El burro solitario
Mi madre conoce un burro solitario que folla salvajemente.
Me llamo Erick, actualmente tengo 32 años, pero la historia que estoy por contar sucedió cuando tenía 18. Mis padres y yo vivíamos en la ciudad, en una pequeña casa que mi madre Diana había alquilado. Como hijo único, siempre tuve toda su atención, especialmente después de que mi padre nos abandonó por otra mujer. Él tenía dos familias y le daba más prioridad a la que había formado con su amante, así que apenas nos visitaba.
Con el tiempo, me volví mucho más cercano a mi madre, por aquel entonces ella tenía 38 años. era una mujer hermosa, de 1.70 de altura, tez blanca, cabello teñido de rubio ondulado que le llegaba hasta los hombros y ojos café que brillaban con calidez. Sus curvas voluptuosas eran irresistibles, tenía senos muy grandes y redondos que llenaban cualquier blusa que usará, y un trasero firme y gelatinoso que se balanceaba seductoramente cada vez que caminaba.
También tenía a mi abuelo Victor, de 58 años, un hombre viudo, serio y rudo, de esos que daban una orden y, si no se obedecía, en cuanto menos lo esperabas recibías una patada o un golpe en la cabeza. Era cero tolerante, y menos si te veía haraganeando. Él vivía en el campo, era un hombre de provincia y orgullosamente campesino.
Por lo regular, cuando pensamos en un campesino, lo asociamos a pobreza, pero en realidad no era el caso de mi abuelo. Él tenía mucho ganado y hectáreas para la siembra: borregos, gallinas, cerdos, 4 caballos, un burro y 6 vacas. Además, sembraba frijol y maíz.
En mi familia se acostumbraba que debes en cuando teníamos que ir a ayudarlo con la siembra y los animales. Yo llevaba dos años salvándome poniendo de excusa los estudios, pero para mi mala suerte, aquel año no pude escaparme. Afortunadamente, mi madre me acompañó. en cuanto llegamos mi abuelo nos recibió con su forma fría de ser, saludando solo de nano,ni un abrazo o un cómo están, en cuanto llegue ni tiempo me dio de dejar mi maleta, enseguida mi abuelo me puso a cargar costales apilarlos en un viejo granero, afortunadamente había unos trabajadores que mi abuelo contrata por lo cual no me tocó hacerlo solo.
Ese día recuerdo que terminé muy cansado con las manos doloridas por el roce de los costales, no estaba hecho para ese tipo de trabajo, me tocó compartir habitación con mi madre ella dormía en una cama de metal y a mi me tocó dormir en un catre.
Cuando entré a la habitación mi madre ya estaba dormida con su camisón puesto incluso ya estaba roncando que envidia pensé a ella solo le tocó preparar la comida aceptando mi triste realidad me quede dormido muerto totalmente por el cansancio.
Al día siguiente, mi abuelo me ordenó ir a alimentar a los caballos. Mi madre me acompañó. Cuando llegamos a la caballeriza, mi abuelo había sacado a los caballos al corral para que estiraran las patas. Mi madre los miraba con fascinación. «Sabes, hijo, los caballos siempre han sido mi animal favorito», dijo mi madre sin dejar de mirarlos. «¿Qué tienen de buenos?», pregunté distraídamente mientras acarreaba su comida.
Mientras dejaba la comida de los caballos y les ponía unos cubos de sal, no me había percatado de que mi madre se había metido al corral acariciando a uno de los caballos. De pronto, miré al único burro que tenía mi abuelo, el cual estaba en una esquina como si lo hubieran castigado. «Hey, hermoso, ¿qué haces ahí solo?», dijo mi madre mientras se acercaba a él.
Se inclinó sobre el burro, acariciando su lomo con suaves movimientos. El animal relinchó suavemente, como respondiendo a sus caricias. Mi madre, se volvió hacia mí. «Ven aquí, hijo. No tengas miedo», me dijo
Me acerqué, y mi madre me tomó de la mano, guiándome hasta el burro. «Mira qué suave es su piel», dijo mientras frotaba mi mano contra el pelaje del animal. De repente, recordé las tareas pendientes. «Venga, mamá, aún tenemos cosas que hacer», dije. «Está bien, hijo, vamos», respondió ella, despidiéndose del burro. «Luego nos vemos, hermoso», dijo con una sonrisa.
