Un Dia Caluroso de Primavera en El Río (primera parte)
Una escapada al rio en un bonito dia de primavera para pasarla tranquilo y relajado , termino con tres adultos mayores dentro de un pequeño y destartalado bote..
Somos un matrimonio (Marisa y Agustín) de Buenos Aires, Argentina, que hace un par de años atrás sabíamos participar bastante del antiguo SST. Somos pareja de casi medio siglo y nos gustaba (y descubrimos que aún nos gusta) el exhibicionismo y el encuentro con personas “distintas”. Antes de empezar con el relato, solo quiero detallar que lo nuestro no son historias inventadas, no son fantasías sin cumplir ni nada por el estilo; lo nuestro es 100% real y creo que eso le da un ingrediente distinto.
Septiembre en Buenos Aires y pareciera que la primavera no quiere llegar. Aun a fin de mes, el frío y la lluvia del invierno no se van del todo, pero por suerte en la última semana tuvimos dos días hermosos de gran calor (casi 30 grados) y, como el pronóstico decía que vendrían nuevamente los días feos, decidimos aprovechar y nos fuimos con mi esposa al delta de Tigre, una zona rodeada de islas y ríos con pequeñas playas de arena cerca de la ciudad, que son un lugar especial para una escapada de una tarde. Habían pasado muchos años desde que no íbamos a esa zona; nos subimos al auto y nos dirigimos hacia el puerto, donde tomamos un catamarán que nos llevó al lugar.
Luego de no más de 20 minutos de viaje llegamos al parador. Pensamos que habría mucha gente por el bonito día que hacía, pero quizás por ser un día a mitad de semana y con lo raro que estaba el clima, la gente no se animó a viajar. Nos dirigimos al vestuario y nos cambiamos. Marisa estrenó su trikini nueva y, a pesar de la edad y de que estamos pasados los dos un poquito de peso, nunca deja de usar ropa pequeña de playa que deja su gran trasero al descubierto. Pasamos por el negocio para comprar algo frío para beber y nos buscamos un lugar cerca del río, debajo del único árbol que da sombra y donde hay un par grande de piedras que se pueden utilizar de asiento o mesa.
La tarde pasaba tranquila, sin nada que pareciera perturbar nuestra relajación. Mi esposa adora tomar sol desnuda, pero en este lugar está prohibido; entonces, para poder dorarse lo mejor posible sin que le queden muchas marcas, se acomoda las partes de su trikini para que apenas tape los pezones y la vagina. Esto fue lo que nos daría un cambio total del día de playa. Pasaron un par de horitas y a escasos metros de nosotros se acomodaron tres personas, dos hombres y una mujer. Entraron directamente por el río, ya que vinieron en un destartalado bote que parecía tener más años que Matusalén.
Mi esposa se había dormido en la arena; tenía un gorro, anteojos negros y una toalla que le tapaba los ojos para evitar el fuerte reflejo del sol. Muy amablemente me saludaron a la distancia y empezaron a sacar comida de sus bolsos como para un festín. Todo seguía normal y tranquilo hasta que aparece una mujer que, de muy malas ganas, vino a reprocharle a mi señora ( que aún estaba dormida) que se tapara las “partes íntimas”, ¡porque su hijo estaba jugando a la paleta y no tenía por qué ver tal espectáculo! ¡El hijo tenía como 15 años! No era un nene, y ellos estaban en la otra punta de la playa; pero sucede que mi esposa se ajustó tanto la parte de abajo de su trikini para tomar sol sin marcas, que se le salieron los vellos púbicos por los costados. El pajero del hijo tiraba la pelota a cada rato para nuestro lado para poder verle los pelos de la vagina a mi esposa, que ni idea tenía de lo que estaba sucediendo ya que estaba durmiendo.
No había forma de calmar a la mujer; se molestó tanto que vino el encargado y el salvavidas del lugar a ver qué sucedía. Con tanto barullo, Marisa se despertó y no entendía nada. Alrededor suyo había una mujer histérica, un salvavidas, el encargado y el bobo del hijo que, a pesar del quilombo, no dejaba de mirar a mi esposa.
Cuando la mujer le explicó lo sucedido al encargado y al salvavidas, que eran los únicos responsables del lugar, ambos le dijeron que se calmara. La mujer solo sabía decir: —Esta desnuda esa mujer, que se tape o échenla del lugar—. Mi esposa no decía nada, ella es una persona muy pasiva y cero violencia, pero se defendió y dijo: —¿Dónde estoy desnuda? ¿Acaso usted no tiene vello púbico?—. La situación se estaba poniendo fea y ambos encargados le pidieron a la mujer que volviera con su hijo a su lugar, que por favor mantuvieran la cordura y que respetaran la zona donde estaban las demás personas descansando. —Acá no hay nadie desnudo— respondió el encargado, y de fondo se escucha a las tres personas decir: —La pareja está tranquila descansando en la arena. El chico es el que molesta con la pelota, ¿por qué no se queda en su lugar jugando en vez de venir hacia acá a molestar?—. La madre toma del brazo al hijo y, murmurando varios insultos, se vuelve a su lugar. Inmediatamente el encargado del lugar nos pide disculpas y nos comenta que ya había tenido anteriormente problemas con la misma señora.
