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Fantasías / Parodias, Orgias, Sexo con Madur@s

La Casa del Placer Prohibido

Continuación de Madre e Hijito. Valeria y Daniel son invitados a una mansión aislada en Argentina, donde descubren una red clandestina de madres que comparten secretos, intercambios y placeres prohibidos. Nada volverá a ser igual..
Han pasado ya varios meses desde que nuestra casa se convirtió en lo que es ahora. Danielito y yo vivimos sin ropa casi todo el tiempo.

 

Dormimos juntos todas las noches, nos tocamos cuando queremos y cumplimos las reglas de placer que nosotros mismos nos impusimos. Él sigue siendo el mismo chiquitín inocente de siempre: confiado, dulce, fácil de guiar. Si yo le digo que algo está bien, él simplemente asiente y se entrega.

 

Pero últimamente mi cabeza ya no está solo en nuestra casa de Medellín.

 

Todo empezó con rumores.

 

Comentarios sueltos que escuché de otras mujeres, historias que circulaban en voz baja, cosas que al principio me parecieron absurdas.

 

Hablaban de madres que no solo tenían a sus hijos como yo, sino que los compartían. Que existía una red.

 

Que había encuentros. Que no éramos las únicas.

 

Al principio lo descarté. Después, la curiosidad pudo más.

 

Empecé a buscar. Primero en foros normales, después en lugares más oscuros de la deep web. Ahí encontré rastros. Mensajes cifrados, códigos, referencias a «hermanas» en diferentes países de Latinoamérica.

 

Cuanto más profundizaba, más claro se volvía: no era solo un rumor. Había una sociedad clandestina de madres y mujeres que hacían exactamente lo mismo que yo… y más.

 

Danielito no sabe casi nada de esto.

 

Cuando le dije que tal vez viajaríamos juntos unos días, él solo sonrió con esa inocencia suya y me preguntó si íbamos a estar desnudos también allá.

 

Le respondí que sí, que todo estaba bien, y él confió, como siempre.

 

Ahora yo ya no solo observo. Estoy dentro.

 

Y la red me ha invitado a un lugar.

Una mansión aislada en Argentina.

 

El avión aterrizó en Buenos Aires por la tarde. Danielito iba a mi lado, con su mochila pequeña y esa expresión inocente de siempre, mirando por la ventanilla como si todo fuera una aventura. Yo ya había alquilado un hotel discreto en las afueras de la ciudad, lo suficientemente lejos del bullicio como para no llamar la atención.

 

Una vez en la habitación, mientras él se entretenía mirando la televisión, yo saqué el teléfono y abrí el mensaje cifrado que había recibido días atrás. Las instrucciones eran claras, pero volví a leerlas con cuidado.

 

El lugar no estaba lejos. Solo había que subir hacia las montañas. Una mansión aislada, lejos de cualquier pueblo, rodeada de bosque y silencio.

 

El punto exacto venía con coordenadas y una hora de llegada: mañana al mediodía.

 

Guardé el teléfono y miré a Danielito. Estaba sentado en la cama, balanceando los pies, completamente ajeno a lo que realmente significaba este viaje.

 

—Mañana vamos a un lugar especial, mi chiquitín —le dije acercándome y acariciándole el cabello—. Está en las montañas. Va a ser solo para nosotros… y para algunas personas como mamá.

 

Él levantó la vista y sonrió con esa confianza ciega que siempre me entregaba.

 

—Está bien, mami. Si tú dices que está bien, yo voy contigo.

 

Me senté a su lado y le di un beso suave en la frente. Por fuera parecía tranquila, pero por dentro el corazón me latía más fuerte. Mañana dejaríamos este hotel y subiríamos a las montañas.

 

Allí me esperaba la red.

 

A la mañana siguiente nos levantamos temprano. Preparé lo necesario con calma: una mochila ligera con ropa de cambio, agua, un poco de comida y el teléfono con las coordenadas bien guardadas. Danielito me ayudaba a empacar sin hacer demasiadas preguntas, solo mirándome de vez en cuando con esa expresión confiada.

 

—¿Llevamos mucho, mami? —preguntó mientras doblaba una camiseta.

 

—Solo lo justo, mi chiquitín. Allá arriba no vamos a necesitar demasiado.

 

Cuando todo estuvo listo, bajamos al lobby del hotel y pedí un taxi. Le di al conductor una dirección aproximada, lo suficientemente cerca del punto de partida pero sin revelar el destino exacto. El hombre no hizo preguntas. Nos dejó en un terreno boscoso al pie de las montañas, donde el asfalto terminaba y empezaba un camino de tierra rodeado de árboles altos.

 

El taxi se alejó y el silencio del bosque nos envolvió. Saqué el teléfono y abrí la foto que me habían enviado junto con las coordenadas. Comparé la imagen con el paisaje frente a mí: la forma de la montaña, la curva del bosque, la pequeña crestita rocosa en la cima. Era exactamente ese lugar.

 

—Es esta, mi amor —dije en voz baja, guardando el teléfono—. Solo tenemos que subir lo suficiente hasta arriba.

 

Empezamos a caminar. El sendero era empinado pero transitable, cubierto de hojas secas y raíces. El aire se volvía más fresco a medida que ganábamos altura. Danielito iba a mi lado, a veces un poco adelante, mirando todo con curiosidad.

 

—Mami… ¿qué vamos a encontrar allá arriba? —preguntó después de un rato, respirando un poco más agitadito por la subida.

 

Yo pensé unos segundos antes de responder, eligiendo bien las palabras.

 

—Personas como nosotros, mi chiquitín. Otras mamás… y otros chicos. Algunos se parecen a ti en la forma de ser. Hay una casa grande, aislada. Allí se reúnen para estar juntos sin que nadie los moleste.

 

—¿Van a estar desnudos también? —preguntó con esa inocencia suya, casi sonriendo.

 

—Algunos sí. Otros tal vez lleven ropa especial… disfraces, cosas que las mamás les piden. Es parte de las reglas del lugar.

 

Danielito asintió, aceptando la explicación sin cuestionarla demasiado.

 

—¿Y yo qué tengo que hacer?

 

—Estar conmigo. Y si yo te digo que algo está bien, confiar. Como siempre.

 

Seguimos subiendo. El camino se volvía más estrecho, el bosque más denso. El sonido de nuestros pasos sobre las hojas era lo único que se escuchaba, junto con el canto lejano de algunos pájaros. De vez en cuando me detenía para que Danielito tomara agua, y aprovechaba para acariciarle la espalda o darle un besito en la frente.

 

—¿Tienes miedo? —le pregunté en un tramo más empinado.

 

—Un poco… pero contigo no tanto —respondió él, tomándome de la mano—. Si tú estás, está bien.

 

Sonreí y apreté su manita.

 

El sendero seguía serpenteando hacia arriba. Hablamos de cosas pequeñas: del frío que empezaba a sentirse, de lo alto que se veían los árboles, de si habría comida rica en esa casa. Yo le conté, con cuidado, que probablemente conocería a otros chicos y que algunos de ellos también habían llegado de formas distintas, traídos por amigos o por sus propias madres. Él escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando.

 

Después de casi una hora de caminata, el bosque empezó a abrirse un poco. Al fondo, entre los árboles, se alcanzaba a ver la silueta de una construcción grande y antigua, parcialmente cubierta por la vegetación.

 

La mansión.

 

Me detuve un momento, respirando hondo. Danielito se detuvo a mi lado, mirando en la misma dirección.

 

—Ya casi llegamos, mi chiquitín —susurré.

 

Él apretó mi mano con más fuerza, todavía confiado, todavía inocente, sin saber del todo en qué tipo de lugar estábamos a punto de entrar.

 

Llegamos frente a la mansión. Era más grande de lo que se veía desde lejos: una construcción antigua de piedra y madera oscura, con ventanas altas y un portón de hierro negro. El jardín estaba descuidado a propósito, como si quisiera camuflarse entre el bosque. El silencio era casi absoluto.

 

Me detuve frente a la puerta principal y toqué el timbre. Sonó un tono grave y profundo. Esperamos unos segundos.

 

De pronto, una voz de mujer salió de un intercomunicador oculto junto al marco:

 

—¿Qué desea?

 

Respiré hondo y respondí con voz clara, sin dudar:

 

—Vengo buscando un poco de diversión… con mi pequeño.

 

Entonces tomé a Danielito de la mano y lo acerqué un poco más hacia la cámara discreta que estaba arriba del timbre. Él me miró confiado, sin entender del todo, pero sin resistirse.

 

Hubo un silencio corto. Después se escuchó el ruido metálico de cerrojos abriéndose. El portón grande se abrió lentamente hacia adentro.

 

En el umbral apareció una mujer de unos cuarenta y tantos años, de cabello oscuro recogido, vestida con una bata ligera semi-transparente.

 

Tenía una sonrisa calmada, casi maternal, pero con un brillo distinto en los ojos.

