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Sexo con Madur@s

Historia de Sofia y Cristal

Las vueltas del destino hacen que una pequeña de 8 años caiga en las manos de un monstruo .
El bar era un lugar barato, de esos que huelen a cerveza derramada y derrota antigua. La música a todo volumen ahogaba conversaciones que nadie quería tener. En una esquina, apartada de la barra principal, estaba Sofía. Tenía veinticinco años, el pelo castaño recogido en una coleta desaliñada, y llevaba puesta la misma chaqueta de mezclilla que usaba todos los días para su trabajo en la librería.
Había sido un día de esos para olvidar y sin más, solo camino hasta llegar a aquel lugar. El problema es que no andaba sola, junto a ella estaba su pequeña hija de 8 años, cristal, que no tuvo con quien ni donde dejarla, grave error. Ella era una copia exacta de su madre y se veía que a futuro tendría las mismas formas ya que su trasero comenzaba a atraer miradas, lo mismo que Sofia.
Él se llamaba Martín. Lo conocía de vista. Siempre había sido educado, con una sonrisa fácil que no llegaba a los ojos. Esa noche estaba allí, con un par de amigos. La vio sola junto a su hija. Se acercó, le ofreció unas bebidas a ambas. Sofía, educada, reacia, declinó la primera. Aceptó la segunda, sintiéndose presionada, sin querer ser grosera. Un cóctel dulce, de un color rosado inofensivo para ella y un refresco para cristal. No supo cuándo le puso algo. Solo recordaba que de repente el mundo se inclinó. Los sonidos se volvieron metálicos, las luces se fundieron en manchas borrosas. Sus piernas eran de goma. Martín se acercó, le dijo algo al oído que no entendió, le pasó un brazo por los hombros como si fueran viejos amigos.
—Vamos, las llevo a casa, estás cansada —dijo su voz, suave como el terciopelo sobre una hoja de afeitar.
Ella intentó protestar, pero su lengua era pesada, torpe. Miró alrededor buscando una cara conocida, un salvavidas, pero solo vio indiferencia. Martín la guió fuera del bar, su mano firme en su cintura, una posesión disfrazada de apoyo. Y de la otra a su pequeño tesoro.
El aire frío de la noche no la despejó. La empeoró. El mundo giraba. Él la metió en el asiento trasero de su coche, un sedán gris y anónimo. Pero a la pequeña la sentó en el asiento delantero. Las puertas se cerraron con un clic sordo, definitivo.
—Tranquilas, sólo vamos a dar una vuelta para que se te pase —mintió.
Pero no condujo hacia su casa. Tomó calles cada vez más oscuras, alejándose del centro. Sofía, con un hilo de conciencia, apoyó la frente contra la ventana fría. El miedo, espeso y negro, empezó a abrirse paso a través de la niebla química. Intentó hablar, pedirle que parara, que la dejara en una estación de metro. Las palabras salieron en un susurro arrastrado.
Martín no respondió. Sólo condujo. Finalmente, detuvo el coche en un callejón trasero de un polígono industrial abandonado. Farolas rotas. Silencio, solo el runrún lejano de una autovía.
Apagó el motor. El silencio fue repentino, absoluto, y más aterrador que cualquier ruido. Y comienza el recuerdo…

