El suceso que cambio mi vida (1)
Desde muy pequeña aprendí que debía ser una niña sumisa. Crecí con esa consigna grabada en el cuerpo, una obediencia silenciosa que más tarde se convertiría en mi mayor vulnerabilidad. Hoy soy una mujer trans de 37 años y quiero contar mi vida desde el principio, pero voy hablar de lo que me marco..
Desde muy pequeña aprendí que debía ser una niña sumisa. Crecí con esa consigna grabada en el cuerpo, una obediencia silenciosa que más tarde se convertiría en mi mayor vulnerabilidad. Hoy soy una mujer trans de 37 años y quiero contar mi vida desde el principio, pero para hacerlo, tengo que empezar por el momento que marcó un antes y un después definitivo en mi existencia.
Todo comenzó cuando entré a la secundaria; yo tenía apenas 11 años. Mi mamá me llevaba por las mañanas, pero al salir, la rutina era siempre la misma: me tocaba regresar caminando sola hasta el centro de la ciudad para tomar el camión que me llevaba a casa. Durante meses el trayecto fue monótono, gris y solitario, hasta que llegó octubre. Ese mes conocí a Miguel.
Miguel era un hombre de unos 67 años; alto, robusto, de cabello totalmente blanco y con un rostro que siempre parecía estar molesto. No era un hombre guapo, pero el día que lo conocí algo se movió dentro de mí, una sensación extraña que incluso hoy me cuesta explicar. Era un martes cualquiera. Yo caminaba sola, como de costumbre, ya que me costaba mucho hacer amigos. De pronto, una camioneta blanca, grande y cuadrada —de esas que se usan para transportar herramientas y que, tristemente, la gente asocia con secuestros porque no tienen ventanas atrás— se detuvo junto a mí. De la cabina salió un grito:
—¡Hey, señorita!
En ese entonces, mi físico era una fuente constante de complejos. Nunca fui alta. No era gorda, pero tampoco flaca; mi cuerpo caprichosamente tenía curvas donde teóricamente no debía tenerlas. Mis caderas y mis nalgas eran mi gran problema. En la escuela me molestaban sin piedad por eso; decían que parecía niña, que caminaba como nena. Incluso una de mis tías solía apretármelas mientras me decía que, si fuera mujer, los hombres harían fila por mí. De espaldas, la confusión era inevitable. Para rematar, mi mamá me obligaba a llevar el cabello largo y mis facciones estaban lejos de ser varoniles.
Al escuchar el grito, volteé a la defensiva, pensando que se trataba de otra burla cruel.
—Soy niño —respondí molesta.
El hombre reaccionó de inmediato. Se disculpó con amabilidad y me explicó que solo estaba perdido, buscando una dirección. Tras indicarle el camino, me preguntó a dónde iba yo.
—Voy a tomar mi camión en el centro —le contesté.
—¿Cómo ves? Te llevo. Sirve que me dices bien dónde queda el juzgado —insistió.
Un vuelco me dio en el estómago. Las advertencias de mi familia resonaron en mi cabeza y mi primer instinto fue negarme:
—No, ¿cómo cree?
Sin embargo, a pesar de la alerta inicial, Miguel me transmitió una extraña calidez. No vi malicia en sus ojos ni sospeché de sus intenciones. Terminé cediendo y me subí. Durante el trayecto platicamos de cosas sin importancia, tonterías que aligeraron mi desconfianza, hasta que llegamos a mi parada. Justo antes de abrir la puerta, él se giró hacia mí.
—Oye, chavita —me dijo, usando el diminutivo de mi nombre de pila de aquel entonces—. Mira, la verdad me caes súper bien y tengo que pasar por aquí todos los días. ¿Qué te parece si te recojo en la escuela y te traigo para que no camines tanto? Así seguimos conociéndonos.
A mí me pareció una idea maravillosa. En mi mente infantil, era una solución perfecta. Durante las siguientes tres semanas, todo funcionó con una engañosa normalidad. Él era puntual, me recogía y me dejaba en la parada. Hubo detalles que en su momento minimicé: caricias en la rodilla, un roce en la mejilla, tomarme de la mano o darme besos en ellas. Me ponía nerviosa y sentía que algo andaba raro, pero la balanza siempre se inclinaba hacia el mismo lado: me fascinaba la atención que me prestaba. Me sentía vista.
