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Relato publicado originalmente en SexoSinTabues.com por mextwit

Desde que tengo uso de razón, mi familia veraneamos en un apartamento en Ixtapa. Durante el año todos llevamos una vida más o menos monótona, y el hecho de partir hacia allí cuando llegan los meses de verano nos produce creo yo a todos una sensación de relajación, de desenfado y, todo sea dicho, de excitación veraniega.

Pues bien, el relato que vengo a contarles ocurrió una tarde de agosto en dicho lugar. Como he dicho, al llegar allí se rompe la monotonía: mis padres suelen ir juntos a pasear, a la playa, de compras, etc., y por otro lado mi hermana va con sus amigos de aquí para allá, al igual que yo.

PARTE 1

El reloj marcaba pasadas las 7 de la tarde.
Yo había estado toda la santa tarde en la playa con mis amigos y para variar un poco el plan de cada día, decidimos que cada cual subiera a su casa y se arreglara para ir a dar una vuelta por la noche, ya que siempre se nos echaba el día encima y al final no hacíamos nada, y ganas de ligar y de conocer gente no nos faltaban precisamente.

Por costumbre, no sé si lo hará mucha gente, cuando estoy solo en casa me gusta andar en pelotas por el piso, porque me siento más cómodo y todo adquiere como un aire erótico.
Por ejemplo, en frente de la ventana de mi cuarto, la que da al patio de luz, vive una señora ya mayor, de unos treinta y pico, que creo que es lesbiana porque siempre se la vé con otra mujer en la playa, pero a mi me da igual que lo sea, y cuando después de comer me echo a dormir la siesta, me gusta quedarme en calzoncillos y con la ventana abierta de par en par para que me vea.

Y tanto que me vé.

Cuando ando con los ojos cerrados y oigo que se acerca al patio ya me voy imaginando la cara de cachonda que pondrá.
Entonces se oye la cortina, una de esas de cordones de madera, dejando paso a la vecina que sale al patio en bikini a tirar lo que queda de comida al cubo de la basura.
En ese momento yo ya tengo una empalmada bien fuerte, y entre que entra y sale de nuevo ya me he dado la vuelta y la siguiente vez que alza el cuello para mirar en mi cuarto allí ando yo tumbado con la polla inflada.
Y sé que me mira porque cuando se me queda tan dura el ruido de la cortina tarda más en escucharse, y ella tose y hace ruidos, indicándome que aún permanece ahí clavando sus ojos en mi paquete.

Un día me dio por mirarla, y recostándome disimuladamente eché un vistazo por la ventana, y ahí estaba ella, mirándome.
La mirada tuvo que durar unos dos o tres segundos, y mientras la miraba sin pestañear, con los ojos bien abiertos, ella hacía otro tanto, hasta que le pudo la vergüenza y apartó la mirada entrando en el piso.

Ahí estaba ese cuerpazo en bikini amarillo limón, con esas tetitas morenas que se podían agarrar cada una de ellas con una mano, como un par de peras maduras, y también observé su boca se iba abriendo lentamente mientras nos mirábamos, como si hubiera dejado de pensar.
Yo también había dejado de pensar mientras miraba esos labios, y mi verga se ponía más y más dura de lo que ya estaba.
Al volverme de nuevo, habiendo confirmado ya mis sospechas, me saqué la polla y me masturbé allí mismo.
Tuve la suerte (o la mala suerte) de que no cruzara de nuevo por la cortina.

Unos días después, supongo que sería un par de ellos, estaba yo de nuevo en mi cuarto, del baño a éste, cambiándome y vistiéndome para ir a la discoteca.
Sería viernes o sábado.

La persiana de mi habitación estaba subida a la mitad, con lo que tenía que agacharme para poder ver la ventana de mi vecina, cuyo nombre por cierto aún no conozco.
El hecho de estar mostrándome desnudo por aquel trozo de ventana me estaba poninedo cachondo, pero apenas un poco, ya que no sabía que había detrás.
En una de esas idas y venidas al baño, mientras urgaba en el cajón buscando unos calzoncillos que ponerme, aproveché para dirigir mi vista hacia su piso, a través del hueco que dejaba mi persiana.