 

—Bienvenidos —dijo con voz suave—. Pasen. Esta es la casa del placer prohibido.

 

Hizo un gesto amplio con la mano, invitándonos a entrar. Danielito apretó un poco más mi mano, pero dio el paso a mi lado. Cruzamos el umbral y el portón se cerró detrás de nosotros con un sonido pesado y definitivo.

 

La mujer que nos recibió se presentó con una sonrisa amplia y un gesto teatral.

 

—Me llamo Beatriz —dijo, con voz grave y un dejo de acento argentino—. Tengo cuarenta y tres años, aunque el cuerpo todavía responde. Y aquí mando yo… al menos mientras estén bajo este techo.

 

Era una mujer mayor, de curvas maduras y generosas. Llevaba una bata semi-transparente que apenas contenía sus pechos pesados y dejaba ver las caderas anchas. El cabello teñido de un negro intenso le caía en ondas sobre los hombros, y sus labios rojos resaltaban sobre la piel blanca.

 

Tenía una personalidad extravagante: hablaba con las manos, se reía con la cabeza echada hacia atrás y caminaba como si el suelo fuera un escenario.

 

Sacó un pequeño anotador de cuero y un bolígrafo dorado.

 

—Nombres, por favor.

 

—Valeria —respondí—. Y él es Daniel.

 

Beatriz anotó con letra cuidada y cerró el cuaderno con un chasquido.

 

—Perfecto. Ahora les doy el tour.

 

Empezó a caminar por el amplio recibidor. Sus tacones altos resonaban con fuerza sobre el piso de mármol blanco y negro, marcando cada paso con un clac-clac rítmico. Nosotros la seguíamos.

 

Primero nos llevó a la sala principal.

 

Era un salón amplio, con sofás oscuros y luces bajas. Varias mujeres semi-desnudas estaban allí, charlando entre ellas en voz baja. Algunas llevaban solo batas abiertas, otras lencería fina. Nos miraron al pasar, con sonrisas cómplices, pero no interrumpieron su conversación.

 

—Aquí es donde las madres se reúnen —explicó Beatriz—. Hablan, beben, deciden.

 

Después nos mostró el pasillo de las habitaciones para diversión privada. Puertas de madera oscura, numeradas, con cerraduras discretas.

 

—Si quieren intimidad, estas son perfectas. Nadie interrumpe.

 

Por último llegó a una puerta más grande, decorada con luces tenues de colores.

 

—Y esta… es la sala de juegos. Aquí se reúnen los chicos. Es donde las madres los dejan cuando quieren tener tiempo a solas o cuando hay actividades especiales.

 

Se detuvo frente a nosotros y miró a Danielito de arriba abajo con una sonrisa ladeada.

 

—La próxima reunión estará lista pronto. Pero tu pequeño debe vestirse apropiadamente. Solo short cortos… o muy pequeños. El vestuario está al final de ese pasillo.

 

Danielito me miró, buscando confirmación. Yo asintí suavemente.

 

—Ve, mi chiquitín. Haz lo que te dicen.

 

Él caminó por el pasillo indicado. Al abrir la puerta del vestuario, varios chicos ya estaban dentro. Todos con la misma actitud inocente que él, aunque distintos entre sí: unos más altos, otros más delgados, algunos de piel más clara o más oscura. Lo recibieron con naturalidad.

 

—Hola —dijo uno de ellos, sonriendo—. Hay short cortos en los cajones de al lado. Agarra el que te quede. Y disfruta tu estadía aquí… especialmente en la sala de juegos.

 

Danielito asintió en silencio, todavía un poco nervioso, y se acercó a los cajones.

 

Mientras tanto, yo me quedé junto a Beatriz, escuchando el eco de sus tacones y el murmullo lejano de las otras mujeres.

 

La casa del placer prohibido ya nos había abierto las puertas por completo.

 

Beatriz, con su piel blanca y su porte argentino, cerró el anotador y me miró directamente mientras sus tacones seguían marcando el mármol.

 

—Las reglas de la mansión son simples, pero se respetan —dijo con tono calmado, aunque firme—. Aquí todo es secreto. Lo que pasa dentro no se habla afuera. Nunca.

 

Hizo una pausa y sonrió de lado.

 

—Las reuniones y las fiestas… se ponen intensas. Me refiero a orgías. Puedes participar si quieres, o no. Puedes estar solo con uno o dos chicos, o con varios. Puedes hacer lo que se te antoje. Nadie te obliga a nada, pero tampoco te limita. Esta casa existe precisamente para eso.

 

Mientras hablaba, varios chicos empezaron a salir del pasillo del vestuario. Algunos caminaban despacio, otros corrían con risas suaves, todos sin camisa y usando solo shorts cortos que apenas les cubrían.

 

Se veían relajados, como si el lugar les perteneciera. Unos se dirigían a la sala de juegos, otros exploraban los pasillos o se asomaban a la sala principal donde las mujeres seguían conversando.

 

Danielito regresó poco después.

 

Llevaba un short gris muy corto que le quedaba justo, dejando a la vista casi toda la parte superior de sus muslos. Se acercó a mí un poco tímido, pero sin mostrarse incómodo.

 

—Mami… —dijo en voz baja, mirándome.

 

Me agaché un poco para quedar a su altura y le acaricié el cabello.

 

—Disfruta del lugar, mi chiquitín. Explora, habla con los otros, juega si quieres. Mamá va a ir a hablar un rato con las otras madres y mujeres de aquí. Estaré cerca.

 

Él asintió con esa confianza ciega de siempre.

 

—Está bien. Si tú dices que está bien…

 

Le di un beso suave en la frente y lo vi alejarse hacia el grupo de chicos que se dirigían a la sala de juegos. Beatriz me observaba con una sonrisa cómplice.

 

—Ven —me dijo—. Te presento a las demás.

 

Fuimos a la sala principal y empeze a conversar con las madres, dejando que la curiosidad hablara por mí.

 

—¿Y el intercambio? —pregunté—. ¿Cómo funciona exactamente?

 

Una de ellas, de acento chileno, sonrió con naturalidad.

 

—Es simple. Si dos madres están de acuerdo, intercambian a sus hijos por un tiempo. Puede ser una noche, un día… o más. Tú disfrutas del hijo de ella y ella del tuyo. Nadie obliga, pero casi todas terminan aceptando. Es parte de lo que hace especial este lugar.

 

Otra, más directa, agregó:

 

—Las preparaciones son muy variadas. A algunos les muestran porno para que vean cómo se hace. A otros las mujeres se desnudan frente a ellos y les enseñan sus cuerpos, les guían las manos, les muestran cómo tocarlas, cómo besarlas, cómo follarlas. Hay de todo. Algunos aprenden rápido. Otros necesitan más paciencia. Pero al final salen sabiendo lo que tienen que saber.

 

Beatriz miró el reloj de pared y anunció con su voz teatral:

 

—En una hora la orgía estará lista. Tienen tiempo de sobra para explorar.

 

Aproveché ese momento. Me levanté y le dije a las demás que iba a ver a mi hijo. Caminé por el pasillo hasta la sala de juegos y empujé la puerta.

 

El lugar era enorme. Había filas de máquinas arcade iluminadas, consolas de videojuegos con pantallas grandes, mesas de air hockey, sofás cómodos y zonas de descanso. Varios chicos, todos en shorts y sin camisa, jugaban, reían o simplemente exploraban. El ambiente era ruidoso y alegre, casi como un parque de diversiones privado.

 

Al fondo, más iluminado por luces rojas y violetas, vi algo que me detuvo un segundo: varias mujeres semi-desnudas bailaban en tubos verticales, moviendo las caderas frente a un grupo de chicos que las observaban sentados o de pie. Algunas de las mujeres se acercaban a ellos, los tocaban, les hablaban al oído. Era parte de la “preparación”, claramente.

 

Busqué a Danielito entre todos. Lo encontré cerca de una consola, hablando en voz baja con dos chicos más. Todavía se veía un poco tímido, pero ya no estaba solo.

 

Me acerqué a Danielito entre el ruido de las máquinas arcade y las luces de colores. Él estaba de pie junto a dos chicos más, todavía con el short corto gris. Cuando me vio, sonrió con esa expresión inocente que siempre me desarmaba.

 

—Mami… —dijo en voz baja cuando llegué a su lado—. Este lugar es raro… pero también está bueno. Hay de todo. Los otros me contaron un poco.

 

Hablamos un rato. Le pregunté si se sentía bien, si alguien lo había molestado, si quería quedarse cerca de mí. Él negó con la cabeza, todavía confiado.

 

—Estoy bien. Si tú estás aquí, está bien. Me dijeron que después hay una fiesta… o algo así.

 

Antes de que pudiera responderle, una mujer de unos cuarenta años, vestida solo con un corpiño negro y una falda corta, se acercó al grupo de chicos y levantó la voz con tono práctico:

 

—Ya es hora. Todos los chicos deben vestirse. Síganme.

