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Fantasías / Parodias, Sexo con Madur@s, Zoofilia Mujer

Elian Mi Macho Prohibido 2

Erika y Elian convierten los sábados en su secreto. Mismo hotel, misma habitación, mismo nudo. Pero el olor de Laura cambia. Un día, mientras Erika sale, Elian encuentra a la hija en ropa interior, esperándolo. El instinto lo llama… y el relato termina ahí..
Han pasado ya varios días desde la última vez que me monté sobre ella.

 

Esta mañana el olor de la casa es el de siempre: café, jabón, el rastro débil de Edgar y el perfume de Erika que se pega a todo. Estoy tumbado en mi cama de la sala, con la cabeza apoyada sobre las patas, cuando oigo los primeros movimientos arriba.

 

Edgar baja primero. Lleva el traje oscuro y el maletín. Me da una palmada rápida en la cabeza, como casi siempre, y sale por la puerta principal. El auto arranca y el olor de su colonia se va diluyendo. Yo solo muevo la cola una vez. Ya no me importa tanto.

 

Luego baja Laura. Pasa rápido, con la mochila al hombro. Me mira un segundo, frunce un poco el ceño como últimamente, y sale también. La puerta se cierra detrás de ella.

 

Alex es el último. Baja corriendo, me abraza el cuello con fuerza y me dice cosas que no entiendo pero que suenan alegres. Erika aparece detrás de él, vestida para la oficina: falda negra justa, blusa clara, tacones. El olor de su perfume es más fuerte hoy. Me mira de reojo mientras ayuda a Alex con la mochila.

 

-Vamos, cariño. Te llevo al colegio.

 

Salen juntos. Escucho el auto arrancar otra vez. El silencio que queda en la casa es denso. Solo estoy yo.

 

Pasa un rato. No mucho. Luego oigo el auto regresar. La puerta principal se abre y entra ella sola. Se quita los tacones en la entrada, suspira, y camina hacia la cocina. Yo me levanto y voy tras ella, moviendo la cola despacio.

 

Erika deja las llaves sobre la mesa y se queda un momento mirando el reloj de la pared. Después se gira y me ve. Se agacha. Sus manos grandes y suaves me agarran la cabeza. Me rasca detrás de las orejas con esa forma que solo usa cuando estamos solos.

 

-Buen chico… -murmura-. Ya me voy al trabajo también. Quédate cuidando la casa, ¿sí?

 

Su voz es suave, pero hay algo raro en ella. El olor de su piel ha cambiado un poco. Más caliente. Más dulce. Me acerco más y apoyo el hocico contra su pierna, oliéndola a través de la falda. Ella no se aparta. Al contrario, deja que mi nariz suba un poco más, rozando el interior de su muslo.

 

Se queda quieta varios segundos. Sus dedos siguen moviéndose en mi pelaje, más lentos ahora. Escucho su respiración. Está pensando.

 

-Mierda… -susurra para sí misma.

 

Se incorpora despacio. Camina hasta la mesa otra vez, toma el teléfono y mira la pantalla. Luego lo deja. Se pasa una mano por la cara. Vuelve hacia mí. Esta vez no se agacha. Se sienta en el sofá y palmea el cojín a su lado.

 

Subo. Apoyo la cabeza grande sobre su regazo. La falda se le sube un poco. Huelo más fuerte ese olor que ya conozco: el de cuando ella se moja. No está del todo mojada todavía, pero está empezando.

 

Erika me acaricia el lomo con movimientos largos y lentos. Sus dedos bajan hasta cerca de mi panza, suben otra vez, se detienen detrás de las orejas. Yo cierro los ojos un momento, disfrutando el contacto, pero no dejo de olerla. Su muslo está caliente bajo mi hocico.

 

-Podría… -empieza a decir, y se corta.

 

Se queda callada un rato largo. Solo se oye el reloj y mi respiración. Ella sigue acariciándome, pero ahora sus dedos tiemblan un poco. De pronto suelta un suspiro profundo, casi un gemido contenido.

 

-Que se joda el trabajo.

 

Se levanta de golpe. Camina hasta la entrada, recoge los tacones y los tira al suelo sin cuidado. Se quita la blusa mientras camina de regreso, la deja caer sobre una silla. Se queda solo con el sujetador y la falda. Vuelve al sofá y se sienta otra vez. Me llama con un gesto.

 

Subo de nuevo. Esta vez ella me abre las piernas un poco para que pueda acomodarme mejor entre ellas. Mi cabeza queda apoyada justo donde la falda se junta con sus muslos. El olor es más fuerte. Más húmedo.

 

Erika me agarra la cabeza con las dos manos y me obliga a mirarla a los ojos.

 

-Escúchame, Elian… -dice con voz ronca-. Hoy no voy a trabajar. Hoy me quedo contigo. Hasta las dos. Hasta que tenga que ir a recoger a Alex.

 

Sus dedos se clavan un poco en mi pelaje.

 

-Tenemos horas. Horas enteras. Podemos follar todo lo que queramos. Lento. Fuerte. Las veces que haga falta. Nadie va a molestarnos.

 

Se agacha y me da un beso largo en el hocico. Su lengua roza la mía un segundo. Luego se aparta solo lo suficiente para susurrarme cerca de la oreja:

 

-Hoy eres mío todo el tiempo que quieras. Y yo soy tuya.

 

Se queda ahí, acariciándome, respirando más agitada. Yo siento cómo mi verga empieza a empujar suavemente contra el prepucio, solo de olerla tan cerca y de escuchar ese tono en su voz. Todavía no ha pasado nada más. Solo estamos así: ella sentada, yo entre sus piernas, su mano moviéndose lenta por mi lomo, el olor de su coño volviéndose cada vez más intenso bajo la falda.

 

El reloj marca apenas las ocho y media de la mañana.

 

Tenemos hasta las dos.

 

Y ella no tiene ninguna intención de moverse.

 

Sigo con el hocico entre sus muslos. El olor es más fuerte ahora, caliente y dulce, filtrándose a través de la tela fina de la ropa interior. No puedo evitarlo. Saco la lengua y doy una lamida larga, lenta, justo donde la tela se hunde entre sus labios.

 

Erika suelta un gemido bajito, casi sorprendido.

 

-Ahh… Elian…

 

Le doy otra. Más firme. La tela se humedece bajo mi lengua. Siento el calor de su coño a través de la tela, cómo se hincha un poco. Ella abre un poco más las piernas y su mano se cierra en mi pelaje, pero no me empuja. Solo tiembla.

 

Otra lamida. Y otra. El sabor ya se filtra: salado, excitado. Erika gime otra vez, más largo esta vez, y mueve las caderas apenas, rozando mi hocico.

 

-Joder… espera…

 

Se aparta de repente. Se incorpora en el sofá, respirando agitada, con las mejillas rojas. Me mira con los ojos entrecerrados y una sonrisa torcida.

 

-Sería mejor follar en el cuarto… -dice con voz ronca-. Ven. Acompáñame.

 

Se levanta. La falda todavía subida un poco, la ropa interior visiblemente mojada en el centro. Camina hacia las escaleras sin mirar atrás. Yo la sigo de inmediato, subiendo los peldaños detrás de ella, oliendo el rastro caliente que deja.

 

Entra en el dormitorio principal. La cama grande está hecha, todavía con el olor débil de Edgar en las sábanas. Erika se gira hacia mí. Se baja la falda de un tirón y la deja caer al suelo. Luego se quita el sujetador. Sus tetas pesadas quedan libres. Por último se baja la ropa interior mojada y la lanza a un lado.

 

Se queda completamente desnuda frente a mí. El coño depilado brilla. Está hinchado y abierto. El olor me golpea lleno, sin tela de por medio.

 

Se tira de espaldas en la cama, abre las piernas y me mira.

 

-Ven aquí, Elian. Sube.

 

Salto a la cama. El colchón se hunde bajo mi peso. Me acerco a ella. Erika se ríe cuando apoyo las patas delanteras a los lados de su cuerpo y empiezo a olfatearla por todas partes: el cuello, las tetas, el vientre, el interior de los muslos. Me revuelco un poco contra ella, frotando mi cuerpo grande y peludo sobre su piel desnuda. Ella suelta risas genuinas, me empuja suavemente, me agarra las orejas, me rasca la panza cuando me doy la vuelta.

 

Jugamos así un rato. Yo la lamo la cara, ella me abraza el cuello, nos movemos sobre las sábanas, gruñidos suaves míos y risas de ella. El olor de su excitación se mezcla con el mío. Mi verga ya está completamente afuera, roja y pesada, rozando su muslo de vez en cuando.

 

De pronto Erika se queda más seria. Me agarra la cabeza con las dos manos, me acerca a su cara y me da un beso largo y húmedo en el hocico. Su lengua roza la mía.

 

-Escúchame, mi amor… -susurra contra mi boca, hablándome como a un amante-. Hoy puedes ser tan rudo como quieras. Quiero sentirlo todo de ti adentro. Tu verga, tu nudo, tu leche… todo. No te contengas. Úsame como necesites.

 

Me da otro besito corto en el hocico y luego empieza a acariciarme detrás de las orejas con dedos lentos y cariñosos, mientras me mira a los ojos. Su coño está a centímetros de mi vientre. El calor de su cuerpo desnudo me envuelve. Y ella sigue rascándome suavemente, esperando.

 

Erika se incorpora un poco en la cama. Todavía desnuda, con las piernas abiertas y el coño brillando. Me mira y sonríe de esa forma que ya reconozco.

