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Sexo con Madur@s

¡Qué vieja más caliente!

Un joven conoce la calentura de una mujer mucho mayor.
Esta historia tuvo lugar cuando yo tenía 21 años y estudiaba Ingeniería en la universidad. A esa edad yo estaba necesitando sexo todo el día, pero, lamentablemente, en mi carrera casi no había mujeres. Por tanto, terminaba siempre aliviándome de modo manual.

Mis dos padres eran diplomáticos y casi no estaban en la casa. A veces podían estar un mes viajando y yo me quedaba solo con Adela, nuestra empleada. Ella era una mujer muy eficiente y se encargaba con premura de las labores de la casa. Ni muy delgada ni muy gorda, de 53 años, no tenía familia y en términos generales nos llevábamos bien. Hasta que un día, su comportamiento comenzó a llamar mi atención.

Hasta ese día jamás había pensado en Doña Adela como alguien con apetito sexual. Pero esa tarde, cuando llegué de la u vi que la tele estaba encendida y estaban dando una película de Los Vengadores. La señora estaba sentada en el sofá y no me escuchó entrar. En la pantalla aparecían Chris Evans y Chris Hemsworth, y noté que Doña Adela se estaba acariciando la entrepierna por encima del pantalón. ¡Se estaba tocando! ¡Estaba más caliente que una brasa! Por primera vez imaginé que podía sacarle provecho a esa faceta de la empleada. Me fijé en sus muslos ajamonados y su trasero, así como en sus tetas grandes. No era una supermodelo, pero, ¿Quién era yo para ponerme quisquilloso? La paja de esa noche fue dedicada a ella.

Desperté a medianoche con una erección dura como un ladrillo que no me dejaba conciliar el sueño, y eso que me había masturbado antes de acostarme. Me di varias vueltas en la cama y no había caso. Necesitaba descargarme. En realidad, necesitaba algo más: una mujer. Por supuesto, pensé en la primera y única a mi alcance en esas circunstancias: Doña Adela.

Me puse de pie y me dirigí a su dormitorio. No sabía muy bien cómo la abordaría, pues la verdad me estaba moviendo prácticamente en piloto automático, como si me guiara mi erección. Me detuve ante la puerta cerrada, titubeé unos segundos y me decidí. Toqué la puerta y dije a media voz:

  • Doña Adela, ¿puedo pasar?

Esperé unos momentos a ver si me había escuchado. No sabía si estaba despierta. Entonces escuché:

  • ¿Qué pasa mijo?
  • No puedo dormir, ¿me deja pasar un rato?

Fue la propuesta más estúpida que existía, pero la señora pareció entender a la perfección mis intenciones y me respondió:

  • Pase mijo, la puerta está abierta.

No necesitaba escuchar más. Entré y me la encontré boca arriba en su cama. Eché a un lado sus sábanas y me bajé los calzoncillos, exhibiendo mi pico parado. Ella abrió tímidamente sus piernas y se bajó los calzones. Acto seguido, yo prácticamente me zambullí encima suyo. La penetré con desesperación y empecé a moverme mostrando mi nula experiencia para el acto amatorio.

Fue un polvo sin preámbulos, ambos sabíamos a lo que íbamos. No hubo besos, caricias, nada. La cama rechinaba de forma repetitiva mientras culeábamos, ambos no nos podíamos aguantar las ganas. Al cabo de unos minutos ella se sacudió entre gritos anunciando su orgasmo, lo que me bastó para acabar también de forma abundante dentro de ella. Después de eso, jadeamos unos instantes para recuperarnos de la maratón de sexo que nos habíamos dado. Entonces, recién nos miramos a los ojos.

  • Gracias, mijo, estuvo rico – me dijo y me dio un pico en los labios.

Pensé en levantarme y regresar a dormir a mi pieza, pero no quería que se sintiera usada. Me hice a un lado y me dispuse a dormir junto a ella. Los dos no tardamos en quedarnos dormidos.

