Cuidador de zoológico 2
después de los chimpancés, pasó con una serpiente.
El aire en el serpentario del zoológico estaba cargado de humedad y ese olor a piel vieja que solo las serpientes saben dejar. Yo, Bruno, el cuidador de noche, llevaba meses acostumbrándome a los jadeos de los chimpancés en el sector de primates—sí, esos malditos bichos no perdían oportunidad para empujarme contra el suelo y montarme como si fuera su puto juguete personal. Pero hoy tocaba el serpentario, y aunque al principio me dio un poco de asco la idea, después de tres semanas de limpiar jaulas y sentir el roce de escamas en mis brazos, ya no me importaba tanto.
Llevaba puesto solo unos shorts cortos de tela fina, sudados y pegados a la piel por el calor de la noche. Las piernas desnudas me picaban con cada paso que daba entre las vitrinas iluminadas por focos amarillentos. Las serpientes, enrolladas en sus ramas falsas o enroscadas en el vidrio, me observaban con esos ojos fríos y calculadores. Sabía que algunas eran inofensivas, pero otras… esas sí que tenían veneno y otras cosas que prefería no pensar.
Fue entonces cuando lo sentí. Un roce frío y suave en mi pantorrilla izquierda. Bajé la vista y ahí estaba: una cobra real, de esos ejemplares que el zoológico guardaba como atracción principal. Su cuerpo se deslizaba sinuosamente entre mis piernas, rozando mis muslos con una lentitud que me puso los pelos de punta. No era miedo lo que sentía, sino algo más… primitivo. Algo que me hacía apretar los dientes y contener el aliento.
—Joder… —murmuré, sin poder evitar que mi voz sonara ronca.
La serpiente siguió subiendo, su vientre escamoso rozando la piel sensible de mis piernas hasta llegar a mis shorts. Con un movimiento rápido, me los bajé de un tirón, dejando mi culo al aire. El frío del serpentario me erizó la piel, pero el calor que se acumulaba entre mis piernas era más fuerte.
La cobra se detuvo justo frente a mi ano, su cabeza moviéndose como si evaluara el terreno. Respiré hondo y, sin pensarlo dos veces, agarré su cuerpo con ambas manos y lo guie hacia donde quería. La punta de su hocico, fría y húmeda, se posó en mi entrada. Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.
—Entra, cabrona… —le susurré, empujando ligeramente.
La serpiente, como si entendiera cada palabra, comenzó a deslizarse dentro. No fue fácil al principio; su cuerpo era grueso y resistente, pero con un poco de paciencia y mucha lubricación natural (gracias, puto cuerpo excitado), poco a poco se fue abriendo paso. Sentí cada anillo de su vientre expandirse dentro de mí, llenándome de una manera que ningún condón podría igualar. Grité, más por el placer que por el dolor, y me aferré a los bordes de la vitrina para no caerme.
—¡Joder, sí! ¡Justo ahí! —gemí, moviendo las caderas hacia atrás para que entrara más.
La serpiente no se detuvo. Seguía avanzando, cada vez más profundo, hasta que sentí su cuerpo enroscándose dentro de mí. No era solo su cabeza lo que estaba dentro, sino casi la mitad de su largo torso. Cada movimiento que hacía me hacía jadear, cada respiración se convertía en un quejido ahogado.
Pero no estaba solo en el serpentario.
A mi izquierda, otra serpiente—una boa constrictor, más grande y gruesa—se había despertado con los ruidos. Sus ojos brillaban en la oscuridad mientras me observaba con curiosidad. Sin pensarlo, extendí una mano y agarré su cola, sintiendo el calor de su cuerpo contra mi palma.
—Mira lo que tengo aquí, putita… —le dije con una sonrisa perversa.
La boa no necesitó más invitación. Enrolló su cuerpo alrededor de mi muñeca y comenzó a moverse con movimientos lentos y deliberados, frotando su cola contra mi piel. Sentí cómo se humedecía, cómo su cuerpo se calentaba al ritmo de mis gemidos. Con cada sacudida de sus anillos, sentí que el placer se acumulaba en mi bajo vientre, como un volcán a punto de erupcionar.
La cobra dentro de mí se retorció, ajustando su posición para rozar esa zona sensible que me volvía loco. Cada embestida era más profunda, más intensa, y yo ya no podía contenerme.
—Voy a correrme… ¡Voy a correrme ya! —grité, con la voz quebrada por el éxtasis.
La boa aceleró el ritmo, su cola golpeando mi polla con cada movimiento. Sentí cómo el semen brotaba de mí, caliente y espeso, manchando el suelo del serpentario mientras la cobra seguía moviéndose dentro de mí, ordeñándome hasta dejarme vacío.
Cuando por fin la serpiente se deslizó fuera, caí de rodillas, jadeando y sudando. La boa se enroscó alrededor de mi brazo, como si me estuviera abrazando, y la cobra se alejó sin prisa, como si supiera que había hecho bien su trabajo.
Me quedé allí, en el suelo, con el culo al aire y la polla goteando semen. El serpentario estaba en silencio, salvo por el ocasional susurro de escamas contra el vidrio.
—Bueno… —dije, limpiándome el sudor de la frente—. Mañana tendré un poco de dolor
Y con esa sonrisa pícara en el rostro, supe que esta noche habia empezado un nuevo capítulo con otra especie.
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