mis amigas lesbianas, pero lo disfrutan mucho. Eso me permitió superar mis complejos y acepté que yo era yo y era feliz así –concluyó Alicia terminantemente, mostrándome con orgullo su desnudez y yo la miré hermosa y radiante.

–Sí, eres bella y tienes algo más, del tamaño exacto –dije y me puse a chupar su falo y los huevos.

–¿Me puedes penetrar para sentirte mejor? –me pidió volteándose bocabajo colocando una almohada bajo su panza–. En el cajón está el lubricante… –dijo señalándome uno de los burós.

Tomé el frasco del cajón y antes de abrirlo le besé las nalgas, se las lamí y le metí la lengua en el ano. “Qué rico y amoroso te siento”, susurró con voz arrecha. Le puse el lubricante introduciendo uno a uno los dedos. Me puse aceite en mi verga y poco a poco, escuchando la tierna melodía de sus quejidos conforme entraba mi verga en su recto. Cuando mis huevos golpearon a los suyos, exhalamos un suspiro sincrónicamente. Metí mis manos bajo su cuerpo para asirme de sus tetas y comencé el mete y saca. Incrementé la frecuencia tal como sus gritos femeninos aumentaban. Mi golpe del pubis en sus bellas nalgas se escuchaba como aplausos y nuestras ovaciones presagiaron mi descarga acompañada de un grito que Alicia secundó al sentir el fuego de mi eyaculación.

Nos quedamos yertos. Fueron casi quince minutos de músculos tensos y fricción de piel, el sudor de mi pecho se mezclaba con el de su espalda. Cuando mi verga se desmayó y salí de ella, me incorporé para ver salir la leche resbalando por el periné hasta sus huevos. De inmediato, mi boca fue al escroto y lamí mi propia leche.

–Dame, yo también quiero –exigió y se la di en un beso.

Dormimos unas dos horas. Ella se despertó y fue al baño a asearse. Al regresar, me besó las nalgas y las lamió tal como yo le había hecho a ella. Luego se acostó a mi lado. Bajé mi mano y sentí la dureza de su pequeño falo, adivinando que ella era “de ida y vuelta”, lo cual no era raro dada su condición.

–¿A ti te gusta penetrar por el ano? –pregunté de manera obvia, dada su conducta previa.

–Sí, es lo que más le gusta a mis amigos machines –confesó.

–Desde que tenía doce años, no me han penetrado. Trátame con cuidado –supliqué resignado poniendo las rodillas flexionadas manteniendo mi cabeza en la almohada.

–Si no quieres, no lo hago… –ofreció al ver mi falta de entusiasmo.

–Sí quiero, porque tú quieres –le contesté dándole un beso en los labios y sonreí.

La verdad, a pesar de la pequeñez de su pito, no fue muy placentero para mí al inicio, pero se compuso al final, sobre todo cuando sentí que me llenó de semen… Quedamos rendidos otra vez y dormimos hasta el amanecer.

Nos metimos a bañar. Yo gasté mucho jabón de su cintura hacia abajo. Quedé enamorado de su penecito. Justamente cuando terminamos de secarnos, sonó su teléfono, era Lorena y Alicia puso el altavoz.

–¡Hola comadre! Vente a desayunar para que nos platiques qué tal estuvo la cena “y también la sobremesa” –se oyó que gritó Rosalía.

–Espérame un segundo –dijo Alicia y me hizo una señal interrogante, la cual asentí–. Sí, pero somos dos.

–¡Oh, los interrumpí! Perdón amiga… –dijo Lorena con voz lastimera.

–No hay problema, Lore, ya nos bañamos y estábamos vistiéndonos, en unos minutos vamos, gracias –afirmó Alicia y colgó.

–Quédate así, sin afeites te ves muy bonita –le dije interrumpiéndola cuando se sentó ante el peinador.

Alicia sonrió y me miró con alegría, dejando el bilé de lado. En verdad se sentía mujer. Al vestirnos, le advertí a Alicia que yo solamente desayunaría y me retiraría de inmediato. Una vez que estuvimos listos fuimos a ver a las comadres.

–¡Qué gusto de verlos juntos! –dijo Rosalía al recibirnos.

–Estos sí son compadres de verdad, me da gusto. ¿Van a vivir acá? –preguntó Lorena.

–¡Ay amiga, qué más quisiera yo! De mi parte, si pudiéramos tener hijos, yo le pediría matrimonio, ¡pero ya! –externó Alicia y me besó.

7 Lecturas/3 julio, 2026/0 Comentarios/por Chicles
Etiquetas: amiga, amigos, baño, bisexual, hijo, mama, mayor, sexo
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