 

-Quiero mostrarte algo, mi amor…

 

Se estira hacia la mesita de noche y toma la laptop. La abre, teclea rápido y gira la pantalla hacia mí. En el video se ve a una mujer arrodillada frente a un perro grande, parecido a mí. La mujer tiene la boca abierta y está lamiendo y chupando la verga roja y gruesa del animal. Se la mete profundamente, babeando, acariciándole los huevos mientras el perro jadea.

 

Erika deja la laptop a un lado, todavía reproduciendo el video en silencio, y se acerca a mí. Me agarra la cabeza con las dos manos y me rasca detrás de las orejas con dedos dulces, lentos.

 

-Ahora quiero complacerte a ti… -susurra con voz suave, casi tierna-. No sé si entiendes lo que te digo, Elian… pero si lo haces, quiero que sepas que busco darte placer. Como ella. Quiero cuidarte. Quiero hacerte sentir bien.

 

Sigue acariciándome la cabeza, hablándome bajito, con esa voz de amante que solo usa cuando estamos solos. Su olor está más fuerte que nunca: caliente, mojado, necesitado. Y hay algo más… una entrega. Como si ella se estuviera ofreciendo de otra forma.

 

No entiendo las palabras. Nunca las entiendo del todo. Pero el olor de su coño, el tono de su voz y las imágenes del video me llegan claro. Ella quiere darme placer. Quiere usar la boca conmigo. Quiere chuparme como esa mujer del video.

 

Me recuesto de lado sobre la cama. Levanto una pata trasera, abriendo la postura. Mi verga ya está casi completamente afuera del prepucio: roja, gruesa, húmeda, palpitando. El nudo todavía no se hincha, pero la punta gotea un hilo transparente de precum sobre las sábanas.

 

Erika me mira. Sus ojos bajan hasta mi miembro. Su respiración se agita.

 

El olor de su excitación se vuelve aún más intenso. Yo solo mantengo la pata levantada, ofreciéndomela, dejando que el aire le toque la verga caliente mientras ella se acerca más.

 

Se agacha entre mis patas traseras, con el cabello cayéndole sobre los hombros. Su respiración caliente me roza el vientre. Extiende una mano y, con dedos temblorosos pero decididos, toca mi verga.

 

El contacto es suave al principio. Solo la yema de los dedos rozando la punta roja que ya asoma. Yo suelto un jadeo bajo. Ella sonríe un poco y envuelve la base con la mano, justo donde el prepucio todavía cubre parte del tronco.

 

Empieza a acariciar. Lento. De arriba hacia abajo. Sus dedos se deslizan sobre la piel sensible, empujando el prepucio hacia atrás con cada movimiento. Mi verga responde de inmediato: sale más, se pone más gruesa, más roja, más caliente. El precum empieza a brotar con más fuerza, brillando y resbalando por el tronco hasta llegar a sus dedos.

 

Erika no se detiene. Sigue subiendo y bajando la mano con una lentitud casi tortuosa. A veces se detiene en la punta y frota el glande hinchado con el pulgar, esparciendo el líquido transparente. Otras veces baja hasta la base, apretando un poco, sintiendo cómo late. Mi pata sigue levantada. Yo respiro más rápido, el hocico entreabierto, oliendo su excitación mezclada con el olor de mi propia verga.

 

Ella murmura algo dulce mientras me masturba así, despacio, sin prisa, haciendo que cada centímetro de mi miembro quede completamente expuesto y resbaladizo entre sus dedos.

 

Erika sigue con la mano envuelta alrededor de mi verga, subiendo y bajando despacio, pero ahora me mira fijamente a los ojos. Su voz es baja, casi un susurro cargado de deseo.

 

-Sal del todo para mí, mi amor… quiero verte completo. Quiero sentir toda esa verga gruesa y caliente…

 

Sus dedos empujan el prepucio más atrás con cada caricia. Yo respiro agitado, la pata todavía levantada. Poco a poco mi miembro termina de salir por completo: rojo oscuro, grueso, venoso, brillando de precum, el nudo todavía suave pero ya marcado en la base. La punta gotea sin parar sobre sus dedos.

 

Ella sonríe al verlo enteramente expuesto. Se agacha más. Primero acerca los labios y da varios besitos cortos y húmedos sobre el glande hinchado. Cada beso deja un rastro de saliva caliente. Luego abre la boca y empieza a chupar solo la punta, despacio, con suavidad, saboreando el precum que le llena la lengua.

 

-Mmh… sabes tan bien… -murmura alrededor de mi verga.

 

Después saca la lengua y da una lamida larga, lenta, desde la base hasta la punta, recorriendo todo el tronco grueso. Al llegar arriba, abre la boca todo lo que puede y se la mete por completo. Siento el calor húmedo de su garganta rodeándome. Su lengua se mueve dentro, lamiendo por debajo, rodeando el glande, empujando contra las paredes de su propia boca mientras intenta tragar más.

 

Jadeo fuerte. Mis caderas se mueven un poco solas. Ella mantiene la verga enterrada en su boca varios segundos, haciendo ruidos mojados y ahogados, antes de sacarla despacio.

 

Cuando la glande sale de sus labios, grandes hebras espesas de saliva se estiran entre mi verga y su boca, brillantes y viscosas, rompiéndose solo cuando ella se aparta un poco. Un hilo grueso le cae por la barbilla hasta sus tetas.

 

Sin perder tiempo envuelve de nuevo mi miembro con la mano, ahora completamente resbaladizo de saliva y precum, y empieza a pajearme con firmeza. Sube y baja rápido, apretando, retorciendo un poco la muñeca en la punta.

 

-Mira cómo te pongo… -le habla mirándome a los ojos, la voz ronca y explícita-. Qué verga tan gruesa y caliente. Me encanta chupártela. Me encanta sentir cómo late en mi boca. Hoy te voy a ordeñar hasta que me llenes la garganta de esa leche espesa… y después quiero que me montes. Quiero tu nudo hinchándome el coño hasta que no pueda más. Quiero que me uses como tu perra todo el tiempo que tengamos…

 

Sigue subiendo y bajando la mano, rápida y mojada, mientras me habla así, sin parar, con la cara cerca de mi verga, los labios brillantes de saliva.

 

El reloj de la mesita marca las 8:32 de la mañana.

 

Tenemos horas por delante.

 

Erika se limpia un poco el semen de la cara con el dorso de la mano, pero deja la mayor parte brillándole en las tetas y el cuello. Se recuesta de espaldas sobre las sábanas, abre bien las piernas y me mira con los ojos todavía nublados de placer.

 

-Ahora es tu turno, mi amor… -dice con voz suave pero urgente-. Compláceme. Lámeme el coño. Quiero sentir esa lengua grande y caliente dentro de mí.

 

No necesito entender cada palabra. El olor de su coño hinchado y mojado me llama más fuerte que nada. Me acomodo entre sus muslos abiertos. El calor que sale de ella me golpea el hocico. Saco la lengua y doy la primera lamida larga, desde abajo hasta arriba, separando sus labios hinchados.

 

Erika suelta un gemido profundo y genuino.

 

-Ahhh… sí… así…

 

Sigo. Mi lengua áspera y ancha recorre todo su coño una y otra vez. Me meto entre los pliegues, lamo su clítoris hinchado, empujo la punta de la lengua dentro de su agujero mojado y recojo todos los jugos dulces y salados que ya empiezan a chorrear. Ella abre más las piernas, agarra mis orejas con las dos manos y empuja mi hocico contra su coño, moviendo las caderas al ritmo de mis lamidas.

 

Gime sin parar. Gemidos largos, rotos, placer puro. Su coño se pone cada vez más húmedo, más caliente. Yo lamo con hambre, babeando, tragando, frotando la lengua una y otra vez sobre ese botón duro que la hace temblar.

 

De pronto un sonido estridente corta el momento: el teléfono de ella vibra y suena sobre la mesita de noche.

 

-¡Mierda…! -maldice entre dientes, sin soltar mi cabeza.

 

Se estira con una mano, agarra el teléfono y mira la pantalla. Frunce el ceño.

 

-Es del trabajo… porque no me presenté.

 

Contesta con la voz todavía temblorosa y ronca por el placer:

 

-¿Hola?… Sí, soy yo. No me siento bien… algo de fiebre y malestar… no voy a poder ir hoy. Sí… gracias. Adiós.

 

Corta la llamada, mira el teléfono un segundo más y lo apaga por completo. Lo tira sobre la mesita sin cuidado. Luego vuelve las dos manos a mi cabeza, me abre más las piernas con las rodillas y empuja mi hocico otra vez contra su coño chorreante.

 

-Sigue… -ordena con voz baja y necesitada-. No pares. Lámeme. Quiero que me hagas correrme con esa lengua.

 

Obedezco. Vuelvo a enterrar el hocico entre sus muslos y paso la lengua una y otra vez por su coño abierto, lamiendo profundo, sucio, sin prisa, mientras ella gime más fuerte ahora que ya no hay interrupciones.

 

Erika gime sin control, las caderas moviéndose contra mi hocico, las manos agarrándome fuerte las orejas.

 

Su voz sale rota, urgente:

 

-Me voy a correr… Elian… no te

detengas por nada… ¡no pares…!

