Cuando mi cuerpo fue su premio y creí que era amor. Primera parte
Desde muy chica aprendí a callar y obedecer. Eso llevaba tatuado dentro, y fue justo lo que él aprovechó..
Todavía era pequeña, apenas empezaba a crecer, y mi cuerpo era distinto al de los demás niños: bajita, delgada, con curvas que no debían estar ahí. Mis caderas eran anchas, mis nalgas redondas y firmes, y cuando caminaba se notaba. Tenía el pelo un poco largo oscuro y suave. Mi cara no tenía nada de niño: ojos grandes y suaves, labios llenos, facciones delicadas. De frente dudaban, pero de espaldas nadie adivinaba lo que era. En la escuela se burlaban sin parar: «pareces niña», «camina como nena». Hasta mi tía me agarraba de las nalgas y decía: «si hubieras nacido vieja», todos andarían locos por ti». Yo me sentía mal, rara, como si estuviera mal existir así.
Un día al salir del colegio, iba caminando yo sola, con la cabeza baja, cuando él me habló.
Miguel era mayor, muy mayor: un poco más alto que yo, muy robusto, pesado, el pelo completamente blanco y la piel gruesa, manos grandes y ásperas. La cara siempre parecía seria, casi dura. No era guapo, pero su voz era suave cuando quería. Me gritó «señorita», y cuando le dije que era niño, pidió perdón enseguida, amable, tratando de hacerme platica. Me convenció de subir a la camioneta, después de dejarme en la parada del camión que me lleva a mi casa, me dijo que el podía recogerme en la escuela y acercarme a la parada, yo dije que si.
Los primeros días fueron muy normales. Me recogía, me hablaba bonito. Pero poco a poco fue mostrando quién era: me tocaba la rodilla y la dejaba ahí, sin prisa, mirándome fijo; me tomaba la mano y la apretaba fuerte; a veces me acariciaba la mejilla despacio. Me daba vergüenza, pero me gustaba que lo hiciera. Por fin alguien no se burlaba.
De pronto un viernes cuando subí a la camioneta me dio un regalo dentro de una bolsa, me pidió que lo guardara y lo abriera solo en mi casa, así me llevo a mi parada, pero antes de irse me tomó la cara con las dos manos, me acercó a él y me besó justo en la orilla de los labios, mirándome directo a los ojos:
—Te quiero. Y se fue.
Encerrada en mi cuarto abrí la caja: era un teléfono. Tenía un número guardado: el suyo. Sonó de inmediato.
—Hola, espero que te haya gustado tu regalo —me dijo.
Yo estaba confundida, pero emocionada:
—Sí, está muy lindo, gracias.
Y entonces me empezó a preguntar cosas, despacio, con voz suave, como si no quisiera asustarme. Y yo, que nunca nadie me había escuchado así, me solté del todo. En la plática me preguntó que si yo tenía un secreto. Y con la confianza que ya tenía con el, le conté lo que jamás le había dicho a nadie con tanta claridad:
—Cuando estoy solo en mi cuarto, me pongo la ropa que dejó mi hermana: vestidos suaves que me quedan justo, faldas que se ajustan a mis caderas, blusas que me hacen sentir bonita, ropa interior delicada y tacones. Me paro frente al espejo y me miro… parezco una niña. Me muevo despacio, camino como creo que lo haría ella, y me siento bien, tranquila, como si por un momento dejara de ser yo la que está mal. Y a veces con mis primos… jugamos desde que éramos chiquitos. Me visto así con ellos, me dicen cómo caminar, cómo moverme, me tratan como si fuera su novia, o su amiga. Me acarician, me abrazan, y frotan sus cuerpos contra mí hasta que terminan. A veces me siento rara, pero también me hace sentir que valgo algo, que alguien me desea.
Él guardó silencio mientras hablaba, y cuando terminé no dijo que estaba mal, ni que era algo de lo que debiera avergonzarme. Solo dijo:
—Eso que haces es hermoso. Eres especial. Y hay algo que quiero decirte, pero me da pena.
—No te preocupes, dímelo —le respondí.
Y ahí fue cuando me lo contó todo, detallado, como si lo estuviera viendo otra vez frente a sus ojos:
—Ese día estaba atorado en el tráfico, sin poder avanzar, y de pronto algo me llamó la atención. Vi a un grupo de muchachos platicando, y entre ellos, de espaldas, había una figura que me dejó sin aliento. Era una niña con un cuerpo increíble: cintura pequeñita que se iba ensanchando poco a poco hasta sus caderas anchas muy bien formadas, y unas nalgas grandes, firmes, que se marcaban debajo del pantalón. La tela se le había metido entre su culote, se veía muy apretada, y hasta la ropa interior se veía dibujada encima. No podía apartar la mirada. Estaba hipnotizado. De repente se movió y sentí que se me iba a escapar. Me esforcé por salir del tráfico, manejé como pude, y ahí estaba de nuevo: caminando despacio, moviendo ese cuerpo con una gracia que me volvió loco. Fue entonces cuando me decidí a hablarte. ¿Sabes quién era esa niña?
—No… ¿quién era? —pregunté con el corazón a mil.
—Eras tú. Cuando te volteaste y me dijiste que eras niño, me quedé asombrado. Pensé: «Dios mío, la mujer más perfecta que he visto en mi vida resulta ser niño». No podía dejar pasar la oportunidad de conocerte. Por eso te llamé, por eso te invité a subir.
Sus palabras me recorrieron entera. Nadie jamás me había dicho algo así. Nadie me había descrito de esa manera. Me sentí hermosa, vista, deseada. Por primera vez mi cuerpo no era algo de lo que esconderme.
Y entonces hizo su propuesta, clara, directa, como si ya la tuviera pensada desde antes:
—Ahora que sé todo esto, te lo pido con el corazón en la mano. Quiero verte con esa ropa que te pones a solas. Quiero verte caminar, moverte, igual que tú haces cuando nadie te ve. Quiero ver si eres tan linda como me imaginé aquel día. Y también… quiero que me dejes jugar contigo igual que lo haces con tus primos. Pero te prometo que será mejor. Ellos apenas son unos niños; yo soy hombre. Sé cómo cuidar a alguien como tú. Sé cómo hacerte sentir mujer. Quiero tocarte, acariciarte, sentirte, todo lo que ellos hacen, pero conmigo. Quiero ser yo quien te haga sentir así de especial. Piénsalo bien, no me contestes ahora. Pero mañana dime que sí, ¿sí? Sabes que te quiero, muñequita. Sabes que yo soy el que te va a valorar de verdad.
Colgamos la llamada, después me quedé mirando la pared toda la noche. Me pedía entrar en lo más mío, en lo que solo yo conocía. Me pedía ser lo que era en secreto, pero con él. Tenía miedo, un miedo real y frío. Pero sus palabras no se iban: «la mujer más perfecta», «eres especial», «te voy a valorar». Y antes de que saliera el sol, ya sabía qué le iba a decir.

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