Pero el viernes todo cambió.
Al subirme a la camioneta lo saludé como siempre y me abroché el cinturón. Miguel, haciendo un gran esfuerzo por su peso, se estiró hacia atrás, tomó una caja y me la extendió.
—Te compré este regalo. Guárdalo y en tu casa, cuando estés a solas, lo abres, ¿sale?
—Sí, Migue, como me digas —respondí, activando de inmediato mi chip de niña sumisa.
A mi regreso, en la parada del camión, antes de despedirnos, me tomó la cara con las manos y me plantó un beso en la mejilla, pero rozando directamente mis labios. Me quedé helada, paralizada por el shock. Él solo me miró y sonrió:
—Te hablo al rato. Te quiero, chavita.
Llegué a mi casa con el corazón desbocado y me encerré en mi cuarto. Al abrir la caja, la sorpresa me golpeó: era un teléfono celular. En la agenda solo había un número registrado: el suyo. Casi al instante, el aparato empezó a sonar. El terror a ser descubierta por mi abuela me hizo contestar de un tiro.
—Hola, chavita. Oye, ¿te gustó tu regalo?
—Sí, gracias. Está muy padre —atiné a decir, tragándome los nervios.
—Así podremos estar más en contacto. Los fines de semana te extraño y, por lo menos con el teléfono, ya puedo platicar contigo.
Durante esa llamada me advirtió que me haría algunas preguntas por mensaje durante el fin de semana porque quería conocerme más. También me confesó que había algo que quería decirme, pero que le daba pena. Mi curiosidad de once años insistió. Fue entonces cuando admitió que, el día que nos conocimos, me había confundido genuinamente con una hermosa niña, y me pidió perdón si sus palabras me ofendían.
Lejos de ofenderme, mi cuerpo se llenó de una mezcla de nervios y una profunda emoción. Él no podía verme, pero yo sonreía frente a la pantalla. Sentí un calorcito en el pecho que jamás había experimentado. Le aseguré que no me molestaba en absoluto. Al encontrar ese puerto seguro y esa atención que tanto me escaseaba, terminé abriendo mi alma por completo. Le hablé de lo duro que era que los niños, los adultos y mi propia familia se burlaran de mi cuerpo.
Y entonces, en un impulso que hoy sigo intentando descifrar, le confié nuestro secreto: el juego que tenía con dos de mis primos. Le conté cómo jugábamos a que yo era su novia, su esposa, su amante, una maestra o una mesera; cualquier rol femenino. Le hablé de las veces que me vestía con ropa de mujer y de cómo ellos me acariciaban y frotaban sus penes contra mis nalgas hasta terminar.
Miguel solo dijo que estaba sorprendido y agradeció mi total confianza. La voz de mi abuela llamándome a comer interrumpió la llamada. Nos despedimos rápido, no sin antes escuchar un: «Ahora te quiero más, yo te voy a cuidar».
Esa noche empezaron los mensajes. Primero agradeció mi honestidad. Luego vinieron las preguntas inquisitivas: ¿Desde qué edad jugaban a eso? Desde los seis años, respondí. ¿Te gustaba? Sí, me gustaba. ¿De dónde sacabas la ropa? Le expliqué que mi hermana mayor había dejado bolsas llenas de ropa al mudarse: vestidos, faldas, tacones y ropa interior. Todo eso usaba en mis juegos. Él me respondió diciendo que me admiraba, que respetaba quién era yo y que sentía algo muy lindo por mí, llamándome su «amigo especial». Me dormí sintiéndome feliz, flotando en la calidez de no ser juzgada.
El domingo por la mañana el teléfono guardó silencio. Experimenté una angustia terrible, un miedo lacerante a que se hubiera arrepentido y ya no quisiera saber de mí. Pero la noche llegó y, con ella, su mensaje. Me confesó que no había podido dormir pensando en lo que le conté y me prometió que me ayudaría en todo lo que necesitara. Sin embargo, la conversación escaló. Quiso saber más detalles: ¿Hubo penetración? No. ¿Les hiciste sexo oral? Jamás. ¿Les modelabas la ropa? Sí, a eso sí. Las agujas del reloj marcaron la una de la mañana entre mensaje y mensaje.
