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Relato publicado originalmente en SexoSinTabues.com por mextwit

Estaba siendo uno de los veranos más calurosos que se recordaban. Imagino que con tanto calor no podía pensar bien y por eso pasó lo que pasó…

Mi nombre es Carlota y soy profesora de inglés. Normalmente, doy clases en un instituto pero durante el verano doy clases particulares en mi casa. Por desgracia, este verano se me ha estropeado el aire acondicionado, por lo que este año las clases se estaban convirtiendo en una tortura para mí y supongo que también para mis alumnos, aunque ellos nos se quejaran demasiado.

Estaba siendo uno de los veranos más calurosos que se recordaban.
Imagino que con tanto calor no podía pensar bien y por eso pasó lo que pasó…
Mi nombre es Carlota y soy profesora de inglés.
Normalmente, doy clases en un instituto pero durante el verano doy clases particulares en mi casa.
Por desgracia, este verano se me ha estropeado el aire acondicionado, por lo que este año las clases se estaban convirtiendo en una tortura para mí y supongo que también para mis alumnos, aunque ellos nos se quejaran demasiado.Al principio, yo intentaba vestirme como siempre lo había hecho para las clases, con ropa formal, para crear esa distancia entre profesor (en este caso, profesora) y alumno tan necesaria en algunos casos.

Pero con el problema del aire acondicionado me resultaba cada día más difícil… hasta que llegó un momento en el que cedí debido a las circunstancias y empecé a usar ropa más fresquita y más cómoda para soportar el terrible calor que nos asolaba.
Vestidos de piscina, faldas cortas e informales con camisetas de tirantes… cualquier profesor (y, sobre todo, profesora) os puede decir que es una idea espantosa aparecer como una mujer ante tus alumnos, porque pueden empezar a distraerse y pueden hacerse una idea que no es… Todo esto está muy bien en teoría, pero en la práctica… las temperaturas rondaban los 40º y estar sin aire acondicionado estaba haciendo que me pasara las clases más distraída por el sufrimiento que el calor me provocaba que por la clase en sí, así que decidí no darle más importancia a mi indumentaria y centrarme en mis alumnos.

Ese jueves fue especialmente insoportable, estábamos en medio de una ola de calor y todo el país tenía activadas las alertas por las altas temperaturas.
Así que cuando fui a vestirme ese día antes de que llegara mi único alumno de los jueves, elegí una túnica muy vaporosa, de color rojo pasión.
Me miré en el espejo de la entrada y decidí que podría usarla para dar la clase, la túnica no era demasiado corta, por encima de la rodilla, y tampoco tenía escote, por lo que me pareció bastante apropiada para dar clase ese día de tanto calor.
Me puse un tanga de color negro, bastante pequeñito y decidí pasar del sujetador, ya que al no ser la túnica ajustada, no se notaría que no lo llevaba.

Me gustaba mirarme en el espejo de la entrada porque era un espejo de cuerpo entero y era donde mejor podía apreciar cómo me quedaba la ropa.
Lo malo que tenía esa estancia era que tenía muy poca luz natural, pero no le di mayor importancia.

En ese momento, las 12 de la mañana, sonó el timbre del portal.
Abrí directamente, ya que era la hora de la clase y supuse que sería mi alumno.
Un par de minutos después llamaron al timbre de casa, así que fui a abrir.

– Buenos días Pablo, ¿qué tal? –le pregunté-.
Pasa, por favor.

– Buenos días, Carlota…
Lo cierto es que no me fijé mucho en él, porque aunque era un hombre bastante atractivo, era mi alumno, por lo que no le miraba como lo habría hecho si me lo hubiera cruzado por la calle, por ejemplo.
Si me hubiera fijado, habría visto su mirada de extrañeza y cómo recorrió mi cuerpo con su mirada mientras yo avanzaba por el pasillo delante de él hasta llegar a la sala de estar, que era la estancia más luminosa y, lo más importante este verano, la más ‘fresquita’ (dentro de lo que cabe) de la casa.

Allí había una mesa no demasiado grande y varias sillas rodeadas de grandes ventanales.
A mí me gustaba sentarme frente al alumno para resaltar esa distancia profesora-alumno de la que hablaba antes.

Una vez sentados, él sacó sus ejercicios de la semana anterior para que yo los corrigiera y yo le di unos cuantos más para que trabajara en ellos mientras yo corregía.

– Si te parece, empezamos con ejercicios y luego pasamos a la parte oral, ¿vale? –le dije.