Era de mañana cuando abrí mis ojos y me di cuenta de lo que había pasado. Doña Adela, que al parecer llevaba un rato despierta, puso mi mano en mi pico y este no tardó en pararse de nuevo. Esta vez sí hubo algo de preámbulo: nos besamos apasionadamente, yo chupé sus hombros, su cuello y luego sus tetas mientras acariciaba sus piernas y nalgas. Cuando pensé que ya era el momento, la volví a penetrar y tuvimos sexo por segunda vez. Esta vez duramos mucho tiempo más, hubo más caricias, besos y poses, hasta que nuevamente eyaculé en su interior mientras ella acababa. Nos abrazamos durante unos minutos y decidimos que era tiempo de cumplir nuestras obligaciones: yo ir a la U y ella empezar a limpiar la casa y hacer la comida.

Cuando volví de la universidad todo transcurrió normalmente como si nada hubiera pasado. No obstante, luego de irme a dormir, al cabo de unas horas algo me despertó: alguien se estaba metiendo en mi cama. No podía ser otra que Doña Adela. ¡Qué vieja más caliente! Pensé. Estaba completamente desnuda y mientras ella me sacaba los calzoncillos, única prenda con la que acostumbraba a dormir, me puse a chupar sus tetas de grandes y ricas aureolas. Esta vez ella tomó la iniciativa y se subió a horcajadas para culearme a gusto. Me sentía el joven más afortunado mientras lo hacíamos y, luego de acabar, nos quedamos dormidos abrazados como esposos. Como era de esperarse, en la mañana repetimos el acto amatorio, pero ahora con más besos y hasta palabras cariñosas.

A partir de ese día el sexo con Doña Adela se volvió algo de rutina. Culeábamos hasta tres o cuatro veces al día y ella se quedaba a dormir conmigo en mi pieza. Lo hacíamos en varias partes de la casa. Recuerdo una vez en la que llegué de la u y ella me recibió con un beso apasionado. Estaba solo con calzones y sostenes. Nos manoseamos y buen rato y ella me tomó de la mano, conduciéndome a la pieza de mis padres. Nos metimos bajo las tapas y comenzamos en rico vaivén que ahora ejecutábamos con maestría, pues cada uno ya sabía lo que le prendía al otro. Luego de terminar, dormimos la siesta un rato y nos levantamos, dejando todo arreglado para que no se notara lo que había pasado. En la noche nos acostamos y Doña Adela me abrazó con sus piernas para mostrarme que seguía con ganas. Parecía no satisfacerse nunca. ¡Qué vieja más caliente, Dios mío!

Me costaba trabajo asimilar lo fogosa que siempre había sido la señora. ¿Cómo no llegué a notar nunca su calentura? Parecía siempre dispuesta, siempre con ganas. Empezamos a experimentar con diferentes poses, me enseñó a hacerle sexo oral y ella me mostró que le encantaba chuparme el pico. Más de una vez me despertó con un oral y se lo tragaba todo.

Había veces en las que la iniciativa la tomaba yo, como cuando me di cuenta que se estaba duchando y se me ocurrió acompañarla. Me desvestí con rapidez e irrumpí en su baño, descorriendo la cortina para sorprenderla. Estaba con el mango de la ducha en la mano, dándose placer dirigiendo el chorro hacia su coño. Al verme volvió a colgar la ducha. La puse contra la pared y le metí el pico mientras nos besábamos con pasión, con el agua cayendo cobre nosotros. Su cuerpo estaba resbaloso por el jabón que aún cubría su cuerpo. Ella gemía:

  • ¡Ay Tomás, ay mi Tomasito lindo hermoso, qué rico, qué rico como me culea, síiii, aaaaah!