 

Los muchachos empezaron a moverse casi de inmediato, acostumbrados a las indicaciones. Danielito me miró un segundo, un poco más serio.

 

—Yo también tengo que ir, mami —dijo—. Me dijeron que allá… me van a dar lo mismo que tuve contigo. Sexo. Que es parte de prepararnos.

 

Lo miré a los ojos. Su inocencia seguía intacta, pero ya no había duda en su voz. Solo aceptación.

 

—Ve, mi chiquitín —le respondí suavemente, acariciándole el brazo—. Haz lo que te digan. Mamá te estará esperando.

 

Él asintió y se unió a la fila de chicos que salían de la sala de juegos. Los seguí con la mirada hasta que desaparecieron por un pasillo lateral.

 

Volví a la sala principal. Varias mujeres ya estaban acomodadas en los sofás y sillones, algunas semi-desnudas, otras completamente desnudas, todas esperando en silencio o hablando en susurros. El ambiente había cambiado: ya no había risas sueltas ni copas tintineando. Había expectativa.

 

Pasaron varios minutos. Entonces Beatriz apareció desde un lateral, ahora vestida con un vestido negro ajustado que resaltaba sus curvas maduras. Caminó hasta el centro de la sala, sus tacones resonando otra vez sobre el mármol, y alzó ambas manos como presentadora de un espectáculo.

 

—Señoras… —dijo con voz clara y teatral—. Aquí están nuestros bellos angelitos caídos desde el cielo.

 

La puerta principal del salón se abrió.

 

Uno detrás de otro, en perfecta sincronización, entraron los chicos.

 

Todos llevaban únicamente un short mínimo, casi diminuto, y un par de alas blancas de ángel atadas con cuerdas delgadas sobre los hombros. Las plumas se movían ligeramente con cada paso. Caminaban despacio, uno tras otro, formando una fila ordenada que avanzaba hacia el centro de la sala. La luz cálida hacía brillar sus cuerpos desnudos y las alas blancas contrastaban con la penumbra del salón.

 

Varias mujeres se lamieron los labios abiertamente. Otras los miraban con una lujuria tranquila y profunda, recorriéndolos de arriba abajo sin disimulo. Se escucharon suspiros bajos, comentarios apenas murmurados.

 

Yo me quedé quieta, observando.

 

Pensé en todo lo que se iba a armar en esa sala dentro de poco. En las manos que iban a tocar, en las bocas que iban a buscar, en cómo esas mismas caras inocentes iban a ser usadas y, a la vez, a aprender. El aire se sentía denso, cargado de anticipación.

 

Entonces lo vi a él.

 

Danielito venía casi al final de la fila. Llevaba las mismas alas blancas atadas con cuerda y un short negro todavía más corto que el anterior. Cuando la fila se detuvo por completo en el centro del salón, él giró ligeramente la cabeza, me buscó con la mirada y, al encontrarme, me saludó con una sonrisa pequeña y confiada.

 

Esa sonrisa me atravesó.

 

Los angelitos ya estaban listos.

 

Y la casa del placer prohibido estaba a punto de empezar de verdad.

 

Beatriz levantó nuevamente la voz desde el centro del salón, todavía con ese tono de presentadora:

 

—Cada chico que vaya con su respectiva madre. Los que fueron invitados por otros chicos, que vayan con quienes los trajeron.

 

Los angelitos empezaron a moverse. Algunos caminaron directamente hacia las mujeres que los esperaban. Otros buscaron con la mirada a sus madres o a los amigos que los habían introducido en la red. Poco a poco se formaron pequeños grupos alrededor de la sala.

 

Beatriz sonrió y agregó:

 

—El intercambio inicia ahora. Si alguna está dispuesta a cambiar a su hijo con otra mujer… o viceversa… este es el momento.

 

No hizo falta repetirlo. Varias madres ya se estaban acercando entre sí, hablando en voz baja, señalando a los chicos. Algunas entregaban a sus hijos a grupos de dos o más mujeres, mientras ellas mismas recibían a más de un chico a cambio. El ambiente se volvió más denso, más directo. Manos empezaban a tocar, besos se daban sin disimulo, risas bajas y suspiros se mezclaban con el roce de las alas blancas.

 

Entonces una mujer se acercó a mí.

 

Era alta, de unos cuarenta y dos años, piel clara, cabello castaño recogido en un moño suelto y un cuerpo maduro bien cuidado. Llevaba solo una bata abierta que dejaba ver casi todo. Se detuvo frente a mí y sonrió con educación, aunque sus ojos ya estaban fijos en Danielito.

 

—Me llamo Amanda —dijo—. Vi a tu hijo cuando entraron… está muy lindo. Me gustaría probarlo. A cambio, te presto al mío. Te prometo que no le haré daño. Voy a hacerlo disfrutar mucho.

 

Me quedé en silencio un segundo. Miré a Danielito, que seguía a mi lado con las alas blancas y el short mínimo. Él me miraba esperando, confiado como siempre.

 

Me agaché un poco hacia él y le pregunté en voz baja:

 

—Mi chiquitín… ¿lo deseas? Ella quiere que vayas con ella un rato. Es lo mismo que tú y yo hemos hecho… y seguimos haciendo.

 

Danielito pensó apenas un instante y asintió.

 

—Si es lo mismo… no le veo problema, mami. Si tú dices que está bien.

 

Respiré hondo y miré a Amanda.

 

—Acepto el intercambio.

 

Amanda sonrió con satisfacción. Señaló a un chico que esperaba unos pasos más atrás: un muchacho de actitud igual de inocente que Danielito, de cabello oscuro, también vestido solo con el short corto y las alas de ángel.

 

—Él es mío —dijo—. Cuídalo.

 

Le entregué la mano de Danielito. Amanda la tomó con suavidad y se inclinó hacia él.

 

—Ven conmigo, precioso. Vamos a divertirnos un rato.

 

Se lo llevó hacia otra parte de la sala, entre grupos de cuerpos que ya empezaban a enredarse. Antes de alejarse del todo, giró la cabeza hacia mí y agregó:

 

—Pronto te lo devuelvo.

 

Me quedé de pie, con el hijo de Amanda a mi lado, sintiendo el peso de lo que acababa de aceptar mientras alrededor la orgía comenzaba a tomar forma de verdad.

 

El hijo de Amanda se quedó de pie a mi lado mientras su madre se alejaba con Danielito. Era pequeño, como casi todos los chicos de la red (ninguno pasaba del 1.60). Tenía el cabello oscuro, la piel un poco más clara que la de mi hijo y una expresión claramente tímida. Las alas blancas le quedaban un poco grandes para su espalda.

 

Se presentó con voz bajita y educada:

 

—Me llamo Mike… —dijo, y por los nervios chocó sus propios puños una contra otra varias veces—. Tengo 10 años y este es mi tercer intercambio. Todavía me pongo nervioso.

 

Sonreí con suavidad, intentando no abrumarlo.

 

—Hola, Mike. Soy Valeria. No tienes que ponerte tan tenso.

 

Hablamos un poco ahí mismo, de pie en medio del salón donde ya se escuchaban gemidos y el roce de cuerpos. Él me contó, con frases cortas, que su madre lo había traído por primera vez hace unos meses y que desde entonces había aprendido a obedecer las reglas. Yo le respondí con calma, sin presionarlo.

 

—Haré lo posible para complacerte —dijo de pronto, mirándome apenas un segundo a los ojos antes de bajar la vista otra vez—. Eso me enseñaron.

 

No pude evitar soltar una risa suave.

 

—Te ves lindo tratando de hacerte el valiente —le dije, y él se sonrojó hasta las orejas, chocando otra vez sus puños—. Pero está bien. No tienes que forzar nada.

 

Lo observé un momento más. Alrededor la orgía ya empezaba a tomar fuerza: mujeres montando a los chicos, bocas buscando, alas blancas moviéndose entre los cuerpos. Yo, sin embargo, no tenía prisa.

 

—Aunque… —agregué después de unos segundos—, ya deberíamos empezar. Para eso hicimos el intercambio, ¿no?

 

Mike asintió en silencio.

 

Tomé su mano (que estaba fría por los nervios) y lo guié hacia un sofá grande y profundo que había quedado libre cerca de una de las paredes. Nos sentamos. Él se quedó rígido al principio, con las manos sobre los muslos y las alas rozando el respaldo.

 

Me incliné hacia él y le di el primer beso: solo un piquito suave en los labios. Luego otro. Y otro más.

 

—Así de simple —susurré contra su boca—. Besitos pequeños… para empezar.

 

Él respondió torpemente, devolviendo los piquitos con los ojos casi cerrados, todavía temblando un poco, pero sin apartarse.

 

Los piquitos se fueron alargando.