Ya con el cansancio encima, me escribió:
—Oye, chavita, ya es tarde. Solo quiero hacerte un par de preguntas más, pero no quiero que me las contestes ahora, ¿ok?
—Está bien —escribí.
Y entonces, soltó la primera bomba:
—¿Crees que algún día me puedas enseñar cómo modelas con la ropa de mujer? Yo quiero también verte y dar mi opinión de si realmente pareces mujer.
Iba a teclear una respuesta, pero otro mensaje me frenó:
—No, no me contestes, piénsalo. La segunda pregunta es: ¿me dejarías también poder jugar contigo como lo haces con tus primos? Por favor, piénsalo y mañana me respondes. Te quiero mucho, chavita. Te veo mañana puntual.
Solo alcancé a despedirme con un mecánico «Nos vemos mañana».
La pantalla se apagó, pero mi mente se encendió en una espiral de ansiedad absoluta. No tenía idea de qué responder. Toda la noche me la pasé en vela, devorada por la duda. En la oscuridad de mi cuarto, las imágenes de los juegos con mis primos se distorsionaron; sus rostros infantiles se borraron y fueron reemplazados por las facciones maduras y toscas de Miguel. Tenía miedo, un miedo físico y real, pero al mismo tiempo, el veneno del halago trabajaba en mí. Que un hombre adulto pusiera sus ojos en mí me hacía sentir importante. Deseé sus manos, deseé ver en sus ojos ese brillo de deseo que tanto me validaba. En medio de esa tormenta silenciosa y antes de que amaneciera, tomé mi decisión.
El lunes por la mañana desperté habitando un cuerpo que ya no se sentía completamente mío. Toda la jornada escolar transcurrió en una extraña dualidad, suspendida en una emoción intensa y caótica que a mis once años era incapaz de descifrar. Por momentos, el reloj parecía avanzar con una lentitud insoportable; sentía unas ganas desesperadas de que el timbre sonara, de salir corriendo y buscarlo. Pero inmediatamente después, un temor profundo y visceral me encogía el estómago, recordándome el peligro invisible que estaba rondando.
Mi distracción debió ser muy evidente. Mis pocos amigos, extrañados por mi silencio y mi mirada perdida, se acercaron a preguntarme si me encontraba bien. Con la timidez de siempre y el peso del secreto guardado en la mochila, solo atinaba a responderles con evasivas:
—Sí, no pasa nada, todo está bien.
Por fin terminó el día. Al cruzar la puerta de salida, me despedí mecánicamente de mis compañeros. Caminé los pasos de siempre, crucé la calle y ahí estaba: la camioneta blanca, grande y cuadrada, estacionada en el mismo lugar.
En ese preciso instante, el mundo exterior se desvaneció. Mi corazón se aceleró a un ritmo frenético, golpeándome el pecho con fuerza, y mis manos empezaron a temblar incontrolablemente. Una parte de mí, guiada por el instinto de supervivencia, quería dar la vuelta, correr lejos de ahí y no regresar jamás. Sin embargo, el deseo de saber qué seguía fue más poderoso. Quería experimentar esa fantasía, quería sentirme una niña grande y, por encima de todo, necesitaba seguir siendo importante para ese hombre que me ofrecía la atención que tanto me faltaba.
Con las piernas temblorosas pero la decisión tomada, caminé hacia la puerta del copiloto.
Él me saludó como siempre, regalándome esa sonrisa que tenía el poder absoluto de dominarme. En ese instante de silencio, el tiempo pareció congelarse y pude ver cada uno de sus detalles con una nitidez casi dolorosa: la forma tosca de su rostro, sus manos grandes y gruesas, y sus ojos marrones fijos en mí. Pude notar cómo su vientre abultado casi aplastaba el volante debido a su peso y, por primera vez, percibí el olor de su sudor. Era un aroma penetrante, denso, pero que en mi confusión infantil me resultaba extrañamente cautivador.
Al subir y acomodarme en el asiento, me sonrió con ternura. Tomó mis manos entre las suyas y comenzó a besarlas con delicadeza. Me confesó que todo lo que habíamos platicado el fin de semana había sido hermoso para él, que no había dejado de pensar en mí y que deseaba con el corazón que yo siguiera siendo su amigo especial. De pronto, acortó la distancia, me tomó el rostro y me dio un beso; de nuevo, sus labios rozaron directamente la mitad de mi boca.
