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Travestis / Transexuales

Mi yerno me cogió

Me visto de mujer y mi yerno jamás se dio cuenta que era su suegro a quien le estaba coqueteando .
El hombre de cuarenta años se llamaba Ricardo. Tenía la piel morena clara, el cuerpo delgado y firme, la mirada profunda y esos labios carnosos que siempre habían llamado la atención. Llevaba años casado y tenía una hija de veinte, Laura, casada desde hacía poco con Andrés, un hombre de treinta años atractivo, seguro y con esa forma de mirar que hacía que cualquiera se sintiera deseado.

Todo empezó de forma casi inocente. Ricardo comenzó a ver pornografía de transexuales. Primero por curiosidad, después por necesidad. Los cuerpos suaves, las curvas, las pollas escondidas o a la vista, las escenas donde un hombre se vestía de mujer y era tratado como tal… lo excitaban de una manera que no había sentido en años. Se masturbaba en silencio mientras su esposa dormía, y cada vez que se corría se sentía más vacío y más ansioso por volver a mirar.

Un viernes su esposa le avisó que tenía que viajar por trabajo. Se iría esa misma noche y no regresaría hasta el domingo. Ricardo sintió un latido fuerte en el pecho. Cuando ella se fue, cerró la puerta y se quedó solo.

Esa noche casi no durmió. Buscó tutoriales: cómo depilarse, cómo maquillarse para suavizar los rasgos masculinos, cómo contornear la mandíbula, cómo hacer que los labios se vieran más gruesos y húmedos, cómo esconder la entrepierna de forma perfecta. Al día siguiente, sábado por la mañana, se encerró en el baño.

Se depiló todo el cuerpo con cuidado extremo. Se aplicó crema hidratante hasta que la piel quedó suave. Se puso una faja especial que le aplanaba el pecho y le marcaba la cintura. Encima, un relleno suave que simulaba senos naturales. Luego una blusa blanca de seda que dejaba ver un escote tentador. Una falda negra ajustada hasta media pierna. Medias transparentes negras. Zapatos de tacón bajo. Se maquilló con lentitud casi ritual: base, corrector, sombra suave, delineado fino, pestañas postizas, rubor y, finalmente, un labial rojo oscuro que hacía resaltar sus labios carnosos. Se colocó una peluca castaña ondulada que le caía hasta los hombros. Cuando se miró al espejo, se quedó callado. La mujer que lo miraba de vuelta era hermosa. Delgada, elegante, de mirada profunda y labios húmedos. Se tocó el rostro. Se gustó tanto que su polla se puso dura dentro de la faja, pero la sujetó bien hacia atrás, presionada y escondida de tal forma que no se notara el más mínimo bulto.

Decidió salir.

Condujo hasta un bar a las afueras de la ciudad, un lugar donde no conocía a nadie. Entró con el corazón latiéndole en la garganta. Se sentó en la barra, pidió un vino tinto y cruzó las piernas. Varios hombres la miraron. Algunos le sonrieron. Uno le ofreció un trago desde lejos. Otro pasó cerca y le dijo en voz baja que estaba hermosa. Pero ninguno se atrevió a sentarse a su lado… hasta que apareció Andrés.

Su yerno entró solo. Vestía una camisa oscura arremangada y jeans que le marcaban bien las piernas. Tenía el pelo corto, la barba bien recortada y esa mirada segura. Ricardo lo reconoció al instante y sintió que el estómago se le caía. Quiso levantarse e irse, pero las piernas no le respondieron. Andrés se acercó a la barra, pidió una cerveza y, al girarse, la vio.

Se quedó mirándola unos segundos.

—Disculpa —dijo con voz baja, casi respetuosa—. ¿Puedo sentarme? Pareces sola… y no quiero que te molesten.

Ricardo asintió, incapaz de hablar. Andrés se sentó a su lado. El olor de su colonia llegó hasta él.

—¿Cómo te llamas?

—Sofía —respondió Ricardo, modulando la voz un poco más aguda.

—Sofía… bonito nombre. Yo soy Andrés.

Hablaron. Primero de cosas triviales: el vino, el calor de la noche, la música del bar. Andrés la miraba a los labios cuando ella hablaba. Ricardo notaba cómo los ojos del otro hombre bajaban de vez en cuando al escote, a las piernas cruzadas, a la curva de la cadera. Cada vez que Andrés sonreía, Ricardo sentía un tiro de calor entre las piernas.