Así transcurrían nuestros días en los que no nos despegábamos casi nunca, al punto que ella descuidó sus deberes con la casa y yo los míos con los estudios. Yo no podía creer lo caliente que era Doña Adela, siempre me estaba buscando para hacer el amor. Una vez estaba yo estudiando y la señora me quitó el libro de la mano y me empezó a tocar en pico por encima del pantalón. Me abrió el cierre y me lo empezó a chupar como si fuera el dulce más rico del mundo. Yo no tardé en reaccionar y le chupé sus tetas y su vagina, para luego acabar, como de costumbre, encamados. No obstante, al terminar le dije que no era conveniente que abandonáramos nuestros deberes pues mis padres podrían empezar a sospechar. Le pedí que no me interrumpiera cuando estuviera estudiando, pues si algo pasaba podría interferir en nuestra relación. Doña Adela aceptó a regañadientes, pues le costaba mucho aguantarse las ganas. Entonces le prometí que cuando terminara de estudiar y ella de hacer sus cosas, podríamos volver a hacerlo más veces. ¡Qué vieja más caliente era Doña Adela! ¡Era de no creerse!

Pasaron algunos meses y mis padres se quedaron en la casa más tiempo de lo normal. No nos quedó otra que aguantarnos las ganas. Parte de mí se sintió aliviado, pues eso me permitió descansar un poco de las intensas culeadas y estudiar más, pero al cuarto día me estaba subiendo por las paredes por las ganas que tenia de irme a la cama con Doña Adela, y ella seguramente estaba igual o, considerando lo caliente que era, estaba peor. La vi más de una vez acariciándose la entrepierna discretamente. Pobrecita, debía de estar con mucho deseo acumulado.

Yo no me quería arriesgar a hacerlo con ella con mis padres aunque hubieran salido a comprar, pero una noche ella fue a mi pieza y me lo chupó. Fue algo discreto y sin hacer ruido, pero debimos esperar más días para volver a estar solos y retomar nuestras sesiones de sexo. Me di cuenta de que había extrañado el tenerla en mi cama todas las noches.

Fuimos amantes por varios años hasta que yo terminé la carrera y viajé al extranjero a hacer un posgrado. De tanto en tanto volvía a mi casa a visitar a mis familiares y amigos, y aprovechábamos de encamarnos con Doña Adela. Ella seguía igual de caliente que siempre. La última vez que la visité permanecimos juntos dos semanas en las que lo hacíamos como animales salvajes. No obstante, noté que se veía algo triste. Una vez, luego de culear, ella estuvo más tiempo de lo normal dándome besos mientras me decía:

  • Mi Tomasito rico, que te echo tanto de menos, he estado tan solita mi amor.

Tuve que retornar al posgrado y entonces las cosas comenzaron a cambiar. Conocí a una chica con la que me puse a pololear y además encontré trabajo en el extranjero. Cuando le dije a Doña Adela que me establecería fuera de Chile, ella rompió a llorar. Nos pegamos un polvo de despedida increíble, eso sí.

Sentí lástima por la señora, pues sabía lo caliente que era y ya se había acostumbrado a tener sexo con regularidad. Además intuía que sentía algo más que cariño por mí. Sin embargo, por lo que me enteré, su calentura era demasiada y no se aguantó. Mis padres me contaron que la vecina la sorprendió metiendo a la casa a un señor, el almacenero del barrio, y al enterarse de lo que hacía a espaldas suyas, la echaron. Me sentí un poco responsable, pues fui yo quien la acostumbró a tener una actividad sexual tan permanente.

Pasó el tiempo y me casé con mi novia. No volví a saber de ella, pero una vez estaba aburrido y la busqué en redes sociales. Se veía más vieja, era de esperarse, pues debía ya andar por los sesenta. Nunca olvidaré los ricos momentos que pasamos juntos los años que fuimos amantes. Aprendí mucho sobre sexo con ella y lo apliqué con mi esposa, pero no era lo mismo, no tenía ese nivel de fogosidad. De tanto en tanto, me ponía a pensar con nostalgia en Doña Adela y me decía a mí mismo: ¡Qué vieja más caliente!

16 Lecturas/22 mayo, 2026/0 Comentarios/por Pipex
Etiquetas: amigos, baño, mayor, oral, orgasmo, sexo, vagina, vecina
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