En ese microsegundo, mis sentimientos me traicionaron por completo. Dejando atrás el miedo, me dejé llevar por el impulso de agradarle: tomé sus manos grandes, las besé con devoción y luego las bajé guiándolas hacia mi pierna, invitándolo a que me tocara. Con mi otra mano, me estiré para acariciar su rostro. Aunque él no pronunció una sola palabra, su semblante adusto se transformó; por primera vez pude ver en sus ojos una expresión de auténtica felicidad.
Satisfecho, encendió el motor, arrancó la camioneta blanca y, cobijados por un silencio absoluto, nos movimos de ahí.
Pensé que lo primero que haría al arrancar sería exigir una respuesta a las preguntas del domingo, pero hasta ese momento no me pidió nada. La conversación fluyó de manera engañosamente casual, platicando sobre lo que yo había hecho el fin de semana. Sin embargo, la aparente normalidad duraba poco; en ciertos instantes, volvía a deslizar preguntas inquisitivas, queriendo saber cómo me sentía yo con los roces y los juegos con mis primos. Mientras esa plática avanzaba, su enorme mano se adueñó de mi pierna, apretándola con firmeza.
Ese contacto me sacó por completo de órbita. Sentía el rostro encendido, completamente roja, y el aire dentro de aquella camioneta se volvió denso, pesado, impregnado de un calor cada vez más fuerte. Ver esa mano tan grande aferrada a mí, reclamando mi cuerpo, me hacía sentir profundamente especial; en mi mente de once años, deseaba con todas mis fuerzas que ese instante no terminara nunca.
Pero de repente, el vehículo se detuvo. Al mirar por la ventana, el paisaje me resultó completamente ajeno; no reconocía el lugar. No había casas ni gente cerca, solo un árbol enorme y frondoso que nos envolvía con su sombra. Miguel apretó mi pierna una última vez, abrió la puerta de su lado y bajó de la camioneta. Rodeó el vehículo, se acercó a mi ventana y me dijo con voz tranquila que fuéramos a la parte de atrás, que ahí era mucho más amplio y podríamos platicar mejor.
Para ese momento, cualquier rastro de desconfianza se había disipado; me sentía totalmente cómoda y segura a su lado. La sumisión y la necesidad de afecto habían ganado la batalla. Quería seguir sintiendo sus manos sobre mí, quería descubrir qué más pensaba de mi cuerpo y, sobre todo, deseaba con ansias que volviera a formular aquellas preguntas para, por fin, darle la respuesta que tanto había estado ensayando en mi mente. Bajé de la cabina dispuesta a seguirlo. Él abrió la puerta lateral de la camioneta. Jamás le había prestado verdadera atención a ese espacio. Al fondo, pegadas al otro lado, se alcanzaban a ver muchas herramientas ordenadas, mientras que en la parte trasera solo había un asiento largo, desgastado y lleno de pelo de perro. Miguel me indicó que me subiera. Justo cuando estaba a punto de hacerlo, sentí sus manos grandes rodeando con firmeza mi cintura; me dijo que me ayudaría a subir. Experimenté una pizca de incomodidad por la brusquedad del gesto, pero ese malestar fue aplastado casi de inmediato por la reconfortante sensación de sentirme querida. Así que me dejé llevar, permitiendo que ese hombre manejara mi cuerpo para impulsarme hacia adentro.
Mientras me ayudaba a entrar, alcancé a notar cómo su rostro se perdía de lleno en mis nalgas. Por un momento eterno se quedó congelado en esa posición, sin soltarme, hasta que rompí el trance diciéndole que me iba a mover para acomodarme. Él simplemente sonrió y subió detrás de mí.
Me fui directo a sentar al asiento largo y él tomó lugar justo a mi lado, acortando cualquier distancia. Yo devoraba mis propios nervios en silencio. Aún sin exigir la respuesta que yo llevaba guardada, Miguel empezó a abrirse y a contarme más sobre su vida. Me confió que hacía poco se había jubilado y que su esposa lo había engañado; detalló que ella era treinta años más joven que él y que lo había abandonado por un hombre de su edad. Me dijo, con una voz que pretendía sonar herida, que se había quedado muy lastimado, pero que el día en que nos conocimos sintió que su vida volvía a tener un sentido.