Salimos del corral y, entre los dos, comenzamos a limpiar las caballerizas. El olor a estiércol y sudor llenaba el aire, era algo desagradable para mi pero para mi madre no parecía molestarle, luego de limpiar yo me fui con mi abuelo a piscar, mi madre se quedo en casa del abuelo, más tarde mi madre llegó al campo donde estábamos nos había traído la comida, me senté hambriento a comer para luego seguir trabajando, ese dia termine peor que el dia anterior.
Por la mañana del día siguiente, mi madre me despertó. «Vamos, hijo, ya levántate», dijo con una sonrisa maliciosa. «Vamos a darle de comer a los caballos». De mala gana, tuve que levantarme y salir con ella hacia las caballerizas.
Al llegar, todos los caballos estaban dentro, menos uno. Salimos al corral y descubrimos el porqué. Habían llevado una yegua, y había otras personas, entre ellas mi abuelo. Estaban cruzando a la yegua con uno de los caballos de mi abuelo.
Acercaron al caballo a la yegua y este se alteró de inmediato, queriendo montarla. Falló un intento, pero al final, con la ayuda de uno de los trabajadores, logró penetrarla. Me quedé sorprendido al ver el tamaño del miembro del caballo.
Mi madre estaba muy emocionada. De pronto, noté que mi madre miró hacia el burro, que también estaba en el corral. Parecía que nadie le daba importancia a su presencia allí. Sacaron a la yegua y al caballo de mi abuelo, dejando solo al burro en el corral. El animal se acercó al charco de líquido que había dejado la yegua y comenzó a olfatearlo. Para mi sorpresa y la de mi madre, el burro se empalmó de inmediato.
«Pobrecito, no va a tener con quien hacerlo», susurró mi madre con una sonrisa de complicidad. El burro no se alejaba de ese charco, solo relinchaba, su miembro duro y palpitante.
En ese momento, mi madre se acercó a mi abuelo. «Papá, ¿podrías dejar que el burro monte a la yegua?», preguntó con voz dulce y seductora. «Cómo crees que voy a hacer eso, deja de decir tonterías», gruñó mi abuelo, alejándose con las otras personas.
«Vamos, mamá, el burro va a estar bien», dije, «Vamos a terminar nuestros deberes del día». Mi madre me miró con una sonrisa. «Tienes razón, hijo», dijo. «Tenemos cosas más importantes que hacer». añadió mientras veía al burro solo dentro del corral.
Después de la cena, mi madre salió. Al ver que tardaba en regresar, salí a buscarla. Como sospechaba, la encontré en las caballerizas, hablando con el burro como si este la entendiera.
«Hola, hermoso», decía mi madre con voz dulce y seductora. «¿Te sientes solo? No te preocupes, estoy aquí para hacerte compañía».
Mi madre se acercó al burro y comenzó a acariciar su lomo, sus manos deslizándose por su pelaje. El animal relinchó suavemente, como respondiendo a sus caricias. Mi madre lo montó y, recostándose en su lomo, continuó acariciándolo.
«Sabes, hermoso», susurró mi madre con voz dulce, «yo también estoy sola. Tengo a mi hijo, pero no tengo una pareja». Se incorporó, quedándose sentada sobre el lomo del burro. «Quizás podemos hacernos compañía en lo que encontramos una pareja», sugirió mi madre con una sonrisa.
En ese momento, mi madre se dio cuenta de mi presencia. «Hijo, ¿qué haces aquí?», preguntó sorprendida. «Vine a ver si estabas bien, como estabas tardando tanto», respondí. «O ya veo, si estoy bien. Vine a visitar a nuestro amigo», dijo, bajándose del burro. Se quedó mirando al animal, de pronto, giró hacia mí, «Vamos a dormir, que mañana será un día de mucho trabajo». Me tomó de la mano y me guió hacia la casa.
Caí profundamente dormido en el catre incómodo, sin importarme la molestia. Me perdí por completo en el sueño, pero un sonido me despertó de madrugada. Un leve quejido y rechinido me hizo abrir los ojos soñolientos. Al principio, no estaba seguro de dónde provenía el sonido hasta que, al abrir los ojos por completo, me di cuenta de que venía de la cama de mi madre.