 

Poco a poco dejé de dar solo besos cortos y empecé a abrir más la boca, buscando la suya con más insistencia.

 

Mike respondía torpe pero cada vez con menos resistencia. Su respiración se aceleró cuando mi lengua rozó la suya por primera vez. Seguí besándolo así, más profundo, más húmedo, mientras una de mis manos subía hasta su nuca para sostenerlo.

 

Cuando noté que ya no temblaba tanto, me separé apenas unos centímetros y me puse de pie frente a él.

 

—Mírame —le dije en voz baja.

 

Empecé a quitarme la ropa despacio.

 

Primero la bata, dejándola caer al suelo. Después el sostén, soltando mis pechos con calma, sin prisa. Por último me bajé la ropa interior y me quedé completamente desnuda frente a él. Mike me miraba con los ojos muy abiertos, las manos todavía juntas sobre sus muslos, las alas blancas moviéndose un poco con cada respiración agitada.

 

Me arrodillé un momento sobre el sofá, a horcajadas de sus piernas sin llegar a sentarme, y empecé a tocarle el pecho. Deslicé las yemas de los dedos por su piel suave, rodeé sus pezones con suavidad, bajé hasta el abdomen. Él tragó saliva, pero no se apartó.

 

—Acuéstate —le susurré.

 

Mike obedeció y se recostó sobre el sofá. Me subí encima de él, acomodándome de forma que nuestros cuerpos quedaran alineados, y volví a besarlo. Esta vez más profundo, más lento, moviendo los labios y la lengua con ganas mientras mi pecho desnudo rozaba el suyo. Sentía su corazón latiéndole rápido contra mi piel.

 

Seguí besándolo así, encima de él, dejándole claro con cada movimiento que el intercambio ya había empezado de verdad.

 

Todavía encima de Mike, bajé la cara hasta su pecho. Empecé a dejarle besos húmedos sobre la piel, después saqué la lengua y lo lamí despacio, rodeando un pezón y luego el otro. Mike soltó un suspiro tembloroso, las manos agarrando el borde del sofá. Seguí lamiendo y besando su pecho un rato más, sintiendo cómo su respiración se volvía más irregular.

 

Cuando levanté la vista, me di cuenta de que él no dejaba de mirar mis pechos. Sus ojos iban de uno a otro, abiertos y curiosos.

 

—¿Quieres tocarlos? —le pregunté en voz baja, sonriendo un poco—. Se nota que te llaman la atención.

 

Mike tragó saliva y asintió, todavía muy educado.

 

—Sí… deseo saber cómo se sienten, señorita.

 

Me incorporé y me senté de rodillas sobre el sofá, frente a él, ofreciéndole el pecho. Él levantó las manos con cuidado. Eran pequeñas y un poco temblorosas. Empezó a amasarme los pechos con ambas palmas, apretando suavemente, explorando el peso y la suavidad. Después pasó los pulgares por encima de mis pezones, una y otra vez, con una curiosidad casi inocente.

 

—Están… muy suaves, señorita —murmuró, sin dejar de tocarlos—. Nunca había sentido algo así.

 

Dejé que siguiera un rato. Me gustaba verlo tan concentrado y tan educado, incluso en medio de aquello. Cada vez que terminaba una frase, añadía el “señorita” con esa formalidad que su madre claramente le había enseñado.

 

Cuando sentí que ya había explorado lo suficiente, le tomé suavemente las muñecas y bajé sus manos.

 

—Es hora de subir la tensión, Mike —le dije, mirándolo a los ojos.

 

Deslicé una mano por el pecho de Mike hacia abajo, despacio, hasta llegar a la parte baja de su abdomen. Acaricié la piel suave justo encima del elástico del short, haciendo círculos lentos con los dedos. Noté cómo su respiración cambiaba y cómo el tejido del short empezaba a tensarse un poco. Ya se mostraba algo excitado.

 

—Se te nota… —susurré, sonriendo mientras seguía acariciándolo ahí—. Ya estás reaccionando.

 

Mike tragó saliva y bajó la mirada un segundo, todavía muy educado.

 

—Sí, señorita… no puedo evitarlo. Se siente… diferente cuando me toca usted.

 

Seguí rozando su abdomen un rato más, disfrutando de cómo su cuerpo respondía. Después bajé ambas manos y las coloqué sobre el short, a cada lado de sus caderas. Apreté un poco la tela con los dedos.

 

—Ahora vas a sentir algo rico, Mike —le dije mirándolo a los ojos—. Tú ya lo sabes, ¿verdad?

 

Él asintió despacio, las mejillas sonrojadas.

 

—Sí, señorita… lo sé. Mi madre me explicó que esto también forma parte del intercambio.

 

Con calma, empecé a bajarle el short.

 

Lo hice despacio, solo lo suficiente para dejar al descubierto lo que quería ver. Su pollita apareció de golpe: pequeña, completamente sin vello púbico, ya paradita y firme. Exactamente como me gustaban. Lista para el sexo.

 

Me quedé mirándola un momento, sosteniendo el short a media altura.

 

—Mira nada más… —murmuré con una sonrisa satisfecha—. Qué limpia y durita la tienes. Justo como me gustan.

 

Mike se removió un poco sobre el sofá, claramente nervioso pero sin apartarse.

 

—¿Le… le gusta, señorita? —preguntó en voz baja—. Intenté mantenerme aseado como me enseñaron.

 

—Me gusta mucho —respondí, subiendo una mano y rozando apenas el glande con la yema del dedo—. Está perfecta para lo que vamos a hacer.

 

Él soltó un suspiro tembloroso cuando sentí el contacto.

 

—Señorita… se siente muy sensible ahí. Nadie más que mi madre y las mujeres de la preparación me habían tocado de esa forma.

 

Seguí sosteniendo el short bajado, observándolo. La pollita de Mike palpitaba ligeramente con cada latido de su corazón, rosada y tensa. Acaricié un poco más el abdomen justo encima de ella, sin llegar a agarrarla todavía, solo para alargar el momento.

 

—Dime la verdad —le pedí en tono suave pero firme—. ¿Quieres que te la toque ya… o prefieres que siga mirándotela un rato más?

 

Mike dudó un segundo, chocando otra vez sus puños por los nervios, pero respondió con la misma educación de siempre:

 

—Lo que usted decida, señorita… pero… sí deseo sentir su mano. Por favor.

 

Sonreí. El short seguía bajado, su pollita al aire, y el ambiente de la orgía alrededor solo hacía que el momento se sintiera más denso.

 

—Bien —dije—. Entonces vamos a seguir.

 

Envolví la pollita de Mike con los dedos, con cuidado. Era pequeña y caliente, completamente lisa. Empecé a mover la mano despacio, de arriba abajo, sin apretar demasiado al principio. Solo un vaivén lento y constante, lo suficiente para que él sintiera cada centímetro de contacto.

 

Mike soltó un jadeo inmediato. Su pecho subía y bajaba con más fuerza y las alas blancas se movieron sobre el sofá.

 

—Señorita… —murmuró, la voz ya un poco entrecortada.

 

—Shhh… solo siente —le dije con tono dulce, sin dejar de masturbarlo—. No tienes que hacer nada más por ahora.

 

Seguí a ese ritmo pausado. Subía hasta el glande, lo rodeaba con los dedos y volvía a bajar hasta la base, una y otra vez. Mike apretaba los labios y soltaba respiraciones pesadas por la nariz. De vez en cuando un jadeo más agudo se le escapaba cuando mi pulgar rozaba la parte de abajo del glande.

 

—Nunca… en los otros intercambios… me habían tocado así, señorita —logró decir entre respiraciones—. Las otras mujeres… iban más rápido… o pasaban directo a otra cosa. Esto se siente… distinto.

 

Sonreí al escucharlo. Me gustaba que lo admitiera.

 

—Por eso lo hago despacio —respondí con suavidad, sin detener la mano—. Quiero que lo disfrutes bien. Que sientas cómo se pone cada vez más dura en mi mano.

 

Mike asintió con la cabeza, incapaz de decir mucho más. Sus jadeos se volvieron más frecuentes. Las caderas le temblaban un poco, como si quisiera empujar hacia arriba pero se contuviera por educación. Yo no aceleré. Mantuve el mismo ritmo lento, tortuoso, disfrutando de cada reacción suya.

 

Pasaron varios minutos así. Solo el sonido de mi mano moviéndose sobre su pollita, sus respiraciones pesadas y el murmullo lejano de la orgía en el resto de la sala. De pronto noté un brillo transparente en la puntita. Una gotita de precum se había formado y empezaba a deslizarse hacia abajo.

 

La recogí con el pulgar y la esparcí sobre el glande, haciendo que mis dedos se deslizaran todavía más fácil.

 

—Ya está listo… —pensé mientras lo miraba—. Ya está lo suficientemente sensible.

 

Mike tenía los ojos entrecerrados y las manos agarrando el borde del sofá.