Hizo una pausa dramática, me miró fijamente y me preguntó si podía ser completamente sincero conmigo. Mirándolo a los ojos, con toda la entrega de mis once años, le respondí que sí; le pedí que confiara en mí, exactamente de la misma forma en que yo lo había hecho con él.
Miguel respiró hondo y comenzó a vaciar su verdad, una confesión que quitaba de golpe cualquier rastro de casualidad en nuestro encuentro. Me contó que el día que nos conocimos, él estaba estacionado frente a la escuela porque acababa de salir del juzgado por los trámites de su divorcio. Mientras revisaba los papeles en la cabina, levantó la mirada y divisó a una chica de espaldas; una silueta notablemente desarrollada que lo dejó completamente impactado. Me confesó que no podía creer que una niña tuviera unas nalgas tan grandes y prominentes para su edad, al punto de que su ropa interior se marcaba perfectamente sobre el pantalón debido a lo abultado que era su cuerpo.
Miguel continuó hilando sus palabras, calibrando con precisión cada grieta de mi inocencia. Me dijo que cuando le confié mi gran secreto el fin de semana anterior, él ya había intuido gran parte de mis inclinaciones; que mis confesiones solo vinieron a confirmarle lo que sus ojos ya sabían.
—Sabes, este fin de semana fue increíble para mí —me soltó, mirándome con un brillo de complicidad y posesión en los ojos—. Porque ahora sé que puedo ir mucho más lejos contigo. Quiero ser ese hombre que te moldee, chavita. Quiero ser el hombre que te vea crecer y te ayude a ser tú misma. Quiero estar presente en cada uno de tus momentos más importantes.
Escuchar todo eso provocó que mi cabeza empezara a vagar por un laberinto asfixiante y sin salida. Por un lado, una oleada de felicidad intensa me recorrió el cuerpo: el peso de la sumisión y el hambre crónica de afecto que arrastraba desde mi casa encontraban, por fin, un eco. Alguien me estaba validando, alguien me estaba otorgando una importancia que nadie más me daba. Me gustaba profundamente sentirme así; me fascinaba saber que mi cuerpo provocaba ese deseo, experimentar esa hipersexualización y sentir que un hombre adulto se fijaba en mis caderas y en mis nalgas con esa intensidad. Me hacía sentir poderosa, grande, deseada.
Pero inmediatamente, esa fascinación chocó de frente con una confusión densa. No lograba entender del todo lo que implicaba lo que estaba pasando en la penumbra de ese asiento largo. Había una voz muy pequeña, un instinto puro de supervivencia que me arañaba el estómago y me advertía que aquello estaba mal, que la atmósfera de esa camioneta cruzaba una línea peligrosa. Sin embargo, el resto de mi ser saboteaba ese miedo. Mi mente y mi cuerpo me gritaban con fuerza que esta era mi oportunidad de oro para escapar de las burlas y del cautiverio de mi entorno, para salir al mundo y ser lo que realmente era. Estaba dispuesta a entregarme, porque ese hombre era el único que me miraba con el deseo que yo tanto anhelaba sentir.
Miguel leyó mi silencio con la precisión de un cazador experimentado y decidió, por fin, retomar las preguntas que había dejado flotando el domingo por la noche. Me miró fijamente y me preguntó si yo quería lo mismo que él; si le daría la oportunidad de verme convertida en una mujer completa y si le permitiría dejar de soñar conmigo, de abandonar esa imagen mental con la que se masturbaba, para transformarla en algo real, algo de carne y hueso que pudiera tocar y disfrutar. Me repitió al oído que, para él, yo era lo mejor que le había pasado en la vida.
Para ese momento, su control sobre mí era absoluto. Estaba completamente sometida a su voz, a su cercanía y al placer que me producía sentirme el centro de su obsesión. Las palabras se me atoraron en la garganta; la capacidad de hablar me abandonó, así que simplemente asentí con la cabeza en un gesto mudo de aceptación.
