Padrino de las hijas de Lorena y Rosalía
Yo fui el padrino y la trans Alicia fue la madrina..
Cuando mis amigas lesbianas, Lorena y Rosalía, lucían una barriga de seis meses de embarazo –justamente al medio año de su boda, la cual relaté en “Fiesta de traje”– las pasé a saludar a su casa y les pregunté quién era el padre de los críos. “Aún no sabemos, hay seis posibilidades en cada caso. Quizá lo sabremos cuando nazcan”, dijo Lorena. “¿Te interesaría saber si tú fuiste alguno de los ganadores del sorteo?, preguntó Rosalía. No supe qué contestar.
–¡Qué cara pusiste! Obviamente concebimos el día en que nos casamos. Pero no te preocupes, ellas llevarán nuestros apellidos, sin importarnos quiénes hayan sido los inseminadores –dijo Lorena acariciando mi barbilla.
–¿Me invitan un trago de algo fuerte?, por ejemplo, mezcal –pregunté, pues en verdad estaba sorprendido.
–Tenemos Sotol, que trajimos de mi tierra, es lo más fuerte que hay aquí –señaló Rosalía y fue hacia su barra.
En verdad, aunque los seis invitados a la boda festejamos alegremente, y todos ya habíamos cogido antes con ellas dos sin consecuencias porque tenían un control de natalidad adecuado, ese día no caímos en cuenta que nos usaron como sementales. Al menos yo, aunque hubo muchos indicios para suponerlo.
Apenas me dieron el trago, me lo empiné de golpe y extendí el vaso para que me sirvieran más. El segundo trago lo tomé pausadamente y en silencio, sentado entre mis dos amigas, ensimismado en las posibles secuelas de esa noche de bodas.
–¿Qué te pasa? – preguntó tiernamente Lorena, recargando mi cabeza sobre sus tetas.
Quizá mi gesto reflejaba angustia y eso motivó a que ellas me abrazaran como si de un infante asustado se tratara. Después de que di el segundo sobo al Sotol, Rosalía me quitó el vaso de la mano.
–Los siguientes tragos serán de calostro –indicó Lorena, deslizando los tirantes del sostén y de su blusa del hombro.
Al quedar descubierta su teta, abrí la boca y me puse a mamar. Acaricié la barriga de Rosalía con mi mano derecha y, mientras yo mamaba a Lorena, Rosalía se despojó de sus prendas superiores. Y tomándome la mano, la subió hasta su pecho para hacerme consciente de que ella también demandaba mi boca.
Al poco tiempo ya estábamos desnudos los tres sobre su cama, prodigándonos caricias, besos y chupadas.
–Aunque no lo creas, tenemos seis meses de no tener dentro una de carne, y tú serás el primero de los que darán cariño a nuestras bebas –dijo una de ellas y me dejó ver que ya sabían el sexo de sus crías.
–¿Ya conocen el sexo de sus descendientes? –pregunté para cerciorarme.
–Sí, desde hace tiempo. Ahora te cogerás a cuatro damas –señaló Rosalía subiéndose en mí, sentándose sobre mi pene.
–¿No habrá problema? Así te entra profundamente… –aseguré y obtuve como respuesta una sonora carcajada antes de que Rosalía comenzara a cabalgar frenéticamente.
–¿Te crees muy vergón?, difícilmente llegarás al cérvix –aseguró Lorena–. No te preocupes, ya lo hablamos con el doctor.
Ante esa seguridad que ellas mostraban, dejé que me usaran como ellas quisieron y les atendí en todo lo que me pidieron hacer. ¡Quedamos rendidos!
–Ya te vimos cómo te divertiste el día de la boda. Te gusta mamar verga y huevos y lo haces de muy buena gana –precisó Lorena–. ¿Te gusta que te la metan? –preguntó blandiendo un dildo de dos puntas que usan ellas.