 

—Señorita… se siente muy rico… no sé cuánto más voy a aguantar si sigue así…

 

Le acaricié el abdomen con la otra mano, sin dejar de masturbarlo.

 

—No tienes que aguantar nada todavía —le dije con dulzura—. Pero creo que ya es momento de dar el siguiente paso.

 

Me incliné hacia adelante, bajando la cara hasta quedar muy cerca de su pollita brillante de precum. El siguiente movimiento ya lo tenía claro.

 

Me quedé arrodillada entre las piernas de Mike, con su pollita todavía brillante de precum frente a mi cara. Abrí la boca despacio y la rodeé por completo de un solo movimiento, hasta que sentí la base contra mis labios. Era pequeña, así que me la pude meter entera sin problema. El sabor salado del precum se mezcló con el calor de su piel.

 

Empecé a subir y bajar la cabeza con calma. Subía hasta dejar solo el glande dentro, lo rodeaba con la lengua, y volvía a bajar hasta el fondo. El sonido húmedo de mi saliva se escuchaba cada vez que la pollita desaparecía entre mis labios.

 

Mike soltó un gemido largo y tembloroso. Las manos se le cerraron en puños sobre el sofá.

 

—Señorita… su boca… se siente tan bien… —logró decir entre jadeos, la voz rota por el placer—. Nunca… nadie me había… ahh…

 

No dijo mucho más. A partir de ahí solo salían gemidos y respiraciones pesadas. Cada vez que bajaba la cabeza hasta el fondo, él soltaba un sonido más agudo. Cuando subía despacio, arrastrando la lengua por la parte de abajo, su abdomen se contraía.

 

Levanté la vista sin sacar la pollita de mi boca y lo miré directamente a los ojos. Él me sostenía la mirada con las pupilas dilatadas, la boca entreabierta. Entonces, para provocarlo, le guiñé un ojo mientras seguía chupándolo. Vi cómo se le erizaba la piel del pecho y cómo apretaba más los labios para no gemir demasiado fuerte.

 

Seguí así un buen rato. Alternaba ritmos: a veces lento y profundo, otras un poco más rápido pero sin perder el control. Sacaba la pollita solo para lamerla de arriba abajo, dejando un hilo de saliva, y después me la volvía a meter entera. Mike no dejaba de mirarme. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, yo le sostenía la mirada y volvía a guiñarle el ojo, disfrutando de cómo eso lo ponía todavía más tenso.

 

Sus gemidos se volvieron más frecuentes. Las caderas le temblaban y de vez en cuando empujaba un poco hacia arriba, aunque siempre se contenían enseguida, como si no quisiera ser maleducado ni siquiera en ese momento.

 

—Señorita… no sé… cuánto más… —jadeó en un momento, la voz casi un susurro.

 

Yo no respondí con palabras. Solo bajé otra vez hasta el fondo, lo sostuve ahí un par de segundos, y volví a subir muy despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo. La mamada seguía, larga y detallada, sin prisa por terminar.

 

Alrededor la orgía continuaba, pero en ese sofá solo existíamos Mike, su pollita dentro de mi boca, y la forma en que me miraba mientras lo chupaba.

 

Seguí chupando a Mike con el mismo ritmo profundo y constante, mirándolo a los ojos cada vez que podía. Su respiración se volvió más agitada, los gemidos más seguidos, y sentí cómo su pollita palpitaba con más fuerza dentro de mi boca.

 

—Me voy a… me voy a correr… —advirtió entre jadeos, todavía intentando sonar educado aunque la voz se le quebraba.

 

Sin sacar la pollita de mi boca, gemí alrededor de ella y logré decirle, con la voz vibrándole en el glande:

 

—Córrete en mi boca…

 

Mike no aguantó mucho más. Su cuerpo se tensó, las caderas subieron un poco y sentí el primer chorro caliente y espeso contra mi lengua. Seguí succionando suavemente mientras se vaciaba por completo, tragando parte del semen pero guardando el resto. Cuando terminó de correrse, saqué la pollita de mi boca con un hilo de saliva y semen todavía uniendo mis labios a ella.

 

Me incorporé un poco, abrí la boca frente a él y le mostré el semen blanco que todavía tenía sobre la lengua. Después la cerré, tragué despacio y pasé la lengua por mis labios.

 

—Estaba delicioso —dije con una sonrisa satisfecha.

 

Para mi sorpresa, su pollita seguía completamente parada, todavía dura y brillante de saliva. Mike respiraba agitado, las mejillas sonrojadas, pero me miró con esa misma educación de siempre.

 

—Señorita… ya practiqué las posiciones para este momento —dijo, todavía jadeando un poco—. Sé coger en cuatro, en misionero y en vaquera. Mi madre y las mujeres de la preparación me lo enseñaron.

 

Me quedé mirándolo un segundo, realmente impresionada.

 

—Vaya… qué bien preparado estás —respondí con una sonrisa más amplia—. Entonces empecemos en misionero.

 

Me subí al sofá, me recosté de espalda y abrí las piernas. Con ambas manos separé los labios de mi coño, mostrándoselo claramente, ya húmedo y listo.

 

—Ven —le dije—. Entra.

 

Mike se acomodó entre mis muslos, todavía con las alas blancas sobre la espalda, y acercó su pollita a mi entrada, esperando el momento exacto de empujar.

 

Mike se acomodó entre mis piernas abiertas. Todavía respiraba agitado por el orgasmo anterior, pero su pollita seguía completamente dura. La acercó a mi entrada y, con mucho cuidado, empezó a empujar despacio. Sentí cómo la cabeza abría mis labios y se iba hundiendo centímetro a centímetro.

 

Él cerró los ojos un momento, respiró hondo y murmuró para sí mismo, casi inaudible:

 

—Estoy listo… estoy listo…

 

Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto unos segundos, claramente disfrutando de la sensación. Después abrió los ojos y me miró con esa misma educación de siempre.

 

—Señorita… ya estoy adentro —dijo en voz baja—. Su coño… se siente muy bueno. Está calentito… y apretadito.

 

Empezó a moverse. Al principio con embestidas cortas y controladas, usando la experiencia que había ganado en sus otros intercambios. Yo notaba que sabía lo que hacía: no iba con desesperación, sino buscando el ángulo y el ritmo que pudiera complacerme. Aun así, yo lo guiaba con la voz y con las manos.

 

—Un poco más profundo… así… —le decía suavemente—. Ahora saca casi toda y vuelve a entrar despacio. Sí… así se siente rico.

 

Mike asintió y obedeció. Sus manos bajaron hasta mis muslos y los agarró con firmeza, manteniéndolos abiertos y levantados para que la penetración fuera más fácil y profunda. Cada vez que empujaba hacia adelante, sus dedos se hundían un poco en mi piel, sujetándome exactamente como necesitaba.

 

—Señorita… su coño está muy bueno —repitió entre embestidas, la voz entrecortada pero todavía educada—. Está tan calentito… y me aprieta mucho. Me gusta cómo se siente alrededor de mi pollita.

 

Yo gemía bajito, moviendo las caderas al encuentro de las suyas. Lo guiaba constantemente:

 

—Más lento ahora… sí… ahora un poco más rápido… no pares de agarrarme los muslos… así puedo sentirte mejor.

 

Mike seguía empujando con ritmo constante, usando su experiencia previa para no cansarse demasiado rápido y para variar un poco la profundidad. A veces se inclinaba un poco hacia adelante, otras se mantenía erguido para poder mirarme a la cara mientras me cogía. Cada cierto tiempo volvía a soltar algún halago educado:

 

—Está muy apretadito, señorita… se siente rico cada vez que entro… gracias por dejarme estar dentro de usted…

 

La escena se alargaba. El sofá crujía suavemente bajo nosotros, el sonido húmedo de su pollita entrando y saliendo de mi coño se mezclaba con nuestros jadeos, pero yo solo prestaba atención a cómo Mike me sujetaba los muslos y me follaba con esa mezcla de educación y práctica que tanto lo caracterizaba.

 

—Sigue así… —le susurré, arqueando un poco la espalda—. Lo estás haciendo muy bien.

 

Mike seguía empujando dentro de mí con ritmo constante, sujetándome los muslos para mantenerme abierta. Entre jadeos, logré hablarle con la voz entrecortada:

 

—No… no seas tan formal ahora… —le dije, mirándolo a los ojos—. Por el momento somos amantes. Aunque… valoro mucho la educación que te dieron.

 

Mike asintió, todavía respirando pesado, y por un segundo pareció dudar. Pero no dejó de moverse. Sus embestidas seguían profundas y controladas.

 

—Está bien… —respondió, la voz un poco más suelta—. Entonces… ¿lo estoy haciendo bien?

 

Sonreí entre gemidos y moví las caderas al encuentro de las suyas.

 

—Sí… sabes follar bien —le dije sin rodeos—. Eres un buen chico. Se nota que practicaste.