Satisfecho con mi respuesta, Miguel empezó a trazar el plan.
—El viernes quiero que vayamos a mi casa —me dijo.
La alarma de la realidad doméstica me encendió un foco rojo y lo interrumpí de inmediato, temerosa de las consecuencias:
—No, Migue, no puedo… Tengo que llegar antes de las cuatro a mi casa o voy a tener problemas muy graves con mi familia.
Él no se inmutó. Extendió su mano grande, me tomó con firmeza de la cara y me miró con una calma que pretendía ser protectora:
—Tranquila, muñeca. Quiero que sea desde la mañana. ¿Te has escapado de la escuela alguna vez?
—No, nunca —contesté con el corazón acelerado—. Me da mucho miedo.
—No te preocupes, no es difícil —me aseguró, suavizando la voz—. Cuando llegues al colegio este viernes, haces como que vas a entrar. Esperas a que se junte el tumulto de tus compañeros en la entrada y, en un descuido, te sales. Yo voy a estar esperándote en la camioneta, justo al lado de la fuente, para irnos juntos.
El plan estaba echado. Mi primera gran mentira y mi entrega total estaban programadas para ese viernes.
Busqué desesperadamente otro pretexto. Le dije que no podía sacar ropa de mi casa, que se darían cuenta, que era imposible. Él me respondió con esa voz suave que ya empezaba a dominarme:
—Niña bonita, no te preocupes. Yo compraré todo lo que necesites. Allá, mi casa será tu refugio, tu lugar seguro. Podrás vestirte como quieras, ser tú misma, sentirte libre. Pero antes… necesito saber tus medidas.
Con pesadez, se levantó, cerró la puerta de la camioneta, sellando el espacio. Volvió a sentarse y sus ojos no se apartaron de mí ni un instante.
—Párate frente a mí —ordenó.
Mis piernas temblaban, pero obedecí. Me puse de pie, delante de él.
—Ahora date la vuelta. Quiero verte de espaldas.
El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho cuando me di media vuelta.
—Qué niña tan perfecta eres —susurró, y su voz se quebró de deseo—. Mira esas nalgas… redondas, firmes… jamás vi nada igual. ¿Me dejarías tocarlas?
Asentí, sin voz. Sus manos descendieron sobre mí, grandes, calientes, sudorosas, temblorosas de ansia. Me apretó con avidez, y sentí cómo cada roce me atrapaba más. Se inclinó y depositó un beso suave sobre mi ropa, como si adorara lo que veía.
—Necesito verlas bien, para saber exactamente qué comprarte —dijo con respiración entrecortada—. Bájate el pantalón.
Mis dedos apenas podían moverse, pero me desabroché y dejé caer la tela, despacio, sintiéndome expuesta. Se quedó inmóvil, devorándome con la mirada. Mis calzones se hundían entre mis nalgas, dibujándolas con una claridad que lo fascinaba por completo.
—Gracias… gracias por devolverme la vida, por hacerme sentir esto —murmuró contra mi piel—. ¿Puedo tocarlas de nuevo?
Y yo, perdida, confundida, necesitada de que alguien me mirara así, asentí una vez más.
Extendió la mano y sentí cómo empezaba a recorrer mi piel. Con el dedo trazó despacio el contorno de mi ropa interior, como si quisiera memorizar cada curva, y yo estaba allí, sin resistencia, totalmente entregada. De pronto, sus dos manos se clavaron con fuerza en mis nalgas, apretándome con deseo voraz, y repetía que era lo más hermoso que sus manos habían tocado jamás.
En un movimiento rápido, que apenas logré percibir, sujetó los bordes de mi ropa interior, y con voz ronca y pesada, susurró:
—Quiero ver tu cuerpo entero.
Y diciendo esto, bajó la prenda de un tirón, dejándome completamente expuesta ante él.
No lograba darme la vuelta. Me quedé inmóvil, de espaldas a él, sintiéndome completamente desnuda y expuesta. La vergüenza me quemaba la cara; sentía que no podía ni moverme. Pero por debajo de ese pudor, algo más ardía: un deseo inmenso, ciego, violento, como nada que hubiera sentido jamás, una fuerza extraña que me dominaba sin entenderla.
Y entonces, de pronto, sus manos desaparecieron de mi piel.