– Sí, sí, como quieras…
Me resultó algo extraño que Pablo estuviera tan callado, porque normalmente intentaba sacar cualquier tipo de conversación, era muy extrovertido y le gustaba mucho hablar, ya fuera en inglés o en español.
Teníamos más o menos la misma edad, ya que él estaba mejorando su nivel de inglés por motivos de trabajo, y normalmente la conversación fluía sin problemas, pero ese día le notaba algo pensativo.
Lo achaqué al calor y no le di más importancia.

Mientras corregía, noté una ligera brisa entrar por las ventanas que estaban medio abiertas y mi cuerpo actuó antes de que mi mente pudiera impedirlo.
Cerré los ojos de gusto, se me escapó un suspiro de satisfacción y me revolví ligeramente en la silla.
¡Era la primera brisa que sentía en toda la semana!
Al abrir los ojos, me encontré con que Pablo me estaba mirando fijamente, con una extraña sonrisa que no pude identificar…
– ¡Uy! ¡Perdona! Es que este calor me va a derretir… -me disculpé.

– No, no, no te preocupes… ¡Es normal! –me contestó-.
Si quieres, abro un poco más esta ventana –dijo, levantándose para abrirla- y así nos llega un poco más de aire…
Seguimos trabajando pero yo tenía la sensación de que Pablo no estaba todo lo concentrado que debería en sus ejercicios, porque sentía que me miraba disimuladamente cuando yo no le estaba mirando.

– No te veo muy concentrado hoy… ¿Ocurre algo? ¿Prefieres que dejemos la clase para otro día?
– ¡No! No, quiero decir que… Que no hace falta, que… Estaba algo distraído, pero ahora ya me concentro…
– Está bien.
A ver, espera, me pongo a tu lado si quieres y me cuentas cuál es el ejercicio que te está dando tantos problemas… -le dije, y me levanté para sentarme a su lado.
Tenía que sentarme con las piernas abiertas porque la pata de la mesa me impedía sentarme normal, con lo que mi pierna rozaba la suya.
Pero no me preocupé por ese detalle, porque ya llevaba unos meses dándole clases y sabía que no iba a molestarse por ello.

– A ver, enséñamelo… -le pedí.
Y me puse a corregirle unos cuantos ejercicios, explicándole detalladamente todos los errores y dudas que había ido anotando.
Supongo que estuve con la explicación durante unos diez minutos, porque quería que todo quedase claro, pero sentía que Pablo no me estaba prestando atención.

Le miré y me di cuenta de que estaba muy acalorado.
Cuando me fijé más cuidadosamente, observé que miraba con disimulo hacia la pared que estaba detrás de la silla en la que había estado sentada hasta hace un par de minutos, así que hacia allí miré yo también.
Y lo que vi me dejó horrorizada.
Desde que me había sentado junto a él, había estado mirándome a través de un espejo que se encontraba justo enfrente de mí, por lo que al tener las piernas abiertas, había estado viendo el tanga negro diminuto que llevaba puesto.
Además, al mirarme en el espejo, rodeada de ventanas por las que entraba la luz de sol, pude ver que se me transparentaban completamente los pezones, que con la brisa que había ido entrando estaban duritos y más oscuros, por lo que se me veían aún más.
Cuando me había mirado antes en el espejo de la entrada, no había luz natural, así que no me había dado cuenta de que se me transparentaba todo…
Me ruboricé profundamente y nuestra mirada se cruzó en el espejo.
Ahora podía entender su extraña sonrisita de antes… ¡Qué vergüenza! De forma instintiva, crucé mis brazos sobre mis pechos para que al menos dejara de verlos e intenté levantarme para cerrar las piernas, pero perdí ligeramente el equilibrio y él me sujetó.
Seguía sosteniendo mi mirada en el espejo y me dijo:
– No te tapes, así estás guapísima…
Se levantó y se puso detrás de mí.
Se inclinó para coger mis manos y las retiró lentamente de mis pechos para poner las suyas justo debajo de ellos.
Al hacer eso, la túnica se pegó a mi cuerpo, lo que hizo que mis pechos se vieran perfectamente mientras Pablo empezaba a acariciarlos por encima de la traicionera tela.

