5 hombres negros para mi
Soy madura sexy y puta, jajaja.
Tengo 45 años, soy una mujer blanca, soltera y de buen ver para los hombres. Mido 167 centímetros. Mis pechos, aun cuando están un poco desgastados por la edad y el uso que les he dado, son de buen ver. Cabello negro, crespo, a la altura de los hombros. Mi abdomen ya no está plano, pero no es tan prominente como para no querer ver mis piernas abiertas que, de por sí, son esbeltas y apetecibles para los hombres.
Siempre me han gustado los hombres de penes grandes y me encantan de tez negra.
Lo que les voy a contar me sucedió recién terminé mi última relación, y fue por necesidad de mis instintos; la necesidad de ser deseada por hombres jóvenes y vigorosos.
Mi nombre es Margarita y esa noche de mayo de 2026 sucedió algo que siempre había querido pero no había sido capaz de realizar. Vivo en Medellín y ese fin de semana decidí salir con una amiga de la unidad residencial donde vivo. La idea era un plan tranquilo: unas cervezas, escuchar rock clásico y volver a casa como si nada, solo con una pequeña resaca para el sábado; pero terminé en un departamento a las afueras de la ciudad con cinco chicos negros y, en lugar de una fuerte resaca, con un gran ardor de vagina y dolor en el ano, además de estar rellena de semen por todo lado.
Mientras nos tomábamos unas cervezas en el bar, llegó un grupo de cinco hombres negros. Se veían grandes, aunque no musculosos, y la verdad olían rico, a hombre mezclado con perfume. Desde su mesa no dejaban de observarme y hacerme guiños de ojo; se notaba que hablaban de mí por las señas que hacían, y uno de ellos me señaló las piernas, haciéndome percatar de que las tenía abiertas y se veía todo bajo mi falda corta, mientras me enviaba un beso y hacía la seña de brindis enfocando su entrepierna. Eso me causó gracia a la vez que un gran morbo, y en respuesta a su brindis sonreí, le envié un beso y abrí un poco más las piernas mientras, de una manera que mi amiga no se percatara, me toqué la vagina y luego cerré las piernas.
Me senté de forma que vieran mi espalda y continuamos charlando y disfrutando de la música con mi amiga; sin embargo, al terminarse nuestras bebidas y ya alistándonos para irnos, el mesero se acercó a nuestra mesa con un par de cervezas invitadas por los jóvenes negros.
Algo en mí me empujaba a no recibirlas, pues ya me sentía algo entonada y sabía muy bien que si las aceptábamos íbamos a terminar en la mesa de esos chicos y seguramente obtendríamos un buen masaje en nuestros úteros, pero mi amiga quería seguir bebiendo y yo, la verdad, quería saber qué pasaría después, así que decidí que nos quedáramos. Nos tomamos esa cerveza y ellos no dejaban de mirarme. Mi amiga se fue al baño y, cuando regresaba, el chico que me había hecho la señal de brindis la abordó y algo le dijo. Cuando ella llegó a nuestra mesa le pregunté qué le había dicho, y me dijo que ellos querían invitarnos a su mesa para conocernos y tomarnos unas cervezas más. Yo le dije que por mí me iba ya, pero si ella quería yo la acompañaba, y ella dijo que sí quería, que además solo íbamos a charlar y no más, que nos tomáramos un par de cervezas con ellos y luego nos fuéramos. Yo le respondi diciendo que me daba miedo terminar encamada con alguno de ellos, pues la verdad me miraban con ganas y yo ya me estaba antojando de ver si era cierto ese mito de que los negros tienen buena verga; nos reímos y ella dijo: «Lo peor que nos puede pasar es llegar a la casa rellenas de semen», y decidimos ir a la mesa con los chicos.
Al llegar a la mesa nos presentamos y nos abrieron espacio entre ellos: un chico, mi amiga, otro chico, yo, y el resto alrededor. Yo quedé sentada junto al chico que me hizo la señal del brindis y, mientras tomábamos la cerveza y hablábamos de las bandas que sonaban, él iba arrimando su pierna a la mía y me rozaba con la mano el muslo, y eso me tenía caliente; sentía que mi vagina se ponía húmeda y mi útero ya estaba disponible para ser usado. Seguimos hablando y bebiendo, los roces eran más intensos y ya llegó el punto donde posaba su mano directamente, primero en mi rodilla y luego más arriba en mi muslo. Esos toques ya me estaban poniendo fuera de mí y, sumándole los tragos, yo estaba casi lista para ser empalada por ese joven negro; ni le estaba poniendo cuidado a la conversación.