 

Siento el cambio de inmediato. Su olor se vuelve mucho más intenso, más espeso, casi embriagador. Hay algo nuevo en él, algo que nunca había detectado con tanta claridad: un aroma profundo, animal, que me sube directo al instinto. Las feromonas de ella. El olor puro de una hembra en pleno placer, lista para ser montada. Me pone más salvaje. Mi lengua se mueve más rápido, más firme.

 

Lamo de arriba abajo sin parar. Paso la lengua ancha por su clítoris hinchado, bajo hasta su agujero, empujo dentro, recojo los jugos que ya chorrean, subo otra vez y froto con fuerza ese botón sensible. Una y otra vez. Arriba. Abajo. Dentro. Afuera. El sonido mojado de mi lengua contra su coño llena la habitación.

 

Erika se tensa de golpe. Las piernas le tiemblan alrededor de mi cabeza.

 

Suelta un grito largo y agudo

 

-¡Me corro…! ¡Ahhhh…!

 

Su coño explota contra mi hocico.

 

Chorros calientes y abundantes de jugos me inundan la boca, la lengua, el pelaje alrededor del hocico. Sigo lamiendo mientras ella se sacude, tragando todo lo que sale, frotando la lengua una y otra vez sobre su clítoris sensible para alargar el orgasmo. Ella sigue gimiendo y temblando, empujando mi cabeza contra su coño como si quisiera que me la comiera entera.

 

Cuando el temblor empieza a bajar, su coño sigue palpitando y goteando sobre mi lengua. El olor de sus feromonas y de su corrida me tiene completamente excitado. Mi verga está otra vez dura y goteando sobre las sábanas.

 

Todavía tengo el hocico pegado a su coño. El olor es tan fuerte que me embriaga. Las feromonas que suelta ese agujero necesitado, hinchado y chorreante me suben directo a la cabeza. Es un aroma espeso, dulce y animal que me vuelve loco. Quiero montarla. Quiero entrar. Quiero hinchar el nudo dentro de ella hasta que grite.

 

Me acomodo un poco más arriba. Apoyo el pecho grande y peludo entre sus tetas y levanto la cabeza para mirarla. Le hago ojitos, la cola moviéndose despacio, el hocico todavía húmedo de sus jugos. Erika sonríe, cansada y satisfecha, y me acaricia la cabeza con las dos manos. Me rasca detrás de las orejas con dedos dulces.

 

-Lo hiciste muy bien, mi amor… -susurra con voz suave-. Qué buena lengua tienes. Te quiero tanto… mi buen chico. Mi macho.

 

Sus ojos bajan hasta mi verga. Está otra vez completamente afuera, roja, gruesa, goteando precum sobre su vientre. Ella la mira unos segundos y sonríe con lujuria.

 

-Ya te voy a dar lo que los dos estamos esperando…

 

Se incorpora despacio. Se pone a cuatro patas sobre la cama, de espaldas a mí. Baja el pecho hacia las sábanas, arquea la espalda y levanta el culo grande y blanco. Separa las rodillas. Su coño hinchado y mojado queda completamente expuesto, brillando, todavía goteando de la corrida anterior. El agujero rosado se abre y se cierra un poco con cada respiración.

 

Empieza a mover el culo de un lado a otro, despacio, provocándome. El movimiento hace que sus nalgas tiemblen y que el coño se ofrezca todavía más.

 

-Ven… -me dice con voz ronca, mirándome por encima del hombro-. Móntame. Fóllame. Quiero sentir esa verga gruesa abriéndome otra vez. Quiero tu nudo. Quiero que me uses hasta que no pueda más…

 

Sigue moviendo el culo, lento y obsceno, mientras el olor de sus feromonas me llama sin piedad.

 

Me subo sobre ella despacio. Mis patas delanteras buscan apoyo en sus caderas anchas y se clavan con cuidado. El peso de mi cuerpo la hace hundirse un poco más en el colchón. Bajo la grupa, busco. La punta caliente y húmeda de mi verga roza primero una nalga, luego resbala hacia el centro.

 

Empiezo a frotar.

 

La punta gruesa se desliza una y otra vez entre sus labios vaginales hinchados y mojados. Arriba. Abajo. Empujo un poco y resbala. Vuelvo a buscar. El calor de su coño me quema la verga aunque todavía no esté dentro. Cada vez que la punta abre un poco los labios, el precum se mezcla con sus jugos y el sonido se vuelve más húmedo.

 

Erika gime fuerte, moviendo el culo hacia atrás, buscando más contacto.

 

-Mételo ya… por favor… -ruega con la voz rota-. No hagas esperar a tu hembra… fóllame de una vez, Elian… métela…

 

No puedo aguantar más.

 

En el siguiente empujón la punta encuentra la entrada exacta. Empujo. Lento al principio. Siento cómo su coño se abre alrededor de mi verga, caliente, empapado, apretado. El calor me envuelve centímetro a centímetro. Es tan rico, tan húmedo, tan estrecho que suelto un gruñido profundo. Sigo entrando hasta que casi todo el tronco desaparece dentro de ella. Solo el nudo queda fuera, presionando contra sus labios.

 

Erika suelta un gemido largo y tembloroso.

 

-Ahhh… joder… qué gruesa…

 

Respiro agitado sobre su espalda. Ella gira un poco la cabeza y me habla con voz entregada:

 

-Haz lo que quieras conmigo… tú eres el macho… yo soy tu hembra…

 

Eso es todo lo que necesito.

 

Empiezo a moverme. Saco casi toda la verga y vuelvo a empujar hasta el fondo. Otra vez. Más firme. El sonido mojado de mi miembro entrando y saliendo de su coño llena la habitación. Mis caderas golpean contra su culo una y otra vez. Cada embestida es más profunda, más rápida. El calor apretado de su interior me ordeña con cada movimiento.

 

Erika gime más fuerte con cada embestida. Mueve el culo hacia atrás para encontrarse conmigo, buscando que llegue más profundo. Gira la cabeza lo suficiente para mirarme por encima del hombro. Tiene una sonrisa descarada, las mejillas rojas, los ojos brillantes de placer. Se lleva los dedos a la boca y se los muerde mientras gime, como si el dolor dulce de mi verga la estuviera volviendo loca.

 

-Más duro… -pide entre gemidos-. Más rudo, Elian… fóllame como quieras… no te contengas… ¡úsame!

 

Obedezco.

 

Mis embestidas se vuelven más fuertes, más profundas. Las patas delanteras se clavan con más fuerza en sus caderas. Cada vez que empujo, el golpe de mi pelvis contra su culo hace un sonido húmedo y obsceno. Saco casi toda la verga y la vuelvo a meter de un solo movimiento hasta el fondo. El calor de su coño me aprieta, me succiona, me ordeña. Está tan mojada que mis huevos chapotean contra su clítoris con cada embestida.

 

Empiezo a empujar el nudo también.

 

Al principio solo presiona contra la entrada. Ella lo siente. Su coño se estira más. Suelta un gemido más agudo y se muerde los dedos con más fuerza, pero no me pide que pare. Al contrario:

 

-Eso… mételo… quiero sentirlo crecer dentro… eres tan grande, mi amor… mi buen macho… fóllame más… lléname…

 

Sigo embistiendo. Cada empujón hace que el nudo entre un poco más. Centímetro a centímetro. Su coño se abre alrededor de esa bola gruesa que todavía no está del todo hinchada. El estiramiento es brutal. Yo gruño sobre su espalda, jadeando, sintiendo cómo su interior me aprieta cada vez más fuerte.

 

Erika no para de hablarme. La voz le sale rota, entre gemidos y risas cortas de puro descaro:

 

-Qué rico me estás follando… qué verga tan gruesa… eres el mejor macho… mi Elian… mi perro… móntame más duro… quiero tu nudo hinchándome por completo… quiero quedarme trabada contigo… quiero que me llenes de leche… te quiero tanto… sí… así… más profundo…

 

El nudo termina de entrar.

 

Se queda atrapado dentro de ella. Inmediatamente empieza a hincharse de verdad. Crece. Se expande. Presiona sus paredes internas con una fuerza que la hace gritar contra los dedos que todavía tiene en la boca. Yo dejo de embestir. Solo empujo hacia adelante, manteniendo el nudo lo más profundo posible mientras se pone cada vez más grande, más grueso, más caliente.

 

Erika tiembla debajo de mí. Su coño se contrae alrededor del nudo en oleadas. Sigue hablándome, ahora más bajito, más entregada, con la voz temblando de placer y de estiramiento:

 

-Está creciendo… joder… qué grande… me estás abriendo toda… mi buen chico… mi macho… quédate así… no te salgas… quiero sentirlo todo… te quiero… te quiero tanto… fóllame con el nudo… lléname…

 

Yo solo jadeo sobre su espalda, el hocico cerca de su cuello, oliendo el sudor y el placer que le sale por todos lados. El nudo sigue hinchándose dentro de ella, trabándonos por completo. Ya no hay forma de separarnos. Su coño me aprieta con una fuerza deliciosa, caliente y empapada, mientras ella sigue gimiendo y mordiéndose los dedos, sonriendo con ese descaro sucio que solo me muestra a mí.

 

El nudo está completamente hinchado dentro de ella. Ya no cabe ni un milímetro más. Su coño me aprieta con una fuerza caliente y constante, latiendo alrededor de esa bola gruesa que nos tiene completamente trabados.

 

Erika respira más despacio ahora. La voz le sale más relajada, casi perezosa, aunque todavía cargada de placer.