 

En cuanto escuchó esas palabras, algo cambió en él. Sus manos apretaron más fuerte mis muslos y de pronto aceleró las embestidas. El sonido húmedo de su pollita entrando y saliendo de mi coño se volvió más rápido y fuerte. Cada embestida era más decidida que la anterior.

 

—Dime que soy un buen chico… —pidió de repente, la voz cargada de necesidad—. Dímelo otra vez… por favor…

 

Lo miré mientras me follaba más rápido y le respondí sin dudar, jadeando:

 

—Eres un buen chico… —gemí—. Lo eres por cómo me follas… tan profundo… tan bien… sí… eres un buen chico…

 

Mike soltó un gemido más agudo y aceleró todavía un poco más, como si esas palabras le dieran exactamente lo que necesitaba. Sus caderas chocaban contra las mías una y otra vez, y yo seguía repitiéndoselo entre jadeos, sintiendo cómo cada vez que se lo decía él empujaba con más ganas.

 

—Otra vez… —pidió casi en un susurro urgente—. Dime que soy un buen chico…

 

—Eres un buen chico… —le repetí, arqueando la espalda—. Un muy buen chico… por cómo me estás follando ahora mismo…

 

Mike seguía embistiéndome con fuerza, el ritmo ya más rápido y constante. De pronto levantó las manos y las dejó posadas justo por encima de mis pechos, sin atreverse a bajar del todo. Me miró con esa mezcla de deseo y educación que no lo abandonaba ni en ese momento.

 

—¿Puedo…? —preguntó entre jadeos, la voz temblorosa.

 

En lugar de responderle con palabras, tomé sus muñecas y bajé sus manos hasta colocarlas firmemente sobre mis pechos. Sus dedos se cerraron alrededor de ellos de inmediato.

 

—No necesitas preguntar —le dije, la voz rota por los gemidos que ya se me escapaban más fuertes—. Tócalos… apriétalos… haz lo que quieras.

 

Mike obedeció. Empezó a amasar mis pechos mientras seguía empujando dentro de mí, los pulgares rozando mis pezones cada vez que sus caderas chocaban contra las mías. Mis gemidos se volvieron más altos y frecuentes. El sofá crujía bajo nosotros y el sonido húmedo de su pollita entrando y saliendo llenaba el espacio cercano.

 

—Señorita… ya no aguanto… —jadeó de pronto, apretando más mis pechos—. Se siente demasiado bueno… no voy a poder contenerme…

 

Sus embestidas se volvieron más fuertes y profundas de inmediato. Ya no había control cuidadoso; ahora empujaba con urgencia, buscando llegar lo más hondo posible cada vez. Yo arqueé la espalda y lo recibí sin frenarlo.

 

—No te guardes nada —le dije casi gritando entre gemidos—. Libéralo todo… córrete… ¡dámelo todo!

 

Mike soltó un gemido agudo y pesado. Sus embestidas se volvieron irregulares y brutales. En una de ellas empujó especialmente duro, hundiéndose hasta el fondo, y se quedó ahí mientras su cuerpo se estremecía. Sentí el calor de su semen llenándome por dentro, chorro tras chorro, mientras él seguía dando pequeños empujones involuntarios para vaciarse por completo.

 

Cuando terminó, se quedó unos segundos temblando encima de mí, respirando con dificultad, las manos todavía aferradas a mis pechos. Después, despacio, sacó su pollita. Un hilo de semen lo siguió y sentí cómo parte de su corrida empezaba a derramarse fuera de mi coño.

 

Mike se sentó en el sofá, todavía agitado, recuperando fuerzas. Yo me quedé recostada con las piernas abiertas. Los dos miramos hacia abajo al mismo tiempo: un poco de su semen blanco y espeso se deslizaba lentamente desde mi entrada, bajando por la piel de mis muslos.

 

Ninguno dijo nada por un momento. Solo respirábamos, sudados, mirando la evidencia de lo que acabábamos de hacer.

 

Después de corrernos, nos quedamos un rato en silencio sobre el sofá. El sonido de la orgía seguía de fondo, pero nosotros estábamos en nuestra propia burbuja, recuperando el aliento. Mike tenía el pecho subiendo y bajando con fuerza, la piel brillando de sudor, las alas blancas un poco torcidas por el movimiento. Yo también sudaba, con el semen todavía escurriéndome un poco entre los muslos.

 

Me acomodé mejor contra el respaldo y le hice una seña con la mano.

 

—Ven —le dije con voz suave, todavía un poco entrecortada—. Acuéstate a mi lado.

 

Mike no dudó. Se acercó gateando un poco y se echó a mi lado, de costado. Yo lo rodeé con un brazo y lo atraje contra mi cuerpo. Él se acurrucó de inmediato, buscando mi calor. Su cara terminó apoyada contra mi pecho, la mejilla pegada a mi piel húmeda, y una de sus manitas se posó tímidamente sobre mi costado.

 

Permanecimos así varios minutos. Yo le acariciaba la espalda con lentitud, subiendo y bajando los dedos por su columna, evitando las cuerdas de las alas. Él respiraba cada vez más calmado, aunque de vez en cuando soltaba un suspiro profundo, como si todavía estuviera procesando todo lo que había pasado.

 

—Señorita… —murmuró de pronto, sin levantar la cabeza—. ¿Puedo… chupar un pecho suyo?

 

La pregunta me hizo sonreír. Incluso después de haberme follado y corrido dentro de mí, seguía pidiendo permiso con esa educación que su madre le había inculcado.

 

—Claro que sí —respondí, acomodándome un poco para ofrecerle mejor el pecho izquierdo—. Adelante.

 

Mike se movió con cuidado. Giró la cara y tomó mi pezón entre los labios. Empezó a chupar despacio, con suavidad, como si no quisiera ser grosero ni apresurado. Su lengua daba vueltas lentas alrededor del pezón, a veces succionaba con un poco más de fuerza, y después volvía a un ritmo calmado y casi cariñoso. Yo cerré los ojos un momento y dejé que lo hiciera.

 

Con la mano libre le acaricié la cabeza. El cabello lo tenía pegado de sudor, cálido bajo mis dedos. Le peiné los mechones hacia atrás una y otra vez, mientras él seguía chupando mi pecho con esa dedicación silenciosa. De vez en cuando soltaba el pezón solo para respirar, y después volvía a tomarlo entre los labios como si necesitara ese contacto.

 

—Así… despacito —le susurré, sin dejar de acariciarle la cabeza sudada—. Me gusta cómo lo haces.

 

Mike no respondió con palabras. Solo apretó un poco más el cuerpo contra el mío y siguió chupando, ahora con un ritmo un poco más seguro. Su otra mano subió y se posó sobre mi otro pecho, sin apretar, solo descansando ahí mientras se alimentaba del primero. El contraste entre su educación y la forma en que ahora se aferraba a mi cuerpo me resultaba extrañamente tierno.

 

Seguimos así un buen rato. Yo le acariciaba la cabeza, el cuello, a veces la espalda. Él chupaba mi pecho con constancia, a veces más fuerte, a veces apenas rozándolo con la lengua. El sudor de su frente se pegaba a mi piel cada vez que se movía. Afuera la orgía seguía, pero en ese sofá solo existía el sonido de su boca trabajando y nuestras respiraciones cada vez más sincronizadas.

 

Cuando por fin se separó un poco para respirar mejor, tenía los labios brillantes y la mirada un poco nublada.

 

—Gracias, señorita… —dijo en voz baja, todavía acurrucado contra mí.

 

Yo le sonreí y volví a pasarle los dedos por el cabello húmedo.

 

—No tienes que dar las gracias por esto —le respondí—. Quédate así todo el tiempo que quieras.

 

Mike asintió y, después de unos segundos, volvió a acercar la boca a mi pecho, esta vez al otro, y reanudó las succiones lentas mientras yo seguía acariciándole la cabeza sudada.

 

Habían pasado veinte minutos de descanso. El sudor ya se había secado un poco sobre nuestra piel y la respiración de ambos se había calmado. Yo seguía acariciándole la cabeza a Mike mientras él, todavía acurrucado, chupaba mi pecho con esa lentitud casi perezosa.

 

—Ya bastó de descanso —le dije en voz baja, separándome un poco de él—. Vamos a hacerlo otra vez.

 

Mike levantó la vista, todavía con los labios brillantes, y asintió sin cuestionar.

 

Nos acomodamos de nuevo sobre el sofá. Esta vez me coloqué de rodillas, apoyando las manos en el respaldo, ofreciéndole la espalda y el culo. Mike se posicionó detrás de mí. Sentí cómo acercaba su pollita —otra vez completamente dura— a mi entrada todavía húmeda y resbaladiza por el semen anterior. Empujó despacio hasta hundirse por completo.

 

—Ahhh… —gemí en cuanto lo sentí dentro otra vez.