–¡Ja, ja, ja! No, las pocas veces que me la metieron y la metí en un hombre fueron cuando tenía nueve años, con mis amigos de edad similar. Pero desde entonces me gustó chuparlas. Lo hago con más gusto si están recién venidas, por lo chiquito, porque me gusta el sabor que aún traen del atole de la chica que usaron –aclaré después de hacer a un lado el dildo que me puso en la boca Lorena, el cual lamí porque me atrajo el olor y aún estaba mojado con los flujos de ella.
–¿Te ha atraído algún hombre? –preguntó Rosalía mientras me lamía los huevos.
–Cuando trataba de pensar en estar con algún hombre, recorría mi lista de conocidos o a quienes sólo había tratado muy poco, pero que por una u otra razón me habían resultado agradables y atractivos. Quienes me parecían mejores candidatos eran jóvenes, pero esto resultó que se debía a que los imaginaba de pene chico, o no tan grande para que me cupiera completamente en la boca, así que deseché completamente a este tipo de personas –indiqué cuando Lorena sustituyó a Rosalía en las caricias a mis testículos–. Sin embargo, cuando vi fotos en Internet de hermafroditas y de algunas mujeres con clítoris muy grandes, incluso se erguían aparentando ser pequeños penes, se me antojó tener una de esas como pareja, pero nunca me topé con alguien así. También vi fotos de algunos transexuales y sentí atracción por los que lucían como bellas mujeres y tenían el pene pequeño, me agradaban más cuando estaban con el pubis rasurado pues me recordaban la piel y la verga de mis amiguitos.
–¿Has conocido a alguna así? Por ejemplo, jovencita, con el rostro de muñeca, buenas nalgas, chiches relativamente normales con pezones chupables y verga pequeña, aunque con huevos normales… –preguntó Rosalía ofreciéndome una copa de vino blanco.
–Buena descripción, se antoja… –acepté–, pero no, las únicas trans que he visto no me resultaron agradables porque sus tetas operadas carecían de la caída natural –precisé tomando una teta del pecho de Lorena para subirla y dejarla caer suavemente–, y, además, presumían de una vergota inmensa. Nada que pudiera parecerse a la belleza que describiste –concluí tomándome el vino.
Ellas se miraron y sonrieron al chocar sus copas.
–Oye, ¿aceptarías ser el padrino de las nuestras nenas? Al fin que ya las regaste… –expresó Rosalía.
–Ya tenemos apalabrada a la madrina, seguramente Alicia te va a caer bien. Es una vecinita a quien conocimos cuando, en la preventa, compramos este departamento. Ella es ilustradora. Es muy guapa –señaló Lorena.
–De mi parte, no hay problema. Sin importar quién sea la madrina –acepté.
–¡Perfecto, voy a ver si está para que la conozcas! –y, tomando su celular, Lorena pasó del dicho al hecho y citó de inmediato a la madrina–. Alicia dijo que vendrá en unos minutos, advirtió Lorena, yéndose a la sala.
–¡Uff, mi ropa también está en la sala! –dije levantándome de la cama.
–No, que te conozca tal como eres. Ella ya nos conoce bien… desde antes de la boda –expresó Rosalía tomándome de la mano para que regresara a la cama, lo que me hizo suponer que Alicia también era una lesbiana.
Se escucharon unos cuchicheos cuando Lorena abrió la puerta después de que sonara el timbre. Al lado de Lorena desnuda, entró Alicia tomada de su mano. Ella vestía una ropa casual: blusa blanca sin mangas y sin sostén que dejaban translucir unos pezones grandes y rosados; pantalón de lino algo amplio, pero que no ocultaba el perfil de unas nalgas paradas; huaraches que dejaban ver unos pies bonitos y bien cuidados, uñas con esmalte rojo adornadas con figuras amarillas. Una cara muy bonita, con unas sombras rosas tenues, poco rímel, pero un delineador algo exagerado.
–Alicia, te presento al padrino de mis hijas, si tú estás de acuerdo, ¡claro…! –le dijo Lorena y Rosalía me quitó la sábana con la que me había cubierto yo –. Eso, que te conozca bien –dijo Lorena cuando quedé expuesto.