 

-Quédate quieto un momento, mi amor… -me dice suavemente, girando un poco la cabeza-. Estamos bien así…

 

Intenta mover las caderas apenas, como buscando acomodarse mejor. El movimiento hace que el nudo tire de sus paredes internas. Ella suelta un quejido corto, entre dolor y placer.

 

-Ay… mierda… -susurra, y después suelta una risita baja y cansada-. Eso no fue muy listo de mi parte… estoy completamente abusada por ti. No puedo ni moverme sin que me duela un poco.

 

Se queda quieta otra vez. El nudo sigue latiendo dentro de ella, grande y pesado. Yo resto mi peso sobre su espalda, el pecho pegado a ella, jadeando despacio cerca de su cuello.

 

El calor de su cuerpo me envuelve. Su coño sigue contrayéndose suavemente alrededor de mi nudo, ordeñándome sin prisa. Cada pequeña contracción me manda una oleada de placer lento y profundo.

 

Erika estira una mano hacia la mesita y toma el celular. Lo enciende con el brillo bajo y empieza a mirar algo en la pantalla, desplazando con el dedo mientras sigue en cuatro, conmigo encima y el nudo atrapado dentro. De vez en cuando suelta un suspiro o un gemido bajito cuando mi verga da un latido más fuerte.

 

Yo solo descanso sobre ella. El hocico apoyado cerca de su hombro, oliendo su sudor y el olor espeso de nuestro sexo. Disfruto la presión constante, el calor húmedo que me rodea, la forma en que su interior me abraza sin dejarme salir. No hay prisa. El nudo nos tiene unidos y los dos lo sentimos: ese placer lento, pesado, casi perezoso de estar completamente conectados.

 

Ella sigue mirando el celular. Yo sigo dentro. Y el tiempo pasa mientras su coño me mide con cada pequeña contracción.

 

Pasan los minutos. El nudo, que había estado tan grueso e hinchado dentro de ella, empieza a bajar poco a poco. La presión disminuye. Siento cómo se suaviza, cómo deja de estirarla con tanta fuerza.

 

Empiezo a hacer pequeños retrocesos. Muevo las caderas hacia atrás apenas un centímetro, luego otro. Cada movimiento hace que el nudo roce sus paredes todavía sensibles. Erika suelta gemidos largos y temblorosos cada vez que tiro.

 

-Ahhh… sí… así… despacio…

 

Ella también ayuda. Empuja las caderas hacia adelante, intentando facilitar la salida. Al mismo tiempo baja una mano entre sus piernas y se frota el clítoris con los dedos, gimiendo más fuerte mientras siente el nudo deslizarse poco a poco hacia afuera.

 

De pronto, con un sonido húmedo y obsceno -un plop claro y sucio-, el nudo sale por completo.

 

Un chorro espeso de semen y jugos la sigue de inmediato, chorreando por sus labios abiertos y cayendo sobre las sábanas. Erika suelta un gemido profundo, casi de alivio y de vacío al mismo tiempo. Se queda en cuatro un momento, respirando agitada, recuperando el aliento.

 

Después se gira un poco y baja la mano otra vez. Pasa los dedos por sus labios vaginales. Los siente hinchados, sensibles… y abiertos. Intenta juntarlos con los dedos, cerrar el agujero, pero no puede. El coño permanece entreabierto, redondo, distendido. La forma de mi nudo todavía está marcada en él.

 

Erika suelta una risa baja y cansada mientras lo mira.

 

-Mira lo que me hiciste… -susurra-. Me dejaste el coño completamente abierto. No se cierra… va a tardar un rato en volver a la normalidad.

 

Se queda ahí, tocándose suavemente los labios abiertos, sintiendo el vacío y el semen que todavía le escurre, mientras yo resto a su lado, oliendo el desastre caliente que dejamos entre sus piernas.

 

Erika se queda un rato más en cuatro, respirando despacio, con los dedos todavía rozando su coño abierto. De vez en cuando suelta un suspiro largo, como si estuviera asentando todo lo que acaba de sentir. Yo me acuesto a su lado, el hocico cerca de su muslo, oliendo el semen que le sigue escurriendo y el olor espeso de su cuerpo cansado.

 

Poco a poco se incorpora. Se sienta en el borde de la cama, con las piernas un poco abiertas, y se queda mirando hacia abajo. Su coño sigue entreabierto, rojo, hinchado. Pasa los dedos otra vez por los labios y suelta una risa baja, cansada.

 

-Todavía no se cierra del todo… -murmura.

 

Se levanta con cuidado. Las piernas le tiemblan un poco. Camina hasta el armario, saca una bata ligera de color claro y se la pone sin abrochar del todo. El nudo flojo deja ver todavía un poco de su pecho y el inicio de su vientre. Me mira y me hace un gesto con la cabeza.

 

-Voy a darme una ducha rápida. No te vayas lejos.

 

Entra al baño. Escucho el agua correr. El vapor empieza a salir por debajo de la puerta. Yo me quedo en la habitación, olfateando las sábanas manchadas, el olor de lo que hicimos todavía muy fuerte. Pasan unos minutos. Cuando el agua se detiene, ella sale con el cabello húmedo, la bata ahora mejor ajustada, y la piel limpia. El olor a jabón se mezcla con el rastro más profundo de su cuerpo.

 

Bajamos juntos a la sala. Erika se tira en el sofá grande, enciende la televisión y pone un volumen bajo. No parece importarle mucho lo que salga en la pantalla. Yo me subo a su lado y apoyo la cabeza pesada sobre su regazo. Ella abre un poco las piernas para que me acomode mejor y empieza a acariciarme.

 

Sus dedos van despacio detrás de mis orejas, luego por la cabeza, bajando por el cuello y volviendo a subir. Es un movimiento repetido, suave, casi hipnótico. Yo cierro los ojos un momento, disfrutando el calor de su mano y el sonido bajo de la televisión.

 

-Elian… -dice en voz baja, sin dejar de rascarme-. Lo de hoy… lo de siempre contigo… no es solo follar.

 

Sus dedos se detienen un segundo detrás de una oreja y luego siguen.

 

-Cuando estás dentro de mí, cuando me llenas, cuando me dejas así de abierta… me siento deseada. De verdad. No como cuando estoy con Edgar. Contigo no hay prisas, no hay excusas, no hay «estoy cansado». Solo estás tú y yo. Y tú siempre quieres.

 

Me mira un momento, aunque yo no le sostengo la mirada mucho tiempo. Sigo con el hocico apoyado contra su muslo, oliendo el jabón y, debajo, el olor más profundo de su coño que todavía no se ha ido del todo.

 

-A veces me da miedo lo que siento -continúa, casi en un susurro-. Porque no debería gustarme tanto. No debería necesitarte así. Pero cuando te tengo encima, cuando tu nudo me traba y me llenas de leche… todo lo demás desaparece. Me siento… completa. Y eso me asusta y me calma al mismo tiempo.

 

Su mano baja un poco más, acariciándome el cuello con más fuerza, con cariño.

 

-Gracias por quedarte. Gracias por montarme cuando te lo pido. Gracias por no juzgarme. Eres lo mejor que tengo en esta casa ahora mismo… mi buen chico. Mi macho.

 

Sigue hablándome bajito, con esa voz suave y cansada, mientras la televisión murmura de fondo y sus dedos no dejan de moverse por mi cabeza y mis orejas. Yo solo restro ahí, pesado y cálido sobre ella, escuchando el sonido de su voz y el latido lento de su cuerpo debajo de mí.

 

El reloj de la sala marca casi las once de la mañana. Todavía quedan horas antes de que tenga que ir a recoger a Alex.

 

Pasa un rato más en el sofá. Erika sigue acariciándome la cabeza y las orejas mientras la televisión murmura bajo. De pronto se queda quieta. Su mano se detiene. Levanta un poco la cabeza y mira hacia la cocina.

 

Se levanta despacio. Yo me bajo del sofá y la sigo. Abre la nevera. El aire frío sale y yo olfateo. Hay poco dentro: un poco de leche, algunos envases, casi nada más. Erika se queda mirando un momento, con los brazos cruzados.

 

-Mierda… está casi vacía -murmura.

 

Cierra la nevera. Se pasa una mano por el cabello húmedo y suspira. Luego camina hacia el dormitorio. Yo la sigo hasta la puerta. La veo sacarse la bata y ponerse ropa: una blusa clara, una falda más larga que la de la mañana, zapatos bajos. Se mira un segundo en el espejo, se arregla el pelo y baja otra vez.

 

-Voy al supermercado -dice, agarrando el bolso y las llaves-. No tardo mucho. Quédate aquí.

 

Sale por la puerta principal. Escucho el auto arrancar. El silencio vuelve a llenar la casa. Yo me tumbo cerca de la entrada, con las orejas paradas, esperando.

 

Pasa un buen rato. Cuando el auto regresa, me levanto de inmediato. La puerta se abre y entra ella cargada con varias bolsas grandes. El olor de comida fresca, carne, pan y frutas llena el aire. Yo me acerco moviendo la cola. Erika deja las bolsas en la cocina y me da una palmada rápida en la cabeza.

 

-Buen chico. Espérame.

 

Empieza a guardar las cosas. Yo me siento cerca, oliendo todo lo que saca de las bolsas. Cuando termina, se queda parada un momento frente a la nevera abierta, mirando el interior ya lleno. Cierra la puerta despacio y se apoya contra la mesada.