– ¿Sabes? –me dijo-.
Llevo deseando hacer esto desde hace demasiado tiempo… Pero siempre ibas con ropa muy formal, muy tapada, y pensé que sería imposible… -me dijo mientras seguía acariciando mis pechos, ahora con pequeños pellizquitos en mis pezones que hacían que me pusiera a mil-, pero hoy, cuando he entrado, ahí estabas… medio desnuda para mí… provocándome mientras me traías hasta aquí, contoneando ese culito enmarcado por ese tanga que estoy deseando arrancarte a mordiscos…
Estaba muy excitada por lo que me estaba diciendo mientras lo veía todo en el espejo, parecía que se redoblaban las sensaciones al verlas y sentirlas al mismo tiempo… Pero también estaba escandalizada con lo que estaba sucediendo, él era mi alumno y esta no era la relación que se suponía que teníamos que tener…
– Pablo, esto… esto no está bien… Perdóname, ha sido culpa mía… No sabía que se transparentaba… -balbuceaba, intentando disculparme, pero él no me daba tregua, seguía acariciándome y yo, aunque le estuviera diciendo que parara, era lo último que quería.
Mis manos revoloteaban alrededor de las suyas, sin saber qué hacer con ellas.

Pablo cogió mi mano izquierda y la llevó a mi pecho.

– Ssshhh… Acaríciate el pezón, no dejes de acariciarlo… -me dijo, y yo le hice caso.

Cogió mi mano derecha y la llevó a mi boca, doblando mis dedos para que mi dedo índice y mi dedo corazón entraran en mi boca.

– Chupa, humedécelos bien…
Hice lo que me pedía sin pensarlo, aunque una vocecita en mi cabeza me decía que esto estaba mal… que tenía que parar en ese mismo instante… Obviamente, ignoré esa molesta vocecita.

Humedecí mis propios dedos mirándome en el espejo y lo hice de forma más sensual porque el espectáculo no era para mí, era sobre todo para Pablo… Cuando los saqué de mi boca, él volvió a coger mi mano y la dirigió a mis muslos.
Fue pasando mis dedos por mis muslos, arrastrando mi túnica hasta que ésta se quedó enredada a la altura de mis caderas.
En esa posición, ambos podíamos ver claramente mi tanguita negro en el espejo y, para mi vergüenza, se apreciaba con claridad que estaba mojado.

– Joder, con la imagen de seria que intentas dar y en realidad estás cachonda perdida…
Sabía que no debía continuar con esta situación, que debía detenerle y continuar con la clase, pero… Me sentía realmente excitada y Pablo estaba bastante bien.
Los dos éramos adultos, sin compromiso (hace un par de semanas, me había contado que no salía con nadie) y estaba claro que nos gustábamos.

Me levanté y me puse frente a él, pegando mis labios a los suyos sin darle tiempo a protestar.
Respondió a mi beso con pasión y empecé a tironear de su camiseta, intentando levantarla para que se la quitara.
Nos separamos un segundo mientras se la quitaba por la cabeza.
Seguimos besándonos y tocándonos con impaciencia.
Mis manos pasaban de su nuca a su espalda, acariciaban sus brazos, bajaban a su culo.
Las suyas se habían hecho dueñas de mi culo desde el principio y me lo masajeaba sin parar.
Tiró de mi túnica para poder tocarme el culo sin tener una tela de por medio.
Seguimos magreándonos como dos adolescentes un rato y era terriblemente excitante.

Sin apartar mi cuerpo del suyo, empecé a dirigirle hacia el sofá, porque quería que nos tumbásemos.
Al darse cuenta de mis intenciones, se deshizo de sus chanclas por el camino y yo hice lo mismo.
Agarró mi túnica y me la sacó por la cabeza con un movimiento fluido.
Me quedé un poco sorprendida, la única prenda que llevaba puesta era mi tanga negro y me entró un acceso de vergüenza, intenté taparme los pechos con las manos, pero Pablo no me dejó.
Inclinó ligeramente su cuerpo, acercó su boca a mi pecho izquierdo y comenzó a hacer círculos con la lengua a su alrededor.
Su mano acariciaba mi pubis por encima del tanga, alcanzando mi botoncito del placer, haciendo que me estremeciera al sentir sus caricias en esas partes tan sensibles de mi anatomía.
Agarró mi pezón con sus labios e hizo un movimiento de succión que hizo que tuviera que coger aire de pronto.

– La de horas que podríamos haber estado divirtiéndonos, Carlota, en vez de hablar inglés… -me dijo, cogiéndome en brazos, pasando un brazo por debajo de mis rodillas y el otro sujetándome por la espalda.