—Aquí estaremos tranquilos —dijo, y su voz ya no tenía rastro de amabilidad.
Yo, tratando de mover mi cuerpo,  intenté abrir la puerta. Estaba bloqueada desde el control del conductor. El corazón se me detuvo por el pánico  y comencé a transpirar helado. Miré a Martín y vio a una fiera a punto de abalanzarse sobre su presa, pero no era yo, ojalá hubiera sido yo. Comencé a maldecir para mis adentros. Pero la suerte ya estaba hechada y sabía que no podría hacer nada ante ese monstruo, solo observar y maldecir.
Entonces Martín comenzó sus movimientos, suavemente comenzó a acariciar la cabeza de mi pequeña Cristal, mientras le decía algo al oído que no alcanzaba a escuchar. Su pequeña hija volteo a verme y en sus ojos no había miedo, si una ternura y una calma que no podía asimilar. Él, Martín, el monstruo Martín le sonreía, una sonrisa como cuando un niño va a obtener algo que había estado esperando hace mucho. Ya no había vuelta atrás.
Siguió acariciando su cabeza, pero ahora comenzó a bajar por la espalda de mi hija, pasando por sus piernas, mientras comenzó a besarla muy tiernamente sus mejillas, como si con eso le quisiera quitar lo último de templanza a ella, como queriendo demostrar quien era el macho y controlador dentro de ese pequeño vehículo. Ví como suavemente comenzaba a besar esos inmaculados labios y sus manos se deslizaban hasta el bien formado pero aún imberbe trasero de mi hija, él todo lo hacía con calma mientras veía que Cristal lo aceptaba con la misma calma, todo lo que él hacía. Si bien hasta ahora se había comportado con delicadeza, sabía que sólo era una apariencia porque dentro había un animal que no se detendría hasta haber acabado con su dignidad, osea hasta haber destruido a su hija, la tenía a su merced y ella no podía hacer nada, solo observar.
Estaba en estos pensamientos cuando se dio cuenta que él ya se había cambiado de asiento y tenía a su hija con sus piernas abiertas de frente a él, mientras la seguía besando y acariciando y lentamente, como queriendo alargar su agonía, comenzaba a sacarle la ropa a Cristal, suavemente comenzaba a deslizar sus prendas de la parte superior de su hija dejando a la vista su piel pura e inmaculada que nadie había tocado, solo yo para cambiarla y bañarla, pero que ahora estaba a disposición del monstruo. De pronto escuché como mi hija se reía mientras el le hacia cosquillas en su cuello, en su abdomen pero sobretodo en sus incipientes tetitas, que no eran más que dos aureolas con unos pequeños pezones en su pecho plano, cuanto tiempo pasarían en ese juego como olvidando que ella estaba allí, como si su hija hubiese olvidado todos los consejos que ella le había dado. De pronto veo que Cristal comienza a moverse de una forma extraña, le dice algo a él, y abren la puerta. Trate de gritar, de moverme, de hacer algo, pero mi cuerpo no se movía. Pero Martín no se movió del asiento, sólo su hija se bajó mientras él volteaba a verla y le clavaba los ojos con una mirada llena de deseo, como si un fuego extraño tuviera en su mirada. Pronto comprendí que su hija a raíz de las cosquillas le habían dado ganas de orinar, y sabía que eso era el momento perfecto para que ese vil canalla pudiera desvestir completamente a su hija. Y lamentablemente asi fue. Pero antes de que mi hija volviera al auto se giro hacia ella y me desgarró la ropa dejando sus grandes tetas al aire, le tiro de sus pezones y malamente pensó que iba a desatar sus más bajos  deseos con mi, pero nuevamente volvió a su posición primera, cuando alcanza a divisar por la ventana que su hija se incorpora y él, cual felino, la toma de debajo de sus brazos y la sube al auto con sus ropas abajo, su pequeña solo alcanzó a subir sus infantiles calzones con dibujos de princesas, pero sus pantalones aún estaban en sus tobillos.
Era el fin.
Martín parecía que lo tenía todo planeado ya que sus movimientos eran tan preciosos y seguros, ya que antes que su pequeña hija pudiera decir o hacer algo, el nuevamente le estaba haciendo cosquillas mientras sus manos hábilmente comenzaban a jugar con el culito de mi hija, que con las cosquillas no oponía resistencia para que él las metiera dentro de su ropa interior y acariciara esa piel tan tersa directamente.
Mi alma estaba hecha pedazos y mi corazón pedía a gritos que la soltara y me poseyera a mi, pero mis labios no emitían palabras. Yo solo observaba y él lo sabía. Pero para mí pequeña era solo un juego, o eso quería creer, ya que no oponía resistencia ni se molestaba por lo que ese monstruo le hacia. Yo sabía que lo peor estaba por comenzar.
Llevábamos unos 20 minutos, pero para mí eran una eternidad, y sin notarlo ya le había sacado sus zapatillas y su pantalón, que habían estado en sus tobillos de cuando volvió a entrar y lentamente comenzó a bajar la última pieza que quedaba para tenerla totalmente desnuda, mi niña hermosa, mi tesoro más preciado y ahora estaba en las garras de este maldito degenerado.
Como tenía puesta la calefacción y con los juegos de ellos estaban transpirando ambos, así que él sacó de la guantera un refresco, el cual le ofreció a Cristal, como ella no quería, él simuló que tomaba como para darle confianza lo cual surtió efecto, ya que mi inocente pequeña tomo con gusto, para luego seguir con las cosquillas y juegos.
Lentamente note que mi tesoro, mi pequeña de solo 8 años, comenzaba a quedarse somnolienta, sin perder por completo la conciencia, este maldito animal algo le había puesto a la bebida, alguna droga para adormecerla. Al cabo de unos minutos en donde el ya dejó de hacerle cosquillas, simplemente pasó a besar su cuerpo, yo veía como besaba sus incipientes pezones mientras sus manos descaradamente le abrían sus pequeñas (ni tan pequeñas) nalgas. Me miró con una lujuria como si una bestia hubiera olfateado a su hembra en celo, y me dijo: «ahora será mía, y tu maldita perra, no podrás hacer nada»