—No sueles venir por aquí, ¿verdad? —dijo Andrés después de un rato—. Te hubiera notado.

—Es la primera vez —contestó Sofía.

Andrés se inclinó un poco más cerca.

—Entonces es mi suerte.

La mano de Andrés rozó el borde del vaso de Sofía. Después, casi sin darse cuenta, rozó el dorso de su mano. Ricardo quiso retirar la mano, pero no lo hizo. El contacto era suave, deliberado. Andrés le ofreció otro trago. Después otro. La conversación se volvió más lenta, más cargada. Andrés le preguntó si tenía pareja. Sofía dijo que no. Andrés sonrió de lado.

—Bien.

Pasó una hora. Después dos. Andrés ya no disimulaba. Le hablaba cerca del oído, le decía que olía bien, que la falda le quedaba perfecta, que tenía unos labios… peligrosos. Ricardo sentía la polla apretada y escondida, dura y humedecida. Quería irse. Cada vez que Andrés se reía o le tocaba el brazo, pensaba en Laura, en su hija, en el hecho de que ese hombre era el esposo de su hija. Pero no se levantaba.

Andrés le pasó un dedo por la muñeca.

—¿Quieres que te lleve a casa? O… podemos ir a un lugar más tranquilo. Hay un motel cerca. Solo si quieres.

Ricardo miró la salida. Después miró a Andrés. El hombre lo miraba como si realmente quisiera comérselo.

—Sí —dijo, casi en un susurro.

Salieron juntos. Andrés abrió la puerta del auto para ella. En el trayecto, la mano de Andrés descansó en el muslo de Sofía, subiendo lentamente por la tela de la falda. Ricardo temblaba. Cuando llegaron al motel, Andrés pidió una habitación sin mirarla. En cuanto cerraron la puerta, Andrés la empujó suavemente contra la pared y la besó.

El beso fue profundo, húmedo, urgente. La lengua de Andrés entró en su boca y Ricardo gimió sin poder evitarlo. Las manos de Andrés bajaron por su espalda, apretaron su culo a través de la falda, subieron de nuevo y le tocaron el pecho falso, apretando, rozando los pezones inventados. Ricardo se aferró a la camisa de Andrés, sintiendo el pecho duro del otro hombre contra el suyo.

—Dios, qué rica estás —murmuró Andrés contra su boca.

Lo llevó hasta la cama. Lo sentó en el borde y se arrodilló entre sus piernas. Subió la falda despacio, besando la parte interna de los muslos a través de las medias. Cuando llegó cerca de la entrepierna, no notó nada extraño: solo el calor, el perfume y la promesa de lo que creía que era una mujer. Sofía mantenía las piernas ligeramente juntas y la faja hacía su trabajo a la perfección.

Andrés se levantó, se desabrochó los pantalones y sacó su polla. Era gruesa, venosa, pesada, ya completamente dura, con la cabeza brillante de líquido preseminal. La puso frente a la cara de Sofía.

—Chúpamela —pidió con voz ronca—. Quiero ver esos labios rojos alrededor de mi verga.

Sofía abrió la boca. Tomó la polla de su yerno entre los labios y la chupó con hambre. Empezó despacio: la lengua caliente rodeando el glande, saboreando el sabor salado, lamiendo el frenillo una y otra vez. Después la metió más profundo. Andrés soltó un gemido grave cuando sintió la succión fuerte y la lengua moviéndose alrededor. Sofía se la mamó con ganas, con ruidos húmedos y obscenos. Bajaba hasta casi la base, subía, enrollaba la lengua, chupaba con fuerza mientras usaba una mano para masturbarlo al mismo tiempo. La otra mano le acariciaba los huevos, apretándolos suavemente. Andrés le sujetó la cabeza con ambas manos y empezó a mover las caderas, follándole la boca con embestidas lentas pero profundas. La saliva le corría por la barbilla a Sofía y le manchaba el escote.

—Joder… qué bien chupas, puta… así, más profundo… trágatela…

Sofía se la tragaba casi entera, sintiendo cómo la cabeza le rozaba la garganta. Andrés gemía más fuerte, los dedos enredados en la peluca. De pronto sacó la polla de la boca de Sofía, se la frotó contra los labios pintados y después la dirigió hacia el pecho falso.