De pronto, un toque de otra mano en la otra rodilla me sacó de la fantasía que estaba teniendo para darme cuenta de que el otro chico que estaba a mi otro costado también tocaba mis piernas de forma descarada, mientras tanto mi amiga estaba afuera del bar hablando por teléfono y en ese preciso momento me llamó para hablar conmigo. Yo me levanté y me dirigí a donde ella estaba; fue entonces cuando me dijo que la había llamado la hija para decirle que el hijo bebé estaba enfermo y que no sabía qué hacer, así que ella se tenía que ir, y me dijo que nos fuéramos. La verdad, estuve impulsada a irme con ella, pero el hecho de saber que me iba a quedar sola con esos cinco chicos negros para mí sola, y recordar los roces primero y ya los toques más descarados que me estaban haciendo, me tenía la vagina totalmente húmeda y mi útero dispuesto a ser masajeado por esas vergas negras, así que mis ganas le pudieron a mi razón y le dije que pidiéramos un Uber, que ella se fuera y yo me iba a quedar otro rato, que la estaba pasando muy bien.
Así fue como mi amiga se fue y, al yo entrar, me preguntaron por ella; yo les conté lo sucedido y les dije: «Muchachos, les tocó conformarse conmigo», y la respuesta de ellos fue: «Pues se quedó la que realmente queríamos que se quedara». Al decirme esto, les pregunté por qué querían que yo me quedara y para qué, entonces el chico que me había estado tocando la pierna tomó la voz por todos y me dijo:
—Mira, la verdad eres una mujer muy guapa, nos gustó mucho el color de tu piel y tu cabello, además de tener un cuerpo muy deseable. Tus tetas nos gustaron a todos y verte con las piernas abiertas nos puso a volar la imaginación; la verdad, estás perfecta para la fantasía que tenemos y, ya que decidiste quedarte, supongo que no te disgusta lo que te estoy diciendo.
Yo, parada frente a ellos, los miré, tomé mi cerveza y le di un sorbo para excitarlos a ellos y para tomar fuerza yo; la volví a poner en la mesa y les dije: «Voy al baño, ya les respondo su pregunta». Una vez en el baño, procedí a bajar mis pantimedias veladas negras y despojarme de mi tanga, que estaba toda mojada con mis flujos vaginales. Me puse otra vez las medias, me acomodé en el espejo retocando mi maquillaje y, al llegar a la mesa, me senté entre los dos chicos con los que estaba sentada antes y les dije: «Aquí está mi respuesta», poniendo mi tanga sobre la mesa. Les dije: «Mírenla, ¿qué ven ustedes?».
Ellos abrieron los ojos como no lo podían creer, cogieron la tanga, la olieron y no sabían qué decir. Entonces yo, sentada entre ellos, abrí mis piernas y les dije: «Esa tanga es toda suya, huélanla, mírenla, vean quién se queda con ella; pero ¿qué le ofrecen a esta blanquita madurita que les gustó para que la fantasía que tienen se haga realidad y puedan ver mis tetas que les gustaron?».
Entonces el chico que me había estado tocando las piernas durante la noche y había tomado la voz por todos me cogió la mano, se la llevó directo a la verga y me dijo:
—Te ofrecemos cinco vergas negras, duras y venosas, dispuestas a romperte toda la noche y dejarte rellena de semen por todo lado. Las vas a poder chupar, mamar hasta que te tragues nuestro semen; te vamos a meter dos vergas al tiempo, una por tu cuca y otra por el culo, mientras tienes otra en la boca y con las manos masturbas las otras dos. Y si quieres, nos vamos ya para la finca de un tío en Santa Elena y podemos cogerte sin parar hoy, mañana y el domingo te dejamos en tu casa bien culiada y llena de semen. ¿Qué dices, sí podrás aguantar todas nuestras vergas tú sola?
Entonces yo lo miré, le apreté la verga y le dije: «Te espero en el baño, vamos a ver qué tan cierto es el tamaño con el que me amenazas». Me levanté de la mesa, caminé hacia el baño y les dije: «Los espero de a dos para verificar lo que me va a atravesar este fin de semana».
Al llegar al baño ya me estaban cogiendo el culo y casi no me dejan ni arrodillar cuando ya estaban afuera de sus pantalones dos hermosas vergas negras, realmente grandes, gruesas y bien marcadas de venas. No sé qué cara puse, pero los dos muchachos se rieron y me dijeron: «Esto es lo que te vas a comer por todos lados si crees que puedas con tanta carne negra en rollo»; y el otro dijo: «Mira la cara que puso la puta esta, se nota que nunca había visto unas vergas de verdad». Yo los miré, sonreí y les dije: «Claro que puedo con esto y más». Entonces tomé cada verga en una mano, las acaricié y, para mi sorpresa, no podía cerrar la mano alrededor de ese par de monumentos que me iban a atravesar. Las acaricié un poco, les apreté los huevos y le di un lametazo a las cabezas; los miré a los ojos y les dije: «Esto es solo por comprobar, así que salgan y díganles a los otros dos que vengan, quiero seguir mirando qué tan grandes son», y solté una risa. Los chicos se miraron, me tocaron las tetas y dijeron: «Ya vienen los otros, puta, vas a quedar en silla de ruedas», chocaron sus manos y salieron.
No pasaron más de dos minutos cuando ya los siguientes dos entrando al baño y diciéndome: «¿Dónde está la putica de este fin de semana? Si te gustaron las dos vergas que acabas de ver, con las de nosotros vas a quedar loca, jajajaja».