La vi con las piernas abiertas, su camisón levantado, masturbándose. Se tocaba su vagina con una mano mientras la otra cubría su boca, ahogando sus gemidos. Me quedé mirándola, fascinado y excitado por la vista de mi madre follándose a sí misma.
Mi madre estiró la mano hacia la mesa que tenía a un lado y tomó su peine, con el cual se cepillaba su cabello por las mañanas. Comenzó a frotarlo en su vagina, provocándose placer con el contacto del plástico. Luego, separó más sus piernas y comenzó a introducir el mango del peine en su vagina
Mi madre comenzó a mover el mango del peine dentro y fuera de su cuerpo, sus caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas. «Ah, sí, así», gemía de placer, su cabeza echada hacia atrás, su boca abierta en un grito silencioso. «Me siento tan llena, tan llena de ti», la escuché decir esas palabras y me pregunté con quién estaría fantaseando.
Sacó el mango del peine de su vagina y comenzó a chuparlo sin parar, sus labios y lengua recorriendo cada centímetro, limpiando su propio fluido. Yo la miraba fascinado, mi polla palpitando de excitación bajo las sábanas. Ver a mi madre chupar de esa forma me excitaba de una manera primitiva y salvaje.
Mi madre se giró y se puso en cuatro, con la cabeza en la almohada. Tomó el mango del peine y comenzó a introducirlo de nuevo en su vagina, con movimientos más rápidos e intensos. Comenzó a mover sus caderas con más fuerza, follando el mango del peine con su coño húmedo, de pronto, mi madre lanzó el peine al suelo y apretó sus piernas, su cuerpo temblando con espasmos de placer. «Ah, sí, sí, sí», gemía, su voz ahogada por la almohada. «Me corro, me corro».
Sus jugos comenzaron a fluir de su coño, empapando la cama y el piso, salpicando mi rostro con su esencia, en cuanto se repuso, mi madre se sentó en la cama y me llamó dos veces. «Erick, Erick», dijo con voz suave y dulce. «Qué bueno, sigue dormido».
Con su propia bata de dormir limpio el suelo luego la dejó en el cesto de ropa sucia, saco otra bata de su maleta y se metió a su cama, luego de unos minutos supe que se había quedado dormida al escuchar sus ronquidos.
Por la mañana, mi madre ya se había levantado y duchado. «Vamos, hijo», dijo con una sonrisa animada y contenida. «Vamos a ver a nuestro amigo el burrito». La seguí, intrigado por su entusiasmo hacia el animal.
Mientras yo ponía el alimento a los caballos, escuché a mi madre contándole su vida al burro mientras lo acariciaba. «Mamá», dije al escucharla, «eso ya es demasiado, ¿no crees?» Mi madre se giró hacia mí, «Para nada, cariño», respondió con voz dulce. «Él me entiende, ¿verdad, hermoso?» dijo dirigiéndose al burro.
“Mejor, me apuro a terminar», dije. Mi madre me miró con una sonrisa traviesa. «Está bien, yo te alcanzo en un momento», respondió. «Me quedaré un rato más con nuestro amigo». Se refería al burro, claro.
Cuando terminé, me dirigí hacia el granero para guardar las herramientas. Pero me di cuenta de que había dejado la horquilla para el heno en las caballerizas. «Qué fastidio», pensé de mal humor y, con un suspiro, me dirigí de nuevo hacia allí.
Al acercarme, escuché el sonido de un relincho. Entre curioso y molesto, entré en las caballerizas para ver qué estaba pasando. Al principio no vi a mi madre por ninguna parte, así que pensé que seguramente ya se había marchado.
Pero al acercarme, me quedé petrificado al ver la escena ante mí. Mi madre estaba de cuclillas debajo del burro, sosteniendo su miembro duro y palpitante en sus manos. El animal relinchaba suavemente, como si disfrutara de las caricias de mi madre.
Mi madre se quitó su blusa y su sostén, dejando sus senos grandes al descubierto. Tomó el pene del burro y se acercó a él, colocándolo entre sus tetas. Comenzó a frotarlo, moviendo sus senos arriba y abajo por el miembro duro y palpitante del animal.