El silencio se hizo denso. Me atreví a mirar por encima del hombro… y lo vi. Tenía la mano hundida en su pantalón y, con un movimiento brusco, sacó su pene. Era grueso, grande, la piel surcada de venas oscuras, el vello de la base mezclado de canas. Lo sostenía con fuerza, y sus ojos no se apartaban de mí ni un instante.
—Amor —dijo con la voz rota y ronca—, quiero disfrutar contigo. Quiero hacerlo igual que tus primos. Quiero sentirte toda, quiero saber cómo eres. Sabes que me lo merezco, ¿verdad? He esperado todo esto, te he cuidado, te he dado lo que nadie te ha dado… ¿no crees que me lo merezco?
Yo estaba allí, sin defensa, sin saber qué era lo correcto, sin nadie más a quien acudir. Me sentía suya, completamente suya, como si ya no tuviera voz ni decisión propia. Y así, pequeña, asustada y confundida, solo pude asentir de nuevo y decir:
—Sí… sí, Migue.
Entonces tomó mis caderas con sus manos grandes y cálidas, me acercó a él y puso su cara justo en medio de mis nalgas… y comenzó a besarlas. Sentí una emoción inmensa que me recorrió entera. Empezó a pasar su lengua entre mis nalgas, despacio, explorándome. Con fuerza me abrió las piernas, metió sus manos por en medio y con un dedo empezó a abrirme lentamente. Yo ya estaba totalmente suya, sumisa, sin resistencia. Entonces me jaló hacia él y me hizo sentar sobre su pene, grande, duro, caliente y totalmente erecto debajo de mí.
Mi cuerpo se apoderó de mí por completo y empecé a moverme igual que lo hacía con mis primos, arriba y abajo, sintiéndolo crecer más y más. Sus manos sostenían mi cintura. De pronto me detuvo, me hizo levantarme un poco, tomó su pene y me indicó que me sentara. Sentí la cabeza, redonda y caliente, rozar justo en la entrada… empujó, entró apenas un poquito, y el dolor fue inmenso, agudo, quemante. Solté un grito y él me tapó la boca de inmediato.
—Por favor… no… no ahí… me duele muchísimo —supliqué temblando.
Retrocedió y acomodó su pene justo en medio de mis nalgas, apretándolo entre ellas. Yo me recosté hacia atrás, de espaldas a él, apoyando mi espalda en su pecho, y continué moviéndome. Lo sentía deslizarse: grueso, palpitante, llenando todo el espacio entre mis nalgas, caliente y firme contra mí. Me sujetó con fuerza de las caderas marcando el ritmo, sentí su boca besar mi cuello y su voz susurrar:
—El viernes… el viernes sí vas a ser mía por completo.
No entendía bien qué significaba, pero asentí y acepté. Seguí moviéndome hasta que de golpe sentí cómo soltaba todo: un chorro caliente, espeso, que se derramó entre mis nalgas. Sabía qué era… y sentí que había cumplido con mi labor.
Me desvanecí sobre él, agotada. En mi espalda sentía su corazón latir desbocado, su respiración pesada y caliente sobre mi nuca. Sentía su semen resbalar tibio entre mis nalgas. Entonces rompió el silencio:
—Chavita… gracias. Fue más de lo que jamás soñé.
Nunca me dijo que me levantara. Se quedó abrazándome. Después me ayudó a ponerme la ropa interior, me subió el pantalón despacio y se acomodó él también. Y en ese instante de claridad miré el reloj… ya eran casi las cuatro.
Rápidamente nos acomodamos en la cabina y me llevó a casa. Entré con el corazón apretado, rezando por no ser descubierta. Mi abuela dormía profundamente y no se dio cuenta de nada. La semana transcurrió envuelta en una extraña calma, como si nada hubiera pasado… pero yo lo llevaba grabado en la piel. Él hablaba sin parar del viernes: de lo emocionado que estaba, de todo lo que viviríamos. Su voz rebosaba ansia. Yo, en cambio, sentía un miedo frío que me apretaba el pecho cada vez más fuerte, un temor que no sabía explicar ni a quién confiar. No dije nada, no mostré nada… y así, entre la ilusión que él pintaba y el terror que yo callaba, el día llegó.

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