Le agradecemos su apoyo a las tres personas, quienes nos invitan a comer, y les respondo que gracias, pero que habíamos traído comida. Me dirijo hacia el muelle a comprar una bebida fría mientras mi esposa se acomoda nuevamente y sigue con su rutina de tomar sol. Tardé bastante, casi media hora, porque estaba solo el vendedor y se había complicado el refrigerador. Cuando volví, Marisa se había vuelto a dormir; entonces busqué un emparedado de pollo que habíamos traído, ¡y el calor realizó su trabajo! ¡No se podía comer! La salsa se había puesto gomosa. Cuando vieron que estaba tirando la comida en el tacho de basura, gentilmente las tres personas me invitaron a comer con ellos y acepté con gusto, pues tenía hambre a esa hora. —¿No invitás a tu señora?— me preguntó la mujer, y le respondí que estaba durmiendo, que mejor era dejarla.
Me senté junto a ellos y tenían una gran variedad de comida que disfruté. Pasamos un rato largo hablando y me estaba dando el sol fuerte en la espalda; me cambié de lugar junto a los dos hombres debajo del árbol, y en ese momento me doy cuenta de algo que me cambió la tarde (y luego también a mi señora): desde donde estaban sentados ambos hombres, tenían de frente a mi esposa y se podía ver en primer plano cómo se salía todo el vello de su vagina ¡y hasta apenas un poquito del labio vaginal! Desde donde yo estaba junto a ella en la arena no me imaginé cómo se veía o lo que se veía. Me quedé pensando en el encargado y el salvavidas; ellos también habían visto la exposición de mi esposa, pero no dijeron nada.
Sentado junto a los dos hombres, mi di cuenta de por qué miraban tanto hacia donde estábamos con mi esposa y por qué tenían a la mujer (la esposa de uno de ellos) sentada de espaldas hacia Marisa; ¡y no disimulaban nada, aun estando yo sentado junto a ellos! Pasó un rato y mi esposa se despierta y me ve junto a las personas comiendo. Me acerco apresurado hacia ella y, luego de que tomara algo frío y se despertara bien, le comenté lo que había descubierto. —Acérquese a comer, señora— gritó uno de los hombres. —La voy a acompañar al baño y venimos— le respondo.
En el recorrido al baño le cuento a mi esposa lo que descubrí y le pregunté si aún tenía las ganas y la chispa de volver a divertirnos como en los “viejos tiempos”. Hacía muchos años que no nos exhibíamos o buscábamos a alguien para entretenernos; ya nos veíamos “viejos” (ambos tenemos 48) y con algunos kilitos de más. Le pregunté si quería intentar y ver si aún teníamos la chispa. Mi esposa entró al baño y, cuando salió, me respondió: —Dale, hagámoslo—. Y fue volver a sentir esa adrenalina que teníamos años atrás.
Con Marisa nos conocemos tanto que con algunos gestos o miradas sabemos lo que tenemos que hacer o no hacer. Cuando nos fuimos acercando al lugar, muy disimuladamente le corro la parte inferior de la trikini a mi esposa, dejando expuesto totalmente el vello púbico, que era tupido y mucho, pero ayudaba a que no se vieran a simple vista sus labios vaginales. Marisa me miró, se puso un poco nerviosa y empezó a transpirar; era algo que le sucedía normalmente cuando se exhibía muy cerca de otras personas. Saludó a todos, se presentó, se sentó junto a la mujer frente a nosotros y, cuando se colocó sobre la piedra que hacía de silla, ¡separó tanto las piernas que detrás del arbusto de pelos asomó su vagina totalmente abierta! Acá hago un paréntesis para explicar: Marisa, a pesar de la edad, tiene unos pechos muy lindos, una cola grande y dura, pero su vagina es… ¡enorme! Impresiona cuando la ves por primera vez, y es una vagina que se delata inmediatamente cuando algo le gusta porque se moja muchísimo y al instante.
Los dos señores quedaron petrificados con la vista y yo no podía disimular mi erección de lo excitado que me ponía la situación. Mi esposa hablaba mucho con la señora y también con los dos señores como si nada estuviera sucediendo; disimulaba muy bien la situación. El clima estaba caluroso, pero para los cuatro (menos la esposa del señor) el calor era el doble. Los dos hombres ya no sacaban los ojos de encima de mi esposa y Marisa se movía, se reía, se agachaba y, en cada movimiento, hacía que su vagina se abriera en distintas posiciones. Pero en un momento le dije a todos: —¿Vamos un poco al agua? ¡Hace mucho calor!—. Tuve que decir esto porque pude ver cómo desde la vagina de mi esposa empezaba a chorrear una línea continua de fluido líquido, cosa que demostraba que estaba en el clímax, pero que podría delatar nuestras intenciones. Igualmente, creo que los dos hombres se habrán dado cuenta, pues no apartaban la vista de la concha de mi esposa, aun hablando y comiendo los cuatro.

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