—Ábrete la blusa. Quiero correrme en tus tetas.

Sofía obedeció con dedos temblorosos. Se desabrochó los botones y dejó al descubierto el relleno suave y redondo. Andrés se masturbó rápido frente a ella, la polla brillante de saliva, y se corrió con un gruñido largo y profundo. El primer chorro le dio directo en la boca abierta; Sofía lo recibió y se lo tragó, saboreándolo. Los siguientes le cayeron calientes sobre el pecho, salpicando el escote, resbalando entre el valle falso, manchando la blusa abierta y los pezones inventados. Andrés siguió eyaculando, temblando, mientras Sofía le lamía la cabeza de la polla para no desperdiciar ni una gota, limpiándola con la lengua.

Aún jadeando, Andrés la empujó hacia atrás en la cama. Le quitó la falda y las medias con prisa. Sofía mantuvo las piernas juntas el tiempo suficiente para asegurarse de que nada se notara. Andrés le separó los muslos, le miró el culo redondo, suave y perfectamente depilado, y sonrió como si estuviera a punto de comerse algo delicioso.

—Quiero cogerte. Ahora.

Le escupió generosamente en la entrada, le metió un dedo, después dos, abriéndola con paciencia, moviéndolos en círculos, buscando el punto que la hiciera gemir. Sofía se retorcía, empujando hacia atrás, sintiendo cómo se abría. Cuando Andrés alineó su polla todavía semidura y resbaladiza de saliva y semen, empujó. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo de Sofía lo apretaba con fuerza. Él creyó que estaba entrando en una mujer. No dudó ni un segundo. Empujó hasta el fondo y se quedó quieto un momento, respirando contra su cuello, disfrutando de la presión caliente y estrecha.

—Estás tan apretada… puta madre, qué rica…

Empezó a moverse. Embistes largos y profundos al principio, sacándola casi toda y volviendo a meterla hasta que los huevos le golpeaban el perineo. Sofía gemía con cada embestida, las uñas clavadas en la espalda de Andrés, sintiendo cómo la polla gruesa la abría una y otra vez. Después el ritmo se volvió más bruto, más urgente. Andrés le sujetó las caderas con fuerza y se la folló con ganas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. La polla de Ricardo seguía escondida, dura y goteando contra su propio vientre, pero Andrés nunca la vio ni la tocó. Solo sentía un culo caliente, estrecho y obediente.

Lo puso de rodillas. El culo en alto, la espalda arqueada. Se la volvió a meter de un solo empujón profundo y empezó a embestir más rápido, más duro. Una mano le sujetaba la peluca y le tiraba de la cabeza hacia atrás; la otra le apretaba la cintura con fuerza. Sofía gemía sin control, empujando el culo hacia atrás para recibirlo mejor, sintiendo cada centímetro, cada golpe de los huevos.

—Me voy a correr otra vez… dentro de ti… —avisó Andrés con la voz rota, casi jadeando.

Se embistió con más fuerza, más desesperado, las caderas chocando con violencia. Se corrió con un gruñido largo y profundo, vaciándose dentro de ella. Ricardo sintió los chorros calientes llenándole el interior, pulsando una y otra vez, desbordándose un poco y resbalando por el muslo. Andrés siguió empujando mientras se vaciaba, temblando, hasta que no le quedó nada.

Se quedó dentro unos segundos más, respirando agitado contra la espalda de Sofía, todavía dando pequeños empujones. Después se retiró despacio. El semen le bajó por el muslo a Ricardo, caliente y espeso. Andrés se dejó caer a su lado, todavía jadeando, y le pasó una mano por el pecho manchado de su propio semen, apretando el relleno como si fueran tetas reales.

—Qué rica estás… —murmuró, creyendo de verdad que acababa de follar a una mujer hermosa y puta—. Qué bien te la chupas… y qué apretada te pones cuando te la meto.

Sofía no dijo nada. Solo se quedó quieta, sintiendo el semen caliente dentro de ella, el corazón golpeándole el pecho y el peso de lo que acababa de hacer. Andrés nunca sospechó. Nunca se dio cuenta. Para él, Sofía era solo una mujer más que había encontrado en un bar, una mujer a la que había hecho correrse de placer… aunque en realidad nunca lo había notado.

3 Lecturas/12 agosto, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: baño, culo, follar, hija, madre, metro, puta, semen
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