Andrés consigue un trabajo temporal con una mujer mayor
El mejor verano de su vida.
Modo Spicy 🔥😈
La casa de Doña Teresa quedaba a tres cuadras. El letrero en la reja era de cartulina amarilla, escrito a mano con letra firme:
Se busca empleado para ir a mandados, podar el césped y habilidades de electricidad.
Andrés tenía dieciocho años, el cuerpo delgado y marcado de tanto correr y de las tardes en el gimnasio del pueblo. Piel morena clara, hombros anchos, abdomen plano. En dos semanas se iba a la universidad y quería llevarse algo de dinero. Tocó el portón.
Ella abrió.
Sesenta años. Complexión media, cintura todavía definida, caderas suaves. El vestido de algodón beige le llegaba a media rodilla y el escote en V dejaba ver el arranque de unos pechos grandes, pesados, que se movían apenas cuando respiraba. El maquillaje era discreto, el cabello teñido de castaño oscuro recogido con un broche. Se notaba que en su juventud había sido de esas mujeres que volteaban cabezas. Todavía lo hacía.
—Buenas tardes, señora. Vi el anuncio.
Ella lo recorrió de arriba abajo sin prisa. La mirada se detuvo un segundo en la boca, después en el cuello, después en los brazos.
—Pasa. Dime qué sabes hacer.
Le explicó lo de la universidad, que necesitaba trabajar el verano, que sabía podar, cambiar focos, revisar contactos, destapar tuberías. Doña Teresa lo escuchaba con las piernas cruzadas, el vestido subiendo un poco en el muslo. Cuando él terminó, sonrió.
—Empiezas mañana. Ocho de la mañana. Te pago semanal.
Al segundo día ya se había ganado la casa. Llegaba puntual, no preguntaba dos veces, dejaba todo limpio. El tercer día, para podar el jardín de atrás, se quitó la camisa y la colgó en la silla del patio. El sol de agosto le brillaba en los hombros y en el sudor que le bajaba por el pecho hasta el ombligo. Doña Teresa salió con un vaso de agua de jamaica. Se quedó parada en la puerta de la cocina más tiempo del necesario.
—Toma. No te vaya a dar un golpe de calor.
Él se acercó, tomó el vaso. Las gotas de sudor le corrían por las costillas. Ella no apartó la vista del abdomen.
—Gracias, señora.
—Teresa. Ya no me digas señora todo el tiempo. Me haces sentir más vieja de lo que soy.
Él rió, un poco incómodo, un poco no.
—Teresa, entonces.
Desde ese día, cada vez que hacía algo sucio —electricidad, fontanería, la poda— se quitaba la camisa. Ella empezó a salir más al patio. Le llevaba agua, limón, a veces un sándwich. Se sentaba en la silla de mimbre con las piernas cruzadas y el escote un poco más abierto que el día anterior. Andrés, mientras cortaba el pasto o revisaba un contacto, sentía la mirada en la espalda, en la curva de la cintura, en el bulto que se le marcaba cuando se agachaba.
Una tarde, ella le dijo:
—Tienes un cuerpo muy bonito para tu edad. La mayoría de los chavos de ahora andan flacos o todos panzones. Tú no.
Él se secó la frente con el antebrazo.
—Usted también se cuida mucho. Se le nota.
Doña Teresa se tocó el escote con dos dedos, como sin querer.
—A esta edad una ya no puede darse el lujo de descuidarse. Aunque a veces pienso que ya nadie se fija.
Andrés tragó saliva.
—Sí se fijan.
Ella sonrió despacio, como si hubiera estado esperando esa frase.
Los días siguientes las pláticas se alargaron. Primero en el patio, después en la cocina mientras él bebía agua. Ella le preguntaba de la universidad, de si tenía novia. Él decía que no, que no había tiempo. Ella reía bajo y le decía que a su edad todos los hombres tenían tiempo para ciertas cosas. Un viernes, mientras él cambiaba un contacto en el pasillo, ella se acercó más de lo habitual. El perfume le llegó primero: algo dulce y viejo, como magnolia.
—Andrés… ¿nunca te ha gustado una mujer mayor?
Él se quedó con el desarmador en la mano. El pecho le subía y bajaba.
—No lo había pensado.
—Piénsalo.
Esa noche no durmió bien.
El lunes siguiente ella usó un vestido más corto y más abierto. Cuando se agachó a recoger una herramienta que se le había caído, él vio el borde del brassiere negro y la piel blanca que se hinchaba por encima. Se le endureció. Ella lo notó. No dijo nada. Solo se pasó la lengua por el labio inferior.
Esa misma tarde, en la cocina, Doña Teresa se recargó en la mesa. El escote se abrió más.
—Ven.
Él se acercó. Ella tomó su mano —la mano todavía sucia de tierra y grasa— y la puso sobre su pecho izquierdo, encima de la tela.
—Así. Sin miedo.
Andrés apretó. El pecho era pesado, caliente, suave. El pezón se le marcó en la palma a través de la tela. Ella soltó un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo el aire durante días.
—Más.