«¿Te gusta, verdad?», susurraba mi madre con voz ronca, sus ojos llenos de lujuria. «¿Te gusta que mami te masturbe con sus tetas, verdad, hermoso?» Le decía al burro mientras frotaba su miembro duro y palpitante entre sus senos turgentes y suaves.
El animal relinchaba con fuerza, su cuerpo temblando de placer bajo las caricias de mi madre. De pronto, ella escupió sobre sus tetas, humedeciéndolas con su saliva. «Así, hermoso», gemía de placer, sus senos deslizándose con más facilidad sobre el pene del burro, proporcionándole una masturbación más placentera y excitante.
“La otra noche me masturbé pensando en cómo me follabas, hermoso», dijo mi madre al burro, mientras frotaba su miembro duro y palpitante entre sus senos. «Dime, ¿me vas a hacer tuya, verdad?». El animal solo relinchaba con fuerza.
De pronto, ella sacó el pene del burro de entre sus tetas. Para mi asombro, mi madre abrió la boca y se metió sola la cabeza del pene del animal, comenzando a succionarlo con avidez. Apenas le cabía en su boca, pero eso no la detuvo. Mi madre se esforzaba por tragar cada centímetro de la polla del burro, lamiendo y chupando con entusiasmo, como si fuera la cosa más deliciosa que había probado.
«Mmm, rico», decía mi madre, su voz ahogada por el pene del burro. «Me encanta tu sabor, hermoso. Eres tan grande y duro». Sus labios se deslizaban sobre el miembro del animal, succionando con fuerza, provocando relinchos de éxtasis en el burro.
«Dime, amor», susurraba mi madre con voz seductora, mientras se levantaba para quitarse su falda y su tanga, dejando al descubierto su intimidad empapada y lista para ser follada. «¿Quieres aparearte con tu nueva hembra?». El burro relinchaba con fuerza, su polla dura y palpitante, ansiosa por penetrar el coño de mi madre.
De pronto, mi madre se empinó, pegando su culo de lado al animal. Tomó su pene y, como si fuera un dildo gigante, comenzó a frotarlo contra su entrada, provocando gemidos de placer. No entraba con facilidad, pero eso no la detuvo. Mi madre empujaba con fuerza, usando su propia lubricación para facilitar la penetración. Incluso el animal comenzó a mover sus caderas, buscando más placer.
«Sí, sí, amor», gritaba mi madre, su voz llena de éxtasis. «Ya está entrando». Comenzó a usar el pene del burro como su propio juguete sexual, moviendo sus caderas al ritmo de las del animal, follándose a sí misma con su miembro duro y palpitante.
El burro relinchaba con fuerza, su cuerpo temblando de placer, mientras mi madre metía su polla con entusiasmo y habilidad. «Mm, qué rico», gemía de placer
Mi madre movía su cuerpo al ritmo del pene del animal, follándose a sí misma con su miembro duro y palpitante. «Así, así», gemía de placer, su cabeza echada hacia atrás, su boca abierta en un grito silencioso de éxtasis. «Me voy a correr, me voy a correr». Comenzó a decir mi madre, su voz entrecortada por los gemidos y jadeos de placer.
El burro relinchaba con fuerza, sintiendo su placer crecer con cada embestida. Mi madre se movía con más intensidad y rapidez, follando al animal con más fuerza y pasión, buscando alcanzar el clímax más intenso de su vida.
«¡Sí, así, hermoso!», gritaba mi madre, su voz llena de éxtasis. «Fóllame más duro, más rápido. ¡Hazme tu tuya, hazme tu hembra!». El burro relinchaba con su polla palpitando en el interior de mi madre, provocándole espasmos de placer que la hacían gritar de éxtasis.
De pronto, mi madre se corrió, su cuerpo convulsionando bajo el del animal, su coño apretando su polla con fuerza, ordeñando cada gota de su semen. «¡Me corro, me corro!», gritaba, su voz ahogada por el placer intenso que recorría su cuerpo. «¡Lléname con tu leche, hazme tuya!».