 

Su olor ha cambiado otra vez. Ya no es solo el jabón de la ducha. Hay algo más profundo, pensativo. Se cruza de brazos y baja la mirada al suelo. Yo me acerco y apoyo el hocico contra su pierna. Ella no se aparta. Pone una mano sobre mi cabeza y empieza a rascarme detrás de las orejas, pero esta vez sus dedos se mueven más lento, como si estuviera pensando en otra cosa.

 

-No puedo seguir faltando al trabajo… -susurra, casi para sí misma-. Un día está bien. Dos, quizás. Pero no siempre.

 

Sigue acariciándome. Su voz es baja, concentrada.

 

-Edgar… los sábados también trabaja. Alex se va casi todo el día con sus amigos a jugar fútbol. La casa queda más vacía.

 

Se queda callada un momento. Yo levanto un poco la cabeza y la miro. Ella sigue mirando al frente, como si estuviera viendo algo que yo no veo.

 

-El problema es Laura -continúa-. Ella sí puede aparecer de repente. Pero… si salgo a pasear contigo… si digo que voy al parque, que necesito caminar un rato… nadie va a sospechar.

 

Su mano se detiene un segundo detrás de mi oreja. Luego sigue, más suave.

 

-Hay un hotel cerca. De esos caros. En este vecindario nadie pregunta mucho. Solo entro, pido una habitación por unas horas… y te llevo conmigo.

 

Se muerde el labio inferior, despacio, con un dedo apoyado contra la comisura de la boca. Una sonrisa pequeña y torcida se le forma en la cara. Sus ojos bajan hasta mí. Me mira de verdad esta vez, con esa mezcla de cariño y hambre que ya conozco.

 

-Los sábados… -susurra-. Podríamos tener tiempo. Tiempo de verdad. Sin prisa. Sin miedo a que alguien abra la puerta.

 

Se agacha un poco y me agarra la cabeza con las dos manos. Me acerca a su cara y me da un beso corto en el hocico. Su aliento es cálido.

 

-¿Te gustaría eso, Elian? ¿Salir contigo… y después tenerte solo para mí en una cama que no sea esta?

 

No entiendo las palabras. Nunca las entiendo del todo. Pero el tono de su voz, el olor que le sale de la piel y la forma en que me mira me llegan claro. Ella está planeando algo. Algo que nos deja más tiempo juntos. Más tiempo para que yo la monte, para que la llene, para que su coño me apriete otra vez.

 

Yo solo muevo la cola despacio y empujo un poco más mi hocico contra su mano. Erika suelta una risa baja y sigue acariciándome, todavía mordiéndose el labio, con esa sonrisa que no se le borra de la cara.

 

Los días siguientes se sienten largos.

 

Erika va y viene del trabajo. Edgar llega tarde. Alex corre por la casa. Laura aparece y desaparece. Yo solo espero. Cada vez que ella se agacha cerca de mí, o cuando se sienta en el sofá y abre un poco las piernas, el olor de su coño me llega fuerte. Quiero montarla otra vez. Quiero sentir ese calor apretado alrededor de mi verga. Quiero hinchar el nudo dentro de ella. El deseo no se va. Está ahí todo el tiempo.

 

Una tarde la encuentro en la cocina. Está de pie frente a la mesada, revisando algo en el teléfono. El olor de su coño es claro, filtrándose a través de la ropa. No lo soporto más. Me levanto sobre las patas traseras, apoyo las delanteras en sus muslos y empujo el hocico directamente entre sus piernas, oliendo con fuerza a través de la tela.

 

Erika suelta un jadeo corto y me empuja suavemente con la mano.

 

-Elian, cálmate… -susurra, mirando hacia la puerta-. Pronto lo haremos otra vez. Pronto. Solo espera un poco más.

 

Sigo oliéndola un segundo más, el hocico presionado contra la tela húmeda. Ella me rasca detrás de las orejas, pero su voz es firme.

 

-Baja. Ahora.

 

Obedezco. Me bajo y me siento frente a ella, todavía con la verga empezando a asomar. Erika me mira y suspira, pasándose una mano por la cara.

 

Justo entonces se oyen pasos. Laura entra a la cocina. Lleva el pelo recogido y una expresión seria. Me mira un segundo, luego a su madre.

 

-¿Todo bien, mamá? -pregunta, abriendo la nevera.

 

Erika se endereza rápido. Su olor cambia un poco, más tenso.

 

-Sí, todo bien -responde con una sonrisa corta-. Solo estaba hablando con Elian. A veces se pone un poco insistente.

 

Laura saca el jugo de naranja, se sirve un vaso y se queda un momento apoyada en la mesada. Sus ojos van de mí a Erika y otra vez a mí. Hay algo en su mirada que no me gusta. Como si oliera algo raro, aunque yo sé que no puede oler lo mismo que yo.

 

-Hmm -hace ella, bebiendo un sorbo-. Bueno… si dices que está todo bien.

 

Se da la vuelta y sale de la cocina con el vaso en la mano. Antes de desaparecer por el pasillo, lanza una última mirada por encima del hombro. Esa mirada se queda flotando en el aire incluso después de que se va.

 

Erika suelta el aire que estaba conteniendo. Se agacha frente a mí y me agarra la cabeza con las dos manos. Me rasca detrás de las orejas con más fuerza, casi con urgencia.

 

-Tranquilo, chico… -murmura bajito-. Ya casi. Solo un poco más.

 

Su olor vuelve a suavizarse. Ya no está tan tensa. Sigue acariciándome hasta que mi verga se retrae un poco y yo dejo de empujar contra ella. Me quedo quieto, aceptando las caricias.

 

Ella se queda ahí un rato, pensativa. Yo no entiendo las palabras que dice en voz baja, pero sí entiendo los olores. El de Laura todavía flota un poco en la cocina: más seco, más frío. El de Erika es distinto. Más caliente. Más dulce. El de su coño sigue ahí, debajo de la ropa, llamándome.

 

Ella no sabe que yo no entiendo lo que habla. Solo sé que cuando su olor se pone así de fuerte, después suele dejarme montarla. Y ahora ese olor está otra vez creciendo, despacio, mientras ella me acaricia y espera.

 

Yo también espero.

 

El sábado llega.

 

Desde temprano el olor de la casa es distinto. Edgar se va temprano, con el traje y el maletín. Alex sale después, con la mochila de fútbol y un olor a emoción y sudor joven. La casa se queda más quieta. Solo quedamos Erika, Laura y yo.

 

Erika pasa un rato arriba. Yo estoy en la sala, tumbado cerca del sofá donde Laura mira el teléfono. De pronto ella deja el aparato a un lado y me mira. Se inclina y me llama con la mano.

 

Me acerco. Laura empieza a acariciarme la cabeza. Sus dedos son más firmes que los de Erika, más curiosos. Baja por mi cuello, por el lomo, y se detiene un momento cerca de mi panza. Me rasca ahí con más insistencia de lo normal. Su olor es distinto al de su madre: más joven, más limpio, menos caliente. No me llama igual. Pero sus manos se quedan un poco más de lo que deberían, rozando zonas que normalmente solo Erika toca cuando estamos solos.

 

Yo muevo la cola y dejo que lo haga. No entiendo por qué. Solo sé que no es el mismo olor ni el mismo toque.

 

Entonces se oyen pasos bajando las escaleras. Erika aparece. Lleva ropa sencilla: una blusa clara, pantalones cómodos, zapatos bajos. En una mano trae mi correa. Su olor llega hasta mí de inmediato, más fuerte que el de Laura. El de su coño está ahí, debajo de la ropa, aunque todavía no del todo abierto.

 

-Elian -llama con voz suave-. Ven.

 

Me levanto y voy hacia ella. Laura retira la mano despacio y se incorpora en el sofá.

 

-¿Van a salir? -pregunta, mirando la correa.

 

Erika se agacha un momento para abrocharme el arnés. Sus dedos rozan mi pelaje con la misma suavidad de siempre.

 

-Sí -responde sin mirarla mucho-. También merezco un rato para respirar aire y sacar a Elian a caminar. Volveré más tarde.

 

Laura asiente despacio, pero sus ojos van de la correa a mí y otra vez a su madre. Hay algo en su mirada que se queda flotando, como cuando olfatea algo que no termina de reconocer.

 

Erika se pone de pie, me da un tironcito suave a la correa y camina hacia la puerta. Yo la sigo de inmediato. El olor de Laura se queda atrás, en el sofá. El de Erika se vuelve más claro ahora que salimos juntos.

 

La puerta se cierra detrás de nosotros. El aire de la calle es más fresco. Erika aprieta un poco la correa y empieza a caminar. Yo voy a su lado, oliendo el rastro de su cuerpo y el deseo que ya empieza a crecer otra vez debajo de su ropa.

 

Hoy es sábado.

 

Y ella tiene un plan.

 

Caminamos un rato por la calle. El aire es fresco y el olor de Erika llega claro hasta mí. De pronto se desvía del camino que normalmente tomamos hacia el parque. Entra a una tienda con cristales oscuros y un letrero que no entiendo. Yo espero afuera, atado un momento a un poste, oliendo el aire. Pasa un rato. Cuando sale, trae varias bolsas negras en la mano. El olor que sale de ellas es extraño: tela, cuero, algo metálico y dulce.

 

Seguimos caminando. Ahora el rumbo es distinto. Llegamos a un edificio alto, limpio, con puertas de cristal y un olor a perfume caro y madera. Erika habla con alguien en la recepción. Le dan una tarjeta. Subimos en un ascensor silencioso. El olor de ella se vuelve más fuerte dentro del espacio cerrado. Cuando la puerta se abre, caminamos por un pasillo alfombrado hasta una habitación amplia.