 

Empezó a embestirme por detrás con un ritmo firme. Una de sus manos rodeó mi cintura para sostenerme y la otra subió hasta mis pechos. Los agarró con ganas, los estrujó, los amasó mientras sus caderas chocaban contra las mías una y otra vez. Los dedos le apretaban los pezones cada vez que empujaba hacia adelante. La posición era profundamente placentera: cada embestida llegaba hondo y el agarre en mis pechos aumentaba la intensidad.

 

—Señorita… se siente tan bien así… —jadeaba Mike detrás de mí, sin dejar de apretarme los pechos—. Su coño me aprieta mucho en esta posición…

 

Yo solo podía gemir más fuerte, empujando el culo hacia atrás para encontrarme con cada embestida. El sofá se movía bajo nosotros y el sonido húmedo de su pollita entrando y saliendo llenaba el aire cercano.

 

En eso, del rabillo del ojo, vi a Amanda acercarse sola. Venía sin Danielito; claramente lo había dejado recuperándose en algún otro lugar después de haberlo usado. Se detuvo a unos pasos del sofá y nos observó en silencio, con una media sonrisa.

 

Ni Mike ni yo nos detuvimos. Él siguió embistiéndome con fuerza, estrujándome los pechos, y yo seguí gimiendo abiertamente, sin ninguna vergüenza de que nos estuvieran mirando.

 

Mike giró un poco la cabeza hacia su madre, todavía sin parar de mover las caderas, y la saludó con la voz entrecortada:

 

—Hola, mamá… estoy aplicando todo lo que me enseñaste… todas las posiciones… todos los consejos…

 

Amanda cruzó los brazos bajo el pecho y sonrió con orgullo evidente.

 

Yo, entre gemidos, logré hablarle también, sin dejar que Mike dejara de follarme:

 

—Sin duda… tienes un gran hijo… —jadeé, sintiendo cómo él me apretaba más los pechos—. Sabe exactamente qué hacer…

 

Amanda inclinó la cabeza, satisfecha.

 

—Gracias —respondió con calma—. Y el tuyo también es muy bueno. Lo dejé descansando un rato… se portó excelente.

 

Mike aceleró un poco más las embestidas al escuchar el intercambio de cumplidos, como si quisiera demostrar todavía más lo bien que había aprendido. Sus manos no soltaban mis pechos; los estrujaba con fuerza cada vez que se hundía hasta el fondo. Yo gemía sin control, disfrutando tanto de la penetración como del hecho de que la madre de Mike nos estuviera mirando mientras su hijo me cogía por detrás.

 

La escena se alargó así: Mike follándome sin parar, agarrándome los pechos, Amanda observando con esa sonrisa tranquila, y yo recibiendo cada embestida con la espalda arqueada y la voz rota de phaciendo.

Amanda se acomodó en un sofá cercano, cruzó las piernas con elegancia y se quedó mirándonos. De vez en cuando soltaba algún comentario en voz baja, casi como si estuviera evaluando el espectáculo:

 

—Qué bien te la estás cogiendo, hijo… más profundo… así…

 

Mike no se detuvo. Seguía embistiéndome por detrás, estrujándome los pechos, mientras yo gemía contra el respaldo del sofá.

 

Entonces apareció Danielito.

 

Venía dando saltitos pequeños, con esa energía inocente y dulce que nunca perdía, las alas blancas moviéndose a su espalda. Se detuvo un segundo al vernos: a su madre siendo follada por detrás y a Mike encima de mí. En lugar de sorprenderse o incomodarse, sonrió con esa pureza tan suya y levantó una manita.

 

—¡Hola, mami! —saludó con voz alegre—. ¡Hola, Mike!

 

Mike, sin dejar de empujarme, giró un poco la cabeza y le devolvió el saludo entre jadeos:

 

—Hola… Daniel…

 

Danielito se acercó más, todavía con esa mentalidad dulce e inocente, como si estuviera llegando a un juego y no a una orgía.

 

—Ya me recuperé —anunció, mirando a Amanda—. ¿Podemos volver a follar?

 

Amanda sonrió, se recostó de inmediato en posición misionera sobre su sofá y le abrió las piernas, jalándolo hacia ella con una mano.

 

—Claro que sí. Ven aquí.

 

Danielito se colocó entre sus muslos y entró sin complicación. Pronto se escucharon los sonidos húmedos de él follándola en misionero, mientras Amanda gemía y lo agarraba de las caderas.

 

Al mismo tiempo, Mike se inclinó hacia mi oído:

 

—Señorita… ¿podemos cambiar de posición? Quiero follar en cuatro… es mi favorita.

 

Me reí entre gemidos y asentí.

 

—Claro. Fuiste muy bueno en cualquier posición. Vamos.

 

Me acomodé en cuatro sobre el sofá, arqueando la espalda y levantando el culo. Mike se arrodilló detrás de mí, agarró mis caderas y volvió a entrar de un solo empujón. Empezó a cogerme con ganas en su posición favorita.

 

La escena quedó así: a mi izquierda, Mike me follaba en cuatro, golpeando mis nalgas con cada embestida. A la derecha, Danielito follaba a Amanda en misionero, con ella sujetándole la espalda. Los dos chicos estaban lo suficientemente cerca como para verse.

 

En un momento, ambos levantaron la vista y se miraron. Sin dejar de empujar, empezaron a hablar entre ellos con naturalidad, como si estuvieran comentando un partido y no follando a las madres del otro.

 

—Tu mamá tiene el coño muy rico —dijo Mike entre jadeos, sin parar de embestirme—. Me la cogí primero en misionero y ahora en cuatro… se siente increíble.

 

Danielito, empujando dentro de Amanda, asintió con esa sonrisa inocente:

 

—La tuya también. Me la follé un buen rato. Está caliente y apretadita… sin duda esto es lo mejor.

 

Amanda y yo solo podíamos gemir más fuerte, empujando hacia atrás o hacia arriba según la posición, deseando que no pararan. Los cumplidos que se dedicaban los dos chicos nos excitaban todavía más.

 

De pronto, Mike y Danielito levantaron un brazo cada uno, se dieron una palmada fuerte en el aire —un choque de manos en forma de amistad— y soltaron una risita jadeante.

 

—¡Buena, hermano! —dijo uno.

 

—¡Buena! —respondió el otro.

 

Y sin perder el ritmo, siguieron follándonos exactamente igual: Mike por detrás, agarrándome fuerte las caderas, y Danielito encima de Amanda, hundiéndose una y otra vez. Nosotras gemíamos sin control, deseando más, mientras los dos chicos intercambiaban miradas cómplices y seguían moviendo las caderas como si aquello fuera lo más natural del mundo.

 

La sala alrededor seguía llena de cuerpos, pero en ese rincón solo existían los cuatro: dos madres siendo cogidas y dos chicos inocentes que, mientras tanto, se felicitaban el uno al otro por lo bien que lo estaban haciendo.

 

Mike seguía embistiéndome en cuatro, agarrándome fuerte las caderas, mientras a nuestro lado Danielito follaba a Amanda en misionero. Los dos chicos jadeaban cada vez más fuerte, el ritmo se volvía irregular y desesperado. De pronto Mike se tensó detrás de mí, empujó hasta el fondo y soltó un gemido agudo mientras se corría dentro. Casi al mismo tiempo escuché el gemido de Danielito y vi cómo se hundía por última vez en Amanda, vaciándose también.

 

Los cuatro nos quedamos quietos unos segundos, solo respirando. Después, con cuidado, los chicos se retiraron. Un hilo de semen bajó por mis muslos y otro por los de Amanda.

 

Hubo un corte natural. Nos acomodamos a descansar.

 

Yo me recosté en el sofá y Mike se acurrucó a mi lado, todavía con las alas un poco torcidas y el cuerpo sudado. A unos metros, Amanda tenía a Danielito apoyado contra su pecho, acariciándole el cabello. Los cuatro hablábamos en voz baja, todavía con la respiración agitada.

 

—Se sintió muy rico, señorita… —murmuró Mike contra mi hombro.

 

—Tú también lo hiciste muy bien —le respondí, pasándole los dedos por la espalda.

 

Del otro lado, Amanda y Danielito intercambiaban palabras suaves. Se veía que ambos chicos estaban contentos y agotados a partes iguales. El tiempo había pasado sin que nos diéramos cuenta. La luz que entraba por las ventanas altas ya era más anaranjada; se estaba haciendo tarde. La orgía se había detenido por completo. Por toda la sala se veían grupos de madres e hijos descansando juntos, algunos abrazados, otros simplemente recostados en silencio. El aire olía fuerte a sexo y sudor, una mezcla densa y caliente que impregnaba cada rincón de la mansión.

 

Entonces apareció Beatriz.

 

Caminó entre los cuerpos con sus tacones resonando otra vez sobre el mármol, las manos unidas frente a ella y una sonrisa de satisfacción en el rostro.