Su semen caliente inundando el interior de mi madre, llenándola hasta el borde. Mi madre gritaba de placer, su cuerpo estremeciéndose con cada chorro de semen que el animal vertía en su coño, marcándola como su hembra.
El pene del animal salió de ella, dejando escapar un chorro de semen caliente y espeso de su vagina, manchando el suelo de las caballeriza. Mi madre cayó de rodillas, exhausta y satisfecha, su cuerpo temblando bajo el peso de su propio orgasmo. El pene del burro se balanceaba frente a ella, mientras se encogía lentamente.
«Mmm, qué delicia», decía mi madre, su voz entrecortada por los jadeos y los espasmos de placer que recorrían su cuerpo. «Me encanta tu semen, hermoso. Eres tan grande y duro».
Estaba en shock total, tanto que al dar un paso hacia atrás, le pegué a una cubeta de metal. De inmediato me agaché y me escondí detrás de unas balas de heno, conteniendo la respiración, esperando que no me hubiera visto.
Mi madre se asomó, su voz llena de preocupación. «¿Hay alguien ahí?», gritó. Pero al ver que no había nadie más, suspiró de alivio y comenzó a vestirse rápidamente. «Lo siento, mi amor», dijo con voz dulce, mientras se ponía su falda y su blusa. «No podemos seguir. Me preocupa que alguien venga mientras nos apareamos».
Se acercó al burro y lo acarició suavemente, susurrando palabras de cariño y disculpas. «Lo siento, hermoso», susurró. «No podemos seguir. Pero no te preocupes, volveré a verte por la noche. Te lo prometo». El animal relinchó suavemente, como si entendiera sus palabras o simplemente de excitación.
Mi madre salió del lugar y, unos minutos después, yo también salí. Al ver el charco de semen que había dejado mi madre en el suelo de las caballerizas, sentí una mezcla de excitación y vergüenza, recordando todo lo que habíamos hecho juntos.
Me dirigí hacia la casa, mi mente llena de imágenes pervertidas y lujuriosas. Al entrar en la habitación, me encontré con mi madre, quien ya había tomado su toalla. «Hola, hijo», dijo con una sonrisa, su cabello aún con heno. «Perdona por no ayudarte a terminar los deberes».
Se acercó a mí y me dio un abrazo. «Me daré un baño» dijo, me dio la espalda y caminó hacia el baño, dejando caer la toalla al suelo. No pude evitar fijarme en cómo el semen del burro goteaba por sus muslos.
Después de eso, me fui con mi abuelo al campo a trabajar, pero no estaba al 100%. Mi mente estaba en otro lugar, pensando en mi madre, en lo que habíamos hecho, en cómo se sentía su cuerpo bajo el mío, en el placer que me había dado. Incluso mi abuelo me regañó varias veces durante el día, diciendo que estaba distraído y que no ponía atención a mi trabajo.
Al caer la tarde, regresé a casa exhausto y con la mente llena de imágenes de mi madre desnuda, gimiendo de placer. Al entrar, me encontré con mi madre, quien ya tenía la cena hecha. Aparentaba ser una persona normal, platicando con mi abuelo como si nada hubiera pasado entre ella y el burro.
«Hijo, ¿cómo te fue en el campo?», me preguntó con una sonrisa, como si no supiera lo que estaba pasando por mi cabeza. «El muchacho estaba distraído todo el día. No ponía atención a su trabajo», dijo mi abuelo, «Come, hijo», dijo con voz dulce, sirviéndome la comida. «Necesitas reponer energías. Mañana será otro día de trabajo». Asentí con la cabeza, pero no pude evitar pensar en la noche que se avecinaba
Cuando terminamos de cenar, nos fuimos cada quien a su habitación. Mi madre y yo entramos a la nuestra. Ella buscó entre sus cosas una bata de seda, de esas que solo se atan de la cintura, y se dirigió al baño para cambiársela.
Minutos después, regresó al dormitorio, solo con la bata, su cuerpo desnudo apenas cubierto por la delicada tela. Se sentó en su cama, con las piernas cruzadas, leyendo un libro a la luz de su lámpara de noche. Parecía estar esperando a que me quedara dormido, fingiendo indiferencia, como si no planeara algo.