 

Entra. Deja las bolsas sobre la cama grande. Me quita la correa. El cuarto huele a limpio, a sábanas nuevas, a lujo. Hay un ventanal grande y un baño amplio al fondo. Erika se gira hacia mí, me acaricia la cabeza un momento y sonríe.

 

-Tengo una sorpresa para ti… -susurra-. Espérame aquí.

 

Entra al baño con las bolsas y cierra la puerta. Escucho el agua correr un poco, el ruido de tela y de algo metálico. Pasan varios minutos. El olor de su coño, que ya conocía, empieza a filtrarse por debajo de la puerta, más intenso ahora.

 

Cuando la puerta se abre, ella sale.

 

Lleva un conjunto negro ajustado que casi no cubre nada. Un top corto con aberturas que dejan ver sus pezones. Una braga mínima con lazos a los lados. En la cabeza tiene unas orejas negras y peludas. Alrededor del cuello, un collar negro con un corazoncito. Y detrás… una cola larga y esponjosa que sale de entre sus nalgas, moviéndose cuando camina. El plug que la sostiene brilla un poco con la luz.

 

Se queda parada frente a mí, completamente transformada. Su olor es más fuerte que nunca: excitación, jabón y algo nuevo, más animal. Se muerde el labio y me mira.

 

-Hoy quiero sentirme como una verdadera perra… -dice con voz ronca.

 

Baja la mirada a su mano izquierda. Gira el anillo de compromiso una vez, dos veces… y se lo quita. Lo deja con cuidado sobre la mesita de noche.

 

-Ese anillo le pertenece a Erika -susurra-. A la esposa. A la madre. Cuando no lo llevo y me ves así… ya no soy ella. Soy tu perra. Tu hembra. Solo tuya.

 

Se acerca a la cama grande y se sube de rodillas. Se revuelca despacio sobre las sábanas blancas, de un lado a otro, arqueando la espalda, levantando el culo, haciendo que la cola se mueva. Abre las piernas y me muestra el coño ya húmedo, enmarcado por la tela mínima. Sus tetas se mueven con cada movimiento. Me mira por encima del hombro, con los ojos brillantes.

 

-Ven… -me llama con voz baja y sucia-. Ven a disfrutar de tu hembra. No de la mujer casada. No de la madre de dos hijos. De tu perra. La que te pertenece cuando se quita el anillo.

 

El olor de su coño me golpea lleno. Caliente. Necesitado. Mi verga empuja fuerte contra el prepucio y empieza a salir. Ya no hay más espera.

 

Salto a la cama. El colchón se hunde bajo mi peso. Erika está de rodillas, con el culo levantado y la cola negra moviéndose cada vez que respira. El olor de su coño me llega directo, caliente y espeso. No pienso. Me subo encima de ella.

 

Mis patas delanteras se apoyan a los lados de su cuerpo. El pecho grande y peludo presiona contra su espalda. Bajo la grupa. Mi verga todavía no ha salido del todo, pero ya empuja fuerte contra el prepucio. Empiezo a mover las caderas por instinto, buscando. La punta roza primero una nalga, luego resbala hacia el centro, donde la tela mínima de la braga está empapada.

 

Erika suelta un gemido bajo.

 

-Eso… así, mi amor… búscalo…

 

Sigo frotándome. Cada movimiento hace que mi verga salga un poco más. El prepucio se retira despacio. La carne roja y caliente empieza a rozar directamente sus labios hinchados. El calor de su coño me quema aunque todavía no esté dentro. El precum ya gotea y se mezcla con sus jugos.

 

Ella baja una mano entre sus piernas. Sus dedos me encuentran. Agarran mi verga con suavidad, la envuelven y la guían. La punta queda justo contra su entrada.

 

-Aquí… -susurra con voz temblorosa-. Justo aquí, Elian. Empuja despacio… quiero sentirte entrar centímetro a centímetro…

 

Obedezco. Empujo. Lento. La punta gruesa abre sus labios. El calor la envuelve de inmediato. Es tan apretado y tan mojado que suelto un gruñido profundo. Sigo entrando. Centímetro a centímetro. Su coño se estira alrededor de mi verga, succionándome.

 

Erika gime más fuerte, la frente apoyada contra las sábanas.

 

-Ahhh… joder… qué gruesa… se siente tan caliente… sigue… no te detengas… métela toda…

 

Su mano sigue guiándome, ayudando a que entre más profundo. Cada vez que empujo, ella suelta un gemido largo y tembloroso. Yo respiro agitado sobre su espalda, oliendo el sudor que ya empieza a formarse en su cuello y el olor cada vez más intenso de su coño abriéndose para mí.

 

-Eres tan grande… mi buen macho… mi perro… -continúa con la voz rota-. Me estás abriendo tan despacio… se siente increíble… sigue así… quiero sentirte completo dentro de mí…

 

Sigo empujando. La verga desaparece poco a poco dentro de ella. El calor me aprieta por todos lados. Cuando casi todo el tronco está dentro, me detengo un momento, jadeando. El nudo todavía queda fuera, presionando contra sus labios.

 

Erika tiembla debajo de mí. Su mano se aparta y se aferra a las sábanas.

 

-Estás… tan adentro… -susurra-. Quédate así un segundo… déjame sentir cómo late…

 

Yo resto quieto, profundo dentro de ella, sintiendo cada contracción de su coño alrededor de mi verga. El placer es lento, pesado, casi doloroso de lo bueno que se siente. Erika respira agitada, la cola del disfraz moviéndose apenas con cada temblor de su cuerpo.

 

-Ahora… -dice después de un momento, con voz más urgente-. Muévete. Fóllame. Despacio primero… quiero sentir cada centímetro entrando y saliendo…

 

Empiezo a mover las caderas. Saco un poco y vuelvo a empujar hasta el fondo. El sonido mojado llena la habitación. Erika gime con cada embestida, empujando el culo hacia atrás para recibirme mejor.

 

-Así… sí… más… -jadea-. Eres mío… y yo soy tuya… tu perra… tu hembra… fóllame como quieras, Elian… no te contengas…

 

Yo solo sigo, empujando más firme ahora, más profundo, mientras su coño me ordeña con cada movimiento y su voz rota me llega directa al oído.

 

Mis embestidas se vuelven más fuertes. Ya no hay lentitud. Cada vez que empujo, mi verga entra hasta el fondo de un solo movimiento. El golpe de mi pelvis contra su culo suena húmedo y obsceno. Erika gime más alto con cada embestida, las manos aferradas a las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos.

 

-¡Ahhh… sí… así… más duro…!

 

El nudo empieza a hincharse. Lo siento crecer contra la entrada de su coño. Cada vez que empujo, esa bola gruesa presiona más, abriéndola un poco más. Erika grita.

 

-¡Joder… el nudo…! ¡Se está hinchando… me está abriendo…!

 

Sigo embistiendo. El nudo entra un poco más con cada empujón. Su coño se estira alrededor de él, apretándome con una fuerza caliente y desesperada. Erika tira de las sábanas, arquea la espalda y de pronto, entre gemidos rotos, suelta un ladrido agudo y ronco.

 

-¡Guau…! ¡Guau…!

 

Ladra otra vez, más fuerte, mientras yo la follo sin parar. El sonido me llega directo al instinto. Su olor se vuelve todavía más espeso, más animal. Yo jadeo pesado sobre su espalda, la lengua afuera, y recuesto la cabeza grande contra su cuello. Mi hocico queda pegado a su piel caliente y sudorosa. Respiro su olor de cerca mientras mis caderas siguen golpeando contra ella una y otra vez.

 

Erika grita y gime sin control.

 

-¡Sí… fóllame… fóllame más…! ¡Soy tu perra… tu puta perra…! ¡Guau…! ¡Ahhh… el nudo… está tan grande… me está rompiendo…!

 

Cada embestida hace que el nudo entre más profundo. Ya casi está completamente dentro. Su coño se contrae alrededor de él en oleadas fuertes. Ella sigue ladrando entre gritos, la voz completamente rota de placer, mientras yo jadeo contra su cuello y la monto con toda la fuerza que tengo.

 

El calor, el apretón, el olor, los gritos… todo me empuja más. No paro. No puedo parar.

 

Empujo más fuerte. Meto toda la verga de un solo movimiento hasta el fondo. El nudo, ya hinchado, atraviesa la entrada con un tirón húmedo y pesado. Se traba dentro de ella de golpe.

 

Erika suelta un grito largo y agudo.

 

Yo, por instinto, tiro hacia atrás. El nudo no sale. Solo estira sus paredes internas con fuerza. Ella gime más fuerte, entre dolor y placer, la voz completamente rota.

 

-¡Para…! ¡Elian, para…! ¡Duele…! Aunque se sienta rico… ¡duele…! ¡No jales más…!

 

Me detengo de inmediato. Resto quieto encima de ella, jadeando pesado, con el nudo completamente hinchado y atrapado dentro de su coño. Ya no hay forma de separarnos. Cada pequeño movimiento hace que ella suelte un gemido tembloroso.

 

Erika respira agitada, la frente apoyada contra las sábanas, las manos todavía aferradas a la tela.