 

—Felicitaciones a todas —anunció con voz clara—. Ha sido un encuentro excelente. Pero ya terminó. Si desean, pueden ir a bañarse. Los chicos tienen una ducha grande y separada al fondo del pasillo este. Las mujeres usaremos la del ala oeste.

 

Varias madres empezaron a levantarse lentamente. Yo miré a Amanda y ella me devolvió la mirada con complicidad. Ambas nos incorporamos.

 

—Gracias por el intercambio —le dije—. Tu hijo se portó excelente.

 

—El tuyo también —respondió ella, sonriendo—. Fue un placer.

 

Después nos dirigimos a nuestros respectivos chicos.

 

—Ve a bañarte, mi chiquitín —le dije a Danielito, acariciándole la mejilla—. Anda con los demás.

 

Amanda hizo lo mismo con Mike:

 

—Tú también, hijo. Ve a la ducha de los chicos.

 

Ambos asintieron sin protestar. Danielito y Mike se levantaron, se ajustaron un poco las alas que todavía llevaban y empezaron a caminar juntos hacia el pasillo indicado. Mientras se alejaban, se les escuchaba hablar en voz baja, intercambiando comentarios sobre lo que acababa de pasar, riéndose bajito, comparando sensaciones. Se notaba que entre ellos se estaba formando una amistad natural, fácil, de esas que nacen cuando dos chicos comparten algo tan intenso.

 

Amanda y yo nos quedamos mirándolos un momento.

 

—Se están llevando bien —comentó ella en voz baja.

 

—Sí —respondí—. Y no está mal. Al contrario.

 

Las dos sonreímos con el mismo pensamiento y después nos dirigimos hacia la ducha de las mujeres, dejando atrás la sala que todavía olía a sexo y sudor, con la certeza de que el encuentro había dejado algo más que solo placer físico entre nuestros hijos.

 

Amanda y yo caminamos juntas hacia el ala oeste de la mansión. El pasillo olía todavía a sexo y sudor, pero conforme nos acercábamos a la zona de duchas el aire se volvía más limpio y húmedo. Empujamos la puerta de madera y entramos a un baño amplio, de azulejos claros y varias regaderas abiertas. Ya había otras mujeres ahí, desnudas, dejándose caer el agua caliente por el cuerpo mientras hablaban entre ellas.

 

Nos quitamos lo poco que nos quedaba y nos metimos bajo el agua. El chorro caliente se sintió como un alivio después de tantas horas. Amanda se colocó a mi lado y empezamos a enjabonarnos con calma.

 

Las conversaciones fluyeron rápido. Una mujer de acento peruano fue de las primeras en hablar:

 

—Yo vengo de Lima. La primera vez que traje a mi hijo fue hace dos años. Desde entonces no me lo pierdo.

 

Otra, más alta y de habla chilena, se rió mientras se enjuagaba el cabello:

 

—Yo soy de Santiago. Al mío le costó un poco al principio, pero ahora es de los que más piden intercambios.

 

Hubo voces mexicanas, colombianas, argentinas, incluso una de Ecuador. Cada una contaba de dónde venía mientras el agua corría sobre sus cuerpos. Hablaban de los intercambios con naturalidad, casi con orgullo.

 

—El mío estuvo excelente hoy —dijo una—. Se aprendió todo lo de las preparaciones.

 

—El de Amanda también se veía muy aplicado —comentó otra, mirándonos con una sonrisa.

 

Amanda se encogió de hombros, satisfecha, y yo asentí.

 

—El mío es más tímido, pero cuando agarra confianza… —dejé la frase a medias y varias se rieron con complicidad.

 

Después la charla se volvió más cotidiana. Hablaron de sus vidas fuera de la red: trabajos, casas, la forma en que escondían todo esto del resto del mundo. Algunas eran profesionales, otras tenían negocios propios, unas cuantas mencionaron que vivían solas con sus hijos desde hacía años. Se notaba que, a pesar del secreto, entre ellas había una confianza real.

 

En un momento levanté la voz por encima del sonido del agua:

 

—¿Y el siguiente encuentro? ¿Cuándo sería?

 

Varias se miraron entre sí. Una mujer de cabello corto, todavía enjabonándose los brazos, respondió:

 

—Puede ser en cualquier lugar. La red tiene propiedades en casi todas partes del mundo. A veces es una casa en la playa, otras un departamento en una ciudad grande, otras otra mansión como esta. Depende de quién organice.

 

—La próxima podría ser en México —dijo otra—. O en España, si se anima alguien de allá.

 

Hubo risas, bromas y anécdotas. Alguien contó de un intercambio que salió especialmente bien, otra se quejó en broma de un chico que se cansaba demasiado rápido, y todas reían con esa libertad de quien sabe que está entre iguales. Amanda y yo participamos, comentando detalles de lo de hoy, elogiando a los hijos ajenos y dejando que la conversación fluyera sin prisas.

 

El agua seguía cayendo, el vapor llenaba el baño y por un rato pareció que el mundo exterior no existía. Solo éramos madres de la red, desnudas, hablando con total confianza sobre lo que nadie más podía saber.

 

Poco a poco la mansión se fue vaciando. Las madres recogían a sus hijos, se despedían con sonrisas cómplices y salían en dirección a los vehículos que las esperaban más abajo, en el borde del bosque. Amanda y yo nos dimos un último abrazo en el recibidor.

 

—Cualquier cosa, llámame —me dijo mientras me entregaba un pequeño papel con su número—. Cuando quieras. Para lo que sea.

 

Asentí, guardé el número y busqué a Danielito. Él ya había salido de la ducha de los chicos, el cabello todavía húmedo y esa expresión tranquila de quien ha vivido demasiado en un solo día. Le tomé la mano y juntos bajamos el mismo sendero por el que habíamos subido horas antes. El bosque estaba en silencio. Solo se escuchaban nuestros pasos sobre las hojas secas.

 

Un taxi nos esperaba en el punto acordado. Nos llevó de regreso a la ciudad y de allí a un hotel discreto, no muy lejos del aeropuerto. La habitación era sencilla, limpia, con una cama grande y una ventana que daba a las luces lejanas de Buenos Aires. Danielito se duchó otra vez apenas llegamos, se puso una camiseta holgada y se dejó caer sobre la cama. En menos de diez minutos ya estaba profundamente dormido, respirando con esa calma inocente que nunca perdía.

 

Yo me quedé sentada un momento en el borde de la cama, mirándolo. Después saqué el teléfono y marqué el número que Amanda me había dado.

 

Contestó al segundo tono.

 

—¿Valeria?

 

—Sí. Ya estamos en el hotel. Mañana volvemos a Colombia.

 

Hablamos un rato en voz baja para no despertar a Danielito. Quedamos en que nos veríamos cuando quisiéramos, en cualquier ciudad, para cualquier cosa. Intercambios, encuentros, o simplemente hablar. La red era grande y ahora yo formaba parte de ella. Amanda se rió suavemente al otro lado de la línea y me dijo que esperaba con ganas el próximo cruce de caminos. Colgamos con la promesa de no dejarnos perder.

 

Apagué la luz de la mesita y me recosté junto a mi hijo. La habitación quedó en penumbra. Escuchaba su respiración tranquila a mi lado y, mientras tanto, mi mente repasaba todo lo que había ocurrido: la mansión, los angelitos, el intercambio, Mike, Amanda, las otras madres, el olor a sexo y sudor, las reglas, el secreto.

 

Ya nada sería igual.

 

Nuestra casa en Medellín seguiría siendo nuestro refugio, con las mismas reglas de siempre… pero ahora había algo más. Había una red. Había otras mujeres como yo. Había la posibilidad de volver a encontrarnos, de volver a intercambiar, de seguir explorando ese placer prohibido que ambas habíamos elegido.

 

Cerré los ojos y sonreí en la oscuridad.

 

Sabía que lo que vendría a partir de ahora, con Danielito y con todo lo que la red ofrecía, serían cosas muy ricas… y deliciosas.

 

Y con ese pensamiento me quedé dormida.

 

—

 

Y hasta aquí llega esta historia.

 

Fue un placer escribirla y acompañarlos otra vez en este mundo tan particular. Espero que hayan disfrutado el viaje tanto como yo al crear cada escena.

 

En el relato anterior no recibí comentarios, y aunque no pasa nada, me haría mucha ilusión saber si esto que escribo todavía les gusta o si hay algo que les haya llamado la atención. Solo por curiosidad y con mucho cariño… si les nace dejar una palabra, una impresión o simplemente un “me gustó”, yo lo recibo con una sonrisa.

 

Gracias por leer hasta el final.

Con cariño y un poquito de picardía,

 

Amy_young15.

13 Lecturas/12 agosto, 2026/0 Comentarios/por Amy_young15
Etiquetas: amigos, hermano, madre, maduro, mayor, montaña, playa, sexo
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