–Hola, soy Alicia. ¡Te ves muy bien! –me saludo–. ¿Puedo tocar? –le preguntó a Lorena, extendiendo la mano hacia mí.
–Antes, lo correcto es que él te conozca también, no te aproveches… –precisó Lorena, subiéndole la blusa a Alicia para quitársela.
Alicia se quitó el pantalón y los huaraches, quedándose en pantaletas. Se hincó en la cama y Rosalía se puso de pie diciendo “Ahora el premio, lo que más te va a gustar”, y le quitó lentamente la única prenda que faltaba, dejando descubierto un pubis rasurado con una verguita muy erguida de pequeño tamaño y grosor, pero unos huevos similares a los míos que le colgaban deliciosamente.
–Ahora sí, se vale tocar… –dije sopesando sus huevos.
Lorena y Rosalía se retiraron y cerraron la puerta después de decirnos “Conózcanse bien”.
Pues fue amor a primera vista. De inmediato nos abrazamos y nos besamos. Alicia quedó sobre mí y movió su pene sobre el mío. Más besos y ella se sentó sobre mi verga, tomo mi cabeza para invitarme a mamar sus chiches, lo cual hice con mucho deseo. Pasamos al 69.
–Hacía varios meses que no probaba este sabor tan rico de mis comadres, tu cara tiene un buen recubrimiento de su flujo –señaló, pues ellas también me pasaron sus vaginas por toda la cara, y Alicia me chupó con deleite.
Me pude meter completamente su miembro en mi boca. Saboreé recordando feliz la pijita dura de mis amigos de la infancia, con mi lengua recorriéndole el tronco y el glande. Más tarde, también, aunque con esfuerzo, pude meterme los dos huevos simultáneamente a la boca. Alicia se vino pronto, llenándome con su miel la boca. Yo también solté, pero poca porque mis futuras comadres ya me habían exprimido esa vez. No obstante, una vez que saboreamos el semen extraído, nos besamos efusivamente para mezclar el amor inesperado que surgía.
Lamentablemente, ese día, en pocas horas, Alicia debía ir a entregar unos bocetos que le pidieron para un libro infantil y lo recordó de golpe cuando me estaba acariciando el rostro. “¡Mucho gusto!”, dijo besándome los labios y comenzó a vestirse apresuradamente.
–¿Qué pasa? –pregunté extrañado-
–Acabo de recordar que en media hora debo entregar un trabajo y, si es aprobado, firmaré un jugoso contrato. Debo apurarme para llegar a tiempo –insistió al colocarse los huaraches –Discúlpame, pero es una situación muy importante para mí –dijo antes de salir de la recámara.
–¡Adiós, comadres, tengo algo urgente qué hacer! –fue todo lo que les dijo a mis amigas y cerró de un portazo la puerta del departamento.
Rosalía y Lorena no entendían lo que pasaba y de inmediato se asomaron a donde yo estaba. Sus caras de perplejidad se acompañaban de gestos angustiantes. Seguramente ellas temían que yo le hubiese hecho o dicho algo malo a su amiga Alicia.
–¿Qué pasó? ¿Por qué salió Alicia de imprevisto? –preguntaron al verme.
–Dijo que tenía un importante asunto de trabajo en media hora y que lo había olvidado. Se vistió y salió. Le creo, yo también estaba en otra onda, sin importarme lo que pasaba alrededor –dije suspirando y me levanté para vestirme.
Afortunadamente, a las pocas horas, cuando Alicia regresó, les explicó a las amigas lo sucedido y la importancia de entregar un trabajo donde invirtió varias semanas de trabajo y que su compromiso profesional no se viera afectado. Encarecidamente, les solicitó mi número de teléfono para hablar conmigo. Y sí, hablamos más de una hora. Quedamos de vernos otro día. Lo hicimos varias veces antes del bautizo, y después del bautizo…



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