 

-No te muevas… -pide con voz baja y temblorosa-. Por favor… no hagas movimientos bruscos… quédate quieto… el nudo está demasiado grande…

 

Obedezco. Bajo un poco más el peso sobre su espalda, pero sin empujar. Mi pecho peludo queda pegado a ella. Jadeo contra su cuello, oliendo el sudor y el olor espeso de su coño abriéndose alrededor de mi nudo. Ella gime bajito cada vez que mi verga da un latido más fuerte dentro de ella.

 

Pasan los segundos. El nudo sigue latiendo, grueso y caliente, manteniéndonos unidos. Erika sigue respirando profundo, acostumbrándose a la presión.

 

Después, despacio, me muevo. Me bajo un poco hacia un lado y me acomodo detrás de ella, dándole la espalda, sin intentar sacar el nudo. Nos quedamos así: yo recostado hacia el otro lado, ella todavía en cuatro, conectados por esa bola hinchada que no nos deja separarnos. El calor de su coño me sigue apretando sin descanso.

 

Ella suelta un gemido largo y cansado, pero ya no de dolor puro.

 

-Así… quietos… -susurra-. Quédate así… no te muevas mucho…

 

Yo resto inmóvil, sintiendo cada contracción de su interior alrededor del nudo, mientras el olor de los dos llena la habitación.

 

Nos quedamos trabados.

 

El nudo late dentro de ella, grueso y caliente, sin dejarme salir ni un milímetro. Yo resto recostado hacia un lado, dándole la espalda, sintiendo cada pequeña contracción de su coño alrededor de esa bola hinchada. Erika respira agitada al principio, después más despacio. De vez en cuando suelta un gemido bajo cuando mi verga da un latido más fuerte.

 

-Estás tan adentro… -susurra con la voz cansada pero suave-. Se siente… pesado. Caliente. Como si me estuvieras abriendo desde adentro todo el tiempo.

 

Pasan los minutos. El olor de nuestro sexo llena la habitación. Yo solo jadeo despacio, disfrutando la presión constante. Ella mueve apenas las caderas una vez y suelta un quejido corto.

 

-No… mejor no me muevo -dice con una risa baja-. Cada vez que lo hago tira del nudo y… joder.

 

Más tiempo. El calor de su cuerpo me envuelve. Su interior sigue apretándome sin descanso, ordeñándome despacio. De pronto el placer se acumula demasiado. Mi verga se contrae fuerte dentro de ella.

 

Empiezo a correrme.

 

Chorros espesos y calientes salen con fuerza, uno tras otro, llenándola. Erika lo siente de inmediato. Gime largo y profundo, la voz llena de placer.

 

-Ahhh… sí… así… lléname… joder, se siente tan rico… tus chorros… tan calientes… tan dentro…

 

Sigo descargando. Cada pulsación hace que más semen espeso se acumule contra el nudo, sin poder salir. Erika gime con cada chorro, empujando apenas el culo hacia atrás para sentirlo mejor.

 

-Qué rico… mi buen macho… me estás llenando tanto… se siente increíble…

 

Poco a poco el nudo empieza a bajar. La presión disminuye. Yo empujo suavemente hacia atrás. El nudo se desliza. Con un sonido húmedo y claro -un plop sucio y fuerte- sale por completo.

 

Erika suelta un gemido largo y tembloroso al sentir el vacío repentino.

 

-Ahhh… joder… cómo lo sacaste…

 

Un chorro espeso de semen y jugos la sigue de inmediato, corriendo por sus labios abiertos y cayendo sobre las sábanas. Ella se queda un momento en cuatro, respirando agitada, el coño todavía entreabierto y goteando.

 

Después se deja caer de lado. Yo me acuesto junto a ella. Erika se acerca, apoya la cabeza cerca de mi cuello y me acaricia la cabeza con dedos lentos y cansados. Nos quedamos así un rato, oliéndonos, sintiendo el calor del otro.

 

Más tarde se levanta despacio. Se pone la bata del hotel y camina hacia el baño.

 

-Voy a darme una ducha… -dice, mirándome por encima del hombro-. Y voy a pedir algo de comer. Quédate aquí.

 

Entra al baño. Escucho el agua correr. Desde la cama oigo su voz hablando por el teléfono del cuarto, pidiendo servicio a la habitación. El olor de su cuerpo recién follado todavía flota fuerte en las sábanas a mi lado.

 

Erika sale del baño con el cabello húmedo y una bata de baño blanca y gruesa. Se recuesta en la cama grande, todavía con las sábanas un poco revueltas del sexo. Me llama con un gesto suave.

 

Subo. Me acomodo a su lado y apoyo la cabeza pesada sobre su muslo. Ella empieza a acariciarme de inmediato: detrás de las orejas, por la cabeza, bajando por el cuello con dedos lentos y cariñosos. No habla al principio. Solo me rasca y me toca como si quisiera grabar el momento.

 

Poco después llaman a la puerta. Erika se levanta, se ajusta la bata y abre. Entra un camarero con una bandeja cubierta. Deja todo sobre la mesa cercana a la ventana y se retira en silencio. Cuando la puerta se cierra otra vez, el olor de comida caliente llena la habitación: carne jugosa, algo cremoso, pan recién tostado… y también el olor seco y familiar de mis croquetas.

 

Erika destapa los platos. Hay comida lujosa para ella y un plato aparte con mis croquetas. Se ríe bajito al verme olfatear.

 

-También pedí para ti, tonto -dice, dejando el plato en el suelo cerca de la cama-. Come.

 

Yo bajo y empiezo a comer. Ella se sienta otra vez en la cama con su plato y come despacio, mirándome de vez en cuando. Cuando ambos terminamos, ella deja la bandeja a un lado y me llama de nuevo.

 

Subo otra vez. Me acomodo contra ella. Erika me agarra la cabeza con las dos manos y me mira a los ojos. Su expresión es suave, casi cansada de lo bien que se siente.

 

-Esto… -susurra- es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. De verdad. Si hubiera sabido que se sentiría tan rico… tan completo… lo habríamos hecho antes. Mucho antes.

 

Me acerca más. Sus labios tocan mi hocico. Me da un beso lento y húmedo. Yo respondo por instinto: saco la lengua y le lamo la boca, el labio inferior, el superior. Ella no se aparta. Al contrario, abre un poco los labios y me deja entrar más.

 

El beso se profundiza. Su lengua roza la mía. Yo lamo dentro de su boca, saboreando el resto de la comida y el sabor propio de ella. Erika gime bajito contra mi hocico y me agarra más fuerte la cabeza, sin dejarme alejar. Seguimos así, lamiéndonos y besándonos sin parar, el olor de su excitación empezando a subir otra vez mientras el calor entre los dos crece.

 

La tensión se vuelve espesa. Ya no es solo cariño. Es hambre otra vez.

 

Erika se levanta de la cama y camina descalza hasta la puerta. Abre apenas una rendija y mira hacia el pasillo. Se queda unos segundos en silencio, escuchando. Luego cierra con cuidado y se gira hacia mí.

 

Yo estoy sentado en medio de la cama, jadeando, la lengua afuera, la verga ya otra vez dura y asomando del prepucio. Ella me mira con esa expresión cargada de deseo y se muerde el labio inferior.

 

-Nunca vas a dejar de desearme, ¿verdad? -susurra, casi sonriendo.

 

Ladro una vez, fuerte. Me levanto sobre las patas traseras un momento, moviendo la cola rápido, inquieto. El olor de su coño ya está subiendo otra vez y no puedo estarme quieto.

 

Erika suelta una risa baja y se muerde el labio con más fuerza. Ve exactamente lo que quiero.

 

-Igual que yo… -murmura.

 

Se da la vuelta. Se baja la bata de baño despacio y la deja caer al suelo. Queda completamente desnuda. Se sube otra vez a la cama, se recuesta un poco hacia atrás, abre las piernas y con dos dedos separa los labios de su coño, mostrándomelo hinchado y todavía un poco abierto de la ronda anterior.

 

-Todavía tenemos tiempo -dice con voz ronca-. Puedes follarte a tu perra todo lo que quieras.

 

Primero se levanta y busca el disfraz. Se pone otra vez el top negro abierto, la braga mínima, las orejas y el collar. La cola la deja a un lado por ahora. Se coloca a cuatro patas en la cama, arquea la espalda y levanta el culo hacia mí.

 

-Sin el nudo esta vez -me advierte, mirándome por encima del hombro-. Solo fóllame. Rápido y profundo. Pero no me lo metas completo. No quiero que nos trabemos otra vez… todavía.

 

Me subo encima. Mis patas delanteras se clavan en sus caderas. La verga ya está toda afuera. Busco su entrada y empujo. Entro de un solo movimiento hasta casi el fondo, pero me detengo antes de que el nudo presione demasiado. Empiezo a embestir. Rápido. Fuerte. El sonido húmedo llena la habitación. Erika gime y empuja el culo hacia atrás para recibirme mejor, pero cada vez que siento que el nudo está demasiado cerca, me contengo y saco un poco.

 

-Así… sí… fóllame así… -jadea-. Qué rico se siente cuando no te trabas… puedes darme más rápido…

 

Sigo montándola con embestidas profundas y rápidas, sin dejar que el nudo entre del todo. Su coño me aprieta y me ordeña con cada movimiento.

 

Después de un rato me bajo. Erika se gira y se recuesta de espaldas. Me hace señas para que me acerque más arriba, hasta su pecho. Agarra mis patas delanteras y me acomoda de forma que mi verga quede justo entre sus tetas grandes y pesadas. Las junta con las dos manos, envolviéndome por completo.