Yo me metí en mi cama, con el corazón acelerado y la mente llena de imágenes de mi madre desnuda, de su cuerpo frotándose contra el del burro. No quería conciliar el sueño. Me di vuelta hacia la pared, simulando estar dormido, pero con todos los sentidos alerta, esperando el momento en que ella se levantara.
Pasé una hora en la cama hasta que mi madre se levantó. Escuché sus pasos acercándose a mi lado de la cama y, de pronto, sentí que se abría la puerta y se cerraba de inmediato. Me quedé quieto, esperanzado, pero cuando me giré, ella ya no estaba. Me levanté deprisa, me puse un suéter sobre mi pijama y salí con cuidado de la casa. Al salir, sentí un frío bastante fuerte, pero no me detuve. Caminé hacia las caballerizas, avanzando lentamente. Al asomarme hacia el interior, vi una luz tenue. Al mirar con más atención, me di cuenta de que era una de esas viejas lámparas de aceite. Mi madre estaba acomodando unas piezas de heno como si fueran escaleras, preparando algo. Luego se acercó al burro.
«Hola, mi amor», susurró con voz dulce, mientras lo acariciaba suavemente. «¿Ya estás listo para follárme?». El burro se alteró de inmediato al verla, pero mi madre lo tranquilizó con su voz. «Tranquilo, no comas ansias», dijo, riendo suavemente. Continuó acariciándolo, frotando su lomo y sus flancos, provocándole una erección. «Wow, mi amor», jadeó, tomando el pene del burro con una mano. «Tan rápido te pusiste así por mí» dijo mi madre.
Comenzó a acariciarlo con la otra mano, masajeando sus testículos y acariciando su perineo, provocándole relinchos de placer. «Me encanta sentir tu polla en mis manos. Es tan grande, tan dura».
Se inclinó hacia adelante y comenzó a lamer su polla, su lengua recorriendo cada centímetro, saboreando sus fluidos preseminales. Mi madre succionaba con fuerza, su cabeza moviéndose de arriba a abajo, tragando su polla hasta dónde podía tratando de meterla hasta el fondo de su garganta.
Mi madre se quitó la bata, quedando desnuda frente al animal. «¿Te gusta lo que ves, amor?», preguntó con voz seductora, mientras tomaba una brida y una rienda con cuidado y cariño. Se acercó al burro y se las puso, sacándolo de su establo. Lo dirigió hacia donde había apilado el heno, preparando todo para su encuentro.
Mi madre se subió al montón de heno, dándole la espalda, y se inclinó hacia adelante, levantando su trasero y ofreciéndolo al burro. Lo acarició suavemente, guiándolo hacia su intimidad empapada. El animal se excitó de inmediato, levantando las patas traseras el burro comenzaba a mover sus caderas. Ella Intentaba guiarlo, pero el animal se movía demasiado brusco.
De pronto, el burro dio un fuerte empujón y se la metió hasta el fondo, provocando un grito de éxtasis en mi madre. Comenzó a embestirla sin control, penetrándola profundamente, llenando su coño con su miembro duro y palpitante.
«Joder, no tan duro, amor», gemía mi madre entre gritos de placer, su cuerpo moviéndose al ritmo de las embestidas del animal. «Me vas a romper». Pero el burro no se detenía, follándola con fuerza e intensidad, buscado su propia satisfacción.
Continuó así, follándola sin piedad. Mi madre se sujetaba al heno con fuerza, sus uñas clavándose en la paja, sintiendo el placer recorrer su cuerpo con cada embestida del animal.
«Fóllame, papi, folla a tu hembra», dijo mi madre, su cuerpo temblando bajo el peso del animal. Pero con tanto movimiento brusco, el burro salió de ella. Mi madre gritó de nuevo, sintiendo el vacío que dejó su polla en su interior. Pero eso no la detuvo. Se dio la vuelta y abrió las piernas, invitando al animal a follarla como si fuera de misionero
«Ven, hermoso», decía mi madre. «Ven y fólla a tu hembra. Dame todo tu amor y tu pasión». El burro se levantó sobre ella, sus patas delanteras apoyadas a ambos lados de su cuerpo, su polla dura y palpitante a centímetros de su coño. Mi madre levantó las piernas, ofreciéndole una vista perfecta de su intimidad, esperando ser penetrada una vez más.