Él metió la mano por el escote. La piel era distinta a la de las chavas de su edad: más llena, más pesada, con esa suavidad que da el tiempo. Acarició el pezón con el pulgar. Doña Teresa cerró los ojos y se mordió el labio.
—Dios… qué manos tienes.
Lo jaló por la nuca y lo besó. La boca de ella era húmeda, sabía a café y a algo dulce. La lengua se le metió sin permiso, lenta, sucia. Andrés le agarró los dos pechos con las dos manos, los apretó, los levantó, los frotó. Ella gemía contra su boca.
Se fueron recorriendo hasta la sala. Ella se sentó en el sillón y lo hizo ponerse de rodillas entre sus piernas. Se bajó el vestido hasta la cintura. Los pechos cayeron pesados, grandes, con las areolas oscuras y anchas. Andrés los tomó con las dos manos y se los llevó a la boca. Chupó un pezón, después el otro, los mordisqueó suave. Doña Teresa le agarró el cabello y lo apretó contra el pecho.
—Así, hijo… así. Cómetelos.
Él se los frotó en la cara, los apretó juntos, metió la lengua en el hueco que formaban. Ella le desabrochó el pantalón. La verga le saltó dura, palpitando, la cabeza ya brillante. Doña Teresa la miró un segundo, después sonrió.
—Ven acá.
Lo hizo ponerse de pie frente a ella. Se sentó bien en el sillón, juntó los pechos con las dos manos y metió la verga entre ellos. La piel caliente y suave lo envolvió. Empezó a moverlos arriba y abajo, apretando, dejando que la cabeza asomara entre el escote y volviera a desaparecer. Andrés jadeaba. Ella escupió entre los pechos para que resbalara mejor y siguió masturbándolo con las tetas, lento al principio, después más fuerte, viéndolo a la cara.
—¿Te gusta que te la jale así, con estas tetas viejas?
—Sí… joder, sí.
La cabeza le salía roja y mojada entre la carne. Ella se agachó un poco y le lamió la punta cada vez que asomaba. Andrés no aguantó mucho. Le avisó. Ella no se apartó. Lo apretó más fuerte entre los pechos y lo dejó venirse. El semen le saltó en el escote, en el cuello, en la base de la garganta. Ella lo miró caer, se pasó un dedo por el hilo blanco y se lo metió a la boca.
—Rico.
Lo jaló otra vez al sillón. Se quitó el vestido del todo. Quedó en brassiere y tanga negra, después se los quitó también. El vello del pubis era canoso en las orillas, el coño ya brillante. Andrés se recostó encima. Ella le abrió las piernas y lo guió. Entró de una, hondo. Doña Teresa soltó un gemido ronco, casi un quejido.
—Ay, hijo… qué grueso.
Empezó a cogerla despacio, sacándola casi toda y metiéndola hasta el fondo. Los pechos le rebotaban con cada embestida. Ella se los agarraba y se los ofrecía a la boca. Después lo hizo darse vuelta. Se montó ella. Se sentó despacio, con las manos en su pecho, y empezó a mover las caderas en círculos, después arriba y abajo, fuerte. Los pechos le golpeaban la cara a Andrés. Él se los apretaba, se los chupaba mientras ella se lo metía entero.
—Así… úsame. Usa a esta vieja.
Cambió de posición. La puso de cuatro en el sillón. Le agarró las caderas —la piel un poco flácida, suave— y se la metió de atrás. El culo le temblaba. Ella gemía contra el cojín, pidiéndole más duro. Andrés le daba. El sonido de la piel contra la piel llenaba la sala. Le jaló el cabello, le dio una nalgada. Doña Teresa se vino primero, apretándolo por dentro, mojándolo. Él no paró. La volteó otra vez, la puso de lado, le levantó una pierna y se la metió profundo, mirándole los pechos aplastados contra el sillón.
Al final la recostó de espaldas, le abrió las piernas todo lo que pudo y se la cogió rápido, corto, hasta que no aguantó. Se vino adentro. Se quedó hondo, palpitando, llenándola. Ella lo abrazó con las piernas y lo apretó contra su pecho.
—Déjalo ahí… déjalo todo adentro.
Se quedaron así un rato, sudados, el semen empezando a salirle por los lados. Ella le acariciaba el pelo.
El resto del verano fue igual. Algunas tardes en la sala, otras en su recámara, una vez en el patio cuando ya oscurecía. Siempre terminaba adentro. Siempre ella le pedía que le follara las tetas un rato antes. Andrés aprendió el ritmo de su cuerpo, los gemidos que hacía cuando estaba cerca, cómo le gustaba que le hablaran sucio.
El último viernes de agosto ella le dio un sobre grueso.
—Esto es por el trabajo. Y esto —le tocó la entrepierna por encima del pantalón— es porque te portaste muy bien.
Lo besó despacio.
—Cada verano que regreses de la universidad, el trabajo te está esperando. Y yo también.
Andrés guardó el sobre. En la puerta, antes de irse, ella se abrió un poco el bata y le mostró un pecho.
—Para que no se te olvide.
Él sonrió.
—No se me va a olvidar.

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