 

-Así… usa mis tetas -susurra, mirándome a los ojos-. Fóllamelas. Quiero sentir tu verga caliente entre ellas.

 

Empiezo a mover las caderas. Mi miembro se desliza entre la carne suave y apretada de sus pechos. Ella escupe un poco sobre el escote para hacerlo más resbaladizo y sigue apretándolas alrededor de mí. Cada embestida hace que la punta roja asome entre sus tetas y vuelva a desaparecer. Erika gime bajito, disfrutando la vista y el calor.

 

-Qué gruesa se siente… -murmura-. Sigue… así… fóllame las tetas como si fueran mi coño…

 

Más tarde ella se pone otra vez a cuatro. Esta vez estira una mano hacia atrás, agarra la base de la cola del disfraz y tira despacio. El plug sale con un sonido húmedo. Su ano queda un poco abierto y brillante. Erika pasa los dedos alrededor del borde, tocándose, abriéndose un poco más.

 

-Aquí… -dice con voz temblorosa, mirándome por encima del hombro-. Mételo aquí. Quiero sentirte en el culo también. Despacio al principio… pero mételo.

 

Separa un poco más las nalgas con una mano, ofreciéndome el agujero rosado y apretado. El olor es distinto, más intenso, más animal. Yo me acerco, la verga todavía dura y brillando de jugos y precum, y empiezo a rozar la punta contra su ano mientras ella sigue pasando los dedos por el borde, esperando.

 

La punta de mi verga roza su ano. Está un poco abierto por el plug, brillante y caliente. Empujo despacio. La entrada es mucho más estrecha que su coño. Erika suelta un gemido agudo y se muerde el labio.

 

-Despacio… -pide con voz temblorosa-. Muy despacio…

 

Sigo entrando centímetro a centímetro. El anillo de músculo se estira alrededor de mi verga. El calor es distinto, más apretado, más intenso. Cuando la mitad está dentro, me detengo un momento. Erika respira agitada, los dedos todavía rozando el borde de su ano.

 

-Está… muy gruesa… -susurra-. Sigue… pero despacio…

 

Empiezo a moverme. Embestidas suaves al principio, cortas, dejando que su culo se acostumbre. Cada vez que entro un poco más, ella gime entre dientes. Después las embestidas se vuelven más firmes. Más profundas. El sonido es más seco, más sucio. Erika grita.

 

-¡Ahhh…! ¡Joder… duele…! ¡Pero no pares…! ¡Sigue…!

 

Saco casi toda la verga y vuelvo a empujar con más fuerza. Su ano se abre y se cierra alrededor de mí. Grita más fuerte con cada embestida dura, mezclando dolor y placer. Yo no meto el nudo. Me contengo cada vez que siento que está demasiado cerca de la entrada. Solo la follo con el tronco, rápido y profundo, mientras ella agarra las sábanas y gime sin control.

 

-¡Más…! ¡Así…! ¡Me estás abriendo el culo…! ¡Guau…!

 

Después de un rato me bajo. Erika se queda jadeando, el ano un poco abierto y rojo. Se recompone despacio y vuelve a ponerse a cuatro patas, esta vez ofreciéndome el coño otra vez.

 

-Ahora sí… -dice con voz ronca-. Mételo todo. Quiero el nudo. Quiero que me llenes.

 

Me subo encima. Busco su entrada y empujo de un solo movimiento hasta el fondo. El nudo atraviesa y se traba dentro de ella. Inmediatamente empieza a hincharse. Erika grita largo y profundo.

 

Yo empiezo a correrme. Chorros espesos y calientes salen con fuerza, llenándola otra vez. Ella gime con cada pulsación, empujando el culo hacia atrás para sentirme más adentro.

 

El nudo nos mantiene unidos el tiempo necesario. Yo resto sobre su espalda, jadeando, mientras su coño me ordeña hasta el final. Cuando por fin baja, empujo hacia atrás. Con un plop húmedo y fuerte el nudo sale. Un chorro de semen la sigue de inmediato.

 

Erika se deja caer de lado y después se sienta en el borde de la cama. Junta los muslos con fuerza y baja una mano entre sus piernas. Se toca el coño con cuidado, sintiendo lo abierto y sensible que está. Suelta un quejido bajo.

 

-Tal vez… te pasaste un poco -murmura, apretando más los muslos-. Jalonaste de más… se siente muy abierto.

 

Se queda así un momento, recuperando el aliento, tocándose suavemente. Después suelta un suspiro largo y se levanta. Se limpia un poco, se pone la ropa sencilla otra vez y me mira.

 

-Vamos a casa, Elian.

 

Me pone la correa. Bajamos juntos. El olor de lo que hicimos todavía se pega a su cuerpo cuando salimos del hotel y caminamos de regreso.

 

Llegamos a casa cuando el sol ya está más bajo. Erika abre la puerta y me quita la correa en la entrada. El olor de la casa me envuelve de inmediato: el rastro viejo de Edgar, el más joven de Alex, y el de Laura, que está en la sala.

 

Erika sube rápido las escaleras hacia su cuarto. Escucho la puerta cerrarse y, poco después, el agua de la ducha otra vez. Quiere quitarse el olor de lo que hicimos. Yo me quedo abajo.

 

Laura está sentada en el sofá, mirando una película. Cuando ve que su madre desaparece piso arriba, deja el control a un lado y se gira hacia mí. Me mira un rato largo, en silencio. Sus ojos recorren mi cuerpo, mi hocico, mi panza. No huele nada raro… o al menos no lo suficiente como para entenderlo.

 

Se acerca. Se agacha y empieza a acariciarme. Primero la cabeza, después el cuello. Sus dedos bajan más despacio de lo normal, rozando mi pecho y deteniéndose un momento cerca de mi panza. La caricia se vuelve más lenta, más insistente, casi como las que me hace Erika cuando estamos solos. Yo muevo la cola una vez, confuso. Su olor es distinto. No me llama igual.

 

De pronto para. Retira la mano, se incorpora y vuelve al sofá sin decir nada. Se tapa con una manta y sigue mirando la pantalla como si nada hubiera pasado.

 

Alex ya está en casa. Lo huele desde el pasillo de arriba: sudor de fútbol y jabón. Solo falta Edgar.

 

Poco después Erika baja otra vez. Trae ropa cómoda, el cabello todavía húmedo, y el olor a jabón fuerte. Ya no huele a hotel ni a sexo. Pasa por la sala, me da una palmada rápida en la cabeza y se dirige a la cocina. Empieza a sacar cosas de la nevera. El sonido de sartenes y el olor a comida caliente llenan el aire.

 

Yo me alejo. Camino hasta mi cama en la sala y me tumbo pesado. El cuerpo me duele de forma agradable. Tanto montarla, tanto moverme, tanto olerla y follarla me dejó exhausto. Cierro los ojos. El ruido de la cocina y de la televisión se vuelven lejanos.

 

Hoy fue un día largo.

 

Y por fin puedo dormir.

 

Pasan las semanas.

 

Los sábados se vuelven iguales. Erika me pone la correa, salimos, nos desviamos del parque y terminamos siempre en el mismo hotel. Ya la conocen. A veces ni pregunta: le dan la misma habitación. El olor de esas sábanas, de esa cama, de su cuerpo cuando se quita el anillo y se pone el disfraz, se me queda grabado. Cada sábado la monto, la lleno, la dejo abierta. Y después volvemos a casa como si solo hubiéramos caminado.

 

Pero algo cambia.

 

El olor de Laura ya no es el de antes. Antes era más seco, más joven, más limpio. Ahora tiene un rastro dulce y caliente que se parece demasiado al de Erika cuando está mojada. Lo noto cuando pasa cerca de mí. Lo noto en el sofá, en el pasillo, en la puerta de su cuarto. Me confunde. Me inquieta.

 

Un sábado cualquiera Erika sale sola.

 

-Voy a hacer unas compras -dice, agarrando el bolso-. No tardo mucho. Quédate aquí.

 

La puerta se cierra. El auto arranca. La casa se queda en silencio.

 

Yo me paseo. Subo las escaleras sin pensar mucho. El olor viene fuerte desde el cuarto de Laura. Más intenso que nunca. Abro la puerta con el hocico.

 

Ella está en la cama. Solo lleva ropa interior: un sostén y una braga simples. Tiene un libro abierto sobre las piernas, pero cuando me ve lo cierra y lo deja a un lado. Me mira. Su expresión es distinta. Hay algo en sus ojos que no había visto antes.

 

Sonríe un poco, de lado, y con un dedo empieza a hacer círculos lentos sobre la sábana, justo a su lado.

 

-Te estaba esperando… -dice con voz baja.

 

No entiendo las palabras. Nunca las entiendo del todo. Pero el olor que sale de ella ahora es claro: deseo. Calor. El mismo tipo de olor que saca Erika cuando quiere que la monte. Laura sigue mirándome, moviendo el dedo sobre la cama, invitándome sin decir nada más.

 

Yo me quedo parado en la entrada.

 

El instinto me empuja hacia adelante. El mismo instinto que me hace montar a Erika cada sábado. Pero algo dentro de mí se resiste. No quiero que esto pase. No quiero que termine así tampoco.

 

Solo me quedo ahí, oliendo el aire cargado, con la verga empezando a empujar contra el prepucio, sin decidirme a entrar ni a irme.

4 Lecturas/24 agosto, 2026/0 Comentarios/por Amy_young15
Etiquetas: amigos, baño, colegio, hija, hotel, madre, mayor, sexo
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