El burro embistió con fuerza, empalando a mi madre de una sola estocada, su polla hundiéndose profundamente en su coño. «Ah, sí», gritó mi madre, su cabeza echada hacia atrás, su boca abierta en un grito de éxtasis. «Fóllame así, papi. Fóllame duro y profundo. Dame todo tu semen».
El animal comenzó a embestirla con fuerza y rapidez, «Más, más», pedía mi madre, sus gemidos de placer llenando el establo. Continuaron así, follando con fuerza y pasión, el sonido el sonido de las pezuñas y los relinchos del animal llenando el lugar junto a los gemidos de mi madre. No fue hasta que se corrió dentro de ella que se retiró. Al salir de mi madre, miré fascinado cómo su coño estaba dilatado, sus labios empapados y rojos, escurriendo semen del animal.
Mi madre se levantó lentamente, su cuerpo temblando, sus piernas temblando le costaba caminar incluso se tuvo que volver sentar mientras veía como la erección del animal se desvanecía lentamente.
Mi madre se levantó lentamente del montón de heno, su cuerpo temblando de debilidad. Le costaba caminar, incluso tuvo que volver a sentarse sobre el heno, su respiración agitada, su cuerpo cubierto de sudor y semen. Miró con fascinación cómo la erección del animal se desvanecía lentamente, su polla palpitando y contraándose, escurriendo semen sobre el suelo del establo.
Yo seguía mirándola desde mi lugar, escondido entre las sombras, mirando si ella estaba bien después de ser follada por el burro. Se levantó lentamente, su cuerpo aún temblando, su bata colgando sobre su cuerpo desnudo. Salió del establo sin meter al burro en su establo, dejando al animal libre en el pasillo. No me quedó de otra que entrar y meterlo yo mismo, cerrando la puerta detrás de mí.
Mi madre caminaba a paso lento, su cuerpo aún débil por el intenso encuentro sexual. Logré adelantarla por otro camino y subí a la habitación, esperando su llegada. Minutos después, escuché sus pasos en el corredor. Entró en el dormitorio y se dejó caer en la cama, un gemido de dolor escapando de sus labios.
Por la mañana, mi abuelo la escuchó quejarse. «¿qué pasa?», preguntó preocupado, entrando en la habitación. Mi madre se quejó de nuevo, su voz débil y entrecortada. «Abuelo, me siento mal. Creo que me voy a quedar en cama hoy».
Mi abuelo y yo nos miramos con preocupación, pero no dijimos nada. Dejamos a mi madre en la cama y nos fuimos al campo a trabajar. Al regresar, seguía igual, quejándose y quejándose. Le pregunté qué sentía y solo me dijo que le dolía el estómago.
Mi abuelo, preocupado por su estado, tomó la decisión de llevarla al hospital en la ciudad para que la revisaran. Hicimos el viaje de regreso a casa de inmediato. Al llegar, fuimos directamente al doctor.
El doctor nos recibió en su consulta, mirando a mi madre con preocupación. «Señora, ¿qué le pasa?», preguntó mientras la examinaba. «No lo sé, doctor», respondió mi madre con voz débil. «Me siento mal, con dolor en el estómago».
Mi abuelo miró al doctor, preocupado. «Doctor, no sé qué le pasa», dijo. «Se sintió mal de la nada, no sabemos qué pudo haber sido». El doctor asintió con la cabeza, haciendo algunas preguntas más.
El doctor se volvió hacia nosotros. «Señora», dijo con voz grave. «He detectado un desgarre o laceración en su vagina. Parece que ha tenido una penetración muy intensa y brusca, con un objeto de gran tamaño». «.
Pasó un mes y mi madre ya se había recuperado de las laceraciones que había sufrido en su intimidad. El tratamiento había funcionado y ahora estaba mejor. Regresamos a casa con mi abuelo, y yo honestamente pensé que volvería a hacer lo mismo con el burro. Pero no fue así. Mi madre se comportó de manera diferente con él desde entonces. Ahora solo era cariñosa con el animal, lo acariciaba y le daba de comer, pero nada más.


(7 votos)
Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!