Para mis adentros yo lloraba y solo pedía que esto parase. O que viera que era solo una niña que no podía satisfacer como yo lo podría hacer. Estaba dispuesta a ocupar el lugar de mi hija si dudarlo, y él podría hacer conmigo lo que le plazca. Pero seguía inmóvil.
Al fin la última pieza, el último escudo que podría tener Cristal estaba saliendo de su cuerpo, ese diminuto calzoncito, Martín se lo comenzó a bajar, lentamente, como queriendo prolongar mi tortura. Como quería que ocurriera un milagro, que alguien apareciera o que mi hija saliera de ese estado y arrancara,  pero no, lo inevitable había comenzado.
Mientras estaba en esas cavilaciones, me doy cuenta que ya su lengua estaba jugando con el diminuto clitoris de Cristal, y sus manos amasaban hábilmente el trasero de mi pequeña, y un dedo comenzaba a hacer círculos en el ano de ella, simplemente la estaba devorando a su antojo. Yo veía como él sin ningún reparo le introducía ya un dedo en su culito mientras le comía toda su vagina. De pronto noto que Cristal comienza a agitarse y a dar pequeños jadeos producto de lo que este animal. Esperen, acaso una niña de 8 años  se puede excitar, algo había escuchado pero nunca lo tomé en cuenta. Yo de pequeña nunca sentí lo que de más grande aprendí que podía sentir,  pero mi hija estaba respondiendo a los estímulos de Martín. Y él adivinando mis pensamientos me sonrió y me dijo: «ella es toda una mujer y como tal va a recibir el trato que se merece!».
Y sin decir más palabras, comenzó a desnudarse.
Cuando lo vi desnudo me pasaron dos cosas: que esa verga que tenia se veía apetitosa. Eran unos 19 cms. de carne jugosa. Algo en mi interior comenzaba a cambiar… pero lo segundo era que esa cosa que para mi estaba magnífica, para Cristal era simplemente demasiado; no le iba a caber por ningún lado. Mis ojos se agrandaron al pensar que iba a tratar, porque estaba segura que no iba a poder, no lo iba a lograr y la iba a dejar en paz y se desquitaria conmigo. Estaba en eso cuando veo que ya le tenia 3 dedos dentro de su ano que hasta ayer era diminuto y ahora se veía enorme. Él movía sus dedos tanto de dentro hacia afuera como abriendolos y cerrando. Y mi dulce Cristal parecía no disgustarle, es más, parecía disfrutarlo por los sonidos exóticos que ya salían de su boca. Rápidamente veo que la pone en 4 poniéndola de costado a mí y  se coloca detrás de ella, le dice que solo se relaje y comienza a introducir lentamente su venosa verga. Ya mi mente estaba en otra parte y no razonaba bien. En mis adentros había una lucha entre la madre y la puta (no sabía que esa personalidad estaba dentro de mi) ya que por un lado quería que parara mientra que algo que no se explicar pedía a gritos que se la meta hasta el fondo y la destroce.
¿Y Cristal? Sus ojos estaban como platos y sus labios daban un grito silencioso como tratando de que eso no fuera realidad. Martín comenzaba a profanar ese agujero centímetro a centímetro sin apuro pero sin cesar, lenta y vigorosamente. Ya era el fin, o más bien el principio de una larga noche. Los minutos pasaban y la verga de Martín ingresaba hasta ya estar más de la mitad dentro mientras el culo de Cristal se amoldaba a ese invador. Sus ojos eran de puro placer mientras comenzaba a sudar por las penetradas a mi hija, y yo… yo simplemente deje de luchar contra lo inevitable y mi mente comenzaba a desear que la poseyera completamente y mi cuerpo también ya mostraba signos de una calentura indeseada ya que mi ropa interior estaba mojada por los jugos que salían de mi vagina… creo que había entrado a un callejón sin salida (aunque yo todavía no me daba cuenta del todo de aquello).
Al fin veo que Martin comienza a dar unos pequeños espasmos signos inequívocos de su inminente acabada en mi hija, y ella, cual una verdadera puta, como si fuese una mujer mayor, recibe plácidamente a su macho dominante, ya que sus quejidos de placer me confirman que le a gustado (o por lo menos, no le desagrado del todo)
-Que rico culo tienes pequeña zorra- la jala de pelo para besarla con lujuria y energía y comienza sacar la verga mientras sale restos de semen y un poco embarrado con mierda del culo de mi hija, se gira hacia mi y al fin, como si yo recién hubiese llegado, me acerca  a la boca ese trozo de carne y yo producto de la calentura que tenia comienzo a enterranmelo hasta la garganta para degustar todo sin importar que recién estuviera en el culo de mi hija… se lo dejo reluciente y pensando que también a mi me penetraria me excito aun más, pero el muy cabrón se comienza a vestir y sin más nos saca del auto así como estábamos, mi hija desnuda y follada y yo caliente y con ganas de esa verga… y comienza a alejarse…

No se hizo ninguna denuncia ni no se comentó nada a ninguna persona cercana ni familiar.
Cristal no lo recordaba muy bien producto de las drogas que le dieron y Sofía pensó que ya todo había acabado y ello fue algo producto del azar y que nunca más iba a permitir que pase.
Pero algo bien en el fondo había cambiado y del cual ella no tenía el control. La semilla de la perversión estaba a punto de germinar…
Continuará.

 

Espero les guste este nuevo relato y Si quieren comunicarse conmigo a mi telegram: canibal13k

 

10 Lecturas/14 junio, 2026/0 Comentarios/por Canibal13k
Etiquetas: amigos, culito, culo, hija, madre, mayor, semen, vagina
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