Y, efectivamente, cuando abrí la puerta del baño ya tenían los pantalones desabrochados y, sin darme tiempo a reaccionar, uno sacó mis tetas del escote mientras el otro me obligaba a ponerme de rodillas y me decía: «Puta, saca ya nuestras vergas y mira cómo nos tienes de duros por estar oliendo tus tangas». Sin pensarlo, procedí a liberar esas vergas de los pantalones y los bóxers que las tenían escondidas.
Si las dos vergas anteriores me dejaron con la boca abierta, estas dos eran impresionante; eran igual de grandes, gordas y venosas. Cuando las tomé en mis manos no podía cerrarlas del todo, mientras tanto ellos me amasaban las tetas y me decían lo rica y puta que me veía de rodillas con sus enormes vergas negras entre mis manos. Estas dos sí las acaricié más tiempo y las observé con ansias de tenerlas adentro, pues además de ser enormes tenían unas cabezas gigantescas y una de ellas estaba curvada hacia un lado; ya me imaginaba clavada, atravesada por esos enormes pedazos de carne, rellenándome toda, haciéndome su puta de fin de semana.
Entonces retomé el control de mí misma, las lamí igual que las dos anteriores, les apreté los huevos y les dije: «Ya quiero ser ensartada por estas maravillas de vergas, me van a dejar rota completamente, muchachos. Ahora salgan y que venga el que falta por calificar». Me reí y los envié para la mesa.
El que faltaba no era ni más ni menos que el chico del brindis, el que se había atrevido a llevar mi mano para que le tocara su verga dura y me había ofrecido la finca en las afueras. La verdad, estaba ansiosa por verle su verga, por tocarla, por revisarla toda, así que decidí esperarlo de una manera diferente: me dejé las tetas por fuera, subí mi falda a mi cintura y me senté en el inodoro con las piernas totalmente abiertas y metiéndome los dedos dentro de mi ya jugosa vagina.
Cuando entró el último, el esperado, el artífice de esta situación, me miró y me dijo:
—Yo lo sabía, desde que te vi supe que eras una puta blanca y que ibas a terminar así para nosotros: con las patas bien abiertas y pidiendo que te demos tanta verga que te volverás adicta a nuestras vergas y al sabor de nuestro semen. Sabía que ibas a ser nuestra puta de fin de semana.
Y sin tan siquiera darme tiempo, ya tenía sus dedos metidos en mi cuca abierta y babosa de mi propio fluido, mientras yo sacaba su verga del pantalón. De verdad que esta verga lo tenía todo: era grande, gruesa, venosa, cabezona, curva y estaba totalmente mojada de líquido preseminal; era digna de un premio. Por eso, mientras él me metía los dedos, yo lo masturbaba y le decía:
—¿Seguro quieres que sea la puta de todos? Porque podría ser solo tuya…
A lo que él respondió metiéndome los dedos completamente hasta el fondo de mi útero, diciéndome:
—Obvio eres solo puta, pero al ser mía, decido que te culiemos todos y seas la puta, la perra blanca mía y de mis amigos, y de quien yo decida. Cuando te vi les dije a los muchachos: «Les prometo que esa perra que está sentada en esa mesa va a ser nuestra puta este fin de semana». Ellos se rieron y no me creyeron, así que les aposté un millón de pesos a que tú ibas a ser nuestra perra, nuestra caneca de semen este fin de semana. Así que, puta, levántate, quítate el brasier y sal con esa camisa transparente para que todos sepan que te vamos a coger como puta todo el fin de semana. Y disfrútalo, que a distancia se veía que necesitabas verga.
Sacó sus dedos de mi vagina, me pegó una cachetada con su verga, me quitó el brasier y, antes de salir, me dijo:
—No te demores, puta, que tienes cinco vergas por satisfacer.
Cerró la puerta y salió.
Al salir el chico, yo me levanté, me miré al espejo, retoqué mi maquillaje, me acomodé la falda y me dije: «Definitivamente, Margarita, aún puedes cogerte a quien tú quieras. Así él te haya escogido, tú misma fuiste quien decidió ser la puta de estos negros. Si quiero, salgo, los beso, me despido y me voy a coger con quien yo elija». Sonreí y salí del baño.
Caminé hasta la mesa, orgullosa de mis tetas y siendo observada por cada hombre que estaba en el bar. Me senté en la mesa, tomé mi cerveza, me la tomé de un sorbo, los miré y les dije:
—Muchachos, definitivamente tienen las vergas más hermosas y grandes que he visto en mi vida, y quiero que entiendan algo muy importante: yo soy quien decide ser su puta, no ustedes.
Miré al último chico que había entrado y luego a los demás, y sin pensarlo dos veces les dije:
—Este caballero les debe un millón. Yo me voy a abrirle las piernas a otros. Adiós.
Me levanté de la mesa, tomé mi bolso y mi chaqueta, me dirigí a la otra mesa donde había tres hombres solos y les dije:
—¿Me invitan una cerveza?
A lo que ellos respondieron, sin dudar, que sí.
Sin pensar que este acto sería cobrado unas horas después en Santa Elena.


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