Me dejó sobre el sofá y se desabrochó el pantalón y lo dejó caer, sacando sus piernas con rapidez y dejándolo allí abandonado.
Ahora estábamos los dos solamente con una prenda de ropa interior.
Se abalanzó sobre mí sin esperar ni un segundo y volvimos a besarnos, pero esta vez con una urgencia mayor.
Acariciaba mis pezones con sus pulgares en un movimiento rítmico y se tumbó sobre mi cuerpo, rozando su polla contra mi coñito, haciendo que me mojase aún más.
Hacía un movimiento como si me penetrara, y todo mi cuerpo gritaba en silencio por conseguir que su polla estuviera en mi interior.

Tiré de su bóxer hacia abajo para tener acceso a su polla.
Conseguí bajárselo y que su polla asomara por fin.
Mmmmmmm ¡Vaya polla tenía! Imagino que mi cara lo decía todo, porque se levantó y de un tirón se los bajó y los dejó allí tirados.

– Te toca a ti –me pidió.

Sin levantarme, me quité el tanga.
Simplemente, levanté mi culito y lo deslicé por mis piernas.

– Joder, joder, ¡qué buenas estás! ¡Encima lo llevas depilado!
Sonreí al escuchar su expresión.
Me pareció graciosa la forma en que lo expresaba.
Abrí las piernas, tapé mi coñito con mis manos y, mordiéndome el labio inferior, le dije:
– ¿¿No te gusta??
– Joder, joder… ¡Claro que me gusta! Por favor, dime que tomas la píldora, por favor, por favor… ¡Que no tengo condones!
Le sonreí abiertamente, retiré mis manos de mi coñito y las llevé a mis pechos.
Pellizqué mis pezones, que ya estaban bastante duros, y le dije:
– Claro que la tomo.
Ahora ven aquí y dame esa pedazo de polla…
No me hizo esperar, se puso de pie junto a mi cuerpo, apoyó una rodilla sobre el sofá y puso su polla a la entrada de mi coñito.
Yo estaba tan mojada que no necesitaba ningún preliminar más, y estaba claro por el estado de su polla que él tampoco.

Lento pero firme, me metió la polla hasta que ambos sentimos que había llegado al tope.
Tenía toda su polla completamente dentro de mi cuerpo y yo me sentía en la gloria.
Nos habíamos olvidado del calor, de la clase y de todo lo que nos rodeaba.
Con la misma lentitud con que la había metido, ahora la sacó, pero no del todo, dejó la puntita dentro.
Se quedó unos segundos así y de una estocada, volvió a metérmela hasta el fondo.
Repitió la operación varias veces, haciendo que de mis labios se escaparan gemidos y algún gritito de placer.

Ambos estábamos muy cachondos, tanto por nuestros movimientos como por el ingrediente morboso de la situación.
Sin esperar más, empezó a bombear y yo me agarré a sus hombros, poniéndole mis tetas en la cara.
Sin dudarlo, agarró uno de mis pezones con sus labios y hacía un movimiento de succión mientras seguía bombeándome que me estaba volviendo loca.

– ¡Aaaaah! Sí, Pablo, no pares, sí, síiiii… Así, así, fuerte, fuerteeee…
– ¿Te gusta? ¿Eh? ¿Querías polla? Pues toma polla…
Cada vez me la metía con más fuerza, con más violencia, estábamos completamente desatados, nuestros cuerpos se habían acoplado perfectamente y sus movimientos me tenían al borde del orgasmo.

– Pablo… mmmme… aaayyyyy… creo que… que me voy a…
– Córrete para mí, Carlota, córreteeee…
Y exploté en un orgasmo largo e intenso que me dejó completamente laxa bajo su cuerpo.
Yo sentía que él seguía moviéndose, sentía su polla súper dura dentro de mí, taladrándome todavía, y cuando, entre dientes, me dijo –Me voy a correr –mi cuerpo volvió a explotar en un segundo orgasmo más intenso que el anterior.

Él salió de mi interior y se dejó caer junto a mí en el sofá.
Y allí nos quedamos unos minutos.
Sin hablar.
Sin movernos.
Simplemente, recuperando la respiración.

Cuando conseguí controlar de nuevo mi cuerpo, me incorporé, le miré y le dije:
– Por esta vez, no te voy a cobrar la clase…
Nos empezamos a reír a carcajadas por lo extraño de la situación.
Nos vestimos sin prisas, charlando de buen rollo.
Yo pensé que podríamos sentirnos incómodos, pero para nada.
Le acompañé a la puerta y al despedirnos, me preguntó:
– ¿Vas a querer repetir?
Se me escapó una carcajada.

– No sé, ya veremos el próximo jueves… -le contesté.
Le di un beso con lengua y cerré la puerta.

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