Lo que ví me dejó poco más que con un par de gotas de sangre en la cabeza, porque todo el resto se me tuvo que bajar a la polla en aquel momento.
A través de la fina cortina que enturbiaba aquella maravillosa vista, se la veía a ella, completamente desnuda.

Mis ojos se clavaron en aquella silueta, alta y morena, y finísima, con aquel par de tetas que tantas veces me había puesto dura la polla al verlas en la playa, allí bien sujetas, las dos sin caerse, como si se le hubieran puesto tiesas de golpe al darse cuenta de que las miraba tan excitado como estaba, como pidiéndome que saltara por la ventana y las agarrara, las estrujara cada una con una mano, le chupara los pezones y comenzara a comerle aquella boquita de labios de lombriz, mientras mi polla se acababa de empotrar para follármela contra la cómoda que estaba abriendo, como unos monos.

Y follármela tan fuerte que todo el edificio se diera cuenta y metérsela hasta el fondo, en aquel coño negro que vi después del pecho, dándole azotes y amasándole el culo, que por dios, me estaba matando y acelerando mi corazón, sensación que me situó de nuevo en mi cuarto.

Una vez pasada la fantasía me deslicé tratando de hacer el menor ruido posible hasta la ventana, corriendo lentamente la cortina a un lado, permitiendo que me viera de pecho para abajo si le daba por girar su cabeza.
Para no ser demasiado descarado, continué con mis idas y vueltas al cuarto de baño, haciendo tiempo y mirando cada vez que entraba en mi cuarto, agachando la cabeza para poder contemplar aquel cuerpazo.

Las ganas que tenía de masturbarme eran enormes, pero quería aguantar por si se decidía a mirar, que pudiera ver mi erección.
A veces me quedaba un rato más largo mirando y abriéndome y cerrando la polla, muy despacio, pero paraba al momento para no cagarla, esperando lo que finalmente tuvo que ocurrir, y fue que en una de esas miradas la cortina que me la tapaba ya no estaba, tan solo el aire.
Y entonces me fijé con más detalle en lo que estaba haciendo mi vecina y pude ver el marrón natural que tenía sus pechos y el brillo de su cuerpo.

La guarrita estaba aún desnuda, perfectamente centrada en la ventana.
Se había movido de sitio, y rebuscaba por la cómoda algo de ropa interior: cogía unas braguitas, un tanguita, lo miraba, lo olía como si fuera un pañuelo perfumado, como si lo esnifara, y al hacerlo inclinaba el cuello hacia arriba como si estuviera bebiendo, se le inflaba el pecho y las tetas se le subían.

Entonces se agarraba una con la mano y se la apretaba bien fuerte, subíendola más alto de lo que ya la tenía, para después bajar la mano lentamente mientras soltaba su cálido aliento, pasando por aquel vientre tan fino y tan moreno, por aquel fino surco que le bajaba hasta el ombligo, notando cada poro y excitando cada nervio, tanto suyo como mío, hasta que llegaba al coño y se metía un dedo, primero poco, tanteando su propio coño para después llevarlo hasta el fondo, y sacándolo para chupárselo y meterlo de nuevo, soltando pequeños gemidos de placer que no podía aguantar, lubricando un pezón con saliva, haciendo movimientos circulares.

Mientras contemplaba todo aquello sin perder detalle, mi cuerpo avanzó hacia la ventana, arrodillándose en la cama que quedaba justo delante mío, y más cómodamente comencé a tocarme.

Lo hacía despacio, porque no sabía cuanto iba a durar aquello, y no quería que acabase nunca.
Cada pocos segundos bajaba la cabeza para ver si me había visto, porque la persiana andaba aún a la mitad, y en una de esas miradas se me figuró verla torcida, más cerca de la ventana, amasándose el coño con la palma de la mano y acariciándo su propio cuerpo como si el de otra mujer fuese.

Entonces me decidí.
Me acerqué yo también del todo a la ventana y continué machacándomela, poniéndome de perfil para que me pudiera ver todo el rabo y mejor el torso.
Su respuesta no tardó en llegar en forma de gemidos cada vez más frecuentes, pero igual de silenciosos y ligeros, como el cantar de un pájaro que te despierta, sin alterar la paz del ambiente, solo oyéndose si se le presta atención.
Mientras oía aquellos gemidos que me cortaban la respiración cada vez que alcanzaban mis oídos, eché mano de la correa de la persiana y la fui subiendo lentamente para descubrirme la cara.

Los últimos centímetros de persiana que cubrían mis ojos fueron desapareciendo mientras mi corazón bombeaba litros de adrenalina, o al menos eso me parecía entonces.
Allí estaba ella, mirándome fijamente, esperando el encuentro, con los ojos bien abiertos, que contrastaban con su moreno de playa y su pelo castaño y corto.
Se notaba la marca del bikini en las tetas y en el coño.

Sus ojos se mantenían sin parpadear mirandome fijamente, y se cerraban solo para descansar en los momentos de demasiado placer, mientras ladeaba la cabeza y se tocaba aquella mata negra más fuerte y más rápido.
Su boca estaba abierta, disparándome aquellos gemidos que salían de entre sus labios untados en saliva, pidiéndome que los mordiera y los lamiera.

Yo no podía parar de masturbarme ni tampoco disfrutar de todo aquel manjar que tenía al otro lado del abismo: le miraba las tetas, su vientre, su boca, su labios rosados que tiraban a gris.
Luego nos mirábamos a los ojos y nos masturbábamos más rápido, juntos, para después volver cada uno a mirar allá donde su cuerpo le pedía.
Al coño, a los largos dedos de su mano que lo acariciaban, a su vientre y a sus finos brazos.
A sus mejillas, que se estiraban al abrir ella la boca, para dejar paso a la lengua, que salía de allí acariciando con la punta el labio, relamiéndose del sabor que se estaba imaginándo.
El gusto de una polla bien dura como la mía, completamente llena y jugosa, rebosante de semen que se quería tragar.
La luz de la habitación se reflejaba en él dándole cierto resplandor, lo que atraía sus mirada directamente.
Entonces a mi se me ponía más dura aún y más me contraía, y ella se relamía aún más habiendo descubierto ese nuevo sabor en su mente.

Yo podía leer en sus ojos y en sus gestos lo que se imaginaba, y eso me excitaba aún más.
Saltar por la ventana, tirarse encima mío y comenzar a estrellarse contra mis huevos, para después desmontarse y meterse la polla en la boca y empezar a lamer, a chupar, como una puta, llenándo todo el pene con su saliva mientras la punta de la nariz me alcanzaba los cojones, y la de mi polla su garganta.
Yo le mordería las tetas y la azotaría el culo para hacerla gemir más, y agarrándola del cuello la empotraría contra la pared, follándomela al límite y metíendole la polla hasta el fondo, haciéndola gemir de dolor, pidiéndome que parase, pero sin quererlo.

También nos mirábamos a nosotros mismos, como para comprobar que éramos suficientemente atractivos el uno para el otro.
Los dos en silencio, a través de las ventanas, apenas a cuatro o cinco metros, estando el resto de los vecinos ajenos a lo que allí ocurría, sin pestañear.

Yo apretaba todos mis músculos: metía la cadera dentro, apretaba las nalgas y los abdominales, que por la adrenalina se marcaban, y también el pecho.
Estaba tan excitado que mi cuerpo se inflaba y se marcaba todo más de lo habitual, y cuanto más apretaba ella con más avaricia miraba, como si me quisiera arrancar la polla de un chupetón y pasarme la mano por el todo cuerpo.

Entonces oí que una llave entraba en la cerradura de la puerta de casa.

El ruido de la puerta me atravesó entero y me dejó frío de golpe, atónito y muerto frente a la mirada de aquella mujer, que también había cesado en sus movimientos, preguntándose qué estaba pasandp.
Lo siguiente que recuerdo es haberme metido corriendo en el cuarto de baño agarrando rápido unos calzoncillos y corriendo la cortina.
Eché el cerrojo, me senté en la taza del váter, y tras ver que mis padres entraban y no preguntaban nada raro, me relajé, y aprovechando el recuerdo de hacía apenas un momento me terminé de masturbar.

Cuando ya vestido salí del cuarto de baño, que he de decir que me tuve que duchar otra vez por el sofocón, me acerqué disimuladamente a la ventana, y retirando cautelosamente la cortina miré: no había nadie.

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